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Después de una larga noche de fiesta, Natalia volvía a su casa, paseando tranquilamente por las antiguas y solitarias calles de la periferia de la ciudad. Era una noche fría y una ráfaga de viento le hizo estremecer, al tiempo que despeinaba sus cabellos negros y ondulados. Y de repente se sintió observada. Unos ojos curiosos iban siguiéndola desde hacía un buen rato escondidos entre las tinieblas. Un chico que esperaba el momento y el lugar adecuados para darse a conocer. Desde hace unos años él había estado ahí, acechando cada movimiento de Natalia, en el instituto, la biblioteca, siempre fascinado con sus ojos azules y su delicada figura. Fracasando en los estudios, sin comer ni beber, sin poder dormir a causa de algo que le obsesionaba de forma preocupante: ella. Pero la muchacha parecía no saber apenas de su existencia. Aquella noche mientras la chica se divertía con unos amigos, él se la había encontrado por casualidad, de camino a su casa, al verla decidió que se quedaría un rato a observar. Grave error. Natalia había pasado la noche tonteando con un chico, un muchacho alto y musculoso. Él estaba furioso, dándose cuenta de que nunca podría tenerla y de que le ignoraba. Había decidido que debía darle un escarmiento a eso que le “pertenecía”. Así, esperó a que ella saliera del local y la siguió durante el trayecto, esperando un sitio oscuro dónde actuar. A pesar de lo intransitado que era ese barrio, él buscaba un lugar lo más apartado posible, por miedo a ser visto. Al poco tiempo llegaron a un oscuro callejón, Natalia giró y se internó en él. Los edificios de la calle no eran viviendas, sino tiendas, por lo que la chica empezó a sentirse muy inquieta. Si era cierto que la estaban siguiendo ese podría ser un lugar peligroso. Aun así siguió caminando. El chico la siguió, viendo la oportunidad de llevar acabo su cometido. Ya llevaban más de la mitad del trayecto hecho, él no se decidía a que ella lo viera, pues no sabía muy bien como actuar. Hasta que su torpeza hizo que tropezara con un saliente del suelo provocando un gran estruendo que alteró la quietud de la noche. Natalia se volvió alarmada y vio a su perseguidor. Un chico flacucho, alto, de pelo ensortijado. Tenía cara de niño. Parecía asustado pero en cuanto vio que ella había notado su presencia le cambió el rostro, todas sus dudas se habían despejado al verla, recordando las imágenes de la discoteca. Avanzó con paso firme hacia ella con el ceño fruncido y los puños apretados. La muchacha se estremeció al ver sus ojos, irradiaban ira y venganza. Retrocedió asustada, buscando algo con lo que poder defenderse por si la atacaba. Pero cayó al suelo a causa de los nervios y se lesionó en una muñeca. Herida y asustada pidió socorro pero nadie acudió. Y ese extraño estaba cada vez más cerca. Las lágrimas brotaron de sus ojos azules pidiendo clemencia. Él ya no la escuchaba, solo pensaba en hacerle pagar el haberle ignorado durante tanto tiempo. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba encima de ella. La agarró del pelo y la levantó para que estuviera a la altura de sus ojos, para poder observarla por una vez de cerca. Sonrió, por fin tenía lo que anhelaba, pero no podía dejarla marchar, pues la perdería para siempre. Entonces decidió: si él no la tenía, nadie más podría tenerla. La sostuvo por debajo de la mandíbula y fue bajando sus manos hasta su cuello acariciando su piel y disfrutando del último momento de la chica, cuando detuvo sus manos de largos y afilados dedos empezó a presionar tan fuerte como pudo. Natalia dejaba de respirar. Pataleaba enérgicamente usando sus últimas fuerzas en deshacerse de su agresor. Sabía que posiblemente sería en vano pero el pánico y el espíritu de supervivencia no le dejaron rendirse. Hasta que su corazón dejó de latir, cayó al suelo y cerró los ojos para siempre.


La adrenalina corría por las venas de él, se sentía poderoso. Pero esta sensación solo duró un momento, en seguida se dio cuenta de lo que había hecho y se arrepintió. Había matado a la única persona que le hacía sentirse vivo. ¿Qué había hecho? La sensación de poder no compensaba como se sentía ahora, vacío, sucio y miserable. Había acabado con su musa, ya nada merecía la pena. Como un zombie, dejó allí el cuerpo de Natalia y abandonó el callejón. Al día siguiente la policía encontraría un cadáver, un chico larguirucho y joven se había cortado las venas en uno de los barrios ricos de la ciudad. En su bolsillo derecho tenía la foto de una chica morena de pelo rizado.

obsesión  

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