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de las Culturas del Mundo Vol. VII, número 68, 15 de agosto de 2010.

CEDICULT

Director: Leonel Durán Solís

Jan Van Eyck. Retrato del matrimono Arnolfini. 1434

correodelasculturas@gmail.com

En este número:

CULTURA Y DESIGUALDAD DE GÉNERO

CORREO

Mural de la iglesia de San Juan Bautista en el río Jordán que muestra el nacimiento de Jesucrist


Arqueomitología

Breve historia de la desigualdad de género Fragmentos de dos conferencias dictadas por Alejandro Carrillo Castro

E

l contenido ideológico de los libros que les dan base y que consideran sagrados las tres religiones monoteístas patriarcales de occidente es en esencia idéntico. Los tres contienen la misma explicación sobre el origen de la

humanidad, que se dice surgida de un nacimiento abiertamente antinatural, pues en vez de que el primer hombre, Adán, hubiera nacido de una madre, de una mujer, el Dios de los patriarcas decidió que fuera precisamente al revés. Eva, la primera mujer, nace según la Biblia del cuerpo del hombre, del padre Adán, para dejar claramente establecida desde entonces la preferencia divina con respecto al varón, en cuanto a la creación de la especie humana.

Por su parte, la filosofía llamada “occidental” y que ha servido de marco en los

últimos dos mil quinientos años a quienes residen en las llamadas “ciudades-estado” de la Grecia y Roma clásicas, actividad cultural de la cual estuvieron excluidas las mujeres hasta muy recientemente, está basada en propuestas ideológicas surgidas primordialmente en los siglos V y VI a.C., también en el área que circunda el mar Mediterráneo. Uno de sus más connotados pensadores, Aristóteles de Estagira, elevó a la categoría de verdad científica una idea muy similar a la del dogma religioso judeocristiano-islámico, que otorga a la mujer, frente al hombre, un papel secundario en la concepción de los hijos, señalando que sólo el semen masculino es el que transmite la característica humana por excelencia: el alma. El semen femenino, la catamenia —a decir de Aristóteles— carece de esta condición naturalmente superior y es tan sólo un caldo de cultivo que sirve para nutrir la célula privilegiada, ya no por Dios sino por la naturaleza, que es, otra vez, el semen o semilla masculina. Dicha afirmación fue considerada, en este aspecto, como el summum de la “ciencia” occidental a lo largo de casi 2000 años.

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Los griegos, como se sabe, eran politeístas. Pero sus conceptos religiosos eran similares a los judeo-cristianos e islámicos en lo referente al origen subordinado de la mujer, a la cual se le atribuía también haber nacido de un padre y no de una madre. Sólo que, en este caso, se trataba de un parto en el ámbito divino, en el cual Atenea, la diosa de la sabiduría, no nació “del oscuro seno de una madre”, al decir de Esquilo, sino “del cerebro luminoso de su padre, Zeus”, a quien los romanos denominarían Deus, de allí el nombre de Deus-Pater o Júpiter, del sánscrito: Dyaus-Pitar. También los griegos postulaban el mito de que otro hijo de Zeus, Dionisos, había nacido, no de su madre, sino del muslo de su padre. Esta versión antropogónica-patriarcal del occidente fue apoyada por un cúmulo de artistas desde la Grecia clásica, Esquilo entre ellos, quien en La Orestiada hace decir a Apolo que “no es la mujer la que procrea a los hijos, sino el varón, quien los engendra con su semen”, la semilla masculina que, como decía Aristóteles, transmitía a los hijos “el alma o esencia divina”.

Homero propuso en La Odisea, como el modelo ideal de esposa a la reina

Penélope, por haber esperado fielmente veinte años, “teje que teje”, el retorno de su marido Ulises, en contraparte con lo que, según La Iliada, hizo la reina Clitemnestra, quien no bien su esposo Agamenón se había embarcado rumbo a Troya con su hermano Menelao, invitó a su palacio a Egisto, pariente de su esposo, para convertirlo en su amante,Cultura en “el ibérica. Sancho” real, yS.coronar conS.magníficos “cuernos” Finales III, inicios II a.C. a su viajero marido. Haberle asignado a Penélope la función de tejedora no es casual. En el antiguo Egipto —y es obvio que Homero debía saberlo— se utilizaba la misma palabra —mr(y)t— para designar a una mujer esclava o prisionera de guerra que a una mujer que “tejía”. Poner a Penélope “a tejer” significaba haber logrado que se convirtiera en esclava o “prisionera” de su marido, al que debía obediencia y fidelidad, aunque éste se hubiera ausentado de la casa la friolera de veinte años, como en el caso de Ulises.

A lo anterior deben sumarse los mil años del Imperio Romano, que impuso en

buena parte del orbe su proverbial derecho, el cual estableció, ahora como dogma

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jurídico, que son los padres, los Patricios, los únicos que tienen el derecho a heredar el patrimonio familiar a sus hijos, así como a ejercer la patria potestad sobre sus esposas y demás descendencia. No resulta una casualidad que en la India existiera también el equivalente a lo que en Roma era la clase social de los Patricios, constituida por la casta sacerdotal de los Brahmanes, o sea, los representantes de Brahma, el dios Padre o dios Creador.

Pero regresemos a la Roma antigua. Quizá ninguna definición

de la ideología patriarcal que permea todo el derecho romano resulte más clara que las palabras de Catón, “el viejo”, a finales del periodo de la República, cuando en defensa de la Ley Oppia señaló: “Nuestros padres han querido que las mujeres estén bajo el Poder de sus padres, de sus hermanos, de sus esposos. Recordemos todas las leyes por medio de las cuales nuestros padres encadenaron la libertad de las mujeres, por medio de las cuales las han sujetado al poder del hombre. En el momento en que nosotros dejemos que se vuelvan nuestros iguales se tornarán en nuestros superiores”. Y así fue que el modelo religioso judeo-cristiano-islámico, reforzado a su vez por la filosofía griega y el derecho romano, se fue convirtiendo en norma en el mundo occidental, esto es, se volvió ...lo normal.

Cabe preguntarse ¿cómo es que todo esto llegó a ocurrir así? ¿Se debe acaso

a que efectivamente los dioses, Dios o la Naturaleza, otorgaron a los hombres una capacidad biológica superior a las mujeres, que los hizo más inteligentes o mejor dotados que sus contrapartes femeninas? Porque si esto fuese así, todo esfuerzo por corregir este designio divino o natural no tendría ningún sentido y deberíamos entonces aceptar resignadamente que tal es la voluntad divina y que, por lo tanto, nada puede hacerse, ya que ... biología es destino.

Yo pienso, al igual que la gran mayoría, que esta afirmación no es cierta y que

los roles de género que actualmente se conocen y se aceptan en el mundo occidental no son mandatos de los dioses, de una Diosa o Dios, o de la naturaleza, sino que se

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trata, en muy buena medida, de creaciones históricas de los propios seres humanos y, por lo tanto, relativas y modificables también históricamente. Si bien nadie podría negar que “biología es diferencia”, de ello no debe concluirse que “diferencia biológica” significa necesariamente desigualdad de derechos y de oportunidades de desarrollo individual y colectivo.

¿Cómo fue entonces que los actuales roles de género que el llamado mundo

occidental asigna a la mujer y al hombre se fueron estableciendo a lo largo de la historia, hasta llegar a su consagración, como hoy los conocemos, en la Biblia JudeaCristiana, en el Corán, en la filosofía griega y en los mandatos del derecho romano? Numerosos estudios e investigaciones realizadas desde el siglo XIX y sobre todo a finales del XX, han demostrado que los roles de género han cambiado mucho a lo largo del tiempo y que no en todas partes ni en todas las épocas han sido los mismos. En algunas sociedades antiguas, por ejemplo, la mujer tenía asignado un rol de género más igualitario, y en ocasiones aún más importante que el conferido hoy día a los varones. Este cambio en los roles de género no es fácil de ser advertido en el análisis de los esqueletos humanos o en los pedazos de cerámica que se descubren en los sítios por los que pasaban los clanes primitivos, o en las ruinas arquitectónicas de las primeras sociedades urbanas, que son el material que acostumbran estudiar los arqueólogos y los antropólogos. Pero sí se puede indagar y deducir del estudio de los mitos, las leyendas y las religiones que, como lo plantearan Bachofen, Frazer, Freud, Jung, Fromm y, más recientemente, Robert Graves y Joseph Campbell, Cultura ibérica. Finales S. III, inicios S. II a.C. entre otros, constituyen el testimonio o el espejo en el que se reflejan las condiciones materiales y sociales de las épocas anteriores a la historia escrita y que constituye ya un nuevo campo de estudio, el de la arqueomitología.

En esta nueva área de las investigaciones sociales, orientada al estudio de los

mitos y las religiones se cuenta ya con indicios de cómo pudo haberse producido el cambio del modelo matriarcal al patriarcal. La mitología griega ofrece dos ejemplos de explicación del cambio de un paradigma o modelo cultural al otro. El primero se encuentra en la clásica obra de Hesiodo, La Teogonía, que, como su nombre lo indica, narra el origen de las deidades griegas. En ella, como dice Apostolos N. Athanassakis,

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“se registra el proceso evolutivo que va del dominio femenino al masculino”; que empieza con Gaia o Gea, “una matriarca suprema” que no necesita de ningún dios masculino para crear a sus hijos; y termina con Zeus, un “patriarca supremo”, que tampoco necesita de ninguna diosa femenina para generar a sus hijos.

Que este cambio del modelo matriarcal al patriarcal entre los griegos tuvo que

haber sido gradual dan testimonio los relatos religioso-mitológicos en los que se habla ya de que había sido un dios masculino el que tuvo a su cargo la creación del primer hombre (como en el caso de Prometeo, que lo crea artesanalmente en un torno de alfarero a partir del barro; o del dios egipcio Khnemu; o de Yahvéh, el dios patriarcal de los hebreos, en el caso de Adán), pero se señalaba también que esta creación masculina requería, para perfeccionarse, de la participación de una mujer. En el caso del hombre de barro creado por Prometeo era la diosa Atenea, que se encargaba de insuflar “el alma” o proporcionar el “soplo vital” a esta creación demiúrgica o artesanal de tipo masculino, pues sin su coparticipación, esta nueva criatura estaría todavía incompleta. Lo mismo creían los egipcios con relación al nacimiento de sus faraones, que para venir al mundo debían recibir primero el “soplo vital” de la diosa Hator; y otro tanto ocurría con el mito griego del escultor o demiurgo llamado Pigmalión, quien con un martillo y un cincel esculpió en piedra la estatua de la bella Galatea, la cual sólo pudo adquirir vida humana hasta que recibió la transmisión del “alma” o soplo vital de una mujer, en este caso de la diosa Afrodita.

Es curioso que en el idioma griego que utilizaba Homero, “mujer” se decía

precisamente damar, que significa domada o sujeta a sumisión. Quizá Shakespeare quiso hacer alusión a este hecho cultural cuando escribió La Doma de la Fiera, también conocida como La Fierecilla Domada, algo similar a lo que Homero refiere en La Odisea con respecto a Penélope, que fue domada por Ulises para convertirla en una esposa fiel y sumisa, al grado casi heroico en que Homero lo relata. El apelativo Mi Dama o Madame vendría entonces a significar algo así como mi domada o mi doméstica.

De esta manera, paulatinamente, se habría producido el cambio de un modelo

o paradigma cultural a otro, cuyo principio o arché sería totalmente opuesto al

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anterior, en el que el papel social —rol de género— asignado al varón sería mucho más importante que el asignado cultural y socialmente a la mujer. En el nuevo modelo patriarcal se prohibiría a las mujeres ejercer su anterior derecho a casarse o mantener relaciones sexuales con dos o más hombres, como específicamente lo estableció el edicto del rey Urukagina en el tercer milenio antes de Cristo, en la Mesopotamia, bajo la pena de ser desfiguradas del rostro o lapidadas, norma y sanción que pasarían posteriormente al Código de Hammurabi en el 1700 a.C. —como lo recuerda la Biblia en el caso de la mujer adúltera, cuya lapidación logró frustrar Jesús—, norma y sanción que, como sabemos, aún subsisten en algunas legislaciones civiles y religiosas de nuestros días.

La nueva concepción cultural, basada ya no en las antiguas relaciones de sangre

del derecho materno sino en las nuevas relaciones jurídico-políticas del derecho paterno o patriarcal, fue la que finalmente permitió la gran revolución que consiguió llevar al cabo Clístenes, tambien en Atenas, en el año 505 a.C., al cambiar la forma de ejercer el voto ciudadano, que antes de él se hacía con base en la pertenencia a los clanes o gentes consanguíneos (genos entre los griegos), cuyos integrantes compartían un mismo origen de sangre, sustituyéndola por la residencia en el distrito político o deme que le correspondiese a cada ciudadano, de acuerdo con la división territorial de la ciudad que jurídicamente había aprobado la asamblea ateniense.

Al elegir a los representantes políticos por distrito electoral o deme y no con base

en su pertenencia a los clanes y aibérica. las tribus consanguíneas, origen al sistema Cultura Finales S. III, inicios se S. dio II a.C. que hoy llamamos “democracia”, Así, los que jurídicamente se concebían como hipotéticos “hijos del padre” se convertirían también jurídicamente en los hipotéticos “hijos de la polis”, en los “hijos de la ciudad”, en los “ciudadanos”, concepto que llevaría finalmente al perfeccionamiento, con Hobbes, del concepto de “Estado”, de “Estado de Derecho”, trascendente creación cultural de los seres humanos, a la cual este tratadista comparaba con un ”monstruo artificial” y al que por lo mismo denominó “Leviatán”. [...] los hombres acordaron que la mujer no volviera a tener control sobre la función reproductiva de su propio vientre y buscaron garantizarse que dicho control pasara

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exclusivamente a manos del hombre, ya fuese como padre en la familia; como legislador, policía o juez en el Estado; o como sacerdote en el ámbito religioso. Sólo así se podría asegurar que el padre contaba con los hijos que consideraba necesarios para auxiliarlo en el trabajo familiar; el Estado, con los policías y soldados que lo hicieran fuerte y próspero; y las iglesias, con los fieles y los misioneros que les dieran universalidad y permanencia en la historia.

Se afirma que una ilustración o imagen dice más que mil palabras. Dos cartones

publicados en los diarios de México ilustran de manera puntual lo señalado anteriormente, al poner en boca de prelados de la Iglesia católica supuestas frases como las siguientes: —¿Decidir sobre su propio cuerpo? ¿Y quién les dijo a las mujeres que su cuerpo les pertenece? —Ser tratados como animales de granja (ser domesticadas) ...ese papel ya lo tenemos reservado para las mujeres. —Tú eres la tentación... por eso te violan. —La paternidad de los violadores es sagrada, así que... cuidadito con abortar. Las mujeres y los hombres del presente y el futuro debemos explorar fórmulas más equilibradas en un nuevo modelo que evite los extremos aquí relatados, que procure no volver a incurrir en los conocidos tropiezos del pasado y que permita que mujer y varón sean iguales en su dignidad y complementarios en sus diferencias. Xalapa, Ver., julio de 2004 — México, D.F., agosto de 2010

El Dr. Alejandro Carrillo Castro es un experto en materia de equidad de género. Entre muchos otros cargos en los ámbitos público y privado, ha sido Cónsul General de México en Chicago, Ill.; Representante permanente de México ante la OEA; Presidente de la Comisión de Ayuda a Refugiados (COMAR). Actualmente es profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM, miembro del Patronato de nuestra máxima casa de estudios, y Director General de la Fundación Miguel Alemán. Ha publicado siete libros y ha sido condecorado dos veces con la Medalla de la Legión de Honor de Francia, una en grado de Caballero y otra en la de Comendador.

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Sociología

Género y culturas

Geografía de la desigualdad de género Las instituciones y la desigualdad de género La desigualdad de género, que es el tema principal, es una de las formas más penetrantes de la desigualdad. Y no sólo porque se encuentra en casi todas las sociedades, sino también porque se suma a otras formas de desigualdad. * Leyes formales y estatutos que forman la ideología oficial de una sociedad y sus instituciones. * Las normas no escritas y los entendimientos compartidos que ayudan a conformar el comportamiento diario en el mundo real. Aunque la desigualdad de género se halla extendida por toda la sociedad, los análisis institucionales que de ella se hacen suelen empezar por la familia y los parientes, pues éstas son las formas más elementales de organización en las que se encuentra la desigualdad. Los papeles y las responsabilidades de hombres y mujeres en el terreno doméstico revelan en gran parte la forma en que la sociedad considera su naturaleza y sus capacidades y, por loCultura tanto, construye las diferencias y desigualdades de género. ibérica. Finales S. III, inicios S. II a.C. Además, la familia y los parientes son responsables de la organización de gran parte de la actividad productiva y reproductiva. Esto sucede particularmente entre los pobres de los países más pobres. Consecuentemente, aun cuando mujeres y hombres participen en la economía general, esta participación está en parte estructurada por las relaciones dentro del hogar.

Las familias y los parientes se diferencian de otras instituciones por la naturaleza

de las relaciones que hay dentro de ellas. Generalmente se basan en lazos íntimos de sangre, matrimonio y adopción (en contraste con las relaciones más impersonales,

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de contrato y estatutos, que se encuentran en el mercado y en el Estado). También son, en general, “adscritas al género”. En otras palabras, para ser marido, esposa, hermano o hermana, hay que ser macho o hembra. En la mayor parte de las sociedades, las mujeres tienen a su cargo las funciones de cuidado y mantenimiento, que incluyen desde tener y cuidar a los hijos hasta el amplio rango de actividades necesarias para la supervivencia y bienestar diarios de los miembros de la familia. Los hombres pueden participar en algunas de estas tareas, especialmente enseñando a los niños “a ser hombres”, o desempeñando algunas tareas hogareñas; pero en general están mucho menos involucrados en este trabajo que las mujeres.

Así, las mujeres tienen un papel clave en los procesos no remunerados de

la reproducción social (es decir, la tarea de reproducir los recursos humanos de la sociedad en una base diaria e intergeneracional). También pueden predominar las mujeres en este tipo de trabajo dentro del mercado; por ejemplo, como enfermeras, maestras y trabajadoras sociales. Sin embargo, el papel que desempeñan en la producción y en la acumulación —y la forma que este involucramiento toma— varía considerablemente de una cultura a otra. Diferentes reglas, normas y valores gobiernan la división de género del trabajo y la distribución por género de recursos, responsabilidades, intervención y poder. Estos son elementos críticos que comprenden la naturaleza de la desigualdad de género en las diferentes sociedades. Las ideas y creencias sobre el género que existen en el terreno doméstico son trasladadas a otras relaciones sociales, sea conscientemente en la forma de discriminación de género o inconscientemente como preferencia de género. Así, el Estado y el mercado no resultan entes impersonales, sino “portadores del género”, pues colocan a mujeres y hombres desigualmente en el acceso a los recursos y les asignan valores desiguales en el dominio público. Perspectivas regionales de la desigualdad de género La desigualdad de género varía a nivel regional, dando lugar a una “geografía” del género, que refleja diferencias sistemáticas en:

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a) Las instituciones de familia y los parientes. b) Los patrones a que han dado lugar dentro del hogar. c) La división de género asociada a los recursos y las responsabilidades.

Estas diferencias, a su vez, han dado lugar a diferencias regionales en la división

de géneros de trabajo entre producción y reproducción, trabajo remunerado y no remunerado, y dominios público y doméstico.

Estas diferencias regionales no significan sólo que mujeres y hombres participan

en forma diferente dentro de sus economías nacionales, sino también que las diferencias no son uniformes a lo largo del mundo. Hay dos factores particularmente importantes que determinan el papel que juegan las mujeres en la economía total, el alcance de su acción y el acceso a recursos socialmente valiosos: 1. Qué tan corporativa es la unidad alrededor de la cual se organiza la economía del hogar (es decir, qué tanto y en qué forma se manejan y colocan juntos los recursos y los esfuerzos de todos). 2. Qué tan rígida es la línea divisoria “público-privado” y, por lo tanto, el grado de movilidad pública y de oportunidad que tienen las mujeres para participar directamente en la economía. Las investigaciones que han ibérica. hecho varias sociales muestra Cultura Finalesciencias S. III, inicios S. II a.C. que hay un amplio rango de tipos de hogares asociados con diferentes “patriarcados regionales”.

Estos tienen patrones particulares de herencia de la tierra, de prácticas maritales, de actividades económicas y de bienestar. Asia A pesar de algunas variantes en la movilidad pública de las mujeres y de su participación en la fuerza laboral en la región, los hogares “asiáticos” están generalmente organizados a lo largo de líneas corporativas, que suelen estar centradas en la relación conyugal.

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Libros Asia occidental, sur de Asia y Asia oriental Las formas más marcadas de desigualdad de género en la región están relacionadas con regímenes de patriarcado extremo. Esta zona incluye la franja que va del norte de África al oeste de Asia, a través de las llanuras norteñas del sur de Asia, incluyendo Bangladesh y Pakistán; también los países de Asia oriental (China, Japón, República de Corea y Taiwán). Es evidente que estos países tienen economías, historias, culturas y religiones muy diferentes. Sin embargo, existen ciertas similitudes históricas en la organización de las relaciones de familia, de parentesco y de género, así como en los patrones que sigue la actividad económica femenina.

Las estructuras de parentesco en la región son predominantemente patrilineales,

es decir, se sigue la huella de los descendientes y ascendientes masculinos, y la propiedad se transmite también a los miembros masculinos de la familia. El matrimonio tiende a ser exógamo y patrilocal, es decir, las mujeres se casan fuera de su parentela y, a menudo, fuera de su comunidad o pueblo, y dejan sus hogares para unirse a la familia de su marido. Los hogares están organizados siguiendo líneas corporativas con lazos conyugales fuertes y reglas culturales que enfatizan la responsabilidad del macho para proteger y proveer a mujeres y niños. Los recursos y los ingresos del hogar se juntan bajo la supervisión y el control del patriarca macho. El pago de dote que hace la familia de la novia al novio es una norma en las planicies del norte de la India, aunque no es necesariamente igual en otras partes de Asia occidental ni oriental.

La castidad de las hembras es muy importante (y se castiga severamente cualquier

transgresión a ella). Esto se considera esencial para asegurarse de que la propiedad se transmita siguiendo la línea del padre biológico. La sexualidad femenina se controla por medio de una fuerte línea divisoria “público-privado”, con las mujeres recluidas en el dominio privado. Aunque la práctica de “purdah” está asociada generalmente a las sociedades musulmanas, la reclusión femenina basada en normas de honor y vergüenza la practican también los hindúes, particularmente los de las castas superiores. Las restricciones a la movilidad de las mujeres, la herencia patrilineal y las

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prácticas maritales patrilocales han causado la devaluación económica de las mujeres y su total dependencia de los hombres en gran parte de esta región. La preferencia por los hijos varones resulta también muy marcada.

Boserup hizo notar que hay un porcentaje muy bajo de mujeres en las actividades

agrícolas y comerciales en Asia occidental, el norte de África y Pakistán, por tanto las denominó “sistemas agrícolas masculinos”. El trabajo femenino familiar no excedía de 15% de la fuerza de trabajo agrícola total (con excepción de Argelia, Túnez y Turquía). Las mujeres sumaban menos de 10% de la fuerza de trabajo en el comercio en Asia occidental y del sur, y menos de un tercio en Asia oriental y áreas de influencia china (Hong Kong, Singapur, República de Corea y Taiwán). También en China, antes de la revolución, sólo 7% de la fuerza de trabajo en el comercio eran mujeres. Sin embargo, Boserup anotó algunas variaciones a ese patrón dentro de la región. En el sur de Asia, por ejemplo, la participación de las mujeres en el comercio variaba de 2 a 6% en Bangladesh y las planicies del norte de la India y Pakistán, hasta alrededor de 17% en los estados del sur de la India.

En el sudeste de Asia (Myanmar, Camboya, Indonesia, Laos, Malasia, Filipinas,

Tailandia y Vietnam), las reacciones de género dentro de la familia y la parentela son menos rígidas; también, en cierto grado, en los estados del sur de la India y en Sri Lanka. La estructura de los hogares sigue también líneas corporativas, pero existen importantes diferencias. Por ejemplo, un niño se considera igualmente relacionado con ambos padres, y el grupo más importante de una Culturasocial ibérica. Finales S. III, inicios S. IIpersona a.C. comprende parientes de ambos lados. La preferencia por los hijos varones es moderada o inexistente.

Existen más casos de mujeres y hombres capaces de heredar propiedades y

una mayor incidencia de descendencia matrilineal, en la cual las propiedades y los descendientes se siguen a través de las mujeres. Los ingresos generalmente se reúnen, pero con frecuencia es la mujer quien se encarga de administrarlos. Un mayor número de recién casados forma su propio hogar, y más esposas mantienen la relación con su familia original. El intercambio económico en ocasión del matrimonio

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tiende a ser recíproco entre las familias de los novios; o mayor por parte del hombre, en forma de “riqueza de la novia”. La mayoría de los países de la región han sido tradicionalmente más tolerantes de la libertad sexual, tanto de mujeres como de hombres; aunque el colonialismo implantó más restricciones, particularmente para las mujeres.

Boserup hizo notar que el trabajo familiar femenino era de alrededor de 50% de

la fuerza agrícola total en Tailandia, y 75% en Camboya, ambas áreas de agricultura femenina. Las mujeres representaban también alrededor de la mitad de la fuerza de trabajo en el comercio en Myanmar, Laos, Filipinas, Tailandia y Vietnam (véase casilla 3.3). La ausencia de fuertes restricciones en la movilidad de las mujeres, y un cierto grado de simetría en la división del trabajo dentro del hogar, no significa que haya ausencia de desigualdad de género en estas sociedades. Por ejemplo, aunque las mujeres filipinas tengan un estatus superior al de las mujeres de otros países, esto debe compararse con la situación del hombre en Filipinas para darle su justo valor, tomándose en cuenta que en los países relativamente más igualitarios del Sudeste de Asia —Tailandia y Filipinas— el turismo sexual se ha convertido en una importante fuente de ingresos para las mujeres. Los mercados laborales continúan reproduciendo las desventajas de género. Teniendo esto en cuenta, queda claro que las relaciones de género en esta parte del mundo no son iguales a las marcadas desigualdades de género en temas como supervivencia y bienestar que, como demuestra el próximo capítulo, continúan caracterizando las regiones dominadas por un patriarcalismo “extremo”. Casilla 3.3. Relaciones de género en Vietnam A pesar de la fuerte influencia del confucionismo entre la élite gobernante del Vietnam prerrevolucionario, la mayoría de las mujeres en áreas rurales trabajaba diariamente en el campo y se encargaba en gran medida del comercio. Las mujeres vietnamitas

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no sólo administraban el presupuesto del hogar, sino que también se ocupaban de la producción directa transplantando arroz y, lo que era muy importante, vendiendo el producto. Los maridos no podían disponer del arroz cosechado sin el consentimiento de sus esposas. Aunque había matrimonios de tipo patrilocal-patrilineal y rastros de preferencia por hijos varones, las mujeres no eran consideradas “ayudantes de los hombres”, sino sus iguales.

África subsahariana Las investigaciones en los hogares del África subsahariana apuntan a la prevalencia de una organización muy compleja, basada en granjas propias del linaje y considerable segmentación de género. Mujeres y hombres de la misma familia trabajan a veces en diferentes grupos, en otros conjuntos económicos o en campos separados, y los cónyuges a veces tienen unidades de cuenta separadas. Este panorama es muy diferente a los usuales en las corrientes dominantes de la economía de los hogares (considerados como una entidad unida, cuyos miembros reúnen sus recursos para maximizar el bienestar común) que se encuentran en otras partes. Cuando los hogares están organizados sobre líneas corporativas, como ya se explicó, el desafío consiste en advertir la existencia de desigualdades de género o de otro tipo en la distribución de la riqueza del hogar. En aquéllos, miembros son discriminados Cultura ibérica. Finales algunos S. III, inicios S. II a.C. sistemáticamente en la distribución de los ingresos del hogar. Aquí, sin embargo, los bienes e ingresos del hogar no son ni siquiera reunidos. En vez de esto, las ideas y costumbres culturales requieren que los recursos e ingresos de mujeres y hombres pertenezcan a diferentes esferas y tengan diferentes usos. De ahí la necesidad de una compleja red de transacciones dentro del hogar, con el fin de dar uso adecuado al trabajo y a los ingresos y llegar al fin deseado.

Gran parte del África subsahariana es patrilineal. El acceso de las mujeres a la

tierra es generalmente por derechos usufructuarios (es decir, tienen el derecho de cultivarla y obtener ingresos de ella, pero la tierra no les pertenece) a través del linaje

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de sus maridos. Como parte de sus obligaciones consiste en proveer de comida y cuidar a los hijos, se les permite este acceso a la tierra para que cumplan con ella. La reclusión de la mujer no es común, aunque existe en algunas comunidades, como los musulmanes hausa de Nigeria. Sin embargo, esa reclusión ocurre en hogares segmentados, y las mujeres hausa retienen considerable autonomía económica. Manejan sus propias empresas y hacen transacciones de “mercado interno” con sus maridos. El matrimonio en la región generalmente exige por contrato el pago de “riqueza de la novia” por parte de la familia del marido a la familia de la mujer.

Como es de esperarse, junto a estas similitudes existen importantes diferencias

en la organización social de la parentela y en las relaciones de género a lo largo del subcontinente africano y hasta en el mismo país. La organización de la relación de género en Uganda varía de región a región, pero en general es fuertemente patrilineal y predominan las estructuras patriarcales; la autonomía económica, así como el acceso independiente a la tierra para las mujeres, están relativamente más constreñidos que en cualquier otro lugar de África oriental. De acuerdo a las costumbres y leyes de Uganda, las mujeres eran consideradas menores de edad, y no tenían el estatus ni los derechos de los adultos. En general, en gran parte de África oriental y del sur, la contribución de la mujer al trabajo se limita al cultivo de los “campos del hogar”, cuyo control pertenece a los hombres. Sin embargo, estudios hechos en Zambia demuestran que hay campos manejados en conjunto, así como otros manejados individualmente por cualquiera de los dos.

Actualmente se calcula que unas doscientos millones de mujeres de distintos países y culturas –africanas, amerindias y asiáticas-–han sido sometidas a la clitoridectomía, acompañada muchas veces de la infibulación.

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Por otro lado, en algunas partes de África occidental (Burkina Faso, Gambia,

Ghana y Nigeria) las mujeres y los hombres jóvenes trabajan en los campos del hogar, que son controlados por el cabeza de familia. Estos grupos domésticos se caracterizan por tener fuertes lazos de consanguinidad y débiles lazos conyugales. Además las mujeres tienen acceso directo a la tierra en las áreas de costumbres matrilineales, muchas de las cuales se hallan también en África occidental (incluyendo Costa de Marfil, el sur de Ghana, Malawi y Zambia), así como en áreas de influencia musulmana. Matrilinealismo significa que las mujeres pueden mantener lazos con su familia de origen y tener acceso a la tierra como miembros de su propio grupo consanguíneo. Como resultado de esto, sus obligaciones no terminan en la unidad conyugal, sino se extienden a la familia original.

Además, en África occidental y central existen

muchos matrimonios polígamos (más del 40% de las mujeres casadas se hallan en estas condiciones): las cifras equivalentes son de 20 a 30% en África oriental y 20% o menos en el sur de África. La poligamia produce un patrón de presupuestos conyugales separados (no reunidos), propiedades, flujos de ingresos separados y hasta viviendas separadas. Las mujeres tienen considerable intervención económica en la estructura de la familia y no dependen tanto de susCultura maridos como Finales lo hacen en gran parte ibérica. S.otras III, inicios S. II a.C.del sur de Asia. América Latina y el Caribe Los países de América Latina y el Caribe han experimentado muy diferentes historias y patrones de desarrollo económico dentro de tres amplias tradiciones culturales: la indígena, la española y la afrocaribeña. Esto ha producido considerable diversidad en la organización de sus hogares. Sin embargo muchos países comparten algunas cosas, incluyendo la intersección de colonialismo y esclavitud, y grandes poblaciones urbanas (alrededor de 70%).

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Esta región pertenece al extremo corporativo más débil del espectro. Los

colonizadores españoles y portugueses introdujeron su propia versión de la línea divisoria “público-privado” en América Latina, asociando al hombre con la calle y a la mujer con la casa. Sin embargo, esta división es mucho más fuerte en la clase alta con influencia española y, por lo tanto, católica romana. Es menos frecuente encontrarla en las poblaciones negra e indígena. El matrimonio legal puede ser el ideal social, así como la norma en muchas partes de la región, pero hay una gran incidencia de uniones consensuales o libres. En algunos lugares de América Latina esto parece reflejar antecedentes indígenas y en parte la precariedad del matrimonio cuando la movilidad masculina es pieza integral de las estrategias económicas. En el Caribe esta situación refleja el impacto de la esclavitud, que debilitaba los lazos entre padres e hijos, ya que los niños esclavos pasaban a ser propiedad del amo de sus madres. Un resultado de esto fue el gran número de hogares encabezados por mujeres, así como hogares complejos en los que hay hijos de diferentes uniones.

Boserup comprobó que la actividad económica de las mujeres en el dominio

público variaba a lo largo de la región. Había mayores tasas en poblaciones con fuerte presencia africana o asiática que en los países sobre la costa atlántica, donde la influencia española fue mayor. La región en conjunto está caracterizada por bajos niveles de actividad económica femenina en áreas rurales, y mayores niveles en áreas urbanas. Las mujeres tienden a ser más activas en el trabajo agrícola en el Caribe, donde existen granjas pequeñas. El hecho de que la mercantilización y la mecanización han avanzado más en América Latina que en cualquier otro lugar del Tercer Mundo, explica por qué no hay muchas fuentes de empleo en general y, sobre todo, de empleo femenino. Sin embargo, las mujeres trabajan activamente en el comercio en toda la región, y dominan los flujos de migración a las áreas urbanas. Esto es un indicio de la falta de estrictas restricciones a la movilidad de las mujeres. Fuente: Centro Internacional de Investigación para el Desarrollo http://www.idrc.ca/

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Reseña

Reseña

Leyenda, historia y género en la figura de la Malinche

Luis Barjau, La conquista de la Malinche. La verdad acerca de la mujer que fundó el mestizaje en México, México: INAH/CONACULTA/Martínez Roca ediciones, 2009, 300 pp. por Beatriz Lucía Cano Sánchez DEH-INAH Se podría pensar que Malintzin, la Malinche o Marina es una de las figuras femeninas más conocidas de la historia mexicana, por su participación como intérprete de los soldados españoles que emprendieron la conquista del territorio conocido ahora como México. Sin embargo, aunque parezca paradójico, es de las que menos se han ocupado los historiadores. Luis Barjau en La conquista de la Malinche. La verdad acerca de la mujer que fundó el mestizaje en México busca llenar ese vacío historiográfico en un estudio que, en mi opinión, tiene dos grandes virtudes: cuenta con una gran cantidad de información y presenta interpretaciones de los hechos de ibérica. Finales S. III,trata inicios S. IIlaa.C. la conquista que son muyCultura sugerentes. Si bien la obra sobre Malinche, el autor aborda, con gran desenvoltura, diferentes asuntos de la conquista y la cosmovisión indígena. Su intención principal es penetrar en la mente de los protagonistas.

Asimismo, plantea preguntas que llevan al texto de lo histórico a lo ficcional

y viceversa; esta amalgama no sólo vuelve más profundo el escrito, sino que le proporciona una gran fluidez. Para estudiar a Marina, Barjau propone afrontar dos tareas: examinar la gesta de la conquista y el consecuente entrelazamiento de dos civilizaciones que florecían en el siglo XVI, y analizar los significados míticos que se asociaron a la leyenda del personaje. Malintzin ha sido concebida como un polo

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cultural identificador, el fantasma de una fenomenología de corte ideológico y la punta de lanza de una mitología asociada con la traición. Esta última idea nació cuando los conquistadores justificaron, ante sí y ante el mundo, la invasión y sometimiento de los reinos mesoamericanos.

Se confirió a la Malinche el papel de traidora de su raza, mas no se mencionó

nada de los pueblos que se levantaron contra los mexicas, los cuales, a su vez, serían traicionados por Cortés, ya que no los liberó del yugo del tributo. Esta visión “perversa” de la historia olvida que los pueblos originarios estaban divididos en diversos reinos y que la mayoría eran tributarios de Tenochtitlán; por esta razón, guardaban una serie de resentimientos que emergerían tras la llegada de los españoles. La malevolencia llevó a considerar que la “supuesta” traición era una cuestión racial; incluso se pensó que los pueblos originarios debieron unirse para combatir al invasor. Marina no fue la única que recibió un calificativo peyorativo: se imputó cobardía y pusilanimidad a Moctezuma; se consideró a Cortés un ambicioso que, por capricho, destruyó “un orden social perfecto”, y se juzgó a Cuauhtémoc como la personificación de la derrota.

Esta visión de la historia ignora que estos personajes constituyen los referentes

identificadores fundacionales y naturales de nuestro ser. Su

papel de traductora volvió a Malintzin pieza central, no sólo de la conquista y desintegración de un Estado, sino también en el establecimiento de los cimientos de un nuevo sistema. Debido a su función mediadora, la Malinche es una figura coyuntural por excelencia; ella fue la primera persona de Mesoamérica que se condujo en dos lenguas distintas. En este sentido, representa el primer encuentro y el entrelazamiento de los bloques culturales e históricos de Occidente y Mesoamérica. Barjau califica este proceso como semiótico, pues se produce una reestructuración en la creación de símbolos de los pueblos.

Aunque Bernal Díaz afirmó que Malintzin era una gran cacique, fue regalada a

Cortés después de la batalla de Centla, lo cual demostraba que no podía desempeñar ese papel, sino el de esclava. En el camino de Centla a Chalchiuhcuecan, por órdenes de éste, la Malinche pasó a ser propiedad de Alonso Hernández Portocarrero, uno de

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los hidalgos que lo acompañaban y con los que el conquistador buscaba quedar bien. En Chalchiuhcuecan, los españoles se dieron cuenta de que ella hablaba náhuatl, ya que sus padres habían sido mexicas. Su conocimiento del idioma sería fundamental para que adquiriera un estatus distinto. La partida de Hernández a Europa fue oportuna; Marina quedó al servicio del capitán hispano, quien la convirtió en su amante porque no conocía a una mujer que hiciera lo que ella. era

Además de que los españoles se beneficiaron al tenerla de traductora, ella bastante inteligente y afianzó un cargo importante en el desarrollo de los

acontecimientos. Por ejemplo, en Cempoala

política,

se transformó en negociadora

un papel que también desempeñaría en Tlaxcala cuando descubrió que

los tlaxcaltecas enviaban comida con el objetivo de espiar los movimientos de los iberos. Esto muestra que estaba bien enterada de los sucesos de su entorno y que contaba con la libertad suficiente para actuar por su cuenta. Tal beneficio se derivó de su posición como poseedora de la palabra, es decir, sabía que los españoles no lograrían establecer alianzas mientras no dominaran un idioma distinto.

Sin embargo, Barjau advierte que los estudiosos han omitido la labor de Jerónimo

de Aguilar, quien se encargó de traducir del maya al castellano, por lo que existían dos intérpretes, cuya actuación fue esencial en la victoria de los hispanos. Si se recuerda el papel de Malintzin como traductora, y no el de Aguilar, se debe a que causaban sorpresa, a indígenas y españoles, sus habilidades en el dominio lingüístico; ella hablaba popoloca, maya chontal, y castellano. Cultura ibérica.náhuatl Finales S. III, inicios S.Incluso II a.C. animaba a los combatientes indígenas antes de que entraran en lucha. Conforme crecía su poder en el ejército hispano e indígena, no sólo traducía las órdenes de Cortés, sino que se daba el lujo de mandar ciertos movimientos militares. En Cholula ganó relevancia, pues descubrió el complot que se organizaba en contra de los iberos, gracias a que una mujer le confirió los planes por considerarla una principal.

Sin duda, la Malinche se convirtió en una mujer más española que indígena.

Cuando se enfrentaba a situaciones inéditas, plenas de ambigüedad y misterio, repetía la voluntad de Cortés y hablaba con la misma certeza y autoridad. Su función determinante en las alianzas con los grupos indígenas, y en la guerra contra

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Tenochtitlán, provocó que se acusara a éste de valerse de una indígena para el logro de sus intereses. Tras la caída de Tenochtitlán, ella adquirió la etiqueta de una fémina temida y dura. Además de negociar con los diversos grupos que rendían vasallaje al conquistador, se volvió un eslabón fundamental de la construcción de un nuevo sistema, después de contribuir en la destrucción del anterior. También se le encargó la organización de los aliados y vencidos de la gesta conquistadora, la explicación de las nuevas costumbres que los vasallos debían asumir, en específico las relativas al tributo, y la reconstrucción de México-Tenochtitlán.

Así, Marina pasó de la esclavitud a la nobleza, gracias a la fidelidad que manifestó

a Cortés; sobrepasó el papel de amante, para instalarse como lugarteniente y, en algunas transacciones, virreina. El destino, la oportunidad y su talento ocasionaron que negociara su labor tradicional de mujer indígena sometida a las costumbres ancestrales. En recompensa por su participación en la guerra de conquista,

el

capitán español le otorgó los pueblos de Oluta y Jaltipan. En 1524, la Malinche se casó con Juan Jaramillo, uno de los amigos de éste. Barjau explica esa unión por el hecho de que ella ya no era útil, pues el conquistador ya conocía el náhuatl. De esta relación nació María, la segunda hija de Malintzin; su primer hijo fue Martín, fruto de su vínculo con Cortés.

El autor estima que no sólo existe una Malinche histórica, sino también una que

se ubica en el campo de la leyenda. Ella se convirtió en la imagen de la incapacidad y la traición nativa ante la presencia extranjera. Lo más trágico, según él, es el convencimiento de la pérdida de una patria por “impotencia” y “traición”. Desde esta perspectiva, se pasa por alto el encuentro de dos procesos civilizatorios con un desfase cultural, debido a que los contendientes tenían propósitos religiosos, económicos y sociales distintos. La mitificación de la pérdida oculta el drama de la conjunción sociocultural. También se le utiliza como coartada para justificar la imposibilidad de cumplir ciertas expectativas; Marina encarna la figura desdichada de la culpa y la traición.

Barjau la considera el emblema de un mito inacabado que en el futuro

representará el recuerdo totémico de la antigua sociedad nativa, que antecedió a

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la nación mexicana. Asimismo,

simboliza a la mujer universal en uno de sus

heroicos matices y, al igual que otras figuras coyunturales, la guía que transforma a su pueblo en otro, es decir, el pase transcultural por excelencia. Aunque se ha querido ver a Malintzin como una esclava oculta, en realidad tuvo gran prestigio y poder entre los indígenas. Cabe recordar que fue la primera mujer de Estado en el continente, y la primera conversa y vehículo de la evangelización cristiana de una cultura ancestral. Catalogarla como barragana y traidora es subestimarla por su condición.

El historiador señala que la Malinche se ha convertido en objeto de estudio de

la cultura mexicana. La ambigüedad que se percibe en su mitificación deriva de un doble hecho: la mujer violada de cuyas entrañas emerge el mestizaje, y la aliada del invasor que deja a su merced su propio mundo aborigen. Existen algunas versiones en donde la asocian a Cortés como una dualidad casi divina, mientras que, en otras, ellos son parte de los astros del cielo. Resulta interesante mencionar que la literatura decimonónica contribuyó a otorgarle a Marina un papel nefasto en la historia de México. Por ejemplo, en la primera novela de tema indígena denominada Xicótencatl, se presenta a los españoles como criminales, libertinos, corruptos, pendencieros y codiciosos; en contraposición, se atribuía a los tlaxcaltecas la pureza y lealtad del hombre superior. A pesar de que se concebía a Cortés un “monstruo infernal”, dotado de “astucia maléfica” con la que dividía a los reinos y después Cultura ibérica. Finalesinquina S. III, inicios S. IIera a.C. lograba su adhesión, el personaje que mayor causaba la Malinche. No sólo se le consideraba una traidora, sino también se le veía como un monstruo de lujuria, infidelidad, conveniencia egoísta y vileza. Esa obra inauguraría la leyenda negra en torno a ella y establecería las bases del complejo ideológico que supuso la existencia de un país traicionado por sus propios correligionarios corrompidos por la influencia occidental. También en Los mártires de Anáhuac, de Eligio Ancona, se repite el argumento sobre la deslealtad de Malintzin hacia su pueblo y su raza. Además, se le concedía una mentalidad occidental y se le presentaba como una mujer celosa que buscaba matar a una hija de Moctezuma.

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En las novelas de Ireneo Paz, Amor y Suplicio y Doña Marina, la Malinche aparece como personaje principal; sin embargo, el escritor quiso mostrar los infortunios de los seres ante la imposibilidad de consumar el amor romántico. Barjau advierte que en la narrativa del siglo XIX, con excepción de Paz, quedó establecido el complejo ideológico que la convirtió en la figura central de la traición, sobre la base de una supuesta noción racial y una entidad geopolítica. En el mismo siglo, su complejidad llevó a crear el malinchismo, concepto que refleja una actitud “autodenigratoria”, un autodesprecio y una magnificación de la superioridad europea. Según Octavio Paz, estos son síntomas ineludibles de que el mestizo estaba en desacuerdo con su herencia indígena e hispánica.

Pese a la leyenda alrededor de Malintzin, Barjau afirma que

mujer arquetípica,

ella es una

la encarnación de una indígena con poder en medio de

un febril período de transición. Hay que reconocer su papel de heroína y figura mitológica,

fundadora de la moderna nación mexicana,

porque no

sólo fue un símbolo coyuntural en la descentralización del poder en Mesoamérica, sino el elemento clave, como traductora, de la adhesión progresiva de los pueblos indígenas a la causa europea. El libro del autor constituye una gran aportación a la historiografía mexicana: presenta a la mujer de carne y hueso que tuvo una importante participación en la guerra de conquista, y funcionó como puente entre dos culturas. También desmenuza el mito que la cubre para demostrar que no es posible acusarla de traidora. De hecho, este papel no puede otorgarse a ninguno de los pueblos que se aliaron a los españoles. La extraordinaria obra de Barjau evidencia que los estudios serios, bien documentados y reflexivos, ayudan a desmitificar y deshacerse de mentiras creadas en torno a ciertos personajes de nuestra historia.

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Directorio

INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA DIRECTOR GENERAL ALFONSO DE MARIA Y CAMPOS CASTELLÓ SECRETARIO TÉCNICO

MIGUEL ÁNGEL ECHEGARAY

SECRETARIO ADMINISTRATIVO EUGENIO REZA SOSA

COORDINADORA NACIONAL DE MUSEOS Y EXPOSICIONES LOURDES HERRASTI

DIRECTOR DEL MUSEO NACIONAL DE LAS CULTURAS Y DEL CORREO DE LAS CULTURAS DEL MUNDO LEONEL DURÁN SOLÍS

EDITOR

MARIANO FLORES CASTRO

correodelasculturas@gmail.com

Cultura ibérica. Finales S. III, inicios S. II a.C.

ÉSTA ES UNA PUBLICACIÓN DEL CENTRO DE ESTUDIOS SOBRE LA DIVERSIDAD CULTURAL (CEDICULT) DEL MUSEO NACIONAL DE LAS CULTURAS ©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS POR LOS RESPECTIVOS AUTORES DE LOS ARTÍCULOS, NOTAS Y FOTOGRAFÍAS.

MÉXICO, D.F., 15 DE AGOSTO DE 2010.

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Correo de las Culturas 68  

Cultura y desigualdad de género

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