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corazón de aquellos primeros siete ‘amigos en el Señor’ en un mismo deseo: Jerusalén. Era el comienzo de un proyecto entonces insospechado, la Compañía de Jesús, que ha llegado con vitalidad y asombro hasta nuestros días. Al partir Ignacio hacia su Azpeitia natal (marzo de 1535) quedaba ‘Maestro Fabro como nuestro hermano mayor’, cuidando de la salud y del crecimiento del grupo. ¿Qué tipo de liderazgo ejercería entonces Pedro Fabro? Gracias a su atención y amistad aquella ‘mínima compañía’ no dejó de crecer en número y virtud. En Fabro reconocemos: 

al hermano que veló y cuidó la ‘unión de ánimos’, la conservación y el aumento del cuerpo, la construcción del edificio de su querida ‘compañía de Jesús’ para la que deseaba constantemente ‘un nacimiento en buenos deseos de santidad y justicia’. al Maestro de la retórica de lo divino, alguien que ‘de cualquier cosa y sin escandalizar a nadie sacaba materia para tratar y hablar de Dios’. al hombre del carisma ignaciano, moldeado por el método de los ejercicios, dispuesto a buscar y hallar a Dios en todas las cosas y siempre creativo a la hora de ‘dar modo y orden’ de oración a gentes tan distintas en las más diversas situaciones. al místico en la historia y en el mundo, arraigado en el tiempo pero viviendo desde el don recibido que siempre y en todo ‘desciende de arriba’ (EE 237). al Maestro de oración. Cualquier circunstancia, lugar y momento es para Fabro posibilidad de encuentro con Dios. Comprende su amistad con Jesús desde los misterios de la Vida de Cristo. Ora en constantes coloquios con Jesús y María,

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