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DOMINGO 4 de ENERO DE 2009

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DOMINGO 4 de enero DE 2009

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los toneles del puente de las vacas

CAMINANDO EN LA Línea

Al llegar a la mitad del Puente las Vacas, hay una serie de toneles amarillos oxidados sentados sobre estructuras de metal —no mucho más amplias que la base de los toneles— que se extienden de

los durmientes hacia el espacio. Hay dos versiones sobre su utilidad. Una supone que en la época de las locomotoras de vapor se mantenían llenos de agua para proteger a quienes se aventu-

raban a caminar por el puente: el transeunte podría meterse en el tone para que el vapor no lo quemara al pasar. La otra versión indica que estaban allí para apagar un incendio, en caso de sabotaje.

Hoy sólo sobreviven los toneles del Puente las Vacas. A nosotros, la idea de tratar de meterse en un pequeño tonel suspendido a varios cientos de metros de altura so-

bre la nada nos pareció una locura. “Yo creo que me quemaría antes de meterme en esto,” dijo uno de los caminantes, midiendo el tamaño del tonel.

rían tan fáciles de pasar. La mayor parte del primer día de caminata consistió en un tour por los barrios pobres de la zona 18. Casitas de lámina y cartón bordeaban la línea del tren por kilómetros. Atrás de un matadero, un hombre colgaba tripas de coche a secar sobre un lazo. Parecían globos de los que usan los payasos para hacer figuras. Pilas de huesos, patas, orejas y otros restos de animales bordeaban la línea del tren. Un grupo de niños jugaba cerca en la tierra. “Bienvenidos a Residenciales La Línea”, nos gritó el más grande, burlón, causando risas entre sus compañeros. En algunas partes de la zona 18, la línea del tren parecía servir de calle principal. Caminaban los vecinos rumbo a sus trabajos; paseaban novios agarrados de la mano; vendedores de helados; señoras empujando carretas de leña.

Pasamos por lo que una vez iba a ser la nueva aduana, ahora un campo de cemento y maleza, que sirve de escuela libre automovilística para mucha gente. Por San Rafael empezó a ponerse más rural el ambiente, y yo ya estaba lista para un poco de naturaleza. Había bosques de encino, campos abiertos y vistas de los cerros en la distancia. Sin embargo, pronto pasamos por más colonias de la zona 18: Alameda y Paraíso. Las casas bajaban por las laderas empinadas, algunas a poca distancia del río Las Vacas, si es que aún se puede llamar río a ese pobre desagüe-basurero, el nirvana de los zopilotes. Paramos a descansar bajo unos árboles. Ya los hombros resentían el peso de la mochila, y en mi caso, por lo menos, el peso de la pobreza que habíamos visto durante la mañana. Pero aún nos faltaba mucho para lle-

gar a la meta del día, entonces seguimos adelante. Cada vez había más campo y empezamos a pasar por aldeas en vez de colonias capitalinas. Pero bien pasado el mediodía y ya en un área que yo consideraba rural, ¡resultaba que todavía estábamos en la zona 18! Más tarde me di cuenta del gran tamaño de la esta zona, la cual alberga a más del 20% de

Jill Replogle Especial para Siglo 21

Dos días y casi 34 kilómetros le tomó a un pequeño grupo de expedicionarios llegar hasta Agua Caliente, El Progreso, caminando por la vía del tren. Despojos de ríos, paisajes hermosos, pobreza y puentes retadores figuran entre sus hallazgos.

Antes de que empezaran los trabajos de ampliación de la carretera al Atlántico, Christian Rodríguez salía a correr a orillas de la carretera, cerca de su casa en la zona 18. Pero cuando ya no había mucha orilla, dice, decidió meterse a correr por la línea del tren. “Y me gustó”, cuenta Rodríguez. “Me dije, mire aquí qué bonito, y se me ocurrió hacer esta caminata”. Y así nos encontramos una mañana fresca de noviembre, parados sobre el puente Las Vacas, viendo los carros pasar por la calzada La Paz, como juguetes, más de 300 metros abajo. Debajo de nuestros pies, en el espacio entre dos durmientes, alcanzo ver a un niño pasear por entre las casitas de la colonia en las laderas bajo el puente Belice. Éramos pocos los que respondimos a la invitación que hicieron Rodríguez y el Museo del Ferrocarril de caminar sobre la línea del tren desde la Estación Central, milla 197, hasta Agua Caliente, milla 176. Terminamos aún menos. Pero los que aguantamos los dos días de largas caminatas, por ratos entre la basura, por ratos la maleza, fuimos premiados con un tour inigualable de lo que es una parte importante de la historia de Guatemala.

Día 1

El peso de la pobreza Poco a poco fuimos llegando a la Estación Central de la zona 1 en la mañana del sábado 8 de noviembre, cargados de comida, agua, tiendas de campaña y sacos de dormir. Rodríguez y dos amigos guías que él había contratado para la excursión tenían todo su equipaje nítidamente empacado en unas mochilas profesionales. Parecían ni sentir el peso. Los demás llegamos con lo que pudimos: dos llevaban maletines que se colgaban de la espalda al estilo mochila, sólo que mil veces más incómodos; y yo con una chumpa prestada a última hora que pensaba usar de saco de dormir.

Éramos 11, incluidos dos guías amigos de Rodríguez y tres agentes de policía (que luego rotaron con otros dos, y luego otros dos). Rodríguez nos anunció que este día estaríamos caminando el trayecto que terminaron de construir hace 100 años para unir las rutas Puerto San José–Guatemala y Guatemala–Puerto Barrios. Este trayecto se extiende desde la aldea El Fiscal, en el municipio de Palencia, hasta la ciudad capital, unas 14 millas (22.5 kilómetros), que cubriríamos en el primer día de caminata. Partimos en vehículos hasta la zona 6, cerca del Barrio San Antonio, para ahorrar tiempo, ya que salimos tarde. Allí empezamos a caminar. Para mi sorpresa, nadie parecía extrañarse mucho de la presencia de un grupo de mochileros paseando por la línea del tren. Algunos nos saludaban de manera normal, otros ni nos volteaban a ver. En poco tiempo llegamos a nuestro primer puente, Las Vacas. Eran 225 metros de pasos sobre durmientes no tan separados como para caerse metiendo un pie por en medio, pero suficientemente separados como para pensarlo un poco. Sin embargo, el miedo pareció subordinarse por la emoción de pasar por primera

vez (para la mayoría) sobre aquel puente que siempre llama la atención desde el más soberbio y automovilístico puente Belice. Algunos lo pasaron rápido, como

si nada; otros lo pasamos comentando la vista y señalando uno que otro punto de referencia. Más adelante nos daríamos cuenta de que no todos los puentes se-

Fotos: Cecilia Cobar S.21

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la población de la capital. En la colonia Santa Mónica perdimos dos de nuestro grupo. Nos pidieron disculpas pero el viaje no era lo que habían pensado; venían poco preparados y decidieron regresar a casa. A nosotros, tirados en el suelo enfrente de una tienda, nos dio un poco de envidia verlos partir tranquilamente en transporte público, hacia un baño caliente,


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PASADO DE ORO

una comida de verdad y una buena siesta por la tarde. Pero no. Seguimos, ya nos faltaba poco, decía Rodríguez. Pronto llegamos a otro puente y vimos más adelante en un cerro el monumento al ferrocarril, nuestra meta. Cruzamos con facilidad, subimos el pequeño cerro del monumento (que en ese momento no parecía tan pequeño) y caímos muertos bajo de los encinos al pie del monumento. Ya no pudimos más ese día y pedimos espacio para poner nuestras carpas en un campamento bautista en las afueras de la aldea El Fiscal.

El monumento del ferrocarril no parece gran cosa. Es una pequeña torre de cemento sobre una base cuadrada de varios niveles como de pirámide. Se ve desde la carretera al Atlántico cuando uno maneja entre Agua Caliente y Llano Largo. Pero en su tiempo, al parecer, era una belleza. Se erigió hace 100 años para conmemorar la unificación de la ferrovía desde el Atlántico hasta el Pacífico. Originalmente incluía 4 planchas de hierro fundido. Tres de ellas fueron robadas. Hace dos años la última placa fue rescatada y ahora se conserva en el Museo del Ferrocarril. Sobre la placa se encuentran escritas algunas estrofas del Himno Nacional, pero no se sabe qué contenían las otras placas.

Día 2

El reto de los puentes Me levanté con ganas de seguir caminando, sabiendo que el segundo día iba a ser más bonito, además, el trayecto planificado para ese día sería más corto. Caminaríamos 7 millas (11.3 kilómetros) de El Fiscal a Agua Caliente. A las ocho de la mañana agarramos camino. Al llegar a la estación El Fiscal encontramos que la plataforma había sido tomada por una venta de lotes de un residencial cercano. Tráileres y carros de un circo ocupaban el área al lado opuesto de los rieles. Al salir de la aldea entramos en una especie de túnel natural, hecho por la alta maleza que subía por cada lado de la ferroviaria. Caminamos en silencio por unos 40 minutos, escuchando el canto de los grillos y el swish de la maleza al rozar nuestros cuerpos. Hubiera sido difícil pasar si no fuera por un hombre con su familia que encontramos a medio túnel, que venía rumbo a El Fiscal despejando el paso con su machete. Cuando salimos de la maleza encontramos una vista espectacular: un hermoso puente extendido en curva suave sobre un arroyo lleno de encinos. Me sentía privilegiada de ver esta parte de la línea, lejos de la carretera y

las poblaciones. Imaginaba lo bonito que ha de haber sido viajar por aquella parte en tren. El resto de la mañana lo pasamos entre un paisaje igual de lindo y solitario. Las flores silvestres de noviembre decoraban la línea. Encontramos grandes piezas de obsidiana, negra y brillante, por todo el camino. Uno de los guías notó que estábamos a poca distancia del yacimiento El Chayal, de donde los antiguos mayas extraían la piedra para fabricar herramientas y piezas rituales y artísticas. Eventualmente llegamos a un puente que tenía posibilidades de vencernos. Se había quemado y faltaban bastantes durmientes, dejando largos espacios sólo unidos por los rieles y la angosta estructura de metal. Se podía pasar pero era arriesgado por el peso y desequilibrio

hospitalidad en la lÍNEA Christian Rodríguez ha paseado por varios tramos de la ferroviaria en la ruta de la capital al Atlántico. Le pregunté durante la caminata si alguna vez le había pasado algo malo. “Al contrario”, me dijo. “Me dieron posada y comida en varias casas…de maravilla”.

que aportaban las mochilas. Pero los guías venían preparados. Uno sacó una cuerda para escalar (que seguramente pesaba más que todo mi equipaje), y llevó una de las puntas al otro extremo del puente. A nosotros los novatos nos dieron un arnés

a cada uno y nos conectaron un lazo del arnés a la cuerda, para que si caíamos, no fuera hasta abajo. Así pasamos el puente, lentos pero seguros. Después pasamos por un verdadero túnel —el único en nuestro viaje— bien estructurado, de ladrillo, con bejucos colgando en la entrada. Por fin llegamos al último puente, el de Agua Caliente, que por fortuna estaba en buen estado y

fue fácil de pasar. Caminamos pausadamente sobre el puente, tomando las últimas fotos y viendo a las familias abajo disfrutando de su domingo en el parque del IRTRA. En Agua Caliente un picop nos esperaba para llevarnos de regreso a Guatemala, exhaustos pero contentos, y yo, por lo menos, guardando el deseo de conocer el próximo tramo de la línea en un futuro próximo.

Caminando en la línea férrea de Guatemala  

Reportaje de la primera marcha pública sobre las antiguas líneas férrea de Guatemala. Christian Rodríguez, Jill Reploge, Douglas Leonardo, D...

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