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LA TÍA CANA y otros cuentos

Mariam Gutiérrez Jerez


Para todos los abuelos. Para todos los padres. Para toda mi familia en el mundo. Porque aunque crezcamos siempre llevaremos con nosotros el ni単o que fuimos, en nuestro interior. Para que estos ni単os sigamos siendo felices. Para que la ilusi坦n permanezca eternamente y por eso podamos seguir so単ando. Mariam, Madrid, 30 de julio de 201 3


ÍNDICE La tía Cana .............................. El baile .................................... Las ballenas cantoras ............... El cascabel del árbol ............... El farolero de la Puerta del Sol El hada y el ovillo .................... El nieto de la muerte ...............

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Os voy a contar una historia. Todo empieza en un pueblecito de Toledo, donde vivía un matrimonio que se amaba mucho. Calixto e Isidora, que así se llamaban, tuvieron cuatro hijos, a los que llamaron Victoriano, Daniel, María Ángeles y Lidia. María Ángeles tenía apenas un año o año y medio cuando una enfermedad se apoderó de su cuerpo. Los médicos pensaban que era el sarampión o la escarlatina, lo cierto es que falleció en unos días, fue casi repentino. Era rubia y 5


con ojos azules y tenía un pico de oro, de lo graciosa que era. Eran los años antes de la guerra, en que no había vacunas ni médicos tan especializad os como los de ahora. Los dos hijos varones fueron a la guerra en el año 1 936 y a cada uno le tocó en un bando. Victoriano falleció por un proyectil de mortero que cayó en la tienda donde estaba trabajando como escribiente. El otro, Daniel, fue al frente, luchó en el bando contrario, no por propio deseo, sino porque se lo impuso el gobierno. Mientras, 6


Calixto e Isidora vivían con Lidia, que tenía unos 1 2 años. Le gustaban mucho las tareas de la casa y coser, hasta el punto que sería modista, y esto le gustaba a Isidora, ya que pasaban mucho tiempo juntas y así recuperaba Isidora el amor de la hija perdida. Tras la guerra, Daniel se incorporó a la vida cotidiana, se casó y después de vivir un tiempo en el pueblo él y su mujer Carmen se fueron a la ciudad, donde vivieron con sus dos hijas, Mari Carmen y Mili. Calixto era músico y su mujer, Isidora, comadrona. Calixto tocaba en la banda del 7


pueblo y en otros pueblos cuando les llamaban, ya que su banda era muy grande y animaba mucho los festejos. También era ebanista, hacía cosas exclusivas, era todo un artista, que ponía mucha imaginación en su trabajo e improvisaba, haciendo siempre cosas diferentes. Isidora era una mujer muy rubia, con el pelo largo y ojos azules, muy graciosa. Llevaba el pelo recogido con un moño y eso le hacía más simpática. Su simpatía bañaba a todos los que la conocían, pero nadie la llamaba por 8


su nombre de pila, todos la llamaban la tía Cana, hasta el punto de que muy pocos sabían que se llamaba Isidora. Ella se sentía muy orgullosa de ese apodo, y le hacía mucha gracia, venía de que era muy rubia, tanto que su pelo parecía casi blanco. La tía Cana iba a todas las casas cuando iba a nacer un bebé, y los atendía durante unos días, hasta que se les caía la pinza del ombligo, es decir, el cordón umbilical. Durante esos días lavaba, curaba y vestía a los bebés. Después se entendía que no hacía falta su presencia. Pero sucedía 9


muchas veces que ella iba en lugar de la madre a llevar al niño a bautizar, mientras que la parturienta, por estar débil, se quedaba en cama, confiando el cuidado del niño a la tía Cana, ya que no se quería esperar y correr el riesgo de que el niño muriera sin bautizar, y por eso se les bautizaba al día siguiente o a los pocos días de nacer, a diferencia de hoy día, en que se espera a veces demasiado, si bien es verdad que ahora es menor el riesgo de que los niños mueran en los primeros días después de nacer. Muchos de los niños que llevó la tía Cana a bautizar aún viven, uno de ellos es su pariente Manuel Jerez, que llegaría a ser 10


sacerdote y párroco del pueblo. La gente del pueblo, en definitiva, quería mucho a la tía Cana, aunque no hacían más que corresponder a lo que ella les quería; y los niños la adoraban, porque siempre tenía caramelos en la faltriquera, que era una especie de bolso o talega que se llevaba debajo de la falda o delantal, para guardar dinero, caramelos, un dedal o el canutero de las agujas. Las personas de entonces las llevaban porque la faltriquera hacía las veces de lo que hoy es un bolso. Los besos de la tía Cana eran dulces, porque los daba con alegría y cariño. 11


Estaba siempre rodeada de niños. Un día a su marido le tuvieron que operar de los ojos, porque no veía bien. Cuando le salía el trabajo de dinamitar piedras, tenía que ir, porque era muy experto también en eso y venía bien el dinero en aquellos tiempos en que se pasaba mucha necesidad después de una guerra tan horrorosa. Una de las veces que fue a ese trabajo, cuando explotaron una de las piedras con barrenos, perdió parte de la vista, y por motivo de una enfermedad que se llama cataratas, le operaron de los dos ojos pensando que quedaría bien, pero se quedó ciego de los dos ojos ya que la 12


operación no se hizo correctamente, pues había pocos medios en aquellos tiempos de crisis. Como su marido no podía trabajar ni moverse, la tía Cana le ayudaba a vestirse y le daba la comida. Sus nietas por parte de su hija Lidia estaban mucho con él y él les contaba cuentos e historias, algo que acostumbraba a hacer ya desde mucho antes de quedarse ciego. Estas nietas se llaman, de mayor a menor, Inocencia, Elena, Natividad, María Ángeles, Juana y Lidia. Uno de los relatos favoritos de Calixto era “el cuento del Can 13


Caramusa, que nunca se acababa”: -¿Quieres que te cuente el cuento de Can Caramusa?.Preguntaba divertido el abuelo Calixto -Sí!. -Respondían las nietas. -Yo no te digo ni que sí ni que no, que si quieres que te cuente el cuento del Can Caramusa, que nunca se acaba! -Repetía el abuelo jugando con las niñas. -No!. -Decían con sorpresa las pequeñas, mientras reían. -Yo no te digo ni que sí ni que no....seguía el abuelo Calixto así con el cuento de forma interminable, igual que cuando los enamorados le preguntan a las 14


margaritas si les quieren o no les quieren. También contaba otras historias, como la de “los siete cabritos”. Mientras que a las dos nietas hijas de Daniel y Carmen las veía solo cuando venían al pueblo de vacaciones, a las hijas de Lidia las veía a diario. Lidia vivía con su marido Saturnino en el pueblo, cerca de sus padres Calixto y Cana, y con tantas niñas no se podían aburrir. Saturnino era una persona honrada y trabajadora, y amaba mucho a su mujer. Cuando volvía a casa, después de trabajar, sin que nadie le viera, le llevaba 15


a Lidia siempre un ramo de margaritas, amapolas o lirios que cogía por el campo. Trabajaba en sus tierras y si le salía algún jornal extra, fuera de sus tierras, lo aceptaba porque no quería que le faltara sustento a su mujer, a sus hijas, ni a su padre Cayetano, que se había quedado viudo y vivía con ellos. La madre de Saturnino, se llamaba Tomasa, falleció muy joven, a los 50 años, y había sido modista igual que Lidia era modista. La tía Cana no tenía un sueldo fijo, sino que la gente le pagaba como podía; y algunos no tenían para darle nada, incluso, en ocasiones, era ella la que 16


tenía que ayudar. Así que procuraba ahorrar para tener siempre para comer. Había personas que eran muy pobres, y a veces la tía Cana tenía que llevar leña a casa de estas personas para hacer fuego y calentar el agua en el caldero para el paritorio y para lavar al bebé. Hasta ese punto era pobre la gente en ese pueblo, sin embargo había mucho amor. Y una vecina, si lo necesitaba, pedía una cebolla o un poco de sal y era como si le dieran un gran tesoro. Un vecino era como alguien de la familia, y las personas se respetaban mutuamente. Existía mucha honradez y agradecimiento entre los vecinos 17


de ese pueblo. La tía Cana tenía siempre en una talega hojas de rosas para hacer un ungüento con alcohol de romero y agua de rosas, rebajado para darles friegas a los niños, sobre todo en los pies y rodillas, para que se fortalecieran. Calixto murió y se fue al cielo. Desde entonces la tía Cana pedía a una de sus nietas, a la que le gustaba mucho dibujar, que pintara una rama, que le mandó su marido dibujada en una carta de amor cuando eran novios; era una rama con muchas hojas verdes y una rosa, que la simbolizaba a ella. También le pedía que pintara flores en recuerdo de Victoriano, el hijo que murió en la guerra y a cuya tumba ella no pudo llevar flores; pues, según la 18

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