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Conferencia Colegio Goethe. Anselm Grün Quiero referirme a dos temas, que por un lado es el anhelo de tener vínculos, tener amistades, de tener amor. Todos los seres humanos tenemos la necesidad, el ansia de amar y ser amados. Pero cuando doy discursos para jóvenes reconozco que están ambas cosas. A lo mejor se siente el anhelo de ser amado pero al mismo tiempo también un cierto temor de entablar un vínculo, y a pesar de que uno tiene el anhelo capaz que no encuentra al chico o a la chica que uno quisiera. Al respecto quiero dar algunas ideas, algunos pensamientos. La Psicología dice que la enfermedad de nuestro tiempo es la falta de vínculos, la falta de relación. No tengo vínculo conmigo mismo, no tengo vínculos con las cosas, no tengo vínculos con otras personas, no tengo vínculo con Dios. Y si sufro justamente de esa incapacidad para establecer vínculos entonces voy a sobreexigir, o pretender demasiado de cualquier relación que establezca con un chico o con una chica. Siempre voy a tener el anhelo que esa relación me conecte conmigo mismo, pero si exijo todo o pretendo todo del otro, lo sobreexijo. Permanentemente voy a estar desilusionado de que no me esté dando el amor que yo necesito para encontrarme conmigo mismo. Lo importante, lo primero, entonces, es encontrarse a sí mismo, entrar en contacto conmigo, con mis sentimientos, con la profundidad. Porque si estoy bien en contacto conmigo mismo, voy a poder disfrutar del contacto con él o con ella. El segundo anhelo es amar y ser amados, pero en caso de que un chico se enamore de una chica, la cual no le retribuya el amor, hace que éste quede totalmente desilusionado y sufra. Entonces lo que en realidad hay que hacer en cualquier experiencia de amor o de desamor, es que esa experiencia nos conecte con esa fuente esencial de amor que cada uno tiene dentro de sí, de modo que el contacto con esa fuente espiritual permita que mis vínculos con las demás personas funcionen bien. Por ejemplo, si me enamoro de una mujer, entonces siento el amor dentro mío, ese amor es absolutamente independiente de si esa mujer me devuelve el amor o no, ese sentimiento de amor me conecta con esa fuente de amor divina, que es el amor divino que está dentro mío. El Evangelio según san Juan dice: "Dios es amor", y el que está en Dios está en el amor, y eso vale también para las relaciones estables como el noviazgo, el matrimonio. Muchos matrimonios no funcionan o fracasan porque uno espera del otro amor absoluto, sostén absoluto, la atención absoluta y el apoyo absoluto. Pero ningún ser humano me puede dar nada absoluto, ni puede brindar un amor absoluto. El amor absoluto solo lo puede dar Dios. La Iglesia dice que el matrimonio es un sacramento y eso no es teología


piadosa o devota, sino que es una ayuda para que los vínculos entre las personas puedan funcionar. El sacramento lo que indica es que lo visible me remite a lo invisible, el amor de un novio o novia me remite al amor de Dios, entonces eso me libera de pretender que el otro me regale ese amor absoluto para mí, puedo disfrutar el amor que él me regala porque me remite a ese amor absoluto que está dentro mío. De modo que la fe no es algo que prohíba el amor sino que posibilita el amor. Porque si pretendo el amor total de una persona, lo sobreexijo y el vínculo está destinado a fracasar. Un ejemplo: Una terapeuta que me vino a ver me contaba que el marido había fallecido y que ella había comenzado a ordenar las cosas de él, había cartas que había dejado y entonces descubrió que, a pesar de que había estado casada con ese hombre durante treinta años, su marido había sido homosexual. Entonces estaba terriblemente herida y terriblemente desilusionada. Ella recordaba discusiones en las que él le decía que si la sexualidad no funcionaba era su culpa. Yo le decía que entendía muy bien la herida que sentía y esa terrible desilusión, pero que ella también a lo largo de esos años había disfrutado y sentido amor, aunque ese amor hubiera sido más frágil, y entonces le dije que intentara que ese amor que ella había sentido, la desilusión y todos esos sentimientos, los vinculara, los remitiera a esa fuente de amor que ella tenía dentro suyo. Al principio sintió que en realidad había sido traicionada por su amor durante todos estos años de su vida, pero después de la conversación pudo darse cuenta que ese amor por más frágil que hubiera sido, ella lo había disfrutado, había amado durante todos aquellos años, había tenido el amor de ese esposo, y se dio cuenta que ese amor la vinculaba, la remitía a ese amor profundo que tenía dentro suyo, a esa fuente que nunca se agota. El segundo tema que les quería comentar es acerca de dejar una huella en nuestra vida, es decir, acerca de encontrar el sentido profundo de nuestras vidas. Viktor Frankl, era un terapeuta austriaco, que desarrolló la llamada Logoterapia. Él era judío, estuvo en campos de concentración y allí se dio cuenta que solamente lograban sobrevivir aquellos que habían encontrado un sentido a su vida. La primera pregunta es: ¿cuál es el sentido de mi vida? Lo primero es vivir la propia vida. Romano Guardini, un teólogo alemán, decía que Dios en el momento del nacimiento de cada persona le da una palabra que es solamente para esa persona, una clave que vale únicamente para cada uno. Entonces la misión de nosotros en nuestras vidas es hacer perceptible para el mundo y en el mundo esa palabra que Dios nos imprimió a cada uno. La pregunta es: ¿cómo encontrar esa palabra? Muchas veces no se puede establecer tan claramente. Si mi vida fluye, si las cosas caminan entonces puedo tener la certeza de que estoy en consonancia


con esa palabra. Hay diferentes formas de manejar esta imagen. La pregunta primera es ¿cual es la huella que yo quiero marcar, que quiero imprimir en esta vida? Es cierto que voy a descubrir esa huella en la vida reconociendo mis cualidades, mis posibilidades, mis talentos, mis aptitudes. Pero también reconociendo mis debilidades, y justamente a través de esas heridas vamos a descubrir nuestras fortalezas. Un ejemplo de mi propia vida. Hace cuarenta años hice un entrenamiento de sensibilidad, donde se trata de aprender acerca de la propia percepción del ser. Entonces el terapeuta aplicó el método de William James, un terapeuta americano, que remite al grito original, éste era un método hipnótico para lograr que uno pueda llegar a esas heridas de la infancia, y entonces cuando lo hice de repente tuve la sensación de que volvía a tener medio año o tres cuarto de año. Estaba acostado en la cama gritando y nadie venía. Eso me puso terriblemente inseguro y me hundió en una crisis, tuve la sensación de que no había recibido lo que necesitaba, no había recibido el amor suficiente. Luego le pregunté a mi hermana acerca de esto. Ella me dijo que sí, que en aquella época era normal que cuando los chicos gritaban, las madres los dejaban porque de esa manera se iban a fortalecer. Éramos siete hermanos, es decir que ese era el método de educación. Pero a mí me puso en crisis. Unos años después me fui de vacaciones y sentado a la orilla de un lago comprendí que estaba bien no haber sido totalmente satisfecho en aquel entonces, porque eso de alguna manera había despertado en mí ese anhelo, esa ansia de Dios, de encontrarme a mí mismo y encontrar el sentido de mi vida. Sentí que esa herida de la primera infancia la había abierto para que mi vida sea más fructífera. Sin esa herida nunca hubiera escrito un libro, porque en realidad a los libros los escribo para mí mismo y también para los demás porque es una manera de transmitir experiencias que son sanadoras. Muchos sentirán: ¿Qué huella dejaré yo en la vida si en realidad no soy nada especial? Pero no se trata de ser algo especial. Cada uno al levantarse por la mañana tiene ciertos vínculos y contactos con otras personas y con eso dejamos una huella en este mundo. Un psicólogo joven me contaba que aprende a esquiar y que había estado esquiando en nieve virgen, luego vio esas huellas que habían dejado sus esquíes y fue esa la sensación que tuvo: “con mi huella estoy dejando algo en esta nieve virgen, en este nuevo mundo” No tengo que copiar a nadie. Pero voy a dejar huella, voy a dejar un rastro en este mundo, y tenemos que confiar que cada uno va a dejar una parte de sí a través de esta huella que le va a dar forma a este mundo. Muchos tienen la sensación de que el mundo está determinado por los políticos, por la gente que está en el mundo económico y que nosotros los mortales no tenemos nada que decir, pero la ciencias


dicen hoy que cada uno deja algo en este mundo, que lo deja marcado. Entonces cada uno tiene que pensar para sí cuál es la huella que quiere dejar en este mundo, una huella de queja y lamento o una huella positiva. Una mujer me preguntaba: ¿qué huella puedo dejar yo en el mundo si sufro de depresiones y tengo suficientes problemas conmigo? Entonces yo le dije que no necesariamente tenía que dejar una huella alegre la que deje, pero si usted acepta su depresión entonces esa es una manera de dejar en este mundo una huella de profundidad y de que no todo es superficial. Si a cada uno que la viene a visitar se lamenta de lo mal que está, entonces va a ser esa la huella que deje. No va a generar un vínculo positivo. No van a querer ir a visitarla. Hagamos el siguiente ejercicio, tómense un minutito para anotar con los ojos cerrados dos o tres palabras que ustedes consideren que es su huella, lo que quieren imprimir en este mundo. Cuando se hace este ejercicio cada uno anota cosas diferentes: armonía, amor, claridad, amplitud de corazón. Por supuesto que quizás nadie va a encontrar esa palabra clave pero cuando uno simplemente deja emanar, deja aflorar las sensaciones de las profundidades, entonces es eso lo que sale. Cierren ahora los ojos, sientan su interior, sientan su corazón, sientan su vientre, y sientan que es lo que aflora, que es lo que fluye, cual es mi historia, cual es esa huella que quiero dejar en este mundo. No piensen demasiado sino dejen y confíen en lo que va surgiendo (...) Digan ahora, si quieren en vos alta, en castellano, no lo vamos a traducir, las palabras que les fueron surgiendo y sientan cuales son las sensaciones que acompañan, que van surgiendo a medida que pronuncian esa palabra, esas huellas (cada asistente va pronunciando su palabra, su huella). Sientan, entonces, estas palabras que ustedes han dicho, que son realmente esas huellas que cada uno va dejando en este mundo. Sientan que cada uno con su huella imprime, marca algo nuevo y diferente en este mundo. No solo hacia fuera o hacia los demás, sino pensar, ser concientes que a través nuestro este mundo se va a volver algo más humano, se va a volver algo mejor. La segunda forma de conectarnos con nuestra huella interior, es pensar cuál es nuestra misión en la vida, en esta vida. Jesús mandó a sus discípulos para que proclamaran, anunciaran algo. Un teólogo americano, decía que los últimos veinte años de espiritualidad en los Estados Unidos habían sido de regresión, es decir, un dar vueltas, un girar narcisista alrededor de cada uno, por eso esta espiritualidad no fue fructífera para la sociedad en absoluto. La espiritualidad cristiana, por el contrario, significa que cada uno tiene una misión en la vida. Puede ser la de ser padre, ser madre, fundar una familia. Como hijo también genero, creo un nuevo mundo, o bien desde mi profesión puedo hacer algo para que este


mundo sea más humano y mejor. Acompaño a gente de empresas o de negocios y muchos de ellos dicen que en realidad hacen siempre a través de lo que le impone el otro, pero también allí se puede hacer algo para que este mundo se vuelva un poco más humano. Una señora vino hacia mí, justamente esposa de un empresario muy conocido, y políticamente conocido, ella tenía cáncer, el marido le pagaba todas las terapias caras imaginables pero ella no sanó, cuando tuvo una conversación conmigo me dijo: “siento que caminé en la dirección equivocada”. Su sueño cuando era joven era siempre ser una escritora, y ahora tiene la sensación, con sus sesenta años, de que ya es tarde. Entonces yo le dije: “bueno, quizá usted no haya realizado su sueño de juventud, pero usted también ha hecho algo que ha sido muy importante. La tarea de estar en contacto con su propio sueño.” No significa que de pronto uno tenga que dejar todo lo que forjó para transformarse en una escritora, sino que simplemente en ese mundo que le tocó vivir, en ese mundo de los negocios donde el lenguaje es tan frío, poder insertar un lenguaje más cálido, más creativo. Entonces también va a poder reflejar su huella en este mundo. También es importante destacar que nunca es tarde para conectarse con la propia huella interior. Entonces nuevamente los quiero invitar con mucho amor, a buscar, a encontrar esa huella, que libera, que es lo que cada uno de ustedes trae a este mundo. En el Bautismo no solo hemos sido purificados a través del agua sino que también a través del crisma que se nos ha impuesto hemos sido ungidos reyes y reinas, profetas y profetizas, sacerdotes y sacerdotisas. Ser rey significa vivir, ser uno mismo, los sacerdotes y las sacerdotisas son los que cuidan lo sagrado y lo preservan, yo mismo debo preservar mi espacio sagrado para que el mundo no tenga poder sobre mi espacio sagrado, y desde el conocimiento de mi propio espacio sagrado puedo descubrir y puedo ver en el otro su propio espacio sagrado, puedo guardar su intimidad. Mi ser profeta o profetiza no significa que deba predecir el futuro, sino que significa poder expresar algo de Dios en este mundo, que solamente se puede expresar a través mío. Yo les deseo a ustedes que a través de su don y su misión cada uno pueda imprimir su huella en este mundo para que sea más humano y más espiritual.

Conferencia de Anselm Grün  

Resumen de la Conferencia de Anselm Grün - Colegio Goethe.

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