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SAN MAXIMILIANO KOLBE

mer ni beber. Desde las torres, las metralletas estaban en permanente vigilancia, listas para escupir granizadas de proyectiles al primer asomo de revuelta. Las horas pasaban lentas como la eternidad. El sol quemaba las cabezas rapadas. La sed resecaba las gargantas. Los rostros estaban tumefactos. Algunos desfallecían y se desplomaban al suelo. Corrían los policías a animarlos a patadas o con el fusil. Cuando ya no daba señales de vida, lo arrastraban a un rincón, amontonando uno sobre otro, como bolsas de papas. El P. Maximiliano, el de los pulmones agujereados por la tisis, mil veces desahuciado por los médicos, el que acaba de salir del hospital, siempre débil y enfermizo, resiste de pie, no desmaya ni cae. ¿Quién le da tanta fortaleza de superar ese calvario de inauditos sufrimientos? El solía repetir: “En la Inmaculada todo lo puedo”. Y durante esas interminables horas estaba madurando su decisión definitiva, su entrega por la vida de un hermano desconocido. Para que pudiera resistir hasta la tarde, hasta la hora de la selección dramática, a las 15 horas, se hace una breve pausa, se les reparte el rancho, y luego de nuevo en posición de ¡firmes! hasta la vuelta de los demás del trabajo, los que en la total imposibilidad de hacer algo, sólo comparten las angustias de sus compañeros. A las 18 horas, después de escuchar los partes diarios de sus subalternos, Fritsch, el comandante del campo, con la visera calada, sobre un hocico de buldog, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Un silencio de tumba baja repentino sobre la inmensa explanada, atestada de presos sucios y macilentos, vestidos como payasos, pero con un corazón humano dentro del pecho. Después de ese golpe de escena, comienza a hablar –no se diría más bien, ¿ladrar?: -El fugitivo no ha sido hallado… Diez de Uds. serán condenados al bunker de la muerte… La próxima vez serán veinte. El comandante hace las cosas con gestos teatrales. Se acerca al primero, le mira en la cara y le grita: -¡Abre la boca!... ¡Saca la lengua!... ¡Muestra los dientes!... Son gestos de negociantes de caballos, que revelan sadismo y brutalidad de desalmado, a la vez que infunden pavor en todos. -¡Este!... ¡Aquel!.... ¡El otro!... ¡Este también!... –fila tras fila, hasta completar el número fatal. El ayudante Palitsch marca los números en su agenda. Blanco como un cadáver, cada condenado sale de las filas, gritando su postrer saludo a los compañeros, a la patria, a la familia. Son gritos de amor, fiereza y llanto. -¡Adiós, amigos! ¡Nos encontraremos ahí donde está la verdadera justicia!... 160

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Maximiliano kolbe  

San Maximiliano Kolbe Fue proclamado por el Papa Juan Pablo II, el “SAN FRANCISCO DEL SIGLO XX”, porque es el santo del amor universal. En...

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San Maximiliano Kolbe Fue proclamado por el Papa Juan Pablo II, el “SAN FRANCISCO DEL SIGLO XX”, porque es el santo del amor universal. En...

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