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Mamá abrió la puerta otra vez, se frotó los ojos y volvió a mirar hacia la jaula, donde la abuela observaba la calle desde su columpio. —La abuela se ha vuelto insignificante como una golondrina. Ya no podéis oírla. Os lo he dicho un montón de veces, pero no os enteráis. Se desplomaron en el sillón de la sala como un par de deshuesados. —No os preocupéis, está contenta. Siempre ha querido tener un columpio y unas jardineras para sus tomates enanos. —Estará enfadada —se quejó papá, como si no me hubiese oído.

Cuentos Coeducación 2  
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Cuento Coeducación

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