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EPÍLOGO II

La Revolución Rusa en su centenario

este hostigamiento no deben menospreciarse. La Guerra Civil y la presión internacional crearon tres fenómenos cuya sombra habría de perdurar hasta el fin de la URSS: una mentalidad de estado de sitio; la muerte de la mitad de la clase obrera industrial -bastión de los bolcheviques- y la militarización de la vida soviética. Este rasgo, la vida disciplinaria, no fue una proyección de la idea bolchevique del socialismo, sino el producto de la Guerra Civil y del cerco internacional. Su aspereza permitió la industrialización acelerada, el lanzamiento del Sputnik y, cuando se aflojaron las cintas de su maquinaria, el hundimiento del propio experimento soviético. Tras confirmar en 1928 que la revolución en Europa ni estaba ni se la esperaba, Stalin reemplazó a Chicherin por Maxim Litvinov. A diferencia de su predecesor, Litvinov apostó por un acercamiento al mundo anglosajón. Logró así el reconocimiento de la URSS en la comunidad internacional, empezando por Estados Unidos en 1933. Bajo su pilotaje, se entró en la Sociedad de Naciones y se buscó una política de seguridad colectiva frente al nazismo que, sin embargo, no fructificó. Para la URSS el enemigo no era Estados Unidos, sino la Alemania nazi. Ante la pasividad occidental, Stalin decidió que había llegado la hora de un Talleyrand que diese un giro de 180º a la política exterior. Con Viacheslav Molotov llegó el “hombre de Stalin”. Se firmó el Pacto de No Agresión con Alemania, puramente geoestratégico. F. D. Roosevelt pensaba que no duraría. En 1941 se confirmó su intuición: Alemania entró a sangre y fuego en la Unión Soviética. El pacto con Estados Unidos era obligado. En 1945, tras la muerte del enemigo común, con unos países imperiales agotados, Estados Unidos sustituyó a Inglaterra y Francia en el mantenimiento del orden capitalista mundial. El enfrentamiento entre capitalismo y socialismo se hacía ahora plenamente geopolítico: Estados Unidos frente a la Unión Soviética. Para Harry S. Truman no había duda: la democracia solo podía ser capitalista. La política exterior de Estados Unidos debía defender lo que él llamó el “sistema de libre empresa”. El hombre que lanzó dos bombas atómicas asumió que la nueva política exterior de EE. UU. era proteger un mundo hecho para el negocio. Estados Unidos asumió defender los imperios europeos o, en su defecto, que la transición de las colonias a nuevos Estados se hiciese siguiendo los patrones del “sistema de libre empresa”. Lo contrario fue visto como una “agresión comunista”. Con Truman comenzó realmente la Guerra Fría. La descolonización le parecía una conquista comunista que debía ser “contenida”. Cada territorio reticente a la “amistad” estadounidense se veía como una “pérdida”, porque para él el capitalismo era el orden natural de las cosas. Así, se habló de China. Y, así, no se quiso hablar de Corea. Lo contrario era ser “débil con el comunismo” (soft on communism). Nada peor podía decirse de un presidente. Sin embargo, los datos no justificaban esta visión. En 1945 Estados Unidos era una superpotencia musculada. La URSS, por el contrario, solo era un gigante devastado. Truman, sin embargo, no aflojó. Entre Yalta y la enunciación de la Doctrina Truman en 1947 se configuró la Guerra Fría. El campo de fuerza, el tablero de ajedrez en el que quien no gana, pierde, estaba hecho. Muerto Stalin, cayó Molotov. Andrei Gromyko, acostumbrado a todo, le sustituyó. Gromyko buscó la “coexistencia”, aunque los picos de tensión no fueron pocos. Con Europa en punto muerto hasta 1961, la lucha se había 82

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La revolución rusa en su centenario (1917 2017)  

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