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Recojo el guante de abrir estas jornadas de investigación urbana agradeciendo a los organizadores su gentileza al haberme invitado, y a todos vosotros la molestia de haber venido, pero vaya por delante que no soy experto en cuestiones estrictamente urbanísticas (si es que existe tal cosa) y por tanto mi ponencia será de tono especulativo, confiando en que aquellas cuestiones que resulten más polémicas sirvan para la reflexión común, pues no tengo certezas ni verdades que ofreceros.


He titulado mi charla “Localización imaginaria de la experiencia multitudinaria” como redacción alternativa del título de la convocatoria, “Fenómenos concretos en territorios difusos”, y dedicaré la primera parte a reflexionar sobre cuestiones metodológícas que considero interesantes en relación a ciertos discursos del urbanismo reciente, y luego centraré la charla en exponer brevemente algunas ideas sobre las características de la Monumentalidad.Espero que mi ponencia no resulte demasiado abstracta ni demasiado reiterativa, he buscado un equilibrio entre la exposición clara de algunos conceptos para aquellos menos familiarizados con ciertas narrativas, y la minuciosidad que seguramente demandarían los ya curtidos en estos temas. Insisto en la naturaleza especulativa de lo que os voy a contar: el ensamblaje de ideas que propongo está abierto a las críticas, aportes y refutaciones que consideréis oportunas.


Quisiera centrar la atención sobre la pregunta implícita en el enunciado que titula la convocatoria, esa fractura entre “fenómenos concretos” y “territorios difusos”, que considero invita a unas meditaciones sobre las posibilidades, mecanismos y limitaciones inherentes al acto mismo de concretar. Esa disparidad entre “lo concreto” y “lo difuso” da lugar en ocasiones a prejuicios y mixtificaciones, pues ambos conceptos son potencialmente capaces de fundar estrategias de conocimiento eficaces, aunque no siempre compatibles entre sí, y sobre esa fractura me gustaría reflexionar.


Creo para empezar que todos los territorios han resultado igualmente confusos y problemáticos para los urbanistas que han tenido que estudiarlos en cada momento de la historia, el territorio no es ni más ni menos complejo de lo que ha sido siempre, pues lo presente se nos da siempre bajo la misma desnudez e incertidumbre que quizás muchos sentimos ahora, y que son la condición misma de la historia viva: no saber, tener que aprender.En su inmanenecia, en su “realidad” el territorio es perfectamente concreto y único, no esconde nada, es pura elocuencia honesta, y es competencia nuestra inventar los dispositivos de lectura que encuentren su sentido.


En cualquier caso, esa fractura estratégica entre lo “concreto” y lo “difuso” es lo que más me interesa. El diálogo entre ambos términos merece ser repensado en relación a ciertas prácticas generalizadas en el conocimiento contemporáneo, que en ocasiones frivolizan con el glamour de lo indefinido cayendo en errores conceptuales fundamentales, o en analíticas estérlies. Reordenar las posibilidades de la concreción y la difusividad quizás aporte una nueva perspectiva sobre en qué consiste el entendimiento, en qué términos es posible, y cuáles son sus límites reales.


Por tanto, la interacción entre lo concreto y lo difuso es un problema fundamentalmente epistemológico, de entendimiento. Insisto en que no hay territorios ni fenómenos ni más ni menos concretos o difusos que otros, más que en la medida en que lo sean los modelos con los que pretendamos abordarlos. Hay que aclarar las formas y los límites de lo concretable.


Como ya sabéis, la epistemología es (resumiendo mucho) la ciencia del conocimiento, la rama de la filosofía que se ocupa del estudio y valoración de los procesos intelectuales y las metodologías que median entre el analista y el objeto de su análisis (cuestionando incluso la escisión entre el analista y lo analizado). En epistemología se trabaja con conceptos generales, a los que se somete a un ejercicio crítico en función de los presupuestos que vayan implícitos. Su labor es detectar contradicciones y consistencias, lo correcto y lo menos correcto en la aplicación de categorías generales de entendimiento a cada disciplina del saber.


Es por tanto un campo trasversal a los dominios históricos del saber que hemos institucionalizado: sociología, física de partículas, biología, urbanismo o psicología, todas las ramas del saber, mantienen un diálogo de ida y vuelta con el marco epistemológico del que se sirven para fundamentar su trabajo. En realidad el contenido estricto de la epistemología son las demás ciencias vaciadas de su contenido temático específico: es el campo donde se debaten los métodos y criterios generales, permitiendo el intercambio de experiencias entre disciplinas.


De esa confluencia de aportaciones y recepciones desde los distintos campos del conocimiento, aparece consciente o inconscientemente un “paradigma” epistemológico, que vendría a ser el suelo común a todas las prácticas específicas, y en el que se recogen las “verdades” naturalizadas y compartidas por todas ellas. Para que nos hagamos una idea, el paradigma medieval estaba presidido por la problemática teológica (que afectaba desde la botánica a la política), mientras que el paradigma moderno dará por válido en todas sus vertientes (por supuesto con excepciones) la idea del tiempo como progreso. Hay quien niega la existencia de los paradigmas, pero lo cierto es que la interdisciplinaridad de la ciencia y la técnica contemporáneas ha obligado a que muchos campos del conocimiento hayan optado por compatibilizar sus métodos, categorías y conceptos, dando pie a un “paradigma” invisible, o si se quiere una “atmósfera” general que me gustaría poner en crisis.


El problema, y vuelvo a la fractura entre lo difuso y lo concreto, es “CÓMO CONCRETAR”, o más bien, cómo describir, cómo pensar, cómo modelizar, pues aún no tenemos claro que lo difuso sea por sí mismo un signo de ambigüedad, indefinición o desconocimiento. ¿En qué lo difuso se opone a lo concreto como el “antes” y el “después” del proceso analítico?


Pongo un ejemplo para ilustrar el problema. Imaginemos que estamos realizando un estudio en un determinado campo para el que contamos ya con una serie de categorías heredadas que nos sirven para ordenar los fenómenos que se nos van presentando. En este caso, supongamos que conocemos por un lado los fenómenos que denominaremos del tipo “a”, que ilustramos en azul”…


… y por otro los fenómenos que denominaremos “tipo b” y que ilustramos en amarillo. Estas dos categorías clasificatorias nos sirven para ordenar todos los nuevos fenómenos que se nos vayan presentando (todo nuevo fenómeno es o bien de tipo a, o bien de tipo b), puesto que conocemos perfectamente los atributos de cada uno de ellos, y nos bastan para llevar a cabo las valoraciones que necesitamos (en este caso, para que lo entendáis mejor, pongo el ejemplo de lo rural y lo urbano: hasta no hace mucho, cada punto del territorio era clasificado en uno u otro sentido).


La dificultad aparece cuando se presenta un fen贸meno nuevo e irreductible a ninguna de las categor铆as anteriores, pues parece situarse en un espacio intersticial entre ambas que no hab铆amos previsto, . En ese caso, y resumiendo con trazo grueso esta cuesti贸n, planteamos que se presentan fundamentalmente dos opciones:


Una opción es considerar que dicho fenómeno tiene la sustancialidad, autonomía y consistencia propias que le harían merecedor de recibir su propia categoría independiente (en este caso de color verde, el color intermedio entre el azul y el amarillo), dando entonces por ello que posee comportamientos específicos, su propia singularidad


Y la otra opción consistiría en no constituir una categoría específica para él, y describirlo en referencia a las categorías que teníamos de antemano, es decir, lo definimos como “fenómeno híbrido entre el azul y el amarillo”, suponiendo que todos sus atributos son comprensibles como articulación de los atributos del azul, y los atributos del amarillo.


Sobre esta distinción, entre lo (entre comillas) “concreto” y lo “híbrido”, es sobre lo que me gustaría reflexionar, pues conforme a las exigencias epistemológicas de una y otra opción, cada camino presenta sus propias condiciones, posibilidades y limitaciones.


Resumiendo diría que la primera opción, la que inventaba la categoría del fenómeno “verde”, se basa en el trabajo con identidades o sustancias, (sustantivo)


Mientras que la opci贸n de lo h铆brido es ante todo un trabajo con procesos. (transitivo)


La distinción puede parecer irrelevante, pero si realmente queremos llevar hasta las últimas consecuencias cada una de las opciones y sacar con rigor el máximo partido, conviene aclarar cuáles son los fundamentos lógicos que subyacen a cada uno de los caminos, pues en definitiva cada uno de ellos implica una concepción diferente sobre lo que es la concreción (tal vez el procesado de una identidad, o tal vez la identificación de un proceso).


Casualmente, cada una de las opciones tiene su propio suelo filos贸fico: las identidades son id贸neas para el trabajo en l贸gica concreta, y los procesos son los sujetos de la llamada l贸gica difusa (que recordemos son ambas las palabras clave del enunciado de la convocatoria).


Vayamos con la lógica concreta, que todos conocéis pues es la aristotélica que ha protagonizado la ciencia occidental desde su origen en Grecia, y que ha ido evolucionando hasta Hegel, Russell, Wittgenstein y otros: es la lógica de “cosas”, de “objetos”, de “individuos” que son Uno. Antes de nada aclarar que cuando hablo de “identidad” (un término que en filosofía ha dado pie y sigue dándolo a innumerables debates y matizaciones, y cada cual puede entenderlo de una manera) me refiero a la propiedad de cualquier ente por la cual éste es lo que es, homogéneamente: es decir, por ejemplo un gato tiene hocico, patas, ojos, nariz, etc. pero en cada uno de los puntos de su cuerpo es igualmente “gato”, es su “gateidad” por así decir. Y si ese gato es Garfield, su identidad como Garfield es la condición homogénea por la que no Garfield no es los demás gatos. Su identidad.Esta lógica se basa en el principio de identidad A=A, es decir cualquier cosa es igual a sí misma. Los objetos con los que trabaja son discretos (es decir independientes, está separado de los demás), es individuante pues produce individuos, es discriminiatoria (pues si algo es A no es B, es decir, funciona señalando límites entre los operadores que maneja) y ofrece resultados absolutos, totalizantes. Suena abstracto pero es, en definitiva, la lógica de los silogismos que se estudia en bachillerato… Y la propia de casi todo lo que hemos estudiado la gente de cierta generación, a los que por ejemplo nos han explicado la historia con figuras individuadas como “una reina loca”, una ciudad, una guerra, un período… identidades autónomas conjugadas por tímidas relaciones de causalidad sucesiva (una cosa lleva a la otra… etc.). Es ante todo extensiva, trabaja con extensiones. Pero sobre todo, es sustantiva.


La lógica difusa, que es la más adecuada para el trabajo con procesos, se basa en que sus operadores son relacionales, es decir los resultados se dan como balance de correspondencias entre parámetros. No trabaja con valores absolutos del tipo A=A, sino con valores ecualizables del tipo “Un poco A”, “mucho B”, permitiendo transiciones continuas (es decir, el paso de A a noA no es a través de una frontera clara, sino que es progresivo, es por así decir un “sfumatto”, la identidad no es abslouta sino que se curva). Por tanto no es discriminatoria pues todos sus parámetros son relativos entre sí, se definen por la convergencia de sus dinámicas.


23.Esta lógica ha tenido gran popularidad en arquitectura gracias al éxito del movimiento del parametricismo, del que Patrick Schumacher es el mayor valedor, y que como sabéis se basa en que la determinación de la forma viene dada como resultado dinámico de las diferentes interacciones a las que es expuesta (del tipo vestíbulos de aeropuertos que se amplían y reducen en función de la cantidad de usuarios a cada momento, y similares).pieles con diferentes grados de permeabilidad en función de las condiciones ambientales, o cualquier otro tipo de elemento que sea capaz de variar su comportamiento dinámicamente en función de los estímulos entre los que media.También tuvo gran éxito en la invención de aparatos de domótica, Reguladores dinámicos de dispositivos (que ajustan por ejemplo la cantidad de luz en función de la iluminación a cada instante, etc.)… y también se ha utilizado en experiencias de urbanismo en las que se trabaja con intensidades dinámicas más que con parámetros extensivos, por ejemplo en evolución del uso de la ciudad a lo largo del día, densidades, tráfico, también meteorología, etc. (y seguramente en muchos otros temas que no conozco)


Pero en resumen, si algo caracteriza a la lógica difusa es que trabaja fundamentalmente con procesos, es decir con interacciones. Hay que tener presente que lo que define a un proceso es que implica una variación del estado de cosas en un momento dado, y dicha variación se da necesariamente a través de la interacción con el medio. Insisto en que es un trabajo en el que las identidades, en el límite, no son sustancias, sino intensidades puras, algoritmos de correspondencia entre imputs y outputs.


Entonces, el trabajo sobre procesos se basa en definir las entidades (las cosas) no por su identidad sino por su potencia de interacción. (es decir, el gato no se define por su gateidad, sino como la multiplicidad formada por la suma de arañar, ronronear, huir de los perros, gustar de ciertos alimentos, etc… por los parámetros que rigen sus modos de relacionarse con su medio) Si algo ha favorecido el éxito de las metodologías de los procesos frente a las que se sirven de identidades, es que las primeras son computables. Es decir, un ordenador es una herramienta magnífica en el cálculo de lo relacional, pero es pésimo en los significados. La computación permite el trabajo con gramáticas, pero no con semánticas. Evidentemente los ordenadores han sido una revolución en la ciencia y la vida cotidiana en los últimos 30 años, pero cabe llamar la atención que más que por su mera condición de utensilio pasivo, ha incidido en las propias metodologías de trabajo al obligar a orientar las investigaciones para que sean computables, es decir, procesamiento de información. El gran cambio paradigmático que supone el ordenador no es sólo su enorme capacidad de cálculo, sino el hecho de que cada vez tendemos más a investigar la realidad desde parámetros que sean calculables. Verbos pero no sustantivos. Ello nos sitúa en el terreno de la cibernética, que contrariamiente a la idea popular de que se trata de una ciencia orientada al trabajo con máquinas, lo cierto es que sus metodologías son aplicables a todo tipo de sistemas complejos que operen por dinámicas de interacción (por ejemplo un ecosistema más o menos autosuficiente es una figura cibernética). Es decir, evidentemente estamos en la sociedad de la información pero insisto en que no se trata de cualquier tipo de información, sino únicamente gramatical, no semántica. En el mundo de los significados los ordenadores no pueden hacer absolutamente nada.


Y si hablamos de sociedad de la información, el siguiente punto clave del paradigma que estoy intentando esbozar son las Redes, omnipresentes en cualquier campo hoy en día (redes neuronales, urbanismo, ecología, genética, etc.) pese a que en ocasiones se pasa por alto lo específico del trabajo con ellas. Y es que la red no es un tejido que une objetos o entidades, sino que es una red de redes, en los que los puntos singulares son estrictamente cruzamientos de la red, y ahora os explico a qué me refiero.


Si algo aporta a la ciencia contemporánea su recurso al paradigma de las redes, es porque éstas carecerían de sustancia o extensión: se caracterizan estrictamente por ser flujos (es decir, caudal con dirección, basada en diferencias de potencial) , son en realidad procesos (es decir una red es el modo de estructuración de un proceso, insisto en que no son “cosas”, es un tipo de formalidad adimensional), son dinámicas, relacionales e ilocalizables mientras no actúan.


Se ha hablado mucho de las redes (sobre todo a raíz de la revolución que supuso internet en nuestras vidas) pero recordemos como los investigadores más notorios primero a Manuel Castells (pionero en el estudio de la sociedad informacional articulada alrededor de flujos y redes, a la que describió con cautela al advertir las peligrosas relaciones de poder a las que se prestaban), Gilles Deleuze (que definió el paradigma del rizoma, que ya conoceréis), y a Bruno Latour, gran ideólogo del modelo del actor-red o actanterizoma, y que últimamente está teniendo una influencia importantísima en antropología, tecnología y filosofía de la ciencia.


Antes de hablar de Latour, introducir una tendencia cada vez más en alza en el tipo de ambientes en los que se desarrolla el paradigma que estoy describiendo, y que es el posthumanismo, o la cancelación de la especificad de lo humano como agente en el devenir de lo real. El post humanismo es la consecuencia lógica del imperio de la ciencia de la información que, al carecer como he dicho de contenido semántico, hace que el ser humano pierda todas las cualidades que durante siglos le atribuimos, y para explicar esta idea me serviré de Latour.


El paradigma del actor red se basa para empezar en considerar que las personas y los objetos son exactamente lo mismo, y no hay diferencia entre ellos en cuanto a su capacidad de incidir en lo real o participar en procesos. Latour basa su modelo en la postulación de un modelo de redes sin sustancia en el que la “autoría” de los acontecimientos no corresponde ya al ser humano, pues éste es en todo caso consecuencia también de la causalidad general, es decir, el otorga “agencia” (o dignidad de actor) a todas las entidades por igual. Afirma por ejemplo que las relaciones humano-objeto son exactamente iguales a las relaciones objetoobjeto.Pero lo específico de su forma de pensar es que reduce todo a relaciones sin sustancia, convirtiendo al actor en una multiplicidad definida estrictamente por sus potencias de interacción. Es decir según Latour, si el mundo es una red de redes, al hacer zoom sobre sus nudos sólo encontramos otras redes, redes de procesos locales que se hacen y deshacen en todo momento. El estudio de un determinado fenómeno pasa entonces por “deshacerlo” en las multiplicidades que inciden sobre él (las variables que consideramos que toman parte en ese proceso) y despreciamos el resto como una “caja negra”. En su trabajo no distingue entre lo local o lo global, ni lo micro de lo macro, pues todo se trata en cualquier caso de procesos, relaciones, interacciones, comodificaciones, que hay que “desencriptar” en cada ocasión. Cada actor es una red de potencias de interacción en constante evolución en función de sus encuentros. Las redes no tienen sustancia, es decir no van por ejemplo de ordenador a ordenador, sino que pueden ir por ejemplo de ordenador a cuenta corriente, o a patata, a elementos de reinos diferentes, y de ahí el compromiso exigido en el momento de problematización del análisis.


((( el post humanismo lleva a estudiar la ciudad con independencia de la agencia humana, analizando su evoluci贸n aut贸noma en forma de mutaciones morfol贸gicas explicables por su condici贸n de organismo)))


Esta postura le lleva a afirmar que lo social es un verbo y no un sustantivo, de lo que se deduce que no hay pueblos ni personas (pues lo que define a semejantes individuaciones son sus interacciones con su afuera y dichas interacciones las modifican, por lo que sólo importa la interacción)…


… lo cual viene a confirmar lo que decíamos al principio sobre este paradigma en el que nos estamos moviendo: no hay identidades, sólo procesos. Esta disolución de “lo humano” en el mundo supone un grave compromiso para la sociología y la antropología clásicas, que seguían definiendo las comunidades mediante la dialéctica oposicional (es decir, alguien es gallego como diferencia de los que no son gallegos) y que por tanto recurría a clasificaciones y tipologías sociales y culturales perpetuables, a diferencia de este tipo de aproximaciones en las que todo se hace y se deshace constantemente. En el modelo de la lógica difusa, los procesos, la computación y las redes, todo es transitivo y transitorio. Es decir el mundo está siempre en transición, no hay nada que no sea una crisis, el tiempo es crisis. No hay “mesetas” nio períodos estables en el tiempo.


Y el modelo de articulación política que se está utilizando para describir a las sociedades contemporáneas propias de esta estructura es el de Multitud, diferente a las viejas filologías de “Clases sociales” y demás forma de individuación mediante identidades.


Por lo visto el primero en hablar de la multitud como cuerpo político legítimamente soberano fue Spinoza, pero luego en los últimos 50 años cobraría fuerza en la esfera del post-marxismo, el anarquismo y el liberalismo a través de su reivindicación por parte de Deleuze y Guattari, Antonio Negri y Michael Hardt, o Paolo Virno (maurizio lazzarato…)


36.Spinoza definía la multitud como opuesto al “Pueblo” hobbesiano, que se debía a un estado homogéneo al que era fiel. La multitud en cambio define a la sociedad como multiplicidad de multiplicidades, a muchos en cuanto muchos, una forma de socialización caracterizada porque las comunidades se crean y se destruyen en función de sincronicidades más o menos efímeras, en las que los sujetos pueden entrar o salir libremente, construidas sobre la alianza y no sobre cartas magnas. Refiere por tanto un cosmopolitismo pluralista basado en la diversidad de ciudadanos y su creatividad para reorganizar sus estructuras económicas, afectivas y simbólicas a cada momento… Estos pensadores son fuertemente críticos con la idea de “identidad” al considerarla una categoría coercitiva que limita el desarrollo pleno de las propias potencias, y en definitiva reivindican una sociedad en red, procesual, abierta, indefinible, no excluyente y multitudinaria. Seguramente lo más influyente de esta perspectiva sobre el urbanismo sea la reconsideración de lo pequeño, de la dignidad de las pequeñas y efímeras formas de socialización que se producen localmente y que no por no estar reconocidas institucionalmente dejan de merecer derechos.


Esta constelación de ideas que acabo de exponer, pese a abarcar criterios y experiencias de diferentes campos, componen una especie de “atmósfera” intelectual habitual en muchas de las investigaciones contemporáneas. Lógica difusa, sociedad de la información, sociedad en red, sistemas complejos computables, multitudes… Todas ellas tienen en común en mi opinión la primacía de lo procesual sobre lo identitario, es decir, su axiomática epistemológica prescinde de la especificidad de las “sustancias” y se centra en la consideración de potencias de interacción.


A menudo, en el campo de la literatura urbanística estas aproximaciones vienen revestidas de la retórica de lo híbrido, lo trasversal, lo transgénico, lo efímero, lo múltiple, las constelaciones o archipiélagos, que a menudo evidencian cierta aceptación de lo indeterminable como componente técnico y estético de la vida en la ciudad. Hay que ser muy cautos pues esa retórica de la indefinición puede servir de escudo para evitar comprender que lo difuso puede ser un método de concreción y no una mera insuficiencia epistemológica.


Como metodología científica, estas experiencias tienen en común como hemos visto ante todo la consideración de la realidad como proceso, la cancelación de la “identidad” como categoría operativa, la unificación de los diferentes campos del saber mediante el recurso a sistemas informacionales, la multidisciplinaridad, y el pragmatismo.


Ahora bien, personalmente encuentro que incluso en sus mejores ejemplos este tipo de metodologías presenta gran cantidad de problemas y dista mucho de servir para todos los casos. De entre todos los problemas que encuentro (los más graves me parecen el de la consistencia de las redes y el dogma de la autopoiesis, además del problema de la imputabilidad, pero para no entrar en esos temas los dejo para otra ocasión, o para vuestras preguntas) hay que dejar al aire la cuestión de hasta qué punto la apuesta por la multiplicidad común a casi todos los autores que he mencionado, no funciona más bien al servicio de una globalización uniformante. La abstracción de los procesos como meros intercambios termodinámicos de intensidades, al renunciar a identidades de cualquier tipo, prescinden de la cualidad que las hacía tan operativas: la memoria. El mundo de las redes de la información, la lógica difusa, lo relacional impersonal y la multitud es capaz de trazar con bastante precisión los fenómenos más inmediatos, pero son completamente inoperativos a la hora de hablar de mayores arcos temporales, pues su metodología deja de ser útil a medida que la mutabilidad de cada proceso los somete al principio del caos.Esta sumisión a lo inmediato me parece el gran abismo de la mayoría de los trabajos de investigación contemporáneos, que renuncian a especular con horizontes que abarquen un mayor arco temporal. Una tarea que en mi opinión sólo se puede llevar a cabo mediante narrativas (dogmáticamente, si se quiere), o mediante la memoria. De lo contrario, seguiremos hipotecados a una concepción romántica de la “deriva urbana” cuya belleza consistiese en ser una nave sin timón… lo que nos instala en la incertidumbre de estar siempre expuestos al colapso.Si


Memoria e identidad son una misma cosa, y en realidad son procesos din谩micos que responden a los mismos criterios de operatividad procesual que hemos visto hasta ahora. La identidad es la memoria convertida en modo de ser, es decir, en modo de actuar, y por tanto, en potencias de interacci贸n.


No son pocos los que afirman que la experiencia humana es únicamente gramatical y no semántica, y son muchos también los que afirman que llegado el momento también las identidades serán computables. El problema es que la memoria es tan amplia y abarca tantos matices conscientes e inconscientes (se compone de una topografía dinámica de recuerdos y olvidos) que sus potencias serían imposibles de modelizar a la perfección. La identidad es un “telón de fondo”, indetectable empíricamente, pero no por ello tremendamente ordenada y lógica, capacitada incluso para operar sobre los tiempos largos. Sin duda, la memoria incide sobre lo real.Pongo un ejemplo sobre esta disparidad entre identidad y potencias de interacción mediante la figura de una silla. De acuerdo al planteamiento desde los procesos, no necesito una silla sino simplemente “un objeto que me permita sentarme”. En ese caso, puedo obviar todos los prejuicios formales asociados a una silla, e inventar un dispositivo interactivo que, sencillamente, me permita sentarme en él. El problema es que dicho dispositivo seguramente presentará errores o problemas que solucionaré en una segunda versión, y de ahí otra tercera, y así sucesivamente… y si sigo la lógica perfeccionamiento de un “dispositivo” sobre el que sentarme, quizás al final lo que obtenga sea una silla. La memoria de los objetos, su identidad, recoge las infinitas mutaciones de prueba y error que los ha producido históricamente, y que responden a una forma de sabiduría empírica que funciona con demasiadas variables como para ser computables o reductibles a un proceso paramétrico. Ese depósito de pruebas y errores es lo que hace de identidad un dispositivo dinámico (lentamente dinámico) casi insuperable.


¿Cómo rastrearla? Como instancia en acto, sus huellas pueden ser rastreadas como hábitos inmanentes, como costumbres que contranatura se resisten a desparecer, como insistencias de comportamiento, como solidaridades firmes, como cualquier fenómeno aparentemente irracional cuya lógica profunda no logremos comprender, y que contraviene la máxima según la cual “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pero no es secreta ni trascendental, es inmanente, tan concreta como el territorio del que hablábamos al principio de la charla.¿Concretamos identidades, o estudiamos el territorio como proceso dinámico en perpetua reformulación, como difuso? En mi opinión, hay que inventar categorías concretas (aquel color verde) en los casos en que encontremos fenómenos que merezcan la dignidad de perpetuarse, de consolidarse. Y estudiar recurriendo a lo híbrido o lo difuso en aquellas circunstancias en las que los procesos en curso se muestren decididamente mejorables.


Para terminar, me gustarĂ­a contaros brevemente algunas de las reflexiones en las que hemos estado trabajando en el blog Ăşltimamente al hilo de este paradigma de los procesos y las redes de interacciones.


Y para ello, lo hemos decidido confrontar a una categoría arquitectónica tan misteriosa como son los monumentos, que por su esencial correspondencia con la identidad y la memoria parecerían lo opuesto al universo de dinamismos, fluctuaciones e interacciones transitivas que hemos descrito. Contra lo esperado y rodeados de guerras, cambios de gobierno y caídas de imperios, los monumentos ahí siguen. Y son prácticamente la única cosa que lo hace, que no muere.


Hay que empezar señalando la vaguedad con la que se utiliza a menudo al término “Monumento”, que lo mismo se usa para hablar de casas de la ópera que apenas tienen unos meses, como a cuevas rupestres que en ningún momento aspiraron a la monumentalidad. A nivel pop, se suele considerar monumentos o bien edificios o espacios tan antiguos que su mera longevidad ya les concedería esa categoría, o bien a lugares fuertemente icónicos y espectaculares cuya visita suponga un placer para los sentidos. Sin embargo, me quedaré con una de las definiciones más ortodoxas de la monumentalidad: aquella que la refiere como la conmemoración de un personaje carismático o un acontecimiento traumático que, a través de su simbolización monumental, se convierten en emblema de una comunidad que reconoce en torno a él su origen y destino comunes. Un monumento representa la fidelidad de un Pueblo a su continuidad como tal. Dinámicamente.


Es decir, el tipo de monumentos a los que me refiero son los que sirven de conmemoraci贸n, congregaci贸n de una comunidad que se consituye a su alrededor, y simbolizaci贸n de un universo imaginario que sirve de argamasa ideol贸gica para dicha comunidad.


En principio, un monumento se opondría completamente a la lógica de lo difuso y lo procesual: su esencia misma es la identidad, la iconicidad firme, el pueblo frente a la multitud, lo estático, la lógica concreta. La monumentalidad se acentúa a medida que pasa el tiempo y el monumento obtiene su carisma de su imperturbabilidad.


Sin embargo, cabe preguntarse hasta quĂŠ punto lo monumental es tan inmediato como presuponemos, y hasta quĂŠ punto su capacidad de supervivencia a las mil catĂĄstrofes a las que han asistido no se debe a su gran capacidad de adaptarse a su contexto.


La definición que he dado a través de los conceptos de conmemoración, congregación y simbolización puede ser reescrita como “Localización imaginaria de la experiencia comunitaria”. Es decir, el monumento sería el enclave en el que una comunidad experimenta en común el imaginario que le sirve de aglutinador, en el que se “celebra” la experiencia pura de pertenecer a una comunidad. Es una figura fundamentalmente política (la de los ciudadanos que afirman su fidelidad a la polis), totémica y, si se quiere, fetichista, pero que en cualquier caso es símbolo de una autoridad aceptada.


Resumiendo algunos de los temas que hemos tratado, reconocemos en el monumento su carácter anfibio (es decir, se sustancia en dos dominios, el del mundo real y el de las representaciones, y en ambos ha de ser reconocible instantáneamente, de ahí su fuerte figuralidad), es hermético (en honor al dios Hermes, es decir, es capaz de operar en culturas muy diferentes), es puro significante (pues su significado cambia a medida que cambian los regímenes de gubernamentalidad), y oscila entre lo propio y lo impropio. Hemos hablado también de Serres y Baudrillard.


Sin embargo, si damos por buena nuestra definición del monumento como espacio de conmemoración y congregación, observaremos la curiosa mutación que han sufrido los grandes Monumentos en las últimas décadas, coincidente con el auge del turismo de masas. Con el argumento de la defensa de la muy difusa categoría de “Bien artístico”; la unesco exige a los pueblos que compartan sus monumentos, hacer de lo monumental no ya la localización imaginaria de simbolismos identitarios, sino espacios abiertos al público genérico formado ahora por ese “todos” que somos la especie humana, el ciudadano neutro de la globalización.Como resultado de ello, los grandes monumentos ya no congregan a las comunidades que los fundaron, sino que son objetos apolíticos e impropios dedicados a seducir a “los visitantes”. En ese sentido, el circuito global de los monumentos homogeneiza la experiencia de lo monumental como espectáculo estético tímidamente legitimado por el aroma del “bien artístico”; pero que en última instancia implica el simulacro de los valores originales. Ejercicios de simulación, esos monumentos que ya no son de nadie porque son de todos (la especie humana post-histórica) son más bien hiper-monumentos, el lugar de congregación de la multitud indiferenciada global.


Si lo monumental era lo local identitario por excelencia, ahora es una experiencia cosmopolita, y en vuestras manos dejo decidir si los congregados son Multitudes en el sentido de Negri y Deleuze, o la plebe romana que se rendĂ­a al pan y circo.


En cualquier caso, estos hiper-monumentos monumentalizan el fin de las historias locales, resimbolizando su iconicidad como pintoresquismo de lo que en tiempos eran pueblos vivos.


Sin embargo, como hemos dicho la multitud es fértil en la creación espontánea de formas oblicuas de sociabilidad, proliferando comunidades que se aglutinan también en torno a símbolos espaciales cuya monumentalidad será paralela a la de las congregaciones ancestrales que proyectan sus imaginarios en catedrales, obeliscos o hermitas. Si el monumento es congregación, conmemoración e identificación de un mismo simbolismo, como ya advertía Manuel Castells la civilización contemporánea es prolija en este tipo de sociabilidades, heréticas y vulgares para muchos, pero que actualizan la experiencia de formar parte firme y fielmente de una comunidad que nos trasciende.


Este tipo de espacios pueden ser los lugares de Glastombury o Reading donde sociedades articuladas en torno a un mismo imaginario pop se reĂşnen para llevar a cabo sus ceremonias colectivas,


Pueden ser tambiĂŠn lugares totĂŠmicos para determinados nacionalismos o identidades locales de toda Ă­ndole,


… y pueden tomar la forma de uno de los grandes espacios monumentales de hoy en día, como son los Estadios de fútbol, que siguen la misma lógica de identificación imaginaria que cualquier nación histórica: se definen por oposición a sus archienemigos (Madrid vs. Barça), conmemoran sus particulares leyendas épicas (9 copas de Europa, el espíritu de Juanito, el señorío de Bernabeu) y ofrecen un catálogo imaginario de experiencias de colectividad que articulan a los afiliados en una estructura con voluntad de durar “para siempre”, y a cuyos “colores” hay que fidelizarse en la salud y en la enfermedad.


A vosotros urbanistas os corresponderรก evaluar la infinidad de procesos que revolotean alrededor de los estadios, tanto econรณmicos como inmobiliarios, algunos de ellos autoevidentes pero muchos otros seguro que no tanto (por ejemplo, los horarios de los partidos sobre el trรกfico de la ciudad).


No es extra帽o por tanto el auge creciente de los estadios ic贸nicos que nacen ya con la voluntad de exhibir formalmente su monumentalidad ic贸nica, frente al antiguo estadio funcional de modesta est茅tica industrial.


Y como proceso inverso a la hiper-monumentalidad mencionar la posibilidad de una “Micro-monumentalidad”, que es la propia del ciudadano nómada que ya no forma esas comunidades espontáneas en torno a un espacio localizable en el espacio, pues de su “pueblo” participan personas procedentes de latitudes irreconciliables. De ese modo, el poder de representación simbólica se retira del espacio y se inscribe en los objetos (como pueden ser en este caso los muñecos famobil que simbolizan cierto espíritu generacional, pues una de las formas de identificación social por excelencia hoy en día es horizontalmente generacional).


Otro ejemplo las Harley Davison, sĂ­mbolo cargado de leyenda ĂŠpica y un peculiar espectro imaginario que queda en este caso monumentalizado en una moto,


… o incluso la monumentalización de objetos de diseño “para entendidos”


Es decir, lo monumental no es un Objeto, sino un campo de intensidades distribuido mediante experiencias. Los monumentos, que consideramos objetos estáticos a la gloria de civilizaciones muertas, son en realidad espejos dinámicos de nuestra idea de lo colectivo, significantes vacíos que han sobrevivido a la Historia gracias a su capacidad para adaptar su significado a lo que cada cultura ha demandado de ellos. No obstante, lo monumental no es reductible por tanto a “objetos” discretos, no hay “edificios que son monumentos” y “edificios que no lo son”: todos los edificios lo son en mayor o menor medida. Lo cual me lleva a deducir que lo “concreto” de la experiencia de la monumentalidad no es concreta, sino difusa.


Localizacion imaginaria de la experiencia multitudinaria  
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