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Opinión

Salvador I. Reding Vidaña

Renunciar al partido

En tiempos de crisis, existe gente que abandona el barco que navega, especialmente en el mar de las ideas, de las doctrinas y de los principios de Partido. Pero no todos abordan ese barco (el Partido) por causas idealistas, otros más lo hacen buscando realmente el propio provecho o bien una mezcla indeterminada de ambas causales. El problema es que frente o cerca de la batalla contra los adversarios y cuando las cosas no pintan como se deseaba, sea en la visión o el interés personal, hay quienes abandonan el barco, renuncian. Todos los partidos enfrentan la misma problemática, cómo tratar las renuncias en tiempos de crisis. ¿Cómo podemos calificar las renuncias al Partido en esos casos? No podemos hacer tabla rasa, pues el asunto es, precisamente, casuístico. Hay casos muy particulares y reiterativos en los partidos. Un militante que vislumbra un cambio de rumbo de la conducción de la nave, que a su juicio se aleja de lo “debido”, y si ese cambio no es digamos momentáneo, sino a mayor plazo, renunciará al Partido intentando ser congruente consigo mismo: “su” Partido deja de ser, a su juicio, lo que era. Correcta o no su apreciación, lo importante es que exista un convencimiento auténtico y no interesado de que así son las cosas. ¿Se puede condenar a alguien así, aún pensado que su visión de las cosas es errónea? Creo que no. 18

Hay otros casos en los cuales la renuncia al Partido proviene de ver frustrado su futuro político inmediato. Hay muchas de estas renuncias: “yo debía ser el candidato, pero la dirigencia pasó sobre mi hoja de servicio, sobre mis aportaciones y sobre la expectativa de los votantes ¡me voy!”. Quienes así dejan el barco pueden hacer dos cosas, dependiendo de su personal interpretación (o falta de ella) de lealtades mutuas entre dirigencia y militante. Una de ellas es irse a casa y esperar o simplemente dejar la política como una etapa de vida terminada, al menos por un tiempo. Otros renunciantes, con toda su frustración y enojo, hasta ira encima, se pasan al lado contrario, y combaten a quienes eran sus compañeros de armas, de ideales (o de intereses). Esta actitud desborda el asunto de la renuncia, y confundiendo a la dirigencia en turno con el Partido (la parte por el todo), se vuelven enemigos declarados y activos. No necesariamente se identifican con la nueva nave que abordan, pero la ven como un refugio. En la historia del panismo ha habido de todo, desde fundadores que consideraron que lo que entonces se llamaba “neopanismo” alejaba al PAN de sus orígenes, hasta quienes veían que, para continuar una vida cívica propuesta, era necesario dejar atrás una etiqueta de militante. Creo que aquí puedo ejemplificar los casos de don Luis Calderón Vega, padre del Presidente

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