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Así se tejió el imperio Algunas de las mujeres que empezaron a trabajar con Amancio Ortega siguen cosiendo para Inditex en sus talleres de la provincia de A Coruña XOSÉ MANUEL PEREIRO - A Coruña - 16/01/2011

"¿Es cierto eso que se dice que Zara fabrica la ropa con chinos que trabajan en barcos anclados en aguas internacionales?" preguntaba a sus interlocutores, perfectamente en serio, el redactor de un prestigioso semanario francés, desplazado a Galicia para hacer un reportaje sobre el fenómeno Inditex en el momento de su salida a bolsa. Como sin duda le dijeron, y todo el mundo sabe, el imperio Inditex empezó en los sueños y en las sucesivas decisiones estratégicas de sus fundadores, y dio sus primeros pasos en cientos de casas particulares y de bajos, en A Coruña y en sus alrededores, en los que miles de mujeres confeccionaban prendas con los materiales que les suministraba la empresa. Ahora que Amancio Ortega acaba de anunciar su retirada de la primera línea empresarial, aquellas que comenzaron con él hablan gallego, pero su impenetrabilidad sí que es asiática. Prácticamente ninguna de las muchas personas contactadas ha querido dar su nombre y mucho menos ser fotografiada. "Quien movió algo con la prensa después tuvo que dar explicaciones", se escudaron dos. Incluso los sindicalistas de la central mayoritaria en el grupo, CC OO, no han accedido a aparecer. A comienzos de los ochenta, era normal encontrarse en las calles de A Coruña, en los barrios populares como Monte Alto o el Agra do Orzán, amas de casa que en el carrito de ruedas no llevaban la compra del día, sino telas ya cortadas para coser en casa, o en el local improvisado por un proveedor-intermediario de Zara, en el que se juntaban varias, según contaba un estudio sobre el empleo femenino en el textil en aquella época que realizó la especialista en materia sociolaboral Mar Iglesias (que tampoco ha atendido los requerimientos de este periódico). También en los alrededores de la ciudad, sobre todo en la comarca de Bergantiños, se reproducía el fenómeno, que en seguida derivó hacia la creación de talleres, fuesen cooperativas o empresas. No tenían, ni tienen, rótulos, ni les hace falta, porque trabajan para un único cliente. Se distinguen por la cantidad de coches aparcados en el exterior, y por el zumbido de las máquinas de coser que se filtra desde los bajos. "Empecé hará 22 años esta Semana Santa. Yo tenía una academia de corte y confección y andaban por aquí buscando talleres. Me hablaron de poner uno, lo pensé y me decidí, con las alumnas que tenía. Después me pidieron que lo aumentara, y de 22 chicas pasé a tener 60. Ahora son 45 o 50", dice Manuela Ures en el portalón de su casa de Pazos (Ponteceso), con el runrún de fondo que llega de dentro. "Antes había un taller en cada casa, pero muchos desaparecieron. Algunos lo montaban y trabajaban en él después de sachar, y claro...". Manuela Ures, toda afabilidad, siempre se ha dedicado a las chaquetas (produce de 3.000 a 4.000 al mes, dependiendo de la dificultad del modelo), y asegura que nunca ha tenido problemas, excepto con los cuadros, "Dios me aparte de ellos", porque la tela a cuadros exige que casen exactamente en las costuras. Ni siquiera problemas de adaptación a los vaivenes de la moda, "siempre hacemos confección clásica de calidad. Cuando nos encargan muestrarios sí que hay cosas más extravagantes". Cerca, ya en el término municipal de Malpica, el de Chelo do Xastriño fue uno de los primeros talleres, sino el primero. Incluso trabajaban con el producto pionero y mítico de Zara: la bata. A Chelo, como el nombre de su familia indica, lo de coser no le era ajeno, e incluso cuando empezó, en 1978, venía de Francia de trabajar en la confección. "Un señor de Coruña que tenía un chalé aquí nos lo comentó. Era tan al principio que venían a traer la tela y a recoger las prendas en un Renault 4L. 'Las manos, las de Francia, pero los precios, los de aquí' nos dijeron". Con los precios de aquí, Chelo recuerda que "una chica que tuviera ansia de trabajar podía sacar entonces 100.000 pesetas al mes". Entonces había mucha gente trabajando en las casas, pero ya no, salvo alguna excepción que se mantiene más que nada por una mezcla de tradición y fidelidad. La propia empresa -es decir, las distintas empresas del grupo para las que cosían- estranguló el

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fenómeno del trabajo individual y la figura del intermediario que llevaba la parte del león, como un taxista de más allá de Ponteceso que se dedicaba a repartir el trabajo por las casas, y que tuvo que acabar montando un taller. Tanto por cuestiones de legalidad (varias entrevistadas coinciden en que les exigen anualmente los certificados de estar al tanto en la seguridad social de las empleadas) como de eficacia (el ritmo de entrega no puede depender de la producción de personas aisladas). Sin salir de un radio de 10 kilómetros, en Cances hay dos talleres. Uno, el de Dosinda, otra de las pioneras, que se acoge a la gripe para no decir más que "Don Amancio nos dio la vida a muchas". Otro, en un primero que no revela su actividad más que por los fardos de tela imitación de piel de leopardo que hay en el portal, y el desfile de chicas que a las 18.30, finalizada la jornada laboral, bajan por la escalera, es el de Isabel. Tampoco le interesa dar a la prensa más datos que ella y una socia empezaron en el 92, por una tía que ya tenía un taller, y que llegó a tener 50 trabajadoras, pero ahora son solo 20. En Bergantiños Amancio Ortega no solo dio vida a las mujeres. La mayoría de los carpinteros y albañiles que se dedican a montar las tiendas por toda Europa fueron y siguen siendo de aquí. En la casa de Chelo no hay más ruido de fondo que el de los perros. Lo dejó hace unos años porque "los precios de aquí" no le permitían afrontar los costes laborales. Tampoco en un taller de Coristanco, que producía entre 2.500 y 3.000 chaquetas al mes y lleva cerrado un año. "Lo tendré que abrir de nuevo, porque mi bisabuelo era sastre, lo eran mi abuelo y mi padre y lo son mis hijos, y tengo 100 millones de pesetas en máquinas, pero no para Zara. Pagan como relojes, eso sí, pero poco, y cada vez menos. A siete euros la chaqueta. Con sólo dos euros más sería rentable, pero es que en Marruecos, por dos euros se las hacen, se las planchan y se las empaquetan". La deslocalización no es algo nuevo en el sector. Hace años, empresas ya desaparecidas, como Manusa, se llevaban parte de la confección de camisas a conventos de monjas de Valladolid y Zamora, pero nada que ver con lo de ahora. A la propietaria de un taller coruñés le llegarían 50 céntimos más por pantalón para salir de deudas y evitar entrar a trabajar a las siete de la mañana y salir a las siete de la tarde, como pronto. "Además, si te dan un modelo que necesita una máquina concreta, tienes que comprarla y a lo mejor no la vuelves a necesitar en dos años, aunque es cierto que a mí una vez me dieron ese tipo de trabajo hasta que pude pagarla", dice esa mujer, que lleva 25 años en el sector. "Hace tiempo se convocó una reunión de talleres, y llamaron uno por uno para decirles que hicieran lo que quisieran, pero los precios iban a ser los que eran. No fue nadie", dice una de las personas entrevistadas. "Yo creo que, en diez años, aquí no habrá taller ninguno. No les interesa", considera otra. "Si los mantienen es por fidelidad, o por imagen". "Deberían pensar que el imperio lo levantaron gracias a Galicia, no a China", terciaba la esposa del sastre de Coristanco, ante el escepticismo de su marido: "Lo que hacen aquí es una gota en el océano". Durante otra de las conversaciones, llamaron a la puerta. Era una planchadora con experiencia para entregar su currículo. "Es el cuarto que recojo hoy", dijo la receptora. "Es cierto que están ayudando al tercer mundo, pero se está creando otro aquí". © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

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