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Exposición de Marco Aurelio García, Asesor de Asuntos Exteriores de la Presidencia de Brasil

Mi saludo a mi amigo el Canciller Rafael Roncagliolo. Le agradezco mucho esta invitación, lo mismo que al CEDEM que tomó esta iniciativa tan importante. Es un gran gusto poder compartir esta sesión con no solo investigadores importantes sino muchos amigos con los que vamos caminando por América del Sur hace mucho tiempo. Creo que es importante la creación del CEDEM, las preocupaciones que el CEDEM plantea, sobre todo por la vinculación que se busca, manteniendo su autonomía política por supuesto, con el proyecto UNASUR. Recientemente conversando con el ex Presidente Lula, discutimos algo que pudiera parecer un poco raro pero que al poco tiempo me di cuenta que tenía más consistencia de lo que yo suponía. Lula, que trabajó durante muchos años, antes incluso que fuera Presidente, por la integración de América del Sur, de América Latina, pero sobre todo de América del Sur, decía que a su juicio faltaba lo que él llama una doctrina de la integración. Me parecía un poco raro porque no me gusta la expresión doctrina, pero de a poquitos me di cuenta que él apuntaba a una cosa importante. Pese a los avances, pese a los intentos que nosotros hicimos desde el comienzo, cuando UNASUR no era UNASUR todavía, era un proyecto de creación de una Comunidad Sudamericana de Naciones; pusimos énfasis en algunas cuestiones sobre las que voy a hablar en seguida. Pero creo que tuvimos la capacidad de formular algo más consistente y creo que esa es una de las tareas, quizá, más importantes del momento para el futuro de UNASUR. UNASUR tiene obviamente tareas prácticas, problemas por resolver. Creo que esas tareas prácticas, esas iniciativas que van a darse en el ámbito de la infraestructura, logística, energética, de la integración social, de la integración productiva, de la integración de políticas sociales, del Consejo de Defensa Sudamericano, la lucha en contra de las drogas, todo eso; necesita también de una sustancia más general a partir de la cual nosotros tengamos efectivamente un horizonte más claro, más completo. Y, obviamente, tenemos el tema de la democracia. Bueno, aquí ya el Canciller planteó unas ideas muy interesantes. Obviamente el tema de la democracia va a plantearse como una de las cuestiones fundamentales, de esas que yo pondría entre comillas llamándoles “Doctrina de Integración”. Quiero decirles que es importante que cuando uno habla diga de dónde habla. Yo soy un ex académico. Hace diez años estoy apartado de la universidad en función de mis responsabilidades políticas. Obviamente uno siempre mantiene algo de la academia. Pero mantiene mucho más las urgencias de la política que las angustias de la academia, tratando siempre de establecer una buena síntesis. No se si es factible hacerlo.


En ese sentido lo que yo voy a plantear acá es mucho más un inventario de problemas y algunas reflexiones sobre ese tema que nos ha sido propuesto, vale decir la situación de la democracia en América del Sur. Creo que uno de los méritos que nosotros tuvimos cuando formamos UNASUR, cuando esos países decidieron llevar adelante un proceso de integración inédito hasta entonces. Porque teníamos procesos de integración subregionales como el MERCOSUR, la CAN, todos en cierta manera presos por temas no muy concretos que limitaban su expansión, que esencialmente eran proyectos de integración comercial. Y los proyectos de integración comercial no siempre son fácilmente compatibles, como no lo eran, razón por la cual nosotros tratamos incluso de plantear una realidad de integración más amplia que fue UNASUR. Cuando nosotros estábamos discutiendo ese proyecto y trabajábamos en un proyecto de integración que se llamaba entonces Comunidad Sudamericana de Naciones y después cambió de nombre a UNASUR, hubo una reflexión muy grande sobre el potencial que la región tenía no solo para integrarse, sino para a partir de esa integración jugar un rol importante en un mundo que se estaba constituyendo y que estaba en profunda mutación. Había por lo tanto una percepción de los cambios de la situación internacional. Había la percepción que América del Sur podría jugar un rol en un mundo multipolar, pero que para jugarlo tendría que efectivamente establecer condiciones de integración suficientes para que apareciera en ese mundo multipolar no como una fragmentación de estados sino como un conjunto de esfuerzos colectivos. Nosotros llamamos la atención entonces sobre las cartas de triunfo fundamentales que teníamos: fuentes de energía, producción de alimentos, biodiversidad, reservas hídricas, importantes núcleos de industrialización, amén de factores sociales como el de una población superior a 400 millones de habitantes que, beneficiados en la última década por políticas sociales en casi todos los países de la región, estaban dejando de ser simplemente un dato demográfico para ser un dato social y económico, vale decir un gran mercado de bienes de consumo que era fundamental para que nosotros pudiéramos no solo crear una dinámica propia de la región sino también para poder resistir a las presiones de una situación internacional compleja que fue la que se creó a partir de la crisis del 2008. Mencionamos también en aquel entonces una serie de factores que llamamos inmateriales. El hecho de que América del Sur es una zona de paz, de muy pocos conflictos. Felizmente el último gran conflicto que teníamos interno está empezando a resolverse, ojalá así lo sea, es el deseo generalizado no solo en Colombia sino en todos los países. Desde la negociación de Paranal teníamos una región desnuclearizada, quizá la única región junto


con África que se ha desnuclearizado. Tenemos pocos contenciosos de frontera. No teníamos conflictos étnicos y religiosos significativos, comparables con otras regiones. Y finalmente era una región democrática, puesto que todos sus Presidentes habían sido electos en forma limpia, sin tensiones internas o internacionales. Voy a volver sobre eso. Claro que también nuestra reflexión en aquel momento no excluía factores que conspiraban contra nuestra integración y que podrían comprometer concretamente este deseo de que América del Sur fuera un actor relevante en el mundo multipolar que estaba en construcción. Mencionamos entonces cosas que son ampliamente conocidas: la persistencia de la pobreza y de la desigualdad, pese a los avances que tuvimos en los diez últimos años; la persistencia también de la violencia que afecta a muchas de nuestras sociedades, la violencia social; y también otros elementos más generales como la precariedad de nuestras infraestructuras energéticas y logísticas, que contribuía en gran medida para que América del Sur, pese a su deseo de integración, fuera todavía aún una región balcanizada. Volviendo a la cuestión democrática. Más allá del hecho de un reconocimiento claro de estar enfrentando una nueva situación, es evidente que había que empezar a plantearse cuestiones relacionadas con la naturaleza de esta democracia. Yo no quiero obviamente dar a esas consideraciones que estoy haciendo acá ningún carácter normativo. Voy al revés. Pero creo que será de gran importancia que nosotros pudiéramos avanzar algunas reflexiones que nos permitieran, como lo hizo el Canciller, calificar más los procesos democráticos en la región; insisto que no con una naturaleza normativa, sino que más bien con un afán de reflexión. Nosotros muchas veces escuchamos que no bastan elecciones para caracterizar los regímenes como regímenes democráticos, lo que es cierto. También se escucha cada vez, y se lee cada vez más, que hay que enfrentar el problema de la calidad de nuestras democracias. Y bajo esta forma general encontramos muchas veces las más distintas posiciones posibles. Lo mismo que cuando hubo la destitución del Presidente Lugo en Paraguay, también muchos manifestaron la opinión de que finalmente el Senado paraguayo había manejado ese problema dentro de los marcos constitucionales, y que por lo tanto no se podía establecer para nada una caracterización negativa del acontecimiento. Se invocaba incluso precedentes como la destitución del Presidente Collor en Brasil y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela. Pero no fue ésa, sin embargo, la convicción de la UNASUR y del MERCOSUR. Las dos entidades tomaron decisiones muy claras. Y, lo que es importante, decisiones que fueron unánimes, fueron consensuadas. Entonces, la suspensión de Paraguay en ese momento, más que un acto de obediencia a determinadas normas que estaban fijadas en una serie de documentos – el protocolo de Ushuaia, la Carta Democrática de UNASUR,


etc. – puso para nosotros una cuestión fundamental; vale decir, que la democracia es un elemento fundamental para los procesos de integración. Nosotros desde luego consideramos que, más allá del respeto formal a la Constitución nacional observado por el Senado paraguayo, cuando hubo la destitución del Presidente Lugo no hubo la observancia de una serie de preceptos democráticos que eran importantes. De lo que vimos hasta ahora, yo quisiera destacar dos cosas importantes que me gustaría desarrollar acá un poco en mi intervención. En primer lugar, la relación entre democracia e integración, y en segundo lugar cuál es el significado de la democracia en América del Sur, una cuestión que es bastante más problemática porque tiene varios significados muy distintos, y contrastantes con otras experiencias democráticas en el mundo. El simple hecho de que exista una cláusula democrática o cláusulas democráticas en los documentos de todos los procesos de integración regional, como es el caso del MERCOSUR, del UNASUR, e incluso de la OEA – que no es un mecanismo novedoso en materia de integración regional, incluso es dudoso que pueda caracterizarse como un mecanismo de integración regional – pone en evidencia la relevancia que esa cuestión ganó. Obviamente, eso tendrá relación con el pasado reciente de nuestra región. Cuando nos damos cuenta de que hace muchos años, hace dos o tres décadas, la única posibilidad de integración que se dio en América del Sur, cuando la mayoría de los países de nuestra región estaban bajo regímenes militares, fue la integración de los aparatos represivos, vale decir la “Operación Cóndor”; esa fue la integración que los regímenes militares pudieron desarrollar. El hecho de que en Brasil, del 64 al 85, hayamos vivido bajo una dictadura militar; en Uruguay del 73 al 85; en Argentina del 76 al 83; en Chile del 73 al 90; en Ecuador del 72 al 79; y allí vamos agregando otros países, no quiero hablar del Perú porque no hablo de cosas caseras en la casa. Bueno, además del daño interno que estos gobiernos produjeron en sus respectivos países: daños económicos, sociales, políticos y culturales, en algunos casos que van mucho más allá del régimen dictatorial del mismo; esas dictaduras fueron responsables de la multiplicación de contenciosos binacionales y regionales. Pensemos en algunos. Tensiones Brasil-Argentina, tensiones Argentina-Chile, tensiones Chile-Perú, por citar tres ejemplos muy claros. Por lo tanto, la ausencia de democracia conspiraba concretamente en contra de la integración. Es sintomático que el advenimiento de la democracia en Argentina y Brasil, por citar un caso, haya propiciado el encuentro “Alfonsín-Sarney”, cuando los dos presidentes renuncian a la estúpida rivalidad histórica de esas naciones y a la vez lanzan las bases de lo que devendría en el MERCOSUR. No es novedoso pues también cuando cayeron las dictaduras en Grecia, en Portugal y en España, la Europa de los seis se amplió por primera vez y trató, efectivamente, de dar una


nueva dinámica al proceso de integración europea. Por lo tanto, creo que está claro que hay una fuerte incompatibilidad de ausencia de democracia con integración, y hay una buena compatibilidad de democracia e integración. Sin embargo, me parece que, de cualquier manera, nosotros allí entramos en la cuestión más compleja y más difícil de ser resuelta, que es la cuestión de la naturaleza de la democracia en América del Sur, o de las democracias en América del Sur en el momento actual. Eso va a apuntar directamente a uno de los temas que aparece con cierta frecuencia en el debate actual, que es la cuestión de la llamada calidad de la democracia. A mí no me gustan las tipologías. Me acuerdo siempre de un epistemólogo francés que decía que las tipologías son excelentes para ser destrozadas. Bueno, pero de cualquier manera voy a hacer un pequeño intento de tipología con todos los riesgos que eso pueda traer para tratar de mostrar que hay una diferencia en las experiencias que están ocurriendo en la región, que esa diferencia no está cristalizada y que hay procesos que se están desenvolviéndose con una cierta rapidez y yo diría que, en algunos casos, con una cierta imprevisibilidad. Los países del Cono Sur, que fueron sometidos a dictaduras largas y crueles: Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, fueron países que, cuando rompieron con sus dictaduras, hay que decir que en ningún caso hubo una ruptura de tipo revolucionaria o más radical. Fueron mucho más transicionales: en Chile un referéndum; en Uruguay un referéndum; en Argentina una maniobra política después de la frustración de la aventura en Las Malvinas; en Brasil una transición parlamentaria; en Paraguay un golpe militar realizado por las fuerzas mismas del régimen, lo que explica incluso la lentitud de la transición en ese país. Esos países trataron de recomponer sistemas políticos en cierta medida semejantes a los que tenían antes de la interrupción del orden. Yo digo “semejantes” no en lo que se refiere a la composición de las fuerzas políticas, sino en lo que se refiere al formato de las instituciones, de alguna manera. Bueno, la evolución de eso estuvo en gran medida sometida a un tema que quiero después tratar rápidamente, pero que me parece de fundamental importancia y que el Canciller también aquí lo mencionó, que es un poco la relación entre democracia económica y social y democracia política, porque me da la impresión que algunos problemas que enfrentaran países, sobre todo Argentina, Uruguay también, y Brasil en menor medida pero lo enfrentó también, estuvieron directamente vinculadas a las opciones políticas y económicas que esos países eligieron.


De cualquier manera, a groso modo las dos décadas que siguieron a la caída de los regímenes militares, o las tres décadas, en esos países fueron configurando concretamente regímenes políticos más previsibles. Eso no excluye que en algunos de esos países hoy día puedan estar operando nuevas realidades políticas. Yo creo que, por ejemplo, en el caso de Chile, hay sin duda un agotamiento del proceso de transición tal cual nosotros lo conocimos; y hay transformaciones que se anuncian, incluso a partir de reformas institucionales que aumentaron, como la del Colegio Electoral del país que produjo nuevos actores. Puede ser que ese problema pueda dibujarse en Argentina. Rafael Follonier nos dirá si sí o no. El Brasil no está excluido, aunque no haya señales claras hasta el momento actual. Pero sí hay señales de desdibujamiento del cuadro político partidario que se siguió al final de la dictadura y una imposibilidad de prever cuál será el cuadro político partidario que surgirá. En otros países, sin embargo, y pienso aquí concretamente en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, vemos fenómenos muy distintos. Son en primer lugar economías distintas de las que nosotros mencionamos anteriormente, economías muy centradas en la producción mineral, economías que por las políticas impulsadas por sus gobernantes durante décadas, tenían un claro matiz rentista y en el cual la apropiación del excedente económico se transformaba en una cuestión de gran importancia. Algunos de esos países, creo que Venezuela es el caso típico, pudo lograr una cierta estabilidad porque tenía un excedente económico importante. Y aunque ese excedente fuera distribuido esencialmente hacia arriba, siempre quedaba algo para distribuirse hacia abajo. Hasta el momento en que esos modelos entraron en crisis por varias razones. En el caso de Venezuela me parece evidente que fue en febrero del 89 que se dio una brutal señal de que el modelo no funcionaba más y que la democracia perfecta de América del Sur no tenía más posibilidad de desarrollarse. El Caracazo inicia un largo periodo de inestabilidad: tenemos intento de golpe de Estado, la destitución constitucional del Presidente Carlos Andrés Pérez, el desdibujamiento del sistema de partidos que existía, la elección de Chávez y todo lo que sigue, incluso un golpe de Estado para tratar de echarlo abajo. Razón por la cual no me parece justo decir que Chávez es un factor de inestabilidad para el país, sino que Chávez es la consecuencia de un proceso más largo de inestabilidad más allá del juicio que uno pueda hacer de su gobierno, sus propuestas y sus características. En el caso de Bolivia, nosotros también tuvimos un larguísimo periodo de inestabilidad política. Yo siempre digo que en los cuatro años del gobierno de Lula estuve unas catorce o quince veces en Bolivia, casi siempre en misiones que ocurrían en situaciones de crisis. Converse con cuatro presidentes distintos en cuatro años y asistí a la caída de dos de ellos.


Sin embargo, después de eso, en el segundo periodo de Lula, yo estuve siempre reunido con el mismo presidente. Entonces, había ahí factores de inestabilidad muy grande. El caso de Ecuador también es conocido: ocho presidentes en diez años. ¿Que significa esa inestabilidad y que viene después para que hagamos una reflexión sobre el fenómeno de la democracia? Yo creo que significa concretamente el ingreso de nuevos actores en la vida social; es decir, la ampliación del espacio formal suscitó la necesidad de una reforma de las instituciones. No es casualidad de que en esos tres países que mencioné se haya planteado de forma aguda el tema de la constitución de un nuevo orden para el país. Hubo constituyente en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia. Claro está que ese fenómeno obedece a varias lecturas. Aquí yo quiero introducir un tema que me parece importante aunque no sea objeto de una discusión actual. Los fenómenos que están ocurriendo en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, y que en cierta medida podrían tener efecto en Perú y otros países; son muchas veces caracterizados como proyectos antidemocráticos porque estarían dominados por una doble perversión: la perversión populista y la perversión nacionalista. Yo creo que, en primer lugar, en lo que refiere al nacionalismo, hay sin duda una visión totalmente europea de lo que significa el nacionalismo en nuestra región, sea en lo que se refiere a su relación con la democracia, sea en lo que se refiere a su relación con el tema de la integración. El nacionalismo en Europa tal y como lo conocimos en el siglo XX es un fenómeno esencialmente antidemocrático y anti integración. Pero es verdad que la integración que surge desde la Europa de los seis hasta hoy día en la Unión Europea, es un intento de responder, de evitar la repetición de una crisis casi cíclica que Europa estaba lidiando el pasado. Es verdad también que las amenazas que hay al funcionamiento de la Unión Europea son amenazas de naturaleza autoritaria y nacionalistas. El nacionalismo en Europa es Hitler, Mussolini, Franco, Salazar, son los regimenes conservadores y autoritarios de Europa Central. En el caso de América del Sur no es así. Puede haber convivencia entre el nacionalismo y regímenes que no se guían concretamente a los cánones de una democracia liberal, pero siempre hubo una apertura muy grande de esos regímenes hacia procesos integracionistas. Desde la primera, quizá, manifestación de ese proceso que fue la del peronismo en Argentina, que siempre se planteó como proyecto de integración de Argentina y de integración de América del Sur; hasta manifestaciones, digamos, más recientes como Chávez, como otros países, que tienen, digamos, políticas claramente nacionalistas y a la vez políticas integracionistas. Eso nos llevaría obviamente a constelaciones más importantes sobre la naturaleza del nacionalismo, y claro que los peruanos de hoy día tienen un presidente que fue elegido de


un partido nacionalista, que puede especificar de forma clara como un nacionalismo no es anti-integracionista, y menos aún autoritario. Lo que sí, el nacionalismo planteó en el pasado y planteó más recientemente, es el problema del fortalecimiento del Estado. Porque es fundamental que políticas nacionales, políticas de integración nacional e incluso políticas de integración regional cuenten con un Estado fuerte y no con un Estado debilitado como se planteó tantas veces. Esas políticas están ganando peso en América del Sur y no sólo en los países que mencioné, sino en todos los países. Ellas no significan concretamente una contradicción contra el Estado democrático y de derecho. No lo creo. Obviamente hay tensiones, pero no creo que nosotros tengamos eso, porque el Estado democrático, en realidad, debe ser el resultado de una determinada fuerza en la sociedad. Recientemente leí un artículo de Ernesto Laclau sobre la situación argentina que me gustó mucho, porque coincidía en gran medida con las buenas reflexiones que hice acá sobre la situación de otros países. Mostraba concretamente que no puede haber ni desprecio a las instituciones del Estado democrático y de derecho, ni fetichización de sus instituciones, diciendo que esas instituciones siempre son la cristalización de movimientos en la sociedad a partir de una idea. No lo dice él, lo digo yo y me parece fundamental para entender el tema de democracia: que ésta no es solamente el Estado democrático y de derecho, sino que es también la posibilidad de crear un espacio social en el cual se van creando nuevos derechos. Por lo tanto, la democracia no es simplemente un valor fijo, sino que es un proceso en el cual se van agregando constantemente nuevas demandas y nuevos problemas. Eso implica también el hecho que está a la orden del día, no sólo por razones de naturaleza doctrinaria sino de naturaleza evidentemente práctica: que un Estado sometido a tensiones sociales tan fuertes, tan importantes que reflejan cambios en nuestra sociedad, es un Estado que también tiene que pasar por reformas muy importantes. Reformas de sus instituciones, de sus sistemas electorales, de los mecanismos de consulta a la sociedad, de la estructura de los partidos para enfrentar cuestiones, no sólo, de su eficacia, de su representatividad, sino para enfrentar también usurpaciones significativas como es el caso el tema de la corrupción de una manera general. Avanzo para concluir, llamando la atención sobre otros temas que me parecen fundamentales y que deben estar presentes en una agenda de la democracia en América del Sur: el tema de los Derechos Humanos, por supuesto, pero hay un sentido bastante amplio, englobando situaciones muy particulares que tienen una incidencia muy fuerte sobre el funcionamiento, no tanto del Estado democrático, sino de la sociedad democrática. La situación de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, en fin. De los presos en general, preso políticos ya no los hay más, pero la situación de los presos es una situación grave, que tiene una dimensión política tremenda.


Mencionamos aquí, anteriormente, la cuestión de la democracia, de la relación dialéctica, por así decirlo, entre la democracia económica y social y la democracia política. Quiero insistir sin descalificar, ni mucho menos especificar, en que hay que entender concretamente que la democracia política no puede prosperar si nosotros no tenemos avances significativos y perspectivas ampliadas en lo que se refiere a la democracia económica y social. Finalmente enfrentamos, y quiero tratar dos últimas cuestiones, dos temas que me parecen de gran relevancia: ¿Cómo puede garantizarse en nuestra región la democracia y su expansión, su consolidación, que es una consolidación siempre con expansión, cuando esa democracia enfrenta lo que se llama muchas veces poderes fácticos? El peso del poder económico, el peso de la violencia, de la criminalidad que en algunos de los países tiene un rol importante; obviamente no podemos ocultar el tema de los medios de comunicación, aunque eso parece un tabú. No se puede discutir el tema de los medios, porque siempre que se discute se dice que se está tratando de establecer la censura. No, no hay necesariamente y no debe haber afán de censurar a los medios. Pero tampoco se puede ocultar que los medios, tal como existen hoy día, representan muchas veces un instrumento de distorsión de la política, sobre todo en los países en que los partidos están en crisis. Muchas veces los medios ocupan completamente el rol de los partidos políticos. Y nosotros tenemos otros fenómenos que obviamente no tienen la misma incidencia en todos los países, como es el papel de las iglesias, en muchos casos también jugando el rol de los partidos. No quiero para nada descalificar este rol, simplemente llamar la atención. Y finalmente quiero mencionar algo que me parece importante también. Es de fundamental importancia que nosotros pensemos en la democratización de la relación entre Estados en la región. Yo sé que eso involucra siempre una cuestión muy compleja, que es una cuestión difícil de tratar desde el punto de vista teórico. Es mucho más difícil, muchas veces, tratarlo desde el punto de vista práctico. Vale decir, la cuestión de la compatibilización de los procesos de integración con la manutención de la soberanía nacional. Pero me parece de cualquier manera que una perspectiva multilateral es de gran relevancia para el proyecto de integración. Muchos han dicho que el multilateralismo en el ámbito global o en el ámbito regional tiene el mismo valor que la democracia representativa en el ámbito nacional. Pienso en ese sentido que UNASUR y un Centro de reflexión para los problemas de la democracia, debieran dar una importancia muy grande a ese tema, a la creación de instituciones que nos permitan concretamente enfrentar temas relacionados con la democratización de las


relaciones entre los Estados. Eso pasa, entre otras cosas, por la resolución de conflictos regionales por instancias regionales. Nosotros tenemos algunos conflictos todavía en la región, conflictos entre Estados. Conflictos históricos resultantes por ejemplo de la Guerra del Pacífico, conflictos más regionales, conflictos puntuales. Creo que UNASUR tuvo la inteligencia de crear por lo menos dos instancias y debiera darles más consistencia para enfrentar ese tema: el Consejo de Defensa Sudamericano, que tiene el mérito de crear una reflexión regional sobre los problemas de las regiones y por lo tanto sacar a América del Sur de una problemática que no era suya y que tenía un peso muy negativo sobre nosotros; y ese Consejo de Lucha contra las Drogas, que está menos constituido y que también nos permitiría tener una política regional para el tratamiento de ese problema, con consecuencias muy positivas – a mi juicio – sobre el enfrentamiento al incremento de la criminalidad y de la violencia. Nosotros tuvimos ejemplos positivos de primeros intentos de resolver conflictos. Aquí está Rafael Follonier que participó junto con el Presidente Kirchner de las negociaciones entre Colombia y Venezuela, que fueron negociaciones conducidas por UNASUR, y que permitieron que una zona de tensión muy intensa se haya transformado hoy día en una zona de acuerdo. De tal manera que vimos con gran satisfacción que Venezuela hace parte de los garantes que van a participar en las negociaciones del gobierno colombiano con las FARC. Ese es un ejemplo extremadamente positivo de mediación en un proceso de integración en un conflicto puntual, un conflicto que tenía una perspectiva muy difícil. Por otra parte, no creo que sea un buen ejemplo para un proceso de integración que un diferendo entre Perú y Chile o un diferendo entre Argentina y Uruguay tenga que ir a La Haya, porque no tenemos aquí nosotros mismos una instancia para la resolución. Yo quisiera agradecer esta oportunidad, pedirles excusas por la forma un poco desordenada en que me presenté. En realidad el Canciller me avisó con poca anterioridad. Yo tenía la intención de traer un texto escrito, quedo con la promesa de, a partir de esta discusión, poner en el papel de forma más ordenada y sistematizada esas cuestiones. Pero les digo que me parece que si nosotros estamos pensando efectivamente en llevar adelante un proceso de integración – y creo que es fundamental en función de los retos que el mundo está llevando hoy día y lleva por delante – me parece que la constitución de eso que Lula llamaba “doctrina”, llamémosle cualquier cosa, es la concepción de integración que vaya más allá de los datos económicos y sociales y que pueda incorporar un sustrato político y cultural, me parece un elemento fundamental. Creo que en ese sentido, el tema de la democracia ocupará un lugar fundamental; ocupará un lugar fundamental no solo por su vigencia, su relevancia, sino también por la capacidad que nosotros tengamos de aportar


a ese concepto de democracia una realidad, que es una realidad importante en el mundo hoy día, que es la realidad de América del Sur. Las discusiones sobre la democracia, hasta ahora, estuvieron muy empapadas por experiencias históricas de gran relevancia, el Canciller las mencionó acá. Pero nosotros también tenemos hoy día experiencias que son importantes, y son importantes en una región que es importante porque el mundo está cambiando y América del Sur debe, concretamente, pensar cuál es el lugar que va a ocupar en ese mundo, y para eso la reflexión es fundamental. Gracias.


Exposiciòn del Sr. Marco Aurelio Garcìa