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CRIMEN SIN CASTIGO Teníamos dieciséis años y habíamos ido de excursión con el instituto al campo. Como de costumbre Dani, Pablo y yo decidimos ir a explorar por nuestra cuenta. Bajamos hacia el río por insistencia de Dani, aunque a Pablo y a mí no nos entusiasmaba demasiado la idea, ya que el torrente estaba muy crecido a causa de la persistente lluvia del día anterior. Ellos iban delante, pero a mí me costaba seguirles porque las piedras estaban mojadas y resbaladizas. Un poco antes de llegar, apoyé mal el pie en una de las piedras llenas de musgo y perdí el equilibrio. Antes de que me diera cuenta, estaba cayendo hacia las piedras escarpadas que había abajo, junto a la orilla. Cerré los ojos, pero el golpe me dolió mucho más de lo que esperaba. Mi espalda se estrelló contra las piedras, y noté cómo se desgarraban mi ropa y mi piel. Inmóvil por el dolor, incapaz de gritar, de producir sonido alguno, mi única opción era esperar a que mis amigos se dieran cuenta de que yo no les seguía. Sólo notaba el frío del agua congelada en el cuerpo, cuando sentí un latigazo de calor en la mano y segundos después, que me levantaban del suelo; abrí los ojos. Las caras de mis amigos estaban a pocos centímetros de la mía, como si me encontrase en periodo de observación. La preocupación era bastante visible en sus expresiones. Fruncí el ceño. ¡Ni que fuera un experimento! -¿Podéis hacerme un favor? ¡Dejad de invadir mi espacio vital, si no os importa! Pablo esbozó una sonrisa vacilona. -Lo raro es que con el golpe que te has llevado sigas usando la palabra vital. -Idiota. ¿Me sueltas? Me dejó otra vez en el suelo, y me apoyé en una de las rocas que había allí. Al instante, ésta se desplazó y yo me habría caído de nuevo hacia atrás si Dani no me hubiese sujetado. -Desde luego, hoy no es tu día. Me soltó la muñeca, y noté algo frío en la espalda. Me volví hacia Pablo pero él estaba demasiado lejos de mí como para tocarme. -Si tú no me estás tocando –le dije a Dani-, y tú estás ahí, -las palabras salían entrecortadas de mi garganta-. ¿Quién me está tocando…? Estaba asustada, cosa que no me pasaba muy frecuentemente. Me volví bruscamente y solté un grito ahogado. ¿Podía haber algo peor que encontrarse con aquello después de haber sufrido una caída bastante dolorosa y traumática? Unos segundos después de la primera impresión, y aunque me seguía pareciendo horrible haberme encontrado con eso, ya no me daba miedo Me acerqué. El cadáver estaba entre las escarpadas rocas, como si la causa de la muerte hubiese sido despeñarse contra las rocas. Me volví hacia mis amigos con curiosidad, pero ellos me devolvieron una mirada horrorizada.


-¿Qué creéis que le pudo pasar? Quizás se cayó como me ha pasado a mí, aunque por lo que veo, no todo el mundo tiene la suerte que he tenido yo. Pablo se acercó y cogió la mano de la chica muerta, diría que incluso la trató con delicadeza. -No debe de llevar mucho tiempo muerta. Quizás una semana o poco más. Incluso puede que todavía la poli siga buscando el cuerpo. Me fijé en cómo trataba Pablo el cuerpo de la chica. Con cuidado, prudencia y suavidad. Yo sabía en qué estaba pensando. En que esa podría haber sido yo. En cambio, Dani estaba quieto, observando en estado de shock, cómo su mejor amigo tocaba el cuerpo sin vida de una adolescente como nosotros. Me acerqué a él. -¿Estás bien? –Pregunté en un susurro-. No tienes muy buena cara. -Sara, eso te podía haber pasado a ti, y además por venir con Pablo y conmigo a explorar gracias a una idea mía. -Tranquilo, que gracias a Dios no me ha pasado nada. -Sólo unos rasguños. Además a mí no me es indiferente encontrarme con un cadáver en una excursión del instituto. Se me va a quedar la imagen grabada para siempre. Lanzó un suspiro. Dani era el típico chico de los vaqueros ajustados, las chaquetas de cuero, las botas Doc Martens, la gomina en el pelo, el pendiente y la moto. Pero en el fondo era bastante fácil preocuparle o asustarle si se trataba de Pablo o de mí, ya que él era el que solía tener las ideas descabelladas y luego pensaba que si pasaba algo, él tenía la culpa. -Sara. -¿Qué? -¿Crees que la policía puede estar buscándola? -Si como dice Pablo lleva tan poco tiempo muerta, es lo más probable. Deberíamos decírselo a alguien. De pronto se quedó callado y comenzó a hablar en susurros muy deprisa, con la vista fija en un punto lejano. -Sara, no me mires, pero te juro que hay alguien que nos está observando. Debe llevar un buen rato. Va de colores oscuros, Verde y marrón. Pelo corto, rizado y castaño. Ojos oscuros. Marrones o negros, no alcanzo a distinguirlo. La sangre se me congeló en las venas. -Dani, acuérdate bien de su cara y ahora haz como si no lo hubieses visto; porque si quiero dibujarlo tengo que mirar yo también. Hizo lo que le decía, y miré hacia donde el estaba mirando. Estaba agachado detrás de unas ramas bajas de un árbol medio caído, pero la cara se me quedó grabada en la mente Pablo se volvió hacia Dani y le dijo: -Dan, tío. ¿Tienes cobertura? Yo no tengo ni una raya. -Sí toma –dijo mientras le tendía su teléfono-. Llama a la policía y cuéntales todo. Luego llama a tu hermana y que ella hable con la profesora.


Patricia era su hermana. Siempre nos sacaba de los líos en los que nos metíamos. Pablo asintió e hizo lo que le decía. Y en menos de media hora, la policía ya estaba ahí. Envueltos en mantas, y sentados en el maletero del coche de policía, esperábamos. Pablo, taciturno, apoyaba la cabeza contra el metal del coche. Dani hablaba con su hermana. Y yo, sentada de piernas cruzadas, dibujando lo que había visto: a mi amigo coger la mano de la chica muerta, a Dani con cara de horror y la mirada clavada en el infinito, mirando a aquel chico; el rostro del chico que nos observaba, el cuerpo de la chica tendido en el suelo, lleno de cortes que dejaron de sangrar hace mucho, de cardenales negruzcos congelados en su piel pálida, con los huesos intactos a pesar de la caída. Debajo de ese dibujo había una sola palabra: Miriam. Nos habían dicho su nombre, y que efectivamente había desaparecido hacía un par de semanas. Quince años recién cumplidos. Pero yo sólo pensaba en la expresión del chico misterioso. Y en la idea que se me formaba en la cabeza de Miriam cayendo desde lo alto de las rocas, y que a pesar de haber caído desde tan alto, no se había roto nada. -¿Y si no la empujó nadie? Dani me miró sin comprender. -Es fácil. Dos opciones: o ya estaba muerta y la escondieron aquí, o se lanzó ella. -¿A qué viene eso? - A lo mejor ese chico sabía algo de esto. -¿Eso crees? Y si es así, ¿qué hacía aquí? Miré a mis amigos incitándoles a la aventura. -Eso es lo que tenemos que averiguar. Y también qué pintamos nosotros en toda esta historia. Porque no soporto no saber.

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