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Lectura en la entrega del premio a la Acción Solidaria al proyecto BUBISHER La diferencia entre un sueño y su realización es siempre un largo camino. Todos los que visitan por una u otra razón los campamentos de refugiados del Sáhara sueñan con que un día logren la libertad. Pero la libertad no es posible sin cultura. Por eso empezamos a soñar, hace ya muchos años, con darles las herramientas necesarias a los niños y a los jóvenes para que desde la cultura lograran escribir su propio destino. Hace menos de diez años un niño del colegio San Narciso de Marín levantaba un dedo para poder hacer una pregunta. Hablábamos del Sáhara, de libros y de solidaridad. Los compañeros del niño del colegio, todos, querían ayudar a los de los campamentos de refugiados del Sáhara. Solidaridad en estado puro. Cada semana, cada uno de ellos depositaba una pequeña cantidad de dinero de su bolsillo, de la paga semanal, y querían que aquel dinero fuera para ayudar de verdad. El año anterior, los chicos de aquel colegio, un ejemplo de educación en la solidaridad, habían recaudado 3.000 euros para comprar audífonos para los niños sordos de los campamentos. En el nuevo curso, sin embargo, querían que la ayuda fuera para todos. Quien les hablaba se acordó entonces del viejo sueño, y de que cuando no se tienen libros es difícil que quieras que te enseñen a leer en español. Y cuando el dedo de aquel niño/mago fue elegido entre todos para hacer una pregunta, el alumno, desde una de las últimas filas preguntó: ¿Y por qué no llevamos un bibliobús cargado de cuentos a sus escuelas? Ninguno de nosotros habíamos pensado en esa posibilidad. Entre otras razones, porque era algo realmente difícil, casi imposible. Pero en eso consiste la magia, en hacer realidad lo que parece imposible. Y el dinero que prometían aquellos chavales solidarios era todo un acicate. Y lo recogieron, y aquel talón en el que se resumía mucho pequeño esfuerzo personal, nos llevó a llamar a todas las puertas de los que podían darnos el vehículo y los libros. No fue ningún estamento del estado: ni el ministerio de cultura, ni el de educación, ni el Instituto Cervantes, ni la Dirección General del Libro. Fue un gobierno autonómico, paradójicamente el del País Vasco, y fueron las editoriales, en una onda expansiva de generosidad y entusiasmo. Bautizamos al bibliobús y al proyecto con el nombre de un pequeño pájaro del desierto, el bubisher, que también tiene magia: según la tradición saharaui, cuando se posa en una jaima, anuncia buenas noticias: la lluvia que hace crecer la hierba, el regreso de un familiar, una visita muy especial… Tanto que los niños, cuando lo ven


sobre su jaima, lo reciben con canciones sobre el bubisher y las buenas nuevas. Y acertamos, porque desde su primera entrada en una escuela, fue recibido con las mismas canciones que hablaban de la suerte. Desde el principio asumimos que nuestro papel allí no podía ser el de enseñar español, sino el de poner libros a disposición de niños y jóvenes, para que crezca en ellos la necesidad y el deseo de aprender. Y apoyarles en ese camino con todos los medios a nuestro alcance. El primer año recorrimos todas las escuelas de los cuatro campamentos, buscando el camino mejor; y desde el segundo curso nos dimos cuenta de que abarcar mucho es apretar poco. Ha sido un largo camino de ensayos y errores, pero actualmente nos centramos en dos campamentos, con un bibliobús en cada uno de ellos, y una gran biblioteca pública en el campamento más grande, el de Smara. Ocho monitores saharauis trabajan con un sueldo digno, acudiendo cada mañana a sus centros de enseñanza para leer y prestar libros en sus aulas, y dirigiendo clubes de lectura por la tarde con los más entusiastas de cada barrio. Dentro de muy poco zarpa un nuevo vehículo cargado de libros hasta los topes, para seguir creciendo. Y nuestro objetivo final es que no haya niño, joven o adulto de los cuatro campos de refugiados que no pueda leer y trazar su camino en libertad. Más de tres mil libros, todos nuevos y casi todos donados por las propias editoriales, una buena biblioteca en árabe facilitada por miembros suecos del Bubisher, lo hacen posible. Pero avanzamos, no acabamos de saber nunca por dónde podemos crecer. Y si el proyecto encontró su varita mágica en un colegio gallego, sus bibliotecas escolares continuaron apoyándolo con diversas actuaciones de carácter solidario: más de cien bibliotecas escolares eligen un álbum ilustrado que regalan al Bubisher, cientos de postales editadas en Betanzos que se distribuyen entre bibliotecas y clubs de lectura, jaimas que llenan las bibliotecas de algún centro de Vigo... También en Galicia encontramos la otra cara de la moneda: porque era preciso trabajar allí, en las escuelas saharauis, pero ¿y las nuestras? La respuesta surgió en las bibliotecas escolares de la comarca de Ferrol Y desde allí hemos descubierto que a nuestros escolares también les importa el mundo. “El otro” no es un dibujo de un niño con la piel más oscura. El otro se llama Mariam, Aziza, Brahim, Omar, Uita, Salamu… Y el otro es como él, le gustan los mismos libros, los mismos dibujos. Y también los mismos artistas o los mismos futbolistas. El otro no está en un espejo siquiera, sino en ellos mismos. Nuestros


niños han descubierto que ellos mismos son el otro. El año pasado realizamos las primeras experiencias, y casi un centenar de colegios están ansiosos por compartir. Por ejemplo, pequeños proyectos de investigación, paralelos y coincidentes: qué es el camello para el saharaui, qué es el caballo o la vaca para el gallego. Y qué el mar, y qué el desierto, y tantas, tantas cosas que nos hacen distintos para saber que somos iguales. Ése es un camino que estamos estrenando. Y por eso necesitamos más que nunca más manos, no para dar, no para hacer caridad, sino para compartir realidad y sueños. Es verdad, estamos atravesando una crisis más profunda de lo que podíamos esperar, y la cultura está sufriendo recortes brutales. Incluso es legítimo que nos preguntemos si tanto esfuerzo para llevar libros a las escuelas y las jaimas saharauis no sería más útil llevándolos a las aldeas, a los lugares en los que no hay una biblioteca pública. Pero es que los estamos llevando, de la mejor forma: enseñándoles a compartir. Enseñándoles a ser tolerantes, para que los de allí también lo sean. La última de las ideas es hermosa en sí misma, un círculo casi perfecto: editar libros, convertirnos también en editorial, para publicar libros saharauis, y con ellos financiar los gastos necesarios para seguir funcionando. Leer para que ellos puedan seguir leyendo. El primero ha sido Ritos de Jaima, escrito por el poeta saharaui Limam Boisha, un libro imprescindible ya para entender el alma saharaui, sus fibras más sensibles. El segundo será uno escrito por los niños de un club de lectura de Smara. Y habrá más, muchos más, para ser leídos aquí y allá. Nacerán nuevas ideas. Se levantará otro dedo, otra varita mágica, y el rumbo del Bubisher será mejor. Porque creemos en la magia del ser humano, y muy especialmente en la de los niños. Por todo eso, por reconocer el trabajo realizado con este premio que nos llena de orgullo y nos recuerda lo mucho que queda por hacer, muchas gracias a quien nos propuso, el Ateneo de Santiago, muchas gracias al jurado que nos eligió, muchas gracias a la Fundación Luis Tilve, y no solo por nuestro premio, sino por dar un sentido más ético a toda la sociedad con su esfuerzo continuo. A todos vosotros, gracias.

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