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La Revolución Rusa en su centenario

EPÍLOGO II

II. DESPUÉS DE 1917: HISTORIA INTERNA Y EXTERNA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA A pesar de la profunda huella que Lenin dejó en la Rusia revolucionaria, fue la necesidad histórica de un contexto hostil la que determinó a la Unión Soviética a combinar con mayor o menor fortuna dos principios enfrentados: un internacionalismo revolucionario abstracto al que la Guerra Fría daría contenido concreto después del fin de la posibilidad de una revolución paneuropea, por un lado, y la tradicional geopolítica rusa, por el otro. La intención del proyecto soviético siempre fue la misma, aunque posteriormente modificase su horizonte revolucionario mundial por la más modesta “coexistencia pacífica” con el capitalismo: romper el cerco al que fue sometida la revolución desde su mismo nacimiento. Para salir de la Gran Guerra Rusia se enfrentó a la voracidad alemana y al chantaje occidental. Lev Trotski propuso una diplomacia abierta, enemiga de los tratados secretos. El resultado, una paz ruinosa: grandes pérdidas a manos de Alemania dieron paso al acoso de las potencias aliadas. Firmado Brest-Litovsk, Trotski pasó a organizar el Ejército Rojo y dejó el puesto de comisario de Asuntos Exteriores a Giorgi Chicherin. Para Woodrow Wilson, presidente de la potencia que iba a salir realmente vencedora de la Gran Guerra, solo cabía el rechazo completo a la Revolución bolchevique. Tradicionalmente, la relación entre Rusia y Estados Unidos solo había contemplado una disputa, la de Alaska, resuelta en 1867 con el talonario norteamericano. Se daban las suspicacias mutuas esperables entre dos potencias expansionistas, por supuesto, y un marcado desprecio liberal por la Rusia zarista nunca dejaba de sentirse en el aire. Pero convivían. El enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos no era inevitable, hasta que la Revolución de noviembre aterrorizó al mundo propietario. El capitalismo puede convivir con cualquier cosa, como con el fascismo, pero no con aquello que lo quiere expropiar, como el comunismo. A pesar de los intentos de Lenin por atraer inversiones, el cerco no aflojó su fiereza: el miedo a la “amenaza roja” (red scare) prendió como un incendio. Lo impensable había sucedido. Y, aunque tras 1921 todo quedó en Rusia, este era un país gigantesco, demasiado como para no temer su capacidad de expansión. Idea de la que la diplomacia soviética estaba muy alejada, pues a lo largo de la década de 1920 los soviéticos se convencieron de que no habría revolución mundial y de que, por tanto, la Komintern tenía que abandonar el internacionalismo revolucionario y convertirse en un aparato de política exterior del Estado soviético. Arrasada por la Guerra Civil (1918-1920), Rusia trató de salir de su aislamiento con el Tratado de Rapallo de 1922. Para salir del asedio creado por las potencias aliadas, Chicherin buscó acercarse a Alemania. Solo logró un pequeño respiro. Los efectos de 81

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La revolución rusa en su centenario (1917 2017)  

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