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La Revolución Rusa en su centenario

EPÍLOGO I

se transmitía también a la fábrica, a la parcela de tierra, a la familia. Como ejemplo de dictaduras corporativas anticomunistas “tradicionales” (sostenidas por Ejército e Iglesia) podemos mencionar la Hungría del almirante Horthy, la Polonia del mariscal Pilsudski, la Portugal de Salazar o la España de Miguel Primo de Rivera. Pero, llegados a este punto, resulta inexcusable mencionar el surgimiento de los dos partidos fascistas más importantes, el italiano y el alemán. Tanto Mussolini como Hitler sabían bien que su mensaje debía ser doble: por un lado, el de un movimiento nuevo en tanto en cuanto lo que buscaba era superar el liberalismo caduco, pero al mismo tiempo antagónico al comunismo, pues deseaba preservar el orden capitalista y patriarcal existente. Su idea de igualdad era la de los soldados en las trincheras, pero soldados que, al fin y al cabo, luchaban y morían gobernados por superiores frente a un enemigo claro: el comunismo. Las viejas élites y la mayoría de los intelectuales liberales sobrevivieron en los estados fascistas e incluso se aprovecharon personalmente del nuevo régimen. Solo los liberales más marcadamente izquierdistas sufrieron una represión equiparable a los verdaderos enemigos del fascismo, los comunistas y los socialistas. De hecho, en Alemania, las primeras víctimas de los campos de concentración no fueron los judíos, sino los miembros del KPD (el Partido Comunista Alemán) y del SPD (el socialdemócrata). Si bien en un primer momento el capital prefirió apoyarse en los instrumentos tradicionales de dominio, finalmente reconoció el atractivo de la oferta fascista, y tanto Hitler como Mussolini acabaron recibiendo una generosa financiación, y un apoyo político decisivo, por parte de las élites liberal-conservadoras de sus respectivos países. Así, los fascistas de Mussolini hicieron frente al poderoso partido socialista italiano tomando por la fuerza los ayuntamientos que dominaba en una serie de sangrientas luchas toleradas por el aparato del Estado italiano. Finalmente, el propio Rey Vittorio Emmanuele decidió dar a Mussolini el Gobierno en lugar de reprimir militarmente a los fascistas, cuando en 1923 marcharon sobre Roma. Por su parte, Adolf Hitler supo aprovechar muy bien el crack del 29. Antes de esta crisis decisiva del capitalismo, el Partido Nacionalsocialista alemán era minoritario, pero tras ella, la economía se hundió, el paro creció vertiginosamente y el descontento empezó a canalizarse hacia los comunistas alemanes. Fue entonces cuando el capital financiero e industrial, tanto la banca como el poderoso trust petroquímico y eléctrico, volvieron sus ojos hacia ese antiguo cabo y orador histriónico de origen austríaco, Adolf Hitler. En 1928, un año antes de la crisis del capitalismo, el partido nazi tenía 12 diputados en el Reichstag. En julio de 1932 contaba con 230 diputados. Con el apoyo político inestimable del viejo mariscal Hindenburg y de las élites tradicionales, Hitler acabaría convirtiendo en canciller y, finalmente, en dictador de toda Alemania. Franz Von Papen, el católico representante de estas viejas élites liberales, condensó en una frase muy ilustrativa lo que el stablishment esperaba de Hitler en relación con la izquierda: “Este hombre nos limpiará el establo”. Acabó haciendo mucho más que eso.

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La revolución rusa en su centenario (1917 2017)  

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