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EL CUENTO INACABADO (O cuento jurídico) LOS BENEFICIOS PÚBLICOS PUEDEN HUNDIR SUS RAÍCES EN ACTOS INJUSTOS. HAY QUE SER MUY SABIO Y MUY TEMPLADO PARA RECHAZAR TALES BENEFICIOS EN FAVOR DE LOS ACTOS JUSTOS. LA JUSTICIA ES LA BALANZA Y SIN ELLA ES INVIABLE LA DEMOCRACIA

FÉLIX HERRERO ABAD 01/04/2014


EL CUENTO INACABADO (O cuento jurídico)

A las primeras horas de la mañana, principios de verano, el sol ya calienta cayendo oblicuo sobre los tejados. El pueblo duerme o eso aparenta, que por la calle nadie hay y de todos es sabido que en los pueblos se vive, se está o se existe, bajo otros parámetros. Quizás en el café, antes de comenzar la rutina diaria, estén algunos empleados de La Caja tomando su desayuno y ojeando el periódico, los titulares que a más no da su paciencia, con más atención la sección de deportes, la de crímenes o la sección provincia de noticias ocurrentes y extrañas, más que nada para tener de que hablar y discutir.

Por la calle Mayor arriba, sin embargo, avanzan tres figuras sin muchas prisas que este no es pueblo de agobios, dos uniformados y en el medio un señor que viste y calza. Parece que estén de reconocimiento por el pueblo que poco tiene que reconocer en monumentos, si acaso las ruinas del castillo, el palacio de los marqueses convertido en hostería o la iglesia parroquial, pero ninguno de ellos cae de camino. Charlan poco, no gesticulan y por su trayecto, no cabe duda que vienen de la Urbanización y van hacia el cuartel de la Guardia Civil, al final del pueblo, donde desemboca la calle principal en la carretera que va a la ciudad.

«No se preocupe D. Faustino, que nadie hay en la calle y ni las esposas le hemos puesto, esto parece más paseo que detención». «Cabo Benigno», que así se llamaba el que mandaba la patrulla, «le agradezco la confianza que trata de darme, pero eso de que nadie nos ve es pura imaginación suya que la gente algo se barrunta y a la espera están todos, unos detrás de los visillos o de las persianas enrejadas y otros por las rendijas de las puertas y cuarterones, los pobres, que ni visillos ni persianas tienen, que en este pueblo abundan los envidiosos, desagradecidos, paletos de mierda, que gozan con las desgracias ajenas más que con los propios logros». «Al menos», se queja, «podrían FÉLIX HERRERO ABAD

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haberme trasladado en coche y no en esta procesión». «Ya, ya, que más hubiésemos querido Don Faustino, pero el coche patrulla del Cuartel está sin batería, ya hemos pedido el recambio, claro, pero con esto de la crisis nos dan largas y los servicios se han de hacer a pie o bicicleta, son tiempos difíciles y de reducciones presupuestarias, menos para los escoltas y chóferes oficiales que cada día demandan más». El número, que número no lucía por lo que le llamaremos Argimiro, comenta, por comentar algo, que poco falta para llegar al Cuartel, que el pueblo no es grande y se recorre en tres zancadas. Lo dice más que nada porque ya tenía ganas de acabar con el desfile, entregar al detenido y cogerse el día libre que se le debía, que la Guardia Civil es así, siempre debiendo, siempre pidiendo favores, oye tu, tienes que hacer un servicio especial aunque sea tu día de descanso, somos pocos, no damos para tanto que se nos ordena y de sobra sabes que tenemos dos de baja y otros tres en comisión de servicios haciendo de escoltas, vamos, que estamos en cuadro.

Al fin llegan al Cuartel de la Guardia Civil, que de guardia lo tiene todo y de civil nada, solo hay que ver sus uniformes, botas, guerrera y gorra, galones en gorra y bocamanga, actitud marcial, dotes de mando, menos mal que ya les han suprimido el tricornio salvo para los actos de gala, son el ejército esparcido a puñados como la sal por los pueblos de España, aquí y allá, para mantener el orden, poner multas, afirmar la autoridad y dejarse ver, que si vas con una queja, que me han robado en casa, me han desaparecido tres ovejas, los pavos que cebaba para Navidad, la matanza que tenía oreando en la panera, se hacen los desentendidos, no tenemos gente, ni medios, no vamos a ir investigando a pata, serían gitanos de fuera, o gente con hambre que hay mucha, o vendedores ambulantes para revender en el mercado que eso pasó con el robo en la perfumería y les pillamos, un éxito de este Puesto, oiga, mire usted si en el próximo del jueves reconoce el género y nos avisa, que no podemos actuar a tontas y a locas o exigir a los mandos el cambio de la batería por unos pavos o por unos chorizos, lo que nos faltaba.

Las detenciones no se hacen sin razón y sin porqué, oye ven aquí que te detengo, sino que precisan de sus requisitos y trámites, constancia de indicios delictivos, FÉLIX HERRERO ABAD

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sospecha de autoría, que los derechos están para algo y la Guardia Civil para hacerlos cumplir. Por ello, al Cuartel llegan para hacer las diligencias de identificación del detenido, nombre, apellidos, edad, estado civil, dirección, lectura de sus derechos, informarle de la causa de su detención y dar debida contestación al oficio de la Sra. Juez que fue quien la ordenó, poner a su disposición al sujeto, informar que se avise a su abogado pues la declaración se hará con su asistencia, no de oficio, que hasta en estos luctuosos casos se contemplan clases y categorías. Tomarle declaración no, no se puede, lo dice bien claro la Sra. Juez en su oficio, que eso es cosa del juzgado y con la presencia de su abogado, del Sr. Fiscal y de los otros abogados de la acusación, que existen unos derechos sagrados para todos, incluso para los delincuentes, o presuntos, que nunca se sabe.

El comandante de puesto que es brigada por los galones que luce en la hombrera ya que se ha quitado la gorra por el calor, le tiende el pliego y, con tono interrogante pero autoritario, le dice si queda enterado de lo que se le ha informado, «pues firme aquí», ordena, no suplica. «Y ahora, a esperar a que venga de la ciudad la patrulla que ha de trasladarle al juzgado». El brigada obra sin contemplaciones con el detenido, no le manda sentar que solo tiene en el despacho una silla desvencijada, no sea que cuando se siente se despatarre, la silla claro, se lesione el detenido, sufra magulladuras o cortes y alegue que le hemos infligido torturas, lo que nos que nos faltaba para empezar el día. Es un profesional que estudió en la Academia, se le nota, actúa con cierto resquemor, no por inclinaciones ideológicas, Dios le libre, sino por lo exiguo de su nómina y la abundancia del trabajo en este puesto que abarca quince pueblos y ni vehículo tienen para recorrerlos, a ver si asciende y le dan un mejor destino, que tener aspiraciones es humano. «Mientras esperan al coche celular», ordena el brigada, «sáquenle al patio del cuartel, a la sobra del platanero, que estará mas fresco y aquí yo tengo cosas que hacer».

Razón tenía el alcalde, al que hemos llamando Don Faustino, buen conocedor del pueblo, ya que a primeras horas de la mañana, Ramiro le vio pasar por la calle cuando miraba a través de los visillos el cariz que presentaba el día, examen absurdo, pura manía, pues en verano las mañanas siempre son frescas y a mediodía el calor aplana. Madrugaba más que el común de los habitantes del pueblo, salvo los de La Caja, para incorporarse al trabajo en los juzgados de la ciudad. Se confirmó lo que se rumoreaba y, a pesar de las obligaciones que FÉLIX HERRERO ABAD

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impone su puesto de auxiliar de juzgado, funcionario por oposición, no podía resistir comentar el suceso. En el desayuno se desfondó su profesionalidad y olvidó su responsabilidad funcionarial. «Mira Luisa si no te lo digo reviento, hoy han detenido al alcalde, el asunto lleva cociéndose semanas en el juzgado, una denuncia de la policía en la Fiscalía y una querella de esta en el Juzgado, es cosa seria, yo al principio no me lo podía creer». «Pero porqué», pregunta sorprendida Luisa. «Por que va a ser, por lo de siempre, delitos de prevaricación, cohecho, tráfico de influencias y acaso, falsedad». «Y eso qué es». «Para que lo entiendas, que tu fuera de tintes y permanentes nada sabes, por embolsarse dineros municipales y por trapicheos en el ayuntamiento, pero te ruego, por tu madre que en paz esté, que no lo comentes con nadie que el asunto está bajo el secreto de sumario, cosa seria ya sabes, que cuando se toca a una autoridad hay que andarse con mucho tiento y la juez es muy mirada para esas cosas». «Y qué trapicheos son esos», insiste en conocer Luisa. «Parece que la cosa viene de varias contratas y otras obras municipales adjudicadas a empresas suyas y de amiguetes y de la compra de las Eras de Arriba, donde tienen previsto ampliar la urbanización de lujo para construir el campo de golf». Ya me parecía a mí, reflexiona Luisa como buena ama de casa, administradora ella que sabe lo que valen las cosas y como ahorrar, que mucha obra se hacía en el pueblo, adoquinado, aceras, jardines, fachadas, parques infantiles y hasta el polideportivo. Y en voz alta, «el otro día se comentaba en la peluquería que de donde salía el dinero para tanto cambio que, oye tú, hay que admitir que al pueblo no le conoce ni la madre que le parió». «Pues tu chitón, que luego me echan a mi las culpas por ser el único representante de justicia en el municipio».

Ramiro marchó al juzgado y Luisa a abrir el salón de belleza que, siendo verano, esperaba gran afluencia de clientela del pueblo y foránea, de la urbanización más que nada, que en verano el pueblo, con tantas transformaciones y novedades se está volviendo cosmopolita, lo que aprovecha Luisa para mejorar el negocio, emprendedora donde las haya. Hasta ha tenido que contratar una manicura para clientas finas, que las del pueblo se hacen las uñas en casa so pretexto de que en la peluquería no se limpian debidamente las tijeras, ni los palillos, ni las limas, ni las toallitas, aunque en el fondo es por no gastar, todo les perece caro, rumias ellas, con lo que han subido productos e impuestos. Abierto el negocio, empiezan a llegar las clientas y nadie habla, todas están calladas, a la espera, explotando por dentro, disimulando con las revistas, a ver

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si alguna cuenta algo y, atando cabos, se enteran de la verdad del rumor, hasta que la oportunidad se presenta cuando llega Doña Julia muy coqueta ella pero, como persona mayor, con insomnio, que desvelada se asomó de buena mañana, al porche de su chalet, viendo llegar a la Guardia Civil y llevarse al alcalde y, sigue informando, acto seguido llegó un coche de la ciudad con varias personas, serían policías, supongo, que entraron a saco en la casa del alcalde y salieron con varias cajas y ordenadores. Esto lo comenta con asombro, «qué habrá pasado». Una vez dada la voz de fuego, comienza el tiro a discreción, todas hablan a la vez, elucubrando, claro, porque nadie sabe nada a ciencia cierta, haciendo conjeturas, aventurando sucesos. Luisa recuerda el consejo marital y a su madre que en paz descanse, pero no puede callar, no van a saber las clientas más que ella, además se debe a la clientela. «Le ha detenido», afirma con rotundidad y conocimiento de causa. ¡Jesús! exclaman todas a coro. «Por los delitos de prevaricación, cohecho, tráfico de influencias y falsificación de documentos». Primero se produce un silencio como para tomar impulso, pero luego llega la batalla campal, en sentido figurado, claro, que allí nadie lleva más armas que los rulos, el papel de plata, la redecilla, los secadores, las limas o las tijeras y aunque estas sí que pueden ser catalogadas como armas, no es el caso. «Seguro que es por las obras del arreglo de las calles que es de común comentario que su adjudicación no fue limpia», dicen unas, «o por las obras de alcantarillado y desagüe que se adjudicó él mismo a su empresa familiar» apostillan otras. «Por eso no puede ser», alegan algunas, «porque sea quien fuere quien haya hecho las obras, hechas están, el pueblo ha quedado precioso, limpio, espléndido, da gusto pasear por él, enseñarlo a los forasteros». «Eso no se puede negar, pero las obras municipales requieren ciertos requisitos de publicidad y trámites administrativos que no se han cumplido y, además, está el asunto de las Eras de Arriba, donde quieren instalar el campo de golf, que se engañó de mala manera a los antiguos propietarios». «Porqué, no vendieron ellos». «Sí vendieron, pero forzados y con engaños, que si eran tierras de secano, centenales pedregosos que no valían nada, y ahora, en poder de la nueva empresa del alcalde, claro, se proyecta hacer en ellas un campo de golf para los forasteros, que los del pueblo no saben ni coger el palo, y se comenta que el metro cuadrado se ha multiplicado por cien o más». «Pues eso no es malo que atraerá a mucha más gente». «Pero hubo engaño y el alcalde se está forrando, nada más hay que

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ver a su mujer, lo que presume ella y a sus hijos. Habría que ver de donde ha salido tanto dinero como aparentan». Y así transcurre la discusión dividiéndose la clientela no por ideologías políticas, sino por defensoras con orejeras que solo se fijan en las mejoras del pueblo o detractoras recalcitrantes que solo ven chanchullos e ilegalidades en todo lo tocante al ayuntamiento, ya que la vida es así cuando nos salimos del juego de la política generadora de otras querencias o enemistades.

Al mismo tiempo, en el café las conversaciones o mejor discusiones pues ya habían subido de tono, transcurren por los mismos derroteros, defensores a los que las orejeras no les dejan ver más que de frente y por escasa ranura, y detractores que antes se dejarían cortar la cabeza que dar su brazo a torcer. Bien se ve que el guardia Argimiro, cumplido el servicio y exonerado de obligaciones por ser su día de libranza, se había acercado por el café a tomar la parva después del madrugón y, entre copichuela y copichuela de orujo, se le fue la lengua y precisó lo que Luisa había sentado categóricamente en la peluquería, claro que a él no le obligaba el secreto del sumario, pues como número que es, mero figurón que solo sirve para hacer bulto y ayuda del mando, nadie le informó que tal diligencia judicial había sido tomada.

Lo narrado pasaba en los dos locales más concurridos del pueblo a esas horas, y en los mismos instantes, o poco antes o después, que solo los dioses puede fijar con exactitud y desde su alta atalaya los minutos y segundos en que concurren los acontecimientos, Don Faustino, sentado en el poyete debajo del platanero, pensaba, lógico, pues no iba a discutir consigo mismo, que es lo que había salido mal. Bien sabía que tenía malquerencias en el pueblo, que a todos no se les puede comprar o tener contentos, también le había advertido su abogado, varias veces y algunas con insistencia, «ten cuidado, Faustino, que rozas la ilegalidad, estás jugando con fuego, no todo el monte es orégano aunque hayas ganado las elecciones por amplia mayoría, que los actos municipales requieren de los requisitos de publicidad y ciertas formalidades, aunque solo sea en apariencia. No vale el sí porque sí, porque lo digo yo que soy el alcalde y todo lo hago por el bien del pueblo», y por el tuyo, claro, que de todo tratas de sacar partido y FÉLIX HERRERO ABAD

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ganancia, aunque esto último solo lo pensó para sus adentros pues se debía a su cliente. Don Faustino no podía imaginar que la riada, sea un decir, le llevara hasta la detención. Detenido él, que representaba la tercera generación de la saga familiar en la alcaldía. El abuelo, bueno, eran otros tiempos, había sido alcalde porque se lo había propuesto el Gobernador Civil por ser el varón de mayor fincabilidad del municipio y aceptó, más que nada, por eso de las concentraciones, no sea que te cambien las fincas buenas y bien situadas por otras peores y lejanas y, de paso, a ver si podemos lograr lo contrario con las malas o retiradas que tenemos. Poco o nada se ocupó en la mejora del pueblo. Pero su padre, alcalde electo en las primeras elecciones democráticas, fue quien puso las bases para el futuro desarrollo del municipio, que tenía otras miras, sabia ver lo que los demás no veían y lógico, lo aprovechó, es humano, de personas inteligentes o al menos espabiladas, pues si él no lo hubiera hecho otro lo haría. En la época de la liberalización del suelo, que en su mayor parte era suyo, comprando aquí y vendiendo allá con la correspondiente plusvalía que subía como la espuma, se hizo con un buen capital, todo legal, oiga, que la compraventa no está prohibida que sepamos. Por lo tanto, si hay que recalificar terrenos, que es la moda y la fuente de ingresos de los ayuntamientos y estos son casi todos míos, qué le vamos a hacer, se recalifican no vamos a ser menos que otros municipios. Y a mi, qué me pueden achacar, qué parte de las Eras de Arriba, que eran de mi padre, las convertí en urbanas para promover la Urbanización haciéndome promotor; qué me propuse hacer una nueva traída de aguas y desagües nuevos, aprovechando para adoquinar todas las calles y plazas del pueblo, creando una empresa de ingeniería civil; qué planté jardines y parques confiando en la empresa de jardinería de los cuñados; o qué promoví, mediante subvenciones municipales, el adecentamiento y arreglo de fachadas que se adjudicó en exclusiva a la empresa de enfoscados y cotegrán de los consuegros. Es qué no ha prosperado el pueblo, es qué no han venido a vivir permanente o estacionalmente nuevos habitantes, es qué no se ha regenerado el vecindario y tiene otro tono más urbano y elegante, este pueblo que era de ovejas y poco más. Si en el pueblo no están de acuerdo, entonces porqué me votan.

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La mente humana es falible y olvidadiza, y en los momentos críticos, el alma tiene autodefensas, para olvidar hechos que te pueden arrojar al abismo o aumentar la angustia a límites insoportables. Por eso Don Faustino no se recrimina, no hace examen y pasa de largo, de las vías utilizadas para la adjudicación de tanta obra, fraccionando presupuestos para evitar las ofertas públicas a las que podrían concurrir empresa foráneas, o la concesión de subvenciones municipales para el arreglo de fachadas que se adjudicó a la empresa de sus consuegros a precio más alto del normal, recibiendo una comisión a cambio de ello, o de las vías utilizadas para convencer a la escasa oposición municipal bajo ofrecimiento de empleos a sus familiares en sus empresas o de allegados, viajes a todo lujo para comparar con otras poblaciones nacionales o extranjeras, regalos de navidad y, en caso de fuerte oposición, sustanciosos sobresueldos por supuestos servicios extras prestados a la municipalidad y, en último caso, mediante la velada amenaza. Eso si, todo con cargo al Ayuntamiento que no lo iba a poner él todo, él ponía la iniciativa que no es poco. Pero vamos a ver, vuelve a reflexionar consciente Don Faustino tratando de justificarse, no es mejor que las obras sean hechas por empresas de casa, conocidas y solventes, que dan trabajo a medio pueblo, porque medio pueblo trabaja para mis empresas y las de los conocidos. Y el resultado, bien se ve en la transformación y en el resultado de las elecciones, valga la redundancia. Qué hay descontentos, como en todas las partes, porque existe gente envidiosa, atravesada, que se niega a reconocer las evidencias y con tal de hundir a mi familia y a mis empresas, que se hunda el pueblo, que ya lo levantaremos nosotros cuando mandemos, aserto que recordó dicho por otro. También se olvidaba, como el otro, que los dineros para tanto tejemaneje no eran suyos sino municipales.

En estos pensamientos estaba Don Faustino cuando llegó el coche celular de la ciudad y en ellos siguió durante el viaje. Llegados al juzgado, la juez no les recibió inmediatamente que tenía diligencias más urgentes que diligenciar, así es el lenguaje jurídico, «además», le informó el abogado, «tiene que llegar el fiscal que siempre llega tarde porque también diligencia lo suyo y el abogado de la acusación particular que, te informo, se ha personado en la causa una asociación que dice luchar contra la corrupción». «Y hemos de esperar aquí en el pasillo a la

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vista de todos», preguntó el detenido, «que oye, esto parece un desfile de togas y de gente mal encarada, a ver si me va a conocer alguien». “Así ha de ser, que los juzgados no tienen antesala para las personas VIP». Al rato, vieron llegar al fiscal, hombre alto, con la autoridad que le daba la toga, elegante y bien plantado, se notaba la profesión, llevando una abultada cartera y, detrás de él, un agente judicial portando varias cajas de cartón. Ambos entraron en el juzgado sin llamar ni anunciarse que estas licencias están permitidas al Ministerio Público y, poco después, un abogado con toga raída, barbado, que se dispuso a esperar en el pasillo y que su abogado identificó como el letrado de la inesperada acusación particular. Don Faustino se fijo en él y reconoció con asombro, que era Ambrosio el hijo de la Flora, viuda de guerra en bando perdedor, que estudiar pudo, aunque trabajando al mismo tiempo, porque su padre, siendo alcalde, le había recomendado para una beca. Que desagradecida es la gente, ese que si no fuera por las gestiones y ayudas de mi padre estaría ahora destripando terrones o trabajando de peón en alguna empresa mía, es el que me va a acusar. Ya se sabe, no se pueden echar margaritas a los puercos, me tendrá rencores por las ayudas recibidas.

En estos tristes pensamientos estaba Don Faustino, cuando otro agente judicial, esta mujer, abrió la puerta de doble hoja en la que figuraba el letrero de Sala de Vistas, y le llamó a voz en grito para que todos oyeran y se enterasen, que las cosas de la justicia son así, mucho secreto de sumario y luego te llaman a voces en el pasillo y por tres veces. Se levantó del banco el llamado y con él lo hizo su abogado. «Vamos a ver», dijo en tono profesional el agente, que la agente provoca cacofonía, «usted a quien representa», «al imputado», contestó el letrado, «pues siéntese en la parte derecha según se mira al estrado», «y usted», dirigiendo la barbilla hacia Don Faustino, en ese banco del centro». «Y usted», dijo al abogado de toga raída, «yo soy el letrado de la acusación particular». «Pues siéntese a la izquierda, después del sillón del fiscal». Sabido es que la justicia es igual para todos, pero existen diferencias de sitios y asientos, los imputados en un banco de madera y sin respaldo en el centro de espaldas al público, el juez en el estrado, el fiscal también en estrados, a su derecha en mesa aparte y sillón alto de terciopelo rojo y los abogados en mesa diferente, corrida esta, por si hay afluencia de letrados, y sofá corrido que, a veces, si los cuerpos son generosos casi ni caben, que le vamos a hacer, es la

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racaneria tradicional de la Justicia. Para el secretario que ha de dar fe y anotar todo cuanto acontece, se tiene reservada otra mesa pequeña, con ordenador dando a entender que el progreso ha llegado. En estos actos solemnes de la justicia, que emana del pueblo y se administra en nombre del Rey, se han de seguir ciertas reglas y protocolos a fin de que el pueblo llano y soberano que por eso de él emana la justicia, aunque quien lo diría, si cuando le dejan entrar, le mandan sentar en bancos corridos de madera dura al final de la sala, a fin de que el pueblo, decimos, comprenda con un solo golpe de vista, la sacralidad de la justicia, la solemnidad del acto y la seriedad con que aquella se administra. Por fin, por puerta lateral situada detrás de los estrados, entran la juez y el fiscal en amigable charla, como si vinieran de romería, contrasentido con la preconizada solemnidad del acto y el ataque de nervios que tenía el imputado. Todos se ponen en pie y ellos se sientan, otro contrasentido que no es tal, pues los asistentes se levantan por respeto que así son las reglas procedimentales. «Siéntense todos», dice la juez, y todos obedecen. «Usted no», le dice al imputado, «que tenemos que preguntarle por las generales de la ley» y al agente le ordena que no de la voz de audiencia pública que está declarado el secreto del sumario. «A ver, Sr. secretario dé cuenta» y el secretario la da. Y al imputado, «nombre, apellidos, dirección, año de nacimiento, profesión, estado civil, ha estado procesado anteriormente», «no señoría», y de todo toma nota el secretario. «Ha comparecido usted ante ese tribunal porque se le acusa, por el Ministerio Fiscal y por la acusación particular, de los delitos de malversación, cohecho, tráfico de influencias y falsificación documental, va usted a responder a las preguntas que se le formulen». Don Faustino mira a su abogado que le hace un gesto afirmativo con la cabeza. «Si señoría». «Pues conteste a las preguntas que le va a formular el Ministerio Fiscal».

El fiscal dice con la venia de su señoría, que así es la fórmula, y empieza a rebuscar entre la pila de papeles que su agente judicial había puesto sobre la mesa. Que tensión, que ansiedad e intriga experimenta el espíritu de Don Faustino, está pasando por uno de los peores momentos de su vida, que no le desea ni a sus peores enemigos, bueno a algunos sí, a los que han dado lugar a este espectáculo. El Ministerio Fiscal es concienzudo, sabe su oficio, garante del cumplimiento de la ley y defensor del interés social. Por eso, le va preguntando, repasando minuciosamente todas las actividades municipales achacadas al

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acusado, las obras, las adjudicaciones, los pagos, las empresas intervinientes, y este respondiendo, más o menos, como hemos dejado constancia al referirnos a sus pensamientos bajo el platanero, salvo lo que se ocultó a si mismo por eso de lo falible y olvidadiza que es la mente humana. Son evidencias, no lo va a negar. Ahí están las obras y las empresas, ahí están los pagos y las facturas, las oficiales, claro. A cada respuesta, el fiscal, a través del agente judicial que es el vehículo reglamentario, va dejando encima de la mesa de la juez, escrituras, facturas de pagos, certificaciones bancarias y pruebas documentales varias que justifican y prueban los asertos confesados por el acusado y los admitidos a medias. Aclarado lo de las obras, pagos y empresas, el interrogatorio del fiscal deriva por otros derroteros y pregunta por la falta de licitación y el fraccionamiento de los presupuestos a fin de evitar la oferta pública, y ahí, Don Faustino, se plantó negando la mayor, “no ha habido fraccionamiento alguno, señor fiscal, que las obras se hicieron en varias fases por carencia presupuestaria, no con ánimo de excluir a la competencia”. A esta negativa, el fiscal, por medio del agente, como es sabido, colocó en la mesa de la juez un montón de cintas con sus transcripciones de las escuchas telefónicas, que helaron la sangre del acusado y forzó una subida de cejas en su abogado que no pudo evitar a pesar de su profesionalidad. A renglón seguido y como puntilla, el fiscal se interesó por las prebendas, regalos, viajes, fiestas y complementos salariales otorgados a los amigos, a la oposición recalcitrante y a los protestones para doblegar su voluntad, lograr el voto favorable o acallar críticas, a lo que el acusado, sudando sangre, contestó negativamente, admitiendo solo los viajes, muy modestos, con el fin de visitar obras semejantes e informarse. También le preguntó por las transferencias y pagos de las empresas adjudicatarias a su favor, de su mujer, de sus hijos, o de sus empresas, es decir las comisiones, lo que también negó con rotundidad pero con voz cada vez más quebrada y sudando la gota gorda. A estas negativas, correspondió el fiscal poniendo encima de la mesa de la juez, por el conducto reglamentario, otra serie de cintas con sus transcripciones de llamadas telefónicas, nueva subida de cejas, anunciando la cita de testigos que justificarían estas acusaciones. Hecho esto, dio las gracias al imputado por su colaboración, como persona educada que era y se dirigió a la juez para manifestar que no tenía más preguntas que hacer, por el momento.

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Su señoría se dirigió al letrado de la acusación preguntando si deseaba interrogar al acusado, invitación aceptada con entusiasmo. Como el fiscal ya había desgranado la mayor, la acusación se centró en el asunto de las Eras de Arriba que, hemos de aclarar, eran los terrenos que iban desde la urbanización que también habían formado parte de tales eras, a la carretera. «Vamos a ver, Don Faustino», lo cortés no quita lo valiente, pensó el aludido, al menos me guarda respeto, «es verdad que los propietarios de las fincas que conformaban lo que quedaba de las Eras de Arriba, se habían dirigido al Ayuntamiento en solicitud de los servicios de luz, agua, desagüe y teléfono, servicios que ya llegaban a la urbanización», a lo que el declarante no tuvo más remedio que contestar afirmativamente. «Varias veces», recalcó el interrogador, «sí cuatro o cinco» reconoció el interrogado. «Y porqué no se les dieron tales servicios si ya llegaban a la urbanización», quiso saber el abogado aunque él ya lo sabía, que la retórica del foro es así, se hacen las preguntas cuyas respuestas se conocen solo para que consten en acta, a lo que Don Faustino respondió con vaguedades, como no dando importancia, pues los hombres cuando mienten siempre dicen otra verdad y si es verdad lo que dicen, siempre va con ella una forma de mentira, por eso concretó que si no lo pedían en forma, que era muy difícil concederlo, que si no se ponían de acuerdo para parcelar o en los obligatorios servicios comunes y, en fin, que no se podían instalar en tierras agrícolas servicios que son propios de las urbanas. Aclarado esto, el abogado arremetió incisivo, preguntando cuanto tiempo estuvieron esas fincas en esa situación a partir de que se instalasen los servicios en la de urbanización, a lo que el aludido respondió que no se acordaba, pero que más o menos unos ocho o diez años. «Y qué pasó», quiso saber el abogado lo que ya sabía con certeza. Aquí, el imputado empezó a divagar que los propietarios de la urbanización se quejaban de que tales terrenos la afeaban, creaban suciedad, favorecían la transmisión de bichos, hormigas, lagartijas, roedores y, en días de viento, el polvo cubría los jardines y ensuciaba la piscina, y que, ante quejas tan fundadas y reiteradas hechas por familias tan respetables, él mismo propuso a los propietarios de las eras su compra, accediendo estos. «Y cuanto pagó por tales tierras», quiso saber el abogado que ya conocía este dato, «pues al precio que se pagaban los terrenos de secano, oiga, que eran tierras malas, pedregosas, centenales que, como se dice vulgarmente, son de las que hay que ir a sembrar con el carro y a recoger la cosecha con el burro». «Y una vez de su propiedad», insistió el abogado, «logró usted la recalificación de tales terrenos», a lo que el

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aludido respondió que sí después de ligeros trámites. Por la boca muere el pez que esta última aclaración se le escapó y no ignoró que había metido la pata, por el levantamiento de cejas de su abogado y el golpe que dio en la mesa con su bolígrafo. «Prolongó, entonces, los servicios de luz, agua, desagüe y teléfono», «si señor», respondió, «tales tierras están ahora totalmente urbanizadas». «Y que precio tiene ahora el metro cuadrado», el abogado no se cansaba de preguntar, «pues, mire usted, lo normal en el mercado». Dicho esto, el abogado, por el conducto que ya conocemos, plantó ante la mesa de la juez, los registros del catastro de las fincas antiguas, las escrituras de venta con sus bajos precios, la recalificación y parcelación y los folletos de propaganda de venta de las parcelas del futuro campo de golf, por un precio, en relación al pagado, quinientas veces superior metro cuadrado. Hecho esto, sin dar las gracias, siempre hay clases, dijo a su señoría que no tenía más preguntas que hacer, por el momento.

Seguidamente, la juez concedió la palabra al abogado de la defensa. Aquí respiró Don Faustino, que Dios aprieta pero no ahoga. Su abogado, para eso le pagaba, se recreó en hacerle preguntas sobre las obras de mejora del pueblo, los resultados obtenidos, el progreso logrado, el pleno empleo en el pueblo salvo los vagos de solemnidad, la concordia existente en el ayuntamiento y todo lo demás que podía favorecer a su defendido. Nada le preguntó, sobre lo que Don Faustino olvidó pensar debajo del platanero por eso de no caer en el abismo. Así acabó la fase del interrogatorio y Don Faustino descansó momentáneamente.

Acabado el interrogatorio, la juez preguntó al fiscal si tenía alguna alegación que hacer, a lo que este contestó que sí y pidió la venia para hablar. Hizo un resumen de los delitos que las pruebas ponían de manifiesto, respecto a los trapicheos usados en las adjudicaciones de las obras, fraccionamiento de presupuestos, aumento de estos a bajo excusa de modificaciones, transferencias dinerarias poco claras a sus cuentas o a las de su mujer e hijos, del aprovechamiento que de todo ello había hecho el imputado a su favor, del aumento patrimonial experimentado en escasos años y la jactancia ante sus amigos, considerando los hechos delitos muy graves y sumamente onerosos para las arcas municipales, todo ello con pruebas contundentes, por lo que pidió se decretase la prisión provisional del imputado. Concedida la palabra para los FÉLIX HERRERO ABAD

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mismos fines al abogado de la acusación, este clamó, literalmente, ante la gravedad de los hechos, recordando el engaño a los pobres propietarios que no logrando la recalificación de sus tierras por las miras egoístas del alcalde que tenía puestos los ojos en ellas, se vieron obligados a venderlas por cuatro perras y ahora, el imputado, logrado lo que a aquellos se había negado, se enriquecía injustamente. También abundó en las otras obras ejecutadas por empresas propias o de allegados y de las transferencias dinerarias de estos a favor del alcalde o su familia, lo que consideró un desfalco, delito no contemplado por los códigos pero por todos conocido, adhiriéndose, con entusiasmo, a la petición del fiscal en cuanto a la prisión. Su abogado, sin embargo, trató de quitar hierro al asunto, pruebas se presentarían que anularían las acusaciones, alegando desconocer que existieran cintas con las grabaciones de las llamadas telefónicas que calificó, por prudencia, de anormales. Antes de concluir, pidió a la juez que se le diese copia fehaciente del auto judicial en el que se acordaba la intervención de las comunicaciones de su defendido y copia de las cintas y transcripciones, a lo que la juez, de no muy buena gana, tuvo que acceder.

Concluidas las alegaciones, la juez, teniendo en cuenta lo que se había expuesto y las contundentes pruebas aportadas, decretó la prisión comunicada pero incondicional, es decir, sin fianza, del que de ahora en adelante hemos de llamar preso. Informó a los presentes que inmediatamente se redactaría el auto del que se daría copia diligenciada y sellada a las partes, ordenando que la fuerza pública que trasladase al preso al Centro Penitenciario Provincial, lo que así se hizo para desconsuelo de Don Faustino. Seguidamente, la juez y el fiscal salieron por la misma puerta que entraron, reanudando la conversación interrumpida a su entrada y el abogado de la acusación particular y el de la defensa quedaron en la sala de vistas esperando la documentación que les tenían que entregar, hablando de la pesca, que era temporada, como si allí no hubiese pasado nada, que lo cortés no quita lo valiente y algunas veces habían jugado la partida juntos.

El abogado de D. Faustino, al día siguiente, en el sosiego del despacho de su bufete, comenzó a examinar la documentación entregada por el juzgado, comprobando con asombro que la primitiva orden de intervención telefónica se refería a un tal Riki, Ricardo Lagunilla, proveedor asiduo de sustancias tóxicas y estupefacientes en la ciudad. Siguió leyendo y se enteró que en las fiestas y FÉLIX HERRERO ABAD

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saraos organizadas por el alcalde, muy propenso a tales faustos, y mira que le había advertido que tuviese cuidado, acudían regularmente tres muchachas, amigas del Riki, que se pasaban las veladas chateando con él, contándole lo que se hablaba e invitándole a que ampliase su negocio en tales reuniones ya que varios de los asistentes se podían convertir en sus clientes. Así lo debió hacer Riki, que desde una fecha en adelante siempre era invitado a tales fiestas no solo por la mercadería que portaba, sino por el grado de animación que a tales fiestas imprimía. La policía amplió las escuchas a la mitad de la guía del móvil de Riki, entre ellos al alcalde por si pudiera estar involucrado en el tráfico dado el alto standing de vida que llevaba, descubriendo que no era ese precisamente el negocio del alcalde, sino el de las obras, chanchullos y comisiones del ayuntamiento, que para eso organizaba tales fiestorros. De ahí, a tratar de documentar tales desmanes contra la municipalidad con la correspondiente documentación, solo había un paso y a la faena se pusieron, de modo que cuando lo tuvieron todo atado y muy atado, se fueron a ver al fiscal, exponiéndole los descubrimientos delictivos con apoyatura de pruebas fehacientes. Lo demás, ya lo sabemos.

El abogado, se puso manos a la obra y elaboró un recurso ante la Audiencia Provincial, pidiendo el archivo de la causa y la inmediata libertad de su cliente, en base a que la investigación que se le hizo era causa general, que había comenzado por tráfico de drogas y había acabado con la investigación de su vida privada, de todas sus empresas, cuentas y negocios, sin que estos estuvieran conectados, ni de lejos, con la venta de tales sustancias. La investigación era ilegal, porque violaba la intimidad de su cliente, derecho sagrado constitucional, que solo por razones muy fundadas y mediante la correspondiente resolución judicial, podía ser violentado, lo que no era el caso y por lo tanto, se debían declarar nulas todas las actuaciones desde la ampliación de las escuchas hasta la declaración en el juzgado. Confeccionado el recurso, lo presentó en el juzgado para su elevación a la Audiencia.

La Audiencia se reunió para deliberación y fallo no siendo la deliberación muy pacífica, pues mientras unos magistrados opinaban que las pruebas eran contundentes para los delitos que le imputaba el fiscal, otros opinaban que ni siquiera había de entrarse en el examen de las pruebas obtenidas mediante una FÉLIX HERRERO ABAD

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intervención ilegal de las comunicaciones. La discusión fue dura y larga, pero al final se impuso la teoría del árbol envenenado que, envenenadas sus raíces, sus frutos también lo estarían. Es decir, exponía el ponente, si la prueba original es prueba ilegalmente obtenida, ilegales serán todas las pruebas que de ella deriven y, en este caso, la intervención telefónica fue ilegal pues se concedió en relación al tráfico de drogas, no para investigar las finanzas y negocios del preso, e ilegal son todas las pruebas que de ella han derivado. Se siguió discutiendo dado el peso rotundo de las pruebas incriminatorias de los delitos, pero al final, la justicia tiene sus razones, aunque no nos guste, y las leyes han de respetarse como garantes que son de la democracia, de los derechos individuales y fundamento del orden social, de otro modo, argumentaba el ponente, no haríamos algo distinto al alcalde, si olvidamos esta ilegalidad dando por buenas las pruebas nacidas ilegales, como él olvidó que, con ilegalidades, logró grandes progresos para el pueblo, lo que ahora le recriminamos. Se impuso, pues, dictar auto declarando nulas las actuaciones y el archivo de la causa, decretando la inmediata libertad del preso, para lo que se dio aviso al efecto al Centro Penitenciario.

Cuando el alcalde llegó al pueblo, se armó el gran revuelo. Todos opinaban y hablaban, todos o casi todos. El habla tiene varias finalidades y vertientes, alaba o denigra, y no olvidemos que no es innata al hombre, que ha de aprender en el transcurso de la vida, por eso los animales, privados de esta facultad, siempre son más caritativos que los hombres. Unos pregonaban la inocencia del alcalde, voceando que todo había sido causado por malintencionados y envidiosos de la mejora experimentada en el pueblo, como así lo demostraba el archivo del procedimiento, pero olvidando el saqueo de las arcas municipales y que los delitos estaban claros aunque con pruebas no válidas. Mientras que otros, evitando hablar de las transformaciones logradas, pregonaban que era un delincuente, un chorizo que se había enriquecido a cuenta de los fondos públicos municipales y se había valido de triquiñuelas legales para salvarse. Decimos que casi todos opinaban porque también hay que contar con los que se quedaron en casa sin inclinarse por ninguno de los dos bandos, pensando que lo más sabio es no pronunciarse, para así poder estar a las duras y a las maduras y

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tener posición ventajosa tanto ahora como cuando cambien las tornas. De estos, más que de ninguno, se aprovechará el alcalde, este o el que venga, pues en todo transigen para no tener problemas, dando su voto sin ruido ni mayores reflexiones.

Y ahora me pregunto yo: qué es la justicia. Acaso es una filosofía, un fin a alcanzar, la garantía de nuestros derechos, el fundamento del orden social, o es una entelequia, palabra hueca y vana. De ella se lleva hablando desde los primitivos tiempos griegos con Platón y Aristóteles y los latinos de Cicerón, Salustio o Justiniano, pasando por los canonistas de la edad media y los ilustrados de la moderna, hasta el día de hoy. De ella se han escrito tantos libros que no cabrían en mil bibliotecas y, que se sepa, no se ha llegado a ninguna concreta conclusión. No lo voy yo a resumir en cuatro párrafos, por lo que dejaré el tema para otro cuento, si tal oportunidad me es dada.

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Carrera Fiscal de más de 36 años. Ha desempeñado sus funciones en las Fiscalías de Barcelona, Valladolid, Madrid, en la Secretaría Técnica de la Fiscalía General del Estado, en la Fiscalía de León como Fiscal jefe y en la actualidad en la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo. Ha impartido clases en la cátedra de Medicina Legal de la Escuela de Enfermería de la Universidad de León, en el Centro de Estudios Jurídicos, para la formación inicial de los Fiscales en Madrid, en los cursos de Formación continuada del mismo Centro y en la Escuela de Práctica Profesional “Alonso Olea” del Consejo General de Colegios Oficiales de Graduados Sociales de España. Asimismo, ha impartido numerosas conferencias siendo partícipe en numerosos foros y ponencias. Está en posesión de la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort, entre otras distinciones y condecoraciones.

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Fiscal del Tribunal Supremo con una antigüedad en la

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