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Leopoldo Alas “Clarín” y La Regenta

(Zamora, 1852-Oviedo, 1901) UN POCO DE SU VIDA

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LA REGENTA

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RUTA

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VETUSTA EL ESPOLÓN Y EL PASEO GRANDE (PASEO DE LOS CURAS, EL BOMBÉ) MONUMENTO A LEOPOLDO ALAS “CLARÍN” COLISEO, PLAZA DEL PAN (PLAZA DEL FONTÁN, BIBLIOTECA DE ASTURIAS) LA COLONIA (C/CAMPOMANES) LA ENCIMADA PLAZA NUEVA (PLAZA MAYOR): PALACIO DE LOS OZORES, SAN ISIDRO (SAN ISIDORO) SANTA MARÍA LA BLANCA (SANTA MARÍA DE LA CORTE) CORRALADA RESIDENCIA DEL MAGISTRAL CATEDRAL SANTA MARÍA LA MAYOR (SAN TIRSO) SAN PEDRO (LA DESAPARECIDA SAN JUAN, EN LA ACTUAL CALLE SCHULZ) CASINO (PALACIO DE MIRANDA-VALDECARZANA-HEREDIA) FUENTE MARI PEPA (FUENTE DE PANDO)

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Un poco de su vida Leopoldo Alas García-Ureña conocido más por su seudónimo de “Clarín”, nació el 25 de abril de 1852 en Zamora donde su familia se había trasladado desde Oviedo al haber sido nombrado su padre gobernador civil. Comenzó sus estudios en un colegio de jesuitas de León. En 1863, a la edad de once años, Leopoldo ingresa en la Universidad de Oviedo en lo que se llamaba “estudios preparatorios”. Terminó con un sobresaliente y además fue aquí donde hizo tres grandes amigos: Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero y Pio Rubín. La revolución de 1868 despertó sus simpatías por la causa republicana y liberal. En 1869 empezó derecho. En 1871 se marchó a Madrid a doctorarse y estudiar Letras en la Universidad Central después de haber hecho ya algún pinito en el periodismo. En 1872 Clarín y su amigo Palacio Valdés comenzaron a publicar el periódico satírico Rabagás. Publicó su primer cuento Estilicón en el diario El Solfeo. Comenzó a llamarse Clarín precisamente en los artículos que publicó en este diario, tomando el nombre del personaje de La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Se doctoró en 1878, presentando la tesis El Derecho y la moralidad que dedicó al profesor Francisco Giner de los Ríos. Aunque ese mismo año ganó las oposiciones a la cátedra de Economía Política y Estadística de la Universidad de Salamanca, sufrió el veto del conde de Toreno. En 1882 fue nombrado catedrático de la Universidad de Zaragoza. En 1883, ya casado con Onofre García Argüelles, regresó a Oviedo como catedrático de Derecho Romano y posteriormente de Derecho Natural, en la Universidad de dicha ciudad. Desde ese momento, Alas no abandonó la capital asturiana. Vivió en el 34 de la Calle Uría y después en el número 3 de la calle Campomanes hasta 1901 en un edificio que fue derruido. En esa fecha se trasladó a un casa con una gran huerta en la Fuente del Prado. “Fue la suya una vida entregada a la familia, a la cátedra y a la tarea periodística y literaria”.1 Se decía entre sus contemporáneos que para conocer a Clarín era necesario asistir a su cátedra de Derecho Natural. Según sus propias palabras, era partidario de sugerir a sus alumnos un hábito de reflexión mejor que enseñar una ciencia a secas. Muchos de sus alumnos no llegaban a entender este sistema y acusaban a Clarín de ser un «hueso». Durante sus ratos libres, Clarín escribía artículos para los periódicos. De hecho, en su época fue más alabado como crítico que como novelista. Escribió dos novelas extensas: La Regenta y Su único hijo, tres novelas cortas: Doña Berta, Cuervo, Superchería y cinco tomos de cuentos En 1887 fue elegido concejal republicano del ayuntamiento de Oviedo. Murió el trece de junio de 1901 en esta ciudad tras sufrir una larga enfermedad. 1

MARTINEZ CACHERO, José María. Introducción: semblanza del escritor Leopoldo Alas. En: ALAS; Leopoldo. La Regenta. Oviedo. Nobel, 1995. 84-87531-41-5, p. VII


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“A partir de 1890, al sentir que no pertenecía a ninguna de las clases sociales históricamente activas y despreciando a una burguesía cuya única aspiración se limitaba al beneficio, poco a poco sustituyó ese dinamismo histórico por una moral más bien individual que reivindicaba la emancipación del hombre por la cultura. Para él, la posibilidad del progreso social estaba íntimamente ligada al progreso moral del hombre”2

Dibujo de P. Viente. http://www.swarthmore.edu/Humanities/mguardi1/espanol_11/clarin.htm

La Regenta La Regenta “la mejor novela española del siglo XIX al decir de algunos comentaristas”3 la escribió Leopoldo Alas entre 1884-1885, publicándose en dos tomos, en enero y junio de 1885 respectivamente, integrada en la Biblioteca de “Arte y Letras” de la casa Cortezo, Barcelona.

Aunque es considerada por muchos como un ejemplo del naturalismo, hay algunos estudiosos que dicen que no cumple con los aspectos básicos del naturalismo ortodoxo, entre los que se puede citar la falta de objetividad, al dirigirse alguna vez el narrador al lector/a. En palabras de su autor, fue escrita como artículos sueltos» que «según iba escribiendo iba mandando al editor. 2

Clarín [Leopoldo Alas] [on line] En: Biografías y vidas: la enciclopedia biográfica en línea. Disponible en: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/clarin.htm 3 Historia de la literatura española. Volumen III. Siglos XVIII / José Miguel Caso González Siglos XIX y XX José María Martínez Cachero. León. Everest, 1995 84-241-2046-9 p. 330


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“La Regenta es un fresco de la España de la Restauración. Clarín crea en su novela un microcosmos, Vetusta, por el que desfilan nada menos que ciento cincuenta personajes a los aplica el bisturí con mano certera, dejándonos ver sus entrañas. No estamos ante una novela histórica aunque el ambiente de la Restauración sea el marco preciso en el que se desarrolla la historia de Ana Ozores (…) La Regenta es sobre todo una novela psicológica cuyos personajes, tanto principales como secundarios, desnudan su alma no sólo ante el lector sino ante sí mismos. El marco histórico y social está presente porque en otras circunstancias, en otra sociedad, hubieran sido distintos de como son”. 4 El tiempo en que transcurre es la propia época del escritor. El espacio, Vetusta, Oviedo, aunque con muchas licencias literarias que mezclan lugares y espacios. Pero podía ser cualquier ciudad donde hubiera hipocresía moral y social y corrupción política. “Por su correspondencia se sabe que tenía cierto temor al resultado artístico de su novela, pues, convencido de que sería mirada con lupa por aquellos a los que él había criticado con dureza, cabía la posibilidad de que les ofreciera argumentos serios para devolverle la moneda”.5 En la novela se distinguen dos partes: • •

Los primeros 15 capítulos, transcurren en 3 días, se presenta a los personajes y los ambientes. Es como un típico cuadro costumbrista. Los otros 15 transcurren en tres años y es en los que ser desarrolla la verdadera trama narrativa.

Aparecen más de 100 personajes a lo largo de la novela, entre los que podemos destacar: -

Ana Ozores, la protagonista, de familia noble venida a menos se casa por conveniencia con el regente de la ciudad, de ahí su apodo La Regenta. Del misticismo pasa a casi podíamos decir erotismo. A través de sus lecturas Clarín sugiere, tal cual la llamada metaliteratura, un montón de autores y libros. Fermín de Pas, el Magistral: de confesor a enamorado. Siempre con dudas entre sus funciones eclesiásticas y sus ambiciones humanas y carnales. Víctor Quintanar, es-Regente de la Audiencia de Oviedo y marido de Ana Ozores. Vive en su mundo, ingenuo, sin tener idea de lo que pasa a su alrededor. Álvaro Mesía, presidente del Casino y líder del partido liberal. El don juan oficial de la ciudad.

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CRUZ VIVES, Miguel Ángel de la. El universo filosófico de La regenta [en línea] Espéculo. Revista de estudios literarios, n14, Universidad Complutense de Madrid. Disponible en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero14/regenta.html 5 Ruta Clariniana [on line] Disponible en: http://www.rutaclariniana.es/regenta


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Algunos temas que aparecen en la novela: la religión, el adulterio (en realidad aparece solo en los dos últimos capítulos), crítica a la moral burguesa, una metáfora de la presión social, la política, la educación, la familia.

Durante el franquismo estuvo prohibida. En 1956 Alfredo Herrero Romero solicita permiso para editar dos mil ejemplares de La Regenta. Se le deniega siguiendo instrucciones del censor, que afirma que la obra no ataca al dogma pero sí a la moral, a la Iglesia y a sus ministros, y explica: No se señalan párrafos ni páginas por no hacer interminable su lista ya que es el espíritu de la obra y a la letra, toda absolutamente censurable. Además se refiere a la “inveterada fobia anticlerical” del autor, pero admite que Alas tiene una “pluma magistral” y que La Regenta es una “joya de la literatura”. La prohibición se mantuvo hasta 1962 Se llevó en 1974 al cine dirigida por Gonzalo Suárez con la actriz Emma Penella dando vida a Ana Ozores. Como curiosidad se estrenó en el Festival de Cine de Moscú ese año con gran éxito. También se hizo una serie para Televisión Española en 1997 con Aitana Sánchez-Gijón como Ana Ozores y Carmelo Gómez de Magistral. “Leopoldo Alas escribió una obra en la que supo recoger con una maestría inigualable todos los elementos de la sociedad de la Restauración. Sus personajes están vivos. Son personajes que expresan minuciosamente su circunstancia, su dolor y sus ilusiones. Son personajes que prevalecen. Nos dicen de su vida y se introducen en la nuestra. Éste es el verdadero poder de un creador, de un novelista inigualable, que escribe con una materia que profundiza y ahonda en el pensamiento del lector de entonces, en el lector de ahora y en el del mañana. La Regenta es, en suma, una obra imperecedera”.6

6 ÁLVAREZ HERNÁNDEZ, Milagrosa. Psicología y mecanismos de evasión de Ana Ozores [en línea] Centro Virtual Cervantes. Disponible en: http://cvc.cervantes.es/literatura/clarin_espejo/alvarez.htm


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Ruta7 Vetusta “Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la Catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de Ozores. Eran las tres maravillas de la población”. (p. 83) “Empezaba el otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de septiembre. Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos oscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos”. (p. 3) “En octubre muere en Vetusta el buen tiempo”. (p. 301) “La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. (…) Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica.” (p. 1)

El Espolón y el Paseo Grande (Paseo de los Curas, El Bombé) “Estaban a la entrada del Espolón, el paseo de los curas, según antiguo nombre.(…) Era el espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra oscura, revelando su origen en la ablativo absoluto Rege Carolo III, grabado en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de piedra también; y no tenía el espolón más adorno, ni atractivo, a no ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano 7

Los textos se seleccionan de: ALAS, Leopoldo. La Regenta. Oviedo: Nobel, 1995


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poco antes de ponerse el sol hasta la noche (…) Tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de sacerdotes, magistrados melancólicos y familias de luto” (p. 263265)

“Por las tardes, paseándose por el Espolón, donde ya iban quedándose a sus anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra de los árboles frondosos del Paseo Grande”. (p. 396)

Monumento a Leopoldo Alas “Clarín”

Coliseo, Plaza del Pan (Plaza del Fontán, Biblioteca de Asturias) “El teatro de Vetusta, o sea nuestro Coliseo de la plaza del Pan, según le llamaban en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de El Lábaro, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba entrada gratis a todos los vecinos de la rosa náutica. Si soplaba el Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la lucerna (…) Era un axioma vetustense que al teatro había que ir abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos, azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro y matices infinitos del castaño (…) Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde predominaban los enemigos del arte, no pensaban en reemplazarlas”. (p. 312)


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La Colonia (C/Campomanes) “El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba Colonia, la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes. Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas”. (p. 11) “El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la cuesta que terminaba en el cementerio (…) Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído, tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del camposanto”. (p. 458)

La Encimada “Alrededor de la Catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la Encimada y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por Noroeste y por Sudeste (…) La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros, aquéllos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustense era de la Encimada (…) El Magistral veía a sus pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios; conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá abajo, en el Campo del Sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros había surgido”. (p. 9)

Plaza Nueva (Plaza Mayor): Palacio de los Ozores, San Isidro (San Isidoro) “En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el Palacio de los Ozores, de fachada ostentosa recargada, sin elegancia, de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa hasta el tejado por las paredes”. (p. 151) “Desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio la plazuela de la Catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo” (p. 7)


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“El palacio de Carraspique, comprobado por poco dinero en la quiebra de un noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja”. (p. 207) “La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia excepcional, si se ha de creer lo que decía El Lábaro. Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como nunca. (…) La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de zarzuela que había tronado en Vetusta (…) La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su contingente respectivo al templo, que estaba todas las tardes de bote en bote. No cabía un vetustente más”. (p. 506) “Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto estaba casi en tinieblas, tinieblas reflejadas y multiplicadas por los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies de Cristo, que goteaban sangre”. (p. 219)

Santa María la Blanca (Santa María de la Corte) “Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa Obra del catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero de la iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más a propósito para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella a un lado había tres filas de bancos sin respaldo, y enfrente de ellos una mesa cubierta de damasco viejo, manchada de cera, presidida por un sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para el magistral, los taburetes para los capellanes, catequistas, y en los bancos se sentaban las niñas” (p. 417)

Corralada “Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró con fuerza… se le figuraba aquel día, que salir del Palacio era salir de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la parda catedral… huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la Plaza del Pan, la calle del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían las hojas secas sobre anchas losas”. (p. 231)


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Residencia del Magistral “El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a espiar al enemigo, el cual se presentaba amenazador en la calle estrecha y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del Magistral. Era la calle de los canónigos, una de las más feas y más aristocráticas de la Encimada”. (p. 452)

Catedral “La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba el cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de sus espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones” (p. 1)

“La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se destacaba con su espiritualidad contorno, transparentando el cielo con sus encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros, en la oscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en la sombra”. (p. 177) “En la gran nave del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesionarios (…) Era la capilla del Magistral. En el altar había dos candelabros de bronce, sin velas, sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la oscuridad”. (p. 14) “El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos de culto. Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del país. “ (p. 14-15)


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“Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, oscura, fría, de tosca fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. (…) Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don…” (p. 22)

“Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió, para ocultar su deseo de llegar al espolón cuanto antes. (…) En medio de la capilla, don Saturnino….(…) –señores –exclamaba , ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda, de un gótico sobrio y nada amanerado; han visto la cripta llamada Capilla Santa de las reliquias (…) En toda la Santa Basílica han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo, puro, sencillo, delicado… Empero aquí, señores, forzoso es confesarlo, el mal gusto desbordado, el hinchazón, la redundancia se han dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la mano con lo extravagante lo recargado con lo deforme. Esta Santa Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia de la Catedral de Vetusta”. (p. 37)

“Llegó a la Catedral. (…) De Pas se acercó al facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un centímetro por lado. Todo estaba bien (…) Detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndose en rojo, azul, verde y amarillo. En un lado san Cristobal sonreía con boca encarnada de una cuarta, partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde sobre su mano amarilla. Enfrente vio el Magistral el pesebre de Belén cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y el buey.” (p. 416)

“Ya era tarde. La Catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche. Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir a la señal que la llamase a la celosía…Pero el confesionario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la madera. Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperara una escena trágica inminente. Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño…. (…) El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo (…) El Magistral se detuvo (…) dio media vuelta (…) salió de la capilla. Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro (…) Celedonio (…) venía de capilla en capilla cerrando verjas (…) sintió un deseo miserable (…) inclinó el rostro asqueroso sobre el de La Regenta y le besó los labios. Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo”. (p. 637-638)


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Santa María la Mayor (San Tirso)

San Pedro (la desaparecida San Juan, en la actual calle Schulz) “A la sombra de la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro”, las dos antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se dividían el noble territorio de la Encimada”. (p. 9)

Casino (Palacio de Miranda-Valdecarzana-Heredia) “El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la Catedral. Los socios jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas y oscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el casino deja de residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata. Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo; lo demás se confesaba que valía poco”. (p. 97) “La biblioteca consistía en un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban representando la sabiduría de la sociedad, el Diccionario y la Gramática de la Academia. (…) Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en la pared”. (p. 99-100)

Fuente Mari Pepa (Fuente de Pando) “Llegaron a la fuente de Mari-Pepa. Estaba a la sombra de robustos castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la naturaleza en torno al manantial. Aunque situado en una hondonada, desde allí se veía magnífico paisaje”. (p. 153) Ruta y textos seleccionados: Chelo Veiga. Bibliotecaria-Documentalista

Visita virtual de la ruta clariniana http://156.35.33.125/video/clariniana/esflash/index.html

Ruta literaria la regenta  

Un paseo siguiendo algunos de los lugares que aparecen en La Regenta con motivo de la visita de los Clubs de Lectura de Toledo para el Encue...

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