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Proyecto Literario El siguiente documento es el resultado del trabajo colectivo del profesor Carlos Tovar y 10 estudiantes de la Fundación. A través de una lluvia de ideas el grupo generó una historia a modo de novela que escribieron entre todos y que busca identificar las distintas pasiones y sentimientos del hombre desde su hominidad, siendo ésta la clave para entender el porqué de su comportamiento en la sociedad. La historia se enmarca en el género de novela histórica y está planteada desde finales del siglo XIX en el marco de la guerra Franco Prusiana. Un evento profundo de la historia europea que dio inicio a la nación que hoy conocemos como Alemania. Muchas gracias a todos los niños y jóvenes entre grados 6° a 11° que participaron de este maravilloso proyecto. Este es el resultado de meses de arduo trabajo y es un pequeño aporte a una de las disciplinas humanas más nobles y que más contribuyen a esa constante evolución del hombre rumbo a la literatura.

Estatutos jurídicos competentes a este libro. Este libro está sujeto a los tratados internacionales sobre derechos de autor, razón por la cual su reproducción y/o publicación con fines lucrativos debe ser aprobada por su autor. A continuación los tratados en los que se protegen los derechos sobre el mismo:  

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Nota aclaratoria: El orden contemplativo de este libro es de carácter ficticio; los datos históricos, Nombres, fechas y/o lugares reales contenidos en él, son meras superposiciones que el autor ha colocado a manera de riqueza narrativa.


I Reino de Baviera, Agosto de 1870. Otto Goebbels, un joven campesino que vivía en el Reino de Baviera, adosaba sus cebollas con cerveza ahumada como su madre le había enseñado hacía 3 años. Ya tenía 15 y era un hombre, pero contrario a los demás de su edad no desposaba aún a ninguna de las rubias jovencitas de la villa Buch, en Nuevo Ulm; una población cebadera perfilada justo en la frontera del Reino de Baviera y Württemberg. El emperador Guillermo I había empezado una fuerte campaña bélica contra el Imperio Francés y todos los hombres de la villa, incluido el propio Otto, tendrían que presentarse en la plaza central cuando el comando de fusileros de Múnich llegarán hasta ahí. Habían pasado ya dos semanas de larga y angustiante espera desde que un oficial imperial trajo la noticia y la hiciera pública en la misa dominical después del culto. Ese día, recordaba Otto mientras terminaba de adosar la cerveza sobre las cebollas, el Padre Gregory había hablado de la tarea del pueblo Prusiano por lograr el correcto orden de las tierras noreuropeas como alguna vez lo hiciera el rey David en la región del oriente próximo. Fue una misa muy emocionante, no solo porque la última parte de ésta fuera en alemán, contrario a lo usual en latín. Sino porque las palabras en el discurso del clérigo eran el desafío esperado que todos en el Nuevo Ulm sentían; debía hacerse a la imposición que Napoleón III venía haciendo sobre todas las instituciones puestas por Dios y los principados europeos. En toda la villa se hablaba por entonces de cómo la invasión que Napoleón III había hecho en Milán hacía 12 años, acabó con la libertad de la ciudad y sus habitantes. Buch no se podía permitir lo mismo, pues el Francés comenzó a apoderarse del mundo y según las palabras del Padre Gregory lo que habían intentado los Franceses hacer en México ahora pensaban hacerlo con toda la zona germánica. Era esta la razón por la que las tropas de Múnich vendrían a enfilar a todos los hombres de la villa para evitar un caos así. Según lo dicho por el guardia imperial, la región de Alsacia y Lorena debían ser tomadas para Prusia con la intensión de evitar que Francia intentase invadir la región alemana como ya había ocurrido en Milán, México y España. La cerveza empezaba a mezclar su aroma a lúpulo con el olor de la carne de cerdo encebollado, pronto toda la cocina de la casucha se había topado con él. Otto intento recordar las instrucciones que el Teniente Segundo Adolf Braun, les había dado a él y 30 muchachos más de la villa. Con palos, habían practicado el uso de la lanza de los mosquetes que junto a la Compañía Fusilera de Múnich llegarían en cualquier momento por ellos. Hasta entonces, él y todos seguían con sus rutinarias vidas entre los cultivos de cebada y las porquerizas de cerdo. El Guardia les había hablado de dos tipos de armas que podrían ser las que usarían, unas de mosquete moderno y otras de tipo bayoneta, no se sabía de cuales les tocarían a los de la villa Buch. Únicamente se conocía que había miles de mosquetes pero iban siendo entregados a los hombres de los pueblos que iban recogiendo a su paso hasta Alsacia. Si seguían sobrando mosquetes podrían usarlos, de lo contrario les tocaría usar las bayonetas; armas muy peligrosas para la guerra moderna pues, incluían un mechón en pólvora que calentaba la punta de sus proyectiles hasta 100 grados Celsius. Esto tenía un problema y es que si bien eran un arma letal contra cualquier enemigo, Otto había escuchado historias entre los ancianos del pueblo que contaban cómo a la menor traba del


proyectil con el arco de la bayoneta, podría salir sin dirección el mechón lleno de pólvora calcinante y que un solo rocío de ésta, la piel del disparador sufriría unas agudas laceraciones y quemaduras. Otto rogaba todos los días al Divino Niño Jesús de Praga, que no permitiera que se acabaran los mosquetes antes de que llegaran los fusileros hasta ahí. Si les tocaba un mosquete moderno, tenían que siempre halar la llave de percusión y si no serían de los… <<!Ahj!>> musitó para sí mismo Otto al no recordar el resto de la instrucción. Sabía que había otro tipo de mosquete, pero no podía recordar cómo les habían dicho que se manejaba. Tendría que esperar a que Friedrich llegara para que se lo recordara. Friedrich era su vecino y amigo de toda la vida, compartían una parcela de cebada en la colina Hessel. Donde Friedrich con su Esposa Ana, una joven de 13 años habían instalado los 5 cerdos que el padre de ella les regaló por su boda. Otto tenía pensado poner él las semillas de cebada feminizadas con un sistema novedoso que se habían inventado los Príncipes bávaros, se trataba de un injerto a cualquier planta de cebada por medio de un amarre en uno de sus salientes, esto alteraba con el tiempo la estructura tanto física como molecular de la planta. Era un descubrimiento muy novedoso que había puesto a los hermanos Von Bentheim, un par de príncipes quienes examinaron la cebada en una serie de viajes a Asia y elaboraron en la misma Múnich lo que denominaron sistema de feminización. Se hacía para germinar los granos de la cebada con una serie de rasgos muy particulares; los azucares, grasas y proteínas de los frutos en dichas plantas feminizadas, generarían un tipo de grano óptimo para el suelo de la zona Bávara y para la posterior fermentación de éstos en el proceso de elaborar cerveza. Aprovechando el decreto por Principado, que los Nobles hermanos habían logrado, se enseñaría a la población rural la forma en la que podrían hacer tales injertos. Otto había estado esperando con ansia el turno de Nueva Ulm para aprender hacerlo y poner él estas súper semillas en la parcela con Friedrich. Como ya contaban con cinco cerdos, la boñiga para fertilizar el suelo estaba lista, lo único que podía arruinar el proyecto sería nada. Pensaba Otto, pero desafortunadamente para sus planes, sí hubo algo que destruyó el proyecto. En vez de llegar una delegación botánica con las fantásticas ideas de feminización, lo que arribó a esa pequeña villa fue La Guardia Imperial y sus ideas anti napoleónicas. Él estaba de acuerdo en que no se podía permitir a Francia invadir Europa, pero prefería dedicarse a esa pasión cervecera en la que se había criado. No entendía por qué ellos, gente pacífica que sólo usaban las armas las noches de tempestades para espantar el espíritu de Mefistófeles, un demonio que se decía azotaba a la población como castigo por los conversos al luteranismo. Un credo del norte que poco a poco se colaba destruyendo a su paso las buenas costumbres, peor que el mismísimo Napoleón y sus tropas. Tenían que ir a la guerra, si ni siquiera habían tenido alguna instrucción militar seria. <<¡Pedernal!>> Recordó Otto, los mosquetes que son de lote viejo usan pedernal en vez de pistón, por eso su uso es más demorado y su precisión menor. Tomo la escoba de paja que tenía su Madre junto al borde de la puerta para trancarla y simulo los ejercicios de instrucción militar que el Guardia les había dado; lo primordial la forma de avancarga, contrario a las pistolas los mosquetes siempre se cargaban por el cañón. Imitando la carga de la pólvora a través del cilindro y los siguientes pasos, Otto apunto con la escoba hacia la ventana de la cocina la ladera de la Colina Hessel y disparó. ¡Bang! Retumbó el sonido de la puerta al cerrarse estrepitosamente por no estar trancada.


-¡Ahg! Me diste Otto. Dijo Friedrich que se veía bajando la ladera, tirándose al suelo mientras sujetaba su mano derecha con fuerza sobre su pecho izquierdo, como si Otto hubiera disparado exactamente en su corazón. Y acto seguido se echó a reír, con fuertes carcajadas que molestaban a Otto, Friedrich se retorcía en el polvoriento piso del camino. -¡Ya cállate! –Le dijo Otto ofuscado-. –Si no paras no te daré de comer. -Eh, cómo me vas a dejar con hambre después que me disparaste. –Respondió Friedrich, siguiendo la burla-, -Vamos hombre, huele delicioso. ¿Qué cocinas? Friedrich entró en la cocina y viendo con atención la estufa de carbón, codeó a Otto y se sentó en una silla vieja de madera suiza. -¡Qué delicia! Cebollas al estilo Bamberg. Otto tienes que darme un poco al menos, eres el único hombre que conozco que sabe cocinar. Si fuera mujer me casaría contigo. Otto sacó una chuleta enjugada de cerveza y aros de cebolla mientras Friedrich se reía de sus propios comentarios. La puso en una bandeja metálica y se la dio al risueño bávaro. Éste último la tomó, con sus dos manos por los bordes y dando un fuerte alarido reprochó a Otto. -Pendejo, esto está hirviendo. Otto se echó a reír en acto vengativo a las burlas de hace un momento y le dijo a su amigo –Esto multiplicado por dos es lo que sentirás si el mechero de tu bayoneta sale disparado soltándose de su arco. -Eso sólo ocurrirá si soy lo suficientemente de malas, como para que salga en dirección mía, ya te lo he dicho siempre sale en dirección del proyectil; o sea, rumbo a tu oponente. Y lo de que salga así una mecha sólo pasará en caso de que sea lo suficientemente estúpido de no aceitar constantemente el arco de la bayoneta. Más bien dime ¿Qué se sabe de los Fusileros? -Nada, por eso quiero que vallamos al comando Imperial de la Plaza, preguntémosle al Guardia ese… -Braun, Adolf Braun. –Termino Friedrich al ver que Otto no recordaba su nombre. -Él debe saber algo. -Sí está bien, lo que digas. Pero primero terminemos de comer vale. Los fuertes y peludos brazos de Friedrich se abalanzaron sobre la chuleta y empezaron a guiarla por pedazos hasta su boca, sagazmente destrozaba con sus sientes de las unificaciones de la carne que cedían a los fuertes pulsos y apretujones de su dentadura Halando contra sus manos. -Otto está muy buena ¿Le aplicaste la cerveza que cosechamos? -Sí. -Es una lástima que tengamos que posponer el cultivo de cebada. –Refunfuño Friedrich, mientras sacaba algo de su bolsillo y se lo mostraba a Otto. –Pero mira, estas son semillas de Lúpulo,


se dan en una zona baja de Alsacia. Es posible que podamos traer algunas con nosotros, oí que estas especias le dan más aroma a la cerveza que el lúpulo que puedas encontrar en Baviera. Otto se acercó con curiosidad a las semillas, mostraban unas salientes verdes, seguramente con ese tipo, la cerveza queda muy amarga pensó; ideal para su proyecto. Tomo algunas de la bolsa en tela que traía Friedrich y puso una en la punta de su lengua, se sentía rígida; seguramente el fruto sería muy seco y con una suficiente levadura podría lupulizar una gran Proción de malta espesa. Valía la pena intentar a ver el resultado, quizá serían los primeros en usar tal lúpulo para amargar una cerveza Bávara. No siempre pasaba, tocaba realizar todo el proceso a ver cómo se comportaba a la hora de mezclar todo, pero seguramente de tomar una buena textura. Sería una gran cerveza. Lo malo eran dos cosas; primero ellos no iban a Alsacia en plan de expedición botánica y segundo, la melaza de Ulm era y es especial, no se deja combinar fácilmente así que no se pude utilizar cualquier producto. Es posible que el almidón no sea el deseado y la cerveza quede pegajosamente espesa, textura que no sirve, pues debe resultar en un matiz de liquida. -Sí amigo, te lo digo –Continuo diciendo Friedrich mientras Otto observaba las semillas. – Vamos a partirle el culo a Napoleón III y a traeremos unas buenas de estas semillas. ¡Ah! y a conseguirte una mujer Alsaciana para ver si dejas de ser un solterón. Los dos jóvenes salieron de la casucha bajando por el resto de la ladera. Otto iba mirando desde esa posición panorámica toda la Plaza en el centro del Poblado y preguntándose si realmente volverían vivos de la guerra, miro luego a su amigo con mucha nostalgia y sonrió oyéndolo haciendo un recuento de las mujeres que tendría cuando invadieran Alsacia. Según él tendría algún amor allá con una refinada francesa prometiéndole liberarla de las garras de su odioso emperador Bonaparte y luego al regresar tendría otra al regresar como un héroe que salvara a Prusia. A demás hacia también cuentas de alguno que otro amor furtivo de Camino a Alsacia. -No sé, quizá conozca alguna leñadora de Reutlingen, dicen que son mujeres enormes, con pechos del tamaño de un balón de football. Y tú sabes Otto cómo se me da de bien el manejo de pelota. El ambiente era frío y se sentía un viento desconsolador que sacudía con fuerza las ya débiles hojas de los árboles que empezaban a caer. Había pasado ya el festival cervecero de Nueva Ulm y donde antes se sentía la festividad veraniega ahora sólo soplaba el viento. Tajante y helado, guiando a través de los linderos de Baviera y su Federación contigua. Donde hubiera muchos carruajes transitando hace algunos meses ya no se sentía nada más que los pasos desolados de los dos jóvenes. Era como si la Villa estuviera muda, pero no lo estaba. Lo que realmente ocurría era que muchos habían dejado sus tierras para irse rumbo al este. La familia de Otto, se había dirigido hacia el Imperio de Austria-Hungría, donde vivían gran parte de sus tías. El temor de la guerra que se avecinaba había causado un gran temor entre los habitantes y tan sólo llevaban mes y medio de conflicto, los aires denotaban la presencia de la muerte, mucho más fuerte, mucho más latente que el mito de Mefistófeles. Algo que molestaba a Otto era tener que luchar contra el hombre que había mantenido alejado de Francia a los protestantes y que además defendió al Papa de la rebelión que se había generado en Roma. Por muchos años le escuchó al mismo Padre Gregory decir como la ley Falloux de Napoleón III enseñaba a los niños


franceses la verdad sobre la historia de Cristo. Y todo hecho mientras en Alemania seguía tomando más fuerza el Bajo Alemán y su cultura protestante. Por fortuna pensaba Otto, el dialecto del Bajo Alemán no se había colado en la zona Bávara, pero sí una parte del protestantismo. Recordó mientras Friedrich recordaba los amoríos que había tenido en la mina de Augsburgo, lo que le había explicado el Padre Gregory sobre el por qué atacar al mismo gestor de la ley Falloux. Se basaba más en un discurso que le hubiera dado su padre o alguno de sus colegas en los mítines por la Gran Alemania. Un grupo de campesinos que promulgaban una serie de ideas pangermánicas en las que los polacos y lituanos de la zona norte eran vistos como una mala influencia y peor los que como la tía Anette y Alexandra se habían ido a Austria-Hungría. Ellas eran mal vistas por haberse ido en los días de paz, pero ahora que se avecinaba una guerra empezada realmente por los beligerantes Prusianos del Norte. Hasta su propio padre veía con buenos ojos la frontera Austro-Húngara. -No entiendo por qué nosotros, tenemos que pelear las guerras de los prusianos. Baviera era un Reino pacifico, de ideas como la nuestra con los cultivos y ahora nos tenemos que volver belicosos como esos respingados del Norte. -Otto, sabes bien que no me fascinan los prusianos pero tampoco los odio. Son como nosotros sabes, sólo quieren una cultura germánica organizada. -Nosotros somos romanos y no desafiamos la Iglesia de Dios. -Por favor, en serio te hará bien salir de este pueblo. Nosotros no somos romanos, ni siquiera conocemos Roma y la verdad es que lo único que sabemos de allá es que vive el Papa. Si es que enserio sigue ahí, aunque con tanto enemigo que tiene hoy, lo dudo. Esta guerra te sacará del cascaron mi querido Otto. Ya entiendo por qué tienes 15 años y aún no consigues una mujer, tienes que salir del Reino. Descubrir que hay algo más del principado y estas porquerizas y gracias a los prusianos del Norte vas a ver mucho más de lo que te imaginas que hay. Lo único que esperaba encontrar Otto fuera de Baviera era el caos que los Prusianos en su anhelo de dominar el mundo habían creado. Ya había llegado dicho caos a la alegre población de Ulm y remataría en Alsacia. Los dos jóvenes siguieron caminando y vieron a lo lejos la carpa que el Guardia Imperial había montado en el centro de la plaza.

-¡Hey! Friedrich hermano de causa. ¿Cómo estás? –Saludó alegremente el Guardia Adolf mientras zigzagueaba su brazo derecho. Otto sintió como un burlesco eso de que ese citadino llegara a llamarlos hermanos de causa, cuando solo era un lacayo arrodillado a los deseos del Prusiano Guillermo I, un hombre que contrario a los príncipes Bávaros, no estaba interesado ni en la ciencia ni en el desarrollo por la tecnología. Sólo ganar guerras y disparar a lo loco para donde fuera que su cañón lo guiara. -Bien, Señor Guardia. Mire le traigo una autentica cerveza Bávara, está es del labriego de mi colega junto conmigo. Pruébela, es de elaboración procesada por eso verá que su aspecto es cristalino. Usamos agua del río Main.


Friedrich alcanzó una lata cilíndrica ya oxidada, sobre la que reposaba la bebida espirituosa mientras Otto, lo miraba con reproche y el Guardia extendía sus manos anhelante de beberla. -Cómo es que trajeron el agua desde tan lejos ¿Por qué no usaron agua del río de aquí? Pregunto Adolf con desconcierto, como si le hubieran dicho algo absurdo. -Porque el agua del Danubio no es igual. Pruébela y vera de qué hablamos. El escéptico Guardia dio un sorbo al trago y sintió por sí mismo lo que quería decir Otto -¡Qué sabroso! como la espuma se diluye en el paladar, se siente un delicioso aroma a hierbas de campo, me recuerda mi niñez en los prados de Fürth. Huele igual que esos prados. ¿Cómo logran que huela tanto si no están las hojas de las hierbas aquí el vaso? -Sí están, están bien mezcladas, por eso sólo ve el líquido y en cuanto a cómo lo hacemos verá… Otto codeó con fuerza al hablador Friedrich antes que pudiera seguir su amena charla. -Eh… bueno, no le puedo contar cómo lo hacemos pero más tarde le puedo traer algo de pan que hace mi Mujer. -Entonces no les contaré las últimas notificaciones de Múnich. -¿Qué por qué cree que venimos a eso? -A qué más vendrían un par de muchachos hasta aquí. Y con cerveza. Hubo un silencio, pues ninguno estaba dispuesto a ceder en revelar eso, ni siquiera por información. El Guardia se dio cuenta de eso y decidió hacerles mejor una oferta. -Hagamos esto, tráiganme más y los mantendré al tanto de todo. Otto intentó responder pero Friedrich se le adelantó. -Seguro, en unas horas le traeremos pan, mi Esposa lo hace delicioso. Usa la misma levadura que usamos para esta cerveza. -Yo no quiero pan, no leen la biblia. No sólo de pan vive el hombre. Si me van a traer algo, que sea más de esta suculenta cerveza. -Pues, yo no leo la biblia porque no me gusta, además de que sé leer pero muy lento y algunas cosas palabras las desconozco; lo mismo algunos textos. Y él, no la lee porque es católico. -Las formas pretéritas y las conjugaciones subjuntivas y gerundios. Cualquier verbo que esté entre esos modos, Friedrich no lo entenderá. El guardia Adolf giro su mirada hacia Otto y frunciendo el ceño le dijo. –No le parece absurdo que los curas romanos sólo permitan leer la biblia a los sacerdotes.


-No, no me parece mal. Ellos son los que la interpretarán bien, en el original y no en ninguna otra lengua por una persona sin preparación y sin la castidad que requiere el discernimiento de la palabra. -Sea en alemán o en latín es el mismo mensaje, pero no voy a discutir por tonterías de religiosos. Estoy muy seguro de que la verdad está en una relación directa con Dios y no a través de otros. Usted Señor… -Goebbels, me llamo Otto Goebbels. -Usted señor Goebbels, limítese a traerme más cerveza que yo me limitaré a darle las nuevas que sepa. Las manos de ambos Hombres se estrecharon con fuerza. Otto miraba con finura directamente a la cara del Guardia que seguía frunciendo el ceño. Las manos se soltaron como cerrando el pacto y Friedrich trató de calmar los ánimos entre las dos fuertes miradas y dijo. -Venga muchachos; Luteranos, Romanos. Todos somos iguales, somos Bávaros y nos gustan los pechos grandes y las cervezas amargas. Aunque las sonrisas de Otto y el Guardia no se hicieron esperar con el comentario, sus miradas siguieron siendo penetrantes y rígidas. Otto en particular no iba ceder a la pugna con un citadino asido a las corrientes de los Bálticos, siendo tan Bávaro como él. El apretón de manos llegó a un fin tan silencioso como había comenzado y finalmente el Guardia habló mientras dejaba la lata suspendida entres sus dedos por el borde. -Quizá hayan oído del Zollparlament. -Sí claro. –Respondió Friedrich-. –Es por lo que peleamos, el derecho de tener unas relaciones libres con Prusia. -Pues según se me informó, no sólo vamos a compartir una relación aduanera. Ya por fin seremos una nación unificada, como siempre ha debido ser. Nuestra misión es entrar como ya les había comentado en Alsacia y Lorena para lograr dos puntos; el primero es evitar que Francia se interese por Luxemburgo y el segundo es unirnos todos los Germanos en una sola causa. Así que en nuestro paso a Ulm, esperaremos por una comisión de Comandancia directamente de Berlín. -Ves te lo dije. -Espetó Otto a su amigo olvidando que el Guardia seguía ahí-, -Nos van a dirigir esos prusianos. Berlín no es nuestra Capital, ni siquiera hace parte de nuestro Reino. -Escuche, Goebbels cierto. Nadie dice que los Berlineses nos guiaran, simplemente nos ayudarán a evitar que Francia se apoderé de Europa. Una vez eso pase, quizá no nos unamos, quizá sí. Y si eso llega a ocurrir, hasta es posible que la capital sea Múnich. -Los prusianos nunca dejarán que la capital sea Múnich, y no lo van permitir porque son ellos los que quieren apoderarse de Europa. Si les permitimos hacer un solo reino con nosotros, van a intentar acabar con el resto del mundo. Quieren el planeta para ellos solos. -Otto, amigo. –Lo tranquilizó Friedrich-. –Estás exagerando, aquí solo estamos luchando contra un enemigo común, qué más da. Nuestra verdadera misión ya sabes cuál es.


-¿Cuál es? Preguntó el Guardia. -¿Disculpe? -Ya me escuchaste, Friedrich. ¿Cuál es la misión que tienen ustedes dos? Preguntó molesto el Guardia Adolf. -Pues conseguir un buen puñado de lúpulos Alsacianos para aromatizar nuestra cerveza al regresar de la guerra. Y claro, enamorar un par de alsacianas mientras acabamos con esos amanerados franceses. -Bueno, pues… De todo eso, lo único que les puedo decir es que hay una única verdadera misión; traten de salvar sus blancos traseros de los oscuros perdigones que disparan esos malditos franceses. Porque una vez estemos allí, no verán mujeres ni mucho menos lúpulo. Lo único que verán será la lluvia de plomo que los mosquetes Charleville disparan a centímetros de su cabeza. Son de un manejo suave y los franceses son el doble de rápidos en recargar que el mejor de los fusileros de Münich. Serán amanerados, pero tienen el arma y las manos más veloces de la guerra. -No lo dudo, por eso somos mejores. Mientras ellos se vienen rápido, yo puedo durar con tres mujeres al tiempo, el doble de lo que cualquiera se los fusileros franceses. Así que sí, tienen el arma más rápida, pero no la mejor. El Guardia soltó una bocanada de risotadas al escuchar las sandeces de Friedrich. Sólo después de recuperar el aire pudo decir entre jadeos y risillas. -Sabe, Friedrich. Usted me recuerda mucho a mi Padre, un hombre que igual a usted, creció en una villa bávara y se cree el mejor en todo. -Nunca lo duda Guardia Braun, Baviera, es la mejor tierra, con los mejores hombres y la mejor cerveza. Por encima de nosotros sólo está las águilas, las Bayern adler. Ese fue el único comentario con el que Otto, Friedrich y Strelitz estuvieron de acuerdo, fue tan entrañable entre los tres que logró hacerlos brindar. Como solo había una cerveza en el acto, los tres alzaron su vista hacia el cielo y bebieron cada uno un sorbo de amarga cerveza. Desolados y fríos. Los tres se encontraban igual; el cielo, la cerveza y la villa de Buch, definitivamente la guerra estaba por comenzar y Otto soñaba con lograr traer las semillas de lúpulo que Friedrich le había enseñado. Nada era seguro pero valía la pena intentar una fermentación con aquellas plantas alsacianas, quizá en ellas se encontraba el mejor aroma cervecero del mundo. Luego del brindis, vino un segundo apretón de manos. Esta vez con más fuerza que el primero, pero los ojos del Guardia y Otto se miraban con ahínco; luego de esto, los dos jóvenes campesinos se fueron rumbo a la colina Hessel. En el camino, los dos empezaron a recordar anécdotas sobre la clase de catequesis, un cuestionario católico a modo de preguntas y respuestas en su mayoría religiosas con el que el Padre Gregory había empezado hace 8 años un proyecto de alfabetización en todo Buch. Era el motivo de muchos padres pues, contrario a ellos sus descendientes aprenderían a leer y escribir con el grado y la fluidez de un sacerdote. Además también aprenderían sobre un desarrollo muy impresionante que el Padre Gregory había aprendido en la mismísima Berlín. Se trataba de una ciencia muy moderna que entendía las causas


del mundo visible sobre el cual la física se basaba, era algo extraño que Otto realmente no comprendía pero que explicaba varios fenómenos que en la física no se entendían totalmente. La química era el nombre que recibía esta increíble y moderna ciencia, y explicaba cosas muy minuciosas como la trasformación que sufría en su composición la cebada al volverse cerveza. -Que sí hombre, es cierto. -Otto, Cómo me vas a decir que hay algo más pequeño que un grano de sal. -Los granos de sal se pueden dividir, así que no son la materia más pequeña. -Por favor, ves por qué dejé de ir a esas estúpidas clases del Padre Gregory, les está hablando puras pavadas y ustedes las creen. Si le doy un grano de sal al Cura ese, estoy seguro que es incapaz de partirlo en dos partes. -Él quizá no, pero ya lo han hecho. En Berlín ya lo hicieron. -En Berlín como tú mismo has dicho; sólo hay prusianos. Por eso es que tienes ya 15 y aún no consigues mujer Otto, deja de andar con ese Padre. Los sacerdotes no se casan y tú vas para igual si no dejas de andar con ellos. Otto sintió una gran molestia que Friedrich, un sujeto que sólo se había casado le dijera lo que debía hacer, como si hubiera logrado algún título nobiliario. -Escucha, tú no sabes nada porque jamás has estado en Berlín. -Mira, no hablemos de eso. Porque si a eso vamos, tu tan sólo has viajado hasta Ulm. Era verdad, Otto no había ido más allá del cruce del Danubio hacía el reino vecino de Württemberg, por eso era que su único contacto con el mundo fuera de los cultivos de cebada y las porquerizas era el Padre Gregory. ÉL era junto a la familia ducal las únicas personas que en todo Buch habían estado alguna vez en Berlín. Y para un provinciano como él sería imposible poder si quiera ir a la hacienda del Duque Hans Von Bentheim, uno de los hermanos que desarrollaba desde Münich el proyecto de semillas feminizadas. La única vez que Otto fue a su hacienda en la punta de la Colina Hessel, fue cuando tenía 8 años y el Duque celebró en su jardín el comienzo de las clases para los hijos de los siervos en sus parcelas. Una estrategia para que los campesinos de la Villa, no se hicieran en los cultivos de otros Nobles sino que permanecieran cultivando sus tierras, el padre de Otto consideró muy valioso el que sus hijos recibieran clases con el Padre Gregory y que éste diera su bendición a las parcelas del Duque Von Bentheim. En contra parte, el papá de Friedrich, un liberal que veía en la monarquía un sistema amañado; consideró innecesarios los aportes de un Cura en lo que era para sus ojos, un tema meramente político. Así que dejo de cultivar en la zona del Duque y comenzó su proyecto porcino utilizando la tierra junto al camino que conducía a la ciudad de Nueva Ulm. Sus cerdos tenían que vivir con él y sólo podían alimentarse junto a dicha carretera, Tenía que tener mucho cuidado, ya que las plantas pinosas a los bordes de la carretera se componían en espinas que podrían chuzar sus cerdos mientras se alimentaban, además las plagas de algunos lugares podían, y de hecho lo hicieron; enfermar a sus animales. El césped y la comida junto a la carretera no eran tan adecuados como las parcelas de Von Betheim pero al menos no se supeditaba a un monarca.


-Tú dejaste las clases porque tu padre no continuó en la zona del príncipe. -Y un favor que me hicieron, de haber seguido, no tendría mujer y hablaría puras sandeces como tú. Otto intentó replicarle pero le pareció irrelevante pelear con el único que estaría en todo momento junto a él durante la guerra. Es posible que en algún momento hasta le salvara así que lo mejor era llevársela bien con Friedrich. -No importa, al final tanto tú, que no estuviste entre los siervos del príncipe como yo, que sí estuve terminaremos peleando la guerra de los Prusianos contra Napoleón III. Friedrich jadeo un instante, miró en dirección a su casa y balbuceó. -Sí, es el destino de los que no tenemos un sonoro y prestigioso título <<Von>> antes de nuestro apellido. Los dos hombres se dieron la mano y deseó el uno al otro una buena noche. Otto se dirigió a su casucha. Divisó a lo lejos a kaiser, el pastor alemán que su padre utilizaba para guiar el felpudo ganado Angus del Príncipe. Hacía ya años que Hans Von Betheim había vendido dicho ganado. Lo hizo desde que empezó a pensar en el proyecto cervecero. Al parecer se casó con una plebeya hija de un industrial cervecero que resultó tener mucha más fortuna con su empresa que la misma familia del príncipe. En toda la Villa se rumoraba que Hans pretendía dedicarse a la inversión empresarial, algo que era muy extraño en un noble, pero que poco a poco se iba dando con más frecuencia. La madre de Otto había visto el casamiento con una mujer del común como un acto muy sublime por parte del príncipe, pues nunca en toda la historia de Buch había ocurrido tal cosa. Una mezcla entre la nobleza y alguien de sangre común era tan excéntrica como la mezcla que Friedrich proponía con lúpulo alsaciano y cebada Bávara, sólo podía ocurrir en tiempos modernos. Llegó con kaiser hasta la cabaña y una vez en su habitación oró pidiendo a Dios una respuesta. ¿Por qué tenía que ir a la guerra? El aceite de su lámpara se consumía velozmente mientras una pequeña llama de fuego que iluminaba el pequeño recinto, temblaba serpenteante llevando y trayendo la poca luz que había. Esa era la única respuesta que Otto encontraba, un silencio interrumpido por el paso del viento que ladeaba la luz de su lámpara. Jamás había visto un francés, en la clase del Padre Gregory se hablaba de ellos todo el tiempo pero la verdad quizá ni el mismo Padre sabía cómo eran esos extraños seres llenos de estereotipos en Buch. El más común de dichos estereotipos es que gozaban de una amplía arrogancia y que deseaban dominar toda Europa. Otto dejó de mirar la luz de la lámpara, se acostó y extendió su brazo para apagar la lámpara. Luego se dispuso al sueño y terminó su oración utilizando una esquemática palabra aramea; amén.


II Reino de Baviera, Agosto de 1870. Al día siguiente, Otto abrió los ojos. Una pequeña luz se colaba a través de los orificios desgastados en la madera de la vernácula Hallenhaus. Una casa-granero que se disponía en dos secciones. La primera era la vivienda, que constaba de una serie lineal de habitaciones salvo por una; la última, que era la Wohnstube, un cuarto de estar en el que Otto y su padre regaban los granos de cebada germinados para maltearlos. Fue a la cocina en el edificio siguiente y al pasar por la Wohnstube recordó con el olor a malta las peleas entre su madre que no quería ver un solo grano más regada en el suelo del cuarto de visitas. Mientras su padre le decía que ahí, entre esos granos estaba el futuro de la familia, el problema era ir a Holanda, un país que promovía la elaboración de cerveza. -Allá, es donde debemos mudarnos algún día hijo. Sentenciaba el viejo Abelard, un tozudo bávaro que educó a Otto con la dureza de gruesa voz. -Allá es donde te iras tú solo, mis hijos y yo no vamos a aventurarnos en un invento de borrachos. Contestaba la madre tomando a Otto y a sus tres hermanos, como protegiéndolos de las ideas de Abelard. Mientras éste miraba por la ventana en dirección al noroccidente, buscando con eso, la anhelada tierra holandesa donde estaba seguro; que estaba una fortuna esperándolo. La sala de estar se encontraba totalmente vacía. Otto se dirigió a la cabaña contigua donde estaba la cocina. Cruzó los empedrados caminillos que su padre aplanó y abrió en la parte trasera y se dispuso a preparar unas tostadas con mermelada y miel. Fritó unos huevos y acompañó todo con unos deliciosos panecillos Brötchen, los últimos que quedaban, luego de que su madre se fuera. Mientras devoraba la mermelada escurrida en las tostadas, pensó un segundo en escapar, ya antes lo había meditado. El problema era ser descubierto, la condena definitiva a un joven de 15 años como él que no sirviera en la guerra sería tildada de alta traición. Todos los estados germánicos habían puesto en la mesa su juramento de apoyar a Prusia en su cometido. Para Otto era claro que algún prusiano había establecido una superpotencia con dos nuevos conceptos; la Confederación Alemana del Norte, una acumulación de naciones germánicas que ampliaban por miles de kilómetros las fronteras de la anterior Prusia y el Pangermanismo, una elocuente teoría que suscitaba el deseo de volver a ser una nación de tamaños colosales como cuando Otto nació. Para él era claro que cualquier proyecto de unificación, implicaría una guerra, lo cual estaba bien si no tuviera que cumplir su sueño de ser cervecero. Pero ese demonio voraz, no permitiría que ni él ni ningún muchacho de su generación lograran algo distinto a una agotadora carrera militar. Eran tiempos de guerra y ello implicaba que los campesinos se irían del reino, como lo hizo su familia o que se dirigirían a las antiguas fábricas de cerveza a fabricar botas para las guarniciones. La comida se acabó y la puerta de la cocina se abrió estrepitosamente, detrás de ésta se hallaba Friedrich. -¡EH Colega! ¿Adivina que hay en la plaza? Otto puso cara de horror, sabía exactamente lo que había en aquella desprovista plaza.


-Venga Otto, no pongas esa cara hombre. Aún no es el grupo completo de los fusileros de Múnich pero sí han llegado algunos y acompañados de soldados del norte, tus primos, los prusianos. Han llegado con una enorme bandera de la Confederación del Norte. La idea de una bandera norteña en zona bávara le producía nauseas a Otto. Pero efectivamente, cuando los dos se acercaron a la Plaza divisaron desde la falda de la montaña Buch. Ahí estaba, la imponente bandera norteña de fondo blanco, con una ostentosa Adler en el centro, sus alas extendidas formando una circunferencia celtica. Irrumpida en un costado por las franjas negra, blanca y roja del emperador Guillermo I. Los reinos volvían a unificarse, los estaba unificando aquello que los superaba, aquello que era para Otto una vergüenza. No los unió la lengua, ni su origen teutón, tampoco los unió la cerveza o el chorizo, ni siquiera la tierra. Lo único que fue capaz de volver a unir a los pueblos germanos fue la guerra. Las dos banderas se dejaban guiar desaforadas por el viento, bailando en una danza tempestiva, motivadas por la causa común de tomar Francia. Al unísono la bandera bávara se contorneaba junto a su hermana del norte. En el improvisado puesto de control donde ayer estaba el soldado Adolf solo, ahora lo acompañaban un par de berlineses. -Genial, ahora vamos a viajar con una bandera extranjera. -Otto, cálmate. –Lo tranquilizó Friedrich-. Mira, algo de tabaco español es lo que necesitas. Friedrich, sacó un grumo de picado y lo raspó contra una piedra para terminar de trillar las hojas, una vez pulverizadas sacó un papelillo de acre y empezó a liar el fuerte y oloroso grumo de hojarasca. -¿Cómo has conseguido eso? -Se lo cambié a los norteños de la bandera por más cerveza de la que le llevamos ayer a Adolf. -¿Qué? -Ya sé, ya sé. –Recalcó Friedrich como si ya tuviera preparada esa discusión-. No te preocupes, ya tengo todo arreglado. Lo de las cervezas fue sólo para romper el hielo. Tú sabes, les brindé unas cuantas de nuestro producido para hablar con ellos. -Son prusianos. -Se molestó Otto. -Son nuestro pase a la libertad amigo. -de qué hablas, no somos esclavos. -¡Ah no! Te parece que dar tu vida por los intereses de los pijos adinerados con apellido Von no es ser un esclavo. Somos igual de esclavos que los colonos de Kenia y peor. Al menos ellos no tienen que dar la vida por su amo. Pero tranquilo ya verás lo que va a pasar esta tarde cuando llegue la delegación de Múnich. -¿Qué? ¿Qué hiciste? -Ya lo verás, ya lo verás.


Friedrich se fue alejándose rumbo a la plaza; donde la mano de Adolf lo saludaba. Otto quedó preguntándose con qué saldría ahora su viejo amigo. Decidió no pensar en eso, a la larga nada podía hacerse. Se dio vuelta y fue a esperar la llegada de los muniqueses. Fue hasta la ladera de su patio donde se encontraba su pequeño cultivo de cebada. Recordó la primera vez que su padre le mostró el uso del cereal, usando su estructura para crear un forraje. Miró a sus pantalones y palpó con su mano el forraje artesanal con que los hombres como él, los que Friedrich denominaba esclavos; usaban para sostener sus pantalones ajustados, un forraje a base de cebada. Los pijos <<Von>>, como su amigo decía, usaban unas largas tiras de cuero que provenían directamente de los lomos de las reses, eran un novedoso desarrollo que los franceses habían llevado a un nivel asombroso con un concepto que enamoró a los príncipes germanos, el art nouveau. Luciendo unas impactantes pretinas llenas de líneas semejando los patrones de la naturaleza, se pavoneaban por toda la plaza encintados en sus cinturones de cuero. El proceso de transformar el cereal en una herramienta funcional impactó tanto a Otto que quedó muy movido por saber más de éste. Luego descubrió que era usado también como condimento para cocinar y finalmente que era el elemento clave para elaborar la famosa cerveza lager tan típica de Buch. Desde cinturones para pobres hasta bebidas que desbordaban la mente de los hombres, todo se podía hacer con ese cereal. Sus plantas ya tenían una altitud de un metro ochenta y espolvoreaban granos fértiles que caían como perdigones por doquier. Era quizá la última vez que vería ese cultivo, al irse a la guerra y sin que nadie lo cuidara, lo más probable es que el cultivo pereciera. Se despidió de sus plantas, de los cerdos de Friedrich y de Kaiser, que en su noble inteligencia gemía mientras lamía las manos temblorosas de Otto. Abrazó al perro como si estuviera abrazando a la montaña de Buch, a sus habitantes, a su familia y a toda la vida que estaba dejando. Se mantuvo aferrado al animal, y éste le correspondía con unos fuertes lengüetazos en las mejillas. Una pequeña lágrima se deslizó sutil por su rostro y Kaiser con su lengua la secó en una pasada babosa. Se incorporó y vio a Adelbert descender de la casa vecina. Aldelbert Aigner era un joven escuálido que había crecido igual que Otto bajo las directrices del Padre Gregory. Al igual que Otto su familia cultivaba cereales, la diferencia era que el cultivo de los Aigner era de maíz. El pueblo se repartía en distintos cultivos sobre la tierra de los príncipes Von Bentheim, una extensa tierra fértil en la colina Hessel. Cada porción de tierra estaba destinada a una familia en particular y para poder habitarla, los campesinos debían dar una parte en peso específico a la familia Von Bentheim. Friedrich pudo pertenecer a la Colina cuando se casó y le dieron una parcela, antes de eso vivía en una región infértil y despoblada donde terminaron los sublevados que se oponían a la monarquía bávara. Eran una pequeña comunidad aislada que sentía la necesidad de hacer retornar el periodo de unificación germánica, denominado Confederación Germánica. Se trataba de un periodo en el que tras acabar con la Confederación del Rin, proyecto de Napoleón I y que unificaba una enorme porción de los reinos austriacos y alemanes. Debido a que la confederación germánica había logrado mantener aislada a la familia Bonaparte de esa región, muchos asumían que era lo que debía hacerse para frenar al sobrino (Napoleón III) así como frenaron al tío (Napoleón I). Los sublevados sentían la necesidad de volver a ser una nación imperial y no un cumulo de pequeños reinos repartidos entre las familias poderosas. Veían en imperios como el británico el camino correcto que ellos debían realizar para lograr influir en la sociedad europea. De hecho fue el proyecto napoleónico, formar una nación imperio que permitiera


a Paris decidir el futuro de lugares tan lejanos como México. Poco a poco el fenómeno de Napoleón III le fue dando la razón a la idea pangermanista, hasta el punto que los no sublevados debían hacer parte en la batalla franco prusiana que se avecinaba. Hasta que muchachos como Adelbert tuvieron que dejar sus maizales por los mosquetes. El muchacho se acercó a Otto acompañado por dos guardias, uno llevaba un casco con adorno en forma de cresta, dicho prenda protectora iba forjada en los costados con un sujetador dorado en forma de león, del que sobresalía una cinta de cuero amarrado a su cabeza por el mentón. Su uniforme era azul claro y cargaba un fusil de percusión. Era obvio que los leones de su casco eran los del escudo bávaro y que ese uniforme entre azul y blanco representaban a la bandera bávara. El otro guardia tenía un semblante más altivo y por los acabados de su traje, se notaba más preparado para la guerra, era un soldado claramente prusiano que como todos lucía pomposo la bandera del emperador Guillermo I entre los escudos de armas de su pecho. Los tres se dirigieron hacia él, que acariciaba sutilmente un fruto de cebada que se levantaba por encima de él. -¡Qué hermoso cultivo compatriota! Saludó el guardia albiazul a Otto, dándole la mano y guardando una respetuosa distancia. El otro guardia se mantuvo indiferente y Adelbert sonriente se acercó a Otto. -Este es uno de los mejores cultivos de cebada de toda la villa. Respondió Adelbetr por Otto, que sólo miraba ofuscado a los guardias. -Muy impresionantes son estas cebadas. ¿Usted las cultivó? -¡Eh! -Dirigió Otto su vista al guardia bávaro que le hablaba y retiró su ceño fruncido del guardia prusiano-. Sí a sí es, mi señor padre y yo hemos logrado estas plantas. El soldado sureño dio un recorrido por las zanjas del cereal que en su cúspide se despelucaban en múltiples capas, formando un tapete pardo. Otto bajó la guardia con el militar y le explicó hace cuanto llevaba el cultivo. El curioso hombre exploró más en detalle las plantas y le preguntó cómo lograron ir desarrollando un cultivo de cebada que de dos carreras, contrario al resto del pueblo, que usaba de cuatro carreras. Otto quedó perplejo con la pregunta, sintió que hablaba con un conocedor y le describió la manera de producir ese tipo raro en Buch de cebada. -¡Ah! Sí -Dijo el guardia observando las espiguillas de una planta-, La espiga central está intacta y las laterales abortaron. -¡Exacto! –Se emocionó Otto-. ¿Cultiva usted cebada? -Cebada no, maíz. En Núremberg somos más de maíz, aunque también hay cultivos de cebada, no son tan grandes ni tan trabajados como los que he visto aquí. ¿Pero está cebada es para hacer qué; pan, condimento, cerve…? -Cerveza -terminó Otto de decir-, es para elaborar cerveza, tipo lager. El soldado miró con una sonrisa confidente a Otto y Adelbert y siguió.


-Debí imaginarme, si fuera para pan no le tendrían tanto cuidado. -¿Quiere probar un poco? El soldado abrió con desmesura sus ojos verdes y haciendo un orondo gesto tomó aire para responder. -No estamos aquí para eso. Sentenció el Soldado prusiano, antes de que su colega pudiera responder. El pobre soldado de azul, vio de reojo al otro soldado y luego miró en dirección de los muchachos bávaros. Su rostro se puso serio y entre dientes dijo. -Después de que le cortemos el mostacho y la cabeza a Napoleón III, me invitas a una de tus cervezas rubias. Sabrás a qué hemos venido. –El hombre se dirigió al déspota prusiano quien le alcanzó un documento. El soldado azulejo lo abrió y le dijo a Otto-. Sabrás que hemos venido en nombre del Principado de Baviera y el Emperador de la Confederación Alemana del Norte, su excelencia; Guillermo I. para… -Para Jodernos la vida a todos, ya lo sé. Se metió Otto antes de que el hombre pudiera terminar su lectura. El oficial prusiano, le rapó el documento a su homologo bávaro y tomó a Otto por el cuello de la camisa. Acercó su respingada nariz a la de éste y cortantemente le preguntó a Adelbert. -¿Cómo se llama éste? Adelbert se encrispó en un sudoroso nerviosismo que trabó su lengua. -¿Cómo diablos es el nombre de éste soldado? -Otto Goebbels. -Respondió Otto-. Y suelte sus manos de mi camisa. El oficial dijo entre dientes mientras sujetaba con más fuerza de Otto. -Escuche bien, firme la maldita acta que mi compañero trae si no quiere que el apellido Goebbels de la Villa Buch esté bajo la lista negra de las familias sin buen nombre. -¿Por qué? Preguntó Otto molesto cerrando los puños. -Por tener un traidor entre ellos. Contestó secamente el Confederado. Y lo soltó. Otto se acercó al otro oficial que le entregó el documento y un estilete entintado. Firmó el acta y se la entregó al oficial prusiano. -Sólo espero que seamos nosotros y no Napoleón los que cortemos las cabezas. -Concluyó Otto-.


Los cuatro hombres se encaminaron a la Plaza donde los demás jóvenes de Buch se reunían junto a cientos de hombres de los 39 estados que conformaban la unión alemana. No estaban aprensados políticamente como nación pero compartían la lengua, la cultura y sobre todo el mismo enemigo francés que los movió a ser uno solo. Otto se sorprendió al ver la aglomeración de soldados de todos los estados reunidos en la insipiente Plaza de mercado del pueblo, cada grupo tenía su propio uniforme y armamento. Otto y adelbert fueron guiados por el oficial bávaro a la campaña de filas azules y blancas de su estado, donde les entregaron unos fusiles de perdigón y un uniforme militar albiazul. Entre el grupo estaba Friedrich y el resto de los muchachos de la villa, cuando se vieron, los dos amigos se hicieron uno junto al otro en la fila. -¡Eh! Soldado Goebbels. -No me llames así Friedrich. -Mírate, ya eres todo un fusilero de Múnich. -No, soy un cervecero que obligaron a ir a la guerra. -Ahora que lo mencionas. Te agradará saber que hablé con un oficial, le he caído bien y nos dejará en el grupo de hombres que se queda en la fábrica de cerveza de Ulm. Amigo, he conseguido que no nos lleven hasta Francia, no tendremos que luchar. -¿Sólo porque le has caído bien? Cuestionó Otto con incertidumbre. -Bueno, yo y mis monedas de 5 pfenning le caímos muy bien. Estaremos en una fábrica de cerveza Otto, como siempre lo has soñado y ¿sabes que es lo mejor de todo? -¿Qué? -Que tendremos que hacer las botas de las tropas. <<Qué sorpresa>> pensó él. Ir a Ulm a fabricar botas en una factoria de cerveza no era el sueño de Otto en ninguna medida, pero era mejor que ir a la guerra así que resolvió agradecer a su amigo. -Te debo una Fridrich amigo. Los soldados terminaron de llegar de todos los rincones de Buch con más jóvenes campesinos que en improvisadas reparticiones tomaban un fusil de los remolques de las carrosas tiradas por caballos y una chaqueta azul, cuando éstas se acabaron los hombres tomaban casacas de color azul oscuro pertenecientes al reino vecino; Württemberg, el reino vecino. Una vez alistados todos, un soldado de casco igual al que minutos antes se había enamorado del cultivo de los goebbels se paró sobre una carrosa y habló a su compañía, en la que se encontraban Otto, adelbert y Friedrich. -Dios y patria soldados. Saludo el hombre. -Herr Comandante, su tropa la brigada de lanceros le saluda. -Respondieron los hombres de atrás que dirigían a los recién enlistados campesinos del frente.


El hombre subió más alto la voz y dijo. -Así es como se saluda a un oficial, esta vez se las paso señores de Buch, pero de aquí en adelante no son jornaleros cebada, ni fileteadores de puerco ni nada de lo que eran. Son soldados del reino de Baviera y espero tengan el comportamiento de un soldado. Ya todos firmaron las actas en las que se comprometen a darlo todo por la causa más grande que pueda tener un hombre, defender a su patria. Hoy nos encontramos en esta pequeña villa, pero mañana a primera hora partiremos rumbo al aliado Reino de Württemberg para reclutar más población. Empezaremos por la ciudad de Ulm, donde dejaremos en la fábrica Schrader de cerveza y que a partir de un mes es una proveedora de material militar, a un grupo de soldados para que trabajen y sirvan a la causa desde ahí. Los demás seguiremos el camino hacia el oeste hasta llegar a la frontera con Alsacia donde empezaremos a tomar la ciudad de Estrasburgo. Hubo una lluvia de vítores al comandante cuando habló de tomar Estrasburgo. Una vez terminaron los silbidos y aplausos el comandante siguió. -Compatriotas germanos, Estrasburgo es una ciudad francesa en la que sólo el 10 por ciento de su población es francoparlante, pues al quedar tan cerca al Reino de Baden es cultural, histórica y léxica mente germánica. Solo que los pretenciosos franceses se la han tomado para sí por sus importantes ríos y fuentes hídricas, que contrastan con su seco país. Hasta cuándo los franceses seguirán robando a otros pueblos. Le quitaron la Gioconda a Florencia, invadieron España, trataron de tomar para sí México y ya nos quitaron Estrasburgo. Otto sentía como una burla, las menciones acomodadas de aquel militar, pero la masa a su alrededor se emocionó al punto de estallar en algarabíos. Él intentó darle su opinión contraria a Friedrich pero cuando se volteó para decírsela, lo vio tan conmovido con el discurso que dejó así. -Hoy les digo, no viviré en un mundo donde Francia se toma todo sin importarle la gente, prefiero morir antes que ver a Europa convertida en lo que ya es África, una colonia servil de Napoleón. Friedrich estalló en gritos que se acumulaban con los bramidos de los demás jóvenes, quienes hace unos minutos estaban en sus parcelas y ahora se acababan de convertir en héroes dispuestos a darlo todo por una ciudad que ninguno conocía en la frontera de Francia y Baden. De repente todos al unísono arrancaron a cantar fuertes arengas. Una a una las demás compañías a su alrededor de Bávaros, Badeneses, Confederados y Wurtembergueses cantaban en una grandilocuente voz. Una voz compuesta por los cientos de hombres que se en caminaban en dirección del oeste, una enorme voz de la que sólo un hombre no hizo parte ese día; Otto Goebbels, quien permaneció en silencio mientras el tronante cantar se tomaba esa humilde plaza de mercado en el pequeño poblado de Buch al este del Reino de Baviera. El resto de la tarde, los hombres se adueñaron de la plaza montando una serie de Campañas con bastidores frontales sin puerta que hacían las veces de entrada a cada una de las carpas, destinadas para ser habitadas por tres hombres. Cada guarnición tomó un punto de la plaza y organizó sus neófitas tropas. La de los fusileros de Múnich, apoltronó las carpas de manera circular. Esto según su director, el Teniente Adolf; era la forma más impenetrable del enemigo y todas las noches debía de acomodarse así. La carpa en el quinto peldaño circular era la de Otto, Friedric y Adelbert, cada hombre quedó en colaboración militar junto a sus más cercanos vecinos. El Teniente Adolf, sabía


que era la mejor manera en que podrían trabajar, de la mano de las personas que más conocían y con las que habían crecido. Luego de dar unas cuantas instrucciones militares más, les dejó el resto de la noche libre para que descansaran y se prepararan para el éxodo que se venía mañana. Los cientos de hombres iban levantando sus distintas campañas. Otto, Friedrich y Adelbert se encargaban de colocar los macizos pernos en la carpa de montaje que les fue asignada. Adelbert pensó en ir a dormir a casa ya que aún seguían en Buch, pero le fue prohibido por el teniente segundo Adolf Braun quien le dijo. -Escuche Adelbert, de gracias a Dios que a los príncipes les ha dado por hacer su puta guerra en verano. Quisiera verlos a usted y su escuálido cuerpo durmiendo entre el barro de una trinchera a la intemperie, mientras el enemigo le dispara y que sea invierno. Créame, lo mejor que puede hacer es ir a su maldita carpa y disfrutar dormir sin emboscadas del enemigo, con el calor del verano y en suelo raso sin barro. La noche iba apoderándose de todo, el ambiente estaba cálido y fresco, todos los hombres iban terminando sus respectivas carpas. Una vez terminada la circunferencia que Braun había pedido a sus hombres, los Fusileros Profesionales armaron una gran fogata. A la que fueron llegando poco a poco los demás regimientos con comida y bebidas. Otto y Adelbert terminaron de hacer su carpa solos porque Friedrich se fue un minuto al baño y nunca más volvió. Cuando la carpa estaba lista decidieron ir a la fogata para conocer los hombres del resto del pelotón. Cruzaron la circunferencia y al llegar a la aglomeración de gente frente el fuego, vieron a Friedrich intercambiando cosas por comida con los soldados de Baden. Al notar su presencia, Friedrich se sintió mal. Por lo que se excusó con ellos ofreciéndoles más del tabaco español. Lio un cigarro y lo prendió usando como fuego la fogata, luego dio unas caladas y lo pasó a sus colegas para que lo probaran. Pasada una hora los hombres que quedaban se sentaron en círculo a escuchar la historia que el Teniente Afdolf Braun contaba: -Hubo cuatro hermanos, eran los hermanos Braun. Se odiaban entre sí, hasta que un día su padre se fue al bosque del Rin y los dejó solos en la cabaña donde vivían. Pasó todo el día y el padre no aparecía. –Adolf iba recorriendo la fogata mientras contaba su historia, de repente atravesó la llamarada de un brinco haciéndola exaltarse y continuó-. Los cuatro hermanos salieron entonces en busca del padre y fue estando en medio del bosque que empezaron a valorarse el uno al otro. Entre todos tuvieron que atravesar el río y superar las barreras físicas para recorrer el bosque, el deseo de encontrar a su padre los unió hasta que llegó la noche y el hambre los atacó. Se dividieron en dos grupos; el primero eran los dos menores que querían devolverse antes de que callera la noche, el segundo conformado por los mayores quería continuar la búsqueda. Finalmente decidieron dividirse los menores trataron de volver a casa y los mayores de seguir. -Los más jóvenes intentaron devolverse y estando a mitad de camino a casa pelearon entre ellos. Uno quería volver por los otros dos, ya que tenía el presentimiento de que algo malo había pasado con ellos. Pero el otro decidió seguir rumbo a la casa. Los otros dos hermanos se pelearon también, uno quería ir detrás de sus hermanos menores y el otro seguir buscando al padre, finalmente, se dejaron uno rumbo a buscar a sus hermanitos y el otro a seguir buscando al padre. Al final los cuatro por separado se perdieron. No se dieron cuenta que lo único que los podía sacar de ese bosque fue lo que los metió ahí; tener el mismo propósito.


Los hombres quedaron meditabundos sobre lo que acababan de oír, continuaron sentados frente las llamas y el teniente terminó diciendo. -Sólo un hermano salió vivo de ese bosque, el menor; Adolf Braun. Les he contado esa historia porque no quiero que se vuelva a repetir. No quiero que ningún hombre abandone a los otros y porque hay algo en esa anécdota que me preocupa. Los cuatro hermanos somos los cuatro estados que estamos metidos en esta guerra: Württemberg, Baviera, La Confederación y Baden. La búsqueda del padre es el propósito que nos ha unido, acabar con la invasión napoleónica y el bosque es la guerra misma. Espero soldados, que lo que nos ha unido no nos vaya a dividir. Todos los hombres se callaron mientras su teniente calentaba unos nabos en la incandescente llama, Braun terminó de prepararlas y le dio a cada uno un poco para que comieran antes de dormir. Luego les preguntó qué es la felicidad. -Para mí, la felicidad es sentir la presencia de Dios. –Contestó una voz opaca entre la multitud-. -Pues para mí teniente –Respondió Friedrich-, la felicidad es esto, comer unos deliciosos nabos bien calientes. Muchos hombres vitorearon la respuesta del elocuente bávaro. Una voz en lo profundo dijo que la cerveza, otro dijo que retozar en los pechos de una chica de Bonn. Todos los hombres celebraban y reían con las ocurrencias de cada hombre, una más banal y lasciva que la anterior. El teniente, le preguntó a Otto. -Goebbels, para usted ¿Qué es la felicidad? -Para mí señor, la felicidad es la ausencia del dolor, es la posesión de la verdad. -EH… Sí puede ser –Convino Friedrich-, pero me quedo mejor con los pechos de la chica bonense. Todos los hombres estallaron en carcajadas y aplaudieron la fútil intervención de Friedrich. Para cuando todos ya habían terminado sus algarabíos y vulgaridades, que se despertaron con el último comentario. Otto esperó a que todos callaran completamente y en medio del renovado silencio le hizo la misma pregunta al oficial. -Teniente Braun para usted ¿Qué es la felicidad? Barun lanzó lo que le quedaba del cigarro que Friedrich le había regalado y mientras lo observaba consumiéndose respondió. -Que te disparen. Todos quedaron muy sorprendidos con la masoquista respuesta y en medio del asombro el teniente siguió. -Que te disparen y que la bala pase rosando tu oreja sin acerté ningún daño. Créame Goebbels, nada produce más felicidad que la bala caiga justo a tu lado y saber que no te hirió ni te quitó la vida. Ni siquiera Dios, o la verdad o los pechos de una bonense producen tanta felicidad.


III Reino de Baviera, Agosto de 1870. Los hombres se levantaron con la corneta que iba interpretando un jinete prusiano mientras galopaba por todos los campamentos asentados, el campamento del teniente Braun, llamado segundo pelotón de lanceros en el papeleo y Los cerveceros de Buch por las demás compañías consistía en un total de 50 hombres, en su mayoría eran puros campesinos enlistados con urgencia por el temor de necesitar hombres en el campo de batalla. No hubo desayuno, esa mañana el teniente alimentó a sus hombres con gritos y apuros para que terminaran de recoger todo en la mayor brevedad, mientras les recalcaba el darle gracias a Dios que estaban hay aguantando ayuno y no siendo torturados por el enemigo como presos de guerra. Con esa elocuente forma de ver las cosas positivas los cerveceros de Buch colocaron las carpas y telares en las que iban a dormir durante su bélica estadía en Alsacia. Una vez montado todo en las carretas, todas las compañías alemanas continuaban su camino hacia el este en busca de Estrasburgo. Interminables filas de hombres en carretas haladas por equinos, hombres a pie y una extraña máquina móvil que había en una compañía prusiana; se trataba de un artefacto cilíndrico en su frente que se expandía en su diseño trasero. Estaba constituido por cuatro ruedas en madera con una lámina de hierro circular cubriéndolas, una serie de discos interconectados que se movían y friccionaban en forma continua, generando un ruido insoportable. Sobre éste había una silla en madera con espaldares rígidos y en la parte delantera un cumulo de cajas atiborradas de artillería. El extraño artefacto era dirigido por dos hombres, dos generales berlineses que sentados en la silla de madera guiaban a través de una circunferencia metálica la dirección de tan estrambótico aparato. Otto había escuchado a un compañero que los generales de Berlín se transportaban en el mismo aparato que vio el profeta Ezequiel en su primera visión; un aparato que era dirigido por el tetramorfo, cuatro seres vivientes que tiraban del artefacto celestial. Era muy extraño pensar en eso pero cuando vio con sus propios ojos la increíble maquina desplazándose forzosamente por los hendidos caminos de la villa, pensó que era de otro mundo. Se acercó al igual que el resto de los pasmados soldados de las demás compañías, quienes emocionados, no daban crédito a que el extraño artefacto se moviera con un novedoso aceite que salía del suelo. Otto ya había escuchado de ese descubrimiento, se trataba de un grumoso líquido que usaban para cerrar las heridas de los equinos y que además reemplazaba en las ciudades grandes el aceite de ballena con el que se iluminaban los postes de luz que iluminaban en la noche las silenciosas calles. En Buch no había ni uno, por lo que al llegar la noche, simplemente la gente se iba a dormir y se iluminaban con lámparas los lugares que requerían luz. Un hombre trajo una vez la primera lámpara que usaba ese increíble aceite del suelo, era mucho más maleable que el de ballena y promovía una luz más fuerte y con un alcance mayor. Cuando Otto estuvo a centímetros de la celestial carrosa que se movía prácticamente sola, leyó una inscripción de acero pegada a uno de sus costados; Primer coche de Marcus. -¿Qué es esto señor? Preguntó uno de los hombres al General que conducía forzosamente del aparato.


-Es un automóvil, es la invención de un genio en Viena llamado Siegfried Marcus. Otto quedó maravillado, el tal automóvil era penetrante, inimaginable. Era tal cual la visión que tubo Ezequiel el día que fue visitado por Dios en una carrosa celestial. Los bramidos furiosos del aparato eran quiméricos y atronaban los oídos de la aglomeración de hombres a su alrededor. Otto y los demás Cerveceros volvieron a su campamento cuando los centinelas de los generales apartaron a todos los mirones con culetazos de fusil. Movidos por las constantes quejas de los demás oficiales que veían el novedoso invento de Marcus como un distractor que hacia romper el orden de sus hombres cada 15 minutos. Otto notó algo de envidia por parte de los otros oficiales, ya que sólo los dos de la Confederación tenían acceso y conocimiento para dirigir el pomposo automóvil. Cuando llegaron a la formación de los cerveceros él le preguntó al teniente Braun sobre el increíble sistema de energía del carro. -No sé mucho, es ese aceite del suelo del que todo el mundo habla ahora. Lo llaman petróleo y no fue descubierto por los americanos. Otto arqueó una ceja en incertidumbre, le había escuchado a todo el mundo decir que los estadounidenses fueron los primeros en sacar ese aceite que remplazaba el de las ballenas y que hacia mover como él mismo lo acababa de presenciar, una carrosa metálica completa. Al notar el desconcierto del muchacho, el teniente segundo le aclaró. -No, ellos no fueron los primeros en saber de ese aceite. En el libro del génesis, en el capítulo 11 versículo 3, la biblia lo nombra. Al escuchar eso, el joven bávaro quedo más atónito. Al ver que tenía totalmente perplejos nuevamente a sus hombres el teniente Adolf Braun prosiguió. -Sí, eso es lo que nos enseñan en la capilla protestante soldado Goebbels, por eso no volví a pisar una iglesia pontificia, no te dicen las cosas como son. Si usted busca la dirección que le digo en la biblia encontrará que dice que el asfalto fue usado para pegar los ladrillos de la Torre de Babel, ese <<asfalto>> es el mismo betún que los americanos llaman petróleo. -¿Es increíble no le parece señor? -Realmente lo es, quizá se deje de usar el carbón o el mismo aceite de ballena. Oí que con la cantidad suficiente de ese betún, se podría lograr que un ferri funcione. -Eso no tiene sentido –Refutó Otto-. ¿Para qué usar petróleo si hay carbón? -Bueno pues, alguna vez se usaba la madera para lo que hoy se usa el carbón. Otto volvió a su puesto, sus compañeros lo miraban con cierto distanciamiento, se acercó a Friedrich para ver un rostro amable pero lo que descubrió fue una mirada displicente por parte de éste. -¿Cómo está el lame botas? -¿Qué? No soy un lame botas. -¿No? ¿Qué hacías hablando con Braun entonces? -¿Desde cuándo hablar con un superior es ser un lame botas?


-Un soldado, raso Goebbels, no se vende ni se regala. Contestó fríamente su amigo. -¿Y cómo llamas a lo que tú haces con los superiores prusianos? -Negocios, son negocios. Yo no les regalo nada y ellos a mí tampoco. Al ver la actitud amarga de su mejor amigo, Otto decidió no prestar atención y simplemente seguir el paso firme de los demás hombres. Los cuatro pelotones se dirigían con un sistemático ritmo por las colindantes vertientes de Ulm, ya pronto llegarían a su destino, la fábrica de cervezas Schrader. La jornada fue extenuante, una dura caminata que duró toda la tarde hasta encontrar el camino desde el centro de la ciudad a las afueras de ésta donde se situaba la fábrica. Habían pasado unas duras horas en la Frontera de Baviera y Wurttemberg, intentando cruzar la zona frondosa de los Alpes. Sujetando el metálico artefacto con una serie de enganches y sogas, un pelotón de 39 hombres tuvo que para su marcha para hacerlo transitar en un improvisado camino con tablas de madera que se iban colocando sobre el discontinuo camino, lleno de tierra cuando estuvo seco y de barro cuando empezó a llover. Otto y Friedrich removían con palas las empantanadas sendas por las que tiraban una decena de hombres, las laceradas sogas atadas a los vértices del auto que fútilmente se movía lentamente usando toda la potencia de su rugiente motor. El trabajo era constante y pesadísimo, Otto apenas jadeaba en medio del estruendoso ambiente, al ver a su alrededor, notaba como los demás tenían ya tiznadas sus caras con barro y una vaporosa humedad que cubría sus rostros. Las ruedas de madera recubiertas por esféricas planchas de acero, comenzaron a crujir en medio del osado forcejeo. Los mismos generales se hicieron detrás del artefacto empujándolo sutilmente con toda su fuerza, enlodando las retinas de sus casacas con el remoler de barro que las ruedas dispersaban. Todos mostraban un inhumano esfuerzo que se terminaba de deshumanizar con cada gota fría de lluvia que batía y desafiaba la paz de la mañana. De repente todo seso, la lluvia se detuvo y los hombres ya agotados decidieron tomar un respiro. Calmadamente goteaban las puntas de los acres que altivamente miraban a la especie que los había cambiado por carbón. Las enormes plantas reposaban en total paz mientras los diminutos hombres eran hormigas inundadas por un charco. El celestial auto de Marcus sólo sacaba su lado frontal del empozado lugar donde estaba sepultado. El pelotón que iba atrás alcanzó a los prusianos y bávaros cargados con bestias equinas que trágicamente sobrevivían en medio del dolor del clima. La humedad empezó a calcinarse prontamente con una segunda salida del sol. Se tomó un segundo aire y se añadió la fuerza de los caballos para sacar el increíble invento que se movía con aceite. La endereza y mancomunada pasión de hombres y bestias juntas fue sacando con lentitud el auto. Los jadeos y profundas fuerzas potenciadas movieron en un jalón el vehículo con toda la artillería curtida en barro. Una vez afuera, el auto se volvió a prender y seguidos unos kilómetros más en lo profundo los cuatro pelotones lograron Salir del frondoso bosque Meno y arribar hasta la fábrica Schrader que se divisaba taciturna en la base de la colina. Los acres se acabaron y detrás de la antigua fábrica se veía un hermoso arcoíris. Todos empapados, secando con sus cuerpos la fría ropa que les escurría habían logrado la primera parte de su hazaña.


-¡Por fin –Gritó una emocionada voz en medio del pelotón-, por fin la malnacida Wurttemberg nos sonríe! Todos los hombres comenzaron a dar vítores y eufóricos alaridos mientras bajaban la colina rumbo a Schrader. Las filas de todos los pelotones fueron rotas en medio de los disparos al aire de los oficiales que desesperados, trataban de controlar a sus hombres. -El Segundo pelotón de lanceros va a mantener sus filas. Ordenó Braun a su cuadrilla subiendo su pistola de doble cámara y dando un reiterante disparo en el aire. Todos, perplejos quedaron en silencio por unos segundos, hasta que la voz tronante volvió a gritar. -No somos el segundo pelotón de nada, somos los cerveceros de Buch y no necesitamos un citadino para andar. Los gritos se hicieron feroces y todos corrieron atravesando a Braun. Todos los lanceros de los cuatro reinos olvidaron por un segundo que estaban regulados bajo parámetros jerárquicos, olvidaron también los propósitos que los condujeron hasta allí, olvidaron incluso que estaban llenos de barro y tierra secándose en sus ojos. Hasta de ser bávaros o confederados, solo eran un grupo de homínidos parlantes que desaforadamente corrían y corrían rumbo a la fábrica que los recibía con sus imponentes contenedores y cilindros del cuarto de germinación. Otto se quedó junto a los oficiales en la cúspide presenciando con reflexión la imponente industria de Ulm. Eran 43 estadios de fútbol juntos, el espacio total que ocupaba Schrader. Una ciudad entera, 430.000 metros cuadrados. Al ir descendiendo Otto divisó una excavación en uno de los suelos cubierta con malta de cebada, toda echada a perder por la intemperie que la azotaba con lluvia y sol sin medición de nadie, simplemente estaba ahí regada sin interés alguno. Al ir descendiendo vieron como los desaforados lanceros se devolvían subiendo precipitosamente, bajando más Otto entendió el por qué. De las columnas de abastecimiento salieron decenas de tiradores que disparaban a los recién llegados. -¿Por qué disparan? Somos los refuerzos. Le pregunto el general de Baviera a su homólogo del norte. -No lo entiendo señor, pero no podemos avanzar. Si lo hacemos tendríamos que luchar con nuestros aliados. Uno a uno los pelotones se fueron formando organizadamente en la falda de la colina, recuperando así, los puestos abandonados durante el arrebato de hace unos minutos. Cuando estuvieron todos formados, los oficiales se pusieron a un costado a deliberar lo que debía hacerse. El segundo pelotón se resguardaba en la parte central de la falda y preparaban sus fusiles en espera de la orden que seguía. Todos se preguntaban si esa sería la primera lucha. Igual a como lo hizo la lluvia, los disparos cesaron de repente. Los oficiales seguían discutiendo pero nadie sabía que decisión estaban tomando. El tiempo pasaba y pasaba muy lentamente, todos miraban desde sus puestos la enardecida discusión de los altos que circularmente rodeaban el auto y peleaban entre ellos. Cuando todos se


temían lo peor, la orden de una lucha frontal apareció un jinete galopando desde la fábrica y saliendo por una fortaleza consistente en bultos de cebada. A una velocidad rampante y blandiendo una bandera de wurttemberg condujo su caballo por la misma ladera que los lanceros había subido en retirada. Los altos, al notar su presencia dejaron de deliberar y fueron a su encuentro. Otto y Friedrich, fueron ordenados a escoltar al teniente Adolf para la reunión con el enigmático jinete que aceleraba el ritmo de su corcel con fuertes fuetazos. El implacable animal ascendía en zigzag mientras el grupo de altos mandos custodiado por una recua de rasos bajaba pausadamente. Una vez se encontraron en un punto, el jinete frenó en seco su bestia a pocas narices del grupo que bajaba. Con una cortante mirada habló antes que los generales. -¿Esos bárbaros –dijo señalando a los soldados recién formados-, son sus hombres general? El general Hans Baum que estaba justo frente a Otto, se retiró el casco y dando un zapatazo de tacón saludó al imponente jinete. -Herr kommandant. Sí, todos son de la coalición alemana. Hay hombres de los cuatro reinos germánicos. El general siguió dándole explicaciones pero el jinete no le hizo caso, simplemente lo dejó hablando solo e impulsó su caballo rumbo al primer pelotón de fusileros que organizadamente esperaba, cuando llegó hasta ellos les habló firmemente. -Ustedes han irrumpido en una base militar, llegaron blandiendo sus fusiles en el aire y gritando, como si fueran a capturar mi base. A demás todos traen la ropa y el rostro cubierto con barro, como mecanismo de camuflaje para no ser descubiertos mientras rondaban el bosque. He pedido a mis hombres disparar porque pensé que nos estaban atacando. Ahora veo que no es así, que son un grupo de bárbaros sin control por parte de su superior –Guio una mirada cerrada al general Baum-, quien no es capaz de controlarlos. -Estos hombres eran campesinos ayer, y hoy se supone que serán soldados organizados. Se defendió Baum. -Ayer eran soldados, desde que nacieron en esta tierra por el vientre de una mujer bávara o prusiana o de Wurttemberg son hombres que le deben respeto a estos cuatro estados que conforman nuestra patria, así que si se creen vulgares campesinos, serán tratados como eso. –El jinete señaló la fábrica y terminó-. No admitiré desorden en mi base. Antes de entrar todos fueron obligados a lavar su cara y ropa en el lago frontal que alguna vez fue un contenedor de agua para la mezcla con la malta y que a partir de la transición de cervecería en base militar se había convertido en una fuente hídrica para el aseo de la tropa. En grupos de docena, cada pelotón iba ingresando para asearse. Las órdenes del Kommandant Brauer fueron que todo hombre debía ingresar a su base en perfecto estado y silenciosamente. Luego del improvisado baño, que significó dejar su trajinada ropa campesina compuesta por un pantalón y una camiseta de kaki, recibió una dotación exactamente igual a la que llevaban los verdaderos fusileros. Schrader era más organizada como base militar que como fábrica, todo el recinto era fuertemente custodiado por los hombres de Brauer, que más que hombres actuaban como máquinas


humanoides pendientes de todo y en estricto control personal a toda hora. Brauer era un tanto extraño; no consumía carne, odiaba las bebidas alcohólicas y ni hablar del cigarrillo, que estaba prohibido hasta que llegaron las tropas del general Hans Baum y el tabaco español de Friedrich. Los pobres hombres de Brauer llevaban ya meses sin llenar sus pobres pulmones de nicotina, era tan grave la situación que muchos de ellos tenían totalmente limpios y desintoxicados sus pulmones en abstinencia. La llegada de los bávaros y los prusianos significó quitar un fuerte velo impuesto por Brauer y su maldita ortodoxa, cultura perfecta. La discusión entre ambos oficiales por el tema de los cigarros fue colérica. Ocurrió cuando el mismo Baum se prendió una calilla y fue apagada por uno de los hombres de Brauer. Al explicar el por qué estaba prohibido el consumo de tabaco Baum estalló. -Lo siento señor –Se disculpó el capitán de centinelas, siegfried Blumer-, pero nadie tiene permitido fumar. La razón es que al Kommandant le parece que los microbios se apoderan del ambiente y que un soldado rebaja su potencial físico con los pulmones claros. -¡Qué! Venga Blumer ¿Usted no creerá semejante estupidez verdad? -Pues a verdad señor es que el padre de mi Kommandant murió por cáncer de pulmón, creo que es esa la razón por la cual es tan quisquilloso con muchas cosas. El general sacó una cajetilla y se la entregó a Blumer. -Tome, si está prohibido le entrego todo el tabaco que me acompaña. Si desea, bótelo a la basura, pero si quiere saque una calilla para usted Siegfried. El capitán cogió temblorosamente la deliciosa caja llena de precioso cáncer y la olfateó. Su aroma era fuerte, penetrante y su sistema respiratorio no soportó tener tanto tabaco junto después de no ver ni un solo papelillo en los últimos tres meses. Tomó uno y le devolvió a Baum el que había apagado, luego tomó otro y se lo dio a Otto, el nuevo escolta del general. Los tres fumaron en una de las cacetas de centinela en medio de la noche. Las caladas de Blumer eran magnánimas, como si hubiera aguantado hambre por muchas semanas y por fin tuviera una hogaza de pan. El humo que despedían las viciosas hojas quemándose le generaban una alegría adolescente, ese día el velo de la excelencia fue retirado y en su reemplazo los operativos hombres de Brauer empezaron a recordar que antes de ser soldados perfectos eran hombres, tan humanos y mortales como cualquier otro. Poco a poco los hombres se fueron desinhibiendo con el tema del cigarrillo y hasta el gran choque entre los dos altos. -Escúcheme bien Brauer, mis hombres y yo hemos acatado todas sus extremistas normas pero meterse hasta con un simple papelillo es demasiado. Brauer imponentemente contestó. -O apaga ese cigarro ya general o sabrá por qué mis hombres me hacen caso sin chistar. Baum colocó entonces sus dedos en posición de apagarlo, sujetando la punta de la boquilla y lo puso sobre el caballo del Kommandant, el mismo con el que había cabalgado para recibirlos. El equino salió disparado por la quemadura, que le dejó un punto negro en toda la frente. Así se concluyó todo, los dos oficiales se volvieron enemigos acérrimos y Brauer empezó a ser más flexible con eso


de fumar. Lo que siempre le pareció al general una estupidez, era ver en la oficina de Brauer que antiguamente era la del capataz de la fábrica, las mejores cervezas de producción. Una junto a la otra intactas, consistía en una excelsa colección de cervezas artesanales en todas la texturas y colores, había incluso una muy exótica a base de trigo, otra cafeinada, extranjeras de Irlanda con una receta especial del Saint Patric´s Day. Hasta de un lejanísimo país en américa donde al parecer, la cerveza tomaba unos sabores únicos por la tierra de ese lugar, México. Varios industriales habían visitado Schrader para llevar sus ideas y algo de maquinaria a estos países y habían regalado al antiguo director de la planta una cerveza de su producción. Era una vitrina maravillosa llena de sabor, cuerpo y color y aroma mucho aroma deleitante. Todas esas obras de arte detrás del amargado y aburrido Adelfried Brauer. Quien aparte de no beberlas, se las prohibía a los demás. Una vez el mismo Otto le preguntó. -Herr Kommandant entiendo que odie el cigarrillo, pero ¿Por qué también una simple cerveza? -Goebbels, la cerveza es una industria que crece al ritmo que se empobrecen los pueblos. Mire estas cervezas, muchas provienen de los países más pobres del mundo, países donde la gente no tiene dinero para comer, pero sí para cerveza, países donde la gente no tiene tiempo para leer pero sí para embriagase. Es curioso que en muchos de los momentos más precarios de la civilización, la cerveza estuviera en su más grande auge. Cuando Egipto cultivaba dátiles se hicieron las pirámides y cuando empezó a cultivar cebada para cerveza, dejó que Roma lo gobernara. -Discúlpeme señor pero yo no lo veo así. Para mí y mi gente la cerveza ha sido el sustento de todo Buch, los momentos más prósperos de la villa fueron los de carnaval, los de mayor demanda de cerveza, que era fabricada por nosotros y llevada a todo el continente. Ahora que esos días se han cambiado por una guerra, Buch se ha convertido en una villa muy pobre. No es señor la cerveza, es la guerra la que empobrece a los pueblos, no somos nosotros los cerveceros los que la embrutecen, son ustedes los beligerantes los que con sus ideas de odio, idiotizan las mentes de los hombres haciéndoles creer que su vecino es su enemigo.


IV Reino de Baviera, Septiembre de 1870. El día de partir rumbo a Alsacia había llegado, los campesinos de Buch ya eran unos entrenados y dotados soldados que aunque nuca dejaron de fumar, sí aprendieron la disciplina militar de manos del más preciso, el kommandant Adelfried. Otto, Friedrich y Adelbert iban en la compañía número 2 del Teniente Segundo Adolf Braun. El grupo se había especializado en el área de sometimiento de presos militares y su misión era llegar a las zonas tomadas por los fusileros para formar puestos de encarcelamiento en donde iban a parar los civiles y soldados del enemigo hasta que se decidiera su futuro, dependiendo del trasegar de la guerra algunos presos les había explicado el mismo Brauer, era liberados por ser considerados enemigos menores; estos eran en su mayoría gentes comunes que no tenían nada que ver en el conflicto pero que eran franceses. En segundo orden estaban los presos canjeables, militares de alto rango que podían ser intercambiados por sus homólogos alemanes capturados por Francia. En tercer lugar estaban los capitalizados, rehenes peligrosos por sus intentos de escape, espías y soldados franceses que no representaban ningún beneficio para la Confederación Alemana, según Adelfried éstos últimos debían ser ejecutados. Otto pensaba constantemente en eso, jamás había matado a nadie y no sabía lo que hará de ser ordenado a matar algún rehén. Las dos primeras compañías, la de fusileros seguidos de la del teniente Braun salieron juntas rumbo a Estrasburgo. Fue otro violento recorrido al ritmo taciturno de la tropa, iban dejando Wurttemberg y se acercaban a Francia. Los días empezaban a ser muy ansiosos al pensar en llegar a la zona invadida. Otto daba gracias a Dios de no estar aún en la boca del enemigo. Todos los días llegaban informes telegráficos por un sistema de transporte basado en cabes y con una base en cada pueblo y ciudad en el que descansaba la tropa luego de jornadas extenuantes cargando artillería y caminando rumbo al bélico destino, los telegramas eran siempre muy alienantes, describían como Estrasburgo caía ante la fuerte presencia germánica. Al parecer lo único que Goebbels y los demás cerveceros de Buch tendrían que hacer, era llegar y retener organizadamente a los presos, no tendrían que luchar pues las primeras tropas ya habían hecho el trabajo sucio. Pero el tiempo siguió su curso igual que el cauce del río Ell y un día llegaron por fin hasta los pies de la iglesia Saint enfant. Cimentada sobre una parte del río, la iglesia era el complejo en el que estaban retenidos todos los presos militares que la guerra había dejado. Cuando los cerveceros de Buch llegaron se encontraron con un grupo de Monjes retenidos por los alemanes como prisioneros de guerra, junto a estos un grupo de civiles que se dedicaban al comercio y que ahora vagaban apresados por grilletes metálicos que los unían de a dos. Todos estaban en la misma situación sin importar si eran monjes o civiles. La mitad de la población hablaba el alemán y eran los que servían de traductores a los soldados bávaros. Sus anteriores captores, los fusileros de Múnich habían dispuesto las parejas de tal manera que quedara un francoparlante con un traductor. Otto ejerció el cargo de escolta para Braun ya que tenía experiencia en eso y cuando la segunda compañía llegó hasta la iglesia-prisión le fueron entregadas las llaves a todas las habitaciones del lugar. En lo que antes era un recinto de seminaristas, ahora dormían todos los presos, la sección principal, donde se celebraba la misa era ahora la base de recepción y emisión de telegramas para mantener al tanto a su base en Múnich sobre el personal que tenían con la intensión de reserva a


los canjeables para cambiarlos luego por los oficiales germánicos que fueran capturados. Había un tercer grupo de civiles, se trataba de una comunidad rrom. Según el censo que Otto realizo con sus dos compañeros el grupo total de prisioneros era de 46 personas, no había canjeables ni peligrosos, todos eran comunes. Durante el censo el padre director de la iglesia formó un caos, en medio de la fila instó a los demás a pelear, al principio Otto pensó que era un motín pero cuando llegó con un grupo de hombres hasta la capilla donde estaban dispuestos unos mesones a modo de oficina para el censo. El padre Philippe empujaba a un hombre de tez morena que lucía unos aretes con forma de candonga y en una lengua extraña le replicaba. Otto había oído hablar sobre los gitanos pero la verdad no los conocía. Los soldados tomaron a cada hombre, separándolos. Ambos, al verse retenidos decidieron callarse. -¿Qué es lo que pasa? Preguntó Otto al gitano. El hombre le contesto en francés, bloqueando todo entendimiento para el bávaro. Al notar que le era incomprensible el gitano intentó explicarle en la extraña lengua que usaba antes para discutir con el sacerdote. Nuevamente Otto quedó perplejo sin comprensión alguna, así que decidió preguntarle al cura. -Joven -Explicó el líder religioso-, lo que pasa es que este inmundo se cree con el derecho de seguir entrando en los recintos de la capilla. Otto entendió el trabado alemán del padre, pero siguió sin entender por qué el rom no podía entrar en la capilla. Miró a Adelbert quien dejó con más claridad el asunto. -Lo que pasa es que ellos son gitanos, gentes de malas costumbres. Les he encontrado esto. El muchacho sacó una baraja de cartas y se las entregó a Otto. Los naipes eran del tarot y acumulaban una serie de imágenes horrendas con dibujos impactantes sobre calaveras y demonios. -Son conjuros maléficos. Sentenció el sacerdote mientras Otto analizaba las cartas. Había una en la que aparecía un ser diabólico tomando a un joven por el hombro, Otto sentía que la imagen le era familiar pero no recordaba por qué. Sus ojos se concentraron en la impresionante carta, de repente el rrom al verlo tan concentrado en ella le señaló al demonio y dijo Mefistófeles. Luego señaló al joven del dibujo y le susurró Fausto. Después siguió hablando en la extraña lengua. -Lo ve –Se azaró el padre al oírlo hablar-, está diciendo un conjuro maléfico. Otto observó con detenimiento, no le pareció un conjuro. La entonación de su voz era más bien narrativo, pero ¿qué era lo que el hombre decía? Otto se dirigió a los demás rroms que hacían fila detrás y les preguntó. -Deutsch? Al decir eso, una pomposa mujer con un largo cabello negro salió de entre la multitud. Tenía una fuerte nariz respingada que dulcemente se acompañaba por los ojos más expresivos que Otto jamás había visto, eran totalmente marrones, tan oscuros que parecían no tener pupila. Penetrantes y


esplendorosos. El largo cabello negro de ésta caía por fuertes capas que se ensortijaban en las puntas hasta llegar a un escote en tela de manta que dejaban al descubierto la tersura de su piel morena. La extravagante mujer se acercó y hablando un alemán mezclado, como el de Zúrich le respondió. -No soy alemana, pero habló alemán. Otto estaba tan maravillado con la imponente presencia de la mujer que olvidó un instante lo que quería preguntar. Cuando despertó del embrujo que le ocasionó el tocado redondo que adornaba la coronilla de la chica le cuestionó. -¿Qué dice él? La mujer tomó con ternura las manos de Otto y retirándole la baraja le dijo. -Haz sacado la carta del contrató, tu futuro está marcado por esa carta. –Le mostró la carta que tanto le había generado curiosidad-. Eres como el hombre que a cambio de conocimiento le entrega su alma al destino eres un Fausto. –Al igual que lo había hecho el hombre, ella volvió a señalar al joven de la carta-. Con esas últimas palabras Otto recordó de dónde venía su recuerdo de la imagen, era de niñez. La imagen era la leyenda del Noble Fausto, un hombre rico que según una vieja leyenda había vendido su alma al diablo a cambio de todo el conocimiento del mundo. -Yo no soy Fausto, no busco conocimiento. -Tus ojos –le contestó fijamente la mujer-. Muestran tu enorme deseo de conocer la forma, quieres lograr que todo lo que nace hombre se haga mujer y de fruto. Dime ¿Para qué quieres cambiar el surgir natural de las plantas? -¿Qué? Yo no… Otto la iba a desmentir, pero justo en el instante de negar las absurdas conclusiones de la loca de ojos preciosos pero está sacó de su escote una bolsa de fique y de ella extrajo unas semillas de cebada y unas hojillas de lúpulo. -Por esto has venido. En ese momento él recordó que sí, la estrafalaria mujer tenía razón. Quería lograr que toda semilla de cebada fuera hembra y diera fruto. Friedrich se acercó a ver lo que ella le entregaba a Otto. -¡Amigo!, esas son las hojas de las que te hablaba. Otto olfateó una de las hojas, desprendían un aroma dulzón, muy apetitoso que le despertaron las tripas. -¿Cómo sabes que es mi deseo? -Porque tu destino me lo mostró.


-Eso es brujería –Volvió a sentenciar el padre philippe mientras golpeaba las manos de Otto haciendo que las semillas se perdieran en el suelo y las hojas se dispersaran por todos lados. No toque eso, le hará un amarre. Estos malnacidos son discípulos del diablo y quieren traer la desgracia a todos nosotros. Entienda Joven ellos son brujos, no pueden seguir viviendo aquí en la casa de Dios. -Friedrich –Ordenó Otto-, sigue con el censo. Lleva a los dos que peleaban a las barracas y amárralos. Los hombres se llevaron al padre y al gitano en medio de un impactante rechazo tanto por parte de los presos franceses, que veían inaudito lo que estaban haciendo con el sacerdote como los gitanos que en Francés unos, en romaní otros y en alemán se quejaban. Mandó llamar más hombres para que controlaran a los enfurecidos protestantes, que luego de unos golpes se calmaron y siguieron a regañadientes las instrucciones del censo en fila y orden. Adelbert preguntaba a cada uno su nombre, profesión, edad y origen. Uno a uno las familias se iban registrando en el minucioso censo de los alemanes que muy precisos tomaban nota de cada hombre, mujer y niño que estaba bajo su poder. Llego el turno de la extravagante mujer rrom que impactó a Otto y fue cuando éste tomando a Adelbert por el hombro le pidió. -Yo la registro a ella. Todos se quedaron mirándolo con curiosidad ante la extraña orden, Adelbert también se extrañó pero se paró de la silla en madera y se la cedió a su nuevo superior. Otto se sentó y preguntó con una personalizada curiosidad. -¿Cuál es su nombre? -Jazmín Balerdi. -¿Balerdi? ¿Qué apellido es ese? -Es el nombre de un risco en España, donde nací. En el monte Balerdi mi tátara abuelo asentó su campamento y por petición de los astros que le hablaron en la noche tomó ara sí la tierra y el nombre del lugar. Otto quedó confundido también con el nombre de la joven pero al parecer todo en Francia era así, por lo que decidió no preguntarle sobre eso. Tomó el estilógrafo, marcó Jazmín Balerdi y siguió con el cuestionario. A la edad la mujer contestó 15 años y a la profesión adivina. Jamás había escuchado a alguien llamar a eso una profesión pero Francia era un país donde algunas personas como él mismo lo había visto, vivían de retratar a otras. Así que definitivamente cualquier cosa generaba dinero en aquel lugar. Cosa muy diferente a Baviera donde todas las profesiones se enfocaban en fabricar, o elaborar alguna cosa que se pudiera tocar con las manos y no ideas que sólo estaba en las mentes de las personas como los cuentos de esa chica y sus cartas. -¿Origen? -Rrom.


-¿Qué? Eso no es un lugar. Tango que colocar un sitio real. Me dice que nació en un monte de España, ¿en qué provincia queda? Ese es su origen. -Mi origen es rrom, no soy española. Otto no entendía cómo todos los gitanos pretendían que ellos mandaran un censo donde el lugar de origen fuera una lengua, una cultura y una expresión social que ellos denominaban como rrom. Si enviaban a Múnich semejante falacia pensarían que no estaban trabajando. ¿Qué informe daría Brauer al régimen de Wurttemberg cuando viera rrom como un país? Definitivamente pensó, lo que necesitan estos gitanos es ir con el kommandant y aprender algo de cordura y orden. Únicamente a ellos les podría parecer que un país sin tierra, sin recursos ni fronteras pudiera existir. Había franceses y españoles entre ellos, pero no se sentían de estas naciones y aunque eran de dos países distintos, sentían a través de su lengua común que era la misma cosa, esa rara cosa que ellos denominaban rrom. A partir de ese día Otto comenzó a sentir un profundo interés por la extraña manera en que esos hombres y mujeres de piel morena y rasgos lejanos veían el mundo. Para empezar siempre estaban alegres, contrario a los demás, que se comportaban como lo que eran; presos. Cantaban y danzaban en medio de su detención y sus grilletes. Las músicas que coreaban eran en las dos lenguas que predominaban en ellos, el español y el romaní. Sus comportamientos eran vulgares y soeces, incluso para Otto que era un campesino. De comportamiento ocioso y vicios marcados, contrario a Brauer todo el tiempo estaban fumando, proveyendo a Friedrich de más tabaco español. La música comúnmente marcada por instrumentos de cuerda y percusión, que iban desde la guitarra hasta el clavicordio, era muy emocionante para Otto. Los soldados alemanes se molestaban cuando en la noche empezaban con sus bullosos instrumentos, pero él amaba sus estridentes melodías. El Padre Philippe logró que fueran desterrados hacia el patio en el área central de la iglesia, su intención era que vivieran en la calle a las afueras de la ciudad, como al parecer lo hacían antes de ser prisioneros, pero Otto no podía arriesgarse a perder a ninguno hasta que la orden fuera liberarlos. Todos dormían menos los gitanos, su escandalosa música despertaba consecutivamente a los cautivos comerciantes de Estrasburgo y luego a los cerveceros de Buch. Otto dormía en la torre del campanario, en lo que anteriormente era la habitación del diácono. Se despertó ipso facto y llamado por la armonía festiva se paró con curiosidad. Salió del cuartucho y descendió las escaleras en caracol del campanario. Cuando salió quedó frente al pasillo del seminario, donde el padre Philippe pasaba a su cuarto con un vaso de agua. Al encontrarse con Otto, el religioso aprovechó para murmurar una ceja. El bávaro no le prestó atención, estaba tan encantado con la melodía que sólo quería acercarse a observar la rumba rrom. Siguió por el pasillo seminarista hasta dar con el patio central, en medio de las campañas gitanas se elevaba una gran llamarada de fuego, producida por una fogata que consumía las ramas de los arces secos que había en los bordes del jardín. Iba acercándose al bulloso jolgorio y fue cuando ocurrió. Pasmado por lo que sus ojos veían, bloqueó totalmente su paso. Las caderas efusivas de Jazmín se bamboleaban zigzagueantes al ritmo de un cúmulo de palmas que con redoblás encarecían los movimientos fugases de Jazmín. Ella, pulcra e imponente como la primera vez que la vio. Giraba tan


libre que no parecía ella la presa sino él, él que atrapado, encadenado en los movimientos de Jazmín, no se atrevía a dar un solo paso más. La esbelta gitana llevaba un tocado en joyas doradas que desde la coronilla hasta las caderas acompañaban un enredado cabello negro en exuberantes trenzas que caían y volaban con el ir y venir de ella alrededor de la fogata. En el momento más sensual del baile los ojos de ella se cruzaron sorpresivamente con los de él y repentinamente la asustaron haciendo que ella se emocionara y en medio del baile le siguiera con la mirada. El trató de moverse para evitar las fuertes miradas que los ojazos negros de la romaní le hacían y justo cuando se cambió de lugar, la morena le giñó uno de esos imponentes ojos con iris oscuro y pestañas brillantes. Fue el momento que más fascinó y al tiempo apenó al germano y fue también el instante en que la música paró y la joven sutilmente elevó su falda lánguida dejando ver una deliciosa pierna liviana que se elevaba hasta su cabeza y que coquetamente volvía a su lugar terminando con su paso el ritmo de la canción. Un alarmado de vítores, acompañados por aplausos y silbidos se apoderó del espacio. Los gitanos se aglomeraron como una mosquitera de éste y de en medio del montón salió Jazmín al encuentro de Otto. La curvilínea chica se acercó con rapidez a él. -No sabía que te gustara la música flamenca. Otto levantó la mirada hacia ella haciendo un gran esfuerzo por no observar su escote. -No sabía que así se llamara este ruido escandaloso. -No te gusta entonces. -No. Contestó él tajante, dándose la importancia de ser el carcelero. -Entonces estabas hipnotizado por mi baile, no por la música. Le respondió ella, demostrándole como se habían cambiado los roles de carcelero y encarcelado. Otto quedó privado, esa respuesta era muy impredecible. Ninguna mujer antes le había hablado con tanta cadencia y forma pretenciosa. Trató de decir algo para no perder en la discusión pero no le salió nada. Ella en cambio remato con carcajadas. -Lo más escandaloso es el baile pero entiendo por qué de hipnotizó. Tomó el último lazo de su escote que se había soltando durante la danza y lo anudó, cubriendo sus sudorosos pechos. Otto trató de no mirar y le pidió disculpas, ella nuevamente se le burló con sucias risas y dijo. -¿Llevas aquí en medio de la oscuridad escondido viéndome el escote por varios minutos y has decidido esperar a que me lo sujete para pedir unas caballerosas disculpas? ¿Así es como lo hacen allá en Baviera? -Escucha, estoy aquí porque necesito que paren esa música, que apaguen esa fogata y dejen dormir. -Mentiroso, estas aquí porque quieres esto.


La joven nuevamente descubrió sus pechos y tocó con sus manos de ellos, esculcando entre ellos sacó más semillas de lúpulo y se las entregó; esta vez dejó su escote muy entre abierto. Como si tuviera enfrente a su amante y no a su captor. -Sabía que vendrías esta noche por esto, los naipes me lo dijeron y aquí estás. Definitivamente estas marcado por la carta de Fausto. -¿Qué? -Estás marcado por el mismo error que él, estás obsesionado. Tu mente no te deja ver otra cosa que tu deseo obsesivo por dominar las plantas, por dominar lo que te domina a ti, la naturaleza. -¿Enserio sabes las cosas utilizando unas simples cartas? -Las cartas no revelan cosas, no son un vidrio a través del cual observamos lo que hay afuera. Son más bien un espejo, nos muestran nuestro rostro, quienes somos, nos muestra lo que está siempre con nosotros pero que no vemos, nuestro rostro astral. –Jazmín tomó a Otto de las manos y poniéndolas sobre sus pechos de siguió-. Ustedes los payos no entienden, porque todo lo buscan afuera –Luego colocó le devolvió las manos a los pectorales de él-. Pero es dentro de ustedes mismos que está eso que tanto buscan. -¿Crees que busco algo? -Todos ustedes están en busca de algo, y tú ya lo encontraste. -Hasta ahora sólo he encontrado una Iglesia llena de locos. -Has encontrado parte de lo que buscabas, el lúpulo. Ahora sólo te falta la tierra y yo sé dónde encontrarla. Goebbels estaba intranquilo, cómo sabía ella lo de las semillas. -¿Cuál es la tierra de la que hablas? -América, allá podrás dedicarte a lo que tato quieres; elaborar cerveza. -Estás loca mujer. No tengo tierra allá, no sé nada de ese lugar. Elaboraré cerveza en Buch, cuando acabe la guerra. -Esta guerra es larga y quizá ni sobrevivas a ella, Europa es un puñado de guerras, una tras otra. Aquí jamás serás algo distinto a un soldado y menos siendo parte del imperio de Prusia. Eso era cierto, era lo que muchos ya habían concluido. Y lo había escuchado en Baviera, pero no sabía que en Francia pensaran lo mismo. Su propia familia había huido de Buch porque la guerra sería larga y su proyecto era empezar una nueva vida en Viena. Los campos europeos estaban siendo abandonados porque sólo había trabajo en las ciudades, todos dejaban sus pueblos por las ciudades. Y Prusia era el Imperio con más guerras acuestas, sin duda al acabar ésta dentro de quién sabe cuánto, seguiría otra. No se podía quedar como soldado de Baviera, tenía que cambiar las cosas si quería lograr su sueño. El resto del tiempo los dos jóvenes fueron al jardín y sentados sobre una silla en piedra bajo un arce, Jazmín le contó a Otto la idea que la tribu tenía antes de la guerra. Habían viajado a Francia con la


intensión de acumular el dinero suficiente para viajar a la tierra de las oportunidades, América, un país maravilloso que permitía a todo el que llegara hasta allí, tomar un trozo de tierra en el único lugar donde no existía la clase noble, ya que no habían ni reyes ni emperadores como ocurría en toda Europa. Eso era exactamente lo que Otto necesitaba, un lugar donde los altos no se pelearan los reinos, donde se pudiera hacer de la vida lo que uno quisiera. El primer paso para llegar hasta América según Jazmín era llegar a Lorena, una vez allí viajar por toda Lorena hasta Paris y tomar una Locomotora que termina su recorrido en el Puerto de Fécamp. Comprar un pasaje en los barcos cargueros que llevaban las grandes demandas de metales y materiales de construcción que América estaba demandando pues era un país en crecimiento. Los buques le contó la romaní, cruzaban el canal inglés y tomaban el océano atlántico hasta que llegaban a la tierra de las oportunidades en un puerto de nombre chistoso. -¿Massachusetts? Preguntó Otto con desconcierto. ¿Así se llama? -Sí, el Patriarca dice que significa; ´´Lugar del monte grande´´. -Qué clase de nombre más raro para un puerto. Es casi tan raro como… Otto había pensado que era tan raro como llamarse Jazmín pero frenó sus palabras por respeto. Ella continuó hablándole sobre ese mágico lugar al que mucha gente en la misma Baviera había decidido ir. Pensó en Christian Kopp, el primo de Friedrich que había salido hacía una década rumbo a los curiosos Estados Unidos, una nación que empezaba a ser muy sonada en toda Nueva Ulm y que al parecer era más sonada en Francia. <<¿Qué sería de Christian y su familia?>> se preguntó, ¿Habrían logrado en ese país sus proyectos de trabajar su propia tierra y no la de los príncipes? La noche se fue con las maravillas que la hermosa joven le contaba a Otto, de ser cierto lo que ella decía, valía la pena ir y tomarse esa región promisoria. Los gitanos recorrieron muchísimos lugares al sur del continente europeo y en su constante nomadismo se dieron cuenta que en todos los reinos desde Cataluña hasta Francia y desde Zúrich hasta Navarra, se iban en desbandada para América tras un sueño, tras una nueva vida, fuera de Napoleón III, de los reyes de España, fuera de la presión de Roma en los Alpes. La conversación terminó y al ver a su alrededor, notaron que ya todos se habían ido a dormir. Toda la tribu gitana estaba dormitando profundamente en sus carpas de campaña y la fogata estaba apagada, por fin se sentía un aire tranquilo en la Iglesia de Saint Enfant. Otto se levantó y se despidió de ella con un gesto seco y distante, ella le dio su mano derecha en intensión de una despedida menos acartonada, lo cual fue como todo lo que ella hacía, totalmente inesperado. Él le tomó la mano y le hizo una venía más ortodoxa que el anterior gesto. Le sonrió nervioso y sólo se fue pensando en esos ojazos. Cuando llegó a su cuartucho se desplomó sobre el catre de lona y durmió meditabundo bajo el techo que lo separaba del campanario, cómo sería ese lugar ¿Cómo sería América?


V Alsacia, Francia. Octubre de 1870. Los días eran iguales, la guerra desde la segunda división era tediosa. Goebbels había imaginado que sería peligroso, quizá emocionante pero no desde la posición de carcelero. Lo único que daba moral al bávaro era que desde su puesto como Cabo Segundo a la dirección de unos prisioneros sin valor, ningún pelotón francés se tomaría la molestia de rescatar a unos pequeños comerciantes y mucho menos a unos desdichados zíngaros. Los franceses estaban tan ocupados tratando de defenderse de la imponente fuerza germana, que ni atacarían Saint Enfant, ni siquiera por los padres recoletos. Al final del mes todos se dieron cuenta de esa conclusión, así que empezaron a formar una extraña vida en la que los prisioneros era más bien ciudadanos en segundo grado dentro del pequeño mundo que se formó en la catedral. Eran una rara comunidad que de alguna manera funcionaba igual que la sociedad humana, solo que de manera escalada. Estaba una clase dominante que eran los soldados bávaros, ellos imponían sus costumbres al resto y sus conveniencias dictaban el trasegar de la vida. El alemán fue predominando sobre el español, el francés y el romaní. Todos se vieron avocados a aprender algo de éste idioma, pues llegó a ser tan relevante, que los soldados sólo daban alimento a quien se los pidiera en alemán. Los más ancianos quienes difícilmente podían expresar los fuertes fonemas germánicos, tuvieron que aprender por lo menos a decir Ich will brot. En segundo lugar una clase media que creía tener los mismos derechos que la clase alta, consistía en los franceses, repartidos entre estrasburgueses y curas. Obviamente en la práctica no tenían el mismo roll que los primeros, pero vivían con una falsa ilusión de que en cualquier momento escaparían, o quizá alguna tropa francesa los rescataría. Por último existía una clase baja constituida por los romaníes, no pretendía nada de las otras dos, se limitaba a hacerse donde los pusieran, a comer lo que les dieran y no pensaban ni en el pasado, como los soldados recordando sus antiguas vidas en Buch, ni en el futuro como los franceses a la espera de un milagro. Los zíngaros vivían con intensidad cada instante del presente, la parte de Saint Enfant que fue tomada por ellos, contaba con un ambiente que alejaba a Otto de la idea bélica; pues a diferencia del resto, nadie sentía la necesidad de darle una explicación lógica a lo que ocurría. Ninguno de los rrom se preguntaba el por qué estaban ahí, su desinterés por pensar era tan agudo y descarado que sólo usaban sus cuerpos perezosos para fumar y jugar cartas mientras sus esposas amamantaban la decena de bebés que había en el grupo. Todo era muy espontaneo, contrario a lo que hacían las dos madres lactantes del grupo francés, las 10 madres romaníes, lactaban al niño que estuviera llorando sin importar que no fuera el suyo. Tomaban al bebé y en lugar de pedir permiso y retirarse a algún lugar solo, como las francesas. Las gitanas desnudaban cualquiera de sus pechos sin importar si estaban en la cúpula principal de la iglesia, con el cristo redentor frente a ellas o si estaban en la oficina improvisada del Teniente Adolf. Tampoco les importaba quien las estuviera viendo y mucho menos de quien era el niño, Otto estaba seguro que todos los bebés de la comunidad rrom, habían probado los pezones de todas las gitanas lactantes. Tanto los alemanes como los franceses veían como abominables aquellas conductas, pero Otto estaba intrigado, aquel comportamiento era tan simplista que hacia las cosas mucho más relajadas


y amenas en medio de la realidad de que nadie quería estar en esa Iglesia hasta que la guerra decidiera su destino. Goebbels comenzó a verse con Jazmín siempre a la misma hora nocturna en que prendían la fogata, le preguntaba todas las incertidumbres que el comportamiento gitano le generaba. Al hecho de lactar cualquier niño, ella le respondió que era muy simple, ya que sólo se casaban entre miembros del clan, todos eran familia y que por ende llevaban la misma sangre, así que cualquiera podía amamantar a los bebés del clan sin importar si eran los propios. Ella le mostró un ejemplo mientras hablaban, una de ellas daba leche a un pequeño bebé que tragaba a borbotones de su pezón, según Jazmín explicó, el bebé era primo de la joven que lo alimentaba, pues era hijo de su tía, quien a su vez se casó con un primo. Otto notó que el impedimento de la madre para alimentar ella misma al niño era porque estaba vendiéndole un cigarro a Friedrich. La vida de Otto encontró una curiosa recreación en buscar descubrir esa vida, eso que los perezosos zíngaros llamaban rrom. Su iniciación a entender ese modus vivendi, fue la siguiente noche, cuando se vio por segunda vez con ella. -¿Qué es rrom? Le preguntó. La chica señaló con su dedo al entre pierna de Otto y contestó -<<Rrom>>, es una palabra de nuestra lengua, significa <<hombre>> en romaní. Pero es la palabra que representa nuestra esencia, es está piel –La chica tomó su brazo y lo puso junto al pálido caucásico de él mientras comparaba los tonos-, es estas manos, esta sangre, estas carpas cimentadas en el camino, es nuestra patria. Somos un pueblo que siente la identidad en nuestra unión y no en una tierra, por eso no nos sentimos mal como tú, de no estar en nuestra tierra, porque estamos unidos, todo el clan Balerdi está junto, así que estoy en mi país porque mi gente está conmigo y yo con ellos. Te han dicho tantas veces que esta guerra es por tu país Otto, que te has olvidado que tu verdadera patria es tu familia, no la bandera que llevas en esa casaca. Nunca he entendido como puedes llamar patria a unos colores, a una tierra que ni siquiera era tuya, sino del Príncipe. Las pláticas con Jazmín generaban importantes reflexiones en Otto, por eso le pidió que le enseñara más sobre su historia. Quería entenderlo todo como ellos mágicamente lo entendían. Ella le relataba increíbles historias llenas de misterio sobre un largo camino que había empezado cientos de años atrás en Egipto, eran relatos emocionantes que al parecer se fundaban en un éxodo debido a la discriminación, al no tener una tierra, eran expulsados por los habitantes de todos los lugares. -Pero ¿Por qué comenzó el éxodo si vivían en Egipto? -Porque una estrella habló a un pasado patriarca, le dijo que le mostraría todos los secretos del esoterismo si la seguía. El entonces tomó a su camada, sus bestias y su esposa y siguió al astro hasta el lugar donde nos mostrará a todos nosotros, sus descendientes, los increíbles misterios de las constelaciones. La estrella es una que se dirige hacia el este el 8 de abril de cada 4 años se le puede ver en España, es una estrella especial que brilla ese día con más intensidad que las demás. Por eso hemos decidido ir a América, allá se dirige la estrella, allá deben de revelarse todos los secretos que el astro ha prometido a nuestro clan. Con las extrañas historias que Jazmín le contaba Otto empezó a ver algo trascendental, ahí, en el mismo pueblo en el que el padre Philippe veía un montón de zánganos y viciosos, él comenzó a ver


una cultura noble, sublime. Una comunidad que contrario a él y los bávaros había desarrollado sus destrezas en la música, en el baile, en la pintura, en el arte. No producían cerveza, embutidos, planchas de litio, combustibles a base de carbón, ni armas. Pero igualmente hacían algo maravilloso, quizá algo más importante, pues un par de botas, simplemente las usas unos meses y las botas cuando no te sirven más. Pero esas canciones, esos bailes y esos hermosos telares que las mujeres rrom hacían, eran bienes que siempre son necesarios, no para el cuerpo, sino para el alma. Otto se dio cuenta de que esa era la razón por la que los coros, los acordes de las guitarras habían sobrevivido de una generación a otra, porque aunque pasara el tiempo y las cosas, las formas, la tecnología cambiara, algo seguía igual; el deseo humano por reír, por cantar, por bailar, por… vivir. Poco a poco se dejó envolver en la frazada de tela gitana que Jazmín fue creando con sus conversaciones, con sus historias. Cada noche quedaba más emocionado por aprender algo nuevo, con el tiempo entendió muchas de las profundas miradas culturales con las que los rrom veían la sociedad, el rol de la mujer, basado únicamente en la sostenibilidad de la casa y la exclusión de lo que para los bávaros era común, la cultura de libro. En su tierra, la escritura no era nada usual, pero la lectura empezaba a ser muy difundida gracias a las lecciones del padre Gregory. Aunque no se solía escribir, la historia de los bávaros estaba condensada en unos enormes libros que el padre usaba para dictar sus clases. La colección de Gregory, describía el caminar norte europeo desde los celtas hasta la creación de los diferentes estados que a través de la lengua alemana compartían un camino. Los rrom, aunque tenían una cambiante estructura lingüística escrita, no la usaban como medio de descripción de su historia, nadie recopilaba bitácoras como lo hacían los bávaros todos los días en sus informes a Múnich. Los sacerdotes también llevaban sus propias recopilaciones que enviaban a Roma manteniendo al Vaticano informado de su situación como presos. A través de una serie de peticiones, lograron que se usaran los mecanismos de telegramas con este fin, cosa que se les permitió bajo la censuradora mirada del teniente Adolf. Los rrom por el contrario, no manejaban ningún tipo de crónica que mostrara a las futuras generaciones sus vivencias en ese lugar. Para lo único que usaban su gramática era para enviarse mensajes clandestinos que rebelaban donde estaba la comida de los soldados e ir a robarla. Cuando Otto le preguntó a Jazmín por ese fenómeno, ella le dijo que no gustaba de la lectura, que era analfabeta tanto de la lengua española como de la alemana, sólo las hablaba y entendía fonéticamente. Tan solo había logrado discernir la estructura gramatical del romaní y no lo usaba. Con el tiempo descubrió que una de las canciones que un primo de Jazmín practicaba con un grupo de jóvenes, hablaba de su situación en Saint Enfant, la canción se volvió tan popular que pronto los niños la coreaban mientras comían; allí entendió Otto cómo funcionaban los mecanismos que mantenían la historia del pueblo gitano, no era como ellos, los bávaros, a través de las letras en los libros. La historia de los zíngaros estaba condesada en canciones, por eso todos conocían y apreciaban tanto su origen, al parecer egipcio, porque todas las noches en la fogata de la cena, cantaban una y otra vez las canciones que describían esa historia. Era una extraña manera de ver la vida, contarla de forma musical y no escrita. Seguramente señor lector, si yo fuera gitano, no habría escrito este libro; habría contado esta historia por medio de una canción. A Otto le empezó a causar curiosidad también la religión de los gitanos, al principio lo entendía como un dogma pagano que idolatraba al diablo, era la versión simplificada que el padre Gregory le había


expuesto sobre casi todas las religiones, esa definición incluía hasta el mundo protestante, aunque éste siguiera el mismo Dios de ellos; Jesucristo. Cuando se dirigió al padre Philippe con la intensión de hacerle la misma pregunta, la respuesta ratificó la idea ya mencionada de Gregory, la única diferencia fue que además de adorar al demonio, la comunidad de romaní contó el cura, provenía de una estirpe maldecida por Dios en el antiguo testamento. Un avatar de la tradición bíblica llamado Noé, bebió muchísimo vino, bebió tanto que quedó totalmente borracho en el suelo mostrando su desnudes. Cam, uno de sus hijos comenzó a burlarse de él y llamó a sus dos hermanos para mofarse más. Los otros dos jóvenes contrarios a Cam, cubrieron a Noé y lo auxiliaron. Debido a esto, Noé maldice a Cam y a su descendencia una vez que despierta de su embriaguez, lo condena a él y su estirpe a ser esclavos para siempre. -Ellos joven Otto -Dijo el padre Philippe-, los gitanos que ustedes mantienen dentro de la casa del Señor, son la descendencia de Cam, Dios los ha maldecido a través de Noé, por eso no debemos juntarnos con esa gentuza y es por eso que ellos han desarrollado un ritual demoniaco para maldecir a las personas buenas como nosotros. Ten cuidado muchacho, porque esa mujer con la que andas te puede embrujar con una de sus maldiciones gitanas. Otto tomó el testimonio con una actitud muy diferente de la que había asumido cuando escuchó por primera vez a Gregory hablar mal de ellos. Su actitud cambió porque a diferencia de lo que se decía en Buch, allí, en Francia los tenía en frente, podía hablar con ellos, verlos. Y encontraba irrisoria la posibilidad de tales acusaciones pues, contrario a los franceses, los rrom no sentían odio por las demás culturas que la guerra había puesto bajo los techos del Saint Enfant, al contrario, aprendían de éstas. Aprendían sus lenguas y robaban algunas de sus palabras para anexarlas a su idioma, así mismo algunas de sus formas culinarias y estilos de vestir. Al parecer los zíngaros, eran una comunidad hecha por la adopción de varías cosas que tomaban de cada lugar por el que pasaban. Esas conclusiones tenían más sentido para Otto, que la idea de que adoraran a lucifer. Lo de las maldiciones gitanas parecían ser más de los católicos que de los rrom, pues eran estos últimos los que en todo momento hablaban mal (maldecían) a los demás, desde el teniente Adolf por ser protestante hasta estos coloridos seres, los zafiros. Cada noche que pasaba frente al fuego junto a Jazmín, Otto descubría quienes realmente eran esos harapientos seres que sonreían en medio de su pobreza, descubría el verdadero significado de ser rrom. Cuando le preguntó a Vittorio, el hermano de ella si venían de la descendencia de Cam, el joven gitano le contestó. -Nosotros los gitanos tenemos un solo origen: la libertad. En cambio de ella renunciamos a la riqueza, al poder, a la tierra y a la gloria. De todo lugar nos han rechazado, y en lugar de pelear nos vamos, vagamos buscando el lucero de la estrella del oeste, hasta llegar al lugar donde se nos revelará ese misterio guardado únicamente a nuestro pueblo. Los días transcurrían y cada vez Otto se entremezclaba más con los gitanos. Sucedió que fue cierto lo que el padre Philippe le dijo, si quedó embrujado por Jazmín, no por sus maldiciones, sino por sus encantos. El Bávaro y la chica comenzaron un preludio de amor, sucedió de pronto en medio de una de las lecturas que ella le hacía a la palma de él. Al principio la actividad era absurda para él, pues dudaba mucho que ella pudiera ver su destino entre las ramificaciones que generaban sus palmas al doblarse. Jazmín tomó su mano izquierda con una cierta soltura de coquetería, le dijo que empezaría por esa mano debido a que era la que mostraba su genética maternal. El dedo índice de


ella se deslizaba juguetonamente por la palma extendida de Otto, que reía nerviosamente encerrado en la carpa de la chica junto a ella. Iluminados por una opaca lámpara de aceite de ballena, la quiromántica situación se fue trastocando hasta pasar de ser predictiva a ser adictiva. Otto disfrutaba con una fuete lascivia la forma sensual con al que ella tomaba sus manos y las deslizaba entrelazándola con sus dedos. Poco a poco ambos fueron entendiendo que ninguno de los dos estaba allí para descubrir el destino, pues la verdad en aquel extasiado momento el porvenir era irrelevante. El estar en medio de la noche veraniega encerrados en esa carpa, sobre los cojines que servían de cama a la chica, despertó una esplendorosa lujuria que dominó todo. La mano de ella se olvidó de su propósito esotérico y tomó otra función, dedicó sus articulaciones a recorrer, asentir con su tacto el resto del cuerpo de Otto, la aproximación de ambos se fue acortando hasta quedar rostro con rostro, aliento con aliento, alma con alma. Finalmente ella puso sus labios recostándolos sobre los de él. -Esto no tiene sentido -La apartó-. La mujer molesta le cuestionó. -¿Por qué no tiene sentido? -Porque yo soy bávaro y tú rrom. -Entonces, bésame sin sentido, porque sin sentirte yo te siento, sin hablarte yo te hablo, sin quererte yo te quiero Otto Goebells. Volvió a besarlo, aferrada al propósito de poseerlo, de que su humanidad dejara el alma de Otto y se asiera a ella con la misma fuerza que sus labios se asían a los de él, provocativamente el joven respondió con una faceta que el mismo desconocía de su ser, la de un animal en celo que no controlaba sus movimientos, que dejaba que sus deseos e instintos mamíferos lo dominaran, actuaran por él. Ese día, ese par de feroces bestias se atacaban por medio de sus dientes que mordicando al otro con suaves movimientos que aceleraban simultáneamente sus pulsaciones. Las cuales, agitadamente retumbaban en el pecho del otro, como si el corazón se les quisiera salir. La esencia de cada uno se acoplaba a la corporeidad del otro en una mágica sincronía, precisa, exacta, como las manos del guitarrista gitano sobre el mástil de su instrumento. Una resonancia musical salía de los sutiles gemidos que emanaba Jazmín en medio de su revoltura de roces y caricias. Poco a poco, muy lentamente caían de uno en uno los harapos que cubrían a ella, igual que la casaca y pantalones sujetados por una correa de munición en perdigón. La vida se hizo enorme en medio del pequeño espacio de la carpa de telar. Otto guio como pudo su mano hasta la lámpara con la intensión de apagarla y justo cuando la alcanzó, la entrada de la carpa, sujetada por dos lianas en la parte posterior, fue abierta al ser cortada por una daga de corte macizo y puñal de madera opaca. Tras este, una mano gruesa de hombre retiraba las puntas ahora sueltas de la carpa. La pareja asustada trató de tapar sus vergüenzas mientras la entrada de la carpa se terminada de abrir por la mano que la había trozado. Otto quedó pasmado cuando vio de quién se trataba.


VI Alsacia, Francia. Noviembre de 1870. La entrada de la tienda terminó de ser trozada totalmente por la mano que la halaba con una mano mientras la tasajeaba con la otra. Cuando el telar de la entrada cedió totalmente, entró Friedrich iluminado con una linterna diciendo. -¡Malditos gitanos! Les voy a enseñar. Se están divirtiendo por lo que veo. Fridrich levantó del cilindro de la lámpara para fijar la luz en la mirada de los amantes. La luminosidad fue dando prueba concisa de quien era el hombre blanco cubierto por una enramada de cobijones gitanos y las piernas suaves y desnudas de Jazmín. Los ojos de cada uno se encontraron en el momento que la incidencia de la luz aclaró totalmente el rostro de Goebbels, que atemorizado intentaba cubrirse el rostro con una mano. -¡Venga Otto, Enserio eres tú! –Las pupilas de Friedrich no daban cuenta de lo que veían-. Hasta que te has hecho hombre, o mejor; gitano. Otto quedó totalmente enmudecido, jamás imaginó que pasaría de carcelero a amante feroz y luego a la vergüenza de la lascivia en pleno acto. Friedrich jugaba con la lámpara meneándola y burlándose de Otto. -No has podido conseguirte una mujer y ahora te acuestas con una rrom. Deberás jamás terminaré de conocerte. -Cállese soldado, está hablando con su superior. Entonó Otto, tratando de lograr con una burocracia, que la vergüenza de la luz sobre su torso desnudo frenará. -Perdón mi Cabo, pero estos no son sus calzones. Le respondió Friedrich, aprovechando la estrategia de Otto, como superior en su contra. Le acercó lo que efectivamente era la prenda más íntima del despelucado Cabo Goebbels, quien tomó de ésta y pidió al sonriente soldado que se diera la vuelta y se largara. -Lo siento mi Cabo, pero no me puedo ir hasta que revise todas las tiendas gitanas en busca del anillo del padre Philippe. -¿Qué? -El anillo del padre fue robado y visto por un preso francés en manos de una gitana. -Pues aquí no está. -Discúlpeme señor pero el hecho de que hasta ahora sólo lo haya encontrado a usted desnudo, no es prueba de que no esté aquí el anillo. -Escucha Friedrich –Terminó molesto Otto hablándole sin su fórmula de jerarquías-, sólo date la maldita vuelta mientras me visto y te dejo entrar para que hagas el allanamiento.


Fiedrich dio un zapatazo de tacón con sus botas y haciendo un gesto de saludo militar respondió paródicamente. -Señor, como ordene mi Cabo. Sólo le pido que se apresure para terminar mi misión y lamento estropear la que usted llevaba a cabo. Dichas estas palabras, Friedrich dio la vuelta y cerro con su mano el telar roto de la entrada. Desde adentro Otto escuchó lo que le decía a los que estaban afuera. -Teniente, los gitanos que estaban haciendo bebés ya se están vistiendo. Les dije que esperaríamos a que terminara para allanar esta tienda. Otto se puso rápidamente los pantalones de franela militar y mientras amarraba de éstos pasó lo peor, escucho la voz del hombre con el que Friedrich hablaba; era su superior, el teniente segundo Adolf Braun. -Abra esa maldita tienda Friedrich Kopp, estos gitanos están escondiendo el anillo. La carpa fue abierta totalmente y entraron en ella Friedrich y el teniente. Nuevamente las miradas se encontraron. Otto sintió que Jazmín temblaba mientras apresuradamente trataba de tapas su figura con su faldón de medio metro. -¿Qué diablos hace usted aquí Goebbels? Otto intentó decir algo pero Braun se le adelantó con una orden. -Kopp, tomé a este hombre y apréselo hasta que le haga un Concejo de Guerra. Friedrich quedó más pálido que Otto, intentó no hacer manda pero la orden volvió. -¿Qué espera Kopp? Haga lo que le digo y tome a esta zíngara y llévela a un calabozo. Los dos van a ser interrogados. Luego requise el más mínimo centímetro de esta maldita pocilga de prostitución y busque el anillo de ese cura. Friedrich volvió a dar el taconazo y el gesto militar, se acercó a Otto y le susurró. -Lo siento, no tenía idea que estuvieras aquí. ¿Desde cuándo te acuestas con las prisioneras? Otto no dijo nada, simplemente salió de la carpa escoltado por su amigo. Una vez afuera vio a los demás soldados requisando todas las tiendas gitanas en busca del mentado anillo. Cuando salió, todos; gitanos, soldados, padres franceses, quedaron atónitos al verlo sin camiseta mientras Friedrich lo sujetaba por las espalda. Otro soldado entró en la carpa y sacó a la gitana que a medio calzar salía con su escandalosa cabellera cresa, más desordenada que de costumbre, como si saliera de un terremoto. Los gitanos que discutían con los soldados callaron repentinamente mientras veían como Friedrich se llevaba a la pareja. Otto sintió que las miradas de todos los siguieron hasta que atravesaron totalmente el jardín y pasaron al recinto siguiente, donde estaban los antiguos dormitorios del seminario del Saint Enfant. Durante el camino ninguno de los tres dijo nada, Jazmín tomó a Otto de la mano, con la misma fuerza con la que comenzó su acto amoroso en la tienda de ella. Los dedos se cruzaron, por primera vez en su vida Otto sintió que estaba viviendo, que realmente estaba vivo ahí, yendo al improvisado


calabozo donde recluían a los presos que robaban comida, en su mayoría gitanos. El lugar era una sala subterránea en la que se encontraban los mausoleos de los padres fundadores del Saint Enfant. Las cavernas sobrantes para los padres que siguieran falleciendo, fueron cerradas con barras de acero grabadas en todos los sentidos a modo de cárceles. En una de éstas Friedrich puso a la pareja, que entró cogida de la mano. Cuando estuvieron adentro enredó una cadena metálica a través de los barrotes y cerró de esta con un candado corroído. -Lo siento amigo, voy a buscar la manera de sacarte de aquí. Lamento haberte metido en esto. -Friedrich, tú no hiciste nada. Los dos jóvenes fijaron sus miradas el uno en el otro. Friedrich no pudo contener una pequeña gota de lágrima que se fue deslizando juguetonamente hasta su papada. -Debemos ir a América. Habló por fin Jazmín rompiendo el silencio de todo el camino hasta la gruta convertida en prisión. -¿Qué? ¿Pensabas irte a América? Preguntó confundido Kopp. -Claro que no. Otto explicó a su amigo, ahora su carcelero el cómo pretendían los gitanos llegar al nuevo continente en busca de una zona sin inspeccionar aún por los distintos pueblos que habían allí, era el oeste, un incierto paraje que comenzaba después de la antigua colonia de Oklahoma, convertida en Estado independiente. Era una extraña ruta que la familia Belardi y la tribu capturada planeaba hacer antes de ser apresada por los cerveceros de Buch. -…América es sólo una absurda idea de Jazmín y su familia. Terminó Otto. -A mí no me parece absurda ahora que estás preso Otto. Comento Kopp. -¡Qué! Estás loco. ¿Para qué me iría a América? La respuesta de su amigo dio un nuevo sentido a la opción. -Debes irte a América para salvar tu vida. Sabes bien que lo que has hecho merece pena de fusilamiento. Amigo, te voy a sacar de aquí. Entre los dos estudiaron el juicio que se vendría sobre ellos. Lo primero era saber si Jazmín era la ladrona del anillo, de ser así todo era más grave de lo que imaginaban. La chica juró no sólo, no haber robado la joya, sino que negó rotundamente ser una ladrona. -Pues eso no parece ser tan cierto. –Aseveró Friedrich-. Al parecer te has robado el corazón de mi tonto amigo.


La pareja miró molesta mientras el soldado reía desmesuradamente. Frenó compulsivamente su risa al notar la gravedad de la situación e intentando ser más cuidadoso siguió analizando. Salir de la prisión sería fácil, Friedrich dejaría el candado sin llave, no podía ser esa noche ya que sería muy evidente su ayuda. Así que lo primero sería esperar a que concluyera el caso del anillo y luego esperar el juicio de la pareja. En caso de ser declarados para ser capitalizados, definitivamente tocaba escapar. Llegar hasta el Puerto de Fécamp, al oeste del país. Tendrían que atravesar toda Alsacia. -Usando tu uniforme de Cabo, será fácil. A los comandos que llegues, dirás que Jazmín es una prisionera que debe ser llevada hasta el último campamento Bávaro ubicado en la frontera con Lorena. -Si escapamos, Braun notificara por telegrama a los demás comandos. -Yo me encargaré de que la notificación demore tanto que alcancen a estar en París tomando una locomotora rumbo al puerto. Otto estoy seguro de demorar el telegrama por un mes. Depende de ustedes ser muy rápidos y cautelosos. Pero tengo que empezar a tramar las cosas, sé que todos los cerveceros nos colaboraran, jamás permitirán que un teniente de Múnich les diga que fusilen a uno de los chicos de la Villa. Qué dices Otto, si en su juicio son mandados a capitulación, ¿Van a escapar? Otto quedó meditabundo, voleó su mirada a Jazmín que esplendorosa, lloraba tiernamente junto a él. Secó sus lágrimas usando sus manos y mientras acariciaba las mejillas morenas de ella asentó. -Si la condena es la muerte, nos vamos a América, donde no es delito amar a una gitana.


VII Alsacia, Francia. Noviembre de 1870. Otto abrió sigilosamente sus ojos, estaba devuelta, de regreso a su realidad. Una incandescente lámpara iluminaba con tenuidad el calabozo donde yacía Jazmín recostada en su pecho. Verla amanecer a su costado fue lo suficientemente necesario para devolverle al ahora recluso la felicidad que despertar en medio de su aprisionamiento se había fustigado. Pasó contemplando su hermosura dormilona que suavemente respiraba con la tranquilidad del buda meditando. Su ligera parsimonia, contrastaba con su cruda situación. Quizá sólo bastaban horas para que los fusilaran pero el sueño profundo la situaba en una serena circunstancia, como un puerto tranquilo, minutos antes del tsunami. Otto trató con sus pálidos dedos de desenredar el ostentoso cabello de la chica, que se iba alisando con el pasar de sus manos, y volvía a ensortijarse en las deliciosas ondulaciones que su genética ajustaba. El joven se preguntó cómo nacería un niño de ellos dos, con los lizos marcados de él o el alborotado sensual de ella, si con las pecas rosadas de él o con la tez morena de Jazmín, si sería un bávaro o un gitano. Si nacería para ser industrial como los germanos o artesano como los rrom. Se cuestionó luego, si lo llamaría Abelard como el abuelo paterno o Vittorio como el materno. <<Sería un experimento interesante y placentero>> -Pensó-. Un hijo de ellos dos, de las dos culturas. Sin lugar a dudas algo inaceptable tanto para el abuelo Abelard como para Vittorio. Pues en lo único que los gitanos se parecen a los bávaros es que únicamente se casan con gentes de su mismo origen. Europa era para Otto un lugar incoherente, lleno de cientos de culturas distintas a donde se mirara y todas excluyentes de las otras. Él mismo sentía que había sido un estúpido al pensar en los prusianos con distanciamiento, la guerra le había mostrado que todos los hombres son iguales en sus circunstancias y deseos, sin importar su origen; todos sienten hambre, frío en la noche, miedo en la penumbra y amor en sus esperanzas. Sentía que salir de Buch le había mostrado que la vida más allá de la villa era distinta en forma: lenguas distintas, costumbres diferentes, ideologías disímiles, pero igual en sentido: todos los seres humanos en la tierra, tenían el mismo propósito; superarse en todo momento, es lo que busca por condición propia tanto gitanos, prusianos, bávaros etc. Todos buscaban ser mejor para sí mismo de lo que fueron ayer. Básicamente la diferencia es que unos veían ese progreso con base al escalafón dentro de la milicia, otros con base a salir vivos de la guerra, otros pensaban que la mejor manera de crecer y ser grandes era muriendo por su país dentro de ésta, otros escapando del Saint Enfant. Algunos proyectaban ese desarrollo en volver a ver a sus seres queridos, pero sin lugar a dudas, estaban en todo momento con un deseo en la cabeza, con un propósito que los movía a seguir viviendo. Ahí en medio del único momento en que podía ser feliz antes de enfrentarse a un concejo de guerra, Otto entendió el propósito de su vida. Sobrevivir a esa estúpida guerra que el emperador Guillermo I había inventado como el sentido de su vida, pero no la de Otto. Salir de ahí vivo con Jazmín y llegar a América para conquistar el oeste del mundo junto a ella. La joven gitana finalmente despertó de su sueño. Sus profundos ojos miraban somnolientamente a Otto. Ligeramente se iban abriendo con parsimonia, mientras él acariciaba con sutiles pasos de su


mano, la tersa piel negra de ella. El resto de la mañana, la pareja habló de cómo sería ese hijo imaginario que ambos soñaban en medio de su realidad. -Hubo ya una mezcla entre un rrom y un blanco. Ocurrió en el siglo en el siglo XVI –Le explicó Jazmín-, un gitano llamado Kavi, estaba retenido en España. Era prisionero y cumplía una condena vitalicia. Un día un hombre, un navegante fue a la prisión de Navarra, donde estaba Kavi. El hombre propuso a los presos una oportunidad de salir, viajar con él hasta la India. Como Kavi era un romaní, pensó que era la forma perfecta de volver a la tierra que sus abuelos habían abandonado décadas atrás. Se embarcó en el proyecto y terminó arribando a América, la tierra donde todo es posible, donde por primera vez un rrom y una blanca tendrían un mestizo. Los cálculos del navegante que dirigía el barco a la India fallaron y en lugar de encontrar el sur del Asia, atracaron en el centro de América. Una vez allí, Kavi se quedó con los demás presos vitalicios, quienes prefirieron sobrevivir en la nueva tierra antes que volver a España, por temor de regresar a la cárcel. El navegante junto con otro grupo volvió a España con la promesa de regresar para empezar una expedición por toda la tierra inexplorada. Al principio consideraron que habían llegado a la India y Kavi junto a un grupo de expedicionarios se puso a la tarea de formar un fuerte en un lugar que llamaron, El Salvador. Pasaron diez años y el fuerte se convirtió en una colonia, en la que los presos se convirtieron en hombres de mando, del mismo modo que tú pasaste de campesino a Cabo. Kavi logró una posición como colono de rango medio y fue en una noche que llegó ella, una blanca doncella de Castilla, hija rebelde de un reconocido Marqués de Madrid, que envió a su hija menor para América con la intensión de alejarla de un joven mozo con el que se había escapado del Instituto de la Sagrada Concepción. Catarina Rodríguez llegó a El Salvador en 1502 donde Kavi tenía la misión de ser escolta de la joven doncella durante su estadía. El tiempo hizo estragos en las entrañas de ambos, y la tierra cálida de esa nueva tierra trajo consigo grandes cambios, un gitano se convirtió en colono, muchos presos lograron su libertad y una pareja disímil se unió. Lo que parecía inimaginable ocurrió, un niño mestizo, nació en 1504. El primer Hispano Gitano del mundo. Otto se llenó de total curiosidad, qué había ocurrido con ese infante, cómo era su nombre, sus rasgos. -El niño se llamó Carlos Rodríguez, nunca conoció a su padre ni supo su origen. Cuando el Marqués de Madrid se enteró de lo sucedido, mandó a Kavi a una fuerte expedición por una recóndita región llamada Nueva Granada, se trataba de un enorme terreno lleno de plagas que azotaban a los expedicionarios. La fiebre morena se llevó a Kavi mientras su hijo nacía como el hijo criollo que teniendo su tez morena, gozaba de unos enormes ojos verdes, iguales a los de su madre. Carlos creció con la idea que su padre era un español que había muerto explorando el sur del continente. Esa es la historia que cuenta la canción que yo bailaba esa noche, la primera vez que fuiste a las fogatas de los gitanos. El tiempo pasó fugas como siempre que estaba con Jazmín, las horas se volvían minutos y las leyes físicas en la relación tiempo espacio se convertían en atómicos momentos que al igual que toda materia, se reciclaba hacia el infinito. En esa plenitud, Otto se olvidaba de la improvisada cárcel junto a la tumba de los curas fundadores del Saint Enfant, del juicio que venía a por él pero, hasta los más diminutos electrones se ven condenados al tiempo y por más que la energía en ellos jamás


perezca, algún día dejan su núcleo y hacen parte de otra sustancia, de otra vida, de otro bardo. El mismo criminal llegó, el maldito tiempo llegó para cambiarlo todo. Ese día se apareció a través de Friedrich, quien estrepitosamente abrió la celda de la puerta para avisar a Otto que el momento de consejo de guerra había llegado, la infinidad de estar junto a Jazmín se tornó en algo más real, más finito. La pareja se miró, con la mirada profunda de la última vez. Deseaban amarse por al menos lo que les restaba de vida y pues, quizá así era, probablemente sólo les quedaba ese ínfimo instante de vida. Si la razón de su separación fuera la enfermedad, seguramente les quedarían unos meses más para amarse, mientras la leishmaniosis se llevaba alguno de los dos, pero no, lo que los separaba desafortunadamente era algo más cruel que la enfermedad, quizá hasta más cruenta que la pobreza, lo que separaba el amor de ese bávaro y esa gitana era la más criminal de las razones humanas, la guerra. Ambos intentaron despedirse pero ninguno pudo hablar, muchas lágrimas que caían como las cascadas de la montaña Belardi en España, salieron desaforadas de los ojos negros de Jazmín, y en borbotones estallaban en el arenoso suelo de la gruta en la improvisada cárcel y que hoy es la gruta en la que yace el cuerpo del mismísimo Padre Philippe. Los pectorales de él se hicieron sobre los de ella en un armonioso abrazo de amor, impensable era pensar que los mismos cuerpos que se devoraban en aquella tienda gitana con tanta lujuria, fueran los mismos que tiernamente se abrazaban en medio de su temor por no volver a verse. El más allá tenía que existir, era la única manera de que sus almas siguieran juntas, de no ser así, simplemente habían vivido para amarse tan sólo un instante, el pequeño momento vivido desde que se conocieron en el Saint Enfant. Separarse fue lo más difícil. Otto tomó las manos de ella y retirándolas de su cintura las besó con dulzura. La solloza joven estaba petrificada, se había preparado para todo en la vida; como buena gitana, pero como buena humana que era, no estaba preparada para nada que tuviera que ver con la muerte. Entendía la concepción que su pueblo da al hecho de morir, en el cual el alma queda dilatada en un mundo espiritual ligado al terrenal. Eso era fácil, sólo teoría. Pero tenerlo ahí, frente a ella, sujetando sus manos y Otto pidiéndole que lo soltara, que no sería la última vez cuando todo mostraba lo opuesto. Eso era más real y trascendental que todas las posiciones habidas sobre la vida después de la muerte. Cómo se explicaría así misma que eso le estuviera pasando con un gadje. Finalmente las manos se soltaron, tal como lo hicieron hace cientos de años las de Kapi y Catarina, las de Romeo y Julieta, las de Eveline y Frank… Friedrich abrió la reja y Otto salió. Sentía el fuerte deseo de darse la vuelta y ver por última vez a Jazmín, pero se juró así mismo que no lo haría porque vendrían más veces. La gruta se iba iluminando con la lámpara de kopp, las piedras que componían el pasillo principal hacia la salda, se iban aclarando y volviendo a desaparecer en la oscuridad con el pasar de los dos. Los taconazos de sus botas retumbaban en el lúgubre lugar. Una por una, Otto y Friedrich iban dejando atrás a los padres fundadores del Saint Enfant, luego de unos metros la puerta de caoba que separaba la gruta funeraria del backyard, donde Kopp le contó a Otto, se celebraría el juicio. El Soldado abrió la puerta y la fuerza del sol atacó los ojos de Otto, una multiplicidad de rayos incendiaron su visión, después de adaptarse su iris cerrándose como el diafragma de una cámara,


Otto reconoció al fiscal acusador, era el teniente segundo Adolf Braun. Al juez, un sargento mayor del octavo regimiento de fusileros de Múnich, que dejó a sus hombres en las filas del conflicto en Lorena sólo para asistir al consejo de guerra. El peor era el jurado, compuesto por el kommandant Adelfried Brauer y dos de sus lugartenientes. Para hacer más grande el teatro montado por Braun, alrededor del patio, estaban aglomerados todos los demás soldados de los cerveceros de Buch y los detenidos, comprendidos por curas, franceses y gitanos. Cuando Otto dio su primer paso dentro del espacio destinado al juicio, sintió la atención de todas esas miradas morbosas husmeando en su alma, le olfateaban con sus vistas las emociones, que como buen bávaro trató de disimular. Una vez puesto frente a los distintos representantes de la justicia que Braun se había inventado de manera improvisada, el Juez llamó al orden y en un acto introductorio habló. -Quiero ser concreto con usted cabo Goebbels. Yo he dejado a mis hombres bajo el fuego del enemigo, ellos están luchando por su país. A usted por ser un civil anclado a las actividades del campo y no de la milicia profesional le hemos pedido en nombre del estado de Baviera que responda por los detenidos en esta región obtenida para el imperio alemán en formación. Le hago entonces una pregunta clara. ¿Por qué debe nuestro jurado declarar inocente a un hombre que sólo debía custodiar unos presos y en vez de esto termina con los pantalones abajo, mientras en Lorena sus compatriotas dan sus vidas? La pregunta airó a los espectadores, que comenzaron a bramar consignas contra el comportamiento lujurioso del cervecero. Otto pensó en defenderse de las acusaciones pero sabía que aquel juicio era simplemente un acto protocolario, un menester para justificar ante los altos mandos de Múnich, Berlín y Ulm el fusilar a un soldado bávaro, diezmando así las filas. Llegarían a una razón con peso que consignada en un telegrama sirviera de ejemplo para los demás soldados de la Confederación Alemana regados a lo largo de toda Francia. -La verdad señor juez –Comenzó Otto-, mi error más allá de tener los pantalones abajo, fue que me los bajara una mujer de sangre rrom. Toda la gente estaba alborotada. Entre Goebbels y el juez Adelino Müller, habían trasladado el lío del juicio al público expectante. Las sensaciones de confrontación étnica que creaba una tensa atmósfera en el Saint Enfant, salieron a la luz. Los deseos callados en el pasado por los franceses de querer expulsar de la catedral a los gitanos se volvieron muy sonoros, con arengas que gritaban a viva voz en medio del juicio. Los soldados intentaron inútilmente de aplacar los nervios de punta que tanto zíngaros como franceses tenían en ese momento. En medio de las arengas francesas, un gitano escupió a un cura y se desató una batalla campal. En medio del aglomerado grupo de gentes que corrían de un lado a otro, los soldados Bávaros intentaron frenar el desorden con bastonazos que golpeaban a diestra y siniestra sin tener claridad de a quién golpeaban. Los sacerdotes intentaron alejarse de la situación. Pero en el momento en que se alejaban del patio rumbo a los salones del seminario. Un rrom gritó –Ellos son los causantes de que nos humillen, y ahora se van a escapar. Todos los gitanos se abalanzaron sobre los religiosos evitándoles el paso generando una ola de violencia que involucró hasta los miembros del juicio. Poco a poco los franceses empezaron a responder a los golpes de los soldados y dejaron a los gitanos, luego los mismos zíngaros arrancaron a atacar también a los bávaros y la contienda tomó


otro rumbo, el de un motín de los presos quienes vieron la oportunidad perfecta para tomarse Saint Enfant. Uniéndose en grupos, los franceses tomaron piedras, palos, jarras en vidrio que quebraron con la intención de agredir a los soldados bávaros. Las gentes iban y venían, los miembros del juicio dejaron sus lugares y el Kommandant Brauer desenfundó su Heckler semiautomática y soltando unos perdigones en ella asestó a disparar hacia el cielo. El retumbar de la bala hizo que todos temblaran por un instante, los ojos de la muchedumbre se posaron en el kommandant y acto seguido todos los presos se arremolinaron por todo el patio de oraciones lanzando las piedras que tenían en la mano. Otto trató de resguardarse corriendo en dirección de la gruta de las tumbas. Salió disparado, empujando al cúmulo de personas ensangrentadas que en medio de su desespero mezclaban sus rojizas hemorragias, entre los disparos de los soldados y las piedras de los amotinados. Vio sus ropas enlodadas de sangre pero no sintió ningún dolor, tampoco la sensación de haber sido impactado por algún perdigón o alguna jarra. Pensó que la emoción del momento y el tratar de salvar su vida habían calmado en sus nervios dichas sensaciones. Corrió y corrió hasta toparse con la puerta de la gruta. La golpeó con tanta fuerza que una de las tablas se quebró por la mitad. Una vez destapada la gruta de los padres fundadores, el gentío se metió a borbotones. Otto entró lo más rápido que sus piernas pudieron para evitar ser aplastado. Las voces detonantes del gentío se sentían más sonoras dentro del eco que se generaba en los estrechos pasillos de las escaleras que dirigían a las tumbas. Todo era oscuro, y de no ser, por el tacto de sus manos sobre las frías paredes, se sentiría como si el espacio fuera vacuo, y eterno. Pero la verdad era que el oxígeno se percibía denso, casi seco. Ya antes lo había notado, pero al estar con decenas de personas detrás de él en ese reducido espacio, sus pulmones se desdoblaban por tomar siquiera una migaja de aire mezclado con polvo. Los gritos secaron y fueron reemplazados por bronquios tosidos. Otto siguió y siguió corriendo por el oscuro pasillo hasta que oyó una voz, era Jazmín. Pateó las rejas de la celda con la esperanza de que alguna cediera como lo hizo la puerta principal, pero era inútil, la habían soldado con gran presión y sus fuertes patadas eran suaves caricias para la aleación metálica. Desesperado por no poder sacarla se tumbó en el suelo. -¿Qué es ese ruido? ¿Qué está pasando? Otto le explicó lo sucedido a la joven. Los dos notaron que la muchedumbre se había quedado en el pasillo principal de la gruta y sus voces generaban un eco incomprensible desde la celda al final del túnel en la que ellos estaban. Planearon hacer algo, pero Otto se dio cuenta que lo único que podían hacer era esperar, no sabían quienes habían entrado y la gruta sólo tenía una salida.


VIII Alsacia, Francia. Noviembre de 1870. Otto se levantó, no estaba muy seguro pero ya habían pasado varias horas desde que él y la muchedumbre se metieron en la gruta. -¿Qué haces? Preguntó Jazmín asustada. -Voy a salir, ya no escucho voces. Era verdad, el eco de las personas se había apagado, como si todos hubieran salido de la gruta o estuvieran muertos. Otto comenzó un sigilosos caminar rumbo a la salida, dando pasos lentos se fue alejando de jazmín hasta que de repente se escuchó un fuerte estruendo de balas, seguidas por muchos chillidos de dolor. Luego, la paz de antes, todo en silencio. -¡No vallas, Otto! El joven se devolvió con paso ligero hasta jazmín que sollozaba arrodillada junto a las rejas de su celda. Una rítmica marcha se sintió, los dos percibieron que tal sonido sólo podía ser producido por las botas de charol y cuero que usaban los soldados del teniente Adolf. A medida que su marcha se sentía más cerca, se vio una luz comenzar a alumbrar el lugar, tanto la luz como la presencia de los soldados se hacía más visible con el pasar de los segundos. Otto se dio por vencido ya estaban sobre él. Se trataba de 5 hombres, todos los reconoció al instante, eran Friedrich y cuatro de Los cerveceros de Buch. Friedrich se dirigió a la celda y la abrió. -Sal –Ordenó Kopp a la gitana-, todo está hecho una mierda. Los amotinados han escapado de la catedral y los soldados andan por toda la ciudad buscándolos. –Se giró a Otto y alumbró en su dirección-. –Amigo, no sé si vuelva a verte pero mucha suerte, a donde sea que vayas. Los soldados se fueron y Otto se quedó nuevamente en medio de la oscuridad con Jazmín, que salió y se inclinó en su hombro aferrándose con sus brazos a los de él. Esperaron más tiempo abrazados, como esperando morir al menos juntos, pero no sucedía nada. El tiempo en medio de sus susurros y la oscuridad se volvió perpetuo, así que el joven cervecero se armó de valor y decidió salir a ver la situación. La pareja fue paulatinamente alejándose de la celda, dando pausadas pisadas y deteniéndose de vez en cuando, intentando descifrar con sus oídos lo que se encontrarían más adelante pero no se percibía nada. Dando más pasos sintieron tropezar con algo en el suelo. Ambos se agacharon al unísono para ver con su tacto lo que estaba en el suelo. Palparon y sintieron la carnosidad de un ser humano frío, su piel era tan helada que llegaba a ser calcinante para las yemas de sus dedos. Jazmín pegó un grito de desesperación y se devolvió corriendo. Sus gritos eran escalofriantes pero él no sintió temor, pues era claro que ahí solo estaban ellos dos y el cadáver con el que tropezaron. Cuando los pasos y gritos de la rrom se aplacaron, él se devolvió para motivarla a seguir adelante.


-No voy a salir. Otto la tomó con ternura para tranquilizarla y le susurró. -No podemos quedarnos aquí toda la vida. En algún momento tendernos que salir. -Ellos están esperando a que salgamos para matarnos. -Nadie nos va a matar. Si lo quisieran, así lo habrían hecho hace mucho. La pareja volvió hasta el lugar del cadáver, pasaron por encima de éste y de muchos cuerpos más. No se veían, pero su aroma, sus texturas que eran captadas por cada pisada en falso en la que sentían la plenitud de sus entrañas sangrando aún después de muertos, causaban en la chica una asquerosa sensación nauseabunda. Finalmente al estar frente el primer escalón que subía hasta el patio de oración, se divisaba la luz del exterior. Otto se volteó y le dijo. -No temas, ya hemos caminado encima de la muerte, ya hemos violado los códigos de un bávaro y una gitana y aun así aquí estamos, vivos y juntos. La guio a subir y una vez a fuera vieron el horror, los cuerpos imaginados en la gruta se volvieron más certeros, se trataba de dos franceses caídos de bruces. Uno sobre el otro, sus manos tratando de cubrir sus cabezas y un par de balas de mosquete atravesándolas hasta su coronilla. Otto enmudeció, jamás pensó que esa majestuosa catedral gótica fuera el escenario de tanto odio. La guerra lo había cambiado todo, a Saint Enfant por el infierno y a él, de soldado a fugitivo. -¿Ahora qué vamos hacer? Otto miró el asiento en el que estaba sentado Brauer durante el pequeño juicio, luego divisó una consigna en francés en lo alto de la pared que se paraba el patio del resto de la catedral y que jazmín alguna vez le había traducido. María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. -¿Adónde iras, eres un soldado bávaro? Volvió a preguntar jazmín en su desespero. -No, ya no –Contestó él-, ahora soy tuyo y tú mía. Soy rrom y cumpliremos el sueño de nuestro pueblo, ir a la libertad, ir hasta el occidente detrás de la estrella guía. Fue por una soga que encontró al final de la columna de oración, era la que los sacerdotes usaban para elevar la bandera de Alsacia y que ahora estaba sin bandera. Soltó la soga y ató una de las puntas a las muñecas de jazmín. -Ahora eres una prisionera que llevó para ser presentada a los altos mandos de la invasión en Lorena. Con esa mentira atravesaremos los comandos de Alsacia, ese será el primer paso para llegar a América. Fueron por algunas provisiones para el camino, una lona de hilo vacía en la que Otto pretendía meter las semillas y frutos de lúpulo alsaciano que Jazmín le había mostrado y que según ella, crecían silvestremente a media hora de camino rumbo a Lorena. Salieron de Saint Enfant cruzando los restos de los saqueos y pérdidas tanto humanas, como materiales que el motín había dejado. Al salir, sintieron la desolación de la ciudad, toda empedrada con minúsculos andenes de adoquín


desgastados por el tiempo. Un profundo vacío rodeaba el ambiente, se sentía por la invasión de los alemanes confederados la noción de pueblo fantasma. Recorrieron el borde del río Ill hasta su cruce rumbo al resto de Francia divisando grupos de gentes que corrían al ver el uniforme de cabo de Otto, eso era precisamente lo que esperaban, que todos pensaran que ella era una retenida y que él la llevaba rumbo a un cruel destino en la siguiente base tomada por los alemanes para prisioneros de guerra. Otto recibía los telegramas de la base en Lorena, sabía que se trataba de una escuela de para señoritas y que la sala de ballet era el cuartel improvisado desde donde le enviaban los informes y novedades de los fusileros en combate. Se estaba preguntando si ir allá sería prudente, que unos comerciantes de Estrasburgo se creyeran el cuento del centinela y la capturada era una cosa, pero que se lo creyeran en el cuartel de Lorena quién sabe. Donde estuviera alguno de los participantes en su juicio, como el kommandant Brauer, seguramente sería hombre muerto. Otto tuvo la precaución de cambiar su casaca por la del otro cabo, así que no portaba la sintilla de Goebbels, sino Bauman. Pero eso no era garantía de que su treta resultara bien. Por otro lado llegar a pie hasta Lorena sería fácil, pero de ahí, sobrevivir sin provisiones y sin dinero en medio de una guerra que había puesto los precios de todo a un alza nunca vista, era prácticamente imposible. El Franco Francés había quedado en una posición tan vulnerable, que lo que antes costaba la cena de una semana era el costo de la cena de un día. La situación bajo la invasión de la Confederación, llevaba a que familias enteras comieran un solo plato entre todos. El dinero empezó a escasear y las mujeres pagan con trabajos sexuales en muchos casos por los productos que adquirían, Otto vio en su camino a Lorena como las jóvenes de narices respingadas de los suburbios en Estrasburgo, le ofrecían sus nobles muslos a cambio de muslos fritos con salsa. La situación con la comida era tan cruenta que las gentes comenzaron a comer todo tipo de animales para sobrevivir. ÉL vio que en las esquinas, los pocos habitantes que seguían en la ciudad, cocían los caracoles que traían a borbotones los niños, desde los campos a donde ellos se dirigían. Iban a unos campos llamados Champs de Bourgonge, donde recolectarían las plantas de lúpulo para el viaje a Estados Unidos y empezar una empresa cervecera al llegar al puerto de Massachusetts. Subieron por una colina boscosa hasta la cúspide, donde Jazmín empezó a correr. Se sentía tan feliz de salir de Saint Enfant que dejó de lado la cruenta situación y se tiró a rodar colina abajo. Otto divisó la parte oeste de la ciudad, atravesada por el río. La parte posterior del risco, mostraba a Baden, el muchacho tuvo de momento un profundo deseo, el de volver. Pero regresar sin la tropa significaría deserción, lo único que encontraría sería un pelotón de fusilamiento. Jazmín recorrió la base de la colina como una abeja transportando el néctar de una planta a otra, Otto se recostó mientras unos niños cazaban caracoles para la cena. Jazmín finalmente llegó hasta él y soltando su falda dejó caer lo que había estado recolectando por todo el campo. Cientos de semillas, tallos y frutos cayeron frente a él, tomó uno y revivió el momento en que la conoció, durante la fila en el censo. Eran las mismas plantas de lúpulo que Friedrich le había mostrado. Así que provenían de esa colina, le costaba reconocerlo, pero la verdad era que valía la pena anexionarse Estrasburgo para Baviera. Todos los enormes acres que se levantaban divisando la ciudad, estaban recubiertos por las trepadoras plantas de lúpulo, que <<espiraladamente>> invadían los enormes y frondosos árboles. También notó que las hojas de este lúpulo eran extrañas, a diferencia de lo que él siempre había visto, estas hojas eran lobadas por 7 salientes, contrario a lo


usual, de sólo tres. Trató de buscar machos pero era difícil, este lúpulo era tan preciso, como si quisiera convertirse en cerveza. Prácticamente los champs de Bourgonge estaban creados para que los bávaros lo tomaran y formaran la cerveza del futuro, una amargada con esta curiosa mezcla que Friedrich había pensado, cebada sureña y lúpulo alsaciano. Tomó el maletín del ejército y metió dentro todo el bolsillo principal hasta atiborrarlo con semillas y algunos frutos, volvió a mirar la ciudad y le dijo a Jazmín, que bailaba por el campo. -Despídete, esta será la última vez que veas Estrasburgo. La chica se detuvo, giró su vista a la urbe y se quedó en silencio por varios minutos. -Jazmín, ¿A cuánto estamos de Lorena? -Si tuviéramos caballos, estaríamos en uno a dos días en Nancy, donde está la siguiente base confederada. La respuesta aterrizó a ambos, sólo contaban con unas previsiones de comida, un arma, un campamento de montaje, algo de comida y algunas copas de oro robadas a los sacerdotes de Saint Enfant. Llegar hasta el puerto de Boston llevaría mucho más que ánimos. Definitivamente tendrían que llegar hasta la base de Nancy y correr el riesgo de poder seguir con algún pelotón bávaro hacia el este. Acordaron que su treta sería decir que Jazmín era una espía capturada por él y que tenía órdenes de llevarla frente a los Mayores en combate por su alto conocimiento sobre una supuesta entrada de España en la guerra. No se sabía cómo reaccionarían los soldados reguardados en la Escuela de Ballet-base, pero sin la ayuda de éstos, jamás saldrían de la punta este del país. -¿Qué haremos cuando logremos que nos lleven frente a los fusileros? Preguntó con susto la joven. -Tendremos que escapar, seguramente para cuando nos lleven frente a los fusileros en combate, la tropa estará entre la frontera de Lorena con Champaña (la siguiente provincia). Ahí tomaremos una locomotora, todos lo hacen. Huyen de la guerra usando la locomotora que va a Paris. La joven se recostó sobre el hombro de Otto. -Vale, hagámoslo, lleguemos hasta América. Lo primero es conseguir un par de caballos, yo sé dónde conseguirlos.

Granos de Cebada Germinados.  

Trabajo colectivo en el que el Profesor CT busca que sus alumnos entiendan la historia de Alemania a través de una novela escrita por ellos...

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