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J6 I DESTINOS I

CORTESÍA VÍCTOR MENDIOLA

GEYSERS DEL TATIO. Hay que madrugar para ver las fumarolas

EL UNIVERSAL

CORTESÍA VÍCTOR MENDIOLA

Domingo 23 de enero de 2011

DE ADOBE. En San Pedro encontrarás bares y tiendas de artesanías

ALMUERZO. Uno de los servicios de los hoteles de lujo. Incluyen vino

Mochileros y viajeros premium llegan de muy lejos para explorar paisajes extraños como el Valle de la Luna y los Geysers del Tatio. El punto de partida es San Pedro, un pueblo hecho de adobe

TEXTOS Y FOTOS: GRETEL ZANELLA

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ay piedras que no se han movido de su lugar en 23 millones de años. Todo sigue intacto en algunas regiones del desierto de Atacama porque no ha caído una gota de lluvia. Eso lo aprendí en el History Channel, pero, según mi guía, no ha pasado tanto tiempo, sólo unos 200 años después del último chaparrón. Atacama, en la II Región de Antofagasta, al norte de Chile, es el territorio más seco del planeta. Quedó atrapado entre la gélida corriente de Humboldt en la costa del Pacífico y la barrera de la cordillera de Los Andes que impiden que la humedad llegue a sus dominios. De pinta marciana, con sus piedras y suelo rojizo, posee uno de los cielos más despejados del mundo. Cuando la luna sale es una pelotota plateada con sus cráteres rozagantes, aun antes de que el sol se oculte. Cuando no, la Vía Láctea se desparrama; Orión, la Cruz del Sur y una legión de constelaciones alumbran los recorridos nocturnos de los que, por amor a las estrellas, aguantan fríos debajo de los cero grados. Alguien dijo que las condiciones de este lugar siguen tan violentas como cuando comenzó la vida. Atacama hierve por dentro y libera energía con fumarolas al amanecer. Sus raras formaciones y arrugas son producto del tremendo movimiento tectónico y la erupción de volcanes. San Pedro, a 2 mil 438 metros sobre el nivel del mar, es un oasis conquistado primero por incas, luego por españoles y, después, por mochileros y viajeros con petacas Louis Vuitton. En este viaje coincidí con N., fiel creyente de la energía del Cosmos, del poder de las piedras y de los marcianos. También vino M. Le gusta disparar el obturador de su cámara y tomar nota de las recomendaciones para comprar música chilena. No deja de comer hojitas de coca como si fueran pepitas para que no le dé el mal de montaña. En el pueblo se contratan las excursiones. Tour operadores sobran. Las tarifas de hostal empiezan en 8 dólares, y en 398, si es un hotel de lujo como el de nosotros, con paseos incluidos.

San Pedro es un pueblo típico, con sencillas casitas de adobe, techos de paja y madera de cacto. Es un milagro que en un territorio tan inhóspito, donde aparentemente la vida no palpita, esta noche festejemos nuestra llegada con un pisco sour en uno de los bares del pueblo. A las 9 de la mañana siguiente, la camioneta del hotel ya tendrá todo para la primera excursión: agua, tabletas de granola, frutos secos, chocolates. Nuestra guía ya nos espera a bordo.

EXCURSIÓN 1. ARCOIRIS POR LA MAÑANA Tomamos la carretera 23, la que lleva al aeropuerto de Calama. Me sorprende ver tantas cruces en un tramo recto. Nos dicen que son las “animitas” de los que han muerto en accidentes por culpa del viento y la mala visibilidad. Las condiciones atmosféricas en el desierto a veces provocan que los conductores no midan las distancias. Por un camino de sal, nos rodea la textura de una tierra grisácea que me recuerda la piel arrugada de un elefante. Se nos atraviesa el primer guanaco: camélido de patas ñangas, muy hábil para correr. Rumia su ración de cojines de la suegra, unos cactos redondos con grandes espinas, la delicia del animal. Después de 80 kilómetros, entramos al Valle del Arcoiris, un santuario de rocas que simulan ser hombres gigantes, velas de barcos y tridentes de colores terracota, verde, rosa y violeta. Por encima de los 3 mil metros sobre el nivel del mar un viento se nos restriega con saña. Tenemos prohibido llevarnos la piedrita más nimia, pues aquí hay minerales que fueron arrojados desde el centro de la tierra. Después vamos a Río Grande, una comunidad que celebra la colocación del nuevo techo de su iglesia. Para ser bien recibidos entregamos una dote de refrescos y cervezas. Llegamos tarde. Ya sahumaron las imágenes de los santos. Nadie trabajó hoy. Río Grande es apenas un caserío que está desierto en el desierto. Está hecho de unas cuantas casas de adobe, con sus banderas chilenas ondeando al viento.

gretel.zanella@eluniversal.com.mx

• ENVIADA

Nos advierten que debemos aceptar lo que nos ofrezcan y nada de fotografías. En el patio está la mesa puesta. Nos damos la mano con timidez. Trajeron hasta una banda de música. Una voz perdida dice que pasemos a la mesa, pero nadie le hace eco y nos perdemos el convite.

EXCURSIÓN 2. LUNA AL ATARDECER Yo creo que tiene más facha de Marte que de luna, sobre todo cuando el sol del atardecer da a las piedras sus mejores tonalidades. A 14 kilómetros de San Pedro, el Valle de la Luna, en la Cordillera de la Sal, es una obra monumental de riscos filosos escalonados, montículos que crees haber visto en la Guerra de las Galaxias y paredes verticales como la del llamado Anfiteatro, al final del valle, de forma semicircular y tan imponente que casi te abraza. Desde la Gran Duna, al otro extremo, el Anfiteatro se ve pequeñito. Ya no está permitido caminar por el filo de este cerro de arena de casi 100 metros de elevación. Sólo se puede subir por un costado. Por culpa de otros turistas ya no podré rodar en ella. El paso de tantos la estaba deformando. Nos conformamos con mirar las ondas que traza el viento sobre su superficie dorada y brillante. N. ya está descalzo y en posición de loto. El viento lo saca de trance cuando le arroja un puñado de arena en la cara. Y sí que duele. Al Valle de la Luna se puede venir en camioneta o en bici. También se hacen recorridos en trekking de día y de noche en luna llena. En la sombra, la tierra colorada se apaga hasta el más triste de los grises. Entonces puedo ver el suelo lunar de texturas lisas y rugosas. Se me antoja un traje de astronauta y que alguien apriete el botón anti gravedad.

EXCURSIÓN 3. LA SAL DE LA TIERRA No sé si esta vez quiero ir a Marte o a la luna, o simplemente irme al cielo. En las lagunas altiplánicas seguro se puede platicar con Dios. ¿Cuatro mil trescientos metros de altura serán suficientes? Hipertensos, absténganse.

Desde la carretera 23, rumbo al este, el volcán Licancabur parece seguirnos. La montaña sagrada de los lican antai (antiguos atacameños) se eleva a 5 mil 916 metros sobre el nivel del mar, con una laguna casi congelada en el interior de su cono, donde las temperaturas de la madrugada descienden 20 grados bajo cero. También pasamos las montañas del proyecto ALMA, donde países de primer mundo aportan tecnología y Chile el terreno y los cielos impecables para la astronomía. Dejamos atrás el volcán Lascar de 5 mil 590 metros, aún activo, y la línea del Trópico de Capricornio, señalada con una cruz en el centro y apachetas alrededor. Las apachetas son esas torrecitas de piedras apiladas que dejan los paseantes como ofrenda. Para llegar a la laguna de Tuyajto y al Salar de Aguas Calientes, hacemos dos horas de camino. M. ya se comió su dotación de hojitas de coca para el mal de puna o de montaña (la inadaptación del organismo a la altura provocada por la velocidad de ascenso. Algunos síntomas: dolor de cabeza, mareo, somnolencia). N. siente una opresión en el pecho. No habla. Está preocupado por no haberse tomado el par de

Mexico 2011 11  

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