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EL CASCABEL DEL ÁRBOL

MARIAM GUTIÉRREZ JEREZ


Esta es la historia de Clara, que ocurrió hace muchos años. En un país muy lejano al nuestro existía una pequeña pradera. En ella habitaba un árbol gigantesco, que tenía muchas ramas, con miles de hojas que vestían el árbol. Sobre una de sus ramas tenía colgado un cascabel de hojalata, de color plateado. Junto al árbol pasaba un arroyuelo con poco caudal de agua, lo suficiente para que se escuchara su murmullo. A las personas les gustaba ir a ese lugar y tumbarse junto al árbol, escuchando el susurro del agua. Era un lugar que transmitía paz, aparte de ofrecer diversiones para los niños. A los adultos les gustaba ir con sus hijos, llevarse la comida o merienda y pasar allí unas horas, una tarde o un día agradable. También lavaban la ropa en el arroyo sobre una piedra. Los niños se mojaban los pies cuando jugaban chapoteando en el agua, sobre todo en verano, cuando jugaban metiendo pies y manos en el


arroyo. Había una casita blanca junto al árbol. Allí vivía Clara con sus padres. Era hija única y nació con un defecto físico: le faltaba el brazo derecho. Pero tenía una enorme sonrisa, aunque a veces se ponía triste porque los niños no querían jugar con ella. Como a todos los niños, le gustaba jugar con juguetes, pero sus padres eran pobres y no tenían dinero, por lo tanto hacía otra de las actividades que le gustaban, que era bailar. Al faltarle un brazo, la niña no podía moverse con la habilidad de otras, pero su padre, para animarla, le puso un cascabel en el árbol y, cada vez que bailara, tocaría el cascabel a modo de premio. Lo hacía muy a menudo, cuando nadie la veía. Solo sus padres compartían con ella esa ilusión.


A Clara le gustaba ayudar a sus padres en el campo. Cuando su padre labraba la tierra, con su esposa, iban haciendo hoyos y Clara esparcía en ellos la semilla. Cuando finalizaban la recolección de la cosecha, siempre había una comida especial. Los tres degustaban los alimentos en aquel lugar tan maravilloso para ellos, junto al árbol y el arroyo, donde los pocos alimentos que llevaban les sabían a gloria. Era una comida especial porque estaban los tres en ese lugar. Jugaban con el agua y hacían bromas. Después se echaban un rato la siesta, y cuando la terminaban Clara se ponía a bailar, sintiéndose mariposa por lo dichosa que era al estar con sus padres y ver que no se burlaban de ella.


A los padres les hubiera gustado tener algo más de dinero para pagarle un profesor o profesora particular de baile a la niña, ya que por un precio corriente ningún profesor quería admitirla en su clase, alegando que le faltaba un brazo. El padre, para no desanimarla, le insistía en que bailara y tocaba el cascabel como premio. Los padres eran pobres, pero tenían un corazón lleno de amor también hacia las personas que tuvieran necesidades, como ellos. Un día pasó un viajero por la pradera y se paró en el arroyo para abrevar a su caballo y beber él agua. Como estaba allí Clara con sus padres, les preguntó si el agua se podía beber y les contó que era el nuevo maestro de la escuela del pueblo y que tenía muchos proyectos para los niños. Agustín, que así se llamaba el padre de Clara, se puso muy contento y


le dijo que a su hija le gustaba mucho bailar, pero que al no tener brazo, no encontraba profesor que le enseñara. Además, algunas personas preguntaban que dónde se había visto una bailarina sin brazo. Clara escuchaba a su padre hablando con Pedro, el nuevo profesor, y se le humedecían los ojos, ya que era cierto que la rechazaban por su defecto físico. La madre, Aurora, le dijo a Pedro que si él no sabía alguien que pudiera ayudar a realizar el sueño de su hija. Él le dijo que su hermana fue bailarina hacía muchos años, pero que ya no bailaba y que ella iba a vivir con él, de hecho estaría esperándole en la nueva casa, pues ella se había adelantado para prepararlo todo. Quizá ella le podría enseñar, si


le convenía. Cuando se quedaron a solas los tres se pusieron contentos, los padres con la esperanza de ver a su hija feliz, y Clara soñando con hacer realidad su sueño. Pasaron unos días y no tenían noticias de lo que hubiera pasado entre el profesor y su hermana. Pero Clara, en sus ratos libres, bailaba y bailaba sin perder su alegría y cuando terminaba de hacerlo, iba a tocar el cascabel como su padre le enseñó, pues no estando el padre presente, le dijo que también lo hiciera ella para animarse y como muestra de alegría para que todos supieran que estaba contenta. La niña decía a su padre: Papá, ¿tú crees que alguna vez podré yo bailar en un escenario para todas las personas? El


padre contestaba: claro, hija, y te aplaudirán y respetarán; ten fe que todos los sueños se cumplen si uno los desea y los busca y cree en ello. Un día, Clara se fue a esparcir la semilla ella sola, y mientras lo hacía vio cómo una señora de mediana edad se dirigía hacia ella, llamándola por su nombre. Era Pilar, la hermana de Pedro, que quería conocerla y hablar con ella. Hacía mucho tiempo que Pilar había sido bailarina, pero mostró interés al saber que Clara quería bailar a pesar de faltarle un brazo. A medida que hablaban, iban conociéndose ambas y veían que tenían mucho


en común: el deseo del éxito en sus proyectos. Pilar había dejado atrás el baile porque murió su marido y se dejó llevar por la tristeza y la melancolía, y cuando se recuperó, pasados los años, viendo que no valía la pena seguir llorando y lamentándose, le pareció demasiado tarde para volver a bailar, porque los años pasan y no retroceden. Pilar estaba decidida a luchar junto a Clara para realizar juntas los sueños de ambas. Ensayaban a diario en un porche o patio que tenían los padres de la niña. Al no verla nadie, se sentía con más fuerza y segura de sí misma, pues las burlas y comentarios que le hacían antes le provocaban


malestar. En muchas ocasiones se iban a hacer un descanso bajo el árbol, mirando el arroyuelo, y cada vez que hacían algún progreso tocaban el cascabel, para que transmitiera su agradable sonido. Así pasó el tiempo, años, y las dos eran muy amigas. Pilar veía en Clara la fuerza que ella no tuvo al quedarse sin el amor de su marido. A cambio, le daba consejos y le transmitía entusiasmo para que no se desanimara en caso de tener algún tropiezo, y que no se desviara del camino de la ilusión, que no importaba si no triunfaba a la vista de los demás, que el triunfo era para ella misma, porque sabía vivir la vida con lo que


ella tenía, explotando el don que cada uno tiene, para bien de los demás. Clara tenía el don de bailar, y no importaba que le faltara un brazo, importaba ella, que estaba envuelta en

un halo de canto por la vida. Ya estaba preparada para bailar en público y prepararon una actuación a la que podían asistir todos. Su madre le hizo un vestido precioso, con un volante en el brazo derecho que le caía, de modo que, cuando bailaba, el volante se movía y parecía un ala. Las personas estaban deseosas de ver la actuación y expectantes por ver lo que la niña podría hacer, pues no habían visto nunca bailar a alguien así.


Cuando empezó la actuación estaba el teatro lleno. Sonó la música y salió Clara como una mariposa, sus piernas no parecían estar en la tierra, se movía y se movía y parecía que volaba. El volante la envolvía haciéndola más bella. La gente estaba impresionada, no daban crédito a lo que estaban viendo, era algo tan maravilloso que no tenían palabras. Los padres, al verla por primera vez actuar en público, lloraron de emoción y alegría. La gente aplaudía, fue impresionante y hermoso. Clara, como Pilar, al terminar, se abrazaron, las dos llorando decían lo que había logrado.

Moraleja: el esfuerzo es importante en la vida, porque se logran milagros, nada es imposible y nadie es nadie, sino que todos somos algo importante. Es importante tener el apoyo de otra persona, porque son como naipes de una baraja que se apoyan para realizar y cumplir sus deseos.

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