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IDENTIDAD EN LA ADOLESCENCIA (1960 – 1970)

Ricardo Avenburg

Tomaré como punto de partida la definición que da sobre identidad, James Drever en su Diccionario de Psicología (A Dictionary of Psychology. Penguin Books, 1956). Identidad: la condición de ser el mismo, o similar en todo respecto; el carácter de persistir esencialmente inmodificado. Por otra parte, la adolescencia, considerada en un primer nivel de análisis, es un período de la vida caracterizado por el cambio, cambio corporal a la vez que psicológico. O sea que “identidad en la adolescencia” es una expresión que nos pone en presencia de una contradicción: sería algo así como la condición de ser el mismo dejando de serlo, similar en todo respecto manifestándose como diferente; el carácter de persistir esencialmente inmodificado sufriendo a la vez modificaciones. ¿O podemos resolver tal contradicción diciendo que el adolescente sufre modificaciones no esenciales, o sea que sufre un proceso de cambio aparente, persistiendo él esencialmente el mismo? La respuesta a esta pregunta depende de a qué llamamos esencial en un ser humano; supongo que ante todo a aquello que lo califica como ser humano particularizándolo dentro del ámbito de lo biológico. Pero al hablar de identidad en psicología exigimos algo más: exigimos no sólo la persistencia de su carácter esencial como ser humano en general, sino su particularización dentro de este último ámbito así como la conciencia de dicha particularización, conciencia de su diferencia de otro ser humano así como de su semejanza a él. Y aquí caemos en una nueva contradicción: la primera se refería a: cambiar siendo el mismo, diferenciarse de sí mismo manteniéndose a la vez idéntico a sí. La segunda contradicción enfatiza la relación con el otro, semejante a la vez que diferente a uno. Este razonamiento nos lleva a dos reflexiones: a) Tal vez sea imposible considerar la identidad como una igualdad abstracta, sin tomar en cuenta la contradicción que necesariamente lleva implícita en sí dicho concepto, o sea la no identidad, contradicción que debe ser desarrollada como dialéctica entre la semejanza y la diferencia. b) Que esta dialéctica no es meramente intrapersonal sino ante todo y necesariamente so cial, en la medida que se refiere a una identidad humana que incluye la conciencia de lo que me diferencia del otro que es a la vez mi semejante. Pero, ¿es que realmente las modificaciones que impone la adolescencia no afectan la identidad en cuanto que el adolescente persiste siendo esencialmente el mismo?


2 ¿Y esencialmente un ser humano particularizado dentro del ámbito de lo biológico? O ¿es que esta misma esencia es puesta en tela de juicio? Los cambios que se producen son ante todo cambios biológicos, cambios que constituyen un salto cualitativo en el desarrollo del niño, salto cualitativo dado principalmente por la aparición de los caracteres sexuales secundarios. El problema que surge entonces es cómo admitir esa invasión de lo biológico en el ámbito de la cultura. Y cómo se asume una nueva diferencia, que es diferencia biológica, aparentemente natural pero que, desde el principio, y fundamentalmente como consecuencia del hundimiento del Complejo de Edipo, devino fuertemente significativa en el campo de la cultura: me refiero a la diferencia de sexos. De este modo, el logro de una identidad en general, que presupone, en la adolescencia, una crisis de identidad, se asienta en la problemática más específica del logro de una identidad sexual. Identidad que, entiendo, no puede dejar de ser conflictiva en la medida que surge necesariamente de la reactualización de un desarrollo que, culminando en la elección incestuosa de objeto, debió ser reprimido, considerado como no idéntico al Yo, como condición previa al ingreso del individuo a la comunidad cultural. Comunidad que evalúa lo que es esencialmente humano, como absoluto, un valor que es esencialmente cultural, de acuerdo a las categorías de pensamiento predominante en cada momento histórico. Así, la emergencia de la sexualidad adolescente arrastra consigo una serie de significaciones reprimidas que, consideradas como no culturales por cada cultura específica, ponen en tela de juicio a la misma, en medida tanto mayor cuanto más basada en la represión esté dicha cultura. La identidad consigo mismo (individual) está asentada en la identidad con el otro (identidad social). Es que así como juzgamos imposible considerar la identidad como una igualdad abstracta, separada de su momento contrario, el de la diferencia, y por lo tanto considerada como un absoluto, el logro de dicha identidad, como resolución de la contradicción entre lo semejante y lo diferente, sólo se realiza a través de un proceso, el de identificación, primera forma de enlace afectivo con el otro que, a la vez que negado en su diferencia, es conservado en la intimidad de ese Yo que a través de ese proceso se está constituyendo. Identidad por lo tanto es un concepto inseparable de identificación, proceso que se da como precondición de la asunción de la diferencia implícita en toda relación de objeto, reconocida como relación con otro diferente del sujeto, relación con un semejante que a la vez sea no-yo. Y esta identificación, relación afectiva y por lo tanto sexual, relación libidinal y por lo tanto ya psicológica, está asentada en experiencias de satisfacción, experiencias biológicas que devinieron psicológicas justamente a través de la búsqueda de una identidad, pero identidad buscada en un afuera no reconocido como tal, identidad


3 que ya es interioridad, identidad alucinada, lo que Freud determina como el primer acto psíquico, el deseo, o sea la búsqueda de la identidad de percepción. Identidad de percepción a la vez que identificación, de la identificación a la relación de objeto reconocido como diferente, identificación con esos mismos objetos reconocidos a la vez como semejantes, reconocimiento de nuevas diferencias (diferencias anatómicas entre los sexos), procesos todos ellos basados en enlaces libidinosos con los padres y hermanos, imposición de la cultura a abandonar dichos enlaces estableciéndose así una neta diferenciación intrapsíquica (diferencia entre el Yo preconsciente y lo reprimido), diferencia específicamente humana que amenaza con borrarse ante la irrupción instintiva en la adolescencia, son todos éstos momentos en el logro de una identidad que sólo adquiere su verdadera dimensión con la toma de conciencia, o sea, con el conocimiento de ese otro que a la vez soy yo, yo que a su vez estuvo determinado por mi relación con el otro, que lo constituyó desde su base a partir de las primeras experiencias libidinales. Esta toma de conciencia no es meramente “insight”, pura visión interior, sino esencialmente acción específica, acción modificadora de la realidad que se opone a la satisfacción de los deseos, deseos estos que no son arbitrarios sino que responden a necesidades reales, necesidades de las que sólo se toma conciencia a partir de la acción modificadora del mundo que permite satisfacerlas. Adolescencia, crisis de identidad, logro de identidad, identidad que es ante todo identidad sexual, conciencia de identidad inseparable del proceso del logro de la misma, logro y conciencia que sólo se realiza a través de la acción modificadora a la vez que del mundo de las propias necesidades. Y en este desarrollo surge una nueva crisis, íntimamente asociada a la crisis de identidad, que es la crisis generacional. Identificación de los adolescentes entre sí, asunción de sus diferencias (ante todo sexuales), búsqueda de un ideal común, representado por un líder, ideal que es a la vez cultural, por su enraizarse en el Ello íntimamente ligado al cuerpo, cuerpo esencialmente reprimido por la cultura dominante, cuerpo que no obstante tiende a pasar a la acción en tanto expresa necesidades reales mediadas por el deseo, adolescente que encuentra un mundo en el que hay otros hombres cuyas necesidades reales son puestas de lado por los intereses de una clase social dominante que se presenta como obstáculo, queda así abierto el camino para una identificación con una gran masa de seres humanos, determinando que ese proceso de búsqueda de identidad se asiente en una lucha real, la lucha de clases (en la que debería resolverse lo que comenzó siendo lucha generacional) que nos permita particularizarnos dentro de una más amplia comunidad de semejantes que la que nuestra cultura actual nos ofrece.


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Identidad y adolescencia