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provenientes de Europa y en especial de España con los usos locales, incluso y con un cierto sentido del humor hacen aparecer al Cid Campeador como una especie de médico versado en pócimas salutíferas. Lugar especial ocupó la Biblia. En el Ixil se vierten al maya en alfabeto hispánico extensos pasajes del Génesis y muy al por menor del Éxodo. Tómese en cuenta que todavía en los primeros siglos coloniales, la jerarquía católica por medio de su brazo censor, el Tribunal de la Inquisición, veía con malos ojos el uso de los textos sagrados en idioma diferente al latín. El rebelde Lutero había dado la pauta al traducir la Biblia al alemán y ponerla a disposición de cualquier creyente; en España o en sus posesiones americanas estos ejercicios eran reputados como peligrosos, a menos que fueran objeto de un riguroso escrutinio eclesial. Los mayas tomaban sus riesgos y a partir de esa avidez por la lectura y por escuchar los textos que les eran leídos, como posiblemente lo practicaron desde inmemoriales tiempos, inclusive poseían la astucia para leer entre líneas y así la salida de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y la búsqueda de una Tierra Prometida narrada en el Éxodo y traducida al maya en el Ixil «puede haber expresado las expectativas de los mayas de liberarse del dominio político español, sus abusos y tributo» cita Laura Caso Barrera en su introducción al Chilam Balam de Ixil. Encontramos, como podemos ver, la lengua y la cultura indígena en estrechos nexos con la lengua y cultura hispánicas en las aulas universitarias, en el acontecer y convivencia cotidiana, en las enseñanzas y expectativas a futuro surgidas de textos sagrados, en los recetarios medicinales. Pero la situación cambió a partir del siglo XVIII. El dominio español, bajo la influencia de la francesa Casa de Borbón, se volvió más colonialista y esto significó, entre otras cosas, acentuar la superioridad cultural de las metrópolis europeas comparadas con las incipientes culturas sometidas, colonizadas. No en vano es el siglo XVIII el de la consolidación y surgimiento de las Academias de la Lengua con su rol de reglamentar y supervisar el idioma. En este sentido, también y bajo esta óptica, las europeas ―el francés, el español― eran lenguas propiamente dichas, bien estructuradas y constituidas; lo demás, todo aquello que por ejemplo se hablaba entre los pueblos americanos originales eran simples dialectos, mínimamente constituidos y estructurados. Esta tendencia fue heredada y adoptada por las nacientes repúblicas latinoamericanas, a partir de su independencia. En su justificado afán por establecer y defender una soberanía nacional también se tomó de los europeos el afán por darle unidad a la nación, uniformando los contenidos de su identidad. Así se instala el concepto de idioma oficial, que dentro de la perspectiva mencionada no podía ser otro que el español. Ya los Borbones, en el siglo XVIII, habían prohibido la enseñanza de otra lengua aparte de la española, gran contraste con el plan de estudios del siglo XVII en la Universidad de San Carlos o con los intentos de hacer del nahua una especie de lengua franca para todo el istmo. La escuela pública republicana, con una andadura llena de iv

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