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EPÍLOGO I

La Revolución Rusa en su centenario

por un gran número de obreros socialdemócratas. Según Antoni Domènech, entre 1918 y 1920 la mayoría del proletariado europeo organizado era simpatizante del comunismo y había abandonado a, o como mínimo desconfiaba de, los partidos socialdemócratas. Solo tres meses después de concluido el II Congreso llegó la gran oleada de huelgas generalizadas en el norte industrializado de Italia, con la impresionante ocupación obrera de las fábricas de Turín. Pero la llamarada de septiembre no prendió en toda Italia y pronto los Camisas Negras de Mussolini empezaron a ganar batallas a las organizaciones obreras de izquierda en Italia. En marzo de 1921, tras la insurrección armada espontánea de los mineros de Mansfeld, en la Alemania central, el Partido Comunista de Alemania (KPD) llamó a una huelga general de solidaridad. Pero solo una pequeña parte de la clase obrera alemana respondió y la huelga se saldó con un sonoro fracaso. Los bolcheviques rusos pronto tuvieron que aceptar la cruda realidad: no podían contar con ayuda exterior. Es así como puede entenderse la aprobación de la NEP tras el comunismo de guerra y la paulatina aceptación de la necesidad de construir el socialismo en un solo país. En el III Congreso de la III Internacional en 1921, y para desconcierto de muchos de los militantes comunistas, se preconizó un cambio radical de estrategia, con la que se buscaba crear un “frente obrero” y una alianza con aquellos a los que se había repudiado solo un año antes, los socialdemócratas que habían logrado recuperarse, para intentar sostener gobiernos afines a la URSS desde dentro de las instituciones parlamentarias y con el apoyo de a los que un año antes se había calificado casi de enemigos mortales. Las élites burocráticas socialdemócratas, cuyo prestigio estaba literalmente por los suelos al terminar la Gran Guerra, recuperaron su influencia y poder y buscaron obtener mejoras para la clase obrera llegando a un acuerdo con las oligarquías económicas tradicionales, que también habían recuperado las palancas de mando en sus respectivos países, tras la crisis de la Gran Guerra. El impacto en la derecha europea, por el contrario, puede resumirse en una sola palabra: miedo o, si se lo prefiere, terror. Como hemos visto, el sistema económico, político y social de Europa occidental de 1871 a 1914 había entrado en crisis profunda e irreversible con la Gran Guerra y, tras su victoria en la Guerra Civil, el modelo soviético aparecía como un ejemplo alternativo frente a la Europa capitalista de las guerras, la dominación colonial y la explotación a los trabajadores. Este contraste se hizo todavía más evidente en los años 30, cuando Estados Unidos y Europa se enfrentaban a las consecuencias devastadoras del crack del 29, mientras la URSS, ajena a esas dinámicas, se industrializaba a marchas forzosas con los planes quinquenales. La radicalización de las clases medias conservadoras ante el hundimiento del mundo que habían conocido y la irrupción del comunismo en Rusia, además de a la exaltación nacionalista, las condujo a la defensa del llamado corporativismo, ideología difusa, pero con un objetivo central claro: el redisciplinamiento de la sociedad buscando una transformación limitada de los estados y ofreciendo a las clases medias una “congelación” de su estatus frente a la amenaza revolucionaria. Las figuras del Führer, del Duce o del “Jefe” (nombre con el que los cedistas españoles se dirigían a su líder José María Gil Robles) se encontraban en la cúspide del proyecto social corporativo. Y esta jerarquía 78

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La revolución rusa en su centenario (1917 2017)  

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