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Imágen lumínica de España y Portugal. Fuente: Estación Espacial Internacional (ISS). NASA.

Quien le dedique unos minutos a analizar esta imagen podrá ver cómo se localizan perfectamente las localidades de Medina de Pomar y Villarcayo. Con algo más de dedicación, se pueden localizar Espinosa, Reinosa, Aguilar de Campoo...


Edita: CEDER Merindades Realiza: Soleta PRO 09500 Medina de Pomar BURGOS Director: José Ángel Varona Bustamante Consejo de redacción: Iván Varona Ruiz José Ramón García Sánchez-Montañez José Román Miguel Martínez Juan Gonzalo Miguel Martínez Representantes CEDER Merindades en el consejo de redacción: Juan Esteban Ruiz Cuenca

Javier Mardones Gómez Marañón

Asesor científico: José Ángel Andrés Abad

Diseño y maquetación: Iván Varona Ruiz Cartografía: Soleta PRO

Archivo fotográfico: Soleta PRO

Colaboradores: Mª Nieves Ruiz Berasategui Ignacio Sáez Hidalgo Ana Irazabal Escribano Jesús Arce Garmilla Ernesto de la Peña Cuesta Ricardo Pereda Peña Imprime: Imprenta García

QUEDA PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN

AUTORIZACIÓN ESCRITA DEL

CEDER MERINDADES.

Depósito Legal: BU.453-2010


PARALELO Número 9 - MAYO 2015

SUMARIO

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FORTALEZAS en el origen de Castilla. un viaje a través del tiempo en el que

sus autores nos aproximan de una manera rigurosa a los orígenes de nuestro territorio. a una época en la que los homBres y el ganado se protegían de fieras y otros homBres en las alturas, al amparo de farallones rocosos o murallas que ellos mismos construían. este extenso reportaje presenta una historia creíBle, documentada y lógica. es cierto: hay que tener un poco de paciencia.

DESTINO: ASIA. ¡Hasta Turquía en camper! el viaje propuesto en este número es diferente de los hasta ahora descritos. en una furgoneta (furgo, es como les gusta llamarla), nuestros habituales de la sección Más allá de la frontera llegaron a turquía, después de un impresionante, y por momentos peligroso, viaje de más de 9000 km. LA PIEL DEL BOSQUE. Buena parte de la superficie de las merindades está cuBierta por Bosques.

son lugares mágicos, somBríos y entrañaBles que desde siempre han nosostros Buscamos sólo generar sensaciones a través de una pequeña selección de fotos...

despertado el interés de los seres humanos.

secciones

Reportaje Las Merindades en el siglo XVIII según las relaciones del geógrafo Tomás López.

Galería de Las Merindades.

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Reportaje Colmenares tradicionales: legado de nuestros ancestros.

Senderismo PRC-BU 104 Villanueva de los Montes, Quintanaseca y Frías.


EDITORIAL

Saludos, una vez más, desde Paralelo 43. Es un placer volver a presentar la visión que de nuestra comarca tienen quienes mejor la conocen. En este número incluimos un reportaje de relevancia, que nos ha sumido en las complejas contradicciones que a veces tiene la historia, como consecuencia de interpretaciones difíciles de encajar. El resultado es denso, complejo, muy interesante. Nuestro patrimonio es consecuencia de algo. Nada es porque sí. Y para explicar las cosas, es necesario mirar atrás en busca de las causas.

Es lo que hemos intentado hacer con un reportaje al que incluso hemos cambiado el título en varias ocasiones y que esperamos, al menos, que despierte su interés. “Fortalezas en el origen de Castilla” trata de ex-

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las merindades

la toscana perugia lago trasimeno split sarajevo Berkovitsa majachkalá Karatau almaty Bisket mori Barkol lago painner changchun ussuriysk

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plicar, teniendo en cuenta las últimas investigaciones al respecto, muchos de esos porqués.

La geografía, por otro lado, es una debilidad de Paralelo 43. Está en nuestros orígenes. Por eso en este número introducimos un artículo referido a Tomás López, uno de los más insignes geógrafos de la historia de España y su relación con las Merindades.

Para aliviar un poco la densidad de este número proponemos una galería de imágenes bajo el título La Piel del Bosque. El bosque nos cobija, nos alimenta y nos calienta. ¿Alguien nos da más por menos?

Nuestro espacio geográfico se caracteriza por su diversidad, no sólo natural, sino también de las actividades que se derivan de ella. La apicultura ha estado siempre presente y así lo demuestran la multitud de documentos. Algunas zonas concretas conservan valiosos restos de esta actividad tradicional que ahora mostramos en estas páginas.

Y en la habitual sección Más allá de la Frontera proponemos un viaje en furgoneta a través de media Europa para llegar hasta Turquía. Una aventura no exenta de peligros que nuestros compañeros sintetizan con verdadera pasión para Paralelo 43.

Esto, junto con la habitual ruta de senderismo, que en esta ocasión nos conduce por las viejas sendas que pusieron en contacto a Frías con Villanueva de los Montes, completa un nuevo número de Paralelo 43 que esperamos sea de su agrado.

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Bourguignon d´Anville, de quien aprendería las necesarias técnicas de la cartografía de gabinete. A mediados del siglo XVIII, la Monarquía borbónica española se planteó la necesidad de cartografiar, a semejanza de otros estados ilustrados de Europa, los territorios que conformaban sus reinos y dominios. Una tarea que, sin duda, debía enmarcarse en el amplio proyecto reformista que impregnaba la política ilustrada del Siglo de las Luces. A tal efecto, el Marqués de la Ensenada, secretario de Fernando IV (1746-1759) y Carlos III (17591788), encomendaría el proyecto de “levantar el mapa de España” y todas sus provincias a Tomás López de Vargas y Machuca (1730-1820), un cartógrafo madrileño formado en París bajo las enseñanzas del prestigioso geógrafo francés Jean Baptiste 8

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El proyecto se iniciaría hacia 1760, cuando, para entonces, el Marqués de la Ensenada había sido relevado de su cargo. En cualquier caso, es preciso señalar que en aquellos tiempos, el procedimiento cartográfico se basaba, como no podía ser de otra forma, por la falta de medios técnicos y humanos, en la recopilación sistemática de información y su posterior tratamiento e interpretación en un despacho o gabinete. Por ello, era necesario dirigirse epistolarmente a las autoridades locales de cada jurisdicción y solicitar los datos geográficos relativos a la misma. A partir de los datos suministrados, cuyo contenido, por cierto, podía ser muy desigual, los técnicos, dirigidos por un geógrafo, componían arduamente cada mapa.


XVIII

LAS MERINDADES EN EL SIGLO

SEGÚN LAS RELACIONES DEL GEÓGRAFO

TOMÁS LÓPEZ Para la ejecución del proyecto, cuyo antecedente más directo se remontaba a las Relaciones Topográficas de Felipe II, Tomás López remitió a los diferentes obispados de España los pertinentes oficios y circulares al objeto de que sus titulares instaran a los curas y vicarios que ejercían su ministerio en la jurisdicción eclesiástica correspondiente para que “subministrasen noticias ciertas de la inmediaciones de sus iglesias” y facilitasen información sobre “los lugares y distancias de que se encuentran en los caminos”, y su posición al norte, el mediodía, el levante o el poniente. Más adelante, hacia 1785, Tomás López cambiaría este proceder por un interrogatorio más preciso que contenía quince puntos, el cual fue dirigido para su contestación, no sólo a las autoridades religiosas, sino también civiles (corregidores, intendentes, etc.). De este modo, pretendía Tomás López

recabar una información más ordenada y normalizada. Las cuestiones contenidas en dicho interrogatorio hacían referencia a múltiples aspectos que iban desde la condición del lugar, su localización, las distancias en leguas, los accidentes geográficos que podían existir y “los frutos más singulares de su terreno”, a “los sucesos notables de su historia”, “las manufacturas y fábricas que tiene”, “las ferias o mercados y los días en que se celebran”, e incluso “la enfermedades que comúnmente se padecen”. Esta información debía, además, completarse con los croquis y mapas que los comunicantes estimaran oportuno. Ni que decir tiene que, mientras algunos encuestados no escatimaron en detalles y lograron auténticos tratados acompañados de elaborados mapas de su demarcación, otros, por las merindades en el siglo xviii

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el contrario, se ciñeron sucintamente al cumplimiento de lo requerido proporcionando someras relaciones del lugar y sus aledaños. Con toda aquella información, conservada proverbialmente en la Biblioteca Nacional de Madrid bajo la denominación de Relaciones Geográficas enviadas a Tomás López, el infatigable geógrafo de los dominios de S. M., como así le designó Carlos III en 1770, pudo levantar magníficos mapas que cubrieron la práctica totalidad del territorio español. En este sentido, la carta que mejor mostró e integró la actual comarca de Las Merindades fue el Mapa que comprehende el Partido del Bastón de Laredo, y quatro villas de la Costa, con todos sus Valles, y la Provincia de Liébana; el Corregimiento de Villarcayo, que encierra las Merindades de Castilla la Vieja, separadas sus juntas, villas y agregados; el Partido de Castilla la Vieja en Burgos; y el Partido de Miranda de Ebro. Una obra ésta, que fue ejecutada en 1774 y cuya publicación en 1804, junto a otros 37 mapas, dio lugar al conocido Atlas Geográfico de España que comprehende el mapa general del Reyno y los particulares de sus Provincias. Evidentemente, de la entonces provincia de Bur10

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gos que, en aquella época incluía también a Cantabria, La Rioja y pueblos de las actuales Soria y Asturias, se ha conservado una inestimable documentación referida a Las Merindades y que constituye una valiosa fuente de información para el estudio de esta comarca a finales del Antiguo Régimen. De esta documentación han quedado importantes testimonios, algunos de los cuales han sido publicados íntegramente. Otros, por el contrario, han sido utilizados parcialmente como fuente bibliográfica para completar trabajos y estudios de investigación. Destacable por el carácter académico y la amplitud de la información incluida en el mismo, fue el informe conocido como Noticia histórico-corográfico del Muy Noble y Real Valle de Mena remitido en 1796, presumiblemente, por el abad de Vivanco don José Manuel de Vivanco


y Ángulo, y que contenía un completo y exhaustivo compendio con los aspectos más significativos de la comarca (etimología, historia, localización, territorio y producciones, clima, división, gobierno, etc.) También merece la pena destacar el informe que, hacia 1787, despachó don Juan Antonio de Aldama Bustamante, corregidor de Villarcayo, para dar “razón con atención al interrogatorio remitido” por Tomás López. Dicho informe contaba con una detallada Descripción Geográfica e Histórica de las Muy Nobles y Muy Leales Merindades de Castilla la Vieja. Entre los muchos asuntos y curiosidades que contenía, en dicho informe se expresaba, al referirse a la Merindad de Cuesta Urria, una de las Siete merindades históricas que conformaron la Junta General de Castilla Vieja, cómo, “por algunos encuentros con ellas o, lo que es más cierto, a influjo de algunos particulares que sobresalían en ella”, se había desgajado, “para su desgracia”, en 1734. No menos interesantes fueron las contestaciones dadas en 1796 por don Ángel Antonio de Isla, arcipreste de Valdivielso, quien, desde Quecedo, informaba en su comunicado de las muchas torres que existían en el valle y de las casas de “vellísima fábrica” que podían encontrarse. En particular, hacía mención del seminario para educandas levantado en Quintana y sufragado por don Valerio Fernández de San Martín, vecino del lugar, de cuya factura afirmaba que era tan sólido, que “escasa-

mente se encontrara otra más en nuestro Reino”. No en vano, el citado comunicante declaraba que “dan estos montes esquisitas piedras”. Así también, eran de interés las respuestas que, desde Robredo de las Pueblas, en el Valle de Valdeporres, redactó en 1773 don Bartolomé López, clérigo del lugar, el cual, tuvo a bien confeccionar un curioso leguario circular con “epicentro” en dicha población al objeto de dar “rrazón de lugares y de más noticias” que se demandaban. En cuanto a los mapas aportados por los informantes, ocurría lo mismo que con las respuestas. En caso de haberlos, podían variar desde sencillos croquis a esmerados dibujos como el suministrado por don Bernabé Quirce, arcipreste de Tobalina, quien adjuntó, de Frías y Tobalina, un detallado “mapa o pintura de los dos arciprestazgos” fechado en 1796. O también, el aportado por don Francisco del Campo y Espina, capellán en el arciprestazgo de Medina de Pomar, quien, en 1767, responde con la relación y el mapa de “quanto había podido averiguar de la comarca”. Por último, no podemos dejar pasar por alto la elogiosa participación de don Martín Peña, clérigo en Villabáscones de Sotoscueva, quien, hacia 1773, había respondido a los requerimientos de Tomás López, y en 1796 hacía lo propio contestando de nuevo “el interrogatorio por sus puntos”. las merindades en el siglo xviii

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GALERÍA

Casa en Loma de Montija. Canon EOS 5DS ISO 400 F8 V 1/250 segundos Fotografía: Mikel Diez

DE LAS

MERINDADES


galerĂ­a de las merindades

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FORTA Texto de José Ramón García Sánchez-Montañez. Fotografía de José Ángel Varona Bustamante.


LEZAS de LAS MERINDADES


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Pe帽a Dulla desde el castro de Bezana. En la Muela existe constancia arqueol贸gica de la presencia de un campameto romano. El enemigo cara a cara.


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Restos del castro de Momediano. Situado en las cercanĂ­as de la ermita Nuestra SeĂąora del Castro, este asentamiento constata una reutilizaciĂłn de los espacios hasta bien entrada la Edad Media.

fortalezas

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FORTA Texto de José Ramón García Sánchez-Montañez. Fotografía de José Ángel Varona Bustamante.

Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores e prelados, así los trata la muerte como a pobres pastores de ganados. Jorge Manrique


LEZAS en el origen de Castilla

Este reportaje no aspira a ser una historia de Castilla: el formato de Paralelo 43 lo impide. Únicamente pretendemos hacer una pequeña reflexión sobre las fortificaciones de Las Merindades y su incidencia en la estructuración del territorio, comarca que fue y sigue siendo el corazón de lo castellano.

Castilla es una entidad histórica de carácter político, sociocultural y territorial de enorme complejidad. Largamente rememorada, su dilatado recuerdo nos asalta de forma muy diversa, a veces confusa, como ocurre con toda realidad de gran presencia histórica. Tras ciclos históricos de formación y desarrollo, llegó a convertirse en una verdadera potencia mundial. Por desgracia, tiempo ha que comenzó su declive. Llama hoy, desde la amnesia colectiva, confusa y desdibujada, casi muerta, a las puertas de una memoria abotargada. Estertor de un melancólico recuerdo que es ya añoranza. Y cuando la añoranza se apodera de la memoria, y los recuerdos se tiñen de melancolía, las tradiciones se convierten en la ilusión de lo permanente, puro fantaseo de lo que nunca existió. Y qué mejor que la piedra para fortificar delirios historiográficos. Porque si el papel lo aguanta todo, ¡ima-

gínense los castillos!, en los que habitan reyes y reinas, príncipes y princesas, aristócratas, héroes, hadas, fantasmas y espíritus varios. Castilla aparece por primera vez en la documentación, de una forma segura y fiable, el 18 de enero del año 836, en un diploma que relata la actividad apropiadora del presbiter Kardellus, quien dota a la iglesia de San Andrés de Asia (San Andrés de Aja, Valle de Soba) con dos villas: “in Castella quod nominatur villa Kardelli, et nominis mei, et uillella”. Es cierto que en las fuentes aparecen referencias a Kashtellah, al-Qilā, territorio Castelle o Castella, vinculadas a acontecimientos previos. Pero el rigor doxográfico impide su validación. Se trata de documentación muy posterior, en unos casos basada en fuentes orales que relatan hechos alejados en el tiempo, y en otros, en supuestos documentos originales hoy desaparecidos. fortalezas

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A

todos nos han contado alguna vez que el nombre de nuestra nación proviene de la gran presencia de castillos que nuestros antepasados tuvieron que construir para defenderse de los moros. La palpable solidez de la piedra castellana de torres y castillos pasó así a convertirse en el fundamento ilusorio de lo permanente. Pero con ser cierto que hubo una época en que las gentes castellanas hubieron de defender el territorio de los ataques musulmanes, las raíces del término hay que buscarlas mucho más atrás. Precisamente, en piedras hoy olvidadas, enterradas no sólo en el inconsciente colectivo sino en el propio subsuelo de las tierras de Castilla, retornando así al origen, la roca madre castellana. Pese a todo, los vestigios de estas piedras maltratadas por la Historia, llegan todavía hoy a nuestros días, conectando lo que somos con las gentes de la Edad del Hierro. Ellas fueron las que construyeron la primera gran estructuración de nuestro territorio: los sistemas castrales. Ancestrales silvoganaderos montañeses, dedicados a una ganadería extensiva semitrashumante, hoy en día habitantes del mito, con una agricultura subsidiaria muy precaria, y unos hábitos urbanos inexistentes, pero libres y señores de su territorio, que lo conocían como la palma de su mano, tenían por costumbre vivir en castros. Un castro es un hábitat de altura, generalmente con funciones defensivas y de control del territorio circundante. Normalmente, manifiestan construcciones de fortificación, aprovechando también como defensa las propias condiciones naturales del emplazamiento. Los primeros castros aparecieron a finales de la Edad del Bronce, pero fue durante la Edad del Hierro cuando se desarrolló y consolidó el sistema castral como forma de ocupación del territorio. 24

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En toda la montaña cantábrica peninsular se tiende a una superpoblación dispersa: una abundante población distribuida en multitud de pequeños asentamientos castrales. Se trata de una adaptación extensiva al territorio, como respuesta a la precariedad del desarrollo de las fuerzas productivas y reproductivas del sistema social. La estructuración territorial propia de los sistemas castrales de la Castilla montana no es homogénea y continua, es difusa, a veces en mosaico, dependiendo de la situación de los recursos explotados y el acceso a ellos. En Las Merindades existen, de forma segura, en torno a treinta y cinco, y otros diez posibles, sin contar con los que puedan ir apareciendo en el futuro, porque estamos seguros de que hay más. En general, se trata de castros serranos de altura, con dimensiones reducidas y un desarrollo precario. Los orientales son los más evolucionados y celtiberizados, adivinándose en esta zona una colonización agropecuaria más temprana y profunda. Por el contrario, en el área occidental observamos asentamientos menos desarrollados, que apuntan a una economía silvoganadera, basada en la ganadería extensiva y una agricultura dependiente muy rudimentaria. Existen ámbitos, como las cuencas sedimentarias del sinclinal Villarcayo-Tobalina, donde los castros son escasos. Es debido a que el terrazo era diferente en aquellos tiempos. Los grandes llanos que hoy observamos, auténtico granero de nuestra comarca, no eran tales. Debido a una mayor pluviosidad, y a que las cuencas hídricas no estaban tan encauzadas como en la actualidad, las llanuras aluviales ribereñas a ríos y arroyos eran bardales encharcadizos, auténticos fangales impracticables durante buena parte del año.


El ganado pasta sobre los restos del castro de Quintanalacuesta.

Paño, Dulla y la Muela desde el castro de Bezana.

“CASTILLA”

FORTALEzAS EL ORIGEN DE


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No será hasta la Alta Edad Media cuando se produzca la roturación masiva de los Llanos de Castilla (cuencas bajas del Nela, Trueba y Jerea), consecuencia de la explosión demográfica, que habrá de conducir al excedente poblacional allende el Ebro. Teniendo en cuenta que la ocupación de los castros de nuestra comarca no hubo de ser sincrónica, la densidad de población en Las Merindades, durante la Edad del Hierro, sería más bien baja. Frente a la idea de una territorialidad estanca, la movilidad era un aspecto fundamental en la vida de estas gentes, pues se dedicaban, principalmente, a la ganadería extensiva, estructurada en forma de trashumancia de corto recorrido, por prados de llanos y valles, o estacional, hacia las grandes praderías de los altos. La semitrashumancia, e incluso cierto seminomadismo (muda itinerante sin retorno definido), fueron hábitos ancestrales entre aquellas pequeñas comunidades. De hecho, fueron tolerados, aunque vigilados de cerca, por la administración romana posterior, llegando hasta nuestros días reminiscencias de aquellos tiempos en forma de pastos mancomunados o muda pasiega. En este sentido, cualquier modelo rígido de atribución de asientos territoriales a estas gentes serranas, en las que cada comunidad ocuparía un espacio claramente delimitado adscrito a un gran centro castral, es propio de otras realidades socioculturales y económicas más meridionales. En Las Merindades no existen esos grandes oppida de otros territorios, vinculados directamente con grandes llanuras cerealistas, ricas explotaciones mineras o importantes rutas comerciales. Tampoco se dan, en la distribución de nuestros pequeños castros montanos, relaciones de dependencia con centros habitacionales de mayor envergadura. Nuestros castros son pequeños, serranos y dispersos.

Además, en nuestra realidad castral se adivina un entramado sociocultural enormemente sistémico e interdependiente, una gran red de redes, donde es muy difícil establecer fronteras y clausuras, tanto étnicas como territoriales. Los llamados “pueblos prerromanos” del centro norte peninsular, tenían ya mucho de romanos, o al menos de estructurados por la administración romana. Se trata, más bien, de categorías administrativas romanas que de realidades étnicas indígenas. Lo auténticamente significativo en la vida y la estructuración del territorio de estas gentes son los accidentes geográficos y las posibilidades de explotación del medio natural, es decir, pura y simplemente, infraestructura socioeconómica, no supuestas identidades étnicas, con sus particularidades propias y claramente distinguibles unas de otras, presuntamente asumidas de forma consciente por los miembros de las distintas comunidades. La homogeneidad étnica y cultural era un hecho. Desde mucho antes de la llegada de los romanos, los paisanos de Las Merindades eran gentes pertenecientes a un viejo substrato indoeuropeo protocelta, afectado por las culturas del Bronce Final Atlántico y Cogotas I, que a partir de la Segunda Edad del Hierro fueron profundamente celtizadas por un proceso de celtiberización de gran calado, que comenzó a irradiar inicialmente desde el poblado de La Hoya (Laguardia, Álava), quizá posteriormente también desde la Bureba, pudiendo tener hacia el castro de Cigüenza, la Segontia Paramica de las fuentes, el límite occidental de mayor incidencia, afectando enormemente a los sistemas castrales centro-orientales y, en menor medida, a los del extremo occidental de la comarca, que habrían mantenido su raigambre protocelta cántabra hasta épocas fortalezas

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más tardías, pese a que también se vieron afectados por la difusión cultural no démica (sin masivo aporte poblacional) de la cultura material celtibérica. Es precisamente el proceso de celtiberización a la totalidad que se produce en el entorno Losa-Valdegovía, asentado, sin duda alguna, en un aporte poblacional exógeno que busca valles y llanos, el que explica el mayor desarrollo castral y agropecuario de la zona oriental de la comarca, porque sobre él incidirá también un mayor grado de romanización, e incluso constituirá el asiento de las posteriores colonizaciones altomedievales desde Mena siguiendo el tramo de vía romana Flaviobriga-Uxama Barca, hoy perfectamente identificado. En realidad se trata de un pequeño segmento perteneciente a más de una vía de mayor importancia, pues no sólo enlaza con Veleia, sino que de esta calzada, cerca de El Crucero, parte un ramal hacia el oeste que llega a Iuliobriga, y otro hacia el sureste que enlaza Barcenillas del Ribero con Frías, desde donde conecta con la Bureba por Oña.

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Pero lo verdaderamente significativo en la conformación de los distintos grupos humanos, y las estructuras suprafamiliares y territoriales de carácter gentilicio compartidas por las gentes de la Edad del Hierro, que perdurarían en la zona oriental y los altos de Las Merindades hasta épocas históricas, fueron aspectos tan básicos de la vida humana como las prácticas productivas y la circulación de bienes, en fin, la cercanía económica y sociocultural que procura el hecho de explotar en común un mismo espacio geográfico, que constituye un auténtico mosaico atlántico-mediterráneo en lo climático y vegetal. En este sentido, los pastos y el acceso a ellos son fundamentales, pero las cuencas hídricas, por ejemplo, son determinantes. No sólo debido a que gentes y bestias hayan de beber agua todos los días, sino también porque los ovicápridos no vadean ríos de envergadura. Por otro lado, la mejor disponibilidad agrícola del territorio en los llanos y fondos de valle orientales incidió, con toda seguridad, en el mayor desarrollo ancestral de los asentamientos castrales de esa zona. En este sentido, también las sa-

Tramo de vía romana Flaviobriga-Uxama Barca en la Merindad de Montija.


linas o el aprovechamiento mineral tuvieron algo que ver en el desarrollo de los poblados cercanos a Rosío (sal), La Cerca (hierro) o Huidobro (cobre). Algo parecido ocurrió en La Lora en relación con las minas, o el entorno de Poza de la Sal y Salinas de Añana con la sal. Este panorama poblacional y territorial de la Edad del Hierro, principalmente pastoril, con una agricultura dependiente y marginal, explica que a Roma estuviese a punto de costarle la muerte de su emperador la conquista de las montañas cantábricas. A sus ojos, gentes urbanas mediterráneas, los montañeses eran hijos de la barbarie. La realidad era, sin embargo, que los romanos no estaban dispuestos a asumir la incoherencia de aplicar su modelo territorial, económico y cultural, en un medio montano, habitado principalmente por silvoganaderos serranos que apenas eran capaces de hacer dos surcos sin torcerse. Roma murió empeñada en articular el territorio en torno a las ciuitates, que debían estructurar uillae (haciendas esclavistas rurales), uici (alquerías o caseríos: casas de campo con labranza y granja), pagi (barriadas rurales o aldeas campesinas), castra (castros) y oppida (grandes castros); y en bajar a los montañeses a llanos y valles, clasificándolos como gentilitates locales, populi comarcales, y gentes regionales. ¡Demasiado romano para ser posible en el centro norte peninsular! Por eso les costó tanto la conquista y control del territorio. De hecho, hasta finales del siglo I d.C., los pueblos montañeses cantábricos del norte peninsular no estuvieron totalmente controlados por Roma desde un punto de vista militar. Hay quien mantiene que nunca lo llegaron a estar del todo.

La precipitación, y no pocas ansias de gloria, llevaron al emperador Octavio Augusto a cerrar las puertas del templo romano de Jano Quirino antes de tiempo. Hartizo ya de tanta bronca con los cantabris barbarisque omnibus, declaró la llegada de la pax antes de tiempo, pues se produjeron varios levantamientos indígenas con posterioridad. Y es que Augusto, ya desde jovencito, tenía cierta tendencia a comportarse como un cagaprisas. No sólo por su precipitación a la hora de declarar finalizados los conflictos, sino porque, en más de una ocasión, cuando llegaba la hora de entrar en batalla se ponía misteriosamente malito y tiraba para casa. Le ocurrió en las guerras cántabras. Una tradición oral sitúa el episodio en la Engaña. En Roma llegó a correr el rumor de que el Emperador había muerto. Durante el periodo de control militar, es seguro que hubieron de haber en Las Merindades castra (campamentos militares de campaña) y turris de control y vigilancia asociadas a ellos. Sabemos del castrum de La Muela, de unas 2 hectáreas, como para una cohorte, relacionado con los últimos coletazos de las guerras cántabras. Por cierto, a los soldados romanos de este castrum es posible que les atacaran los aborígenes del castro cántabro del Cerro de la Maza (Valdeporres), porque los restos arqueológicos parecen indicar que los con-

Restos de la villa romana de San Martín de Losa.

fortalezas

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quistadores tuvieron que abandonarlo apresuradamente en medio de la batalla. El episodio se inscribe, sin duda, en la rebelión cántabra que tuvo que sofocar Agripa en la campaña del 20-19 a.C., cuando el territorio se daba ya por conquistado. Pero sabido es que cantaber non ante domabilis. Cerca de Las Merindades, en el pueblo de Lahoz, en Valderejo, tenemos constancia de la existencia de un pequeño campamento de campaña o castellum, del estilo de los castra aestiua pero más reducido. Por sus dimensiones podría albergar a dos o tres centurias, entre 160 y 240 legionarios. Dataría de los tiempos de Antonino Pío (138-161). Dado que por Valderejo no se considera el paso de ninguna vía romana, así como la falta de restos arqueológicos que confirmen una presencia romana de importancia en dicho valle (lo más cercano son los doce pequeños bronces del siglo IV encontrados en Peñavera), se interpreta que el yacimiento se relaciona con el entrenamiento de la tropa. Se trataría de una práctica militar para que los reclutas, quizá del entorno, aprendiesen a levantar un pequeño castrum antes de incorporarse a su destino. No muy lejos de aquí, también conocemos alguna turris de control asociada con la conquista y vigilancia del bellicosus cantaber, como la turris del

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Robadoiro, en San Glorio. Pero, a día de hoy, no podemos identificar de forma concluyente la existencia de ninguna turris en Las Merindades. Es posible que las hubiera, quizá también más castra o castella, pero si queremos ser rigurosos no podemos afirmarlo. Se han propuesto emplazamientos previos tipo turris en la fortaleza visigótica de Tedeja, en el castillo medieval de Petralata, en el castellum habitacional tardoantiguo de Peña del Mazo, o incluso otro bajo la supuesta turris de Tedeja, en el emboque mismo de la Horadada. Hay quien quiso ver en ellas la confirmación de un limes hispanus contra cántabros y vascos, o de un limes más genérico contra posibles invasiones marítimas bárbaras, o de un punto de vigilancia y control de pastores vascones. Lo sentimos: por ahora, nada de nada. No obstante, en el caso de que algún día pudiéramos certificar arqueológicamente alguna turris en Las Merindades, deberíamos tener en cuenta que no sería un fenómeno específico que pudiera obedecer a una problemática o interés concreto de Roma en nuestra comarca. Las turris de este tipo jalonaban todo el Imperio Romano, y en Hispania no sólo en el norte. Se trata, sin más, de pequeñas atalayas de vigilancia, una especie de pequeños puestos policiales, ubicados en picones de difícil acceso, que controlan límites provinciales, valles, pasos naturales, puertos de montaña, calzadas, vados y puentes, cañadas y labranzas, minas y salinas, movimiento de gentes, uici y pagi, castros habitacionales, accesos a uillae y ciuitates, traslado de la annona militaris... En fin, las turres como vigías de la seguridad propia de la pax romana, un estado de derecho en el que todo el mundo ha de ir bien derecho, porque si no lo enderezan a uno. Restos de la fortaleza de Tedeja. Trespaderne.


esas fechas no había la cantidad de soldados en Hispania que propone el documento. Realmente, parece ser que ya no había acuartelamiento de tropas en la Península. Las correrías de los primeros grupos bárbaros que penetraron por los Pirineos lo estarían atestiguando.

Peña del Mazo (Valle de Tobalina)

Sí parece cierto que estos puestos de control, donde los hubo, no estaban solos. Pertenecían a un sistema de turres que permitiría la comunicación de unas con otras. Además, dicho sistema sería dependiente de algún castellum o fortín de mayor envergadura, que a su vez estaría vinculado a un acuartelamiento de tropas de verdadera importancia, bien en castra o en estaciones acuarteladas para cohortes completas. Si hacemos caso a la Notitia Dignitatum tam ciuilum quam militarium, en lo que se refiere a la situación militar de Hispania hacia finales del siglo IV o comienzos del siglo V, las guarniciones que pudieron haber estado presentes en Las Merindades allá por el siglo III se abastecerían de tropas de la Tribunus cohortis primae Gallicae, es decir, la Cohors I Gallica Equitata Ciuium Romanorum, que estaría acuartelada en Veleia. Los críticos con el documento consideran que la Notitia Dignitatum, o bien expresa un desideratum, o tiene que referirse a épocas anteriores a finales del siglo IV, porque para

Por si fuera poco, en el recinto arqueológico de lo que suponemos la antigua Veleia aún no se han encontrado indicios de un acuartelamiento de tal envergadura. Es posible que se localizara en sus inmediaciones, porque algo parecido ocurre con la Cohors Celtibera, que la Notitia Dignitatum posiciona en Iuliobriga, ciuitas que adscribe a la Gallaecia. Y digo que es un caso similar, porque el edificio que mejor encaja con un barracón de gran tropa se encuentra en Camesa. Sea como fuere, si en Camesa durmió durante algún tiempo la Cohors Celtibera, es indudable que la información de la Notitia Dignitatum en lo referente a la atribución de tropas a Iuliobriga tiene que remontarse como mínimo al siglo III, porque, al finalizar éste, la llamada uilla de Camesa ya era historia. No en vano, investigadores de peso ofrecen argumentos sólidos a favor de la localización de Iuliobriga en Camesa, y no en Retortillo. Además, todavía hoy nos preguntamos dónde está el misterioso ladrillo romano desaparecido del recinto arqueológico de Camesa, como por arte de magia, el mismo día que apareció, en el que se podía leer la palabra leg(io). Podría tratarse de una confirmación de la estancia de tropas allí, con lo que la revisión de la localización de Iuliobriga cobraría mucho sentido. En cualquier caso, todo imperio colonial sabe que el hacerse con un territorio y sus gentes no es sólo cuestión de soldados. La milicia es la avanzadilla. Quien lucha, subyuga y extermina, en un primer mofortalezas

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mento. Pero, controlado militarmente el territorio, se ha de dar paso a la apisonadora cultural. La primera de las medidas romanizadoras que tomó Roma en Las Merindades, hubo de ser el establecimiento de alianzas con las jefaturas locales, en este caso, los jefes pastoralistas silvoganaderos. Sin su colaboración, el “plan romano” tendría los días contados. A cambio de seguir manteniendo derechos sobre pastos y pasos, e incluso de cargos relacionados con la extracción tributaria, los dueños de los rebaños se comprometieron a mantener a los paisanos tranquilos. En segundo lugar, la población había de ser reorganizada. La idea básica consistía en fijarla al territorio, bajándola de los altos y situándola en valles y llanos, más favorables a lo agropecuario y vilicario. La familia campesina monoparental debía sustituir a la familia amplia de régimen gentilicio y agroganadero, porque había que dar paso al cereal y preocuparse menos del ganado. En tercer lugar, se trató de reestructurar el territorio. Se romanizaron algunos castros y se crearon pagi. Se incentivaron las uillae y los uici. Se hicieron calzadas por los valles, que insertaban el territorio en el circuito de las grandes referencias urbanas del entorno: Flauiobriga, Veleia, Virouesca, Pisoraca e Iuliobriga. E incluso es muy posible que se construyeran dos ciuitates menores y marginales: Segontia Paramica (cercana a la actual Cigüenza) y Area Patriniani. Las calzadas, los miliarios meneses, las uillae esclavistas de Salinas de Rosío, Lastras de las Eras, San Llorente y San Martín de Losa, las salinas de Rosío, las cinco inscripciones de la cueva del Puente, la lápida 32

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de Rosales, las estelas de Villatomil y Ranera, las lápidas de Villaventín y Tobalinilla, los bronces de Peñavera, las monedas de Miñón, Quintanalacuesta y Medina, quizá algunas estructuras del puente de Frías, los posibles asentamientos poblacionales romanos de Barrio de Bricia, Nocedo, Momediano, Návagos, Rosales, San Pantaleón, La Cerca, Medina, Valdelacuesta, Trespaderne... nos indican el esfuerzo invertido por el Imperio Romano en hacer de Las Merindades territorio propio. Pese a todo, la romanización de nuestra comarca no pasó de ser una romanización baja en el medio montaraz, y media en el pie de monte, valles y llanos, más acusada hacia oriente que en la zona occidental. De hecho, las gentes volverían a las andadas en la época tardorromana. Porque la sangre silvoganadera que corría por sus venas entendía poco de lindes, demarcaciones administrativas, urbanidad o paciente espera a la siega del cereal. Pese a Roma, las gentes de Las Merindades seguían siendo proclives al ganado y al seminomadismo pastoril. Pues las grandes ciuitates quedaban muy lejos; las uillae losinas nunca pasaron de ser una anécdota en el conjunto de la comarca, en la zona occidental ni siquiera eso; y los lazos gentilicios no desaparecieron por completo.


De forma que, en el conjunto de la comarca, lo silvoganadero y serrano siempre pudo más que lo agropecuario. La época bajoimperial, que pronto anunció signos de la futura caída de Roma, lejos de contribuir a una mayor integración de nuestra comarca en el Estado, terminará encaminando de nuevo a la gente a las alturas. El siglo III fue una época de grandes luchas por el poder imperial. En el año 293, Diocleciano se dio cuenta de que si no reformaba las estructuras políticas y administrativas, el Imperio Romano se vendría abajo. En un primer momento se declaró una diarquía, al poco tiempo una tetrarquía. La reforma administrativa de Diocleciano tuvo consecuencias para nuestra comarca: parte en dos Las Merindades. Lo que se extiende al oeste de los Llanos de Castilla pasa a formar parte de la Gallaecia; la parte oriental se mantiene en la Tarraconense (Notitia Dignitatum, Osorio, Iordanes). Pero la reforma de Diocleciano, lejos de solucionar los problemas reales del Estado, produjo un gran aumento de la burocracia. A consecuencia de ello, la presión fiscal se puso por las nubes. Lactancio llegó a gritar en la mismísima cara de Diocleciano que había cortado en rodajas las provincias, lle-

Incripción romana en la cueva del Puente. Sierra Salvada (Burgos).

nándolas de oficiales, inspectores tributarios, delegados del gobierno y contables. Ante tal panorama, muchos urbanitas ricos, de cuyos ahorrillos había comenzado a depender el mantenimiento de las infraestructuras urbanas, optaron por ir a vivir directamente a sus paraísos fiscales, las uillae, desentendiéndose de las ciuitates, muchas de las cuales recibieron con ello la puntilla. La misma Veleia, hacia finales del siglo III o comienzos del IV, redujo su extensión de unas 80 a 10 hectáreas, y se amuralló fuertemente. Como ocurrió en otros grandes nudos de comunicación, la fortificación paso a ser la única forma de poner a buen recaudo los tributos y la annona militaris. Estado mastodóntico, la aristocracia tomando el sol en el cortijo, ciudades fortificadas en crisis, presión fiscal insostenible, grupos bagaudas haciendo tropelías, en muchos casos capitaneados por silvoganaderos a caballo que se habían desvinculado de los pactos con el poder romano, y los bárbaros llamando a la puerta. ¿Han oído hablar de la caída del Imperio Romano? ¡Sí!, ¿verdad? A comienzos del siglo V, Roma ya no es capaz de mantener por sí sola la integridad de su territorio. Y terminará por ocurrir lo previsible. En el año 409, una primera oleada de bárbaros suevos, vándalos y alanos penetran por los Pirineos occidentales. Hacia el 420, y tras mucha candela, los suevos proclaman su señorío por toda la Gallaecia, justo hasta el límite del antiguo territorio autrigón, es decir, hasta el corazón mismo de Las Merindades, los Llanos de Castilla. No contentos con ello, protagonizan incursiones por la Tarraconense. Ante tal situación, el emperador Avito manda al nuevo rey visigodo Teodorico II contra ellos en el año 456. fortalezas

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Los visigodos derrotan a los suevos cerca de Asturica Augusta. Al año siguiente, vuelven contra ellos. Destruyen Pallantia y la propia Asturica Augusta, haciendo retroceder a los suevos hacia Galicia. A partir de este momento, el año 457, Cantabria queda a su libre albedrío. Eurico, proclamado rey de los visigodos el año 466 tras matar a su hermano, Teodorico II, comenzó la sustitución del poder romano en Hispania. En el 472 comienza la ocupación de la Tarraconense, probablemente la única provincia que mantenía aún la administración y las autoridades romanas. Conquistó Pampilona y Cesaraugusta hacia el año 476, momento en que se puede considerar que se hizo con el control de la mayor parte del territorio de la provincia. Pero, desde esta fecha, los antiguos territorios de autrigones, caristios y várdulos, extremo occidental de la provincia alejado de los grandes centros de poder, se suman también a la independencia de la zona cántabra. Muchas ciuitates continuaron funcionando a la romana durante la segunda mitad del siglo V. Pero lo urbano se alejó aún más de Las Merindades: la Veleia roFíbula romana aparecida en las proximidades de El Almiñé.

mana pasa a la historia a finales del siglo V, Flauiobriga consiguió superar, a duras penas, el siglo III, pero Iuliobriga no. Tradicionalmente se explicaba el declive de lo urbano por la incidencia de lo bárbaro. No es cierto. El declive de muchas ciuitates fue producto, más bien, del desgaste del modelo augústeo de ciuita, cuya viabilidad estaría llegando a su fin en el siglo III. Sólo aquellas ciuitates que supieron reforzar sus vínculos con el entorno rural aledaño, pudieron llegar a la época tardorromana con cierta vitalidad. La Tardoantigüedad va a suponer un importante revival nativista en el centro norte peninsular, también en Las Merindades. Es muy significativo que en las fuentes reaparezcan etnónimos prerromanos que llevaban siglos desaparecidos. En nuestra comarca, a partir de mediados del siglo V, el ancestral arraigo de lo pastoril y el vacío de poder, puso de nuevo a los jefes ganaderos en guardia. Se desvincularon de los débiles lazos que todavía les unían a la administración estatal y buscaron su propio destino, convirtiéndose, ocasionalmente, en líderes bagaudas que no dudaban en hacer lo que les venía en gana. Con Roma o sin Roma, las cabras siempre tiraron al monte. Lo curioso fue que las gentes decidieron seguir a las bestias y sus pastores, libres ya de vínculos con el poder romano, encastrándose nuevamente, para buscar protección y controlar el territorio, en aldeas construidas entre riscos y cortados de media altura, situados en altozanos y laderas montanas. Para entender por qué las gentes aceptaron nuevamente el liderazgo de las jefaturas ganaderas, como en la Edad del Hierro, debemos ponernos en situación. En aquellos momentos no había en Las


Merindades grandes centros de poder romano. Lo urbano no es que quedara lejos, como siempre, porque nunca hubo una estructuración del territorio desde los grandes centros urbanos, sino que las propias ciuitates del entorno se habían ido viniendo abajo. Además, tampoco las uillae esclavistas de Losa tuvieron el suficiente empaque como para dar pie a cierta supraestructura de poder. De hecho, no resistieron la inseguridad de los tiempos. Las investigaciones realizadas en la uilla de Los Casarejos, localizada en San Martín de Losa, sitúan los materiales arqueológicos encontrados entre los siglos IV y V, y algunos de sus mosaicos podrían fecharse entre finales del siglo IV y mediados del V. Es muy posible, por tanto, que las uillae losinas desaparecieran en algún momento de la segunda mitad del siglo V, si no antes. Con su desaparición, se pone fin en nuestra comarca al modo de producción esclavista puro. Sin centros de poder romano cerca, y con la aristocracia vilicaria en retirada, el campesinado agropecuario de las pequeñas explotaciones familiares de régimen quiritario venía acusando una inseguridad que no podía prolongarse en el tiempo. Ante tal desamparo político-administrativo, no quedaba otra que buscar protección en una nueva forma de habitación, refugiada entre las peñas y cortados situados en plataformas rocosas y terrazas de medio monte, y aliarse con las jefaturas ganaderas, que tras los primeros síntomas de debilidad del estado se despidieron de Roma. Nadie conocía el territorio y sabía moverse por él como el pastor. Pasos, sendas, vados y refugios eran su día a día. Por otro lado, al no estar atado a la tierra, como el labriego, tenía tiempo para ejercer de je-

fecillo. Poseía también monturas, que no es poco. Además, en caso de necesidad, las estructuras suprafamiliares de carácter gentilicio que articulaban su arcaica vida social, o las clientelas que fue estableciendo a medida que éstas se fueron disolviendo, le permitían tirar de mucha gente. Fue todo esto, y su carisma, lo que le permitió al ganadero romper amarras con las débiles supraestructuras políticas y administrativas estatales para volver a liderar el entramado social. Monte del Castillo de Rosío sobre Salinas de Rosío.

Por tanto, desde mediados del siglo V, al amparo del liderazgo pastoralista, de la protección de la media altura y del parapeto de los riscos, las aldeas serranas comenzaron a proliferar en los peñascos y balcones montanos de Las Merindades. Mucho antes, por tanto, de que los nuevos señoritos, los visigodos, se hicieran definitivamente con el territorio. Esas aldeas en las que buscó refugio la gente, se llamaban originariamente “castella”, plural neutro de “castellum, –i”, diminutivo de “castrum, –i”. Etimológicamente, algo así como “castritos”, podríamos decir. fortalezas

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Para poder entender adecuadamente la secuencia de acontecimientos que iremos describiendo, y su reflejo lingüístico, cuya importancia no será poca, debemos hacer un pequeño análisis de algunas cuestiones relacionadas con el romanceo de “castellum/castella”. Toda nuestra reflexión se referirá al romance castellano, no a otros romances peninsulares ni extrapeninsulares. Además, contamos en nuestra comarca con sus primeras manifestaciones escritas: los cartularios de Santa María de Valpuesta. Debemos tener en cuenta que las lenguas son realidades vivas. Por mucho que se empeñen poderes, instituciones o gramáticos, tienen que pasar por la boca de la gente. El cambio lingüístico no sólo viene avalado por el carácter diacrónico de los sistemas simbólicos, sino que también se ve afectado por lo que podríamos denominar su aspecto espacial u horizontal. Porque, salvo en comunidades muy pequeñas, la diversidad dialectal de las lenguas es un hecho suficientemente demostrado. Por ello, la homogeneidad sincrónica de una lengua suele estar más en la normativa y los manuales de gramática que en el habla real. En el caso del latín, su vulgarización y romanceo, que es lo que nos interesa analizar, es algo ampliamente estudiado. La latinización de la Romania se produjo en un intervalo de tres siglos y medio. Como en su día analizó Menéndez Pidal, la propia latinización de Hispania, más allá de la influencia de los substratos regionales y locales previos, no fue homogénea. El centro norte peninsular, donde surgirá el romance castellano, será la zona lingüística más retardataria del contexto románico peninsular, junto con el ámbito gallego-portugués. En este sentido, de no poca importancia fue el hecho de que 36

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nuestra comarca no quedara integrada en los grandes centros urbanos, vías de comunicación y circuitos comerciales romanos. De hecho, el peculiar carácter montañés, norteño y arcaico del castellano, en relación con otros romances, es algo que no deja de sorprender a quien estudia sus orígenes. Además, y esto es muy importante, cuando estudiamos el origen del castellano, lo hacemos a partir de documentos. Y la documentación tiene una tendencia conservadora que le hace ir siempre por detrás del habla real. En su pretensión de fijar hechos, a menudo retrotrayéndolos falsamente a años anteriores a los que en realidad ocurrieron, manifiesta también la tendencia a fijar el lenguaje que usa, recurriendo, muy a menudo, a antiguas fórmulas y estructuras preestablecidas que nunca formaron parte del habla. Escribir, a fin de cuentas, no es sino meter en vereda el verbo, ajustarlo a formalismos, normas y estereotipos. La escritura se retuerce y cambia, cuando ya se hace imposible traducir a grafías lo que dice la gente. A menudo, los escribas se ven en la obligación de hacer cabriolas literarias de importancia, que seguramente les hicieron sudar sobre la tripa de becerro. A veces se hartan, como en San Millán, y anuncian que van a escribir como habla el común. En la documentación valpostana observamos esta torsión de la escritura en muchas ocasiones. En Valpuesta encontramos claramente atestiguado el paso del latín “castellum/castella” al romance castellano “castello/castellos”. Por ejemplo, en el documento 142 (1123) del Becerro Gótico se identifica el lugar donde se da fe del documento como: “Uarrio delante ipso castello de Berbeia”. Pero en la posterior copia del Becerro Galicano, en la que el copista intenta


latinizar lo copiado, aparece así: “Barrio ante ipsum castellum de Berbeio”. En la transformación “castellum/castella” → “castello/castellos”, los especialistas distinguen una complicada secuencia de cambios. En primer lugar, hay que hacer referencia a la tendencia del bajo latín a confundir declinaciones, casos y géneros. En nuestro caso, el lío se documenta incluso antes, pues ya hacia fines del siglo II o comienzos del siglo III el famoso jurisconsulto Domitius Ulpianus, cuyos escritos no son nada vulgares, utiliza el masculino “castellus, –i”, en lugar del ortodoxo “castellum, –i” neutro. De hecho, el género neutro fue desapareciendo del latín vulgar, en un proceso ya apuntado en el propio bajo latín. Por ello casi todas las lenguas románicas tienen dos géneros, con la única excepción importante del rumano. En el caso de la segunda declinación, normalmente lo que ocurre es que los neutros se convierten en masculinos, con las pequeñas excepciones de algunos sustantivos de sentido colectivo. Esto es precisamente lo que fue ocurriendo, ya en el bajo latín, con “castellum, –i”, que lo podemos documentar como un masculino de nominativo singular en –us muy tempranamente. Multitud de confusiones de casos aparecen ya en los documentos más antiguos de Valpuesta, y los escribas tratan de paliarlas mediante el uso de preposiciones. En concreto, se observa la inclinación a formar los sintagmas a partir del acusativo, pues fue el caso que se conservó cuando los demás fueron desapareciendo, y es habitual la pérdida de su marca paradigmática para el singular: –m. Este fenómeno es el que daría con “castellum” en “castellu”, que sería pluralizado

utilizando la paradigmática marca del plural en la declinación latina, que es –s. No otra sería la explicación de que en el sermo rusticus se hubiese pasado mucho tiempo atrás del “castellum/castella” al “castellu/castellus”, pues el romance posterior “castello/castellos” no cayó del cielo. El proceso de aparición de “castellu/castellus” en los actos de habla de los paisanos de Las Merindades fue paralelo a la descomposición de la declinación latina, que ya venía apuntándose en el bajo latín con confusiones del nominativo con el vocativo, la utilización del acusativo como caso modelo, la multiplicación de los complementos preposicionales, etc. En cualquier caso, todo indica que si sumamos el cambio de género con la derivación hacia el acusativo, el neutro plural “castella” tuvo los días contados en Las Merindades desde épocas muy tempranas. No es un fenómeno especial, se trata de la consecuencia lógica de los cambios que ya en la lengua latina (no la confundan con los manuales y gramáticas al uso) se vienen observando desde la Tardorromanidad. Porque las pérdidas y confusiones de casos en el bajo latín son un hecho, que con el tiempo dará como resultado en los romances la declinación de un solo caso con preposiciones. Posteriormente, sobre el “castellu/castellus”, tuvo lugar la típica apertura de la “u” en “o”, que en la documentación castellana observamos constantemente. Este hecho convertiría el “castellu/castellus” en “castello/castellos”. No obstante, Menéndez Pidal observó la peculiar perduración de la “u” en el centro norte peninsular. Tanto en Asturias, como en Cantabria, Las Merindades o la Bureba, se escucha hasta hoy en día en el habla de los paisanos la –u por la –o en el final de palabras en singular: fortalezas

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gatu, carru, perru... Incluso se registra en la documentación hasta el siglo XIII. Su antigüedad, frente a la “o”, nos la indica también su pervivencia en muchas terminaciones de palabras vascas de origen latino: biku, maskelu, gaztelu... En fin, todo indica que entre el bajo latín tardorromano, vulgarizado ya desde la Tardoantigüedad por las gentes de nuestra comarca (si es que en algún momento fue más que eso), y el romance castellano, que comience a partir del siglo VIII, se produjo algo muy parecido a: “castellum/castella”→ “castellu/castellus”→“castello/castellos”. Por último, habría que hacer referencia a una traslación semántica que se observa en el largo período que va desde el “castellum/castella” al “castello/castellos”. En este caso no se trata de cuestiones lingüísticas, sino, como veremos, de usos y necesidades materiales, es decir, de historia. Efectivamente, si bien es cierto que en una etapa intermedia se seguirá llamando “castellos” a las fortificaciones habitacionales aldeanas; por “castello”, “burg” en germánico, se llegará a entender una fortificación que ha perdido su función doméstica y habitacional expresa, conservando únicamente las de tipo político, administrativo o militar. Esta transformación semántica se explica porque el levantamiento de torreones tipo castillo o burg irá coincidiendo con la extemporaneidad de la fortificación, construida o natural, de las aldeas habitacionales. De todas las transformaciones analizadas tenemos ejemplos en los Becerros de Valpuesta. En el documento 42 (971) podemos observar la predominancia del acusativo, pues aparece en la función de sujeto, la pérdida de su –m, y también la apertura de la –u en –o: ista regula que fecit meo patre (<meum patrem). La desaparición del plural neutro en –a en favor del plural masculino 38

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en –us (“castella”→”castellus”), se documenta, por ejemplo, en “testamentus” 3 (834), “capitulus” y “concilius” 176 (1184), donde neutros latinos en –um se utilizan como plurales masculinos en –us, no plurales neutros cultos en –a. La apertura de la “u” está por todas partes en la documentación de Valpuesta. También la constatamos en el documento fundacional de Oña (1011), cuando aparece Santa Cruz de Andino como “villa Castello Dei”. En el referido 142 (1123) de Valpuesta, no sólo testificamos la transformación “castellum”→“castello”, sino también cómo el antiguo castro de Berbeia perdió sus funciones habitacionales a favor de Barrio, convirtiéndose en un castello con otro tipo de funciones. Después de lo dicho, y teniendo en cuenta que nuestro romanceo del latín vulgar ha de comenzar no más allá el siglo VIII, ¿tendrían en boca el ortodoxo “castella”, como plural neutro de “castellum, –i”, los paisanos de Las Merindades hacia finales del siglo VII? La respuesta se nos revelará importante. Pues bien, parece claro que hacía mucho tiempo que los paisanos ya no pronunciaban la palabra “castella”, y tuvieron que pasar algunos años hasta que volvieran a usarla en un sentido nuevo, como topónimo. Oliver Asín lo afirma con rotundidad: para esa época “castella” es ya un cultismo desaparecido desde la Tardoantigüedad del sermo rusticus latino de Castilla. Ni documentalistas regios, ni eminentes escribas monacales, pisaron aún nuestra comarca. Ciertamente, no había centros de poder, ni estructuras administrativas o militares, que avalaran el uso formal y reglamentado de lengua alguna en esa época. Además, tampoco “castella” era un registro toponímico antiguo. Las gentes estarían utilizando desde tiempo atrás únicamente el “caste-


llu/castellus”, que luego daría en el romance “castello/castellos”. Volviendo a los castella habitacionales, hay que decir que en la Hispania tardorromana no fueron otra cosa que los poblados rurales, a veces concienzudamente fortificados (castella tutiora), que junto a uici, pagi y uillae, constituían el entramado rural de la época. Los castellani eran los aldeanos campesinos que habitaban los castella. Frente a uillae, castella y ancestrales castra, los grandes centros urbanos, con funciones político-jurídicoadministrativas, eran las ciuitates. Algunos de los grandes oppida que encontraron los romanos a su llegada, fueron considerados como tales. Como ya hemos dicho, desde mediados del siglo V, los castellani de nuestro entorno montaraz decidieron que era conveniente levantar sus castella en entornos protegidos, que permitiesen, además, controlar visualmente el espacio circundante, retomando así la vieja idea habitacional de la Edad del Hierro. La causa no fue otra que el desconcierto e inseguridad que provocó la desestructuración del entramado administrativo y territorial que a Roma tanto le había costado construir. Con los suevos a las puertas de la Tarraconese hasta el año 457, y las jefaturas silvoganaderas arreando con brío a bestias y gentes por las antiguas Cantabria, Caristia y Vardulia, comenzamos a entender el misterio del castellum Tetelia. La datación absoluta mediante C-14, que fue calibrada por la Universidad de Washington en el año 1998, sobre material orgánico macroscópico, probablemente material constructivo, relacionado estratigráficamente con la puerta de acceso a la fortaleza, dio un resultado de 1510±70 BP (obviamos la datación realizada en el

“cubo 5” porque ha de referirse a una de las numerosas reparaciones). El lapso temporal es muy amplio, casi desde comienzos del siglo V hasta poco más de mediados del VI. Sabemos que se construyó de forma rápida y con no mucha planificación. Primero levantaron los llamados “cubo 1” y “cubo 2”, y luego ajustaron el resto de la fortificación a ellos. Debían pintar bastos, porque no se anduvieron con muchas florituras. A consecuencia de las prisas, se hubieron de hacer varias reformas posteriores. El refuerzo del “cubo 5” fue una de ellas. Y tuvo más importancia para los mitos arqueológicos que para el propio cubo, porque fue la causante de que, en un principio, algunos interpretasen ese cubo como una fortificación tardorromana tipo turris, de planta cuadrada y arrasada hasta la cimentación. Pero hoy sabemos que las bases del “cubo 3” y del “cubo 5” no son cimentaciones, sino robustos refuerzos exteriores construidos muy posteriormente, cuando ya presentaban problemas de estabilidad. En cualquier caso, la idea de quienes construyeron la fortaleza fue parapetarse tras potentes murallas, en un lugar prácticamente inaccesible, que divisase a la perfección el valle del Nela y el desfiladero de la Horadada. Vigilar, controlar, fortificar... Huele a godo extranjero, con poderío militar pero sin dejar de mirarle los cuernos al toro, es decir, al aguerrido, ágil y sorpresivo paisano indígena. En fin, Leovigildo contra los jefes pastoralistas de Las Merindades, pervassores, a juicio de los cronistas hispanogodos, que se venían extralimitando en las funciones que en su día el Imperio Romano les adjudicó, campando a sus anchas con sus rebaños y liderando al aldeano campesino. fortalezas

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Sea como fuere, no fue hasta el año 574 cuando Leovigildo conquistó definitivamente nuestra comarca, que llevaba casi cien años estructurándose de forma autónoma. Muy posiblemente, fue en el tanteo previo a los enfrentamientos, cuando los germanos construyeron la fortaleza de Tedeja. En dependencia, por tanto, de un plan de conquista. Posteriormente, como veremos, evidente eje de un proceso de colonización agraria e ideológica conscientemente planificado. Realmente, los germanos no aplicaron en Las Merindades otra cosa que el antiguo “plan romano” del que eran herederos: conquista y apisonadora cultural. Leovigildo integró Las Merindades, junto con el piedemonte meridional del territorio cántabro, en Cantabriam. La conquista por parte de Sisebuto de la vertiente septentrional de Cantabriam, Rucconia, hacia el año 613, posibilitaría la unión de ambas vertientes mediante la creación, en una fecha que hay que situar entre el año 653 y el 683, del Ducatus Cantabriae, con capital en Amaya Patricia. Parece ser que el Ducatus Cantabriae quedó integrado, en un principio, en la antigua Gallaecia, pero si atendemos al anónimo de Rávena, habría que decir que para finales del siglo VIII son ocho las provincias hispanas, dos más que las ro-

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manas, posiblemente el Ducatus Asturicensis y Ducatus Cantabriae. La estructuración territorial visigoda, a escala local, se basaba en el territorium. Los distintos territoria estaban a cargo de los comes ciuitatis. En espacios serranos como el nuestro, sin duda, en muchos casos, a cargo de jefes ganaderos locales colaboracionistas del nuevo poder germano, pues eran ellos los representantes de la exigua supraestructura política local organizada tras la caída de Roma. En nuestra comarca estructuraron un territorium a partir de un pequeño espacio de los Llanos de Castilla, el formado por el área Mijangos-Horadada-Cillaperlata, nucleado en torno al castellum Tetelia. Fue consecuencia de un programa de colonización agraria y religiosa en toda regla, premeditado, planificado y promovido por la administración, al igual que ocurrió en muchos otros espacios montaraces de tradición silvoganadera. Quizá comenzó de forma titubeante con Leovigildo, pero fue con el catolicismo de Recaredo cuando se desarrolló plenamente. Tuvo por eje el entorno de la fortaleza de Tedeja: posible come en Mijangos, guarnición en Tedeja, el obispo Asterio consagrando Santa María de Mijangos, monjes en el monasterio de San Juan de Cillaperlata, iglesias de San Fermín en Tartalés de Cilla y Santa María de los Reyes Godos en la Horadada, anacoretas en los eremitorios rupestres de la Horadada y en el de San Pedro, familias campesinas, en régimen de explotación vilicaria casata (una especie de esclaInscripción consagratoria de la iglesia de Santa María de Mijangos.


vismo de familia en el que los campesinos estaban atados al laboreo tanto de las pequeñas parcelas en llanos y valles que les habían sido asignadas, y la tributación correspondiente, como de las fincas señoriales), distribuidas aquí y allá en pequeños asentamientos agrarios... Se trató, en efecto, de la punta de lanza visigoda en nuestra comarca, a partir de la que extendieron su poder y su religión por Las Merindades. Lo que sí es evidente, como ocurrió en otras localizaciones del mismo estilo, es que la incidencia de la fortaleza de Tedeja en su entorno no fue sólo militar. Su nombre procede de tutela: defensa, amparo, protección... De ahí que bajo ella se desarrollara el poblamiento y la roturación de las tierras cercanas, constituyendo un enclave de campesinado agrario que, junto con las estructuras silvoganaderas comarcales y las familias agropecuarias nativas, constituirán el embrión de la Castilla protocondal. Pese al impulso agrario del plan visigodo, la forma de poblamiento típica de las gentes de Las Merindades continuó siendo la aldea arriscada, situada a media altura del entorno serrano. Aldeas encastradas, parapetadas por peñas y cortados. Auténticas remembranzas habitacionales de los ancestrales castros de la Edad del Hierro, cuando no aldeanización o reocupación de los mismos. Los vestigios de uno de estos castella los podemos contemplar todavía hoy en el castellum de Peña Horrero, sabiamente bautizada por los paisanos como “Peña de los Celtas”. Se trata de una localización habitacional claramente vinculada con hábitos pastoralistas, en la que incluso se advierten dos puestos de vigilancia y control en la parte superior de la peña. No

obstante, ya muestra la incidencia del programa aculturador que los visigodos vienen desarrollando desde finales del siglo VI y, sobre todo, a partir del VII, tanto en la planta cuadrangular de una posible iglesia, como en la orientación cristiana a la que tratan de acomodarse las tumbas de la necrópolis, sin que falten aquí ciertas hornacinas que quizá nos indiquen el lío mental funerario que causó el cristianismo en aquellas gentes. Porque hay que recordar el ancestral ritual funerario de la cremación, tras el cual se introducían los restos en hoyos.

Ruinas del monasterio de San Juan de Hoz, en Cillaperlata.

La combinación de elementos cristianos con cultos paganos no nos ha de extrañar en estos primeros momentos del programa evangelizador del reino visigodo en nuestra comarca. Se observa también en la necrópolis del monasterio de San Juan de la Hoz, en Cillaperlata, de finales del siglo VII o principios del siglo VIII. La orientación de las tumbas es también la cristiana, con la cabeza del cadáver a occidente y los pies a oriente, pero existen dos elementos precristianos muy significativos. Por un lado, en las losas de cufortalezas

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bierta de las tumbas aparecen unos orificios a la altura de la cabeza, cuya funcionalidad remite a la costumbre pagana de hacer libaciones al difunto; además, en los cuerpos situados en el interior del templo, los difuntos tenían monedas en las manos, ritual pagano sobradamente documentado. También como castellum hay que interpretar los restos arqueológicos más antiguos de la Peña de San Clemente, en Quintana María. Se trata de un asentamiento agropastoril, en el que tampoco falta la atalaya de control. Nuevamente, como en Peña Horrero, la necrópolis presenta ya el ritual de enterramiento cristiano. Este hecho nos habla, como venimos manteniendo, del avance del cristianismo sobre un sustrato de población previo, con unos hábitos habitacionales anteriores al fenómeno funerario, que se inscriben en la necesidad de seguridad, vigilancia y control del territorio. Este tipo de hábitat enrocado, castella, de los que nuestra tierra tomará su nombre, también se puede observar en la Peña del Mazo, en Pajares, Tobalina. Es el ejemplo que mejor certifica lo que venimos proponiendo, coincidiendo, precisamente, con que es el yacimiento tipo castellum habitacional estudiado de forma más rigurosa y científica. La atalaya rocosa manifiesta una primera fase de ocupación domestica ex nouo de época tardorromana, que arrancaría a partir de algún momento del siglo V, a la que ya en el siglo VI se le asocia una necrópolis y un centro de culto de pequeñas dimensiones, que mantienen su funcionalidad, con ciertas reformas, durante la época altomedieval, desde el siglo VII al X. Se trata de una transición desde la Tardoantigüedad a la Alta Edad Media en términos de continuidad, pese a la introducción de ele42

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mentos nuevos, no sólo en la utilización del emplazamiento sino también en las formas productivas y la organización social de las gentes que lo habitaron, sin duda campesinos de régimen agropecuario. Al menos cuatro conjuntos de rebajes y entalles cortados en el afloramiento rocoso remiten al complejo doméstico tardorromano, tanto por sus relaciones estratigráficas, como por sus características estructurales y por las evidencias cerámicas. Relacionados con estas estructuras se han documentado los típicos hoyos en los que se encajan las vigas que sostienen la techumbre, zanjas de cimentación de muros, depósitos de almacenamiento, un hogar, y numerosos restos cerámicos tardorromanos de TSHT, cuya datación de fábrica remite ya a la quinta centuria. Teniendo en cuenta que la zona se encuentra alejada de los entornos urbanos y fuera de circuitos comerciales de importancia, ha de tratarse de un fenómeno de perduración, con lo que su uso en la Peña del Mazo estaría cercano a la mitad del siglo V. En una zona del yacimiento, relacionada con una fase muy avanzada de la ocupación tardorromana, y una vez que ésta se encuentra amortizada, se superpone una necrópolis con ocho tumbas de lajas que manifiestan una orientación este-oeste. En su construcción, se utilizan materiales procedentes de la ocupación doméstica tardorromana, de los que se deduce, por su estado de conservación, que no ha pasado mucho tiempo entre su amortización y el nuevo uso. Llama la atención, en dos de las tumbas, la reutilización de grandes imbrices, de casi medio metro de largo, colocados verticalmente tras la cabeza del cadáver, que sobresalen, a modo de estelas, unos


diez centímetros sobre los sedimentos que las cubren. Los inhumados han sido depositados en decúbito supino, con los brazos cruzados. No hay presencia de ajuar ni de ofrendas. Se reconoce un bebé de menos de un año, cuatro cuerpos infantiles de entre uno y seis años, y dos mujeres jóvenes de entre veintiuno y treinta y cinco años. Al complejo funerario se le atribuye una cronología relativa inmediatamente posterior a la ocupación doméstica tardorromana. En relación con la necrópolis, y manifestando un desarrollo coetáneo, se documenta la base de una construcción rectangular de unos doce metros cuadrados, sin evidencias de pavimentación, que se interpreta como edificio de culto. Poseería un pequeño pórtico, que sobresaldría unos tres metros. El espacio interno se organiza en torno a un hoyo circular, de unos dieciséis centímetros de diámetro, que serviría para encajar el tenante de sustento del altar. Se trataría del centro de culto de la comunidad aldeana del entorno, y estaría relacionado con el afán evangelizador visigodo que, como veremos, tiene por foco el entorno de Tedeja. Podríamos datar el desarrollo inicial del complejo cultual y funerario en el siglo VI, manteniendo su funcionalidad hasta finales del siglo VII o comienzos del siglo VIII, en que todo el complejo va a sufrir una reorganización. Efectivamente, en época altomedieval se van a producir una serie de cambios en el yacimiento. La ocupación doméstica va a ir desapareciendo de la plataforma rocosa, dejando paso únicamente a las funciones litúrgicas y funerarias, que ya se venían manifestando con anterioridad. En algún momento del siglo VII se abren dos cavidades rupestres en el flanco sur de la pared rocosa, que asumirán funciones habitacio-

nales. Entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, se ampliará el templo y en torno a él se irá generando una extensa necrópolis de tumbas excavadas en la roca. Finalmente, también las dos cavidades rupestres terminarán cumpliendo funciones funerarias. El uso funerario y cultual del complejo, se mantendría hasta bien entrada la Edad Media, quizá hasta el siglo X, pero existen testimonios de actividad hasta incluso el siglo XIII. El análisis de los restos óseos delata una población sedentaria, con ausencia de traumas que pudieran referir enfrentamientos bélicos.

En la peña del Mazo (Valle de Tobalina) se constata la reutilización de espacios a lo largo del tiempo.

Como podemos interpretar en los tres ejemplos de castella que hemos analizado, se trata de la instalación, ya desde la tardorromanidad, de pequeñas familias agropecuarias entre peñas de media altura. fortalezas

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Con el tiempo, en época ya visigoda, esas comunidades irán asumiendo hábitos funerarios y de culto cristianos. Se trata, como ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de la historia, con los megalitos funerarios o el ritual incinerador, por ejemplo, de la asunción de la ideología religiosa de culturas exógenas más desarrolladas por parte de los indígenas. En este caso, no quedaba otra. Desde el año 574 en que Leovigildo conquistó definitivamente nuestra comarca, el politeísmo animista pagano propio de los silvoganaderos se fue convirtiendo en un fenómeno marginal. Un empujón definitivo, en relación con este fenómeno de aculturación religiosa, se produjo en el año 589 en que subió al trono Recaredo, que abandonó el arrianismo para convertirse al catolicismo de forma oficial en el III Concilio de Toledo, dando lugar a la unificación religiosa del estado visigodo. Ahora bien, cambiar de religión es mucho más fácil que cambiar de hábitos productivos y habitacionales, porque las ideas religiosas ni se comen ni transforman un entorno montaraz en una llanura cerealista. En resumen, ese tipo de formas habitacionales típicamente castreñas, castellum/castella, de las que hemos hablado, las divisaron ya los visigodos desde la fortaleza de Tedeja antes de pasarles el rodillo cultural del catolicismo. El castellum tardorromano de Peña del Mazo lo demuestra absolutamente. Interpretamos que la ocupación más antigua de Peña Horrero o Peña San Clemente obedecen al mismo proceso. Y, sin duda, hubo de haber un sinfin de castella del mismo estilo, pues aquí peñas de la misma tipología nos sobran para dar y tomar. Por tanto, no ha de extrañarnos, todo lo contrario, que las familias agropastoriles 44

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de Las Merindades siguieran fieles a su modo de vida y formas habitacionales pese a ser barnizados por el cristianismo godo, como demuestran los ritos funerarios o las iglesias aldeanas. Además, sin duda alguna, la nueva ideología religiosa hubo de ahondar en el liderazgo del caudillaje local, pues sin la adaptación de las jefaturas ganaderas a los nuevos tiempos, difícilmente se hubiese podido llevar a cabo el programa visigodo de unificación ideológica del reino en nuestra comarca. Pero, con lo que les había costado a los visigodos estructurar el entramado territorial Mijangos-Horadada-Cillaperlata, auténtico trampolín desde el que se lanzaron a la aculturación del entorno, tuvieron que venir los moros a estropearlo todo. A su llegada, encontraron al último rey godo de la corte toledana, Rodrigo, dando palos a las jefaturas silvoganaderas vasconas, pues parece que a éstos no los metían en vereda ni haciéndoles comites. El caso es que dejó para otro ratito el tema vasco, bajó al encuentro con los musulmanes, y después del palizón que se dio el hombre aquel, los suyos lo echaron a los perros en plena batalla. ¡Cómo eran aquellos germanos! Con tal panorama no es de extrañar que la morisca tardara cuatro días en poner patas arriba el Estado germano. El poder musulmán permaneció en Las Merindades casi treinta años, más o menos del año 714 al 741. Pero entre la población foránea que se asentó en nuestra comarca durante este período de tiempo, los árabes musulmanes encargados de los cargos administrativos fueron una minoría. El gran contingente de población recién llegada estaba constituido por beréberes norteafricanos, en muchos casos ni arabo-parlantes ni siquiera musulmanes, que pese a adoptar la onomástica árabe nunca renun-


ciaron a su identidad tribal. La gran mayoría hablaban, además de la lengua beréber, su peculiar latín romanceado (al-lisān al-latīnī al-ifrīqī), comprensible para la población autóctona. Fueron ellos, y no los árabes, quienes echaron raíces en nuestro territorio. La toponimia lo certifica. Debemos tener en cuenta que el norte de África fue una zona muy romanizada y latinizada. También la incidencia de la cul-

árabes tenían la costumbre de nominar los lugares que iban conquistando añadiéndole al topónimo nativo la terminación –a, que denota colectivo. De hecho, es muy posible que esto mismo ocurriera en Túnez con “Qastīlya”. Mediante este procedimiento, al que a veces se añadían pequeños cambios fonéticos impuestos por la pronunciación árabe, trasladaban la locución indígena a su lengua. Según esto, si los nativos de Las Merindades venían

Yesería del Alcázar de Medina de Pomar.

tura bizantina fue enorme. A finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, los advenedizos eran, precisamente, los islamitas árabes, que tardaron mucho tiempo en islamizar y arabizar a la población. En este sentido, no ha de extrañarnos que al sur de Túnez haya una comarca, muy latinizada, que se ha llamado hasta época moderna Qastīlya, con capital en Madīnat Qastīlya. El topónimo proviene de la gran cantidad de aldeas fortificadas de la zona, fenómeno que remite, desde un punto de vista lingüístico, aquí y en Túnez, al latín “castella”, si bien su traslación al latín vulgar y al romance haya sido diferente, evidentemente, aquí y allí. Por tanto, es posible que los beréberes utilizaran en Las Merindades “Qastīlya” como corónimo, a comienzos del siglo VIII, cuando se dieron de bruces con la palpable realidad de nuestros castella. Pero la aparición posterior del “Castella” de las fuentes altomedievales podría relacionarse con otro fenómeno. Efectivamente, los

utilizando en su sermo rusticus “castello/castellos” para hacer referencia a la estructura habitacional que articulaba su territorio, es muy posible que la arabización del término diese algo parecido al topónimo “Qastēlla”. Y si todavía usaban algo más cercano a “castellu/castellus” (vulgarización masculinizada del culto neutro “castellum/castella”), el efecto sería el mismo. Sea “Qastīlya”, o sea “Qastēlla”, que etimológicamente vienen a ser lo mismo, ambos de origen remoto en el protoétimo “castella”, lo que sí parece claro es que todos acabaron llamando “Madīnat” a Medina de Pomar. No falta quien la ha considerado la capital de la naciente Castella: la Madīnat Qaštēla de Las Merindades. Ciertamente, no existe en Las Merindades otro núcleo urbano de tan larga y antigua historia que podamos relacionar con el origen de Castilla. Además, hay que tener en cuenta que para los árabes una madīna es un enclave administrativo desde el que se controla y fortalezas

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estructura un territorio mediante un ‘āmil. El ‘āmil es un gobernador, delegado del poder central, que ejerce funciones fiscales y militares. En su origen, es muy posible que Medina fuese un pequeño castro indígena de la Edad del Hierro. No hay constancia arqueológica de ocupación prerromana, pero el emplazamiento es típicamente castral. Incluso existen algunos indicios arqueológicos de que pudo haber sido romanizado, pues se han encontrado algunos restos de época romana. Pero no hay noticias de su ocupación posterior hasta época musulmana, si damos por bueno, claro está, el razonamiento toponímico que nos lleva a identificar a Medina de Pomar con una madīna musulmana. La posibilidad de un encastillamiento aldeano previo no deja de ser otra hipótesis, pero es muy posible que Madīnat y la ciudad medieval fosilizasen también una aldea castral de época tardoantigua y visigoda que ya no podemos documentar arqueológicamente. En este sentido se posicionan los máximos expertos en la materia, pues consideran que Medina manifiesta una permanencia ocupacional desde la Edad del Hierro hasta nuestros días. El tema es muy complicado, porque se trata de una cadena de hipótesis, con tantos eslabones como substratos arqueológicos supongamos. Pero Medina parece invitar a ello. Por tanto, hemos de suponer que su presencia ancestral en Las Merindades habría comenzado como castro de la Edad del Hierro, posteriormente sería romanizado, en época tardoantigua y visigoda daría lugar a una aldea castral, sobre la cual incidirían la madīna musulmana y la ciudad medieval. En cualquier caso, no debemos olvidar que la voz “castella”, raíz común de los térmi46

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nos anteriormente analizados, significó, en la Hispania tardoantigua, algo así como “pequeños castros habitacionales rurales”. En Las Merindades, fue indicativo de la vuelta de la gente, coincidiendo con la caída del Imperio Romano, a la protección de los hábitats agrestes, parapetados sobre altozanos, tras peñas y riscos; es decir, una referencia a las aldeas encastradas de media altura, ya sean aldeas castrales, protegidas por murallas, o aldeas enriscadas, protegidas por cortados y peñas. Estos castella, quizá ligüísticamente todavía “castellus” o ya “castellos”, se habrían convertido con la estancia en Las Merindades de beréberes y árabes en un topónimo, bien por remitir a una realidad habitacional similar en el norte de África, o porque los nativos tenían en boca el étimo “castellu-us/castello-os”. Aún mejor, por ambas cosas: es posible que muchos de los que contribuyeron a arabizar el étimo nativo “castellu-us/castello-os”, para convertirlo en el topónimo “Qastēlla/Castella”, pronunciaran el corónimo “Qastīlya” a la perfección en su al-lisān allatīnī al-ifrīqī. Confluyen en “Castella”, por tanto, el proto-étimo “castella”, el étimo “castellu-us/castello-os”, el corónimo beréber “Qastīlya” y el topónimo árabe “Qastēlla”. Así, entre una gran mayoría de castellani, un buen número de beréberes latinizados, y algunos arabo-parlantes, parieron la voz que muchos años después comenzaron a recoger las fuentes castellanas, para referirse a unas tierras en las que los en esos momentos llamados “castellus/castellos” y antiguamente “castella” seguían articulando el territorio, pues eran la forma típica de habitación entre los paisanos de nuestra comarca. Sin embargo, las fuentes árabes que se refieren a las incursiones que a partir del año 791 comienzan a protagonizar los


ejércitos musulmanes, atravesando la marca fronteriza que había establecido el Estado islámico con el reino asturiano, denominan al territorio castellano “al-Qilā” (Los Castillos). Los cronistas utilizaron la traducción, es decir, “al-Qilā”, y no “Qastēlla/Castella”, porque en árabe “Qastēlla/Castella” es un extranjerismo. Los escribas saben que ni “castellus/castellos”, ni “Castella”, ni “Qastīlya”, ni “Qastēlla”, son palabras árabes. Están contando en su lengua y para su gente algo ocurrido mucho tiempo atrás, a veces siglos. Una cosa es pronunciar en árabe un étimo nativo y utilizarlo como topónimo mientras convives con los indígenas, y otra comunicarte con los tuyos a mucha distancia espacial y temporal de étimo, topónimo e indígena. Es exactamente lo que hizo un cronista tunecino del siglo XII cuando llamó a la Qastīlya de su país “alQusūr” (Los Alcázares). Tan sencillo como esto es la aparición en la documentación de “al-Qilā”/”Los Castillos” (“castella-castellus/castellos”). Estos cronistas entendieron, en uno y otro caso, que las palabras árabes que mejor traducían “Qastēlla” y “Qastīlya”, para que las comprendieran adecuadamente otros árabes, eran “al-Qilā” y “al-Qusūr” respectivamente. Fue su mentalidad arabófona la que relacionó la forma habitacional tipo castella con sus fortificaciones tipo q al ‘a (castillo) y tipo qasr (alcázar) como una forma de encontrar una traducción toponímica plenamente significativa para un árabe. En cualquier caso, durante los casi treinta años que duró el control de nuestra comarca por parte del poder musulmán, los paisanos se vieron liberados del régimen semiesclavista en que se había convertido el modo de producción tardovisigodo. De principio a fin los germanos mantuvieron una concepción patrimonialista de gentes,

territorio y estructuras estatales. La antigua Hispania nuca dejó de ser su “pastel”. A diferencia de los toledanos, que a última hora eran dueños hasta del aire que se respiraba, el sistema tributario-mercantil de los musulmanes alivió la situación. Además, rebajaban un buen pellizco al que se convertía a su fe. Porque a sus ojos, los católicos eran politeístas, pues hablaban de un Dios que eran tres personas. Y claro, ante la rebajilla, y que uno es más fácil que tres en uno, algunos paisanos se volvieron tornadizos y abrazaron el Islam, convirtiéndose en muladíes durante el período de dominio musulmán. Por eso gran parte de la red parroquial que tejieron los godos se fue viniendo abajo ella solita, como constata el hecho de que la basílica de Santa María de Mijangos se hundiera hacia mediados del siglo VIII, sin que desde la arqueología podamos testificar otra cosa que un derrumbe. No obstante, la conversión al Islam no fue un proceso universal, pues en Peña del Mazo constatamos una permanencia y pervivencia de la fe católica. Se trató, simplemente, de una cuestión de oportunismo y adaptación a las nuevas circunstancias. La estancia musulmana no alteró las estructuras clientelares de los ganaderos. Mas bien todo lo contrario, pues las elites pastoralistas se convirtieron en los intermediarios fiscales de la tributación de las familias agropecuarias, encastradas en sus aldeas de media altura, imitando el modo habitacional tradicional en que lo habían hecho desde siempre los pastores de los rebaños. Siempre que los centros de poder exógenos desaparecieron de la comarca, la situación mostró tendencia a retornar al origen. Es más, siempre que un nuevo poder foráneo se estableció, necesitó vincularse a las viejas formas de legitimación del entramado social. No obstante, en las fortalezas

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épocas en que se ha contado con la suficiente independencia como para posibilitar la constitución de un poder central autónomo, como con la caída del Imperio Romano, la desaparición de los musulmanes, o la retirada de los neogodos asturianos, que veremos a continuación, por no hablar de momentos más recientes, no han surgido jefaturas sólidas capaces de construir supraestructuras políticas autóctonas. Si cuando ha podido pasar no ha pasado, será que no está de ser. Parece tratarse de un destino condicionado por el medio ambiente, serrano y heterogéneo en lo geomorfológico, bivalente y extremo en lo climático, que limita las fuerzas productivas y genera estructuras sociales arcaizantes y retardatarias, con incidencia en una desestructuración política crónica. Con el tiempo, la administración neogoda asturiana integró Las Merindades en un amplio y difuso espacio, al que llamaron Bardulies, que delineaba lo que se extendía más allá de su frontera sureste, territorio integrando por Amaya, Las Merindades, Álava, y Vizcaya a partir de Sopuerta. El repliegue de los godos hacia su territorio en el año 768, inauguró en Las Merindades un nuevo período de independencia en el que se gestaron las estructuras sociopolíticas y económicas sobre las que se asentará la Castilla condal. La retirada fue consecuencia de la muerte de Fruela I a manos de los suyos, porque consideraban que sus calentones cuando arremetía contra las tierras del sur, en contra de los planteamientos de padre y tío, Alfonso I y Fruela, hijos del dux Pedro de Cantabria, acabarían poniendo en peligro el centro de poder que habían estructurado en Cangas. Con lo que les había costado llegar hasta los Pirineos, convencer a Roma para que les extendiera la alfombra roja, controlar al resto de bárbaros que ha48

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bían invadido la Península Ibérica, levantar la fortaleza de Tedeja, abandonar el arrianismo, reestructurar Hispania, apalear a los pastores vascones, resistir a los musulmanes, y reabrir el reino en Asturias, no estaban dispuestos a tolerar tonterías. Al fin y al cabo, matarse entre visigodos de alta alcurnia era una costumbre de rancio abolengo germano. Antes de pasar a analizar el período de independencia que se abrirá en nuestra comarca tras este repliegue asturiano, debemos hacer referencia a unas palabras que aparecen en la Crónica de Alfonso III cuando se relatan los lugares que Alfonso I intentó reestructurar hacia mediados del siglo VIII. Son significativas a la hora de interpretar la articulación del territorio en aquella época. Tras una lista de multas ciuitates, la Crónica nos dice “seu castris cum uillis et uiculis suis”. En fin, una referencia a la realidad territorial de los castra, y las haciendas y caseríos dependientes de ellos, que remite a una época muy anterior a las “repoblaciones” altomedievales. Toda vez que los musulmanes se habían retirado del territorio el año 741, posicionándose incluso al sur del Sistema Central el año 754, y que los asturianos se replegaron en el año 768, Las Merindades serán nuevamente independientes de centros de poder externos hasta mediado el siglo IX. Como siempre, el desamparo e inseguridad que produce en el campesinado la ausencia de un poder centralizado, da con ellos, al no haber otra alternativa, en las manos de las jefaturas ganaderas comarcanas, que son capaces de transformar al bucólico pastorcillo a su servicio, en un soldado, con un simple silbido. Porque, nuevamente, carecían Las Merindades de propietarios de grandes fundi esclavistas, aristocracias urbanas, funcionariado ad-


ministrativo o tropas; es decir, no había Estado, poder político centralizado. Es en este período en el que debemos situar la expansión de la pequeña explotación agropecuaria familiar, que se convertirá en el motor del desarrollo económico y demográfico de la Castilla protocondal. En general, se trata de una fuerza productiva que combina una agricultura itinerante de roza (tala y quema) con el pastoreo (aprovechamiento para pasto de las fincas que han agotado su productividad agraria). El despegue de lo agropecuario fue posible por el mutualismo que se estableció entre el campesinado libre, ahora propietario de pleno derecho, y los dueños de los rebaños, los silvoganaderos tradicionales dedicados a la ganadería extensiva semitrashumante, que pasaron en estos momentos a ejercer jefaturas a tiempo completo tras poner a su servicio a una clientela de gasalianes que cuidaban de los rebaños (gasalianes es un término “castizo” de los cartularios de Valpuesta, aparece en unos cinco documentos, incluido el primero del año 804, viniendo a significar algo así como compañeros, compadres, colegas). El pacto, como tras la caída de Roma, fue desigual pero conveniente: protección y seguridad a cambio de alimentos. Y, ciertamente, funcionó. Ya a finales del siglo VIII, la mano de obra sobrante no encuentra cenobio con celda libre, ni cueva vacía en la que declararse eremita, y mira allende el Ebro, con la intención de dar el salto en cuanto se despisten los sarracenos y sus colaboradores hispanomusulmanes. Porque sólo la Iglesia, vinculada al poder asturiano, acabará contando con la legitimidad exigida como para desarrollar presuras. Ésta y no otra es la causa de que a partir del año 791 se su-

cedieran un sinfin de aceifas contra Alaba wa-l-Qilā: la presión demográfica empuja a las gentes a buscar nuevas tierras, en ocasiones hacia territorio musulmán. Algunas de ellas, se dirigían exclusivamente contra al-Qilā. Penetraban por la cuenca de Miranda, tras pasar Pancorbo, y daban leña a diestro y siniestro, buscando con ello la desestructuración del entramado sociopolítico y económico que había posibilitado que los paisanos, en busca de nuevas tierras, intentaran rebasar la línea fronteriza que habían establecido en el centro norte peninsular. Al-Qilā abarcaba el piedemonte meridional situado entre Amaya y Álava, limitando por el norte con la marca fronteriza que los asturianos habían establecido para su reino, en las peñas que miran al mar hasta Carranza y Sopuerta. El pacto tácito había consistido en dejar ese espacio, Bardulies para los neogodos y al-Qilā para los musulmanes, al que éstos sumaban también a Alaba al ser el Ebro su mojón en esa zona, como amplio limes fronterizo entre ambos poderes. No obstante, el desarrollo económico y demográfico de la zona, estaba encorsetando a su población, que necesitaba de nuevas tierras de cultivo y pasto. Las presuras eclesiales de comienzos del siglo IX en Mena, Montija y Valpuesta (recuerden la Flauiobriga-Uxama Barca) nos hablan de ello. Algunas de las razzias que emprendieron los musulmanes a partir del año 791 para devastar la zona parece ser que afectaron a Las Merindades. Tras pasar Pancorbo, solían penetrar en la comarca por el tramo de vía romana que une Osma de Valdegovía con Castro Urdiales, accediendo así a los valles de Losa y Mena, o hasta Sotoscueva por el valle de Espinosa. Aunque tampoco hay que descartar la posibilidad fortalezas

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de que en alguna ocasión accedieran a Frías desde Oña. En cualquier caso, las fuentes árabes que nos relatan los sucesos son complicadísimas de interpretar. Habitualmente no sabemos quién es quien, ni dónde es donde, ni cuándo es cuando. Además, fueron escritas muchos años después de que ocurrieran los acontecimientos. Y cuando las comparamos con las crónicas albeldense y alfonsina, o con los anales toledanos y castellanos, el asunto, lejos de aclararse, se lía aún más, porque bailan las fechas e incluso cambia el relato de los hechos. Las fuentes árabes refieren una aceifa contra al-Qilā el año 211 H (del 13 de abril del año 826 al 1 de abril del año 827), posiblemente hacia finales de la primavera o en el verano del año 826. Según una de esas fuentes, los ejércitos musulmanes llegaron a M.nyta. El topónimo da para muchas elucubraciones. Nos mantenemos al margen.

su objetivo fue Ŷillīqiya, amplio espacio que incluye el cuadrante noroeste peninsular. Fue precisamente en la zona montañosa de Ŷillīqiya donde las fuentes que relatan la conquista situaron la peña (sajra) en la que el bárbaro (ilŷ) Balāy (Pelayo) se refugió con treinta hombres y unas diez mujeres al ser acosado por los musulmanes. En cualquier caso, la documentación árabe coincide en que en esa campaña del año 838 los ejércitos musulmanes sitian y conquistan el hisn de alQ.rāba, según la grafía de otra de las fuentes “al-G.rāt”, que no es sino el castillo de Pancorbo, poco antes levantado por los cristianos como defensa del desfiladero, pues era el paso por el que penetraban cuando atacaban Alaba wa-l-Qilā.

Atendiendo a los anales castellanos y toledanos, también parece que tendríamos que confirmar al menos una aceifa musulmana contra Sotoscueva. En cuanto a las fechas, la cosa se nubla. Un documento habla del año 788, otro del año 826 y otro del año 838. Hasta el topónimo muestra pequeñas variaciones: Sotoscoba, Sautus Covam, Soutus Covam, Sautus Coba. Si atendemos a las fuentes árabes podría haberse producido en el año 838, pues varias de ellas informan de una aceifa en el ramadān del año 223 H (del 27 de julio al 26 de agosto del año 838). Produjo una auténtica carnicería, pues se nos dice que amontonaron cabezas cristianas para parar un carro. El problema es que en ningún momento aparece un topónimo identificable con Sotoscueva. Es más, una de las fuentes árabes considera que la campaña no fue contra Alaba wa-l-Qilā, sino que 50

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Necrópolis de Villabáscones de Sotoscueva.

Pero incluso dando por buena la localización de los anales castellanos y toledanos, no existe un consenso absoluto en la iden-


tificación del lugar con nuestra Sotoscueva. Ni siquiera con que tal localización pudiera existir en aquellos momentos. Es cierto que lo que con el tiempo se convertiría en la ermita de San Tirso y San Bernabé serviría como refugio a los habitantes del entorno en caso de peligro, pero se considera que en esa época el poblamiento del entorno sería disperso, con unas formaciones aldeanas muy laxas, pues la conformación de los asentamientos aldeanos se produciría en un momento plenomedieval. Según esto, resultaría complicado un topónimo preciso para una realidad territorial tan desdibujada. Ahora bien, sí que encontramos, al norte de la cueva, en Villabáscones de Sotoscueva, una necrópolis con quince tumbas excavadas en roca que bien pudieran corresponder a algún poblado coetáneo a los hechos. También existe la posibilidad de que hubiese sido la propia cueva un hábitat tipo cueva-castro, es decir, una fortificación en cueva, como quizá pudo ocurrir en el castrum de Cuevarana, posteriormente convertido en castellum. Ante el problema de establecer una localización concreta para el lugar de los hechos, existen investigadores que consideran más oportuno localizar el topónimo en San Juan de Socueva. Vayan a ver el pueblo. Está junto a Arredondo, en Cantabria. Si caminan unos quinientos metros hacia las peñas que están sobre la aldea, se darán de bruces con una ermita semirrupestre de porte visigótico, que apuesto que había de poner los pelos de punta a cualquier musulmán del siglo IX. En fin, no nos atrevemos ni con lo uno ni con

lo otro. Pero nuevamente constatamos que el rigor histórico, muy a menudo, está reñido con los discursos simples, facilones y mediocres. Otra de las batallas cristiano-musulmanas de corte mítico que se ha intentado acercar a Las Merindades, en cuyo transcurso confluirían de forma cuasimística el castellum Tetelia y el mismísimo conde Rodrigo, con lo que ya sólo faltaría la Santina de vuelta a Cillaperlata, es la llamada por Sánchez-Albornoz “campaña de la Morcuera”, del año 865. La documentación árabe cita en relación con ella a Rudmir señor de Twca, Chandechelb señor de B.r.ý.ya y Gomes señor de M.san.qa; mandados por Ruderik, sahib de al-Qilā. Que Twca sea Tedeja y M.san.qa Mijangos no lo mantiene casi nadie. Las fuentes nos estarían hablando de tres localizaciones alavesas en el camino hacia al-Mallaha (Salinas de Añana), objetivo final de la aceifa: Twca podría ser Tega, B.r.ý.ya sería Baroja y M.san.qa se estaría refiriendo a Mijancas. Además, ni siquiera hay seguri-

Cueva-ermita de San Tirso y San Bernabé. Valle de Sotoscueva.

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dad de que el tal Ruderik, denominado sahib de al-Qilā, sea Rodrigo, el presumible primer conde comarcano titular in Castella hacia la mitad del siglo IX, que habría sido nombrado por Ordoño I para el control de un territorio que desde Asturias aún se denominaría Bardulies. La duda es razonable. Para aclararlo, o quizá enturbiarlo aún más, hay que tener en cuenta las fuentes árabes que relatan el ataque contra Alaba wa-l-Qilā del año 863. Se nos dice que el ejército musulmán recorrió las llanuras de la región destruyendo las fortificaciones, masacrando a los hombres, talando los árboles y asolando los campos de cultivo. Ante lo cual, el rey Ordoño I envió a su hermano, posiblemente se trataría del conde Gatón, al mando de unas tropas que intentaron cortar el paso de los musulmanes en el puerto más angosto. Pero los islamitas las dispersaron y pusieron en fuga. A continuación llegó el resto de tropas, y una innumerable caballería apareció por todas partes. Pero fueron masacrados, y diez y nueve sahibs/comites, los más importantes dignatarios de entre los enemigos, mordieron el polvo. La descripción árabe de la aceifa, ausente en las fuentes cristianas, parece distinguir entre las tropas enviadas por Ordoño I a esperar a los musulmanes en cierto paso angosto, y las tropas y caballería del segundo encontronazo. Esos diez y nueve comites de los que hablan las fuentes difícilmente pudieron ser comites del reino de Ordoño I, pues en todo el reino asturiano los dignatarios distinguidos con tal cargo no llegarían a diez, y seguro que andaban liados con sus cosillas en la corte. Se trataría, más bien, de señores locales, al mando de los castellos comarcanos. Es muy posible que ese señor de señores de la “campaña de la Morcuera” del año 865, Ruderik, denomi52

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nado sahib de al-Qilā, capitaneara ya a esos diez y nueve sahibs del año 863, y que su liderazgo se hubiese constituido al margen del reino asturiano, es decir, que se tratara de una jefatura local. El conde Rodrigo plantea problemas doxográficos importantes. Aparece como comite in Castella en la documentación del entorno castellano a partir del año 860. Pero la calendación de estos diplomas no está exenta de dudas. De hecho, la mayoría están falsificados. Además, si Rodrigo fue comite in Castella para esas fechas, tuvo que haber sido nombrado por Ordoño I antes de morir en el año 865, pero es un hecho que los cronistas asturianos aún no utilizan el término “Castella”. En el 843, seguían denominando “Barduliensem provintiam” a lo que en San Andrés de Aja ya se llamó “Castella” en el año 836. La Crónica Albeldense, escrita en el año 881, con un par de añadidos en los años 882 y 883, ya utiliza siempre el nativo “Castella”. Y en el año 884 la Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones Rotense y Ad Sebastianum, se rinde ante los hechos, repitiendo algo que ya había recogido la Albeldense: “Bardulies qui nunc uocitatur Castella”. En todo caso, la documentación del año 860 refiere que Rodrigo conquista Amaya y lanza un ataque que llega hasta Talamanca. Es posible que en una fecha poco clara en torno al año 862/867 participara en la reconstrucción de la ciuitas de Lara junto a un tal Gundisalvus. En el año 866, aparece sometiendo la costa asturiana, en un episodio de apoyo al exiliado Alfonso III relacionado con los problemas de sucesión al trono de su padre. Y en el año 867 lo encontramos confirmando un diploma junto al rey Alfonso III. La última vez que se le menciona en la documentación es en el año 873.


Parecían preocuparle más los problemas domésticos del reino asturiano que las arremetidas de los musulmanes contra Alaba wa-l-Qilā, pues el año 866, cuando andaba en los asuntos de peñas al mar, se produjo una aceifa que pudo afectar a Mena, si es que el “Mano” de las fuentes árabes se refiere a nuestro valle. Sea quien sea este Rodrigo, y ocupara el cargo que ocupara, por las misiones que le fueron encomendadas por los monarcas, o era de la familia real, o de su círculo más próximo. Quizá perteneciese a la familia de la segunda esposa de Ramiro I, padre de Ordoño I. En cualquier caso, no debemos olvidar que el título condal no estaba vinculado a un territorio sino a la persona. Es decir, que Castilla ya era Castella, con o sin Rodrigo, gracias a los castellani y sus castellos. La pregunta que más nos interesa, nada baladí, pues se nos contó que el nombre de nuestra tierra venía de ahí, es si en Las Merindades podemos encontrar alguna fortificación defensiva en relación con las incursiones árabes que hemos apuntado. Les pedimos, sin más, que si encuentran alguna nos lo hagan saber, estamos muy interesados. ¡A ver si ahora Las Merindades no son Castilla! Es broma, más bien ocurre lo contrario, que esa Castilla que se nos vendió no son Las Merindades, auténtico corazón de la Castilla real. Porque aquí lo que sí sabemos que hubo son castros que no perdieron su función habitacional hasta la edad media, castros que sí la perdieron y se convirtieron en un castellum/castellu/castello con funciones defensivas o político-administrativas de orden local y comarcal (una curiosidad: hoy en día todavía hay paisanos de Quintanalacuesta o Rosío que se refieren a su castro como “castillo”), castros que pese a

perder su función habitacional durante época romana la recuperaron en época medieval, aldeas encastradas, aldeas castrales, poblados subtus castro (ahora convertido en castello)... ¡ah! y el burg visigótico de Tedeja. Castrum, castellum, castella, castellus, castellos, castellu, castello... ¿Les parece poco como para llamar a nuestra tierra “CASTILLA”? No en vano, en el año 884, la Crónica de Alfonso III asume la expresión nativa: “Bardulies qui nunc uocitatur Castella”.

Restos del castro de Quintanalacuesta.

Esos supuestos castillos de los que nos hablaban nuestros padres no están en nuestra comarca. Obedecen a un intento del reino asturiano por establecer una marca más allá de lo que originariamente llamaron Bardulies, pues las aceifas musulmanas demostraban que ese colchón fronterizo ya no era tal. Un primer intento lo llevaron a cabo en Pancorbo, posteriormente en Amaya, Lara, Sasamón, Ubierna, Burgos... Y llegó el momento en que la corte asturiana entendió que la mejor defensa era un buen ataque, y pegó un toque de corneta, a cuyo son los condes comarcanos se lanzaron al asalto de las tierras del sur. fortalezas

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Fortaleza de Espinosa de los Monteros.

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paralelo 43


En el año 912 ya están en el Duero. En el año 932, la ciuitas burgensis se convierte en la capital del condado de Castella, que Ramiro II de León le acaba de otorgar a Fernán González. Su origen remite al sólido torreón que Diego Rodríguez Porcelos había levantado en el año 884 para vigilar y proteger la Ab Asturica Burdigalam. ¿Cómo se dice en germánico “castillo”? “Burg”, que da en el bajo latín “burgus”, en castellano “burgo”, que no es sino el conjunto de la población del entorno inmediato al castillo. De “burgus” proviene “burgensis”, habitante del burgo o burgués. Así, ciuitas burgensis, nuestra Burgos, no es otra cosa que la ciudad de los que poblaban el burgo que se fue formando en la inmediatez del torreón levantado por Diego Rodríguez Porcelos. El agrupamiento y asentamiento de las gentes en torno al castillo los inició el propio Diego Rodríguez Porcelos, concretamente, en su espigón meridional. El emplazamiento pronto se convirtió en cabeza de condado, cuya titularidad ejercía hacia el año 899 Gonzalo Fernández, padre de Fernán González. Fue en el año 915 cuando recibió la condición de ciuitas, es decir, enclave administrativo. Es un hecho histórico, suficientemente demostrado por la nueva historiografía castellana, que durante la Alta Edad Media, pervivieron en Las Merindades vestigios prerromanos de la Edad del Hierro, no sólo desde el punto de vista de la explotación del medio natural y la estructuración territorial castral, cosa evidente, sino también de las relaciones sociopolíticas supraestructurales a ella asociadas, pues no llegaron a desaparecer algunos enclaves castelleros asociados a jefaturas políticas, administrativas y económicas locales.

Muchos castros manifiestan no sólo romanización, sino también una continuidad ocupacional desde época prerromana hasta la Alta Edad Media. Entre otros, los casos de los situados en San Zadornil, Momediano, San Pantaleón de Losa, Cigüenza, Quintanalacuesta y Quintanilla Valdebodres (o los de Astúlez, Berbeia y Castros de Lastra ya en Valdegovía). Por otro lado, Castrillo de Bezana, Arreba, Santa Cruz de Andino, Villalba de Losa, Castresana, Castriciones, Castrobarto, Paresotas, Frías o Medina, entre otras posibilidades, con mucha probabilidad se asienten sobre castros fosilizados, es decir, que manifestarían una continuidad ocupacional desde la Edad del Hierro hasta hoy en día. El caso del castro de Brizuela es peculiar, porque tras ser abandonado en época romana, fue directamente reocupado en la Edad Media. Pero nos interesa volver a destacar que fue la inseguridad que se adueñó de llanos y valles a la caída del Imperio Romano, la que llevó de nuevo a las gentes a reocupar antiguos castros o a construir aldeas de nueva planta en alturas arriscadas, muchas de ellas cercanas a los propios castros de la Edad del Hierro, o incluso encima de ellos, en forma de aldeas castrales. Varias de las localizaciones de esas aldeas encastradas que fueron construidas de nueva planta en la Tardoantigüedad son hoy el asentamiento de algunos de nuestros pueblos; en otros casos, remiten a no pocos de los despoblados que documentamos en las fuentes. El carácter de punto de referencia que siempre tuvieron los antiguos castros para las nuevas aldeas levantadas en sus cercanías, se observa en la documentación altomedieval cuando, al localizar nuevos asentamientos poblacionales, se utilizan expresiones como “nombre de aldea + subfortalezas

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llegarían a tener un importante papel como marcas fronterizas entre Navarra y Castilla. Posiblemente los de Petralata, el de Cuevarana o el de Arreba, pero apenas mantienen alguna piedra en pie. Sin embargo, las fortificaciones que hoy observamos en Las Merindades con todo su porte casi intacto, obedecen a los intereses de las jefaturas sociopolíticas y económicas comarcales de época bajomedieval e incluso moderna. Se trata de puntos de control de pasos, caminos y vados; centros tributarios y administrativos; o casas torre con funciones habitacionales. Remiten a una época en que ciertos linajes se enseñorearon sobre el territorio y sus gentes, parapetando su presencia mediante construcciones de enorme envergadura. No es cierto, como nos contaban de pequeños, que sean defensas contra los musulmanes. Son bastiones inexpugnables desde los que los señores y sus huestes se repartían el pastel, lo guarTorre de los Porras. Cidad de Valdeporres.

tus castro”, “castro-sufijo”, o “castello + nombre de aldea”. Muy a menudo, en estos casos, la fortificación no cumple ya funciones habitacionales, sino que cubre necesidades nuevas y quizá más significativas: control y vigilancia del territorio, protección y defensa en caso de necesidad, o centro político-administrativo al cargo de jefaturas y poderes locales o comarcales. La vinculación de estos ejes castrales de vertebración del territorio con los alfoces y centros de poder condales está sobradamente demostrada. De época plenomedieval, sin excluir funciones previas, datan algunos castillos que 56

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Fortaleza de Quisicedo.


Torre de Valdenoceda.

daban a buen recaudo y protegían su pellejo. En fin, la piedra castellana al servicio de intereses familiares. La mayor parte de estas construcciones se relacionan con las luchas banderizas, en las que los linajes más importantes y sus aliados se disputaban palmo a palmo el control del territorio. De ahí su gran número. En Las Merindades, destacaron los Velasco y los Salazar, que a la mínima se daban de tortas por una linde. En realidad, estas luchas nobiliarias encubrían la tensión entre los campesinos y sus señores. Efectivamente, la intensificación de la presión fiscal y la servidumbre sobre el común, requería de un estado de excepción permanente, que por menos de nada provocaba roces, luchas e inquinas entre los encargados de ejercer la represión. Avaricia fortificada. Vanidad encastillada.

Fuentes

Por motivos de espacio nos ha sido imposible introducir en el artículo las referencias bibliográficas oportunas. No obstante, nos sentimos deudores de infinidad de investigadores. Sin ellos, nuestro trabajo hubiese sido imposible. En muestra de agradecimiento, referimos los nombres de los más destacados: Ángel Luis Palomino Lázaro, María José Negredo García, Ramón Bohigas Roldán, Aniano Cadiñanos Lópeza-Quintana, Fernando Galilea Martinez, Arantza García Sánchez, Alejandro García Sanjuán, Celia Martínez Maza, Francisco Javier Sanz Huesma, Pablo C. Díaz Matínez, Antxoka Martínez Velasco, David Peterson, Dionisio Pérez, Mª Isabel Loring, Eduardo Peralta Labrador, Emiliana Ramos Remedios, Gonzalo Bravo, Gonzalo Martínez Diez, Isaac Moreno Gallo, Ignacio Ruiz Vélez, Iñaki Martín Viso, Jaime Oliver Asín, Javier Arce, Jesús Francisco Torres-Martínez, Jesús Lorenzo Jiménez, Jose A. Abásolo Álvarez, José Ángel Lecanda Esteban, José David Sacristán de Lama, José Manuel Iglesias Gil, Juan Antonio Muñiz Castro, José M. Ruiz Asencio, Irene Ruiz Albi, Mauricio Herrero Jiménez, José María Solana Sainz, José Ramón Aja Sánchez, Julio Valdeón Baruque, Juan José García González, Martín Almagro-Gorbea y Ramón Menéndez Pidal.

Fortaleza de Lezana de Mena

fortalezas

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¡HASTA

EN CAMPER! Texto y fotografías de Fernando Barrado


Catedral de San Sava, Belgrado.


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paralelo 43

Parte vieja de San Sebastiรกn.


TRAS LA FRONTERA somos

dos chicos convencidos de que es

mucho mejor ver en los lineales de los super-

mercados cuajar una metamorfosis pausada de productos, comarca a comarca.

sentir que la humedad del mar o la limpieza de las montana ̃s se acercan a ti con cadencia. los trasplantes Bruscos de un vuelo traumatizan, deshumanizan, alejan de la esencia de lo que llamamos viaje. el viajero de verdad siempre va lento. la idea consistía en dejar rodando nuestra sa-

lamanca haBitual y llegar hasta el continente

de al lado.

mil

y no nos referimos a áfrica.

veces que se pase por un mismo punto

nunca se repite experiencia porque mudan los tiempos, las personas, las op ́ ticas y las emo-

ciones. así que no nos importa empezar a rodar

Balcanes por la ruta de siempre que por economía atraviesa la ruta natural del canal frances ́ de midi, la provenza y la riviera italiana hasta el valle del po. hacia los

pasen y vean...

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Y

ciclable, paseable, vivible. fue y es el asombro de la ingeniería.

a hacía un año que teníamos en mente el acercarnos hasta el mar Negro en invierno, cuando las hordas rumanas, turcas, búlgaras y ucranianas, manadas enteras de belenesestébanes benidorianas no acaparan aún las cálidas arenas de aquellas playas de oleaje tímido. Es el encanto de un mar interior. El objetivo también tenía su guinda: nunca habí́amos estado legalmente caminando ni rodando en suelo asiático porque un par de escalas en la zona de tránsito aéreo internacional de Singapur no eran en puridad estar en Asia. 64

paralelo 43

Igualmente sentíamos una irresistible curiosidad por ver de cerca sin el socorrido trasplante traumático del avión cómo se iban convirtiendo al Islam los lineales de los supermercados, las mesas a las que nos sentásemos y todo lo demás de las sociedades. Pero poco a poco: hoy con una salsa de yogur o unos dulces combinando miel, hojaldre y pistachos; mañana con una taza de retrete ya provista de chorrito interior; otro día con la fragancia del comino inundando un plato... En los medios nos dicen que Bosnia es un país destrozado por la guerra; que los


serbios odian a los españo les porque Solana los mandó bombardear; que la Rumanía tras la era de Ceauşescu es un país complejo lleno de peligrosos gitanos; que terribles bandas de albano-kosovares organizados en mafias paramilitares te robarán la furgo en cualquier gasolinera... Pues casi nada de eso. No hay que creérselo todo. Y además, como el coleccionismo estimula las iniciativas, se nos ocurrió que una buena idea viajera podría ser proponerse conocer siempre al menos tantas naciones como años de vida se tengan: un país nuevo al año no hace daño, ya lo dice el refrán. Como uno de nosotros ya peina 43, pues andábamos con retraso: urgía hincar el diente a BIH, SRB, RO, BG y TR porque sólo habíamos estado en 37. Trataremos de ser extremadamente minuciosos para que el lector consiga recrear la misma atmósfera y haga virtualmente con nosotros el mismo recorrido. Bueno, vamos al grano. Así ha sido la experiencia. No olvidéis que únicamente es la manera de cómo hemos visto nosotros la realidad. Pero hay mil ópticas diferentes. Ésta es la nuestra, que seguramente ni es la más acertada ni desde luego tiene vocación de serlo.

– alfabetos empleados: 3 (latino, cirílico y griego) – fotografías insertadas: 698 – videos: 28 – mares visitados: 8 (cantábrico, mediterráneo, de liguria, adriático, negro, de mármara, de tracia y jónico) – divisas usadas: 6 (€ euros, hrK kunas croatas, rsd dinares serbios, ron lei rumanos, Bgn leva búlgaros, try liras turcas) – distancia recorrida: 9 191 km (8 348 km por tierra + 110 km remolcados en grúa + 396 nmi por mar, es decir 733 km) – días empleados: 30 – consumo medio de gasolina de 98 octanos: 14,2 l/100 km (tomando 1,40 €/l como precio medio en los surtidores) – precio máximo de este carburante: 2,02 €/l en tekirdağ (tr) – países transitados: 12 (e, f, mc, i, slo, hr, Bih, srB, ro, Bg, tr y gr), y van 42 – ciudades visitadas: 71 – vehículo: mercedes-Benz viano marco polo 3.2 v6, versión 2004 – pernoctas en furgo: 21 (de la 503ª a la 523ª) – pernoctas acumuladas en esta furgo: 523 (en 6 años de antigüedad)

destino:

asia ¡hasta turquía destino en: camper sydney!

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literalmente: m贸naco en un marco incomparable.


La incomparable templanza de la costa Azul francesa, el lujo desmedido del paraíso fiscal monegasco, la experiencia siempre caótica de una Italia de fachadas sin contenido, donde Venecia se arroga la vanguardia del concepto… Nos acercan a la antigua Yugoslavia, donde ya habíamos estado llevando como todo camper un viejo Renault 21 transformado en vivienda.

dustrie con Antonio Pacinotti, en el mismo sitio donde años atrás habíamos estacionado por la noche nuestro viejo Renault 21 para visitar la magia de los canales con las bicis, nos pusimos el último capítulo de Aída para reírnos un rato mientras cenábamos en la furgo.

Ya en Italia, lo que sí nos gustó –y en eso estaría bien que aprendiéramos en España– es que cuando las estaciones de servicio están cerradas a mediodía o de noche, el precio del carburante baja un 8% por el mero hecho de pasar al modo autoservicio. El indicador del monolito ponía que nos iban a cobrar a 1,51 € el litro de sin plomo de 98, y al empezar a echar se cambió el display del surtidor a 1,40 €/l: genial. La bella y serenísima Venecia dispone de una burda, grisácea y sucia antesala llamada Mestre, la peor tarjeta de visita que puede tener uno de los destinos más apetecidos del orbe. Por allí nos equivocamos de glorietas e hicimos un indeseado pero curioso recorrido por el fétido polo industrial que refina lo negro en negrísimo y vierte sus infectas cloacas a la laguna. Como el ser humano es un animal de costumbres fijas, y más vale lo malo conocido, en la intersección de via delle In-

En los viajes largos, sobre todo si no eres millonario y tienes los días contados, se presenta siempre un eterno dilema: por un lado te revolotea un angelito blanco que te dice: ya que estás, aprovecha, que igual es la última vez que vienes; por el otro, un demonio con cuernos y risita pérfida asegura tajante: no te va a dar tiempo y te va a tocar volver a casa por el sistema de camas calientes. Mientras rebasamos el divertido letrero que avisa del enlace de Latisana, un camionero rumano nos adelanta con malas pulgas y el copiloto nos dirige una mirada de odio y frases ininteligibles mientras le da golpecitos con el índice derecho a la corona del reloj de la muñeca izquierda. Eso nos pasa por circular a los 90 km/h que permite la vía en ese tramo delante de gente con mucha prisa por descargar. Esto es Italia, seguramente el país donde peor se conduce de todo el recorrido. Al entrar en la autopista eslovena H4 nos saltamos sin querer la primera gasolinera, donde venden la viñeta, que ya sabéis que es la pegatina con la que se acredita en muchos países (CH, A, SK, CZ, H, SLO,

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BG…) haber pagado la tasa por uso de las autopistas o las carreteras en general. Se compran, según el país, para períodos desde varios días hasta el año completo y cuestan entre unos cinco y unos cuarenta euros a cambio de no tener que ir aflojando pasta en los peajes. Se venden en puestos fronterizos y estaciones de servicio y se validan taladrándolas generalmente en el momento de la compra y son intransferibles, porque al intentar despegarlas del interior del parabrisas se rompen irremediablemente. Si uno elude gastarse en ellas puede encontrarse con multas del orden del billete morado o directamente no poder pasar por los reconocedores electrónicos de los peajes (cesterina, aquí en Eslovenia) cuyos poderosos escáneres delatan el menor fallo. Pues eso: salimos inmediatamente en el primer enlace y volvimos por la vía de servicio a desembolsar quince euritos por la pegatina para una semana.

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Al ir al servicio se nos plantea el dilema del día. ¿En cuál de estas dos puertas os meteríais vosotros con las prisas de un apretón sin haber dado esloveno de segunda lengua en el instituto? Dos turismos navarros se convierten en los últimos españoles que veríamos hasta varios miles de kilómetros después, ya volviendo de Grecia a Italia. Siguiente paso: ordenar la autocaravana por si tocaba registro al salir de la Unión Europea.


Pero no hubo lugar a ello. En medio de la niebla, en la frontera de Obrežje, donde hacen igual que en USA, una cola para miembros de la Unión y otra para el resto, el control esloveno del DNI pasa sin problemas y aparcamos un momento a comprar algo de divisas para ir tirando. Por 100€ nos dan 725 HRK (kunas croatas) y, ya puestos, para adelantar trabajo, la chica de la oficinita de cambios nos vende 5700 RSD (dinares serbios) por 60€. Con el avance del viaje y los cálculos tras consultar on-line la cuenta bancaria nos harían ver que es mucho más conveniente sacar directamente efectivo en cantidades medias (unos 200-300 €) en cualquier cajero automático. Siempre resulta más ventajoso pagar la comisión de unos 2 € por operación que soportar las de las oficinas locales que se anuncian como no commission sin ser verdad. Mientras nos volvemos a poner en marcha por la zona internacional, un autobús entero de disciplinados bosnios pasa una cola larguísima para validar sus pasaportes y entrar en el espacio Schengen al que nosotros no volveremos ya hasta retornar de Turquía a Grecia muchos días después. En el segundo control, el de pasaportes de la policía croata, se miran entre ellos con una cara entre de póquer y sonrisa difícil de explicar cuando les decimos que vamos hasta Turquía rodando. En la tercera ventanilla, casi cerrada por el intenso frío, la cabecita lejana del agente de aduanas pregunta tímidamente si tenemos algo que declarar con la certeza asumida de que vamos a decir que no, para volverla a cerrar cuanto antes. Por eso es una gran verdad aquello de que si no quieres caer en un control policial viaja siempre con lluvia intensa o cualquier otra clase de mal tiempo.

Con tan exhaustivas comprobaciones empieza a sonar el himno nacional croata por los altavoces camino de la cuarta y última ventanilla, ya abandonado el suelo esloveno, donde pagamos el primer peaje (cesterina en este caso) de la autopista y un enorme cartel avisa claramente de que si no tienes encendida la luz de cruce las veinticuatro horas te pueden caer 300 HRK de multa. La carretera 47 hace su entrada en el pueblo por un lateral del mayor campo de concentración nazi de la antigua Yugoeslavia, en Jasenovac, donde fueron asesinadas casi setecientas mil personas bajo el régimen de Ante Pavelić entre serbios, musulmanes bosnios, gitanos, partisanos de Tito, eslovenos, comunistas y judíos. Tenemos mucha emoción, incluso prisa, mezclada con incertidumbre por entrar al país europeo que más reciente tiene su posguerra, un territorio inexplorado que podemos ver ya con nuestros propios ojos y del que sólo nos separan unos centenares de metros y el desbordado curso medio del Sava, lleno de meandros, muchos de ellos estrangulados, serpenteando por la llanura que une las tres grandes capitales balcánicas: Ljubliana, Zagreb y Belgrado, donde se convierte en tributario del padre Danubio.

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El primer hotel del viaje fue en una de las calles más céntricas de Беoград (Belgrado), con aparcamiento vigilado a cien metros y con estupendas críticas en la Red. Y por supuesto a un precio irrepetible de última hora para ser una gran capital: 43,15€ (con internet, cabina de hidromasaje, televisor plano 40”, cafetera privada…). Además, no es necesario imprimir la reserva ni llamar: basta el PDF o el mail de confirmación en el teléfono.

tria. Nada que ver con la imagen de pobreza, atraso y delincuencia organizada a que nos tiene acostumbrado el telediario. Paisajes de ensueño y gente encantadora nos acompañan en el día a día dentro de la furgoneta hasta retomar la ruta prevista inicialmente para llegar hasta Turquía que volvemos a encontrar en Bucarest donde un hotel nos da un respiro de comodidades.

En general, las carreteras de todos los países balcánicos tienen muchísimas gasolineras, cada muy pocos kilómetros. Llama la atención que incluso en localidades muy pequeñas hay varias. En el tránsito entre los restos del imperio Austrohúngaro y esa isla de romanidad en medio del universo eslavo, Rumanía, una avería fatal nos frustra el deseado camino a través de las gargantas del Danubio, los Portile de Fier que abrieron el paso a los romanos hacia la Dacia, y nos encamina hacia Transilvania donde la ciudad mártir de la revolución contra Ceauşescu, Timisoara, nos hace unos cuantos días de cuartel general.

Universitaria, vanguardia de libertades, Timisoara (foto arriba) se convierte en agradable sorpresa del viaje, pero a –15ºC.

El centro y norte de Rumanía sorprende por el parecido con Alemania o con AusLa suerte nunca es mala o buena. Es suerte. Una avería nos cambia inesperadamente el rumbo.

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Transilvania es un trozo de Suiza al lado del Mar Negro.

El delta del Danubio se abre al norte de Constanza lleno de naturaleza virgen y también de contaminación, a un paso de Ucrania y abalconado sobre el mar Negro, por cuya costa empezamos un cabotaje que ya no terminará hasta la costa asiática de Turquía.

el que nos intentaron robar la autocaravana en plena circulación nocturna. El camino hacia el dominio otomano está cada vez más cerca pero dificultado por terribles carreteras de montaña y complejos trámites aduaneros que la noche nos facilita con el horario valle.

Hay que subrayar que en esta región periférica de la Unión Europea el desarrollo económico es todavía limitado y lujos turísticos de cierto nivel se pueden disfrutar por muy poco… todavía. Entre esos lugares en pleno crecimiento, bendecido por un emplazamiento envidiable, está la hermosa localidad búlgara de Nesebar, adonde llegamos tras superar un doble incidente en destino:

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El Bósforo, nexo entre continentes. Mítico, iconográfico. Ecuador del viaje.

Igual que al hollar una cumbre sabes que lo peor está por venir, el efímero alcance del continente asiático pone sobre la mesa el reto de volver a casa, otros cinco millares de kilómetros de sendas desconocidas, pero por lo mismo emocionantes. Abstrayéndonos del fragor infernal, o, mejor dicho, integrándolo como ruido blanco, desayunamos en el Viano a 21ºC, o sea, a 36ºC más que hace una semana en Timişoara, y encima con el cuerpo barnizado de humedad.

Por supuesto, caminar por las calles más concurridas o con más restaurantes es un tiroteo continuo de ofertas para que pases a los locales a comer o compres cualquier falsificación barata. Tanta es la habilidad de los camareros (nunca camareras) que extienden sus tentáculos hacia las aceras, que te hablan directamente en español. En muchos otros lugares del mundo, normalmente pasamos por italianos pero aquí te calan en el acto. Hartos de ver desvelado nuestro origen, le preguntamos a uno y nos dijo que saben que somos españoles por la forma de la cara, mientras dibujaba un paréntesis en el aire con los dedos... 72

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Como es la hora más valle, decidimos visitar Santa Sofía a la una y media del mediodía y quedamos maravillados, tras los rollos de la seguridad. La salida de la gran ciudad, que celebra sus últimos días como capital europea de la cultura, no se nos hace muy dura porque, a pesar del gran tráfico en dirección al aeropuerto, pronto pasamos su enlace y retomamos la normalidad por la ruta prevista: la O3 y las carreteras nacionales D100 y D110, con el fin de entroncar con la gran autopista griega que comunica el mar Tracio con el Jónico.


Camino hacia Yunanistan (que es como llaman los turcos a Grecia). Mientras el tráiler de delante pasa los arcos detectores de calor para descubrir inmigración ilegal, a la Renault Kangoo que nos pre-

cede y a las seis personas que expele les obligan a pasar complicados trámites. Sin embargo a nosotros el policía griego nos echa un somero vistazo por la puerta lateral y sólo nos desea buen viaje: Have a nice trip, sir. Llama mucho la atención que nada más entrar en la autopista griega, que discurre más o menos por el trazado de la antigua calzada llamada Ἐγνατία Ὁδός (vía Egnatia), ya se indica claramente el final del recorrido:

Mezquita de Santa Sofía. Estambul.

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Ηγουμενίτσα (Igoumenitsa), que es el puerto donde se embarca hacia Italia. Es como si al marroquí que baja de un ferry en Málaga le pusiese La Jonquera, 1 155 km. Volvemos al euro, a la Unión Europea y al espacio Schengen para no dejarlos ya. Nos sentimos como en casa. Largos disfrutes monumentales nos deleitarán al regreso a Grecia, torturada por una crisis feroz. Quizá es mejor pasar las horas de navidad en soledad por los monasterios de Meteora y ermitas ortodoxas en medio de espesos bosques… Con la curiosidad en niveles altos, nos acercamos al aparcamiento de la ermita de Γρεβενά (Grevena) que está en absoluta soledad –es 25 de diciembre– y ¡con las puertas abiertas! El interior es como todas las iglesias ortodoxas: un iconostasio al fondo con los iconos dispuestos en él, en la pared oriental, y la puerta santa en el centro, con dos hojas, por donde sólo los clérigos pueden pasar al santuario.

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Finalmente llegamos a Ηγουμενίτσα (Igoumenitsa) con la intención de embarcar hacia el puerto italiano de Ancona, lo que evita en tan sólo una noche el latoso paso por Macedonia, Albania, Montenegro, Croacia, Bosnia y Hercegovina siguiendo la costa. Sabemos por la web de la naviera Superfast Ferries, estupenda compañía de la que habíamos sido clientes dos años antes, que el primer barco que zarpa hacia Ancona sale al día siguiente por la tarde. Y no hemos querido sacar los pasajes on-line porque siempre aparece una oferta de última hora que puede beneficiarnos mejorando las tarifas de catálogo. Y así fue. Conseguimos billete para la furgo y para dos personas en camarote interior cuádruple pero de uso doble por sólo 224 €, ahorrándonos casi cien con respecto al coste normal. De propina, un terrible incidente con la policía secreta griega que puede leerse completo en el relato original.

Cuando rodábamos por el parque de atracciones Mirabilandia (‘el país de las maravillas’), antes de entrar a Rávena, era la una del mediodía. Una buena opción si se viaja con críos. Desde que estudiamos historia del arte en aquel lejano COU, teníamos ganas de ver alguna vez las grandes maravillas que el arte bizantino hizo en esta pequeña ciudad de la Emilia-Romaña.

Ya en Italia y al abandonar la A14 e internarnos en Rimini, nos sorprende esta familia viajando cómodamente en su coche… averiado, sobre la grúa.

Nos preparamos para continuar el camino hacia Bolonia, la ciudad que sorprendió al mundo en el siglo XI creando la primera universidad de Occidente. Volver a Bolonia nos encanta. Pasear sus soportales bohemios y no muy limpios… destino:

asia ¡hasta turquía en camper!

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Es una ciudad completamente gemela de Salamanca, si no fuera por el tamaño y la industria, con el mismo ambiente estudiantil y con la vida latente a todas horas. Disfrutamos un largo rato por el centro antes y después de cenar en la furgo en la calle Alessandro Guidotti, el discreto y arbolado barrio donde finalmente la habíamos estacionado. La capital de Liguria nos sirvió para hacer algo de labores de aseo personal y limpieza antes de disfrutar de su alborotado, caótico y sensual barrio portuario, donde Marco, el lacrimógeno personaje de nuestra infancia, despidió a su madre cuando emigró a Argentina.

Una vez cruzada la frontera italo-francesa y tras haber superado los 123 túneles que contamos desde el peaje de Génova hasta Mónaco, entramos en la aglomeración de Cannes por el centro comercial La Bocca-Béal, junto al aeropuerto, porque nos hacían falta uvas para despedir el último día del año. Es una vorágine de compras desenfrenadas y de tráfico. De forma que nos dividimos el trabajo: mientras uno entra a por ellas en 76

paralelo 43

el Carrefour, el otro reposta en su propia gasolinera. Hasta las cajeras tienen aspecto de aristocráticas damas como ésas de cincuenta años que había antes en los Simago y en El Corte Inglés... Al haber colas en ambos sitios, pues terminamos más o menos a la vez y pudimos dedicarnos a encontrar nuestro hotel, el Kyriad*** que, aunque está bien visible, nos costó dar un par de vueltas para localizarlo. A las 11:11 del 1-1-11 (no es coña) nos despertamos por el ruido y los erróneos toques en la puerta de la habitación que hicieron las camareras de pisos. Un bonito guiño a los primeros compases del año.


El viaje en autocaravana camper desde Salamanca a Estambul que se narra en estas páginas puede leerse completo y con todos los detalles prácticos descargándolo cómodamente de

www.enciclofurgo.com/pdf/tr.pdf

Uno de nosotros, mirando a una chavala que iba conduciendo con casquitos, se equivoca a la salida del peaje de Lançon-Provence y recorremos a lo tonto en dirección a Avignon unos 50 km entre hacer y deshacer.

Las calles rotas y decadentes de Arlés están tan vacías y de fiesta que somos capaces de aparcar eligiendo hueco a treinta metros del Anfiteatro. Después un poco más por la A9. Lattes y Touluse. Mientras uno conduce, vamos adelantando la crónica del viaje hasta alcanzar en Cantaous la tranquila área de descanso de Pic du Midi. En total soledad mirando las nieves del Pirineo. Luego conducimos hasta Bayonne y con todo el cuidado del mundo nos metemos por el retorcido callejón del McDrive de la avenida du Grand Basque. Anglet, Bayona y una tarde de descanso disfrutando del entretenimiento por el barrio de Beaulieu, una visita al pâtissier Mandion y, por fin, la reentrada en un país en estado de alarma, tal como lo abandonamos. El final del regreso transcurrió sin sobresaltos, y con el disfrute en epílogo en familia por Bilbao.

Como fuera de casa en ningún sitio.

destino:

asia ¡hasta turquía en camper!

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LA PIELDEL BOSQUE

Texto y fotografテュa de Josテゥ テ]gel Varona Bustamante


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Según avanzábamos, buscando un título adecuado para este artículo, la papelera se llenaba de folios escritos a lapicero, que es como me gusta escribir. Cada título era en sí mismo más explícito que el texto al que pretendía titular. La magia del BOSQUE, el BOSQUE mágico; el BOSQUE paciente; las luces del BOSQUE, las sombras del BOSQUE; el BOSQUE amigo; el BOSQUE imprescindible; el BOSQUE de cuento, el cuento de los BOSQUES; sensaciones en el BOSQUE; el BOSQUE de las sensaciones… Al final, recordé el título de una exposición que contemplé hace años: La PIEL DEL BOSQUE, y aunque el título no era el más original, me pareció el más adecuado para la idea que había concebido.

La Piel del BOSQUE surge en nuestra redacción como una reflexión que interiorizamos desde hace varios años. Nos entusiasma la fotografía y nos apasiona caminar. Además, nos emocionan los bosques. Los BOSQUES. Sin nombre, pero en mayúsculas. La reflexión surge del deseo de plasmar con nuestras cámaras los sentimientos que nos genera caminar bajo el BOSQUE. Como una necesidad. De ahí el BOSQUE imprescindible. Lástima que los sentimientos no puedan aún fotografiarse.

la piel del Bosque

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La Magia de los BOSQUES era bien conocida por nuestros ancestros, de quienes ya apenas nos acordamos. Ellos debían de tener los sentidos más desarrollados que nuestras generaciones aunque, ¿a quién no se le han erizado los cabellos tras el leve susurro del viento entre la hojarasca del BOSQUE? El BOSQUE de las sensaciones.

El BOSQUE es color, pero también luces y sombras; la luz se filtra entre el follaje y describe sutiles sombras que permiten jugar a la imaginación. Pero sobre todo es color, a veces de vida, a veces de muerte. Color en definitiva. Y el color es vida.

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la piel del Bosque

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Pero además, la reflexión concluye con un imperioso bosque imprescindible. Además de bello, hermoso y cuantos adjetivos queramos o seamos capaces de añadir, el BOSQUE es sobre todo IMPRESCINDIBLE. EL BOSQUE nos da cobijo, nos alimenta y nos calienta.

No encaja de ningún modo agresión alguna. No es humanamente aceptable el maltrato de nuestros BOSQUE. Ellos son los que dan y permiten nuestra vida. No se trata del monte Hijedo, del monte Santiago, del monte Gurdieta, o del monte de Ordunte…, sólo por citar algunos de los más conocidos precisamente por su nombre, se trata de LOS BOSQUES.

la piel del Bosque

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La PIEL DEL BOSQUE es algo sutil, algo sensible, delicado… Algo que es imprescindible mimar, no sólo cuidar. Es imprescindible para que pueda seguir aportándonos su magia, su paciencia, su experiencia, sus sensaciones… para que nos recuerden que somos humanos y que, aunque a veces no seamos conscientes, algo les debemos. El BOSQUE sano, habitado, es reflejo de una sociedad sana y habitable. Una sociedad consciente…

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la piel del Bosque

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paralelo 43


La fotografía de este artículo no sería posible sin la presencia de una cámara fotográfica. Pero la reflexión no necesita sino, quizá tan solo, de un poco de paciencia, un poco de tranquilidad o… un pequeño paseo por el BOSQUE.

Al final, cuando termino de escribir esta pequeña reflexión, que no es sino un agradecimiento hacia los BOSQUES por su existencia, aún no sé si el título no debería ser: SIMPLEMENTE EL BOSQUE.

la piel del Bosque

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C OLMENARES TRADICIONALES Legado de nuestros ancestros.


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Texto y fotografテュa de Josテゥ テ]gel Varona Bustamente

COLMENARES tradicionales legado de NUESTROS ancestros


colmenares tradicionales

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Según la Royal Geographical Society London las abejas son la especie más valiosa del planeta. Más de 250000 especies de plantas dependen de su contribución para ser polinizadas. Afirma esta sociedad, que su desaparición pondría en serio peligro la supervivencia de numerosas especies vegetales y animales, así como cuantiosas pérdidas en la agricultura.

Plantas y abejas mantienen pues una relación recíproca, y mientras las flores alimentan a las abejas, éstas son para las flores fuente de reproducción.

En la actualidad, la abeja melífera, que es el único insecto que elabora alimentos aprovechados por el hombre, depende exclusivamente de los apicultores ya que los problemas sanitarios que padecen la han convertido en una especie que requiere y depende de determinados fármacos. colmenares tradicionales

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PERO NO SIEMPRE FUE ASí. HASTA NO HACE DEMASIADOS AñOS, LOS HABITANTES DE NUESTRA TIERRA, SEGURAMENTE DESCONOCEDORES DEL TÉRMINO APICULTURA, BUSCABAN ENJAMBRES SILVESTRES DURANTE LAS PRIMAVERAS.

UNA VEZ “CAZADOS”, DICHOS ENJAMBRES ERAN COLOCADOS EN EL INTERIOR DE RÚSTICOS DUJOS, A VECES HECHOS DE BARRO Y, EN LA MAYOR PARTE DE LOS CASOS, CON TRONCOS DE ÁRBOLES HUECOS QUE HABíAN RECOGIDO PREVIAMENTE PARA TAL FIN.

Y A PRINCI-

PIOS DEL OTOñO PROCEDíAN A CATAR (RECOGER) Y COLAR LA MIEL PARA SEPARARLA DE LA CERA.

La miel, y por lo tanto las abejas, han tenido un papel destacado en casi todas las culturas antiguas llegándose incluso a considerar, en algunas de ellas, el alimento de los dioses. 100 paralelo 43

Fue en las civilizaciones mediterráneas, hace más de cinco mil años, cuando el hombre se inició en la apicultura, pasando de mero recolector a productor. Para ello comenzó por proporcionar a las abejas un habitáculo para anidar y construir sus panales. Este proceso quedó documentado en diversas tablillas que conservan escritos pictográficos sumerios, una de las civilizaciones más antiguas conocidas y que se extendió entre los ríos Tigris y Eúfrates. Pocos siglos después fueron los egipcios quienes grabaron escenas de recolección de miel en los relieves de algunas tumbas excavadas bajo las pirámides y que han sido datados hacia el año 3500 a.C. En Egipto existía la creencia de que cuando el sol lloraba sus lágrimas se transformaban en abejas al tocar el suelo, lo que habla por sí solo de la importancia concedida a este insecto. Tanta que la miel y algunos de sus derivados se utilizaron frecuentemente en la medicina, los ritos funerarios como sustancia para embalsamamientos y determinadas ofrendas a los dioses. Sin embargo, no es hasta el periodo renacentista cuando podríamos afirmar que se inicia la apicultura moderna, y lo hace de la mano de determinados descubrimientos surgidos como consecuencia de un proceso de aculturación basado fundamentalmente en la observación científica. Este largo proceso se puede sintetizar en una serie de hitos que dieron comienzo en 1568 con Nikel Jacob, quien afirmó que las abejas criaban reinas a partir de los huevos de las larvas jóvenes.


colmenares tradicionales 101


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Años más tarde, en 1586, sería Luis Méndez Torres quien constatase que la reina era una hembra que ponía huevos y que era la madre de todas las abejas y Charles Butler, en 1609, que los zánganos de la colmena eran machos. Hornbostel constató en 1744 el verdadero origen de la cera. Con todas estas constataciones y otras muchas más, el apicultor y naturalista suizo ciego, François Huber, fundó las bases de la ciencia apícola con su libro Observations, en 1792. En Las Merindades se conservan diversas construcciones ligadas a la explotación tradicional de las abejas que tienen un enorme interés etnográfico. La tipología varía según las zonas. Algunas, sobre todo en la mitad suroccidental de la comarca, parecen haberse construido casi exclusivamente con un afán de protección de las colmenas frente a posibles depredadores. Este sistema es relativamente similar al de los conocidos cortines que se construyeron para defenderlas de los osos en las zonas de Asturias, León y Galicia fundamentalmente, aunque también con importantes diferencias. Con esta tipología se conserva en Las Merindades un conjunto de colmenares en Ahedo del Butrón, donde varios de estos cortines salpican el monte y sorprenden a quienes llegan al pueblo por la carretera. En su mayor parte, y dada la pendiente del terreno, su interior está aterrazado hacia el sur con el objeto de conseguir la mayor cantidad de horas de luz posible. El recinto tapiado y aterrazado cuenta con su correspondiente cabaña que, además de servir como almacén para los aperos necesarios, también alberga dujos en su fachada: el aprovechamiento al máximo.

No son construcciones tan irregulares como las existentes en esos otros territorios ya citados. Aunque sus plantas se adaptan al terreno, tienden a la regularidad y no a la circunferencia como parecen ser las más antiguas. Están construidas con piedra en seco y los accesos son reducidos. En su interior están depositados los dujos, y aún se conservan en buena parte, incluso algunos de ellos han sido rehabilitados recientemente, aunque otros muchos están en estado de absoluto abandono. En determinados ámbitos, los investigadores que se hacen eco de la historia de la apicultura ponen en relación el origen de este tipo de colmenares con los pueblos del norte de Europa establecidos en áreas boscosas. En el cercano valle de Valdivielso se da otro tipo de construcción asociada a la apicultura tradicional. Es la cabaña-colmenar. Una pequeña caseta, construida en mampostería, sin argamasa, que integra en sus muros a los propios dujos. En algunos casos, la fachada está conformada exclusivamente por ellos. Se ubican en lugares protegidos del norte y con la exposición de las colmenas hacia el sur. Es muy probable que existieran en mayor cantidad pero en la actualidad los mejores se localizan en Valdenoceda y en las proximidades de Quecedo, en zonas protegidas y rodeados de frutales. Además de las construcciones dedicadas en exclusiva a las abejas, la integración de los dujos en las viviendas es una constante en buena parte de los pueblos de Las Merindades. Algunos de los ejemplos más llamativos se encuentran también en Valdivielso, concretamente en Condado. colmenares tradicionales 103


Pero no todos los colmenares cuentan con estructuras propias. Hacia el sur también están orientadas, al abrigo de roquedos que las protegen del regañón, multitud de colmenares de la comarca.

Las dos anteriores son las construcciones más singulares y sugerentes, pero no hay que olvidar que en buena parte de las casas de nuestros pueblos los dujos han estado integrados en sus propias fachadas, generalmente a la altura de los desvanes o payos, por donde se accedía a ellas para la cata.

dos viajes de forrajeo. En la boca del insecto, este néctar se mezcla con las enzimas de las glándulas en la boca y se almacena en panales de cera con celdas hexagonales, hasta que, cuando el contenido de agua alcanza alrededor del 17% la celda es sellada con más cera y permanece como reserva hasta que la colonia la necesite.

FABRICACIóN DE LA MIEL. El proceso de fabricación de la miel por las abejas se inicia con la recogida del néctar dulce y pegajoso de las flores tras largos y complica-

104 paralelo 43

En una buena temporada, un enjambre fuerte puede producir dos o tres veces más de miel de la que necesita. Ese excedente es lo que se recoge para el consumo humano.


LA ESTRUCTURA DEL PANAL. Los panales son una de las maravillas de la ingeniería natural. Cada una de las seis paredes se encuentra en un ángulo preciso de 120º y todas las abejas del mundo saben construir estas estructuras, y lo han hecho durante miles y miles de años. ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué no escogieron el cuadrado, el triángulo o el círculo? Según el matemático británico Marcus du Sautov existe una razón que va más allá del instinto puro. Para entenderla es necesario conocer el lenguaje universal de la naturaleza: las matemáticas. Las abejas buscan la eficiencia: almacenar la mayor cantidad de miel con la menor cantidad de cera posible y para ello no hay demasiadas alternativas: los pentágonos no encajan bien y los círculos dejan demasiados espacios vacíos entre ellos. Sólo hay tres opciones que encajen: el cuadrado, el triángulo equilátero y el hexágono. De las tres, el hexágono es el que menos cera necesita. Es “una solución que sólo fue probada matemáticamente hace unos años: el diseño hexagonal es la solución de almacenamiento más eficiente. Con ayuda de la evolución, las abejas lo descubrieron solas hace millones de años”, señala Du Sautoy.

colmenares tradicionales 105


106 paralelo 43


CAMINANDO

Villanueva PR B

U 1 04

DE LOS MONTES

caminando

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La conversación con Ignacio Herrán, el viejo cucharero de Villanueva de los Montes, culmina una larga y completa jornada de senderismo que tiene como protagonistas una serie de antiguas sendas que lo han comunicado tradicionalmente con Quintanaseca y Frías, sus pueblos limítrofes.

estos caminos, principalmente los que unen a Villanueva de los Montes con Quintanaseca y con Frías, dos caminos de entidad similar, que atraviesan una de las zonas inhóspitas del Parque Natural. Además también se ha recuperado otro antiguo camino, que debió conducir desde Quintanaseca a Tobera.

Por difícil que hoy pueda parecer, por estas sendas transitaron cotidianamente carros tirados por parejas de bueyes y sobre todo mulos y burros que, portando cargas de leña, abastecían los hogares fredenses.

La combinación resulta de un enorme atractivo para la práctica del senderismo y también, sin duda, de una cierta dureza dado el desnivel acumulado que salva.

Aquellos primitivos caminos se fueron abandonando paulatinamente a partir de mediados del siglo XX hasta llegar a su práctica desaparición. Sólo los cazadores, seteros y unos pocos montañeros los han seguido dando un uso siempre alejado de su original utilidad. Recuperados para formar parte de la Red Básica de Senderos del Parque Natural de los Montes Obarenes – San Zadornil, hoy en día estos caminos permiten la rememoración de unos tiempos de los que ya sólo los más mayores guardan recuerdo. El recorrido que se propone en esta guía surge de la combinación de varios de

108 paralelo 43

El Monte Albillo, sobre el que los caminos transitan, está poblado por un enorme encinar del que se ha venido extrayendo leña y produciendo carbón vegetal desde siglos atrás. Junto con la encina, el boj es el arbusto característico. Su madera es la que Ignacio Herrán, y otros cuchareros de Frías, emplean para la fabricación artesanal de cubiertos y otros adornos que se exponen de feria en feria.


caminando

109


El sendero da comienzo en Villanueva de los Montes. Hasta el pueblo se llega desde la carretera N-232 en las proximidades de Oña, en pleno desfiladero del río Oca. Una serpenteante y estrecha carretera cruza la extensa zona forestal, de cuyos pinos se extrajo industrialmente resina hasta el tercer tercio del siglo XX. Después de casi siete kilómetros aparece, en un llano rodeado de montes, Villanueva de los Montes. Allí acaba la carretera. Continúa una pista por la que transita el Sendero de Gran Recorrido GR 85 en dirección a Tobera y Frías.

Wpt 1

pK 0 Pasada la iglesia, casi al final del pueblo, da comienzo este Sendero de Pequeño Recorrido (PR). Lo hace por un camino que abandona la citada pista y se dirige hacia la izquierda (norte) marcando el límite entre las fincas de labor y el monte.

Wpt 2 pK 0,5 Después de un quiebro, primero

a la derecha y luego a la izquierda, ignorando los ramales que en uno y otro caso continúan de frente, el sendero desciende suave por un camino herboso y húmedo que se dirige hacia el nordeste.

Wpt 3 pK 0,7 Una vez en el punto más bajo

el PR abandona el camino más usado, que continúa junto a las fincas, y se desvía por su derecha para tomar el antiguo camino de Villanueva de los Montes a Frías, que inicia aquí un prolongado ascenso bajo una densa vegetación que lo ha mantenido semioculto durante décadas.

A partir de este punto no hay pérdida posible. El camino mantiene su traza original perfectamente delimitada; en ocasiones atrincherada y, en otras, sostenido por laboriosos muros de mampostería. De camino y sólo desde algunos puntos concretos, donde la densidad de la vegetación lo permite, la panorámica puede deleitar a la vista.

Wpt 4 pK 1,3 De ese modo culmina en el co-

llado del monte Albillos donde el PR se bifurca como consecuencia del comienzo de la senda de Quintanaseca.

110 paralelo 43

En este punto se hace necesario tomar una de las dos opciones, ya que el sendero se halla señalizado en los dos sentidos. Para la descripción del itinerario se ha optado por tomar la senda de Quintanaseca. En el citado collado se opta por tomar el ramal de la izquierda que progresivamente va tomando rumbo norte para iniciar, pocos metros más allá, un prolongado descenso que culminará en Quintanaseca. La senda no plantea problema alguno ya que está perfectamente definida. No obstante, su pronunciada pendiente y la progresiva erosión han provocado la aparición de pedreras que en determinando puntos dificultan la marcha. Por ello es conveniente tomar precauciones para evitar daños, sobre todo en los tobillos. A lo largo del descenso, la senda ofrece variadas y peculiares vistas del valle de Tobalina y de Frías. El boj y la encina siguen siendo las especies dominantes aunque algunas repoblaciones de pinos rompen con esa equilibrada monotonía. Y en ese marco de auténtico senderismo se llega a las proximidades de Quintanseca, un barrio de Frías de la que por carretera dista apenas un par de kilómetros.

Wpt 5 pK 3,1 La senda ha relajado la pen-

diente y llega convertida en camino a la entrada de una urbanización de ese barrio.

Wpt 6 pK 3,35 El PR llega a la carretera de Frías y gira a la derecha para salir del pueblo por ella.

Por la izquierda la carretera se transforma en una pista forestal que conduce a Cillaperlata. Por ella transita el GR 99, Camino del Ebro.

Wpt 7 pK 3,55 A la salida de Quintanaseca el

PR abandona la carretera por un camino que sale a la derecha de la misma. Es el camino tradicional de Quintanaseca a Frías y a Tobera.

Wpt 8 pK 4,3 Después de un tramo de cómodo camino, el sendero lo abandona por la izquierda para retomar una senda que va a permitir superar un collado previo a la llegada a Frías. Se trata del único paso un tanto conflictivo del itinerario ya que la traza


del camino tradicional ha desaparecido. Por ello es aconsejable prestar la máxima atención posible a la señalización con pintura.

Wpt 9 pK 4,5 Después de cruzar un pinar, la senda inicia un suave descenso donde ignora un camino que parte por la derecha en dirección a Tobera. El PR continúa por la izquierda de otro pequeño pinar y pronto entra de lleno en la caja del camino tradicional. Este es uno de los tramos recuperados por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León para su incorporación al sendero.

Wpt 10 pK 5 El PR sale a un camino rodado y continúa, con Frías ya desde hace tiempo a la vista, descendiendo hacia la ciudad. Atención a este punto si el recorrido se efectúa en sentido contrario. La tendencia natural es a continuar por el camino más usado que es precisamente el que hay que desechar.

Wpt 11 pK 5,7 Por la derecha llega un camino

procedente de la carretera que el PR ignora para continuar de frente hacia los muros del antiguo y desaparecido convento de San Francisco. El sendero transita junto a los muros y llega a un pequeño portillo desde donde se puede obtener una de las mejores vistas de Frías con su castillo en primer plano.

Wpt 12 pK 6,1 Finalmente, el PR alcanza la

carretera casi en frente del aparcamiento municipal de Frías, donde se reencuentra con el GR 85 que tiene aquí el final de una de sus etapas, bien la procedente de Trespaderne o la que lo hace desde Quintanilla Montecabezas, según el sentido del recorrido. Desde este lugar, la visita a Frías es irrenunciable. Al llegar a la carretera, frente a la calle del Mercado, el PR gira hacia la derecha y sale por ella en dirección a Tobera.

Wpt 13 pK 6,4 Después de un corto tramo de asfalto en el que es preciso extremar las precauciones dado el tráfico existente y la estrechez de la vía, el sendero la abandona por un camino que sale hacia la derecha. Previamente ha ignorado otro, casi inmediato a la salida del casco urbano.

Wpt 14 pK 6,5 Apenas unos metros más allá, y dejada atrás y a la derecha una granja, el sendero continúa de frente ignorando una pista forestal que sale a su izquierda y se interna en el pinar.

Wpt 15 pK 7,1 Llegado a un rellano el sendero

se topa con un cruce de pistas en el que ha de girar a la derecha para encaminarse hacia su destino. A partir de este punto, el PR va a circular durante un largo trecho por el camino más usado, desechando cuantos ramales, apenas sin otro uso que el propio de las actividades forestales, surjan en una u otra dirección.

Wpt 16 pK 7,8 El camino se incorpora a un

ancho cortafuegos construido por la presencia de una línea de alta tensión de Red Eléctrica Española.

Wpt 17 pK 8,1 Unos centenares de metros des-

pués, y prácticamente desapercibido, inicia su andadura el camino de Villanueva de los Montes por el que el PR ha de regresar al punto de origen.

El camino, convertido en senda, sale por la derecha del cortafuegos y se interna en un denso encinar bajo el que en momentos es imposible ver el cielo. La senda gana altura progresivamente, apenas sin esfuerzo; una característica de los caminos tradicionales que seguían las curvas del nivel sobre el terreno, sin importar la distancia, como si el tiempo no importase. A lo largo del camino no existen apenas referencias que puedan servir para la orientación: sólo el camino. El sendero se topa con algunos espacios más abiertos, dominados por pastizales silvestres en los que queda patente caminando

111


la presencia del jabalí por el levantamiento del suelo en busca de bulbos, gusanos… A lo largo de esta última parte del recorrido se pueden observar algunos lugares donde estuvieron instaladas determinadas carboneras. El color negro de la tierra los delata.

Wpt 18 pK 9,8 Finalmente el sendero supera el collado del monte Albillos y alcanza el tramo común de regreso al pueblo. Por la derecha parte la senda de Quintanaseca por la que el PR circuló en un principio y de frente el sendero continúa hasta llegar al punto donde dio comienzo.

112 paralelo 43

Wpt 19 pK 11,16 El sendero llega a Villanueva de los Montes donde concluye después de haber salvado 1.249 metros de desnivel acumulado y aproximadamente 11 km. de distancia.


A pesar de la señalización del itinerario, es recomendable tomar precauciones. El recorrido se desarrolla en una zona de baja montaña. Cualquier inclemencia metereológica (tormenas, niebla...) puede provocar un aumento de la dificultad.

U PR - B

104

M ID E

prc-Bu 104 VILLANUEVA DE LOS MONTES, QUINTANASECA Y FRÍAS. horario 2 severidad del medio natural 4 h 5 min desnivel de subida 582 m 2 orientación del itinerario desnivel de bajada 582 m 2 dificultad desplazamiento cantidad esfuerzo distan. horizontal 11,16 km 3 tipo de recorrido circular

condiciones de primavera a otoño. horario según criterio mide. en determinadas épocas las condiciones climáticas pueden ser adversas y dificultarse el recorrido.

si es usted usuario de gps puede descargarse los tracks desde la web:

mide (método para la información de excursiones) es un sistema de comunicación entre excursionistas para valorar y expresar las exigencias técnicas y físicas de los recorridos. su objetivo es unificar las apreciaciones sobre la dificultad de las excursiones para permitir a cada practicante una mejor elección. el mide ha sido concebido como una herramienta para la prevención de accidentes en excursiones por el medio natural. el método permite clasificar en libros, guías, topoguías, oficina de turismo... los recorridos, para que cada persona elija conforme a sus capacidad y gustos. www.euromide.info

caminando

113


PRÓXIMO

NÚMERO

LAS MONTAÑAS QUE NOS DIERON NOMBRE. antes que las merindades, este territorio fue llamado

las montañas de Burgos, una extensión cantaBria. para PARALELO 43, las mon-

de la montaña, en referencia a las tierras de tañas de

las merindades

son su razón de ser y las que han permitido el modo de

vida de varios de sus colaBoradores.

tamBién...

DESTINO: NORMANDIA. escena-

rios de guerra. una región de francia que continúa homenajeando a quienes lu charon por la liBertad de europa en la ii guerra mundial. un cuidado y extenso territorio de contrastes en el que la costa , donde soBresale la presencia de sugeren tes y osados faros , las magníficas ciuda des

y

las

extensas

y

siempre

verdes

praderas constituyen uno de los mayores atractivos de

y...

francia.

Arquitectura tradicional, para servir. poco se puede asemejar en importancia para el ser humano como el lugar de su su coBijo.

las merindades,

como Buena parte de los

territorios rurales, conserva la esencia de las moradas donde nuestros antepasados na-

cieron, vivieron y nos trajeron al mundo.


Paralelo 43 Nº9 Junio 2015  

Fotografía, geografía, viajes y naturaleza desde Las Merindades Espacios Naturales de las Merindades África: Namibia, Bostwana y Zimbabwe Mo...

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