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aborto no es posible revertir la vida del embrión que se destruye. Entonces, ¿por qué no decir las cosas por su nombre, sin tratar de ocultarlas manipulando el lenguaje? Considerando la defensa del aborto desde una perspectiva moral y jurídica, habría que aceptar que el feto humano no es sujeto de derechos y, por consiguiente, podría ser considerado, a su vez, objeto de desecho. Si al feto no se le reconoce el derecho a nacer, tampoco se le reconocería el derecho de ser persona, inscribiéndolo dentro de la categoría de organismo supeditado a la voluntad de otro; “un otro” que no tendría ningún deber sobre él, pues el feto no sería un fin en sí mismo. Tendría la misma consideración de una verruga, un tumor o una hemorroide que se puede sajar.

En la antigüedad, por ejemplo, no era frecuente el aborto (además de la precariedad de las técnicas, la sangre del aborto se relacionaba con la menstruación de la mujer, cosa que repelía por la impureza y el tabú que representaba), pero sí estaba justificado el infanticidio, bien por “razones” sociales, políticas o eugenésicas. ¿Por qué un niño podía ser eliminado? Pues sencillamente porque aún no tenía un alma racional. Y en el pensamiento occidental, el dualismo platónico entre mundo material y realidad espiritual alimentó el desprecio por el cuerpo a favor del alma. Dando un salto a la cultura medieval, el pensamiento cristiano se sirvió, como es sabido, de la filosofía griega y del derecho romano para sus fines teológicos, provocando un dilema catastrófico cuando lo aplicó al problema de la relación alma-cuerpo. El alma no puede ser transmitida por el semen (simple materia, y muchas veces pecaminosa), sino que tenía que ser infundida directamente por Dios. Pero ¿en qué momento Dios infundía el alma?... A partir de ahí, se suscitaron

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