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¡Ama a Natura! La educación como danza de la vida

Les quiero compartir una experiencia educativa muy edificante que tuve la oportunidad de vivenciar con los niños y adolescentes de la parroquia Salinas de Guaranda, provincia de Bolívar, Ecuador. Los hechos narrados aquí se desarrollaron entre los años 2003 hasta mediados del 2004. Llegué a ese lugar porque estaba realizando un año de voluntariado con la comunidad salesiana del Ecuador. En el desarrollo de esa experiencia escribí un pequeño diario de campo llamado "Filosofía pensada, filosofía vivida". De las muchas experiencias narradas hay, una merece mi especial atención y es la parte que describe el nacimiento y desarrollo del grupo de niños "Ama a Natura".


El frío en Salinas era inhóspito, vivíamos a más de 3500 metros sobre el nivel del mar, los vientos andinos formaban una danza con los pinos sembrados en los alrededores de la parroquia, especialmente en las laderas y cumbres de las montañas. El viento también danzaba con la paja de los páramos, paja que alimentaba las fuentes de aguas subterráneas, en medio de ese escenario de descomunal belleza andina se levantaban una serie de plantas y arbustos muchos de ellos con propiedades medicinales. La corriente de los riachuelos, acequias, pero en especial del río Salinas provocaban una hermosa melodía al chocar sus aguas con las rocas, mientras que en una colina plateada salía con fuerza la subterránea agua salada, de donde la parroquia toma su nombre. El viento formaba en determinados momentos del día un misterioso silvido que invitaba al recogimiento del espíritu, soplo que develaba una inmensidad incomensurable. La rutina de los niños era casi la misma en todos los hogares del pueblo. Ellos decían que no podían asistir en la mañana de los sábados a realizar actividades con los voluntarios porque tenían que ayudar en el aseo y alimentación de los animales (especialmente de puercos), rutinariamente en la mañana y de tarde se


debía cambiar de lugar a las vacas para que tengan suficiente pasto y de esta manera los adultos podrían "cosechar" buen ordeño en las frías madrugadas, para luego llevar la leche a venderla en la quesera del pueblo. Muchos niños y adultos desfilaban en determinadas horas del día para llevar el suero (desecho de la leche) en pequeños baldes para sus puercos. Quería hacer algo con los niños, los conocidos me habían dado la idea de realizar una limpieza del río, y fue esta empresa con la que empezamos una fría tarde de sábado de esos tiempos. Cito textual el libro de campo: "Un sábado se me ocurrió coger el megáfono y puse a llamar a los niños por todo el pueblo, venciendo mi vergüenza interior me puse a llamarlos por sus nombres y ellos ya no podían resistirse." En medio de una calle gritando como un loco mi empresa parecía ir al fracaso de manera prematura, pero un impulso del espíritu provocó que los comience a llamar por su nombre, "ya viene juan con su hermana julia...vamos a realizar una minga", "Solo hay que traer una tonga, ponerse botas y traer un costal". Cuando veía que llamar a los niños provocó una respuesta positiva enseguida preguntaba a otros niños nombres de sus vecinos para llamarlos y animarlos a participar. Las madres de familia comenzaron con su lenguaje propio de la intimidad familiar a dar las indicaciones a sus hijos en los asuntos de su preparación. Algunos mencionaron que nos iban a alcanzar después porque se encontraban terminando una que otra tarea doméstica. Un grupo medianamente considerable de niños se puso en marcha en dirección al río, unos más pequeños otros más grandes. Cuando se llegó al río el grupo caminó bordeando la ribera mientras se recogían los desechos, especialmente plásticos, fundas, botellas; luego de limpiar una distancia de unos 100 metros a lo largo de la ribera, pasamos al otro lado a través de un sendero improvisado por un tronco de árbol de pino, observando que los niños podían resbalarse y caerse al río decidí meterme al agua para dar mi mano a los niños, especialmente a los más pequeños. Una vez pasado ese peligro limpiamos la orilla del frente del río, nuestros costales estaban llenos, por lo que la movilidad del grupo era lenta, obligando a alternar la carga de los costales especialmente con los niños más grandes. Al final, exhaustos llegamos a la ladera de la fuente de agua sal, nos agrupamos en círculo en una especie de media cueva e invitamos a poner en el centro todas las tongas (alimentos propios para el viaje), vimos que nuestra obra tenía que tener un sentido de trascendencia y los niños comenzaron a balbucear el Padre Nuestro, luego comenzaron con gran apetito a consumir el fiambre. Paulatinamente el grupo comenzó a bajar en número pero los que asistían se mantuvieron constantes por el tiempo que duró la experiencia, unos 3 meses. A


pesar de que el grupo decreció nuestra convocatoria siguió siendo por megáfono, este ambiente festivo y de reto por cada nueva empresa a emprender motivaba a los niños, quienes se sentían parte de una especie de "cruzada por la vida", una especie de "batalla contra el tiempo" y contra todo lo que impidiera conservar su medio ambiente. En ocasiones teníamos el apoyo de jóvenes del pueblo quienes cumplían las funciones de educadores.

Nuestra siguiente "cruzada" fue la siembra de árboles, la mayoría pinos aunque también había eucaliptos. Nuestra inexperiencia hizo que una buena cantidad de plantas sembradas en los costados del camino de entrada al pueblo fuera consumida por los animales que terminaron arruinando las plantas. Denunciamos este particular en una de las misas del pueblo mencionando que habían sacado las plantas y que hay poco cuidado por parte de los dueños de animales. Los asistentes se solidarizaron con nuestra singular empresa. La tierra húmeda se notaba detrás de los plásticos que abrazaban las raíces de las plantas, eran las últimas y esto daría paso una siembra especial. El grupo subió por un sinuoso sendero hacia una de las partes más altas del pueblo, parafraseo a continuación el diario de campo, antes de iniciar contemplábamos por un momento desde la altura la pequeñez de nuestro pueblo y la inmensidad de las colinas que le rodeaba, un silencio que


parecía detener el tiempo sepultaba nuestras conciencias haciendo parecer de que en ese pueblo no había vida, el silvido del viento asustaba algunos niños, y de pronto vencíamos nuestro miedos respondiendo a la naturaleza con vítores cargados de emoción ¡Viva la naturaleza! ¡Viva! ¡Vivan los árboles! ¡Vivan! ¡Vivan los ríos limpios! ¡Vivan los bosques limpios! Los días pasaban y los niños esperaban estas sesiones, pero ya era tiempo de un reconocimiento. Reunidos todos en la misa de domingo se sentó en primera fila a los niños que habrían de convertirse por sus méritos (especialmente por criterio de asistencias) en "Amantes a Natura". Los niños recibieron un diploma y un "corazón verde", símbolo de su compromiso demostrado en la conservación de la naturaleza. Una ola de aplausos inundo la Iglesia mientras contemplaba la alegría de los niños, y me imaginaba sus corazones latiendo a mil por hora, unas palabras introductorias mencionaban que los grandes cambios podían nacer de manera silenciosa e inexplicable de estos inocentes y sencillos corazones y rostros. En la víspera para irme de Salinas, una última actividad de Ama a Natura se realizaría justo en el lugar donde empezó todo: en el río. Ese fue el escenario donde los niños y yo hicimos una promesa, a modo de bautizo de Jesús en el Jordán, cada uno de nosotros fue poniendo su mano mano encima de la biblia y prometiendo defender y preservar la naturaleza desde cualquier sitio y circunstancia que se encuentre, ese era el final de Ama a Natura, después cada niño y niña iba inclinando su cabeza para sentir la música del agua derramándose en sus vidas. Dedicado al P. Antonio Polo, Victorita Chamorro, a los salineros y en especial a los que en ese entonces fueron niños (y ahora son adultos) y participaron de esa loca aventura educativa llamada Ama a Natura. Levanto mi copa para brindar y dedicarles a su Salud. Con afecto Christian Plaza ("El voluntario")


¡Ama a natura!