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Felipe Calderón, y con Carlos Castillo Peraza, ambos amigos míos en vida. Estos renunciantes y otros más no dejaron de identificarse con la doctrina del Partido que dejaban, seguirían activos en las mismas líneas de pensamiento, pero en otros ámbitos de actividad, como la docencia, el periodismo de opinión o la asesoría política y de administración pública. Lamentablemente, hubo renuncias al panismo manifestadas como resultado de cambios de rumbo, pero en que los renunciantes no tardaron en sumarse a corrientes de pensamiento no sólo divergentes, sino contrarias. Quienes militaban en el partido de la defensa de la vida y de la familia, el PAN, se incorporaron activamente a un partido en la práctica defensor de la cultura de la muerte, del homosexualismo y del abandono de la familia “tradicional”, que ve “obsoleta”. En plena crisis de praxis partidista y con gran frustración por decisiones clave no compartidas, hay militantes a quienes tienta la idea de renunciar a su amado partido, algunos lo hacen y otros no. Cuando no se está de acuerdo con la dirigencia en turno, creo que lo prudente se llama paciencia. Las dirigencias o grupos políticos internos pasan o reorientan el rumbo; los partidos quedan, perviven; pienso que hay que esperar. Lo grave, lo inaceptable, desde el punto de vista de lealtades,

tanto a los ideales como a las organizaciones, es saltar del barco y volverse su enemigo por desacuerdos con el capitán y su plana mayor. Hay quienes lo hacen por motivos altamente temperamentales que eventualmente los llevarán al arrepentimiento y otros por ver frustrado el logro de sus muy personales intereses. De nuevo, no se puede hacer tabla rasa con los renunciantes, los casos y las causas difieren. Cada militante desilusionado con la crisis vivida –a su juicio mal llevada– debe tener paciencia, anteponer la lealtad hacia el ideal, al partido, sobre” la antipatía a la dirigencia con la que disienten. Juzgar a los renunciantes en tiempos de crisis no es siempre un ejercicio sano, imparcial, pero muchas veces el tiempo, a veces sólo un poco de él, dirá lo que parece ser la verdad detrás de la renuncia. Algunos renunciantes regresan a casa. En cualquier caso, lo ideal es que quien difiere del actuar, del decidir de su dirigencia, espere, y la vida institucional podrá cambiar hacia donde él deseaba y desea que deba dirigirse. La lealtad, en este caso, se hermana con la paciencia. LN Salvador I. Reding Vidaña es economista y analista político.

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El camino de la victoria  

Los éxitos electorales del pasado 4 de julio refrendan, para el Partido Acción Nacional, aquella premisa fundamental que establecieran los f...