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El misterio de la heredera El año 1906, en la oscuridad de la media noche se alzaban las ténebres luces de los faroles. La calle era estrecha y las casas que la limitaban pequeñas. Las estrellas titilaban en el cielo color azabache. Entre los tejados surgió sinuosa la sombra de un gato negro. Una muchacha apareció corriendo por la acera, asustada. Lo último que se oyó aquella noche fue el grito ahogado de la chica y el sonido ensordecedor del disparo de un arma. A la mañana siguiente se armaba la desesperación. Los aldeanos agitados observaban el cuerpo yaciente de la joven, la hermana Concepción repetía con un rosario en la mano: -¡Ay señor! ¿Por qué te llevaste a esta joven?-. De entre las sombras del oscuro callejón apareció un hombre de imagen extravagante. La gente se apartó del cadáver al ver al detective que se acercaba con calma. El hombre examinó el cuerpo muy detalladamente. Al cabo de un rato dijo: -Tiene un disparo en el pecho, lo que provocó una muerte instantánea. ¿Quién es la muchacha?-. -Era mi hija, vivía conmigo y mi familia en la gran mansión -dijo una mujer de cabellos castaños claros y rizados con la voz temblorosa. El detective giró la cabeza al oír fuertes pasos cercanos. Divisó a un hombre alto de cabello oscuro, que corría alejándose se guardaba en el bolsillo del pantalón un pañuelo color sepia. -Buscad por ahí-. Dijo el detective señalando con el dedo índice la calle donde salió huyendo aquel hombre misterioso. Los policías obedientes, escrutaron los alrededores, hasta en el sitio más recóndito. Uno de ellos, frustrado, se paró a pensar. Entonces bajó la vista vio que la tierra brillaba, se agachó y empezó a removerla. Era una pistola pequeña y oscura, seguramente de un solo disparo. El policía metió el arma en un saco. Al momento apareció un joven de pelo rubio preguntando por la muerte de la joven. -¿Qué le ha pasado?-. -¿Quién es usted?-. Preguntó el detective al desconocido. -¡Soy el primo de Elisa!- dijo mirando al cadáver. -Falleció esta noche, alguien la mató-. -¡Oh no! Disculpe, me tengo que ir-. Se apresuró, cogió un carro y se fue en dirección a las afueras del pueblo. El detective Arguéndez vio huellas alrededor del cadáver pero no les dio importancia. -Por ahora no podremos adivinar nada mas,-le habló serio, y sin expresión en el rostro a la madre-trasladaremos el cuerpo a la comisaria, y si encuentro algo no dudaré en contárselo. Descuide, la muerte de su hija no será en vano. Esa misma tarde llegó a la comisaria el primo de la fallecida, buscando respuestas a las preguntas que supuestamente él no sabía responder. Y ya que tenía la oportunidad, el detective también aprovechó para interrogarle: -¿Detective Arguéndez? Soy el primo de Elisa. Vengo a preguntarle, tengo curiosidad. -Am, si, tu nombre era…


- Bernardo, pero he venido a preguntar. -¿Para qué viene a preguntar? ¿No sería yo el que le tendría que preguntar a usted por que salió apresurado esta mañana? -Eran cuestiones de negocios, puede que pronto sea el heredero de la mansión y tengo muy poco tiempo libre. Pero, como verá he hecho un pequeño hueco para saber la muerte de mi querida y única prima. Entenderá que no me esperaba que se fuera tan pronto de este mundo. -No sé mucho, y lo que sé es confidencial. Entonces, el primo se despidió y se marchó apresuradamente de la comisaría. Pero el detective ya se había hecho una pequeña idea de todo este misterio: -Agente Álvarez, siga a ese hombre pero con cuidado no vaya a ser que se entere. Mientras tanto por las calles del pueblo iba Bernardo andando cada vez más rápido, creyó que le seguían y entonces empezó a correr. Pero cuando giró una de las veces la cabeza hacia atrás, del bolsillo se le escapó un pequeño objeto. Cuando el agente llegó a ese punto se paró, y cuidadosamente observó el pañuelo de seda tirado en el suelo. Pensó que era importante para la expedición y se lo llevó intentando tocarlo lo menor posible. Cuando se lo enseñó al detective Arguéndez, este le pidió que le llevara al sitio donde lo encontró. Entonces el detective observó el suelo en busca de alguna pequeña prueba que pudiese delatar al asesino. Ahí estaba, delante de él, como si los minutos no le hubiesen pasado en balde. La huella. Siguió las tenues pisadas en la tierra que le llevaron a la gran mansión. Estaba claro, el primo sabía lo que le había pasado a la muchacha. Arguéndez entró en la mansión y llevó preso a Bernardo, y una vez entre las verjas que separaban la libertad de esa prisión Bernardo preguntó “¿Acaso tienes pruebas para encerrarme aquí, que te hace pensar que la he matado yo?” -Muy fácil, alguno de los dos tendría que heredar dentro de poco toda la mansión, y la primogénita era Elisa. Entonces decidiste contratar a un asesino a sueldo para que la matase, le diste este pañuelo-En ese momento Bernardo palpó su bolsillo sorprendido -y dentro de él la pistola. Después de matarla él se deshizo de la pistola y te dio el pañuelo -Entonces enseñó los dos objetos, y le preguntó- La conclusión es que tú fuiste la mente que se encargó de pensar todo, pero lo más importante es, ¿dónde está el asesino a sueldo?

El misterio de la Heredera