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EL NACIONAL DOMINGO 23 DE MAYO DE 2010

En el norte de Chile hay un secreto de arena, viento y sal. Es el desierto más árido del mundo, con zonas sin lluvia desde hace cientos de años. Conozca qué se siente caminar entre dunas y volcanes donde lo único que se oye es el silencio de la Tierra DÉBORA ILOVACA LEIRO dilovaca@el-nacional.com ATACAMA. CHILE

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tacama dice algo. Todo el tiempo, a toda hora. Es algo profundo y sereno. Algo que nace del tiempo y el espacio, ese lugar que contiene todo lo que existe en el universo. Y, tal vez, lo que no existe también. Algo que lo llena todo y abruma. Eso que se escucha cuando no se escucha nada. Silencio, eso es lo que dice Atacama. El silencio de la Tierra. De una Tierra que se abre en carne viva aquí, en el norte de Chile, para acercarnos al principio y fin de todas las cosas. Porque estar en el desierto es mirar de frente el planeta. Tenerlo allí, ante nuestros ojos, y no saber qué decir ni qué hacer. No saberse entre tanta vastedad. Estar “empampado”, como dicen por estas latitudes para referirse a quienes se pierden en el desierto. Pero empampado en un sentido personal y metafísico. Esto es, estar perdido en uno mismo en el desierto. El empampamiento comienza en San Pedro de Atacama, un oasis en plena pampa desértica. Está ubicado en la región chilena de Antofagasta, a una hora en carro del aeropuerto de Calama, a 2.500 metros sobre el nivel del mar y enclavado entre montañas. Por el este pasa un cordón volcánico de la Cordillera de los Andes, con cumbres entre 4.500 y 6.000 metros sobre el nivel del mar. Entre ellas los volcanes Licancabur, Láscar y Sairecabur. Por el oeste se extienden las cordilleras de la Sal y Domeyko. Al norte está la zona del Altiplano. Y al sur el Salar de Atacama. En el siglo V antes de Cristo, los atacameños –cuyos ancestros habían llegado a Atacama 12.000 años atrás– convirtieron este asentamiento en el centro económico y cultural de la zona. Por eso se conoce como la capital arqueológica de Chile. Hoy es una localidad de calles de tierra, casas de adobe, rejas de madera clara y delgada, árboles y ayllus, comunidades agrarias familiares que constituyen la organización social y económica del pueblo atacameño desde sus inicios. Hay que recorrerlo, curiosear las artesanías del mercado local, sentarse en su plaza, conocer la iglesia y visitar el Museo Arqueológico Padre Le Paige. Y, acto seguido, preparar la mochila para salir de excursión por el desierto más árido del planeta.

Valle de la Muerte. No lo parece, pero son más de las 4:00 pm. Valeria, la guía, dice que hay que partir “al tiro no más” porque, aunque la caminata es corta, se hace tarde. Así que arrancamos. En 15 minutos, la camioneta que hace el transporte se detiene y los zapatos tocan la arena atacameña por primera vez. El sol brilla casi como a pleno mediodía, pero el viento sopla fuerte y hace frío. Estamos en la cornisa de la Cordillera de la Sal. Caminamos por el borde de un risco, cubierto de piedras planas que al pisarlas suenan como vidrios rotos. En lontananza se distingue la Cordillera de los Andes, con la silueta inconfundible del Licancabur, nombre que significa “montaña del pueblo”. Por el lado izquierdo se abre paso

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VIAJES

CYAN MAGENTA AMARILLO NEGRO

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SURAMÉRICA Travesía de sol y vastedad

el infinito, la pampa sin fin. Y abajo, a la derecha, una formación rocosa-montañosa con aires de ciencia ficción: picos rugosos y superpuestos unos sobre otros. Valeria dice que es la Cordillera de Sal. Sí, la misma que estamos transitando. De pronto, los tonos empiezan a cambiar. El sol se está ocultado y todo lo que era color arena se vuelve rosado. El suelo, las piedras, las cordilleras, las nubes y los volcanes. Todo rosado. O rojo, como Marte. De hecho, se dice que el nombre de Valle de la Muerte viene de la deformación de Valle de Marte. Después de rosado se torna azul y aparece la noche. Llegamos al final de la cornisa. Hay que bajar atravesando unas cuantas dunas para llegar al Valle de la Muerte. Valeria recomienda descender descalzos. Y tiene razón. La arena está fría y relaja los pies. Las dunas se bajan como escaleras, casi con la destreza de Rocky Balboa. Entonces se llega al valle. De la Muerte o de Marte, lo mismo da. Sólo faltan unos metros para terminar y al fondo nos espera la van.

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El salar. “Esta sal del salero yo la vi en los salares”, cantaba el poeta chileno Pablo Neruda en 1956. “Sé que no van a creerme, pero canta, canta la sal, la piel de los salares, canta con una boca ahogada por la tierra”. El salar de Atacama es una cuenca hidrográfica de 90 kilómetros de largo y 35 de ancho formada por ríos y aguas subterráneas provenientes de las cordilleras que nunca llegan al mar. Cuando el agua de esta cuenca se evapora, la sal y otros minerales volcánicos que arrastró en su curso se cristalizan y forman una costra rugosa, blanquecina y grisácea. Esa es la piel de los salares de la que habla Neruda. La misma que se ve aquí en la Laguna de Chaxa, una de las lagunas de agua salobre que alberga el salar. Para visitarla, se atraviesa en carro un valle de “desierto vivo” o con vegetación: cachiyuyu (una suerte de frailejón pajizo), y árboles típicos de la zona como chañar, algarrobo y tamarugo. También se deja atrás Toconao, un pueblo de casas hechas con piedras volcánicas. En una hora se llega a Chaxa. Es pleno atardecer y está llena de flamingos. O flamencos, como los llaman aquí. Algunos parados en una pata y otros en dos. Unos con el cuello estirado y otros, encogido. Pero todos comiendo microalgas y crustáceos ricos en caroteno para colorear sus plumas de rosado. Con el sol de fondo, para que los viajeros les tomen fotografías a contraluz y, como se lee en el último verso del poeta, prueben con ellos “el sabor central del infinito”.

Géisers del Tatio. Hay que abrigarse bien y poner el motor en marcha a las 5:00 am, cuando aún no hay trazas del astro rey en el firmamento. La ventana del carro está helada y alguien comenta que afuera hace menos 8º C. Nos dirigimos a los Géisers del Tatio, a 95 kilómetros al norte de San Pedro, en la zona del Altiplano. Son varias horas de camino con un paisaje de mesetas color mostaza y café al pie de los volcanes. A ratos aparece una vicuña al borde del camino y se queda atrás, mientras el carro avanza hacia el campo geotérmico más grande de Amé-

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rica Latina y uno de los más importantes del mundo. La vicuña no sabe esto, por supuesto, pero igual entra y sale de la escena a su antojo. Y hasta guiña el ojo. El carro se detiene a 4.200 metros sobre el nivel del mar y menos 12º C. Allí donde la lava de los volcanes de la Cordillera de los Andes hierve los ríos subterráneos y hace que el agua brote en columnas de vapor de hasta 50 metros de alto. Eso son los géisers: vapor en ascenso. Y aquí, frente a nosotros, en un área de 10 kilómetros cuadrados, hay cerca de 80. René, el guía, dice que no nos aventuremos a caminar entre ellos porque el vapor desorienta y el piso es resbaloso. ¿Han muerto personas aquí?, pregunta alguien. Sí, dice René. Algunas se han caído y se han quemado, y otras se han caído y se han muerto. Así que

lo más seguro es pararse en los miradores de piedra y observarlos. Ver cómo el vapor sale de la tierra como por arte de magia y sube hasta el cielo. A medida que avanza la mañana, los rayos del sol hacen que los géisers luzcan menos monumentales. El frío desaparece y es tiempo de bajar hacia las Termas de Puritama. Se trata de un conjunto de pozos calientes, transparentes y naturales enclavados en una especie de cañón a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar. Es un lugar acondicionado para el relax y el disfrute, con caminos de tablas de madera, caneyes, vestuarios y baños. Hedonismo puro en pleno desierto.

Valle de la Luna. En pocos minutos comenzará la travesía cósmica. No hay cinturón, pero igual hay que abrochárselo. Estamos de pie al borde

Venezuela 2010 8  

nutos comenzará la travesía cósmica. No hay cinturón, pero igual hay que abrochár- selo. Estamos de pie al borde DÉBORA ILOVACA LEIRO dilova...

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