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sala J

Rembrandt, parte día tras día a pintar el mismo río Salado, para descubrir sus matices, los cambios de luz y de forma… para sacarle todos sus secretos. Desde el tamiz de su alma sosegada salen colores calmos. En ese lugar entrañable la mente se acalla y puede escuchar los acordes de Ravel y darse el tiempo de leer a Proust. Se da el gusto de la pintura más sencilla. Como en los comienzos de la pintura. Muy lejos han quedado sus cuadros negros, esos que pintaba con luz eléctrica en un atelier de la ruidosa Viamonte y que acumulaban escenas tamaño A4 en bastidores de gran formato. La etapa de Monte es de los colores de la naturaleza. Sus escenas siguen teniendo las mismas dimensiones, pero cobran independencia en tablas de madera que Zemborain lleva de acá para allá por ese prado que le fue dado. Salir a pintar es un deseo, un placer y una urgencia. “En aquel entonces pintar el paisaje

sonaba imposible, tonto, pero a pesar de todo lo quise hacer mío”, dice. De esa modestia habla Achille Bonito Oliva: “El lenguaje de Zemborain, intencionalmente mínimo, indica precisamente una suerte de humildad y la renuncia a la opulencia de la tradición del arte occidental”. La muestra Monte exhibe esos cuadritos naturalistas como si el espectador fuera en auto y estuviera viendo el paisaje a través de una ventanilla. En 120 obras el campo como hilo conductor. Y un gran tema detrás: el ejercicio de la pintura, revalorizada por su generación, la de los pintores de los 80. Esa pintura que no se piensa ni se explica. Esa es su manera de ser en el mundo. Pinta por la imperiosa –y deliciosa– necesidad de pintar. Claudia Zemborain / Monte / Sala J / 6 de junio al 20 de julio de 2012

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Transvisual #6  

La revista anual del Centro Cultural Recoleta

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