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EL CONCILIO VATICANO II EN EL URUGUAY DEL ‘900’

MONS. MARIANO SOLER (1846 – 1908) MEMORIA Y VIGENCIA EN EL CENTENARIO DE SU MUERTE

Mario Cayota


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

CE.FRA.DO.HIS. CENTRO FRANCISCANO DE DOCUMENTACION HISTÓRICA MUSEO SAN BERNARDINO DE MONTEVIDEO Canelones 1164 – Montevideo - URUGUAY

EDICION SETIEMBRE 2008

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

En el centenario de su muerte, homenaje al Primer Arzobispo de Montevideo, Mons. Mariano Soler, y a los laicos que lo acompaĂąaron en su proyecto.

Roma - Montevideo, setiembre 2008

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Primera parte: A MODO DE SINTESIS INTRODUCTORIA Un desconocimiento generalizado Mariano

Soler:

para

muchos

sólo

un

nombre.

El

desconocimiento en torno a esta gran figura, en principio podría resultar explicable, si se piensa que fue el primer arzobispo de una Iglesia pobre de un pequeño y joven país latinoamericano; que si bien codiciado por los grandes imperios, dado el lugar estratégico que ocupó y ocupa en el Cono Sur de América, no es precisamente una gran potencia. Para colmo, en relación a la Iglesia, en la conformación de la sociedad uruguaya ha gravitado un vigoroso, y en su momento, virulento laicismo y acérrimo anticlericalismo. Con posterioridad a la derrota de su máximo prócer, -1820-, José Artigas, -tardíamente reivindicado-, héroe no sólo del Uruguay sino de la región; sincero cristiano y muy influido en su ideario político-social por los sacerdotes y frailes que le rodeaban, el País sufrió una fractura histórica de magnitud. Después de la Independencia, -1830-, a sus tierras arribó un importante contingente de extranjeros. De este modo llegaron a Uruguay numerosos

carbonarios

italianos, como así también

Garibaldi, quien no sólo vivió, se esposó y tuvo sus hijos en tierra uruguaya, -se casó por Iglesia con Anita y bautizó a sus hijos-, sino que intervino activamente en las luchas políticas del País, reconociéndosele como a uno de los elementos fundadores de uno de los partidos más importantes del Uruguay, el cual todavía existe. Debe de pensarse que según censo efectuado en la época, en el año 1850, había en la ciudad de Montevideo, casi más italianos que uruguayos.

Décadas después, el Uruguay sufrirá asimismo la

influencia del racionalismo y el positivismo francés e incluso de determinadas corrientes anglosajonas. -4-


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

Una personalidad sobresaliente que trascendió el Uruguay No obstante, las características del País precedentemente señaladas, la figura hercúlea de Mons. Mariano Soler, dado su perfil, debe ser reconocida como un referente insoslayable de la Iglesia latinoamericana. El Concilio Plenario de América Latina La actividad y personalidad de Soler trascendió las fronteras de su País. De este modo al realizarse el Concilio Latinoamericano en Roma, durante el año 1899, -de algún modo antecesor de Medellín-, el arzobispo de Montevideo, fue elegido para pronunciar el sermón de apertura. Hecho sin duda que sería inexplicable si no se reconocieran los méritos personales de Soler, ya que representaba a un pequeño país, donde sólo había un arzobispado creado recientemente, al que se agregaban sólo otras dos diócesis. Para valorarse cabalmente la participación del Arzobispo de Montevideo en el Concilio Plenario, debe de tenerse presente, no obstante las limitaciones e insuficiencias que los historiadores modernos le señalan, la gran importancia que para la Iglesia latinoamericana significó esta reunión, importancia que estos mismos historiadores le reconocen expresamente. En la homilía precedentemente mencionada, en forma reiterada Soler nombrará con énfasis a América Latina, -con este nombre-, y manifestará, junto con su admiración por León XIII, un fuerte sentimiento latinoamericano.

Acorde a ello, expresará su

deseo para que: “Esta Asamblea sirva para estrechar cada día más, los fuertes lazos de fraternidad y cortesía que unen a las Repúblicas de América Latina”, agregando, “el trabajar con todas nuestras fuerzas para conseguirlo será para nosotros un santo y glorioso deber”.

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Con sus palabras, Soler de este modo llamará a conformar, naturalmente que de un modo incipiente, a que los países del Continente se constituyan en lo que hoy puede designarse como la “Patria Grande”. Este llamado a la unidad de América, no era en su época, sentimiento común, alineándose entonces Soler, entre aquellos poco que la auspiciaban, no obstante los graves conflictos, incluso bélicos, que surgían entre las naciones latinoamericanas, muchas de ellas, además, ensimismadas en sus fronteras y limitados intereses. En su sermón el arzobispo de Montevideo, saludará, “con alegría la posibilidad de encontrarse y fraternalmente comunicarse”.

i

A lo señalado cabe agregar que tampoco el nombre de América Latina era de uso común en la época de Soler, siendo el Concilio uno de los ámbitos en que primeramente comenzó a utilizarse. Previamente, había sido el colombiano José María Torre Caicedo quien había recurrido a este nombre.

ii

También se tuvo presente esta denominación cuando se fundó en 1858 el “Colegio Latinoamericano”. Pero no obstante estos antecedentes, el uso de este nombre no era habitual. Cuando esta denominación comenzó a utilizarse, lo fue para afirmar una identidad propia para el Continente.

Incluso el Papa León XIII, en hecho

comúnmente inadvertido, en las Letras Apostólicas convocando al Concilio Plenario de América Latina, expresará que el mismo tiene como objetivo favorecer: “El mejor modo de mirar por los intereses comunes de la raza latina, a quien pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo”,

expresando después que, “en esas naciones la identidad debería tenerlos estrechamente coaligados”,

lamentando finalmente “las imperfectas vías de comunicación que existían en el Continente”

lo cual impedía entre otras razones, la integración de las naciones latinoamericanas.

iii

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Que el Papa León XIII mencione este hecho no es menor, dado que una de las características del continente americano de entonces,

¿sólo

de

entonces?,

era

su

fragmentación

e

incomunicación. El Colegio Pio Latinoamericano La actuación de quien fuera arzobispo de la, para Roma, lejana y recientemente creada arquidiócesis de Montevideo, año 1896, no se circunscribió a su participación en el Concilio Plenario. Quienes han escrito sobre la historia del Colegio Pio Latinoamericano, coinciden en afirmar que sus comienzos no fueron fáciles, y que si en definitiva subsistió fue gracias al tesón de los Padres de la Compañía de Jesús, que con el apoyo de algunos prelados, sortearon las dificultades de distinta índole que se presentaron. Fundado el Colegio como ya se mencionara en el año 1858, por iniciativa del prelado chileno Mons. Eyzaguirre, al poco tiempo de su fundación atravesó por serias dificultades económicas. A ello se sumaba la urgente necesidad de abandonar el edificio donde funcionaba, el cual se había decidido demoler, al punto que parte de la resuelta demolición se llevó a cabo, estando los propios alumnos viviendo en dicho local. Era imperioso trasladarse, y para ello se pensó en levantar el Colegio, junto al Tiber, cercano al Castillo de San Angelo, ubicado más precisamente, en la via Gioacchino Belli 3. La construcción de este edificio antecesor del actual que ocupa el Colegio, demandaba una significativa inversión, que los fondos de que se disponía no permitían solventar. Según testimonios de la época, se encontraba comprometido el futuro del Colegio. Entonces, un sacerdote latinoamericano decidió asumir la “aventura” de recoger el dinero necesario para hacer posible la terminación de la obra. Este sacerdote fue el padre Mariano Soler. En busca de la ayuda necesaria y como simple sacerdote, -fue consagrado obispo en el año 1891, y esto ocurría en 1884-, recorrió en medio de las mil -7-


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) dificultades que por entonces tenía un viaje de esta naturaleza, México, Cuba, Santo Domingo, Perú, Bolivia y Chile. Al principio el resultado no fue muy exitoso, pero ello no desanimó a Soler, y con el paso del tiempo, logró reunir una suma importantísima de dinero, que permitió que las obras del Colegio se reanudaran y concluyeran. En mérito a su decidida y sacrificada labor, los cronistas de la época reconocieron a Soler como el “Segundo Fundador”, dato que en nuestra época, recoge uno de los importantes historiadores del Colegio, el sacerdote jesuita Luis Medina Ascencio.

iv

Su empeño por

que los estudiantes latinoamericanos tuvieran un Colegio propio, como asimismo su correspondencia de esos años, y el haber recorrido tantos países latinoamericanos, evidencian la dimensión internacional de este sacerdote incardinado en una humilde diócesis de Sudamérica. Ello asimismo muestra, su convencimiento en cuanto a la necesidad de que América Latina tuviera un perfil propio. No es arriesgado afirmar, que este convencimiento pueda haber gravitado en parte, en el énfasis que el Concilio Plenario de 1899 puso en América Latina. No debe olvidarse en este sentido, -como luego se verá-, su amistad con el Secretario de Estado de León XIII, el eminente Cardenal Rampolla del Tindaro, hombre de grandes inquietudes y espíritu abierto, muy cercano a León XIII, persona de extrema confianza del Pontífice, a quien pudo suceder, si en el conclave el Imperio AustroHúngaro a través de uno de sus cardenales, no obstante el origen nobiliario de Rampolla, no hubiera interpuesto su veto, como entonces era posible.

Mariano Soler, ¿acaso uno de los precursores del Vaticano II? Si interesante resulta analizar el posicionamiento del primer arzobispo de Montevideo en relación a América Latina y asimismo su actuación, como así el reconocimiento de la Santa Sede a su

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) persona, no lo es menos su pensamiento teológico– pastoral y la evolución que en él es dable observar. En la segunda parte de este hacer memoria de Mons. Soler al cumplirse el centenario de su muerte se considerará con mayor detenimiento

dicho

pensamiento.

Nos

limitaremos

en

esta

introducción a señalar sólo algunos puntos, -porque son numerosos los temas que Soler aborda en sus pastorales, escritos, y sermones-, en que el arzobispo uruguayo a fines del siglo XIX y comienzos del XX, coincide con el Concilio Vaticano II. El abordaje se torna aún más interesante, porque en el primer arzobispo de Montevideo, puede constatarse una clara evolución, al punto de que es posible hablarse de un “primer Soler” y un “segundo Soler”, ello sin advertir en este cambio solución de continuidad. El sacerdote Mariano Soler estudió en la Gregoriana, en los difíciles tiempos, inmediatamente posteriores a la “Unidad Italiana”. Epoca, -más allá de justas reivindicaciones-, en la cual campeaba un feroz e intolerante anticlericalismo y furiosos ataques a la Iglesia, no exentos en ocasiones de implacables persecuciones. El joven Soler, estudiante aventajadísimo de la Gregoriana, volverá al Uruguay, convertido en un vigoroso y enérgico apologeta, defensor de la Iglesia y sus ideas “a capa y espada”. Su formación lo inducía a ello, pero también los tiempos que se vivían, y no sólo en Europa sino también en Uruguay. Pero Soler, que no sólo era un hombre de gran vida interior y fervorosa adhesión a la Iglesia, sino de continuas lecturas, literalmente puede decirse que de día y de noche, ya que dormía muy poco-, a través de sus profundas y largas meditaciones, alcanzará en su pensamiento y en su espíritu, una evolución admirable. Su sólida formación, no únicamente teológica y filosófica, sino también científica y humanística, -que abarcaba áreas tales como la arqueología,

la

zoología

y la

biología,

extendiéndose

estos

conocimientos no comunes a la economía y la sociología, y por supuesto a la historia-, le permitirá entonces, sin renunciar en -9-


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) absoluto a su ortodoxia e identidad, establecer un interesantísimo y fermental diálogo con las corrientes de su tiempo y mundo en que vivió. Democracia y libertad En ese sentido es proverbial su actitud ante la democracia, la libertad e incluso la llamada de conciencia. Es sabido por ejemplo, a raíz de los equívocos, errores y abusos, propios del liberalismo y el racionalismo, la desconfianza que en muchos católicos e incluso documentos eclesiales se tenía en relación a los que se llamaban las “libertades modernas”. En el propio Concilio Vaticano II se escucharon voces discrepantes cuando de la aprobación de los documentos relativos a estos temas se trató. Un destacado cardenal, al que se agregaba Mons. Marcel Lefebvre se oponían y hasta el día de hoy muchos de los discípulos de este obispo continúan oponiéndose. Pues bien, refiriéndose a estos temas en su Pastoral del año 1904, sí 1904, el arzobispo uruguayo escribirá: “(…) La autonomía individual, la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de prensa, la de reunión y de asociación, son principios de la democracia moderna, principios consagrados en el derecho público de la época contemporánea. Y bien: ¿no valdrán para la Iglesia, lealmente aplicados, tanto quizás como la protección oficial de otrora, convertida en la despótica v

servidumbre del regalismo en el antiguo régimen?

En cuanto a la libertad de conciencia, a la que se referirá en varias ocasiones, causa asombro la contundencia de Soler al afirmarla, después de recordar primero, “el mandato evangélico de amar a todos, aún a sus enemigos”,

para agregar después, en relación a la persona concreta que no piensa ni cree como el católico, anticipándose a la “Dignitatis Humanae”: - 10 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) “debe de respetarse el ideal que ha perseguido, según el bien y el deber que él ha concebido”.

vi

Derechos Humanos también para el trabajador Si sorprende la claridad y contundencia de Mons. Soler en cuanto a reconocer como derechos imprescriptibles de la persona las llamadas por entonces “libertades modernas”, mucho más asombra como en el tema de los derechos humanos trasciende la concepción tradicional de las filosofías liberales, e incorpora lo que hoy denominaríamos “derechos sociales”. Adviértase que mientras los liberales, “progresistas” cuando se referían a los derechos humanos sólo aludían a los políticos, el “conservador” Soler extiende éstos al campo social de modo revolucionario. Ni en la proclama de la Revolución Francesa ni en declaraciones posteriores es dable encontrar este reconocimiento, y habrá que esperar a declaraciones muy recientes para que ello ocurra. En la “Declaración de Principios de la Sociología Cristiana y bases de la solución del problema social”, Soler al referirse a los derechos de los trabajadores afirma textualmente: “El proletariado puede decir al capitalista y el obrero al patrón: soy hombre como tú; mis derechos de hombre valen tus derechos de hombre. Dios, tu padre y mío, así lo ha ordenado. Ahora bien; estos derechos son considerables, y pueden satisfacerse así: 1°- tienen el derecho de vivir la vida, que han re cibido de Dios, con un desarrollo legítimo de sus facultades intelectuales, físicas y morales. 2°- tienen el derecho de reproducirse normalmente, salvo el caso de una vocación superior especial. 3°- tienen derecho, si carecen de capital acumulad o, de sostenerse honestamente ellos y sus hijos por medio de un trabajo

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) razonable y retribuido. 4°- tienen derecho de descansar en el curso de la vida para no gastar antes de tiempo el lote de fuerzas, que les fue concedido por el Creador. 5°- tienen derecho, si han sido pobres y laborioso s, cuando la vejez los invade con sus impotencias, a vivir sin mendigar, y sin prolongar un trabajo de que se han hecho incapaces. Estos derechos son innegables e indiscutibles.

La

naturaleza, o mejor dicho su autor, los ha grabado con caracteres indelebles, desde que se les ha reconocido una vez en el fondo de toda conciencia humana.

En todo caso, la Iglesia ha colocado su

firma al pie de estos cinco capítulos por medio de su gran Papa, León XIII, y los ha autenticado en una célebre Encíclica. Pero hay más; todo derecho debe estar amparado por la justicia; pero ¿qué justicia ampara los derechos indicados? ¿Acaso la justicia contractual? No! Pues, ¿qué contrato aseguraría al niño el derecho de vivir no habiendo quien lo signe? Pero si esos derechos no están bajo la garantía de la justicia contractual, lo están bajo la garantía de la justicia social, y por consiguiente la sociedad tiene el vii

deber de asegurar su goce”.

Si la tesis sostenida por el Arzobispo de Montevideo en su “Declaración de Principios” no estuviera escrita de su puño y letra, podría pensarse en una interpolación posterior, tal la novedad de su planteo. Soler, antes de comenzar el siglo XX, está consagrando el derecho a un salario justo, al descanso dominical, a la jubilación, a que en definitiva, se reconozca no sólo al trabajador sino también a su familia que puedan llevar una vida digna. Para el arzobispo de Montevideo, reproduciendo las palabras del gran laico y cristiano francés, hoy beato Federico Ozanán, la “cuestión social”, -y citamos textualmente-, “no se resuelve con cañones y bayonetas”, sino haciendo justicia al trabajador, al pobre.

viii

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

Superar apegos a viejos esquemas Soler se abrirá a las nuevas ideas de su tiempo. Por ello, para él, los cristianos no deberían aferrarse al “Antiguo Régimen, que en su época eran muchos y connotados cristianos que lo hacían-. A ellos les responderá con palabras de León XIII: “La Iglesia de Cristo no se liga a otro cadáver que aquél que está clavado sobre la Cruz”

ix

Y en su ya citada Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea afirmará: “Desde luego la forma democrática del gobierno por el pueblo y para el pueblo es la última consecuencia del Evangelio”.

x

Soler no dejará de hacer una crítica severa a la Revolución Francesa pero en la segunda etapa de su pensamiento, reivindicará y valorará, -al igual que el filósofo Jacques Maritain, muchas décadas después-, los elementos cristianos que animaron a la Revolución.

xi

Para aquilatar en su debida magnitud la actitud de Soler, debe tenerse presente que pocas décadas antes, la Iglesia de Francia estuvo a punto de sufrir un cisma, en ocasión de que el Papa León XIII exhortara a través de su encíclica “Inter Innumeras Sollicitudines” a reconciliarse con el sistema republicano y los numerosos católicos monárquicos entendieran que con ello se validaba el mencionado régimen republicano. El amor como principio animador de la Iglesia Superando toda visión juridicista o meramente formal el arzobispo uruguayo afirmará la importancia del amor en la Iglesia, coincidiendo con lo que muchas décadas después el Concilio Vaticano II

expresará

en su Constitución “Lumen Gentium” y

también Benedicto XVI en su Encíclica “Deus Caritas Est”, así escribirá: - 13 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) “La fuente profunda de donde el catolicismo saca su vida es la caridad, pues sin la caridad no viviría. La Iglesia no es más que un organismo visible que se ha dado el Espíritu de Jesucristo, amor sustancial y viviente.

Por eso es ante todo un foco de amor; y

aunque en su comercio necesario con el mundo, la Iglesia reviste otros aspectos que semejan velar su esencia, apareciendo como una doctrina codificada, una sociedad organizada y una potencia moral, éstas no son sino formas secundarias y derivadas, que tienen su razón íntima en el amor. No hay disciplina tan perfecta, ni ciencia tan lógica que puedan por si mismas producir un rayo de fe. (…) La caridad es el gran medio del apostolado; los recursos de su celo sólo tienen eficacia si son animados por la caridad. Si la quitais, sólo queda una campana que suena, un címbalo resonante”.

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Una Iglesia renovada y dialogante. “El espíritu nuevo” Partiendo del principio que el amor es elemento fundamental del relacionamiento de la Iglesia con el “mundo”, en una época signada por los ataques y a su vez condenas, Soler se mostrará partidario de un “espíritu nuevo” que supere el clima de confrontación y establezca un diálogo fecundo.

De acuerdo a esta convicción

escribirá: “Quizás nos hallamos en una de esas épocas en que se hace sentir más vivamente la necesidad de renovación y también de rejuvenecimiento de los principios inmutables, adaptándoles a las nuevas necesidades, y separándolos de todo lo que ha sido desgraciadamente confundido con ellos. ¿En qué consistirá, por tanto, el espíritu nuevo de la Iglesia? Consistirá desde luego, en prestar una atención simpática a las tendencias profundas y verdaderamente notables de nuestro tiempo. Querer ignorarlas y desconfiar de ellas, es dar prueba de una fe tímida, de una inteligencia y caridad mediocres. Yo quisiera que los cristianos fuesen extraños a todo temor

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) de las cosas nuevas. (…) Este sería un medio de acercar a la Iglesia xiii

al siglo y el siglo a la Iglesia”.

Este “espíritu nuevo” al que se referirá Soler, sirviéndose de un concepto que en su tiempo comenzó a usarse para significar un cambio y progreso en el pensamiento finisecular, se encuentra claramente desarrollado y reelaborado en una de las pastorales del arzobispo que específicamente éste titulará “El Espíritu Nuevo”.

xiv

Para quien no conozca en profundidad el pensamiento y actuar del Arzobispo Soler, conviene aclarar, que el “diálogo simpático” que propiciaba, no le hacía perder identidad en sus planteos. De este modo, incluso en su “segunda época”, mostrará claramente los errores del protestantismo, del liberalismo y del socialismo de su época.

Pero siguiendo a San Pablo cuando

exhortaba a “examinarlo todo y quedarse con lo bueno”, sabrá descubrir y valorar lo que de bueno puede haber en estas corrientes. Su diálogo, será dialéctico, pero para desembocar en una síntesis, no “irénica”, pero si integradora, armónica con su pensar y sentir ortodoxo. Algunos historiadores, que no han estudiado al segundo Soler, u otros que lo han hecho ligeramente, han tildado al arzobispo de Montevideo de “conservador” o de “ultramontano”. Basta estudiar esta segunda etapa de su vida para que el error se haga patente. Ahora que, si por “conservador” se entiende no tirar por la borda un pensamiento teológico milenario y ser coherente con lo que se piensa, Soler indudablemente lo era… A través de este principio al que Soler se atendrá: fidelidad a la Iglesia, identidad, apertura, renovación, progreso; el arzobispo de Montevideo se pronunciará tajantemente contra la “inmovilidad”, escribiendo: “(…) Pero esta identidad, tan caracterizada, no debe ser la inmovilidad;

la

inmovilidad

no

sería

la

vida;

la

vida

es

necesariamente un movimiento, un cambio progresivo. Siguiendo esta ley, tan interesante y a veces tan olvidad, la Iglesia se

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) rejuvenece, se agranda, se adapta y progresa”.

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Cristiandad, pluralismo Es evidente que el primer arzobispo de Montevideo examinando el acontecer de su tiempo avisora la disolución de la llamada “Cristiandad”, ya en crisis desde la reforma protestante y el iluminismo. “Hombre de futuro”, -como lo definirá uno de sus más cercanos colaboradores, el Dr. Juan Zorrilla de San Martín, figura descollante del catolicismo uruguayo-, Soler en sus últimos tiempos vislumbrará una sociedad pluralista, en donde los católicos convivirán con quienes no lo sean. Entonces, se pregunta el arzobispo, cual ha de ser la conducta, especialmente de los “seglares” en el quehacer temporal.

Su respuesta resulta impactante, porque anticipa con

muchos años de anterioridad, las enseñanzas de la Constitución “Gaudium et Spes”, como así las que pueden leerse en la magna encíclica “Pacem in Terrris”, que sobre este tema promulgara Juan XXIII y asimismo Pablo VI en la Carta Apostólica “En ocasión del 80° aniversario de la “Rerum Novarum” “. Se pregunta y responde Soler: “Debemos amar las obras y las instituciones de nuestra época.

El cristiano además de participar él en las obras e

instituciones católicas ¿qué actitud debe tener frente a las obras que tienen otra inspiración? movimiento?

¿Es necesario favorecer y aprobar este

Desde luego, -responde-, ¿cómo oponernos a que

germine el bien a nuestro lado, aún sobre un terreno que no hemos cultivado?

Sabemos acaso hasta donde llegan los pasos del xvi

sembrador divino?”

Mariano Soler no idealizará las corrientes de su época, pero frecuentemente en sus escritos compara la actitud que la Iglesia debe de asumir ante ellas, con las que tuvo ante las invasiones de los bárbaros. Significativamente, éste será el paradigma al que recurra también el intelectual, político e insigne laico francés Federico - 16 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Ozanán, con el cual el arzobispo en sus últimos años se sentía muy identificado. De ahí que, quizás recordando sus épocas de duro apologeta, Soler expresará: “Refutar no es gran cosa. Ilustrar, convencer, convertir, he ahí el verdadero objeto, la misión difícil que no puede cumplirse sin amor y caridad”.

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En varias ocasiones Mariano Soler recordará lo que ocurrió en la edad media, en que la Iglesia cristianizó a los bárbaros y “bautizó” muchas de sus tradiciones y culturas. Acaso, los santos padres no se sirvieron de los filósofos paganos, especialmente de Platón, para expresar su pensamiento. Y Santo Tomás de Aquino, no utilizó, a Aristóteles, incompatible para muchos por sus ideas sobre Dios, con la teología cristiana, corrigiéndolo pero al mismo tiempo asumiéndolo? También, entre sus jóvenes discípulos, el arzobispo Soler, -y existen testimonios de ello-, pondrá como ejemplo lo ocurrido en la liturgia durante los primeros siglos de la Iglesia, cuando se adoptaron como ornamentos sagrados y objetos de culto, muchos que en sus orígenes eran paganos.

Soler y los laicos En relación a la vocación laical, el arzobispo de Montevideo, con las limitaciones propias de su tiempo, tendrá también una gran coincidencia con los documentos conciliares del Vaticano II, asimismo con la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici” de Juan Pablo II. Convencido de la misión que el laico debe de asumir ante las realidades

temporales,

impulsará

la

creación

de

numerosas

instituciones, tanto de índole específicamente eclesial, como cultural y social tales como los Círculos Católicos de Obreros, el Liceo Universitario, -futura Universidad Católica-, el Club Católico, -centro - 17 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) de estudios académicos-, el diario “El Bien Público”, la Caja Obrera, institución financiera para beneficio de los trabajadores-, etc. Estas instituciones no fueron creadas por Soler, para separar a los católicos, estableciendo un ámbito paralelo al de la sociedad secular, sino precisamente para formarlos e impulsarlos a la presencia militante en este ámbito. En este sentido su pensamiento era muy claro y reiterado, no quería “católicos pusilánimes”, -así los llama-, que se “retraigan en las sacristías”. La pastoral de Soler sobre “El deber de la hora presente”, será documento anticipatorio de la teología del laico que décadas después se desarrollará. La “cuestión social” Si bien a la posición de Soler en relación a la llamada “cuestión social”, este trabajo se referirá en la segunda parte, no puede finalizarse esta reseña sobre el pensamiento del ínclito arzobispo uruguayo, sin señalar por su importancia, no sólo la dura crítica que Soler asumiera frente al capitalismo en auge, cuando muchos de los anticlericales de su tiempo lo ensalzaban, -también uruguayos-, sino asimismo el respaldo que le brindara a los “seglares” que luchaban a favor de la justicia social, coincidiendo en esto también con la Encíclica de Juan Pablo II “Laborem Exercens”. El pensamiento de Soler sobre la “cuestión social”, se encuentra magistralmente tratado con gran valentía, precisión y claridad, especialmente en su pastoral de 1895.

xviii

En cuanto al apoyo a los laicos comprometidos en el campo social, es ejemplar el respaldo que el arzobispo de Montevideo le brindara al grupo denominado “Unión Democrática Cristiana”, el cual se fundara en el Uruguay a comienzos del 900 y que fuera en - 18 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) América el primer grupo que surgiera inspirado en esta doctrina siguiendo las enseñanzas del Papa León XIII a través de su encíclica Rerum Novarum. Cabe aclarar que esta “Unión” no era un partido político, sino un movimiento social y confesional; el cual tenía, a diferencia de algunos partidos políticos demócratas cristianos actuales, una actitud muy crítica frente al liberalismo económico, -tal como surge del periódico que editaran y del propio actuar del movimiento-, al punto que en su programa se postulaba la construcción de una nueva sociedad, de base humanista y comunitaria. Testimonio elocuente de que la meta de este movimiento era la sustitución de la sociedad capitalista lo constituye, como ejemplo entre muchos, el editorial de su periódico “El Demócrata”, cuando en l se afirme de forma drástica y enérgica: “(…) Pensamos dar en tierra con el edificio monstruoso levantado por la burguesía liberal, que atenta sólo a la satisfacción brutal de sus apetitos de predominio y de dinero, ha empujado hacia la miseria más espantosa a los proletarios, mientras ella nada en el “oro y la abundancia” adquiridos a base de explotación del hombre por el hombre”.

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A estos cristianos que no eran precisamente “pusilánimes”, y que de la teoría habían pasado a la acción, organizando numerosas “uniones gremiales”, -sindicatos-, es que el Arzobispo de Montevideo alentará y respaldará sin vacilaciones. En su ideario los integrantes del movimiento se inspiraban en el célebre obispo de Maguncia, Mons. Ketteler, los franceses Federico Ozanán y León Harmel, el intelectual Volgelsang, autor de las en su momento conocidas “Tesis de Haid”, y muy especialmente en los italianos Toniolo y Rómulo Murri, -antes de las desavenencias de éste con la Curia Romana-, como así en el por entonces joven Luigi Sturzo. También fue fuente de inspiración, las inquietudes y propuestas de la “Opera dei Congressi”. Todavía se conserva en Montevideo correspondencia de esta relación. - 19 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Mientras la sociedad que propiciaban no se concretara, en el plano de lo fáctico postulaban una serie de reivindicaciones para los trabajadores, tales como las ocho horas de trabajo, el derecho de huelga, el descanso dominical y una ley de jubilaciones y pensiones. Para sus movilizaciones, se unirán con los anarquistas, la mayoría inmigrantes italianos, con los que su vez en el plano filosófico mantendrán sus discrepancias, que se exteriorizaban en las célebres “controversias” en las que en forma respetuosa y cordial, pero en ocasiones, también enérgica, se discutía sobre temas filosóficos y religiosos.

En sintonía con el pensamiento de Soler,

desarrollaban una acción conjunta en pos de la justicia social, al mismo tiempo que mantenían su propia identidad. El Uruguay es conocido por lo que en su momento, fueron sus avanzadas y tempranas leyes sociales, -las primeras de Américaen general atribuidas a uno de sus presidentes, Don José Batlle y Ordóñez. Pero se encuentra amplia y claramente documentado, aún cuando no conocido-, que con antelación a la sanción de tales leyes, quienes primero levantaron esas banderas reivindicatorias y se movilizaron por ellas, fueron los demócratas cristianos de entonces y los anarquistas. A estos cristianos comprometidos en la lucha obrera, y criticados con aprehensión por otros, -como se documenta en la segunda parte de este trabajo-, el primer arzobispo de Montevideo, se reitera, apoyó y animó en su labor. La actitud de Soler, sus escritos y palabras, -no únicamente en relación a la temática social-, se vuelven más apreciables si se piensa no sólo por que con ellos se adelantaba a su tiempo, sino porque además eran protagonizados en un momento de la Iglesia, en que después del luminoso pontificado de León XIII, a su fallecimiento, surgían ciertas tendencias reaccionarias que aspiraban a restaurar una situación eclesial anterior a la del pontificado de quien fuera llamado el “Papa de los obreros”. Pero, introduzcámonos sin más en la segunda parte de este - 20 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) trabajo, y veamos el Uruguay en que tócole vivir a Soler, y como éste respondió a sus desafíos. Para ello ahondemos en algunas de las ideas ya expuestas en esta primera parte y abordemos otras todavía no estudiadas.

Segunda Parte:

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) SOLER, IDENTIDAD Y COMPROMISO CRISTIANO EN DIÁLOGO CON EL MUNDO MODERNO El hombre y su circunstancia El hombre y su circunstancia, tal afirmaba Ortega y Gasset queriendo resaltar con ello la incidencia que la coyuntura histórica adquiere en la conformación de la personalidad de quien la vive. En el caso de Mons. Mariano Soler (25.3.1846-26.10.1908) esta aseveración se convierte en axioma, dado que no podemos comprender ni aquilatar cabalmente su persona y trayectoria si la abstraemos del complejo y conflictivo entorno en el que tócole desarrollarse. Su sacerdocio, sus proyectos pastorales, su teología, e incluso, sus virtudes, estarán claramente signados por el acontecer histórico de su época. Podemos afirmar entonces que Mons. Soler fue de modo sobresaliente hombre de su tiempo. Tiempo que asumió y amó, pero que también supo analizar, criticar y trascender. Podríamos decir que no sólo el pensamiento de Soler sino su vida, constituyó una respuesta al tiempo que tocóle vivir. Mariano Soler fue un pensador de gran talla, erudito y vigoroso. El doctor Arturo Ardao, un historiador de origen positivista, pero sin duda de gran solvencia, así lo reconoce cuando en su libro "Espiritualismo y positivismo en el Uruguay" escribe: "Por desconocimiento o por prejuicio, no se acostumbra asignar al sacerdote Mariano Soler el puesto distinguido que le corresponde en la historia de nuestra cultura. En una época en que, como en ninguna otra, la inteligencia uruguaya descendió a la realidad histórica inmediata para fecundarla polémicamente, con sus ideas y con sus pasiones, él representó como nadie al sector teológico tradicional. Racionalismo y positivismo, cada uno en su hora y con sus armas, desafiaron a la Iglesia en una lucha de ideas. Soler aceptó el reto. Y justo es reconocer que no obstante tener por enemigo al espíritu avasallante del siglo, sostuvo la lucha con

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) derroche de talento y de ilustración, favorecido por una versación científica que la mayoría de sus adversarios no tenían. Contribuyó poderosamente a ensanchar el volumen intelectual e histórico de esa lucha al esforzarse por armonizar la fe antigua con la ciencia nueva, de la que fue entusiasta apologista cuando, por paradoja, en el propio campo del racionalismo se alimentaban prejuicios contra xx

ella".

Por su carácter inclinado a la meditación y la soledad, por su formación y estudios, Soler fácilmente podría haberse convertido en un intelectual aséptico, desligado de la realidad, -piénsese que llegó a escribir más de 120 obras, sin contar en éstas sus escritos menores-, concentrado exclusivamente en sus investigaciones de gabinete para las cuales estaba particularmente bien dotado. Y sin embargo no fue así.

Mariano Soler se comprometió con su época y sin caer en

peligrosas ideologizaciones y banderías sectarias, tomó partido. Para ello estudió con rigor y espíritu científico las corrientes filosóficas y sociales de su siglo. Las analizó y supo discernir tanto los valores como los antivalores insitos en sus planteos, y lo que es más, no se limitó a esta ardua tarea de discernimiento, sino que elaboró y propuso alternativas. Pocas veces es dable observar en una personalidad el grado de continuidad y al mismo tiempo de evolución que ofrecen las actividades y discursos de Soler a lo largo de su vida.

Con

fundamento podemos afirmar, sin temor a equivocarnos: ¡qué distinto es el sacerdote de la década de los "70" al arzobispo de fines de siglo! Y simultáneamente con la misma certeza y validez histórica, exclamar: ¡qué idéntico, en lo medular, ambos momentos de su vivir! Es que en la vida de Soler hay una corriente dinámica, una búsqueda constante de verdad, que lo mantendrá siempre dentro de una gran coherencia, en una permanente evolución. Esta lo llevará a rehacer su pensamiento, a enriquecerlo con nuevos aportes, a ajustarlo y afinarlo. El primer arzobispo de Montevideo no sólo será peregrino en el Oriente, sino también al recorrer los continentes - 23 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) doctrinarios de su época. Pero si de caminar se trata, recorramos con Mons. Soler el rico itinerario de su vida y comencemos a acompañarlo cuando regrese de Roma, con los óleos de su ordenación aún frescos en sus jóvenes manos sacerdotales. Ya en los primeros pasos que dé a su retorno

al

Uruguay,

descubriremos

al

intelectual

y

pastor.

Prontamente asumirá la conflictiva problemática que a la Iglesia Oriental de su tiempo tócole enfrentar. La sociedad uruguaya bajo la influencia del racionalismo Al socaire de un proyecto modernizador, y predispuestos por el clima que con anterioridad habian creado los carbonarios inmigrantes, la mayoría de la intelectualidad de la época se había enrolado en las filas del racionalismo y muchos se aprontaban a convertirse al positivismo. Sin todavía abjurar de un Dios, que no obstante

ya

habían

expulsado

de

la

historia

y

relegado

exclusivamente al mundo de las causas finales, la intelectualidad uruguaya, libraba una dura lucha contra la Iglesia, en quien hipostasiaba todos los males que creía descubrir en nuestro xxi

continente, ya fueran reales o ficticios. "La América en peligro" , de quien era autor el chileno Francisco Bilbao, por ese entonces radicado en Buenos Aires, resultaba el libro de cabecera de estos tan inquietos como inmaduros jóvenes. Recordemos que Bilbao citará en el prólogo de su libro a dos de estos jóvenes uruguayos, Laurindo Lapuente y Heraclio Fajardo, ambos de indudable gravitación en el periodismo de la época. ¿Y cuál era el peligro? El peligro era la Iglesia y la religión revelada por ella predicada. A ambas había que combatir si se quería librar a América de las cadenas que la retenían en el atraso y la barbarie.

El progreso, la ciencia y hasta la democracia eran

incompatibles con el catolicismo. Basta leer la reconocida "Profesión xxii

de fe racionalista" del año 1872 , para comprender porque quería - 24 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) sustituírsele. La "religión del deber", amasada con las ideas de Kant, Voltaire, Quinet, Michelet, Renán y tantos otros influyentes corifeos del racionalismo deísta por entonces en auge debía bastar. La tierra uruguaya estaba madura para dar este fruto.

Un sinnúmero de

publicaciones, entre las que se destacarían "La Aurora" y "La Revista Literaria"

xxiii

, habían abandonado convenientemente el campo. José

Pedro Varela, Carlos María de Pena, Duvimioso Terra, José Pedro y Gonzalo Ramírez, Acevedo Díaz, Prudencio Vázquez y Vega, Daniel Muñoz, Dufort y Alvarez, Carlos María Ramírez, Justino Giménez de Aréchaga, constituían entre otros, los brillantes representantes de estas doctrinas racionalistas. Más allá de la presencia que durante la "Patria Vieja", el liberalismo y la masonería nucleados en torno de la antiartiguista oligarquía unitaria, tanto porteña como oriental, representaron de novedoso para el catolicismo de viejo cuño popular, sin duda que para la Iglesia Oriental, este ataque frontal orquestado en las últimas décadas del siglo XIX era un hecho nuevo que irrumpía en las estructuras sociales y culturales que se heredaran de la cristiandad colonial. Al analizar los documentos de la época, surge la duda en cuanto a si inicialmente se llegó a comprender cabalmente la magnitud del trágico proceso que se iniciaba. Más tarde y muy explicablemente, a la inadvertencia sucedió la estupefacción, el escándalo y posteriormente la condena.

Al llegar Soler al país

comprenderá de inmediato, no sólo la imperiosa necesidad de proceder a una reafirmación de las creencias católicas tan duramente cuestionadas, sino asimismo, la urgencia de encarar un análisis crítico de las nuevas corrientes, análisis que debía ir más allá del anatema. Mariano Soler y su respuesta inicial Es en esta coyuntura que emergerá el Dr. Soler como sin - 25 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) igual polemista y hábil apologista.

Era sin duda una instancia

ineludible, necesaria para la identidad y reafirmación del ser cristiano. De este período recuérdese, por lo comentada, la polémica sostenida en torno a “El génesis y la geología”

xxiv

, debate sostenido entre Soler

y Manuel Otero, memorable no sólo por la solidez con que el sacerdote Soler expusiera sus ideas, sino porque con esta polémica se inició para la Iglesia uruguaya un nuevo estilo, cual era el hacerse presente en el campo intelectual que le era hostil. De esta presencia novedosa del catolicismo en el terreno adversario dará cuenta el pastor Tomás Word quien en “El Evangelista”, órgano del evangelismo uruguayo, refiriéndose a quien luego será el primer arzobispo de Montevideo, expresará: “El Dr. Soler está haciéndose cada día más el caballo de batalla del clericalismo en el país.

Su habilidad poco común,

acompañada por una actividad especial, le hace un campeón de primer orden y si no se convierte al racionalismo o al protestantismo (como está sucediendo con la gran mayoría de la juventud activa e inteligente del catolicismo) está destinado a figurar como el primer apologista del romanismo en estos países”.

xxv

Este nuevo estilo al que hacíamos referencia llevará a Soler y sus jóvenes amigos católicos a también hacerse presentes en el recientemente fundado “Club Universitario”, de donde a falta de razones, finalmente, por la intolerancia liberal, serán expulsados a tinterazos, obligándolos a fundar entonces el “Club Católico” en junio de 1875. Debe tenerse presente en relación a esta fundación, que Soler había regresado de Roma a fines del año 1874. Seis meses después, según nos narra Don Juan Zorrilla de San Martín, “en la casa de Mons. Vera, Soler se reunirá con un grupo de jóvenes animosos y sugerirá a Vera la idea de la fundación de este Club”.

xxvi

Pero Soler no se conformará con establecer un club para el debate y la polémica. Aspirará a más y en el mismo año, aún cuando se inaugure en el año 1876, concebirá el llamado “Liceo Universitario”

xxvii

, un instituto de enseñanza de nivel terciario, que - 26 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) aspiraba a convertirse con el tiempo en una auténtica universidad católica, al punto que posteriormente se llamará “Universidad Libre”, para finalmente denominarse “Universidad Católica”. Los objetivos y programas del instituto revelan el decidido propósito de dotar a quienes sean sus alumnos de una sólida formación teológica y filosófica. Particularmente interesante resulta constatar la importancia que se le concedía al estudio de la historia en general. Prueba de ello será, que quien asuma esta cátedra, por especial resolución, sea nada

menos

que

Francisco

Bauzáxxviii.

Para

Soler,

que

personalmente se encargará de la dirección del instituto, la teología debía integrarse con las demás ciencias, posibilitándole al laico una cosmovisión cristiana integral y coherente.

Los jóvenes laicos

egresados del “Liceo Universitario”, se distinguirán no sólo por su fidelidad a la Iglesia, sino también por la amplitud de su cultura humanística

y

científica

y

su

sólida

particularmente por su capacidad crítica.

formación

cristiana

y

Acorde a ello, podemos

asegurar que los egresados de esta “Universidad Católica” no fueron “domesticados” por los antivalores de la sociedad en que vivieron. Al acompañar a Soler en sus primeros trabajos como simple sacerdote, descubrimos ya tempranamente su proyecto pastoral. No se trataba de crear cenáculos de intelectuales, sino de difundir y popularizar la doctrina, para una más firme y madura vivencia de la fe. Como consecuencia de ello, con la ayuda de su entrañable amigo Zorrilla de San Martín, en noviembre de 1878 fundará el diario “El Bien Público”. Organo de prensa con el que se buscaba contrarrestar la prédica del diario “La Razón”, fundado el 13 de octubre de 1878, y xxviii

también “El Siglo”, que se venía editando de tiempo atrás.

El proyecto de Soler se ampliará en el año 1885 con la creación de los “Círculos Católicos de Obreros”

xxix

, contando en este

caso con la ayuda no sólo de un grupo de obreros cristianos, la mayoría terciarios franciscanos, sino asimismo del virtuoso sacerdote italiano Mons. Andrés Torielli y Francisco Bauzá, conocida y preclara figura del laicado católico. Quizás, como hecho explicable en esa - 27 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) época, los círculos, -que no eran por ese entonces una mera mutualista católica-, no estarán exentos de cierto tinte paternalista. Pero para calibrar la importancia de su fundación, debe pensarse que a raíz del aluvión liberal, a partir de la Revolución Francesa, por la ley Chapelier, -legislación que posteriormente se extendió a toda Europaestaba prohibida todo tipo de asociación obrera, y que cuando se intentó la fundación de los círculos, el asunto, en el continente europeo pasó a consideración de los Ministros del Interior, es decir que la simple asociación de los obreros era tema que concernía a la policía, ya que se consideraba subversiva, y regulada en última instancia por el derecho penal. En el caso uruguayo, debe asimismo tenerse presente que la fundación de los círculos se concretó durante la dictadura del Gral. Santos, dictadura que fuera sostenida por la masonería. Como se desprende de los documentos de la época, la creación del Círculo, conjuntamente con buscar el mayor bienestar de los obreros a través de la ayuda mutua y solidaria, tuvo un claro signo contestatario al régimen dictatorial. La virulencia anticatólica Pero si hacemos memoria de las realizaciones de Soler, también debe de recordarse los signos contrarios que enmarcaban la época en que se llevaron a cabo, y que por lo tanto nos hacen comprender el esfuerzo que demandó el concretarlas. Dejando de lado

las

medidas

gubernamentales

de

persecutorias claro

espíritu

y

las

leyes

anticlerical

o

y

decretos

francamente

anticatólico, tengamos presente lo que por ese entonces se escribía en los órganos de prensa de la época. Así, por ejemplo, “La Razón” en ediciones sucesivas y refiriéndose a cual sería su programa de acción, afirmaba y apostrofaba: “Nosotros, preocupados de esta cuestión con motivo del giro inconveniente que ha tomado en nuestro país, hemos creído de

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) nuestro deber combatir por los medios legítimos, las viejas preocupaciones

religiosas,

mostrando

al

pueblo

los

falsos

fundamentos del catolicismo, su inicua historia, su intolerancia secular, su inmoralidad presente y su ambición desmedida.

Y

hemos de hacer ver con claridad evidente que el ideal de la humanidad no está ni en las funestas doctrinas del catolicismo, ni en sus orígenes, ni en ninguna de las religiones positivas, y que las más bellas aspiraciones del hombre son aquellas que tiene por único móvil la realización del deber en todas las esferas de la vida”. (…) Nuestra tarea está marcada.

Combatir el catolicismo

explicando el racionalismo (…) De pie juventud ilustrada y liberal, que la hora del combate ha llegado ya (…) Arriba Voltaire! Levántate de nuevo, tu tarea no está concluida. Haz oír tu grito de guerra, ven a purificar todas estas miasmas que envenenan la atmósfera; ven a destruir todos estos obstáculos que detienen nuestra marcha. Como Apolo, que aplastó la serpiente, aplasta para siempre la infame superstición que osa aún levantar la cabeza.

Aplasta ese clero

especulador que comercia con el dolor, que explota la ignorancia, que vive a expensas del fanatismo” (…)

xxx

Para muchos de estos jóvenes intelectuales la civilización se centraba en las nuevas corrientes que emergían de Europa. Para otros, caso de José Pedro Varela, era en la raza sajona en donde había que poner la esperanza. De este modo, desde los inicios de su despertar intelectual, la adoptará como paradigma ejemplar y salvador. “Nunca seremos un gran pueblo”,

-afirma Varela-, “mientras que la raza sajona la raza del porvenir, no venga a dar vida al continente sudamericano, que muere con la raza latina, raza gastada por dieciocho siglos de dominación. (…) Bien pronto las repúblicas sudamericanas, fecundadas por la verdadera democracia y abandonando todas sus viejas tradiciones, serán dignas émulas de la gran República del Norte”.

xxxi

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Visión mesiánica que rematará al escribir poco tiempo después en el diario “El Siglo”: “¿Cuál será el pueblo que sirve de guía, que camine a la cabeza del mundo moderno? (…) Para nosotros no hay duda alguna; es a los Estados Unidos a quien está reservada esa xxxii

misión”

.

Esta admiración acrítica se contrapondrá con el

desprecio que sienta por el indio al que llamará en su libro “La Legislación Escolar”, “raza inferior y decrépita”.

xxxiii

Hemos afirmado que Soler fue hombre de su tiempo.

Su

producción y su quehacer, no constituye una respuesta atemporal: está signada y perneada por su coyuntura histórica. Al estudiar a nuestro primer arzobispo, se advierten en su vida dos grandes períodos. En el primero, Soler se nos muestra como el combatiente que deberá defender a la Iglesia de los duros ataques que se le dirigían.

El compromiso con su época lo llevará incluso a ser

diputado, cuando los sectores civilistas de la sociedad uruguaya intenten la democratización del régimen dictatorial del Coronel. Latorre, llevando al Parlamento figuras representativas de la sociedad uruguaya. También en su intrépida defensa de los derechos de la Iglesia, al correr el riesgo inminente de ser encarcelado por el arbitrario y autoritario gobierno, respaldado por la masonería, del General Santos. El Proyecto Soleriano Para conocerlo a Soler cabalmente debemos ubicar su actuación en el marco de las coordenadas tendidas por el pensamiento racionalista en auge, al que acabamos de aludir e incluso citar. De todos modos y aún cuando su figura como polemista y apologeta resulta hercúlea, debemos de cuidar al hacer referencia a este primer período, de sólo mirar a Mariano Soler desde este ángulo. El Pbro. Soler, fue también, aún cuando esto pueda sorprender, un gran hombre de acción. De ello dan testimonio las innumerables e - 30 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) importantes obras que creara e impulsara. A las que ya hemos hecho mención, deben agregarse otras muchas. A su impulso se debe la realización del Primer Congreso Católico, el cual diera motivo a la creación de la "Unión Católica", en el año 1889. También respaldó Soler la fundación de la "Caja Obrera", que no surgió como habitualmente se sostiene, por iniciativa de la "Unión Económica", año 1911, sino con anterioridad, en 1905, por la acción de los católicos agrupados en el movimiento gremial social-cristiano, constituyendo la misma, de acuerdo a la organización y postulados iniciales, una alternativa claramente crítica de la acción de las instituciones bancarias y sus préstamos usurarios.

Finalmente la

labor de Soler trascendió las fronteras del País, colaborando, como ya

se

ha

recordado,

en

la

consolidación

del

Colegio

Pio

Latinoamericano de Roma, y en la fundación y financiación, del "Hortus Conclusus", en Palestina.

Pero no era un activista.

Su

acción respondía a un proyecto, se injertaba en una estrategia, se ordenaba a determinados objetivos.

Como ya se ha aclarado, su

proyecto no apuntaba, bueno es aclararlo, a crear un país paralelo, que a modo de una nueva cristiandad, retraída sobre sí misma, corriera por carriles equidistantes a los de la sociedad secularizada. Algunas décadas atrás ciertas interpretaciones en relación a la historia de la Iglesia uruguaya, atribuían la creación de las instituciones católicas que nacieran a impulso del Pbro. Soler, al propósito de separar a los católicos uruguayos, reduciendo la iglesia a una especie de ghetto cristiano.

Nada más contrario al

pensamiento de Mariano Soler que sustraer al cristiano de las realidades temporales y los problemas de la sociedad de su tiempo. Mons. Soler rechazará el equivocado intento de satanizar a la sociedad uruguaya, y, al huir de ella, crear un espacio propio, incontaminado de sus impurezas.

La espiritualidad soleriana se

encuentra en las antípodas de esta actitud maniquea, escapista y plañidera. Muchos serán los textos que en favor de esta afirmación podríamos invocar.

A los cristianos que querían huir del mundo, - 31 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Soler reiteradas veces en sus escritos los llamará "cristianos pusilánimes".

Basta, sin embargo, por lo claro y rotundo de sus

afirmaciones, recordar su pastoral "El deber de la hora presente", escrita por nuestro arzobispo en 1906 y especialmente dedicada a los seglares. Afirmará Mariano Soler en dicha pastoral: "No; lamentarse cobardemente de "lo aciago de los tiempos", no sería en verdad una manera ni elevada ni cristiana de juzgar y calificar la época en que la Providencia nos ha hecho nacer y vivir. (...) El nos ha adaptado y proporcionado, en su providencial bondad y sabiduría, a la misión para cuyo desempeño nos ha escogido; y esto, de un modo especial, sucede respecto de cada generación.

Somos lo que debemos ser; esto es, tenemos las

cualidades necesarias para responder a las exigencias del momento en que vivimos: es la ley de la adaptación al medio ambiente providencial. Si así no se verifica, sería por culpa nuestra; y no puede ser la de Dios; porque no sería responsable de nuestra insuficiencia libre y voluntaria; sólo nosotros seríamos culpables de valer tan poco o de haber comprendido mal lo que el tiempo y las circunstancias en que vivimos, reclaman de nuestra actividad y libre cooperación. Providencialismo no es fatalismo. Y ¿podríamos admitir, si reflexionamos seriamente, que Dios nos ha rehusado el grado de inteligencia necesario para comprender nuestra época, la energía necesaria para vivir en ella conforme su ley, ni los medios de obrar en una medida amplia, a manera de verdadero apostolado? Más bien, deberíamos confesar que acaso no hemos tenido la resolución y el cuidado de pedirle esta gracia; esto es, la gracia de amar nuestra época, la época, el tiempo en que Dios nos ha colocado; ni la de comprender y estudiar sus necesidades, para realizar las obras convenientes y oportunas. (…) Cada generación tiene su tarea y su misión providencial; ella tiene el deber de cumplirla, y para ello posee los medios correspondientes. Pero si la esquiva, si se contentase con inútiles

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) lamentos sobre lo aciago de los tiempos, haría muy mal en quejarse de una época, de una situación, que no ha procurado modificar con sus esfuerzos y noble actitud. (…) Y bien: ¿acaso no es así como debe pensar y hablar un verdadero cristiano? ¿No es esto más útil y más digno, que gemir desconsolados y pusilánimes sobre lo aciago y difícil de la época y condición, en que nos encontramos?. (…) Arranquemos, por tanto, y ante todo, de nuestros corazones, cuanto pudiera servir de obstáculo a la marcha progresiva de la verdad y del bien, de la libertad y de la justicia. Amemos nuestra época tal cual es y como es; libertémosla de sus prejuicios y de sus pasiones, de sus odios y querellas, en cuanto nos sea posible; pero jamás levantemos al cielo nuestros brazos temblorosos, gesto de vergonzosa impotencia; ni perdamos en tristes lamentos un tiempo, que tenemos el deber de emplear en mejorar el presente en todo lo que de nosotros dependa”. (…)

xxxiv

La apertura al mundo Al acompañar al Pbro. Soler por su inicial itinerario nos hemos referido a un primer período que resultará sin duda una instancia necesaria en la que, afirmando su identidad católica, combatirá con tesón los errores, no sólo del racionalismo afianzado en el País, sino también del adveniente positivismo que en el Uruguay finisecular ya se insinuaba con vigor. Pero esta actitud crítica hacia el error no le impedirá a Soler descubrir las verdades y sanas aspiraciones que en su época ofrecía.

Como se ha afirmado la exhortación paulina a

examinarlo todo y quedarse con lo bueno, calará muy hondo en el alma de nuestro primer arzobispo. En una atenta y prolija tarea de discernimiento sabrá rescatar todo lo que de positivo trae el nuevo siglo, absteniéndose de toda condena indiscriminada. Entonces, a la polémica insoslayable e iluminadora, acompañará el diálogo y la acogida. - 33 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) En su pastoral “Sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”, al propiciar el diálogo con el mundo emergente, nuestro arzobispo exclamará: “¿Qué decir de esas fórmulas categóricas que condenan en conjunto todas las aspiraciones de una época, todos los esfuerzos de una generación, el pensamiento entero de un siglo? (…) cuando un pensador habla no le digamos: cállate! No le gritemos Error! Error! Escuchémosle, más bien, porque hay algo de verdad en lo xxxv

que dice”.

Y porque “la verdad es sinfónica”, como hoy nos enseña Von Baltasar, Soler, en 1904, querrá escuchar sus sones lejanos, quizás entremezclados con timbres errantes, y para ello establecerá una relación dialógica con el pensar y el sentir de aquéllos que con él disienten. El Obispo Soler en tan vigoroso concepto teológico como hermosa imagen, sintetiza su actitud vital hacia el extraviado, exclamando: “No se trata de imponerle nuestro pensamiento, ya hecho, como de explicarle el suyo, y de encontrar con él, en una condescendiente y simpática investigación, el hilo de la verdad perdido.

Nuestros dogmas no son prisiones; son amplias y

hermosas vías adonde vienen a terminar, a fin de cuentas, para quien sabe orientarse, todos los senderos del pensamiento humano”.

xxxvi

El diálogo supone apertura, dejarse interpelar por el otro, enriquecerse con su aporte, mantener en definitiva, una relación dialéctica, que exigirá de nuestra parte, frecuentemente, ajustar nuestro pensamiento, para lograr una síntesis armónica y veraz. El arzobispo Soler, a través de una gran coherencia teológica y desde una ortodoxia abierta a las nuevas ideas, intentará, sin caer en frívolos sincretismos, una grandiosa síntesis, a la cual, sin pérdida de su identidad católica incorporará el pensamiento moderno. La síntesis dialógica e integradora - 34 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

El primer período de la vida de Mariano Soler, de confrontación y discernimiento, se constituirá de este modo en crisol “socrático” que le hará posible, posteriormente, asimilar los aportes que desde su óptica resultarán compatibles con los valores que su ser cristiano sustentara.

En la obra del primer arzobispo de

Montevideo no habrá rupturas sino evolución, crecimiento. Así, ya en su primera fase, adviértanse elementos que anticipan la segunda, y asimismo

en

esta

última

es

dable

comprobar

elementos

continuadores de la primera. Su obra no será una síntesis “barroca” en la cual se superpongan materiales y estilo diversos, muchas veces contradictorios y en rigor excluyentes. Soler logrará una verdadera recreación cultural, sin duda novedosa, pero coherente y homogénea. Para ello el arzobispo de Montevideo no temerá disponer de los descubrimientos científicos provenientes de matrices filosóficas ajenas al ámbito cristiano e incluso hostiles al mismo. Un claro testimonio de ello lo constituirá su posición ante la evolución.

En una primera instancia la rechazará, pero en una

segunda, con mayores elementos de juicio y desnudándola de sus presupuestos

materialistas,

Soler

no

verá

inconveniente

en

reconocerla como posible. Tal lo que sobre el tema escribirá en su enjundioso y polifacético trabajo que publicará con motivo de una de sus tantas peregrinaciones científico- religiosas por el Oriente, con el título de “Viaje Bíblico por Asiria y Caldea”. Abocado a un exhaustivo análisis de la doctrina evolucionista concluirá: “(…) En el punto en el que se encuentra la cuestión, la evolución no es contraria a la doctrina católica y cada cual puede sostener libremente semejante teoría con tal que se le satisfagan las pruebas de sus partidarios”.

xxxvii

El arzobispo Soler, -quienes lo conocieron lo atestiguan-, era un hombre de profunda vida interior, pero no un ensimismado. El sabrá examinar las realidades temporales de su siglo, observará el mundo y su mirada escrutadora, habrá de descubrir en el horizonte - 35 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) de su tiempo, junto con los negros nubarrones, presagios de tormentas, los rayos de luz que anuncian auroras resplandecientes. “Desde tiempo atrás”,

advierte Soler, “algunos católicos en actitud descorazonada y con lenguaje desesperante, hablan del cariz fatídico de los tiempos presentes; creen que este malestar irá continuamente agravándose”

xxxviii

“Si

estamos pues en vísperas del fin del mundo”, agregará nuestro arzobispo, “no nos lamentemos por ello, porque es para presenciar una renovación”.

xxxix

Una teología de la historia Sin duda que no puede dejarse de sentir admiración por la interpretación que Soler lleve a cabo a fines del siglo pasado en relación a la historia y acontecimientos humanos.

Su reflexión

teológica supone una lúcida lectura en torno a los “signos de los tiempos” y coincide de modo manifiesto con las orientaciones del Concilio Vaticano II

xl

.

La posibilidad de incidir en los cambios

históricos, que no necesariamente deben terminar en depravación, sino que bien pueden convertirse, según se incida en ellos, en una saludable renovación, constituye la piedra miliar del discurso soleriano, con referencia a la relación de los cristianos con el mundo. “Al aceptarlo”,

dirá Soler, “se ven enseguida bajo otro aspecto las cosas, nos damos cuenta de que no son absolutamente tan malas como desde luego lo parecen, y que quizás sería posible asimilárselas purificándolas. Dios jamás está ausente de su obra: se le encontraría en ella si le buscase”.

xli

Con espíritu muy distante al que puede animar al “ghetto” y ajeno a todo sectarismo nuestro prelado se preguntará: “¿Cómo oponernos a que germine el bien a nuestro lado,

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) aún sobre un terreno que no hemos cultivado? ¿Sabemos acaso hasta donde llegan los pasos del sembrador divino?”

Mariano

Soler

responderá

a

estas

interrogantes

respaldándose en una visión eclesiológica que también nos recuerda al Vaticano II: “El error consistirá en imponer a la acción de la Iglesia fronteras demasiados estrechas”.

xlii

Para Mons. Soler, Dios está presente en la historia, y no sólo presente sino obrando en ella. Esta presencia de Dios nos convoca y nos urge a comprometernos con el acontecer humano. Sesenta años después, los obispos latinoamericanos nos dirán a través de los documentos de Medellín que al Señor se le encuentra en la historia de nuestros pueblos.

Ciertamente que esta visión supone una

teología de la historia y que para ser fiel a ella, esto exige una adecuación permanente al ritmo dinámico y cambiante del acontecer histórico. La renovación: imperativo vital y evangélico Es este uno de los ejes axiales del pensamiento soleriano y es este precisamente también uno de los más grandes puntos de coincidencia con los documentos y enseñanzas del Vaticano II. En la eclesiología de Soler, la renovación constituye un elemento vital, insoslayable para el pueblo de Dios. Renovación con identidad son los pilares fundamentales del quehacer pastoral. El sentido y alcance del progresivo desarrollo y perenne perfeccionamiento del hombre y la sociedad, nos lo aclara el mismo Soler: "Este progresivo desarrollo y perenne perfeccionamiento del hombre y de la sociedad, bajo el influjo de la Iglesia, se diferencia de aquel otro perfeccionamiento soñado por la escuela del progreso indefinido en que el progreso indefinido acepta la movilidad y adelanto de las doctrinas, el cambio de los principios; el

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) perfeccionamiento de la sociedad cristiana precede y se basa en una doctrina fija e inmóvil; es el fruto de una misma semilla, fruto que es testimonio de la fecundidad que encierra, al paso que confirmación de la unidad de la vida que le anima en las diversas xliii

fases de su desarrollo".

Soler, a fines del siglo XIX nos mostrará como coexisten en su visión sobre la historia del género humano, el pecado y la gracia. En páginas que hasta pueden hacernos recordar a Teilhard de Chardin, nos dirá: "Sin duda que habrá siempre en nuestra humanidad limitada el pecado y la miseria, el sufrimiento y la muerte; pero el mal puede ser disminuido y el bien aumentado, y en esto consiste el progreso.

Y ¿quién podrá jamás creer que el bien debe

necesariamente ceder al mal y que Satán sea más podersos que Dios?. Por tanto, nunca podremos dejar de esperar en el progreso de la humanidad; y en verdad, la historia del género humano es una historia de progreso. Aunque una mirada estrecha sobre la escena, no haga siempre resaltar esta importante verdad porque hay en las corrientes del progreso direcciones sinuosas y encontradas; sin embargo, considerado el movimiento en conjunto, se ve que no cesa de caminar hacia la perfección, y desde la venida del Salvador ese movimiento se ha acelerado inmensamente. Envuelto en un vaivén de ascensión y declinación, de flujo y reflujo, de grandor y decadencia, el progreso continúa siempre, pues Dios sabe sacar en bien hasta del mal que permite, y que sólo xliv

permite porque sacará un gran bien".

Obviamente que esta adaptación y progreso, no tiene su fundamento en el relativismo o el pragmatismo, sini en un atento espíritu de discernimiento. Basado en este principio, afirmará Soler: "...El Pontificado y la Iglesia no sólo tienen la misión de conservar y afirmar la eterna verdad; tienen un papel más elevado quizás, y sin contradicción más difícil y más complejo, cual es el de adaptar los

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) principios inmutables a las condiciones de cada época, con esa sabiduría y esa prudencia que deben caracterizar a los conductores de los pueblos. Cada período tiene sus necesidades, sus vicios y sus grandores; transformar los hechos contingentes en un vehículo de la verdad y de la justicia, seleccionar de las corrientes históricas los elementos de la verdad y del bien, saber dirigir y encarrilar los movimientos sociales en lugar de detenerlos con riesgos de provocar las crisis reaccionarias: tal es incontestablemente el deber de un hombre de gobierno y de doctrina a la vez".

xlv

La actitud de Mons. Mariano Soler ante las llamadas "libertades modernas" constituirá otro claro ejemplo de la evolución de su pensamiento, en este caso ante la Revolución Francesa.

Son

muchos los autorizados historiadores católicos que señalan al Concilio Vaticano II como la instancia en que la Iglesia, en forma definitiva y oficial, se "reconcilió" con la, por muchas y fundadas razones, denostada Revolución Francesa. Soler lo hará, al igual que un grupo de preclaros prelados y hombres de Iglesia, ya a fines del siglo pasado. Décadas atrás, el Dr. Soler había señalado con energía los elementos negativos de la Revolución, al punto que Arturo Ardao, que sólo estudió al "Primer Soler", lo ubicará por ello como un representante de lo que él llama Iglesia ultramontana.

xlvi

Sin embargo, el Primer Arzobispo de Montevideo al inicio de su segundo período, rescatará los aspectos positivos de la Revolución, sin olvidar, por supuesto, aquellos que anteriormente merecieran su condena.

De este modo, reivindicará, entre otras

cosas, la igualdad, la libertad, la fraternidad, y la razón, llegando a expresar: "así pues, en el fondo, en lo que tiene de grande, de xlvii

verdadera y de bueno, la Revolución es cristiana".

El capitalismo liberal en la perspectiva soleriana No obstante, fiel a la ya citada recomendación de San Pablo, al examinar el pensamiento liberal, el Arzobispo Soler rechazará en - 39 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) forma tajante su concepción individualista y amoral en torno a la economía. También en este punto se constituirá en un precursor. La lectura de su pastoral de 1895 sobre la cuestión social, resulta absolutamente impactante. Para valorar la posición de nuestro primer arzobispo debe tenerse presente que el liberalismo económico primaba por entonces en las cátedras universitarias y en las orientaciones de los gobiernos. Baste recordar lo que el Dr. Martín C. Martínez, conspicuo racionalista liberal, repitiendo a Bastiat; propiciaba como solución para la por entonces llamada "cuestión social".

Afirmaba esta

connotada personalidad, en su época de reconocida gravitación política e intelectual: "Cuando en una jaula de ratones no hay comida para todos, ¿es justo que los más grandes se coman a los más pequeños? ¿Qué hay, qué puede haber más legítimo que siendo en mayor número los llamados que los elegidos se reserve a los mejores el banquete de la vida para la gloria del progreso, para honor de la xlviii

humanidad?"

Soler

reaccionará

con

suma

energía

ante

planteos

semejantes. Refiriéndose al trabajo, el salario y la libre competencia, nuestro arzobispo precisará: "La competencia ilimitada o libre la definen los economistas, diciendo: que es el derecho de cada uno de luchar con los demás en la producción industrial y el derecho comercial, sin tener en cuenta para nada ni la posición ni cualidades de los demás competidores, ni mirar la mayor o menor igualdad en las armas. Luego se deduce evidentemente que si en la libre concurrencia no se deben tener en cuenta la igualdad y las armas, en la lucha entre la oferta y la demanda, entre el trabajo y el capital, la victoria pertenecerá siempre a los grandes capitalistas. Luego la libertad absoluta del trabajo es la libertad del más fuerte. Esta consecuencia es de los mismos economistas liberales (...)

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) Esta es la razón por qué debe intervenir la pública autoridad, siempre que por la libre y cruel competencia se vea el xlix

infeliz obrero oprimido y que no llega el salario al minimum"

En cuanto al trabajo, Mons. Soler, también en ésto coincidiendo con la Encíclica “Laborem Exersens”, se apartará de la filosofía liberal inspirada en el materialismo y que por ende sólo consideraba a éste como una mercancía. Para el primer arzobispo de Montevideo: "El trabajo esto es, el ejercicio de la actividad humana, es inseparable del mismo hombre, porque en él entra todo el hombre, alma y cuerpo, la inteligencia y las fuerzas musculares; y es un absurdo que hace la Economía política de personificar la fuerza del trabajo y considerarla como una acción que se puede vender o alquilar en el sentido propio de la palabra. Esta personificación no es verdadera: en el trabajo entra el hombre entero, y no debe considerarse jamás como una cosa, una mercancía sometida a las fluctuaciones de la ley, de la oferta y la demanda; es una acto humano que tiende a un fin legítimo, esto es, a procurar al trabajador l

los medios de subsistencia".

Naturalmente que ante la conflictiva situación social de su siglo y las corrientes doctrinarias que a esta situación intenten dar respuesta, Soler también analizará críticamente al socialismo y al anarquismo de entonces y que, incluso también defenderá la legitimidad de la propiedad privada. Pero en este sentido, resulta sumamente interesante conocer cómo el prelado uruguayo se ubica ante este derecho. Continuando en la línea ya trazada por los Padres de la Iglesia afirmará que este derecho no es absoluto. "Cuando un hombre se halla reducido a tal estado de miseria que él o su familia se hallan en peligro de morir de hambre rápida o lentamente, (...) puede tomar”,

-enseñará Soler-, las cosas ajenas pública u ocultamente para satisfacer su extrema necesidad".

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) A modo de orientadora reflexión acotará a renglón seguido de las palabras que acabamos de leer: "Los que han pasado algunos años en populosas ciudades y visitado con frecuencia las familias de los pobres obreros, están plenamente convencidos de que los casos de extrema y de casi extrema necesidad son más frecuentes de los que muchos li

piensan".

Soler verá en el individualismo el origen y la base del liberalismo económico. “El individualismo”,

afirmará, “es la dominación del egoísmo, de la cultura personal, de la riqueza demasiado desigualmente repartida: lleva a la preponderancia de los fuertes sobre los débiles: es la aplicación del darwinismo a las formas sociales en la, lucha por la existencia. Pero la sociedad es un organismo, es un compuesto infinito de células yuxtapuestas, que lii

viven de una misma vida y tienden a un mismo fin: el bien común".

Un actuar comprometido Tempranamente, primero en 1895 y después en su pastoral “El Espíritu Nuevo”, del año 1898, Mons. Soler frente a la modernización que se proponía por las corrientes doctrinarias entonces hegemónicas, con una contundencia y valentía admirable, con conceptos que hoy como ayer también incomodan a muchos, advertirá: “El desarrollo mercantil, fuente es de prosperidad material, pero esta prosperidad lleva consigo casi un contrapeso, que neutraliza por completo sus ventajas, el pauperismo. No permite, no puede permitir la doctrina cristiana que junto a las colosales fortunas se desarrolle enorme miseria.

Nunca las máximas de la Iglesia

autorizarán el engendro del pauperismo por el mercantilismo;

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) autorizándolo contribuiría al malestar social, que por necesidad ha de resultar de la explotación del hombre por el hombre. La industria y el comercio no deben alimentarse de sangre humana”.

liii

El primer arzobispo de Montevideo desarrollará su labor pastoral, enmarcado por un proyecto político y socio económico que propiciará la modernización del País. A esta propuesta acompañará una cultura que sin duda guardaba armonía con el modelo del país que se auspiciaba.

Los historiadores y economistas han puesto

énfasis en los aspectos económicos del proyecto que en su primera fase, como sabemos, llamarán agroexportador y en su segunda, en los comienzos del siglo XX, urbano-industrial.

Sin embargo, tan

importante o más que estas propuestas, resaltan las de carácter general que se gestarán. Ante el siglo adveniente Soler sabrá valorar todo lo que éste puede tener de bueno en sus ideas y en sus aspiraciones, pero también rechazar con energía los que considera contrario al Evangelio. En este punto no se contentará con la condena sino que auspiciará que se abran caminos alternativos.

Ello se hace

claramente manifiesto, por ejemplo, en el caso del modelo capitalista – liberal que por entonces se trataba de impulsar en el País. Recordemos que el primer proyecto de descanso dominical fue presentado por los cristianos agrupados en torno a las ideas del social – cristianismo, en el año 1902, y el mismo rechazado por la cámara de diputados, encontrándose entre los legisladores que se opusieron, varias importantes figuras de lo que después constituirá el “batllismo-progresista”, y que la iniciativa fue rechazada por entender que su aprobación significaba una intromisión intolerable del Estado en las relaciones que los patrono debían de mantener con sus trabajadores, relaciones que debían de estar libres de toda ingerencia estatal.

liv

En un gesto absolutamente olvidado por la mayoría de los historiadores, el arzobispo Soler apoyará a este grupo de laicos - 43 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) uruguayos que a través del movimiento social que organicen, conjuntamente con los anarquistas de la época, luchen por las 8 horas, el descanso dominical, el derecho de huelga y otras importantes reivindicaciones.

Resulta memorable la carta que en

este sentido les enviara Mons. Soler, cuando estos cristianos comprometidos eran víctimas de la sospecha y la incomprensión de muchos otros católicos.

Afirmará Soler en esta histórica carta de

respaldo:

“Con católicos de este temple, voy adonde quieran, a la cárcel o al patíbulo, si fuera necesario”.lv Debe señalarse que uno de los rasgos característicos de la personalidad de Soler será precisamente su preocupación por la acción de los laicos. En su proyecto pastoral, éstos ocuparán un lugar de preferencia, y a ellos adjudica un rol sumamente importante en la difusión y edificación del Reino de Dios. En este sentido, Soler no descuidará ni siquiera el aspecto económico. Para llevar adelante su proyecto, se rodeará de un pequeño pero muy generoso grupo de cristianos de fortuna. Los Jackson y los Heber, los Perea, los Rius, los Casarvilla, y muy especialmente los Buxareo, serán quienes secundarán sus planes. Algunas de estas familias serán de cuño conservador, pero, por entonces, no contaminados por el espíritu del liberalismo económico, lo que les permitirá apoyar con espléndida generosidad la financiación de numerosas y costosas obras, tanto de carácter social como específicamente eclesial. Una temprana opción por los pobres Pero no nos confundamos, para Mons. Soler una de sus principales preocupaciones será, la lucha por la justicia social, la defensa del pobre.

Ello constituirá una misión irrenunciable de la

Iglesia. A cumplirla estarán llamados no sólo los laicos sino también el clero. En relación a ello, en ocasiones asumirá una actitud de - 44 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) enérgica crítica que se expresará en severas reconvenciones casi proféticas. Tal lo escribe, con la autoridad que le otorgaba el haberse comprometido personalmente con la causa de los pobre y oprimidos, en la carta que le escribiera al Cardenal Rampolla, secretario de Estado del Papa León XIII y amigo personal de Soler. Dirá en este memorial: “Aparte de la propaganda anticlerical, creo proviene de que el clero, debido a una máxima corriente desde la revolución francesa, ha abandonado una parte muy principal de su misión, que consiste en la tutela de los intereses sociales, la protección de los desgraciados, de los débiles y de los oprimidos; en procurar al mismo tiempo que el bien espiritual del pueblo, su bienestar material.

Este punto de vista del Clero, ha sido de tal modo

descuidado que la inmensa mayoría de los sacerdotes se creen dispensados de trabajar por la organización cristiana y económicosocial de las masas populares, y hasta consideran como una virtud no mezclarse en esas cuestiones y obras sociales, siendo letra muerta los clamores del Papa para la inmensa mayoría del clero: la sacristía y no el pueblo, parece ser el único campo de acción. ¿Y acaso no son contados en muchas regiones los clérigos que se ocupan de las cuestiones sociales e instituciones obreras? ¡Ah! No es impunemente que el Clero ha abdicado su papel de tutor de los proletarios, de defensor de los obreros y de protector de los débiles y oprimidos. No recuerdan el “misereor super turbam” del Maestro. Los proletarios están abrumados por la miseria, los obreros explotados, los débiles gimen en el abandono, la sociedad está desamparada y desorganizada; y por esto mismo el Clero ha sido depuesto de su puesto de honor (…) “los sacerdotes gimen entre el vestíbulo y el altar”, felices cuando no se les insulta en la vía pública, o no se les lleva a la cárcel, o se les arroja al ostracismo como gentes inútiles y perjudiciales a la sociedad”.

lvi

Esta preocupación por los problemas sociales, por la penosa situación en que el proceso de modernización colocaba a los - 45 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) trabajadores, lo impulsará a estudiar las reivindicaciones de los obreros, aún en las formas de expresión más radicales para su época y tratar de desentrañar su significado último: “La terrible palabra socialismo, es en su impulsión primera, el grito de desesperación de seres hambrientos, sobre quienes se ha descargado la pesada mano de la avaricia y de la injusticia, y es por falta de caridad cristiana que se ha agravado el tremendo problema social. Ni puede negarse que el fundamento de muchas de sus reclamaciones se apoya en la teología católica, al enseñar que la especie humana no existe para beneficio de un pequeño número de afortunados. Y tan propio es del espíritu de la Iglesia preocuparse de la suerte de los que sufren que el sabio León XIII ha dictado la “carta magna” de la cuestión social en su Encíclica sobre la condición de los obreros”.

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La expresa alusión a León XIII no es evidentemente casual. Este gran Papa será un permanente referente para Mariano Soler. Su adhesión fervorosa a la cátedra de Pedro es conocida, pero quizás no lo sea tanto su amistad personal con el Pontífice autor de la “Rerum Novarum”. En un análisis en profundidad de Mons. Soler, para comprenderlo cabalmente, se impondrá estudiar el círculo de sus amigos.

En el plano nacional, entre los laicos, Bauzá,

Casaravilla, Zorrilla, -en su momento Embajador ante la Santa Sede-, como asimismo varios sacerdotes que heroicamente lo secundarán, entre otros, Camacho, Haretche, y el tan virtuoso como bravo Pedro Oyazbehere. En el plano internacional, Mons. Ireland, el cardenal Gibbons, el ya citado cardenal Rampolla y el mismo Papa león XIII. No debemos olvidar, como ya señaláramos, la activa participación que le cupo a Soler en la organización del Concilio Latinoamericano, embrionario antecesor del CELAM, encuentro que los obispos del continente llevaron a cabo durante el año 1899. Como se comprenderá, es imposible en esta somera aproximación biográfica, aprehender la riquísima y polifacética personalidad de nuestro primer arzobispo. - 46 -

Naturalmente que al


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) estudiarlo, surgen también las limitaciones y condicionantes que su obra tuvo, en gran medida explicables en función de su época; pero sin duda también que su obra trascendió su siglo. En fase de Zorrilla de San Martín: si bien Mariano Soler vivió intensamente su época, en muchas ocasiones se anticipó a ella.

lviii

Al igual que los profetas nos mostró un camino a recorrer, y como ya se afirmara , podríamos decir fue “un hombre de futuro”, y para construirlo asumió de manera plena su presente. No lo hizo sin sufrimiento. En una carta que no suele citarse, Soler, que jamás se quejó por las persecuciones y ataques de los enemigos de la Iglesia, dirá con dolor, que ciertos católicos, los que se oponían a su proyecto, le hacían sentir el arzobispado como un martirio. Como historiadores no podemos callarlo, ser fiel a su proyecto, al Evangelio, fue para Soler un martirio, pero podemos afirmar, que también fue su gloria.

lix

Hombre de oración Pero no sólo debió cargar con esta cruz el primer arzobispo de Montevideo. El episcopado le exigió asimismo otros sacrificios. Mariano Soler, era por su naturaleza un contemplativo. Amaba el silencio y la soledad. Es más, quiso ser un contemplativo, y para ello ingresó en uno de sus tantos viajes al Oriente, al noviciado de un lx

eremitorio franciscano . A ello tuvo que renunciar por especial designio de la Providencia y mandato expresa de la Santa Sede. Sólo quienes estando llamados, diríamos que por su naturaleza, a llevar una vida contemplativa y son obligados por sus deberes a renunciar a este modo de vida, pueden calibrar en toda su profundidad el sacrificio que ello supuso para Soler. Al referirnos a este aspecto de la vida de nuestro prelado somos conscientes de que nos aproximamos a su intimidad, intimidad con la que debemos ser particularmente respetuosos. Sin embargo, nos atrevemos a decir que si Soler de contemplativo se convirtió en laborioso intelectual y - 47 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) activo pastor, fue por su amor a la Iglesia y a su pueblo. fundado en una profunda vivencia de Dios.

Amor

De Mons. Soler

podríamos decir muchas cosas, pero no dudamos en afirmar que si fue lo que hoy sabemos, es porque en realidad fue un hombre de oración. Es esta oración la que le permitió ser lo que hoy nos admira y alecciona, que esté junto a nosotros tan vivo como en el “900”. Al iniciar esta semblanza de nuestro primer arzobispo, invitamos a acompañarlo en su rico y por momentos difícil itinerario. Al finalizar estas reflexiones permítasenos ofrecer un testimonio personal. Nuestro padre –que si hoy viviera tendría 128 años- fue discípulo y amigo de Soler.

Conocemos, entonces, a nuestro

arzobispo no sólo a través de la lectura de su vida y de sus escritos, sino mediante el testimonio de alguien para nosotros muy querido, y que invariablemente lo acompañó en su proyecto.

Índice de Citas bibliográficas:

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) i

Actas y Decretos del Concilio Plenario de América Latina. Edición facsimil. Librería Editrice Vaticana. Pontificia Commissio Pro América Latina. 1999. Con intruducción historica del Padre Eduardo Cárdenas. ii ARDAO, ARTURO. “Génesis de la idea y el nombre de América Latina”. Caracas, 1980. iii Actas y decretos del Concilio Plenario de América Latina. Ob. Cit. Pág. XXII iv MEDINA ASCENCIO, LUIS. “Historia del Colegio Pio Latinoamericano”. Editorial Jus S.A.. México 1979. v SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea con ocasión de la Santa Cuaresma”. Montevideo. Tipografía uruguaya Marcos Martínez, 1904. Pág. 94. vi SOLER, MARIANO. Pastoral citada, pág. 91. vii “Declaración de Principios de la sociología cristiana y bases de la solución del problema social”. Manuscrito autógrafo de Soler en 20 fs. Archivo Curia Eclesiástica de Montevideo. viii SOLER, MARIANO. “La cuestión social ante las teorías racionalistas y el criterio católico”. Pág. 106. Montevideo. Tipografía Uruguaya. 1895. ix SOLER, MARIANO. “Viaje bíblico por Asiria y Caldea”, pág. 397. x SOLER MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”, pág. 99. xi SOLER, MARIANO. La cuestión social ante las teorías racionalistas y el criterio católico”. Pág. 194. Montevideo. Tipografía Uruguaya. 1895. xii SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”. 1904 xiii SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”. 1904 xiv SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo. La Iglesia y el siglo. Tendencias, conveniencias y razones de la conciliación de ambos”. Montevideo, 1900. xv SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”, pág. 47. 1904 xvi SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”, pág. 96. 1904 xvii SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”. 1904 xviii SOLER, MARIANO. “La Cuestión Social ante las teorías racionalistas y el criterio católico”. Montevideo. Tipografía Uruguaya, 1895. xix “El Demócrata”. “Defensor de las clases proletarias”. Montevideo. 15.VI.1907. xx ARDAO, ARTURO. “Espiritualismo y positivismo en el Uruguay”, pág. 164. Ed. Universidad de la República. Montevideo, 1968. xxi BILBAO, FRANCISCO. “La América en peligro”. Buenos Aires, 1862. xxii “El Club Universitario”. T.III, pág. 361, N°57, Julio 14 de 1872.

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) xxiii

“La Aurora”, revista mensual editada a partir del 1.10.1862 y dirigida por José Antonio Tavolara. “La Revista Literaria”, también dirigida por Tavolara, comenzará a publicarse en el año 1865; serán sus redactores: Julio Herrera y Obes, Gonzalo Ramírez, José Pedro Varela, Eliseo Outes, José María Castellanos. xxiv ARDAO, ARTURO. “Racionalismo y liberalismo en el Uruguay”, p{g. 295. Universidad de la República. Montevideo, 1962. xxv “El Evangelista”. Artículo del pastor Tomas Word, T. I., pág. 397, 27 de junio de 1878. xxvi VIDAL, JOSE MARIA. “El Primer Arzobispo de Montevideo”, T. I., pág. 60 y ss. 1935. xxvii VIDAL, JOSE MARIA. Ob. Cit. Pág. 65 y ss. xxviii “El Bien Público”, transcripción de acta de fundación en edición de fecha 15 de julio de 1951. xxix “Círculo Católico de Obreros. Album de Bodas de Oro. 1885- 1935”. 175 páginas. También “El Bien Público” editorial de fecha 29 de julio de 1885. xxx “La Razón”, 13 de octubre de 1878, 29 de octubre de 1878, 3 de noviembre de 1878. xxxi VARELA, JOSE PEDRO. En “La Revista Literaria”, año 1, N°30, 26 de noviembre de 1865, pág. 486. xxxii VARELA, JOSE PEDRO. Diario “El Siglo”, 24 de noviembre de 1886. xxxiii VARELA, JOSE PEDRO. “La Legislación Escolar”, pág. 154 y 163. Colección de Clásicos Uruguayos. Montevideo. xxxiv SOLER, MARIANO. “El deber de la hora presente”. Pág. 8, 9, 11, 12, 13. Montevideo. Tipografía Uruguaya, 1906. xxxv SOLER, MARIANO. “Pastoral del Exmo. Señor Arzobispo sobre la vida de la Iglesia y la época contemporánea”. Pág. 88, 89. Montevideo. Tipografía Uruguaya, 1904. xxxvi Idem. xxxvii Para el “primer” Soler consultar la obra del prelado: “El Darwinismo ante la filosofía de la Naturaleza”. Montevideo, 1880. Para el “segundo”: “Viaje Bíblico por Asiria y Caldea”, pág. 319, 320. Tipografía Uruguaya. Montevideo, 1893. xxxviii SOLER, MARIANO. “Viaje Bíblico por Asiria y Caldea”, pág. 394. xxxix Idem, pág. 402. xl SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo, la Iglesia y el Siglo. Tendencias, conveniencias y razones de la conciliación entre ambos”. Pág. 34. Tipografía Uruguaya de Marcos Martínez. Montevideo, 1898 xli SOLER, MARIANO. “Pastoral sobre la vida de la Iglesia y la Epoca Contemporánea”. P. 80. xlii Idem, pág. 96. xliii SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo”, pág. 34. xliv Idem, pág. 63 y 64. xlv SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo”, pág. 18. - 50 -


Mons. Mariano Soler (1846 – 1908) xlvi

ARDAO, ARTURO. “Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay”, pág. 97 y 275. xlvii SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo”, pág. XVIII. xlviii MARTINEZ, MARTIN C. “Escritos Sociológicos 1881-1885”. Vol. 78, pág. 90 y 91. Biblioteca Artigas. Colección de Clásicos Uruguayos. Montevideo, 1965. xlix SOLER, MARIANO. “La cuestión social ante las teorías racionalistas y el criterio católico”, pág. 202. Tipografía uruguaya. Montevideo, 1895. l Idem, pág. 199, 200. li Idem, pág. 171. lii Idem liii SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo”, pág. 31, 32. liv ZUBILLAGA, CARLOS – CAYOTA, MARIO. “Orígenes de la Legislación Laboral Uruguaya. Una iniciativa social-cristiana”, en Cuadernos del CLAEH, N°19, Julio – setiembre de 1981. Montevideo. lv CAYOTA, MARIO. “Social-Cristianismo en el Uruguay”, pág. 68, reproducción facsimilar. Cuadernos del CLAEH, N°11, Julio – Setiembre 1979. Montevideo. Carta original se conserva en archivo familiar. lvi SOLER, MARIANO. Memorandum sobre “Necesidad de control en la administración de las Diócesis”, de marzo de 1904, dirigido al Cardenal Rampolla. Archivo de la Curia Eclesiástica de la Arquidiócesis de Montevideo. lvii SOLER, MARIANO. “El Espíritu Nuevo”, pág. 57. lviii ZORRILLA DE SAN MARTIN, JUAN. “Huerto cerrado”, pág. 98. Dormeleche y Reyes Impresores, 1900. lix Carta del Arzobispo de Montevideo al Vicario General de la Arquidiócesis, Santiago Haretche, fechada en Montevideo el 10 de noviembre de 1904. Archivo de la Curia Eclesiástica de la Arquidiócesis de Montevideo. lx Carta del Pbro. Mariano Soler, sin fecha, escrita en Jerusalém al Pbro. Nicolás Luquese, secretario de la Diócesis de Montevideo, expresando su intención de retirarse a un eremitorio franciscano. Archivo de la Curia Eclesiástica de la Arquidiócesis de Montevideo.

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

Datos biográficos 1845: El 12 de junio contraen matrimonio sus padres, Mariano Soler – catalán- y Ramona Vidal –originaria de Maldonado-. 1846: El 25 de marzo nace en San Carlos -Depto. De Maldonado- el futuro primer arzobispo de Montevideo, Mariano Soler. En el mes de abril es bautizado en la parroquia de San Carlos por el presbítero José Bertolosa. 1851: Se traslada junto a sus padres al sur de Brasil. 1853: Vuelven al Uruguay radicándose en Chafalote –Rocha-. 1853 – 1854 : Comienza la instrucción elemental para lo cual se traslada a San Carlos viviendo junto a su abuela. 1854 – 1857 : Toma lecciones con su padrino, el presbítero Angel Singla yluego con el maestro Solares. 1857: En un padrón figura viviendo junto a sus padres en Rocha. 1862: Con los años manifiesta su vocación al sacerdocio e ingresa insólitamente al Colegio de Jaime Roldós y Pons, reconocido masón de la ciudad de Montevideo. 1863: Desde noviembre hasta 1869 estudia en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe – Argentina- a cargo de los padres jesuitas. Fue enviado por Mons. Jacinto Vera, junto con R. Isasa, N. Bentancour, N. Falcón, G. Sánchez e I. Torres. 1865: Juan Zorrilla de San Martín lo conoce en el mismo Colegio. 1869: Mons. J. Vera viaja a Roma para asistir al Concilio Vaticano llevando a Mariano Soler y a Norberto Isasa, en este momento seminaristas, para que continuaran allí sus estudios. Durante la estancia en la ciudad eterna se sucederá la toma de Roma y el autorecluimiento de Pio IX. 1871 - 1874: Se suceden los títulos obtenidos por Mariano Soler, primero de bachiller en Teología, Luego Licenciado y Doctor también en Teología, culminando con la obtención del título de Doctor en Derecho Canónico; al que accedió en forma inmediata ya que por

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

autorización

papal

pudo

estudiar

Teología

y

Derecho

simultáneamente. 1872: el 20 de diciembre es ordenado sacerdote teniendo en ese entonces 26 años. 1874: De vuelta en Montevideo es designado Fiscal eclesiástico del Vicariato. 1875: Funda el Liceo de Estudios Universitarios como Universidad alternativa, a la del Gobierno de Latorre. En 1875: también se inaugura el Club Católico, pronunciando Mariano Soler el discurso inaugural, ya que por su iniciativa es que se fundó dicho club. 1879: Desde el 8 de febrero hasta 1882 ejercerá el cargo de cura rector del Cordón. Durante el mismo período será Diputado en la XIII legislatura. 1882: Es designado Vicario General de la Diócesis, ocupando dicho cargo hasta el 1° de febrero de 1890. 1884: Inicia un viaje por varios países de América Latina, que luego repetirá, con el objetivo de recaudar fondos para el Coelgio Pio Latinoamericano de Roma. 1885: Inocencio M. Yeregui le encomienda una misión ante la Santa Sede emprendiendo con ese motivo un largo viaje. Regresará de su viaje por América Latina, Europa y Palestina, de donde recoge impresiones que le marcarán su pensamiento. En ese mismo viaje gestiona su ingreso a la Orden Franciscana siendo admitido en un Convento de Tierra Santa. 1887: El 4 de diciembre parte al frente de uan peregrinación por el Jubileo sacerdotal de Leon XIII. 1890: El 1° de febrero muere Inocencio M. Yeregui, segu ndo obispo de Montevideo. Inmediatamente por resolución papal es designado Gobernador Provisional Mariano Soler. 1891: Encontrándose en Roma, Mariano Soler es designado obispo diocesano por breve pontificio. El 8 de febrero es consagrado por

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

León XIII. El 17 de marzo regresa a Montevideo y es recibido con un solemne homenaje. 1893: Soler viaja de nuevo a Roma y a Jerusalem. Participa en el 8vo. Congreso Eucarístico Internacional. 1895: El Poder Ejecutivo envía a la Asamblea General un proyecto para la creación del Arzobispado.

Se inician las gestiones del

Ministerio de Relaciones Exteriores con el Vaticano. 1896: Mientras continúan las discusiones parlamentarias y en otros niveles sobre la conveniencia de tal jerarquía eclesiástica, se realiza una manifestación contraria que se hace coincidir con la tradicional fiesta garibaldina del 20 de setiembre. Finalmente el 18 de noviembre se aprueba la creación del Arzobispado en ambas cámaras, modificándose la creación de la diócesis de San José por la de Melo. 1897: Juan Zorrilla de San Martín es desigando para gestinar ante la Santa Sede la bula de creación del Arzobispado. El 14 de abril León XIII crea la Provincia Eclesiástica de la República Oriental del Uruguay; nombra a Mons. Soler Arzobispo de Montevideo, elevando la Iglesia Catedral de Montevideo como la Meropolitana y creando las diócesis sufragáneas de Salto y Melo. El 19 de abril es preconizado Arzobispo en Roma y vuelve a Montevideo el 27 de junio donde es recibido por el pueblo, el clero y el gobierno, presidido por J. Idiarte Borda. El 25 de agosto al salir del Tedeum, Idiarte Borda es asesinado, cuando aún Soler no había sido reconocido legalmente, ni había prestado juramento; J. Lindolfo Cuestas, ferviente anticlerical y sucesor en la Presidencia de la República, asegura que favorecerá la aprobación de las bulas para la creación del Arzobispado. 1898: El 13 de marzo vuelve a viajar a Jerusalem donde conseguirá del Sultán la aprobación para construir el Santuario Argentino – Uruguayo del Huerto Cerrado -Hortus Conclusus-.

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

1899: Vuelve a Roma, esta vez para participar del Concilio Latinoamericano convocado por León XIII. Mons. Soler inaugura el Concilio con un discurso, en nombre del Papa; durante sus sesiones oficiará de secretario. Regresa a Montevideo. 1905: Nuevamente estará en Roma para el Congreso Eucarístico internacional; posteriormente se traslada a Jerusalem a visitar el Hortus Conclusus. 1908: El 27 de febrero emprende su último viaje a Roma y a Tierra Santa, Junto al Padre Francisco Mujica.

Permanece dos meses en

el Santuario de Huerto Cerrado, en honor de Nuestra Señora del Huerto regresando a Roma. Se agravan allí sus dolencias y a pesar de la negativa de los médicos decide regresar a Montevideo. Para ello embarca en el vapor ‘Umbría’, el 24 de setiembre; el día 26, estando frente a las costas de España, fallece en alta mar. Sus restos llegan a Montevideo el 15 de octubre, recibiendo sepultura en la Catedral de Montevideo.

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Mons. Mariano Soler (1846 – 1908)

Datos del autor del presente trabajo Mario Juan Bosco Cayota Zappettini, Zappettini, nació el 18 de agosto de 1936 en Montevideo. Doctorado en Filosofìa por la Universidad de La Plata (Argentina), posteriormente se orientó hacia los estudios históricos y la docencia. Fue profesor de filosofía e historia en Enseñanza Secundaria y dictó numerosos seminarios a nivel universitario. También en el exterior, entre otras, en la Universidad de Petropolis (Brasil), la Católica de Santiago de Chile y Trento (Italia). Se ha desempeñado por más de treinta años como profesor en la actual Facultad de Teología Mons. Mariano Soler. Ha participado con múltiples ponencias en numerosos congresos y seminarios, tanto en el Uruguay como en el exterior. Asimismo ha escrito variados artículos para diarios y revistas del país y otras naciones. Es autor de varios libros. “Cristianos y cambio social” (Premio de la Intendencia Municipal de Montevideo, 1989 y Premio del Ministerio de Educación y Cultura, 1990); “Siembra entre brumas. Utopía Franciscana y Humanismo Renacentista: una alternativa a la Conquista“ (traducido al portugués e italiano); “Optar por lo pobres, aunque nos marquen con el hierro“ (traducido al alemán). Asimismo ha escrito en colaboración con integrantes de la Universidad Católica, “Historia de la Evangelización de la Banda Oriental (15161830) “; y un estudio sobre la personalidad y obra del primer arzobispo de Montevideo, Mons. Mariano Soler. Director del Centro Franciscano de Documentación Histórica (CE.FRA.DO.HIS). Ha ocupado variados cargos en la Administración Pública. Actualmente se desempeña como Embajador del Uruguay ante la Santa Sede.

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MONS. MARIANO SOLER