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UN NINO CON ARMA DE TORERO por el paseíllo de los toreros. Cada becerro iba a ser toreado en promedio por dos personas, pero si la actuación del aprendiz era muy buena, completaría la faena y lo llevaría de nuevo hasta los corrales. Todo el público estaba acomodado sólo en los palcos, la mayoría, aficionados de más de sesenta años que murmuraban impacientes sus expectativas. De pronto en la arena apareció el picador (un hombre montado en un caballo que se encarga de acomodarle cada tanto una lanza en las costillas al animal para que su ataque al torero no sea tan vehemente) era robusto, estaba vestido de blanco y llevaba puesto el gorro Repartieron los turnos de actuación para negro de algún artista francés en caricatura. ocho muchachos, a Franco le asignaron el Salió sobre un caballo café que brillaba por primero. Él era más joven que cualquiera el sudor, que estaba protegido por un peto de los demás, tenía 14 años, sus compa- amarillo relleno de plomo, con los ojos ñeros le llamaban Franquito, pero no en vendados y que descansaba de cuando en ese momento, para entonces nadie decía cuando cada pata sosteniéndola un tiempo nada. Todos se miraban entre sí, mientras en el aire. él callado temblaba y caminaba en redondo El primer becerro salió raudo de los

Entraba la noche fría, luego de una tarde caras. Adentro, los ganaderos charlaban conlluviosa; la arena de la plaza ya estaba café y fiados sobre la bravura de sus animales. acurrucada de a poquitos. A un lado estaban todos los muchachos parados, embutidos en Por Suerte Púberres. pantalones plagados de lentejuelas, silenciosos, con la mirada perdida y esperando su debut con el becerro de turno. Su profesor saludaba sonriente y orgulloso a todo el público que lo reconocía, cada tanto se acercaba a sus muchachos a dar las últimas indicaciones previas. Mientras, hubo una rifa entre los asistentes. Se rifaba la cabeza de un toro incrustada en un trozo de madera barnizada y pulida que emulaba en su forma a un escudo de algún ejército de las cruzadas. El premio lo ganó un joven perteneciente a una peña (un grupo de personas uniformadas que acompañan al ganadero cuando sus animales van a ser lidiados). Afuera, en la entrada, la gente pagaba una pequeña suma, todos se conocían con todos y los que no, al menos reconocían sus


corrales, tenía un ímpetu que casi hacia olvidar la poca envergadura de sus pitones. El picador empezó su trabajo de inmediato, gemía y lo llamaba para chuzarlo con la lanza. La vaca arremetía con lo que podía la coraza de plomo que protegía al caballo, cada intento de atacarlo significaba medio centímetro más de la vara adentro. A veces, se alejaba y volvía violentamente sólo para confirmar su impotencia. Luego de un rato, la vaca ya no era impetuosa, ya había perdido el interés en el objetivo y sólo lo observaba agotada, jadeante, con el lomo cada vez más rojo y desde el centro de la arena.

Ése era el momento justo de la entrada del aprendiz, se iba a encontrar con un animal más dócil y a merced del lucimiento, sin embargo, no era tan sencillo, el miedo escénico y la falta de experiencia podían en cualquier momento traducirse en un error. Ya le tocaba el turno a Franco, esperó pacientemente que el picador hiciera su trabajo con la furiosa vaca que le había correspondido. Pisó la arena, con la mano derecha arriba y abierta, siguiendo el ritual: con permiso ganadero, gritó respetuoso. Caminó lentamente, sintiendo cada paso hacia la ensangrentada res y empezó a torear, sus manos trataban de sudar el miedo que se le había estacionado desde hace una hora en la cara, sus piernas no encontraban la posición justa del compás, mientras, el profesor gritaba cada vez más frustrado por la desobediencia corporal de su pupilo. Él trataba de hacer alguna maniobra bien, le era imposible, el animal no le daba tiempo de nada, cada vez que lo intentaba había un grito ¡así no muchacho! Los viejos aficionados criticaban la falta de técnica del aprendiz y loaban la bravura de la púber

res, sin embargo y a pesar de todo, Franco parecía decidido a hacer una buena labor, recordó lo que decía su maestro: “para comer caliente hay que jugarse la vida”, eso hizo, un pase, ¡ole! Retrocedió y esperó la arremetida, intentó hacer una verónica y de inmediato su cabeza quedó en el lomo del animal que sacudía sus inmaduros pitones tratando de provocar un daño mayor al muchacho que al de su simple ego; todo el público se preocupó, morbosos murmullos surgieron de inmediato y sus compañeros entraron haciendo maniobras de distracción para quitarlo de encima. Franco corrió rengueando hasta ponerse a salvo tras el burladero (una cortinilla de madera que


hace las veces de escudo cuando el torero huye).

López su profesor de educación física.

Había sido corneado en su reaparición, salió caminando hacia la enfermería, con el pantalón teñido en la pierna derecha por la sangre de la inmadura vaca y con los ojos humedecidos mirando al público testigo de su fracaso.

La pasión le empezó desde muy pequeño cuando su papá lo llevó a ver una tienta, le impactó su arte, sus vestidos, la forma cómo cada torero se jugaba la vida, pero paradójicamente lo que más le gustó del toreo entonces fue “… que le hubieran perdonado la vida a dos toros”.

Franco agacha la mirada y niega con la cabeza cuando recuerda su faena. “Es que yo nunca me salvo de una”, dice decepcionado. “Últimamente no he tenido suerte. Con mala suerte me refiero al toro, el toro no me ha ayudado para nada, porque oportunidades he tenido demasiadas lastimosamente no las he podido aprovechar”.

Justo después se antojó de ser torero. Luego de comentárselo a su padre se inscribió en la escuela taurina, su mamá nunca estuvo de acuerdo, “a ella no le gusta esto, le da miedo. Es que no aguanta nada porque sufre del corazón”, comenta entre risas “yo supongo que mi papá también sufre, pero él aguanta más por lo que es hombre”.

Él tiene 14 años, tres de ellos dedicado a aprender a torear en La Escuela Taurina de Cali. Tiene cabello negro y facciones de niño, su cuerpo aparenta tres años más, pero eso es por el entrenamiento físico que tiene a diario, “es que ellos se tienen que preparar como cualquier deportista, un torero es un atleta”, dice Alfonso

El primer año, toreó con superlandia (los enanitos toreros) en Cali. Su primera presentación en serio frente a un toro fue en Palmira, luego en Popayán y así en cuanta tienta había en la región Franco se dio a conocer. Empezó a ganar en promedio 400.000 pesos por presentación y ya podía comprar todos sus implementos nuevos,

no más de segunda “es que a todo torero le gusta salir bien presentado”. Su primera novillada ahora parece muy lejana, fue en Milán Caquetá, un viaje de más o menos 24 horas en el que tuvo que pasar por trochas, páramos y carreteras destapadas, “lo peor de todo es que me tocó irme sentado en la parte de atrás junto a los cajones que llevaban a los toros. En todo el viaje no pude dormir porque a toda hora remataban, pegaban por aquí y por allá” comenta sonriendo. “Esa novillada fue un mano a mano con César Manotas, un novillero que ya tiene derecho a exigir su plata y yo recién estaba empezando. Ese día sí me la jugué, porque era mi primer novillo y era con alguien que ya había matado más de veinte corridas, esa tarde me tocó. La plaza se llenó”. “Cogí la espada, le metí más de la mitad y con eso el novillo tuvo” Esa es una de las experiencias que Franco recuerda ingratamente, entonces, sí era un joven con suerte, pero “me quedaron mal


con mi plata” dice decepcionado. Ese día tuvo que volver a casa en el mismo camión, por los mismos páramos, las mismas carreteras destapadas, y sin plata; sin embargo con una seguridad fingida dice “a un torero que tenga afición le dicen cualquier cosa y por eso va, sólo para prepararse y no perderle la cara al toro”. Su cara de niño decepcionado lo delata, pero su pasión le obliga a decir que es de las experiencias más bonitas que ha vivido, que todos los buenos toreros tienen que pasar por eso; busca palabras haciendo pequeños círculos en el suelo con su índice derecho y dice como consolado “es que a uno no le pueden llegar las cosas así, uno tiene que merecérselas” Luego de un primer año de logros, de haber sido reconocido como el mejor novillero de Cali en muchas plazas de la región, comenzó su segundo año con la expectativa de estar en las novilladas de la pre-feria (las novilladas más importantes del año) “pero no se pudo porque habían muy pocos cupos y muchos novilleros buenos”. Después de la decepción y la tristeza

vinieron las buenas noticias, se iba a realizar en México El Primer Encuentro Mundial De Escuelas Taurinas, a la de Cali le llegó la invitación y Franco fue el escogido para representarla. MÉXICO: PASIÓN, DECEPCIÓN Y ESPERANZA El viaje estaba programado para el 14 de Mayo de este año, Franco quiso entrenarse bien pero tuvo que hacerlo en salón (sin ningún toro) porque de Enero a Junio no hay muchas tientas “traté de entrenarme muy duro pero me tocó voltear mucho por la visa, entonces no tuve forma de prepararme como quería y delante de la cara del toro peor”.

tres Mexicanos y un Español que venían de matar ochenta novillos el año anterior y que ya llevaban por lo menos veinte en el año en curso. “no sé porqué me pusieron en la tercera tarde, solamente le eché mucho corazón, quise hacer las cosas muy bien”. Franco se emociona al recordar, con paroxismo y frases españoletas cargadas de muletillas, habla de su experiencia y de la muerte de los toros como el mayor pergamino de los toreros.

“Salió mi novillo, era mi primer novillo que pesaba tanto, pesó un promedio de 370 kilos más o menos; era de la ganadería de CORTINA PIZARRO se llamó director, no fue para nada bueno; en sí la novillada no salió para nada bien y para mi suerte mi Viajó sin mucha preparación, pero con mu- novillo fue el peor” Franco se pone técnico chas expectativas para Aguascalientes Méx- para sentenciar la actuación del animal: ico. Iban a ser tres tardes en la plaza San “Por el pitón derecho no pasaba y por el Marcos en una feria del mismo nombre. La izquierdo embestía dando derrotes, con tercera era para los más grandes y experi- las patas por delante, me miraba, embestía mentados, a Franco que había matado sólo unas veces y otras no” no se pudo lucir “no un novillo en ese año le correspondió com- me pude lucir”. partir su turno en aquélla, con un Francés,


Ese día aquel toro lo levantó una, otra y otra vez hasta completar 6 veces, “6 veces me paré” dice orgulloso. “Cogí la espada, le metí más de la mitad y con eso el novillo tuvo, hubo una ovación muy fuerte, pero apenas maté al toro saludé y me fui para la enfermería. Ya no podía respirar, sentía las costillas partidas, el toro me había pegado en todo lado”. Para Franco fue una desilusión muy grande, su voz se entrecorta y habla con tristeza de sus expectativas previas, defraudó a su país, a su familia y a sus ilusiones. Él quería quedarse en México “porque allá se torea demasiado, niños de diez años ya han matado en su vida 20 novillos”. Franco habla de México con pasión, con decepción y con esperanza. Fue allá donde comenzaron sus problemas, desde ahí empezó a caer su rendimiento. Parece que fue otro Franco al que escogieron como único representante de Colombia en El Primer Encuentro Mundial De Escuelas Taurinas. Desde esa fecha viene de mal en peor, el último mes no pudo torear porque estaba atrasado en La unión de toreros, 17.000

pesos que debe pagar mensual, algo así como el seguro de vida. La última vez que toreó, una inmadura vaca le corneó la pierna y le rompió el músculo internamente, tuvo una lenta y dolorosa recuperación. Hoy más que nunca quiere viajar a México porque para España es muy difícil conseguir la VISA Sus expectativas siguen intactas, su talento quién sabe. “”Ahora toca reaparecer. Cuando recién empecé como torero todo muy bien, ahora tengo que seguir en eso”.

Un niño con arma de torero  

Es un reportaje que retrata la realidad de un niño apasionado incluso, detrás de la barbarie del toreo.

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