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Universidad Nacional de Córdoba Facultad de Ciencias Económicas Departamento de Economía y Finanzas

Crecimiento y equidad social Una reflexión sobre la realidad de Argentina en el 2006

Alfredo Félix Blanco


La crisis del 2001-2002 se tradujo en niveles de pobreza y exclusión social nunca antes vistos en Argentina. Los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC muestran que el porcentaje de argentinos por debajo de la línea de pobreza, que ya superaba el 35% a mediados del 2001, creció hasta un 57.5% en Octubre del 2002. En el mismo periodo los indigentes, es decir aquellos que no cuentan con ingresos suficientes para adquirir una canasta básica de alimentos, pasaron de representar un 11.6% a un 27.5%. El otrora “granero del mundo” mostró entonces un rostro de desolación y penurias económicas que era inimaginable algunos años antes. Muchos de esos nuevos pobres eran miembros de la clase media cuyo nivel de vida se deterioró de tal manera que pasaron a sufrir carencias materiales que no habían conocido nunca. Esa legión de excluidos, no solamente fueron advertidos de que el mercado no demandaba su trabajo, sino que debieron asumir que, en una sociedad donde parece que se vale según lo que se gana, pasaron a valer: ¡nada! Sin embargo, así como muchos fueron sorprendidos por el traumático final de los noventa y como para confirmar que Argentina es un país desconcertante, la recuperación de años recientes también aparece como prodigiosa (aunque ambos episodios sean perfectamente explicables). Ello se ve reflejado en casi todas las variables macroeconómicas (reducción del desempleo, crecimiento del PBI, aumento de reservas internacionales, etc.) y los indicadores de pobreza e indigencia también muestran una evolución favorable. Al segundo semestre de 2006 el porcentaje de argentinos por debajo de la línea de pobreza era del 26,9 % y el de indigencia del 8,7 %. Este proceso de recuperación económica permitió salir más rápidamente de su situación a muchos de aquellos “nuevos pobres”; sus niveles educativos los calificaban mejor para reincorporarse al mercado y, al ser “expulsados recientes”, mantenían aun la disciplina y cultura del trabajo que tenían antes de la crisis.

Sin embargo, los niveles de pobreza e indigencia siguen siendo mucho más elevados que los que caracterizaban históricamente a la sociedad argentina. Por otra parte, debe tenerse en claro que un aumento del ingreso que permite superar la “línea de pobreza” no significa que se haya resuelto la cuestión social. En rigor de verdad, la definición de pobreza involucra muchas otras dimensiones además del ingreso. Asimismo, tan importante como el número de pobres es el


grado de desigualdad interpersonal de riqueza e ingresos. Una disminución del número de pobres no necesariamente indica que esté reduciéndose la desigualdad social. Para el análisis de la desigualdad en la distribución del ingreso se utilizan diversos indicadores, pero el más conocido es el Coeficiente de Gini, que debe su nombre al economista italiano Corrado Gini (18841965). Clasificando a la población según sus ingresos, el coeficiente de Gini captura cuánto se aleja la distribución de una situación óptima. Este indicador asume valores que pueden variar entre 0 y 1; si cada habitante recibiera la misma porción del ingreso nacional dicho valor sería 0, mientras que a medida que se va aproximando a 1 la distribución es más desigual. En países con una distribución equitativa del ingreso (por ejemplo: Suecia o Noruega) el coeficiente de Gini arroja resultados menores a 0,30; a partir de 0,40 se considera que existe desigualdad marcada. Hace algunas décadas Argentina tuvo una distribución del ingreso buena, al menos con relación a otros países latinoamericanos, pero lamentablemente eso ya es historia. En la década de los ochenta el Coeficiente de Gini se ubicaba en torno a 0,40, pero la crisis del 2001-2002 trajo no solamente más pobreza sino también más desigualdad. El coeficiente llegó entonces a valores superiores al 0,52 (Octubre de 2002). La recuperación económica reciente ha mejorado la distribución, pero de manera muy modesta. Los datos del INDEC muestran que el valor del coeficiente al cuarto trimestre de 2006 es de 0.485. La magnitud de la desigualdad queda también de manifiesto cuando se piensa que el 10 % más rico de Argentina recibe más del 36% del ingreso nacional y ganan 31 veces más que el 10 por ciento más pobre. En la década de los setenta esta última relación era de sólo 12 veces.

No solamente en Argentina, sino en muchos otros países del mundo, el crecimiento económico de los últimos años parece mostrar un sesgo hacia la concentración económica y de los ingresos. Es un rasgo propio de las formas de acumulación y crecimiento que caracterizan esta etapa de la “economía global” y la política económica no puede ignorar ese dato.


Los fundadores del liberalismo económico (entre otros Adam Smith y David Ricardo) creían que la distribución de la riqueza respondía a ciertas regularidades asimilables a leyes físicas. Nada debía hacerse para alterar la distribución que se determinaba en el propio proceso de producción. El crecimiento económico “llenaría la copa” y se derramaría hasta beneficiar a las capas más humildes de la sociedad. Sin embargo la evidencia histórica demostró que la propia dinámica del sistema no es suficiente, y debe insistirse en la necesidad de una agenda pública que incluya explícitamente el tema. En Argentina, la profundidad de la crisis que hemos vivido y sus lacerantes consecuencias, exigen acciones muy serias en materia de redistribución de ingresos. No se trata de “hacer política” con aquellos que integran la casi indigna categoría de “beneficiarios” de planes sociales. Por razones éticas y económicas, y evitando tentaciones demagógicas, es necesario que las políticas tributarias, fiscales, y la política económica en general, sean diseñadas teniendo presente la prioridad de atender racionalmente a la cuestión social.

Crecimiento y equidad social  

Una reflexión sobre la realidad de Argentina en el 2006. Autor: Alfredo Félix Blanco

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