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Cuando amaneció, la niña realizó a toda prisa sus tareas y, mientras esperaba a que terminase de cocerse el pan en el horno, decidió que no quería que el enfado de su amigo durase más. Dejó el pan enfriándose en la ventana y corrió hacia casa de Graco para levantarlo del suelo y sacarlo de allí, para gritarle que se dejase de tonterías, que una flor, por muy bonita que fuese, no merecía semejante disgusto. Pero no lo encontró triste, sino silbando una canción y enfrascado en su mesa de trabajo. Se acercó por la espalda y miró por encima de su hombro. Graco había vuelto a formar la flor con arena rojiza, de la que se extendía por la falda sur de la montaña y le estaba añadiendo los detalles: pequeños estambres que asomaban en el centro y granitos de arena blanca, de la que brillaba en el fondo del río, que semejaban las gotas del rocío de la mañana.

Cuentos Coeducación 2  
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Cuento Coeducación

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