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[Fragmento] Apuntes sobre el ejercicio de traducir Cecilia A. Vietri El mundo de la palabra es apasionante. Desde tiempos inmemoriales la palabra fue fuente de comunicación, de expresión creativa, de cultura y de transmisión de saberes de todo tipo. Muchos se refieren a la actividad del traductor como a una aventura en el campo de la cultura, como un puente entre culturas o en palabras de Borges “la más humilde de las tareas literarias”, quizá porque el nombre del traductor pasa desapercibido frente al nombre del autor, o quizá porque lo ideal es que el original y la traducción sean “un mismo texto” y entonces el trabajo de “acercamiento” (de unión entre ambos lados del puente) a cargo del traductor resulte casi invisible o imperceptible a los ojos del lector.

No obstante, tal y como explica Borges en su Nota sobre Ulises en español, publicada en Los Anales de Buenos Aires, Buenos Aires, año I, n.º 1, 1946:

«No soy de aquellos que juzgan que místicamente toda traducción es inferior al original. Muchas veces he sospechado, o he podido comprobar, lo contrario. (...)».

Sin dudas, traducir es un ejercicio intelectual y cultural apasionante. La curiosidad es a mi criterio una de las características que hacen a la esencia del traductor. Quien traduce, busca. Quien busca, va abriendo puertas, ventanas, cajones y despensas; se adentra en recovecos impensados, salta desde un área del saber a otra con una ductilidad que sorprende. El texto lo va llevando por innumerables caminos, como quien atraviesa un doble laberinto de cultura, palabra y normativa, hasta llegar a una respuesta, al otro lado del puente.

Cualquier tipo de traducción, incluso la legal, implica el ejercicio de la creatividad pero por sobre todas las cosas, la búsqueda infatigable.

(…)

Apuntes sobre el ejercicio de traducir  

Fragmento

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