Issuu on Google+

http://www.narrativasdigitales.com

En defensa de Santa María Por Chica Galáctica La literatura del continente ha sido pródiga a la hora de crear su mitología de territorios imaginarios: el Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez, el Antares de Veríssimo constituyen enclaves paradigmáticos de la cartografía ficticia de las letras latinoamericanas. Quizás, de manera menos proverbial y resonante el paraje creado por Juan Carlos Onetti, bautizado como Santa María o Santamaría, ha venido a ocupar un lugar más marginal y excéntrico dentro del atlas de geografías imaginarias. Tal vez, porque el mismo Onetti se encarga de refrendarlo cuando en un reportaje lo inquieren acerca de esta cuestión: “¿Qué puede hacer mi pobrecita Santa María frente a Macondo, esa ciudad donde ocurren milagros? La vitalidad de Macondo es imbatible” manifiesta, no sin cierta aflicción, el escritor uruguayo. Indudablemente, ya sea por la notoriedad de García Márquez o por el auge del llamado “Boom latinoamericano” durante los 60´y 70´, lo cierto es que la superioridad de Macondo resulta un hito indiscutible en el ámbito de literatura latinoamericana. Sin embargo, recientemente Carlos Gamerro, en su libro Ficciones Barrocas, adopta una cabal defensa del territorio onettiano en desmedro de la usual prodigalidad que la crítica ha dispensado a la ciudad del escritor colombiano. En este sentido, llama la atención acerca de la fundación de Santa María, que a diferencia del Yoknapatawpha de Faulkner y del Macondo de García Márquez, cuyas fundaciones tienen lugar en las respectivas “realidades” de los textos de sus autores, Santa María, en cambio, es fundada en La vida breve como una ciudad imaginada por uno de sus personajes: Juan María Brausen. Encerrado en su departamento de Buenos Aires, Brausen escribe un guión de cine, cuyo protagonista es el doctor Díaz Grey, a partir del cual la ciudad de Santa María se despliega:

“Hay un viejo, un médico que vende morfina. Todo tiene que partir de ahí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco (…) El médico vive en Santa María (…) una pequeña ciudad colocada entre un río y una colonia de labradores suizos…” ONETTI, J.C. (1998, P. 163)

De esta manera, sucede la fundación de la ciudad y a partir de ella la trama seguirá sendos caminos: la de Brausen (y su alter ego Arce), por un lado, y la del doctor Díaz Grey, por otro. Es decir, hasta aquí aparecen dos mundos claramente diferenciados: la “realidad” está del lado de acá (Buenos Aires) y la “ficción” del


http://www.narrativasdigitales.com

lado de allá (Santa María) y el primer mundo es el que engendra al segundo. Pero lo más inconcebible sucede, en un pliegue de la “realidad”, cuando Brausen obligado por las circunstancias huye hacia la ficción, creada por él mismo, de Santa María y la última vez que lo vemos, está a punto de ser arrestado por las autoridades locales (¡un autor, arrestado por uno de sus personajes a causa de un delito cometido en el otro nivel ficcional!) Por otra parte, como bien señala Carlos Gamerro: “…cuando Medina, el protagonista de Dejemos hablar al viento, se acerca a Santa María, se topa con un cartel que reza: ESCRITO POR BRAUSEN, dice de sí mismo: “Brausen me puso en Santa María con unos cuarenta años de edad y ya comisario”; y Díaz Grey, en la misma novela, mide el tiempo en categorías editoriales: “varios libros atrás podría haberles dicho cosas interesantes” o “Hace de esto muchas páginas” GAMERRO, C. (2010, P. 114)

En este sentido, la ficción onettiana produce una “máquina barroca” al mejor estilo de El Quijote de Cervantes, en el que los personajes tienen plena conciencia de su existencia como entes meramente ficcionales. En la segunda parte del texto cervantino, Quijote y Sancho leen El Quijote de Avellaneda, es decir, los protagonistas de la primera parte son lectores de sus propias aventuras, en la segunda, así como los personajes de Onetti se reconocen a sí mismos “escritos” por ese autor-demiurgo que es Brausen. De esta manera, mientras Macondo funciona para los lectores como un mundo “verdadero” dentro de la ficción de Cien años de soledad, Santa María, en cambio, es una invención dentro de la ficción porque la concibe un personaje ficcional de La vida breve. Es decir, mientras Macondo nace a la literatura con todos los rituales propios de una fundación, Santa María es engendrada a partir de un artilugio literario, de una mera operación metaficcional por parte de Brausen. Ahora bien, llegados a este punto la pregunta que se impone es cuál es la estrategia a la que responde la creación de ambas ciudades. En el caso de García Márquez, Macondo expone de forma complaciente a la mirada exotista de Europa sobre el continente. Un lugar en el que llueve torrencialmente durante cien días, en el que las mujeres se elevan al cielo envueltas en sábanas blancas y en el que hay hombres que son escoltados por incesantes mariposas amarillas. En este sentido, Macondo se corresponde con los rasgos de la novela-mundo que se arroga la representación totalizante de todo un continente. Mientras que Santa María está fundada no en la realidad, sino en la magia de la Literatura. Y es justamente allí, en donde reside la potencia de la ficción y la eficacia narrativa de


http://www.narrativasdigitales.com

la obra de Onetti. Frente a esto, concluye Gamerro, no se entiende muy bien qué es lo que el narrador uruguayo tanto le envidia a las maravillas de Macondo. BIBLIOGRAFÍA: -

GAMERRO, Carlos: “Santa María, capital del barroco rioplatense”

en

Ficciones Barrocas. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2010 -

ONETTI, Juan Carlos: “La vida breve” en Obras completas. Buenos Aires, Alfaguara, 1998


En defensa de Santa María (Chica Galáctica)