Issuu on Google+

En el principio era la palabra

escribidores@hispavista.com

Revista literaria

02


APUNTES RÁPIDOS

Semana Santa y los fetiches de la fe

Sombra sola/5 Desadormecer/6 Un ardor en la mirada/7 Oscilación expectorante/9 El fin/10 Bautista a la herodiana/12 Escombros/13 El cofre de América/14 Los vecinos/16 Del otro lado de las palabras/18 A pie descalzo/19 Claqueta/20 Pedro y el charlatán/21 La pasión de Cristo: Miradas/24

EERRética, No. 02, Quito, marzo 2004 La revista EERRética es la publicación oficial de Escribidores Recalcitrantes, un grupo multidisciplinario de profesionales dedicados a cultivar el arte literario desde la vivencia de la fe cristiana. Si desea ponerse en contacto con nosotros, hágalo escribiendo a: escribidores@hispavista.com SANDY DE LA TORRE | EDWIN CHAMORRO | M ARY DE LA TORRE | LUIS CARLOS MORENO | W ILLO SIMBAÑA | MARGARITA ANDRADE FÉLIX VALENCIA | VERÓNICA G ÓMEZ | IVÁN BALAREZO PÉREZ

2

or acá, éstas son fechas conocidas. A pesar de los estragos de la globalización que insiste en volver nos educados alumnos de uniforme, en nuestro país todavía viven, en regular estado de salud, una multitud de tradiciones de Semana Santa en combinación diversa: misas y cultos, procesiones y campañas evangelísticas, homilías y sermones; reconstrucciones dramáticas, comida. Y ahora, cine. Devociones de temporada, fetiches de momento, arrepentimientos por horas. En esta semana las desiguales calles del casco colonial de la ciudad retornan a su papel de vías dolorosas pavimentadas por donde caminan, tropiezan y se arrastran todos los aquejados de dolores de conciencia. Entre cruces escuálidas, sogas convenientemente anudadas para simular flagelos y cactos desarraigados de los semidesiertos cercanos, pilatos y soldados anónimos torturan a los cristos de pelucas y barbas postizas seguidos por magdalenas de reputación en realidad desconocida para los miles de curiosos que pasan a ser sin quererlo, los judíos de la sentencia mortal. Abochornados por el calor o empapados por la lluvia, lo que toque el Jueves Santo, los improvisados actores de la pasión de Cristo cumplen, otro año más, con su conciencia. En las casas, la mesa, azotada de escasez, también busca un respiro a su propio sufrimiento y trata de romper el ayuno obligado con un plato de fanesca forzosamente light, no por razones dietéticas sino económicas. El dulce de higos, que sigue regando una que otra tarde su aroma en las calles del centro de Quito, se encarga por último de quitar el salado de la comida al paladar y el salado de la suerte al recuerdo. La comida, aunque sea frugal, siempre le da una manito al corazón... Pero en medio de todo no hay que olvidar al conmemorado de la “Semana Mayor”. Cristo, la “imagen visible del Dios invisible”, consumó en esta fecha simbólica una misión por la cual nació y vivió entre nosotros. Por supuesto, nunca comprenderemos del todo los misterios de la encarnación y la expiación de Cristo en la cruz porque remontan, con mucho, nuestra posibilidad de aprehenderlos en sus dimensiones reales. Este año Hollywood no ha desaprovechado la oportunidad de unirse a los mercaderes del templo y nos trae La pasión de Cristo. Pero ni millones de imágenes, que según

P

3


POESÍA

los fetichistas de la mirada “valen más que mil palabras”, podrán ayudarnos a comprender todo lo que hay implicado en el acto del Hijo de Dios de entregar voluntariamente su vida por la humanidad. “Las cosas realmente importantes”, escribía Gibrán, “están ocultas a los ojos”. Además, el centro de la conmemoración no son la sangre, los sufrimientos y la cruz. El centro del episodio del Gólgota es la cruz vacía, la tumba vacía. Es la resurrección de Cristo que dejó de ser el eterno transeúnte de la vía dolorosa para pasar a ser Aquel ante quien debe doblarse toda rodilla.

Sombra sola El hacha está a punto de dar en la raíz el ruido de las aguas a lo lejos no cesa el eco de esa voz de antaño aún retumba en los desiertos y sin embargo a ellos todavía les cautiva el brillo de su propio reflejo el trono el renombre el tibio destello del poder. El camino ya fue dispuesto preparado listo a precio de menguar y desaparecer pero ellos en sus afanes lo disimulan, lo desvían, lo estorban, lo dividen... lo ocupan. Acaso escuchan a su corazón el antiguo argumento condenado —de ser ya hijos—. Quizás cuando las piedras herederas el golpe el agua el grito dejen de clamar ya no hallen a la caña que se agita con el viento sino a su propia gigante sombra sola.

MARY DE

4

LA

TORRE

5


PROSA

CUENTO

Un a rd o r en la mirada Desadormecer ubo un tiempo en el que quería ver en sueños valles de otros mundos. Dormida prefería escapar. Me encantaba por ejemplo, bajarme un rato de mi carreta, dejarla quieta, y saltar segura a ese lugar fantástico que construí en mi mente. Descubría todos sus posibles rincones, reconocía sus fragancias, danzaba al llamado de sus cuerdas, atrapaba entre los dedos gotas frescas como promesas de lluvias futuras, y me perdía en el esfuerzo de abrazarme a todos los reflejos de la ilusión. Despierta, por el contrario, solía evaluar cruelmente mi necedad. Descalificarla. Concluía que esa luz —su esencia— nublaba mis ojos, me opacaba el camino. Que ese abrigo anhelado me envolvía, me robaba la libertad... Que esa canción conocida, que encajaba en mi alma como la mía, y me arrullaba, solo me ensordecía. Ahora prefiero no soñar. Quiero por el contrario limpiar mis ojos, respirar profundamente y contemplar con genuino asombro lo que es. Reencontrar en las miradas cotidianas el encanto de lo que no está hecho a mi medida. Escarbar en el enredado trajín monótono y hallar la música, la sustancia, la maravilla... Deshacerme de un chasquido de los fantasmas de sitios ajenos. Despedirme de veras de los devaneos de la mente adormecida y apropiarme así, libre, de la vida.

H

MARY DE

LA

TORRE

6

Miré... polvo, polvo, polvo. Sentí un soplo, sólo un soplo, luego dos, tres y llegaron los soplos y fueron viento. Caminaba, con pesadez, contra el viento, contra el polvo y miraba mis pies hundirse en la arena. Dejaban huellas y desaparecían con el viento, por el polvo. Miré, miré un hombre, ¿quizá su silueta?, ¿su vestimenta? Iba hacia allá, avanzaba. Le grité con grito tenue, escondido en el viento, con el soplo, por el polvo. Paró, no avanzaba ya, su silueta... pude verla. “¡Algo extraño!”, pensé. Se acercó. Entre el polvo y el viento vi su silueta. Se tornó en cuerpo y el cuerpo en hombre. “¡Hombre del viento, del desierto, del olvido!”, pensé. Lo miré con un leve ardor en mi corazón. —¿Quién eres? —le susurré y el viento arrastró mi pregunta hacia allá, a lo lejos, como eco. —¡Voz! —gritó—. Palabras que alientan en el polvo con viento. Voz y grito en el desierto que proclama, que aviva aquí, allá, en el silencio. “Extraño”, pensé. Sus ojos perdidos bajo sus cejas, su cara gris ¿por el frío del desierto? “Extraño”, medité. —¿Voz? ¿Tu nombre? —pregunté. —No, Juan, me llaman Juan, aquí y allí —señaló hacia allá, a lo infinito, sin ver por el polvo, sin sentir por el viento. —¿Juan? ¿Sin más? ¿Así? —Sí, ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? —me miró, fijó su mirada en mí... Temblé... El ardor volvió, en mi alma, en mí. —No sé. Busco, quizá, no sé qué, algo en el camino, diferente —dije triste, ansiosa, con esperanza en el viento. —¡Prepara! —gritó, con eco. Temblé otra vez. —¿Preparar qué? —pregunté con miedo. —¡El camino del Señor! —y señaló hacia allí... Miré a lo infinito, el polvo, otra vez, el ardor en la mirada, en mí. —¿Cómo? ¿Así, sola? ¿A dónde voy a ir? —dije, con agonía. —¡Endereza! —levantó su brazo. Pude ver... su vestimenta. “¡Rara!”, pensé.

7


POESÍA —¡Endereza tu sendero, hoy! ¡Ya! —me miró, fijó su mirada en mí... Temblé. El ardor volvió en mi alma, en mí. —¿Mi sendero? ¿Para qué?, no hay sentido, no lo hay — dije triste, con dolor—. Huecos, hoyos han borrado mi sendero... sólo eso hay, en mí, en mi alma... sólo turbulencias. —Todo valle será rellenado, toda montaña y colina será allanada —pronunció, con armonía, su voz en mis oídos. —¡Valles, montañas! ¡Tonterías! —grité y esta vez lloré. —Los caminos torcidos se enderezarán, las sendas escabrosas quedarán llanas —sonrió y esta vez su voz sonrió. Me miró, fijó su mirada en mí... Sonreí... El ardor no volvió a mi alma, a mí. —¿Entonces, el camino está allí? —señalé a lo infinito, a una luz que soplaba el polvo y suavizaba el viento en el desierto. —Sí, ¡el camino del Señor, con viento, con Verbo! —exclamó con gozo, con sus brazos extendidos hacia el cielo. Y miré al hombre con vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero, con polvo del desierto. —¡Caminaré, pues!, hacia allá, a lo infinito, sin temor, sin agonía. Solo buscaré su viento, su Verbo —dije con alegría. —¡Y la salvación de Dios llegará y tú la contemplarás! —anunció la voz en el desierto. Me sonrió, lo sonreí, sonreímos los dos. Lo miré, me miró y divisamos huellas del desierto. —¡Las huellas se quedan y no se van por el polvo ni el viento! —dije sin miedo, con gozo. —¡Las huellas están! —exclamó y desapareció entre soplos y ecos... Y el ardor volvió a mí, al alma.

MARGARITA ANDRADE

Oscilación expectorante El grito putrefacto catacúmbico que pulula en el abismo mínimo del vientre de vez en cuando brota amortiguando el autodominio estropeando las cuerdas bucales. Aquel bufido fétido encrespa los labios y los hace mugir. Desgarganta con furia lamentos antiguos estridencias del pasado un pasado propio otro ajeno antiquísimo y vigente en el grito espeluznante que emerge del mínimo abismo del vientre. Ronco, rumoroso virulento el dolor añejo exhala visiones que infectan de ayer el hoy. No queda más que tragarse el grito devolverlo a la fosa íntima o acallarlo con el olvido imposible o vomitarlo al fin pendiendo de la escuálida gracia para columpiarse a la cuenta nueva y ser absuelto y absolver.

Z AFIRO (SANDRA DE

8

LA

TORRE GUARDERAS)

9


CUENTO

El fin l eco de los pasos retumba y se acrecientan en la oscuridad. Sigilosamente las sombras avanzan por el corredor. Un ruido y se detienen. La sangre se congela. Fríos, como las piedras del acceso, los dos hombres en seco dejan de respirar. Afinan sus oídos para distinguir la muerte cercana o la ayuda solicitada. No se atreven a soltar ni media frase, ni un suspiro. Todo está oscuro. Cerca, muy cerca se oyen otros pasos. Son pisadas firmes, conocedoras del terreno, seguras. Los dos hombres alcanzan a oír un susurro. —¿Son ustedes? —dice el guardia. Con gran alivio los hombres dejan soltar el aire retenido y recuperan el aliento. Sin salir del temor contesta Eliú. —Sí, somos nosotros —afirman los hombres. —Denme las monedas y síganme —exige el guardia con prisa, al mismo tiempo que extiende la mano. Los dos hombres entre tanteo y tanteo logran asir la mano del guardia e intentan seguirlo. Al final del oscuro corredor se logra divisar una tenue luz. —Es allí —señala el guardia con desprecio—. No puede ser que tengan que pagar treinta monedas de plata sólo por verle. Pero es cosa suya. Tienen apenas hasta el alba para quedarse. Yo mismo los sacaré. ¿O quieren quedarse acompañándolo? —dice riendo en voz baja, mientras se pierde en la oscuridad. —Maestro, maestro, ¿estás bien? —dice Eliú. —Te hemos traído algo de comer —enfatiza Jorán. —Estoy bien —dice el prisionero acercándose desde el fondo de la celda—. Ya me acostumbré a la oscuridad. Lo único que extraño es el viento del desierto y la arena irritando mis ojos —dice Juan y ríe con gracia. —Mi esposa te envía un manjar especial —dice Jorán—. Parece ser que desde tu ausencia las langostas han aumentado en número y en tamaño —ríe de buena gana mientras saca un recipiente con miel y unas cuantas langostas nadando en ella. Juan también sonríe. A pesar de las condiciones insoportables del encierro su temperamento no se doblega. Años en el desierto, el hambre y la sed han hecho ya lo suyo en su cuerpo y sus instintos. Pero la libertad, el no poder caminar para donde le viniera en gana... esa sí es su carga más pesada. No hay peor castigo para el libre que encerrarlo, eso lo sabe. Agarrando con avidez lo que sus amigos le entregan, come su plato favorito. —¿Lo vieron? ¿Lograron hablar con Él? —No, maestro, no hemos hablado. Las multitudes donde vamos no nos lo permiten. Sana a unos, expulsa demonios, enseña como ninguno —dice Eliú, aunque esto último hubiese querido no decirlo. —Mi primo, mi primo Jesús —dice Juan con voz baja como queriendo abrazar con las palabras una vez más a su amigo y compañero de juegos de la niñez. Se lleva otro bocado a la boca, pensativo—.Tarde o temprano esto terminará. Eso lo sé. No podré volver a respirar las brisas del Jordán, ni caminar sin destino. No, ya no más.

E

10

Juan baja la cabeza. Da la impresión que sabiéndose lleno de vida, sabiéndose el último, el único profeta de Israel, quisiera seguir entre gritos y arengas animando a la gente a cambiar. Su voz suena como el eco de un suspiro. Ni las piedras de la celda quieren ya atrapar esa voz para no alargar su existencia. —Separado fui para Dios —volvió a hablar, lo afirmó con seguridad— y todo lo entregué... todo. Y ahora una mujer, esa mujer no podrá olvidar jamás. Herodes, Herodes es un inútil, pero esa mujer... Todo por una mujer —movió la cabeza como queriendo negarlo. Una vez saciada su hambre se incorporó y empezó a caminar inquieto, de aquí para allá. —Su tarea ahora es seguir a Jesús. Vayan y pregúntenle si lo pueden acompañar. Díganle que van en mi nombre. Con seguridad no se negará. —Pero, ¿cómo Maestro? ¿Aquí se acaba todo? —señala Eliú, incrédulo y seguro al mismo tiempo de que será la última vez que verá a Juan. —Bien sabes que es así, amigo. Para mí no hay esperanza. Ni la esperanza de Elías tengo. ¡Imagínate! Un carro de fuego entrando por la puerta de la celda y yo subiéndome en él. No, eso no es para mí. Enfrento a la muerte y allí se acaba todo. —Calló por un instante. Todo se mantuvo en silencio. Volvió a hablar y su voz ahora se disolvía en la oscuridad de la celda—. Con el paso del tiempo todo cae en el olvido, y ese es mi fin. Lo mismo mueren los sabios y los necios. —Ahora váyanse —les dijo Juan desde el fondo de la celda sin asomarse siquiera a verlos—, el nuevo día está llegando. Los gallos lo anuncian y las piedras resplandecen ya con el sol. LUIS CARLOS MORENO

11


POESÍA Menguó en el Jordán restregándole a su pueblo el corazón hasta que fuera digno del Esposo. Menguó en su alianza con la locura la abstinencia nazarea y la langosta. Menguó el bautista al otro lado del sube-y-baja para que ascienda la estrella de la mañana. Menguó hasta reposar su cabeza en el plato de la bailarina y mudar las pieles del desierto por la gloria opaca del mayor de los profetas ¡el primer sepulturero de los hombres viejos!

ZAFIRO (SANDRA DE

Bautista a la Herodiana En el plato se balancea la cabeza al son de las palmas rueda con los giros de la bailarina la custodian las pupilas lujuriosas del tetrarca. Sobre el plato aún se agita como caña con el viento aún desaprueba aún desquicia a la aristocracia palaciega a los religiosos los curiosos los incrédulos. No hallarán reposo los que no descendieron a sus aguas. No les dice desde la bandeja. ¡Arrepentíos! punza el clamor de las pupilas quietas hoy, la voz del que menguó siempre. Menguó en la matriz cuando le asaltó la pasión que escribiría su tragedia. Menguó en su andar allanando las sendas de otro.

12

LA

TORRE GUARDERAS)

POESÍA

Escombros Hay días que veo mi tierra baldía y lloro después de los jardines qué triste pisotear sus grietas. ¿Dónde están los frutos de mis huertos? Hay días que crujen las raíces secas y lloro después de los cultivos qué desdicha remover escombros. Anhelo nuevas lluvias aunque me falta fuerza para hundir la pala. En un descuido el tiempo para el roble se fue por eso hoy no hallo sombra. Ojalá rosas. Ojalá rocío. Cuando el sol renazca y el arroyo.

MARY DE

LA

TORRE

13


RELATO

El cofre de América

Ahora, que mis ansias de conocer, de palpar lo intocable, de retroceder, se han vuelto enormes de repente y crecen aún alimentadas por el dictamen ineludible, sólo ahora sé que nunca se sació mi curiosidad y que mi abuela atesoraba tras la cerradura, atesoraba toda ella... No me habría costado nada preguntar: “¿qué tiene ahí, mamá Ameriquita?, ¿por qué cierra con llave?, ¿cómo es?, ¿qué historias calla?” Nunca más le preguntaré, al menos no aquí. Hoy se fue con sus años, sus dolores, su firmeza, con los abrazos que no pudo darme... ¡con el secreto de su cuarto!

Z AFIRO (SANDRA DE

LA

TORRE GUARDERAS)

Qué había en ese cuarto esquivo, siempre cerrado al goloso merodeo de los nietos? De vez en cuando, la abuela lo abría, se perdía entre bultos multiformes y salía, no sin antes asegurarse de que la puerta empatara muy bien con la cerradura tras de sí. Recuerdo mis ojos riñendo con las sombras por descifrar el mundo de más allá de la hendija momentánea, que ocasionaba el vaivén de la puerta. Era inútil. Nunca fue suficiente aquel instante, como no lo es ninguno de los más intensos de la vida. Recuerdo el cuchicheo de las fundas plásticas removidas, la protesta de los cajones abiertos de un tirón, las pisadas ágiles y cortas. ¿Qué custodiaba allí mi abuela? No se lo pregunté. Después del breve gruñido de la madera, siempre seguiría ese golpe rotundo y el tintineo de los picaportes. Luego uno, dos, tres giros de la llave en la aldabilla obligarían a mis ojos a iniciar un viaje en círculos de regreso a la insatisfacción. Cuando salía de allí la abuela, se la veía contenta, con las manos algo temblorosas cargadas de galletas, una pomada para la artritis de Renán, un abrigo... Pero su mirada hablaba de un tesoro mayor. ¿Cuándo daría vuelta a la izquierda y vaciaría su cofre? Un día estuve a punto de profanar aquel cuarto. Por algún descuido, la hendija duró más que un instante y mis pies se apresuraron a traspasar el umbral. Ya adentro, me paralicé ante las gavetas y las sábanas que cubrían los muebles; no me aventuraba a tocar ni un grano de polvo. Caminé un poco más y choqué con una escalera que comunicaba a una abertura en el cielo falso. Subí resuelta a arrancarle a ese sitio una confesión. Llegué a un pequeño altillo atiborrado de cartones y escombros. Allí —lo supe después— se había escondido mi padre el día de su graduación para que no lo obligaran a bailar, en esa oscura guarida que mis pies intentaban doblegar sin éxito. Du dé. No era capaz de apropiarme del secreto de la abuela con tanta simpleza, ¿qué hubiera sido de mí sin ese rincón esquivo? Un grito irritado y lejano me forzó a bajar en tres zancadas, con más inquietudes y menos osadía. Así se desbarató aquella excepcional oportunidad. Crecí y mis visitas a esa casa con olor a ungüentos, a vino y a esencia de café se fueron extinguiendo. Me olvidé de mis ganas de abrir el cofre velado. Lo asumí insignificante, caduco, hasta hoy.

¿

14

15


CUENTO

Los vecinos “Muy breve ha sido la algarabía del malvado” discurso de Zofar, Job 20:3

na, la madre, se desespera diariamente por acceder a las puertas de la casa de al lado. Estas puertas son grandes, espaciosas, pasan dos autos a la vez. Mientras Ana barre la vereda en pantuflas, espera pacientemente al minuto en que la vecina abrirá su puerta con el control remoto. El instante entre que se abren y se cierran las enormes hojalatas negras, Ana verá por fin el jardín de al lado. Nunca ha podido. Son las puertas a control más rápidas que existen en la ciudad. En menos de un parpadear se cierran herméticas. Se propuso conseguirlo prepárandose mentalmente, durmiendo bien, planificando y estudiando sus movimientos con detenimiento puntilloso. Y hoy tampoco pudo. El ruido metálico entre hoja y hoja negra anunció su fracaso terminante. Barrió pacientemente lo que faltaba de su vereda, recogió hasta la última hojita y entró a su casa en bata de baño. Su hija terminaba de desayunar, con el pelo mojadísimo y saldría corriendo a la escuela, si no hubiese entrado eso a su ojo. —Mami, me duele algo duro en el ojo... —¿Te duele el ojo o te duele el “algo duro”? —Ay, mami, sí me entiendes... —Los ojos son el espejo del alma dijo mi abuela... —Entonces déjame ver tu alma mamita... Y me tiro en su espalda para sacarle la escoba de la mano. Miro a través de sus ojos, y me río infantilmente para que no perciba todo lo que sé de ella. Le digo, veo veo veo... que te quedas mucho tiempo barriendo la vereda, veo... que te duermes todo el tiempo, veo que no miras a mi papi con chispa en los ojos y veo un demonio ausente que se te entró y te absorbe la presencia. Te grito alegre-

A

16

mente mientras juego contigo, me tiro encima como lo haría una inocente de 10 años, pongo voz chillona de bruja de televisión, y abro y cierro los ojos a un ritmo chistoso, para que vos, mamita, no sepas que yo todo lo sé de ti. Te he visto cuando miras a la vecina salir, y corres con la escoba tratando de ver su jardín. Luego miras nuestro metro cuadrado con tres plantas en tarro de yogurt con desprecio y desatino, y cocinas nuestro arroz con los dedos respingados. La madre siente un acomodo en el espacio, como si fuese la primera vez que ve a su hija. El ectoplasma que vagabundea errabundo cada mañana por la puerta de los vecinos vuelve a su cuerpo, lo habita y usa sus ojos. El cambio de frecuencia materna es sintonizado por la hija y se entrega en paz al abrazo de mami entera, por fin mami, por fin me ves, sin irte a tus afanes, sin correr con la escoba en la mano a la acera, a la ausencia, a mirarme y no verme, a esa picazón del cuerpo que te indica ordenarme cosas, lávate los dientes, haz los deberes, lee algo,juega a algo, hazme un mandado, prende la tele, ordena tu cuarto, estudia las tablas. Me viste, mami, me atendiste, te importé, me amaste. Mami, mami, mami. Esperando por ti a la vuelta de una carrera, tenderte el pie para que te caigas y al caer ¡pataplum¡ me veas, mami, soy tu hija, necesito de tu mirada, la necesito como pan a la sal, sin tu mirada no sé a que rincón mirar, mami, mírame. ¿Pero qué es esto? Yo aquí, con tanto que hacer y jugando, a las 7:30 a.m., con esta niña que se tiene que ir al colegio apresuradamente. Me agarró el infantilismo. —Apúrate, apúrate, que te atrasas al bus —Sonriendo para el dentífrico, corrigiendo las arrugas de la bata de toalla—. (Y de paso apúrate que quiero quedarme sola en casa para tratar de subir al muro con la escalera que me regaló ayer tu papá, por fin ver el jardín de esa altanera que sale echando humito con el auto modelo del año. Seguramente no sabe cuidar su jardín, porque nunca es lo mismo un jardinero que la mano propia.) —Hora de irse a la escuela, que tengo mucho que hacer. Chau, chau, besito, chau, te amo, chau. ¿Llevas la lonchera? Run, run, arrancó el bus escolar y Nina mira, con la nariz aplastada contra el vidrio y el ojo rojo e irritado, a su mamá sin la escoba, que mira a su vez nerviosamente hacia el portón de la familia Reyes. Hacia allá se dirigen sus pies a hurtadillas. Nina se resfregó el ojo otra vez y la cosa dura seguía raspando al párpado. ¿Cuándo se me entró? No salió. A LICIA HERRERA

17


PROSA

POESÍA

Del otro lado de las palabras A pie descalzo

ay ocasiones que las palabras sobran; sería preferible abrazarse y olvidarlo por completo. Te propongo olvidarnos de que somos terrestres, finitos, frágiles, vulnerables y temporales. Olvidarnos de las necesidades, de las cuentas, de los achaques... Aunque sea por unos nano instantes, simplemente olvidarnos del planeta.

H

Por otro lado qué fácil es que nos quebrantemos, que suframos, que nos impacientemos. Lo ajeno, lo extraño, lo inesperado, se mezcla en la comida, en la música, en las palabras, en los sonidos de nuestras ideas. Qué sencillo fuera ser feliz con el colibrí, con el sol, sentir la lluvia, sentir tus comisuras, en una plegaria, en una melodía, en los codos entrelazados y en la risa sin prisa. Qué sencillo fuera si nos sintiéramos conquistadores y los emperadores del mundo al ver una nube, la sencilla alba, la pluma escribir, la palabra correr o la guitarra “coplando”, el cafecito en leche y los chochos con tostado y queso. Capaz que seríamos inalcanzables, inderrotables y difícilmente inolvidables. Las fiestas abundarían y la fantasía no faltaría sobre la mesa... ¿Qué nos pasó? ¿Quién nos robó la sencillez? ¿Cómo mato a los acertijos? ¡Mierda!

FÉLIX VALENCIA

Me recosté en tu latido y tan pronto una firme brisa de montaña me arrastró a refugiarme en tu cintura. Desesperadamente te abracé hasta hundirme en tu silueta y sentir como mis torpes dedos se amarraban a tu alma de niña. Entonces, deslicé mi ser por las calles tiernas de tu piel bebiendo pétalos y escarchas en cada abismo en cada farallón hasta extraviarme en un laberinto de inexistencias. Recorrí descalzo los recovecos de tu sed y no sentí mis duros pies al caminar tu tierra. La luna llena asomó y plácido descansé en el zócalo mayor de tu mesura apaciguado así por mi pequeña impulsiva. WILLO

18

19


POESÍA

CUENTO

Pedro y el charlatán

Claqueta Te observo al recostarme en la butaca de mi mente y protagonizas una historia en mi vida caracterizas el personaje perfecto de una obra de género desconocido celuloide de inicios de siglo que dices sin decir nada Te observo al recostarme en la butaca de mi mente y profanas los dogmas de Cannes y Venecia aunque tan solo eres una escena cuyo principio es el final representación magistral de mis temores Te observo al recostarme en la butaca de mi mente y analizo cada toma cada ángulo cada palabra editada Por eso, recostado en la butaca de mi mente te observo y disfruto los últimos cuadros de una cinta interminable porque este argumento lo escribimos juntos y eso acredita que tu ausencia con amor me acompañe.

WILLO

20

—¡Atrás, atrás, atrás! ¡Cuidado, no la toque! ¡Quieta, quieta! Pedro se distrajo por los gritos que salían del parlante y la prisa de la gente que se arremolinaba como si hubiera ocurrido un accidente. Sabía que debía ir al mercado del pueblo pero la curiosidad lo empujó a abrirse paso entre el tumulto y, en segundos, ya estaba en primera fila. —¡Quieta, quieta condenada! Si me muerdes quién te va a dar de comer —exclamó en tono amenazante el mer cachifles que había convocado a la pequeña concurrencia. Luego dio un latigazo al aire y con la mano que sostenía el micrófono aseguró fuertemente la tapa del biombo que se había movido. Tenía toda la atención del público. Los espectadores de pie se apretaban inquietos alrededor del vehículo para mirar de cerca al misterioso biombo. Los ojos de Pedro y de los demás asistentes no se apartaban de aquel cilindro de madera. Se preguntaban unos a otros qué podrá ser. La mañana en la plaza central era como todos los domingos de feria. Abundaban los vendedores, los globos, las frutas y los puestos de venta. Pero por un momento parecía existir un solo interés. La aglomeración se concentraba en lo oculto de la caja redonda. Antes de descubrir el misterio, el lenguarás aprovechó tal fascinación para anunciar unos tres o cuatro productos a los curiosos y potenciales clientes. Una pomada que curaba todo, unas pastillas para los parásitos del estómago y una zarza parrilla para la memoria. Pedro, convencido de que era una buena decisión, compró emocionado un frasco de aquella bebida café. Pensó que aunque gastaría la mitad del dinero que su madre le había dado para comprar lo que faltaba del almuerzo de ese preciso día, ella se alegraría mucho y lo felicitaría. A sus diez años, era la primera vez que asistía a algo así. Imaginaba cómo les contaría todo eso a sus amigos. —¡No se quede sin su pomada milagrosa! Después no se queje que me duele aquí o acá —insistía el vendedor, señalándose los lugares de las posibles molestias de sus deslumbrados oidores. —¡Aproveche esta oportunidad única! De aquí no regreso sino en tres meses —les advirtió. —¿Cuánto cuestan pastillas para las cuicas? —preguntó un despistado comprador. —No se dice cuicas, sino lombrices —le corrigió mientras le daba dos docenas por cinco sucres cada una. Des-

21


pués felicitó al hombre por su excelente compra—. En una semana no tendrás más parásitos y adiós dolores de estómago —le aseguró. Habían pasado unos cuarenta y cinco minutos y el hombre no revelaba su secreto. Sin embargo el constante movimiento de la tapa del cilindro mantenía la expectativa de que algo estaba por salir del interior. Media hora después, cuando la gente empezaba a irse, llegó el momento esperado, al menos para Pedro y otros niños que habían comprado algo a manera de entrada para mirar el espectáculo. —¡Atrás, atrás! —gritó, una vez más el ambulante. Con otro latigazo al aire alejó a los que se acercaban demasiado y con la otra mano hizo que la tapa caiga al suelo. Un aire gélido se abrió paso en el ambiente y se instaló en la mente de los espectadores. Pero no veían salir nada de la caja. Algunos se sintieron engañados y comenzaron a reclamar al mercader. Este se acercó sigilosamente y miró dentro. —¿Se habrá escapado el bicho y estará entre el público? —se preguntó en voz baja, tratando de que le escuchen. Dio la vuelta y miró entre los niños. Nada. Las caras de los asistentes palidecían de susto. De pronto, en ese preciso momento, la cabeza de un reptil apareció lentamente por el filo de la caja, como queriendo escudriñar lo que había afuera de su refugio. —¡Es venenosa, no se acerquen! —advirtió el complacido vendedor a su clientela. Con un bastón hizo que la boa mostrara parte de su cuerpo como lo había ensayado tantas veces. Con rapidez la acercó ante los curiosos que gritaron de espanto, pero al rato la retiró. —Para el mordido de culebras como esta gigantesca matacaballo, nada mejor que esta pomada. Solo cuesta diez sucres y dos por quince. ¿Quién desea?, aproveche la ocasión. Ni bien terminó de anunciar, tenía más de tres pedidos. —Tranquilos, tranquilos, que para todos hay —les dijo. La serpiente de unos dos metros y medio salió por completo del biombo para tomar el sol y dejó ver su piel café con manchas amarillas. Su belleza exótica se hacía más evidente con la luz, pero por ser anunciada como venenosa hacía temblar a los presentes, especialmente a los niños. Pedro se sintió nervioso porque era la primera vez que veía una culebra. No se alejó y siguió ahí. La miraba como si hubiese sido hechizado por ella. Habrían pasado unas dos horas cuando Pedro se acordó que tenía que llevar las compras a su madre para el almuerzo. Pero ya no tenía todo el dinero que le había dado. Tampoco estaba seguro de lo que debía llevar a casa del mercado. Miró a su alrededor y después de meditar un poco pensó: “Me tomo un bocado de zarza parrilla, me acuerdo de lo que tengo que comprar y llevo algo. Así mi madre no me regañará por regresar tarde y sin el encargo completo. No importa que por hoy el almuerzo se demore por mi culpa”. Quince minutos después del bocado mágico su mente no recordaba aún lo que tenía que comprar pero su estómago comenzó a sufrir retortijones. Pedro sintió que un dolor progresivo se apoderaba de él poco a poco. Corrió desesperado al baño público que quedaba más cerca. Se descompuso de pronto con varios síntomas a la vez, pero eso no parecía preocuparle mucho sino lo que estaría pensando su madre. “Todo por culpa de la maldita culebra y su dueño”, pensó, al ver que lo habían engañado a él junto con los otros incautos.

22

—Perdón, perdón, ¿dónde están los servicios higiénicos? —preguntó un apurado indígena que también había tomado el líquido café oscuro. Pedro le indicó el camino mientras repasaba airado el reclamo que le haría al hablador. “¡No me ayudó a recordar nada!” “Encima me dañó el estó...” Buscó, pero no encontró a nadie, el embaucador y su culebra —que solo quería tomar el sol cuando sacaba la cabeza para salir del cilindro— habían desaparecido. “¿Se los tragaría a todos?”, pensó. Adolorido y medio débil decidió regresar sin comprar nada. Quería quitarle la preocupación a su madre y pedirle que le dé algo para sus dolores de barriga. “¿Y si no me cree?” Caminaba a paso lento y la cabeza gacha cuando de repente, en medio de las dudas y preguntas y el sofocante sol de aquel día, escuchó de nuevo el eco del charlatán que instalado en otro lugar decía: “¡la pomada cura todo...!” Se llenó de ira, pero sus ojos se iluminaron cuando a lo lejos, en dirección contraria a los altavoces, miró su casa donde estaría su madre esperándolo, aunque sin la comida completa.

EDWIN CHAMORRO

23


ENSAYO

La pasión de Cristo: Miradas ¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ... ¡Oh, no eres tú mi cantar! no puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar! ANTONIO MACHADO

a última película Mel Gibson, la tercera de su colección particular de héroes seculares, añade ahora uno religioso. A los viudos William Wallace (Corazón Valiente) y Benjamin Martin (El patriota), les sigue el soltero más célebre de la historia, Jesucristo. Como ocurre cuando se tocan temas sobre personajes-íconos, máxime si son religiosos, la polémica inició tempranamente cuando el filme ni siquiera había sido estrenado en los cines de Norteamérica. A la fecha, cuando ya han transcurrido algunas semanas desde que La pasión de Cristo empezó a provocar largas filas de curiosos y penitentes prospectivos en las boleterías de las cadenas de cine en varios continentes, se ha dicho de todo. Y probablemente se seguirá diciendo, porque con seguridad siguen muchas cosas pendientes en los tinteros de líderes religiosos, periodistas, investigadores y escritores de todo el mundo “cristiano”. Un antiguo profesor mío decía que no se pueden transmitir significados sino sólo mensajes. Los significados siempre los pone quien recibe el mensaje. ¿Cuáles son los mensajes de La pasión de Cristo? Y, por cierto, ¿cuáles sus múltiples significados? Mensajes y significados (en plural) contradictorios, diría. Saco del bolsillo algunos que he venido recogiendo en lo que llevo del camino:

L

El Cristo del madero o la pasión congelada El cristianismo de la Conquista nos enseñó un Cristo otro. “El otro Cristo español” que lamentaba Juan Mackay: el de la lástima, roto, cabizbajo, sangrante a morir, que marcó con solidarios diminutivos nuestra forma de referirnos a la divinidad. “Diosito”, “Jesusito”, “Niñito”. Nuestra idea de la majestad de Dios y el señorío de Cristo simplemente no existían porque Dios era un abuelito (“Diosito”) remoto de quien conocíamos de oídas y Cristo era el indi-

24

viduo sombrío, apaleado, congelado en los altares de las iglesias, siempre con una cruz a cuestas. Para el catolicismo preconciliar ése era su Cristo. El “reo” eterno. El Cristo de una redención truncada. Gibson nos trae de regreso a ese Cristo. El argumento del actor devenido director que asegura que con su película desea “hacer sentir a la gente” los sufrimientos de Cristo, apela al lado más emotivo y también al más volátil y olvidadizo del ser humano, y las imágenes violentas del filme sólo añaden un eco cacofónico a la violencia de nuestra sociedad. Una sociedad para la cual la violencia ha dejado de tener significado o se la alaba como recurso “estético” en la cinematografía de ciertos cínicos como Quentin Tarantino, que propone ver a la sangre con humor. Las tomas del rostro desfigurado, ensangrentado de Cristo, la expresión extraviada, el cuerpo encorvado, nos llevan en un parpadeo al duro realismo de las esculturas de madera en tamaño natural de la iconografía colonial. Mismos hematomas, mismo cuerpo encorvado, misma expresión extraviada. Los encuadres de primerísimo primer plano de los ojos vidriosos de Cristo del filme evocan de inmediato el brillo particular de las órbitas de vidrio de las estatuas de los cansados cristos hispanoamericanos que uno encuentra en una iglesia católica vieja. Con todo, tal vez el Cristo de Gibson lleve algo de equilibrio a ciertos contextos religiosos donde ha medrado una imagen opuesta de Cristo. El Cristo del sufrimiento, de la humillación, del sacrificio, de Gibson marca un contraste total con el Cristo “ganador”, el “ejecutivo”, el “hombre de éxito” de Bruce Barton y sus seguidores contemporáneos de la teología de la prosperidad. Leída correctamente, La pasión de Cristo tal vez puede ayudarnos a recordar que el Evangelio no es un método para alcanzar el “éxito”: dinero, prestigio, poder sino un llamamiento poderoso, que tiene sus costos, a vivir según otro estilo: la solidaridad, el amor y la ética del no-poder. Las múltiples cristologías elaboradas en la historia con el fin de reclutar a la persona de Cristo a las causas más dispares prueba que todos los cristianos sin excepción han contribuido a destrozar, sin tortura, el rostro de Cristo. Guillermo Blanco decía que el pecado de Judas, que entregó el cuerpo de Cristo, es venial al lado de quienes traicionan su espíritu. “Tal como lo vio en TV” Vivimos en una sociedad que se descristianiza rápidamente. Para más y más generaciones Cristo es un total desconocido. Este colectivo vacío de información pone a la gente en una posición de vulnerabilidad que se multiplica cuando tiene relación con temas que aluden a ciertas sensibilidades como las religiosas. Si nuestra sociedad está tan acostumbrada a creer en la propaganda de que los noticieros le “cuentan los hechos” en la pantalla de TV, ahora también se inclina a aplicar la misma suposición al cine, y el riesgo de ser manipulada en pantalla gigante y sonido surround empeora. Si tenemos dudas sobre esta afirmación solamente pensemos en qué medida lo que hemos visto en la pantalla chica o grande han moldeado nuestra forma de “conocer” y percibir, incluso físicamente, a los personajes de la pasión: Jesucristo, Judas, Pedro, Pilatos, María Magdalena. No podemos negar que nuestro imaginario está repleto de imágenes absorbidas de los medios que han dictado en distintas medidas nuestras propias convicciones y

25


prejuicios sobre cada uno de ellos. Si a eso añadimos que la mayoría de la gente nunca ha leído los evangelios, es fácil darse cuenta que el cine y la TV terminan siendo sus únicos referentes y maestros en el tema. Sin puntos de referencia, la confusión entre ficción y realidad y la manipulación son un hecho. Esta creciente incapacidad en distinguir entre ficción y realidad, unida a una escasa cultura visual que no le permite desentrañar con propiedad los códigos del lenguaje de la pantalla, explica las negativas reacciones de muchos cristianos cuando miran un mensaje religioso que no coincide con sus cánones mentales y califican, o descalifican, sin argumentos sólidos lo que ven en la pantalla. Por ahora, la mayoría califica al filme y sostiene que La Pasión de Cristo actualiza la persona de Jesús en la memoria de la cultura actual y eso pone de su lado a los cristianos, desde luego. Pero para los cristianos el problema no debe radicar exclusivamente en actualizar esa presencia sino en cómo se debe actualizarla, porque el remedio puede ser peor que la enfermedad. En primer lugar, un comentario muy recurrente sobre La Pasión de Cristo de labios de sacerdotes, pastores y profesores de religión o teología, es que el filme “es totalmente fiel a la Biblia” y “muestra con exactitud lo que ocurrió”. Las afirmaciones no pueden ser más absurdas y gratuitas y, viniendo de quien vienen, también irresponsables. Cualquiera que ha leído los textos de los evangelios sabe que los relatos alusivos a la pasión de Cristo son muy escuetos y apenas proveen de detalles. Sobre una base tan parca en información es audaz y equivocado afirmar que se pueden contar cosas “con total fidelidad a los hechos”, como si además los lenguajes escrito y visual fueran intercambiables. Una película, hay que tenerlo muy en cuenta, es solamente una interpretación visual, muy personal de su autor, sobre una idea o texto escogido. La Pasión de Cristo es una interpretación muy personal de Mel Gibson y nada más. Una película no es ni podrá llegar a ser el Evangelio. En segundo lugar, y para reforzar lo dicho, en el filme hay elementos extraños al relato de los evangelios que han sido añadidos con fines tanto dramáticos como ideológicos. Las escenas en que Jesús inventa una mesa moderna, en que la esposa de Pilatos entrega a María lienzos para retirar la sangre de Cristo luego de los azotes o el ataque del cuervo al “mal” ladrón, son recursos inventados para dar acaso más color a la historia pero no pasan de ser eso. La larga e hiperrealista escena del azotamiento de Jesús y el episodio de la mujer que entrega un lienzo para que Jesús se enjugue el sudor y la sangre son, en cambio, sesgos religiosos que recrean las visiones particulares del martirio de una santa católica y la centenaria tradición católica del “manto de Verónica”. Para quien no conoce los textos evangélicos, todos estos elementos se funden en una misma y sola historia. La invención se convierte en “lo que ocurrió”. Así que sería un error peligroso tomar todas estas aña diduras como parte del relato de los evangelios porque actualizan una imagen adulterada de los hechos, tal como lo refieren los evangelios, y de Jesús. Pero de forma incomprensible muchos líderes religiosos prefieren inscribirse irreflexivamente en una ética de conveniencia en favor de la película diciendo que “no importa cómo, con tal que se predique a Jesucristo”. Curioso parecido con la ética de los fariseos que enviaron a la cruz a Jesús utilizando otro argumento de conveniencia: “no importa si uno muere, con tal que el resto se salve”.

26

¿Alguien quiere reactualizar a Cristo hoy? No vaya al cine; vaya a los evangelios, léalos. A quien desea conocer a Cristo las mediaciones hollywoodescas le dan piedras en lugar de pan. La resurrección de la religión en pantalla gigante Mel Gibson hace una declaración que debe ser tomada en cuenta: “Si esta película no conmueve a la gente”, dice, “entonces no hay futuro para el cine religioso”. Ajá, por ahí va la cosa. No en vano un amigo, al salir de ver la película, dijo en tono muy inocente pero que me dejó pensando: “Pronto saldrá la segunda parte”. Pues con esta advertencia involuntaria de mi amigo no me sorprenderá que entremos en una época en que todos los estudios de cine, todos los actores que aspiren a ser famosos y todos los directores que se precien de tales, comiencen a rodar películas con temas “bíblicos” a las cuales, claro está, se les añadirá todas las novedades tecnológicas en efectos visuales y sonoros, “para que la gente sienta”. El 1984 de Orwell comenzará por las iglesias. Los grandes poderes de nuestra sociedad mediática nos ha enviciando con la imagen, a la cual engañosamente equiparamos con la realidad. La imagen, idolatría en ciernes, ha humillado a la palabra al extremo de convencernos de que para conocer a Cristo no necesitamos leer los evangelios ni ningún texto de la Biblia porque nos podemos ahorrar el trabajo viendo un video o una película. Este sensorialismo acabará por, efectivamente, matar no sólo a la palabra sino a La Palabra, a Cristo mismo, que aparecerá, inocuo y desprovisto de espíritu, entre otras tantas opciones en las carteleras de las cadenas de cine. Aunque no dudo de que seguirán habiendo (nunca faltan) aquellos que se consuelen bobamente con aquello de que “no importa cómo, con tal que se predique a Jesucristo”. Los cristianos van dejándolo todo en manos no de Dios, sino de los medios y el mercado y su codicia. Creer que Gibson ha hecho este filme por pura vocación evangélica es ser ingenuo. Hoy mismo existen decenas de productos basados en la película, incluidos naipes y clavos. Si pensamos que en un país como Norteamérica no se puede comerciar ni un alfiler sin el permiso del propietario de los derechos intelectuales, eso significa que Gibson ha dado su consentimiento deliberado, y ha recibido mucho dinero por ello, para que las imágenes de su película sean explotadas de maneras torpes y fetichistas. Este claro gesto del codo borra por completo lo que ha querido escribir hipócritamente con la mano.

I VÁN BALAREZO P.

27


EERRÉtica N.2