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CENTENARIO 1913—FEBRERO—2013

Ruta Mario Benedetti Murió Chinua Achebe Pablo Neruda en mi memoria Premios Pichincha 2012 Bonpland y la Floresta americana1


Joaquín Pinto 2

Álbum Particular Libro y exposición, Museos de la CCE.


editorial

Poeta de las manos

C

ómo no recordarlo ahora que ya se han cumplido 100 años de su nacimiento, allá en su Loja natal, la misma ciudad de Benjamín Carrión, quien dijo hace muchos años: «... en los cuadros de Kingman se oyen gritos y gemidos». Por eso me permito rescatar estas palabras mías escritas también hace algunos años: Salgo de casa y es como si saliera de un gran abrazo. Me quedo con el olor a espiga, a pan fresco, a aquellas tahonas que apenas están en el recuerdo. Pienso que Lewis Carrol llevó de la mano a Alicia por todos estos rincones del pintor. La hizo golpear el campanario, entrar por esa puerta diminuta que la conduciría de golpe al alma del artista ecuatoriano, a su voz pequeña que dice desde la buganvilla: la belleza es una magia espiritual y el hombre puede o no captarla, sugerir es el camino del pintor. Pienso que la condujo al dormitorio de la Soledad (más soledad sin ella), al colorido alegre, vivo, tierno de sus paredes, a aquellos cuartos de minucias y detalles sutiles como la vida, de reminiscencias y voces, de presencias y ausencias; a ese comedor donde hay un confesionario para mejores utilidades, a esos patios donde la mirada se triza como papel celofán. Alicia acariciaría entonces la sencillez que como un gato da brincos por toda la casa, esa presencia pura, diáfana, cordial, que no tiene rostro, ni manos, ni ojos, y que, sin embargo, nos toca por sobre el hombro, nos mira, nos alumbra, y luego de ese contacto estremecido, se metería por el túnel de la charla con aquel viejo que piensa a colores y miraría sus cuadros, donde permanece viva la sensibilidad prodigiosa, la actitud diaria, cotidiana, de la gente sencilla de nuestros pueblos, ese figurativismo cuyo trazo fuerte, ágil, mineral, capta la esencia del espíritu, su actitud más profunda, su hermandad con la tierra y los elementos naturales. Cuadros que son como atravesar el espejo para llegar por fin a lo que somos, cuadros que parecen alumbrados por aquello que diría Martí a los pintores mexicanos: «copien la luz en el Xinantécatl y el dolor en el rostro de Cuauhtemotzin, hay grandeza y originalidad en nuestras historia: hay vida original y potente en nuestra escuela de pintura». Kingman, entonces, buceador de nuestra serranía, poeta de las manos que se sacuden y gritan, de los rostros aindiados y bronceados por el sol del mestizaje, pintor de la ideología que define al hombre, viejo trabajador sencillo como el agua o como aquel panadero que le legó su casa. Porque también, y más que todo, el artista es su casa y es su patria.

número tres • mayo 2013 Presidente

Raúl Pérez Torres

Vicepresidente

Gabriel Cisneros Abedrabbo

Director de Publicaciones Patricio Herrera Crespo

Editores

Paúl Hermann Violeta Luna Patricio Viteri

Edición de textos Katya Artieda

Diseño

Tania Dávila

Colaboran en este número:

Lucía Lemos, Antonio Correa Losada, María Eugenia Paz y Miño, Nicolás Kingman, Juan Carlos Moya, Paulina Simon Torres.

Portada

Eduardo Kingman, Penumbra, óleo sobre tela, 1981. Museo CCE. Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Dirección de Publicaciones Av. Seis de Diciembre N16–224 y Patria Telf.: 2 565808 Ext. 426 gestion.publicaciones@cce.org.ec www.cce.org.ec Quito–Ecuador.

casapalabrascce @casapalabrascce casapalabrascce@gmail.com

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índice

3 22 Revisamos el andar literario del escritor español José Ovejero, por estos días el ganador de una nueva edición del Premio Internacional de Novela Alfaguara.

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Ante la muerte de Chinua Achebe, padre de la literatura moderna africana, Patricio Viteri Paredes nos lleva a recorrer su vida, trayectoria y propuestas fundamentales.

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La catedrática universitaria y estudiosa de nuestra literatura, Lucía Lemos, ofrece su lectura sobre Disquisiciones y divagaciones, el más reciente libro de ensayos de Víctor Ivanovici.

El poeta Antonio Correa Losada recuerda a Pablo Neruda comentando Arte de pájaros, poemario que el premio Nobel escribió cuando tenía sesenta años de edad.

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Violeta Luna continúa ofreciendo homenaje de gratitud y respeto a aquellas poetas que si bien han contribuido a engrandecer el Ecuador literario, han permanecido en el olvido. En este número: Aurora Estrada y Ayala.

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15 La escritora María Eugenia Paz y Miño nos habla de la mágica relación que tiene la palabra con los reinos mineral, vegetal y animal. Una poética del lenguaje.

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Presentamos uno de los relatos de Fuerzas ficticias, libro de Andrés Cadena, ganador del Premio Pichincha de Cuento 2013.

Paúl Hermann atraviesa el Río de la Plata y llega a Montevideo para conocer los lugares que acogieron a Mario Benedetti, así como aquellos que constituyeron los escenarios de sus personajes.

32 El escritor y periodista Juan Carlos Moya nos acerca a los universos ficcionales de tres escritores fundamentales de nuestras letras: Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa.

37 Rememoramos al compositor Richard Wagner, a 200 años de su nacimiento, con un texto que habla de su vida y sus inmortales composiciones.

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Recordamos a nuestro inmenso Eduardo Kingman al conmemorarse el primer centenario de su nacimiento, con palabras de su hermano Nicolás y de Benjamín Carrión.

Algunos poemas de Lumínica y otros delitos, poemario de Juan Carlos Miranda que obtuvo el segundo lugar en el Premio Pichincha de Poesía 2013.

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Patricio Herrera Crespo presenta el manuscrito Floresta americana, del sabio francés Aimé Bonpland. Joya bibliográfica de Ecuador y América, que se encuentra en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo.

38 La especialista en cine Paulina Simon Torres comenta en esta ocasión la filmografía de Montxo Armendáriz a propósito de los festivales de la Cinemateca Nacional.

Ofrecemos una sentida despedida a Filoteo Samaniego, leyendo su poesía y revisando su fructífera trayectoria vital.

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variaciones

José Ovejero

y la invención del amor

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l escritor español José Ovejero (Madrid, 1958) ha ganado la XXI edición del Premio Alfagura con La invención del amor, novela que circulará a partir de mayo y que narra la historia de Samuel, madrileño de cuarenta años de edad que se enamora de una mujer que ha muerto. Para dotar de espesor al ser amado, el protagonista debe romper las barreras de su mundo privado y asomarse a la España actual. Según la editorial, esta novela de misterio para solteros en crisis, tiene grandes dosis de suspenso y hurga en la soledad, el amor y la capacidad que tenemos las personas para reinventarnos y auntoengañarnos. En esta ocasión, el jurado estuvo presidido por Manuel Rivas y conformado por Annie Morvan, José María Pozuelo Yvancos, Jordi

Puntí, Xavier Velasco, Antonio Ramírez y Pilar Reyes (con voz pero sin voto). Se presentaron a concurso 802 manuscritos de 19 países. 342 de España, 133 de México, 99 de Argentina, 61 de Colombia, 34 de Estados Unidos, 28 de Chile, 23 de Venezuela, 19 de Ecuador, 18 de Perú, 9 de Guatemala y Honduras, 8 de Costa Rica, Panamá y Nicaragua, 8 de Bolivia, 7 de El Salvador, 7 de Uruguay, 4 de Paraguay y 2 de Puerto Rico. El escritor español recibirá 175.000 dólares (130.000 euros) y, como ya es tradición, una escultura de Martín Chirino, pero, sobre todo, la posibilidad de llegar al mercado lector de toda Hispanoamérica. José Ovejero es licenciado en Geografía e Historia, y aunque vive en Bruselas desde 1988, pasa tem-

poradas en Madrid. Entre 1988 y 2001 trabajó como intérprete; colabora con diversos medios de comunicación, dicta conferencias a nivel internacional y ha dirigido talleres de escritura en Carleton College, Berkeley, y en la Casa Biblioteca Concha Meléndez, de Puerto Rico. Ha publicado: Escritores delincuentes, y la colección de relatos en audiolibro La España que te cuento y el Libro del descenso a los infiernos. Ha recibido los premios Primavera de Novela (2005), por Las vidas ajenas; Ciudad de Irún (1993), por Biografía del explorador; Grandes Viajeros (1998) por China para hipocondríacos, y el Anagrama de Ensayo (2012) por La ética de la crueldad, trabajo del que hemos seleccionado un segmento: 3


La ética

de la crueldad José Ovejero

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scritores como Flaubert o Baudelaire buscan el horror porque la vida burguesa les aburre, les resulta inhumana. Lo humano es el riesgo. La locura es preferible a una normalidad que sólo puedes obtener mediante la amputación de tus impulsos más íntimos. Y si miras esa normalidad desde el exterior, el absurdo se vuelve evidente. Beckett se esmera en mostrárnoslo sin tapujos. Vivimos instalados a la espera de algo o alguien que nunca llegará. Si Godot hubiese llegado, aunque nos decepcionara siendo más simple o más débil o más mezquino de lo que imaginaban, daría un sentido a la existencia de los personajes, podrían confrontarse con él, justificar su vida anterior en ese enfrentamiento. Pero Godot no es el Mesías. Ni siquiera está claro que haya alguien llamado Godot. Vivir es entonces esperar a pesar de todo, y por ello absurdo, con lo que el autor certifica el sinsentido de la existencia cotidiana. Pero si nada tiene sentido, ¿para qué escribir? Que responda Kafka, el metafísico de lo absurdo: «El mundo monstruoso que tengo en la cabeza. Pero cómo liberarme y liberarlo sin des-

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garrarme. Y prefiero mil veces desgarrarme a contenerlo o enterrarlo dentro de mí». El escritor, quizá pecando de ingenuo, busca la salvación en la expresión atormentada de la realidad, igual que el místico la busca en la mortifica-

Lo humano es el riesgo. La locura es preferible a una normalidad que sólo puedes obtener mediante la amputación de tus impulsos más íntimos. ción. Ésa es la única posibilidad, desgarrar y desgarrarse, asomarse al mundo monstruoso. Puede que la crueldad no nos acerque a la sabiduría, pero al menos nos aleja de la estupidez —¡no es poca cosa!—. Al fin y al cabo, la utilidad de la literatura no se encuentra en las informacio-

nes que nos aportan, y sean sobre la sociedad madrileña del siglo XIX o sobre el trabajo infantil en la India o sobre la Revolución Cubana de 1958. Si la ficción nos enseña algo lo hace a través de la emoción estética, y ese algo es mucho más amplio que el supuesto mensaje del autor: la famosa escena en El acorazado Potemkin, en la que un cochecito de bebé rueda escaleras abajo mientras descienden, aplastándolo todo los soldados del zar, podría haberse rodado igualmente para denunciar las masacres stalinistas o las cometidas en Argelia por las tropas francesas. Su valor es que nos acerca a una emoción que no depende de los deseos del autor de denunciar la brutalidad de un determinado régimen político, de una época o una ideología; aprendemos algo sobre el mundo, sobre la fuerza ordenada e inhumana del poder, y también sobre nuestra capacidad de empatía y cómo se puede manipular ésta. Provocar en el lector una emoción fuerte que al mismo tiempo implique su juicio, su reflexión, generar en él sentimientos contradictorios, es una forma de invitarlo a cambiar.


actualidad

Murió

Chinua Achebe padre de la literatura moderna africana

Patricio Viteri Paredes

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n Boston, el 21 de marzo de 2013, falleció Chinua Achebe, el escritor nigeriano que con su primera novela, Todo se desmorona (Things Fall Apart, 1958), transformó el panorama literario de África. Nació en 1930, en Ogidi, pueblo igbo del sur de Nigeria, durante el apogeo del gobierno colonialista británico. Creció dentro de las tradiciones africanas y el protestantismo occidental de sus padres. Su formación transcurrió en establecimientos educativos modelados al estilo británico, donde leyó a los más importantes autores de la literatura universal. En 1953 se graduó en teología, historia e inglés, en la Universidad de Ibadan. Se trasladó a Lagos, en 1954, para trabajar en la Radio Pública Nigeriana como guionista; dos años después viajó a Londres para especializarse en la BBC. A su regreso a Nigeria, Achebe continuó escribiendo su primera novela, que fue publicada en Inglaterra. Fue en la universidad donde se dio cuenta de la visión tergiversada, retorcida y racista que tenían los intelectuales occidentales sobre África, y esto le impulsó a concebir Todo se desmorona (cuyo título es de un verso de Yeats) para dar su versión desde adentro de su pueblo, desde el África profunda que sufrió en carne viva la colonización

británica y la destrucción de sus culturas. Un personaje de la novela resume ese sentir: «¿Entiende el hombre blanco nuestras costumbres sobre la tierra? ¿Cómo podría, si ni siquiera habla nuestro idioma? Pero él dice que nuestras costumbres son malas; y nuestros propios hermanos, que han adoptado su religión, también nos dicen que nuestras costumbres son malas... El hombre blanco es

muy astuto. Vino de forma tranquila y pacífica con su religión. Nos divertía su insensatez y le permitimos quedarse. Ahora él se ha ganado a nuestros hermanos y nuestro clan ya no puede actuar como uno solo. Ha metido un cuchillo entre las cosas que nos mantenían juntos y nos hemos derrumbado». Y a través del libro una sensación de tragedia in crescendo envuelve a Okonkwo, el personaje


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principal, agricultor y guerrero igbo. Luego de que le desterraran de su pueblo, durante siete años, por haber matado accidentalmente a un miembro del clan, regresa y se da cuenta de que los misioneros ya han dividido a la población y que el gobierno colonial había masacrado a todo un pueblo cercano por haber matado a un hombre blanco. Como si tuviera una premonición, les dice a los jóvenes de la tribu: «En cuanto a mí, tengo poco tiempo de vida... Pero temo por ustedes los jóvenes porque no entienden cuán fuertes son los lazos de la familia. Ustedes no saben lo que es hablar con una sola voz. ¿Y cuál es el resultado? Una religión abominable se ha instalado entre ustedes. Ahora un hombre puede abandonar a su padre y hermanos. Puede maldecir a los dioses de sus padres y de sus ancestros, como el perro de un cazador que de pronto se pone rabioso y ataca a su amo. Temo por ustedes, temo por el clan». Pero el colonizador ya había cercado a todos los pueblos nigerianos con la religión, las armas poderosas, los mercenarios de otras regiones, la justicia occidental y la educación alienante. Todo estaba perdido, todo se caía a pedazos... Más de diez millones de ejemplares de Todo se desmorona se han vendido en el mundo. Fue traducido a 50 idiomas y es el libro de lectura obligatoria en África. En 1960 publicó Me alegraría de otra muerte (No Longer at Ease), ambientada en Lagos, capital de Nigeria. Se casó al año siguiente y tuvo cuatro hijos. Obtuvo una Beca Rockefeller y viajó durante seis meses por África Oriental, y en 1962, con una beca de la Unesco, partió a Estados Unidos y Brasil. Su tercera novela, La flecha de dios (Arrow of God), se publicó en 1964 y en ella retoma la destrucción de la cultura de un pueblo por

medio del cristianismo y la administración colonial británica. Desde fines del siglo XIX las potencias europeas se dedicaron a invadir y dividir las tierras africanas y sus pueblos: crearon países y reinos ficticios, alentaron las guerras entre clanes opuestos y cruentamente se apoderaron de todo el continente negro. Y así lo plantea uno de los colonizadores: «¿Qué hacemos nosotros los británicos? No sólo prometemos afianzar a viejos tiranos salvajes en sus tronos —o más bien sus apestosas pieles de animales—, no sólo hacemos eso, sino que nos tomamos el trabajo de inventar jefes donde antes no los había». El estilo de Achebe mezcla la gran tradición oral africana con el excelente manejo del inglés, la introducción de términos del idioma igbo y las técnicas narrativas occidentales. Los proverbios populares se repiten, a veces reiteradamente, y las costumbres ancestrales y los ritos se describen desde dentro. Nadine Gordimer (premio Nobel 1991) califica a estas obras de ficción como «una síntesis original de la novela psicológica, el monólogo interior joyceano y el posmoderno rompimiento del tiempo. Es un escritor que te hace reír y te deja sin aliento por el horror —es un escritor que no tiene ilusiones, pero no está desilusionado—». En la siguiente novela, Un hombre del pueblo (A Man of the People, 1966), Achebe predijo el golpe de Estado y la guerra civil nigeriana en la sureña región de Biafra, en donde se refugió con su familia. Aceptó el cargo de embajador de Biafra y viajó a Europa y Estados Unidos para apoyar la secesión. La guerra terminó con la rendición de Biafra en 1970 y el escritor volvió a Nigeria para trabajar como profesor de la Universidad Estatal. Se debe recordar que durante esta conflagración, otro escritor nigeriano, el premio


Nobel 1986, Wole Soyinka, fue encarcelado durante dos años por los militares de su país. En 1972 publicó su libro de cuentos Chicas en guerra (Girls at War) y poco después emigró a Estados Unidos para enseñar en la Universidad de Massachusetts. En 1975 dio su ya famosa conferencia criticando el libro El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (el escritor polaco que escribía en inglés), en la cual lo calificaba de «maldito racista» y porque en esa famosa novela, «África es sólo un escenario y el telón de fondo que elimina al africano como factor humano. África es un campo de batalla metafísico desprovisto completamente de una humanidad reconocible, en el cual el europeo errante entra por su cuenta y riesgo». Esta diatriba en contra de Conrad y su libro ocasionó muchas controversias y críticas. Y aunque tal vez uno crea que El corazón de las tinieblas es un hermoso y pavoroso descenso a los más oscuros rincones de la mente humana y que África es sólo un pretexto, Achebe lo sentía de forma muy diferente. Y en La flecha de dios está escrito: «Cuando el sufrimiento toca a tu puerta y le dices que no queda asiento para él, te contesta que no te preocupes, que ha traído su propia silla. Así es el hombre blanco. Antes de que ninguno de ustedes tuviera edad para amarrarse un taparrabos entre las piernas, yo vi con mis propios ojos lo que el hombre blanco hizo en Abame. Entonces supe que no había escapatoria. Como la luz del día ahuyenta la oscuridad, el hombre blanco desterrará nuestras costumbres». Volvió a la Universidad de Nigeria en 1976 y se retiró en 1982. En 1987 publicó su quinta novela, Hormigueros en la sabana (Anthills of the Savannah), en la cual narra un golpe de Estado en un ficticio país africano. En 1990 sufrió un accidente automovilístico que le dejó

paralizado y tuvo que usar una silla de ruedas el resto de su vida; poco después trabajó como profesor de Lengua y Literatura en el Bard College de Nueva York. Desde 2009 fue profesor de Estudios Africanos de la Brown University. En 2012 publicó Hubo una vez un país: historia personal de Biafra (There Was a Country: A Personal History of Biafra), un recuento de la guerra civil en Nigeria. Ganó el premio Commonwealth de poesía por su libro Navidad en Biafra (Christmas in Biafra), fue finalista del Booker Prize en 1987,

en 2007 obtuvo el Man Booker International Prize y en 2010 recibió el Dorothy and Lillian Gish Prize. La literatura africana y mundial pierde a uno de los grandes escritores, lastimosamente desconocido en América Latina —como casi todo lo que se hace en África—. Quizá el mundo pudiera ser algo mejor si se escuchara lo que decía un anciano africano en La flecha de dios: «No pedimos riqueza, porque el que tiene salud e hijos también tiene riqueza. No rezamos para tener más dinero, sino para tener más familia».

«Entonces supe que no había escapatoria. Como la luz del día ahuyenta la oscuridad, el hombre blanco desterrará nuestras costumbres».

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Disquisiciones

divagaciones Lucía Lemos

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a Casa de la Cultura Ecuatoriana presentó el libro Disquisiciones y divagaciones, escrito en dos tomos, por el escritor rumano Víctor Ivanovici. Los temas tratados son variados pero todos giran en torno a la poética, la narratología y la semántica. El autor sustenta cada una de sus aseveraciones teóricas en autores de gran relevancia, unos más conocidos que otros por los ecuatorianos: Milan Kundera, Todorov, Propp, Kafka, o estudiosos rumanos y griegos como Nicolae Filimon, Tudor Vianu y E. Moutsopoulos. Teorías como la pragmática, la recepción y el texto fantástico se desarrollan en el primer tomo, con ejemplos tomados de textos de Jorge Luis Borges, H.P. Love-craft y Alejo Carpentier, que ayudan mucho para la comprensión de sus análisis, aun para quienes no son especialistas pero buscan un acercamiento a la literatura. ­En esta segunda parte de mi investigación había planeado ocuparme de tres variedades de lo fantástico: la que sostiene la ‘ficción’ borgeana, ‘lo real maravilloso’ acuñado por Alejo Carpentier y el tan sonado ‘realismo mágico’. «…Las primeras dos acabaron desprendiéndose del tronco de este ensayo y se convirtieron en sendos textos autónomos sobre los autores en cuestión. Por consiguiente, solo trataré aquí la tercera variante categorial (la segunda por orden lógico), con la esperanza de poder

desbaratar algunos malentendidos que persisten alrededor de ella». El texto analiza desde los orígenes del concepto del realismo mágico, su difusión en el mundo, y cita ejemplos que son conocidos por nosotros. Afirma: «…Por su lado, el realismo mágico, al cabo de un largo proceso histórico marcado precisamente por la oposición respectiva, consigue trascenderla a su manera, al reactivar mediante la magia el mito como parámetro productivo de la escritura». En otro capítulo, Ivanovici se ocupa de Góngora y sus sonetos, de los cuales dice que la concentración impuesta por la forma fija releva una serie de características de índole manierista y que en los grandes poemas gongorinos un ‘significado moral’ puede eventualmente infe-

rirse a escala de conjunto, nunca a la de microunidades metafóricas como las enfocadas en los análisis precedentes. Se refiere, así mismo, al Romanticismo en España y analiza algunos poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. Afirma: «Sea como fuere, para la gran mayoría de su público Bécquer sigue siendo un poeta muy amado, pero que no deja de pertenecer a la modalidad ‘menor’ del Romanticismo». Dedica todo un capítulo a Lorca como teórico de la Literatura; afirma que el tema sorprenderá, sin duda, al lector que comulga con el mito romántico sobre Federico García Lorca como artista, cuya maravillosa e irresponsable espontaneidad casi equipara la inmediatez y la incultura de los trinos del ruiseñor. Hace sesudos comentarios y análisis sobre la cuarta novela del español Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios. Dice en una parte de su comentario: «Mendoza, como Camilo José Cela (quien, a ese respecto, aparece como un precursor), está reactivando y mirando con un ojo actual una fórmula narrativa clásica y típicamente española, la picaresca, de eficacia probada reiteradamente, durante tres siglos». En el tomo I se refiere el autor a Sem Tob de Carrión, un poeta sefardí en la España Medieval y habla del Romancero judeoespañol al Romancero gitano. En el tomo II se profundiza en


biblioteca los análisis de la obra de Borges, Carpentier, García Márquez, Julio Cortázar y Octavio Paz. Sobre los personajes de Borges, por ejemplo, dice: «Presintiendo su existencia dentro de sí mismos, los personajes borgeanos buscan situaciones y vivencias liminares, en que la esencia respectiva se imponga inmediata y perentoriamente, con la fuerza de una revelación». Es interesante anotar, para los estudiosos de la narratología y los planteamientos teóricos de Propp, en su estudio Morfología del cuento, lo que señala Ivanovici en el sentido de que este modelo puede aplicarse con propiedad también a la ‘ficción’ borgeana, ya que la mayoría de las funciones de Propp vienen formuladas en términos de información (secreto, enigma) y de obtención (demanda, búsqueda) de la misma. La aplicación de las funciones en los cuentos borgeanos merece una lectura minuciosa. Alejo Carpentier y su real maravilloso ocupa un importante espacio en el texto del autor rumano. Dice: «La escritura barroca está relacionada, pues, más menos directamen-

te con la estructura ‘perceptual’ del mito. Indirectamente, también remite a su estructura ‘conceptual’, en el sentido de que conlleva una crisis y una crítica del racionalismo europea, (que constituye para el lenguaje un sistema de referencia implícito». Nos recuerda a los lectores que al concebir su concepto intensamente ‘ontológico’, Carpentier no olvida indicar a qué región del ser tiene acceso la obra de arte (particularmente la narrativa) por intermedio de la categoría respectiva. Esta percepción de la realidad americana, agrega, sorprende todo el juego de lo familiar que se convierte en alteridad, junto al retorno de lo reprimido, o más de lo remoto, es decir, los datos efectivos sobre los cuales se apoya la lectura fantástica. La semántica, la sintáctica y la pragmática en algunos cuentos de Cortázar están trabajadas con conocimiento del tema y de los diferentes autores y teorías que cita el autor. García Márquez, dentro y fuera de Macondo es un trabajo de excepción que no puede dejarse de leer por todo el material que aporta.

Dentro del tema El fantasma del Coronel, analiza ambigüedades de la ‘realidad’, fantasía y personaje, el personaje-puente. Por supuesto, no deja de mencionar Cien años de soledad y sus personajes, José Arcadio (s) y Aureliano (s), y las cadencias del ritmo y facetas del tiempo en esa misma novela. Sugiere a los lectores que se tenga presente que se propone en el acápite 4 indagar la presencia de temas y motivos mitológicos en las novelas y relatos del narrador colombiano, y, por otro, examinar el mito como modelo estructural, constitutivo de su obra. Todo el segundo tomo está dedicado a profundizar en la obra de los autores mencionados, además de Carlos Fuentes y Octavio Paz. Se ha tratado de anotar lo más importante de lo tratado. La lectura de los dos tomos de este autor es altamente recomendada. No solo para los estudiosos de la literatura y los expertos en el tema, sino para todos quienes quieran profundizar en las obras de estos autores de nuestro continente para explicarse mejor algunos de los cuentos y novelas.

metrónomo

A puerta cerrada Fito y Fitipaldis

Old ideas Leonard Cohen

Vida y milagros Albert Pla

Antología Violeta Parra

A puerta cerrada es el nombre del primer disco de la banda española Fito y Fitipaldis. Contiene elaborados temas y se mueve entre el rock, el swing y el blues. Se grabó con la colaboración de músicos de Extremoduro y Platero y tú. ‘Rojitas las orejas’, el bello primer tema, fue posteriormente incluido en Extrechinato y tú, otro proyecto en el que participó Fito, con un sonido más rockero.

El duodécimo álbum de estudio del músico y poeta canadiense Leonard Cohen fue grabado el 31 de enero del 2012. El álbum alcanzó la primera posición en las listas de discos más vendidos de once países. En la edición española, las letras de las canciones fueron adaptadas libremente por Joaquín Sabina, y presentadas, junto al disco, en un cuadernillo.

Trabajo publicado en 2006 que realiza un recorrido por la trayectoria del artista. Pla invitó a músico amigos para que se hicieran cargo, no solo de instrumentos fundamentales como la guitarra, el bajo y la batería, sino también del saxo, la flauta, la guitarra española y los coros.

Álbum de 1999 que ofrece una aproximación al universo poético y musical de la trovadora. Si bien la producción de Warner omite las canciones que Parra grabó con EMI, fue considerado, en abril de 2008, por la edición chilena de la revista Rolling Stone, como el vigésimo séptimo mejor disco chileno de todos los tiempos.

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Pablo

Neruda en mi memoria Antonio Correa Losada

De cuerpo entero vi erguirse al Rey Midas de la poesía. Todo lo que tocaba, miraba o señalaba, se transformaba en verso o en poema, con la sabia ductilidad del orfebre, en un proceso vertiginoso de alquimia y amor por las palabras.

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odo comenzó en los primeros años de estudiante de la Escuela Normal de Pitalito, Colombia, cuando el profesor de español, Teófilo Carvajal, un poeta local, vehemente y bohemio, nos habló del gran poeta chileno que visitaba el país y tenía el nombre más largo de la Tierra: Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (1904-1973). Ese fue nuestro primer asombro. Como desconocíamos el apelativo, no entendíamos que alguien tuviese tantos nombres que no coincidían con el que llamaban Pablo y Neruda. Con el tiempo, me encontraría con ese seudónimo sólido y múltiple. Al acercarme por primera vez a sus poemas, quedé perplejo cuando al leerlo apareció ante mí una cascada interminable de regiones, mujeres, objetos, cosas, sonidos, aves, utensilios, comidas, animales de mar, flores, sensaciones. Más tarde, con el paso fragoroso de la adolescencia y tratando de atrapar palabras en el porfiado intento de escribir poesía, volví a leer

a Neruda y la inicial sensación de asombro se convirtió en una constatación desesperanzadora para mi ejercicio de aprendiz: llegué a la conclusión de que todas las palabras posibles en español estaban recogidas en la escritura avasallante de Neruda. De cuerpo entero vi erguirse al Rey Midas de la poesía. Todo lo que tocaba, miraba o señalaba, se transformaba en verso o en poema, con la sabia ductilidad del orfebre, en un proceso vertiginoso de alquimia y amor por las palabras. Era tan fascinante su sonoridad, que al intentar escribir con mano propia, una fuerza inconsciente dejaba en el papel rasgos y rastros de su inventiva y poderoso inventario del mundo americano. Entonces, como el necio adolescente que era, me propuse evitarlo para no quedar atrapado en las redes de la mera simulación o de la fácil apropiación. Algún tiempo después, con el ánimo sosegado, retorné a su poesía y me encontré como hasta ahora, sen-


memoria

tado frente al banquete gozoso de su palabra y con el libro abierto entre mis manos, Arte de pájaros (1962), escrito por Neruda al cumplir sus 60 años. En el libro de crónicas y estudios, Neruda total, escrito por el profesor Eulogio Suárez, uno de sus más cercanos colaboradores y secretario particular durante varios años, va develando la historia viva y secreta de cada uno de los poemarios de Neruda: 49 en total, si se consideran sus obras póstumas y las recopilaciones hechas por su viuda, Matilde Urrutia, y por otros, que constituyen su impresionante summa poética. Don Eulogio Suárez, a lo largo de diez años de su exilio en Alemania, teje por medio de ‘pequeñas historias’ la intimidad de cada libro, sus avatares y momentos azarosos y felices que hicieron posible su escritura y su publicación. Al referirse a Arte de pájaros, Pablo Neruda dice: «El oficio de poeta es, en gran parte, pajarear.

Precisamente por las calles de Moscú, por las costas del mar Negro, entre los montañosos desfiladeros del Cáucaso soviético, me vino la tentación de escribir un libro sobre los pájaros de Chile». El cronista dice a su vez: «El poeta de Temuco estaba conscientemente dedicado a pajarear, a escribir sobre los pájaros de su tierra lejana, sobre chincoles y chercanes, tencas y diucas, cóndores y queltehues; en tanto dos pájaros humanos, dos cosmonautas soviéticos, se alzaban en el espacio y pasmaban de admiración al mundo entero». En 1988, tuve como editor el privilegio de publicar Neruda total, en Bogotá, una edición única y completa de Editorial Magisterio (junto con otra edición abreviada que apareció en Atenas), en la que, como he dicho, se indaga con paciencia sobre la obra de Neruda y, con esta referencia, testimonio también mi admiración y cariño a ese otro maestro chileno, Don Eulogio Suárez.

El pájaro yo (Pablo Insulidae Nigra)

Me llamo pájaro Pablo, ave de una sola pluma, volador de sombra clara y de claridad confusa, las alas no se me ven, los oídos me retumban cuando paso entre los árboles o debajo de las tumbas cual un funesto paraguas o como una espada desnuda, estirado como un arco o redondo como una uva, vuelo y vuelo sin saber, herido en la noche oscura, quiénes me van a esperar, quiénes no quieren mi canto, quiénes me quieren morir, quiénes no saben que llego y no vendrán a vencerme, a sangrarme, a retorcerme o a besar mi traje roto por el silbido del viento. Por eso vuelvo y me voy, vuelo y no vuelo pero canto: soy el pájaro furioso de la tempestad tranquila.

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El poeta se despide de los pájaros

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Poeta provinciano, pajarero, vengo y voy por el mundo, desarmado, sin otrosí, silbando, sometido al sol y su certeza, a la lluvia, a su idioma de violín, a la sílaba fría de la ráfaga. Entre una y otra vez, entre pasadas vidas y pretéritos desenterramientos fui perro de intemperie y sigo siendo un muerto en la ciudad: no me acostumbro al nicho, prefiero el matorral y las torcazas atónitas, el barro, el desvarío de un ramo de choroyes, el presidio del cóndor prisionero de su implacable altura, el barro primordial de las quebradas condecorado por las topa topas. Sí sí sí sí sí sí, soy un desesperado pajarero, no puedo corregirme y aunque no me conviden los pájaros a la enramada, al cielo o al océano, a su conversación, a su banquete, yo me invito a mí mismo y los acecho sin prejuicio ninguno: jilgueros amarillos, tordos negros, oscuros cormoranes pescadores o metálicos mirlos, ruiseñores, vibrantes colibríes, codornices, águilas inherentes a los montes de Chile, loicas de pecho puro y sanguinario,

cóndores iracundos y zorzales, peucos inmóviles, colgados del cielo, diucas que me enseñaron con su trino, pájaros de la miel y del forraje, del terciopelo azul o la blancura, pájaros por la espuma coronados o simplemente vestidos de arena, pájaros pensativos que interrogan la tierra y picotean su secreto o atacan la corteza del gigante y abren el corazón de la madera o construyen con paja, greda y lluvia, la casa del amor y del aroma o van entre millares de su especie formando cuerpo a cuerpo, ala con ala, un río de unidad y movimiento, solitarios pájaros duros entre los peñascos, ardientes, fugitivos, polvorientos, eróticos, inaccesibles en la soledad de la niebla, la nieve, la hostilidad hirsuta de los páramos, o jardineros suaves o ladrones o inventores azules de la música o tácitos testigos de la aurora. Yo, poeta popular, provinciano, pajarero, fui por el mundo buscando la vida: pájaro a pájaro conocí la tierra: reconocí donde volaba el fuego: la precipitación de la energía y mi desinterés quedó premiado porque aunque nadie me pagó por eso recibí aquellas alas en el alma y la inmovilidad no me detuvo.

El humarante Se vio llegar desde Osorno como una nube forastera, como un embudo amenazante, una celeste oscuridad que crecía en el viento pálido hasta tomar las dimensiones de un autobús o una ballena. Se llenó la ciudad de pánico: cerraban las panaderías, corrían al Sur los caballos, hasta que voló y continuó su paso el pájaro humarante. Sólo cambia de planeta. Asustó a los pobres chilenos la navegación migratoria, la celeste circulación de un pájaro lleno de humo de una humareda con plumaje.


ensayo

Aurora Estrada y Ayala

Violeta Luna

S

egún Rodolfo Pérez Pimentel, «Aurora era una niña especial, rara por su modestia, invisible por su timidez, frágil por su bulto. En su adolescencia odiaba la publicidad y por su temperamento se mantenía apartada del ruido. Su cuerpo era fino y lánguido, de proporciones perfectas. Eminentemente religiosa aunque sin practicar ninguna religión, sensible, espiritual, dulce y delicada. Pelo negro, ojos melados y boca fina. Pequeña como un ala en tensión». Nació en Guayaquil y se educó para ser maestra y mujer de Letras. Su trayectoria escolar brillante le permitió destacarse y su perseverancia en la vocación literaria la llevó a escribir algunos libros: Como el incienso, Nuevo canto, Cometas al viento (poesía para niños), Retrato de mujeres (ensayo), El puente (novela), Tiniebla (veinte trenos y una canción de cuna). Relativamente parca y difícil de conseguirla en su totalidad, la obra de esta admirable mujer ha podido sin embargo prevalecer por la calidad y el cuidadoso tratamiento de la temática y los elementos formales. Al respecto, Hernán Rodríguez Castelo ya lo advirtió cuando dijo: «La suma de la obra poética de Aurora Estrada está por editarse, y

resulta incomprensible que no se lo haya hecho, porque ella es —solitaria— la figura grande que nuestra lírica puede situar en el retablo de la poesía femenina de América en el modernismo y posmodernismo». Luego del suicidio de Medardo Ángel Silva, otros valores empiezan a reunirse en su casa o en el cementerio, frente a la tumba de Silva, a leer poesía y hacer bohemia literaria. Eran los años 1920-1921. Este grupo de poetas fue llamado ‘Los Hermes’, entre los que estaban Sergio Núñez, Leopoldo Benítez Vinueza, Zaida Letty Castillo, Jorge Carrera Andrade, entre otros. Después de contraer matrimonio en 1922, sus deberes de esposa y madre completaron su incansable labor profesional y su tarea participativa en la vida democrática del país. Su poesía, por tanto, no podía alejarse de su gente y su entorno. De ahí que junto con su escritura afectiva, también se empinaba fuerte su obra de corte social. Su presencia literaria en Ecuador y Latinoamérica ha estado siempre tocada por un halo de respetabilidad. Por haber estado inmersa en esa importante generación de poetas que al trasponer el modernismo se aprestaban a recibir todos los vientos del posmo-

dernismo, Aurora ya estaba preparada para esa etapa de transición. Y dueña de un estilo esencialmente humano, ella combinaba, con la gracia del lenguaje y la sobriedad del ritmo, las más variadas medidas métricas, desde los alejandrinos del soneto clásico hasta los trisílabos o los renglones larguísimos de 27 sílabas. Tan intensa y pródiga ha sido su trayectoria que de ello dan testimonio sus numerosos reconocimientos nacionales. Su fidelidad y compromiso con los ciudadanos y la sociedad de su tiempo, sobre todo con las mujeres y obreros, es decir con las clases explotadas, no le permitieron descuidar jamás sus dones personales, su ternura de compañera, de madre, de hija. Piezas invaluables han confirmado estos logros literarios como ‘El hombre que pasa’, bello soneto que sabe cuajarse sin reparos. ‘La casa en ruinas’, otra joya de creación pura en la que se conjuga la levedad del pasado con la rotundidad del presente; añoranza y percepción profunda de lo que fue y lo que ya no es. Leamos y aspiremos ese fresco erotismo telúrico de este texto extraído de su obra Como el incienso:

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El hombre que pasa Es como un joven dios de la selva fragante este hombre hermoso y rudo que va por el sendero; en su carne morena se adivina pujante de fuerza y de alegría un mágico venero. Por entre los andrajos su recio pecho miro: tiene labios hambrientos y brazos musculosos y mientras extasiada su bello cuerpo admiro todo el campo se llena de trinos armoniosos. Yo, tan pálida y débil, sobre el musgo tendida, he sentido al mirarlo una eclosión de vida. Y mi anémica sangre parece que va a ahogarme… Formaríamos el tronco de inextinguible casa si a mi raza caduca se juntara su raza, pero el hombre se aleja sin siquiera mirarme.

Observadora suspicaz del acontecer cotidiano y de las desigualdades económicas y laborales del pueblo, ella no puede contener su compasiva rabia que la lleva a una conciliadora adhesión a los movimientos de protesta o revolucionarios. Y no solamente le duele el diario bregar de nuestros indios, campesinos y montubios, sino también la fatiga injusta y lejana de todo ese proletariado de América. Y aunque su voz suene a un llamado de circunstancia o arenga proselitista, la poética social de Aurora conmueve y sacude porque es sincera; no puede pensarse de otro modo. Pues ha habido poetas mal llamados sociales que han llenado libros con manida demagogia, cartelismo o cansina retórica. Otra y diferente es la poética de invectiva, la poética revolucionaria, la que es capaz de crear formas estéticas y lenguajes de elevado lirismo en el que se ponen en juego recursos imaginativos y emotivos. Bástenos este fragmento: Compañeros de América, campesinos hermanos, •••

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Trabajadores de América nuestra, indios de los campos andinos; llorando aún los imperios destruidos en la música de los rondadores y las quenas, obreros negros nacidos bajo el mismo sol; maestros, juventud estremecida de esperanza en llamas, callad, callad la sinfonía inefable del trabajo, el himno que no pueden aprisionar los pentagramas porque es la sinfonía polífona de nuestras herramientas laboriosas.

Pero es Tiniebla, aparecido en 1943, el pequeño libro estructurado en veinte trenos y una canción de cuna el que con más autenticidad confirma el alto lirismo de Aurora Estrada. Son cantos fúnebres para su madre muerta. En ellos la poeta se entrega totalmente al amor, al dolor, a la verdad de lo fugaz, al estallido del adiós definitivo. Los trenos, espontáneos y fluidos, con esa fluidez que otorga solamente el asombro de lo inevitable, son la expresión más lograda de Aurora, ya por la inmersión en la situación misma de pérdida o ya por ese desdoblamiento letal al que los seres llegamos alguna vez en la vida. Son veinte piezas bien conformadas, con dulce y elegante unidad de contenido, con acertado ritmo y en perfecta sincronización de conceptos y técnicas formales. Cada treno tiene tres cuartetos de verso mayor dolidos y profundos. Quizás en ella influyó sobremanera la eclosión cultural de la época con todo el peso del cambio social y estético. Los comienzos del siglo XX acarreaban expectativa a todo nivel; y el espíritu local y americano, con el brillo y riqueza idiomática daba paso a la universalización de la temática y a una devoción por la metáfora. Los poetas de entonces se aprestaban a tales innovaciones con afortunado éxito. Aurora Estrada, a la vanguardia, abrió su talento y decisión para una siembra literaria a favor de todos. Así lo confirman sus escritos y así lo atestiguan Rodrigo Pesántez, Carlos Calderón Chico, Benjamín Carrión, Humberto Salvador, entre otros. Transcribimos el primer treno con el que esta importante mujer rinde homenaje póstumo a su madre: Ya nunca más sobre mi tiniebla su estrella dulce. Nunca más en estos silencios su voz de brisa y de jazmines. Nunca más el lazo tibio de sus brazos ciñéndose en mi cuello ardiente. Ni nunca esa mirada de éxtasis sobre mi cara triste. Está muerta como los días de oro, como las mariposas que mató la llama, como el sonido de las campanas y el canto de los pájaros, como los ojos de los niños que se fueron y como las flores que Ella amó en su breve vida de callada plegaria. Está muerta y es como si no hubiera sido nunca en la tierra. Hay sol y fragancias y música de viento y de canciones aquí afuera.Y Ella está ciega y sorda e inmóvil para siempre, dentro del nicho frío, vestida de tinieblas.


La palabra como magia

solo con pensar en algo o no como magia pr mb s im r a r lo , se invoca a entidade ige nia nos pos ibilit a, e n el amor

el lenguaje mado e a t l l n p a l r i eciso, los espíritus acuden a Med

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palabra cruzada

María Eugenia Paz y Miño

A

penas pronunciamos una palabra nos convertimos en emisores de una energía específica, compuesta no solamente de sonidos sino de pensamientos y sentimientos, cuyo origen se remonta al instante mismo en que los Homo sapiens emitieron un particular sonido con sentidos y significados. Es cierto que los animales también emiten sonidos, como asimismo lo hacen plantas y minerales, pero la diferencia con los seres humanos radica en que en estos, los sonidos de las palabras, se relacionan con la capacidad de crear objetos concretos en el plano material, de tal manera que tales objetos se separan del ente creador y mantienen características propias. Este proceso creativo, exclusivo del conjunto humano, es la base de la cultura, la cual nos construye como seres distintos al resto, capaces de pensarnos a nosotros mismos, a los otros seres humanos, a la naturaleza y al cosmos. La cultura no implica solo crear objetos materiales. Existen otras creaciones, las mentales, por ejemplo, compuestas de ideas o de imaginación. En cualquier caso, toda creatividad está en interdependencia con las palabras y los conceptos supeditados a ellas. La palabra es la creación por excelencia, y la utilizamos y manejamos tanto en el mundo de lo concreto como en el de lo abstracto. A través de ella nos relacionamos en la cotidianidad, de manera constante, cambiante y transformadora. Cuando pronunciamos una palabra o la activamos en la mente, se lleva a cabo un proceso de creación comparable al de la magia, en la cual se parte de la no existencia a la existencia. Por tanto, la palabra activada activa a su vez conceptos abstractos y entidades o elementos concretos, que construyen un puente entre la nada y el todo. El conocimiento de la palabra como magia empezó en los destellos de la humanidad, en África, cuando se comprendía al todo interrelacionado consigo mismo, y por lo tanto se asumía una conexión directa de los seres humanos con el reino mineral, el vegetal y el

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animal, dentro de un origen común con capacidad de comunicarse entre sí. La comprensión de esta conectividad se extendía al mundo de lo etéreo, incluyendo en ello al mundo de los espíritus y ‘del más allá’. Lo cual no es de extrañar, dado que estos mundos se materializan por efecto de la palabra como magia y creación. Al menos así se lo entendía en el pasado, y se lo sigue entendiendo en la actualidad en diversas culturas. Se sabe que tan solo con pensar en algo o nombrarlo, se invoca a entidades concretas pensadas o nombradas. Así, cuando en el mundo andino se piensa que tal planta cura tal enfermedad, no se hace referencia únicamente a los elementos químicos que contiene para producir beneficios en la salud corporal, sino al espíritu de la planta, que actúa también a la par. En la palabra como magia están unidos, en sincronía, lo manifiesto y lo representado, donde materia y espíritu se desenvuelven y se hacen presentes en igual espacio-tiempo, dado que conviven en el universo completo y complejo, mil veces creado y recreado. Por lo tanto, si se conoce la palabra exacta que identifica y convoca a un ente determinado, se podrá llamarlo y conversar con él. Mediante el lenguaje preciso, los espíritus acuden al llamado y se manifiestan de diversas maneras que pueden ir desde el vuelo inesperado de una mariposa o el sonido de un trueno, hasta el poder sentirlos y verlos. Esto trasciende la comprobación científica, de forma que la racionalidad lo cuestiona y rechaza. No por ello deja de ser verdad que la palabra como magia es una

herramienta con la cual se pueden invocar a monstruos o a ángeles, y si el punto de enfoque es negativo o positivo, lo pensado y pronunciado estará cargado de negatividad o positivismo. La historia de la palabra nos indica cómo ésta ha ido perdiendo sus sentidos y significados y se la ha bastardeado tanto, que lo habitual es dar la palabra y no cumplirla o desconocer el espíritu encerrado en ella. El pensamiento racionalista y cientificista descarta la espiritualidad y reduce la palabra a su contenido formal; consecuentemente, en el mundo del consumismo y la posmodernidad, palabras como amor, paz, alegría, salud, prosperidad, abundancia son erradicadas del lenguaje o utilizadas para marcas y modas. A pesar de ello, la palabra realiza y nos realiza. Como magia primigenia nos posibilita, en el amor por ejemplo, la creación y recreación del amor de la pareja primigenia, que dio a luz seres nutridos con ese amor, que se multiplicaron hasta que aparecimos nosotros, los que conformamos este presente. De ahí que si invocamos ese amor y nos conectamos con él, estamos en conexión con la historia humana e incluso más allá, con el universo, con el Big Bang, que también nos dio a luz y del cual formamos parte. Para que la palabra como magia suceda, es crucial la conexión con la totalidad interrelacionada, esto es, con la materia y el espíritu que habita en el espacio-tiempo del universo. Ejercer este derecho es un acto de fe y un milagro también, de tal manera que el propio universo se encargue de concedernos, tanto en el plano material como en el espiritual, todo aquello que pidamos.

libros

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Érase una vez el amor pero tuve que matarlo Efraín Medina Reyes Una novela genial, una rara joya en la actual narrativa latinoamericana. Rabiosa, honesta, desenfrenada. Medina Reyes trasmite algo fuerte e inolvidable. Es imposible no sentirse tocado por su prosa y arrastrado por su ritmo.

Cuentos completos Roald Dahl Por primera vez en un único volumen los Cuentos completos de Roald Dahl incluye algunos relatos inéditos en español. Brillante y con tintes fantásticos como un Grimm, realista como un O. Henry, o despiadado como un Saki, sus historias fueron adaptadas por Alfred Hitchcock para la televisión, y han inspirado a creadores como Steven Spielberg o Quentin Tarantino.

El silencio del héroe Gay Talese Una lección de literatura y periodismo. Talese se ha destacado por encontrar historias detrás de cada noticia y por el retrato implacable de los «héroes silenciosos». Las semblanzas de Joe Louis, Floyd Patterson, Muhammad Ali y Fidel Castro, entre otras.

Cuentos completos Jorge Luis Borges Borges es uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Habitante en sombras de la Biblioteca Universal, a lo largo de su obra construyó un mundo lleno de mitos, metáforas, laberintos, espejos, tigres y ecos literarios que le convirtieron en supremo custodio de la memoria literaria.


Primer Premio Cuento Pichincha 2012

Obra negra a N, que me lo contó.

C

aminan por una calle con nombre de mujer. Llevan las manos en los bolsillos y, por momentos, los codos de sus abrigos oscuros se rozan en medio del frío. Dos niños los pasan por un lado en sus bicicletas y el murmullo de sus risas se pierde en pocos segundos. —Sabíamos que algún día tenía que pasar, ¿no? —dice la mujer. El hombre no la mira. Ve al frente; la montaña al otro lado de la alargada ciudad se nimba con un fino resplandor violeta. —Sí —musita el hombre. La mujer extrae una de sus manos del abrigo y se enlaza del brazo del hombre. —¿Lo harás hoy? El hombre tose antes de responder, sin mirarla: —No sé. El viento sopla en jirones invisibles, que mecen las puntas del pelo de la mujer, desordenándolo. —Tengo que ver el momento preciso —añade el hombre, entrecerrando los ojos para protegerse del viento. Al llegar a la esquina, se abre ante ellos una calle más ancha, por la que transita una cantidad constante de automóviles. —Qué frío —dice la mujer, acercando su rostro a la cavidad entre el cuello y el mentón del hombre, que sigue sin mirarla. —Dame amor, amor. El hombre voltea para encararla, y descubre su sonrisa amplia y sincera. Como si fuera un reflejo, también ejecuta una sonrisa. Pocos instantes después detienen, con un gesto de la mano, un taxi, y el hombre se adentra en él por la puerta delantera, después de despedirse con un beso prolongado de labios cerrados. • • • El hombre entra en el departamento y, tras unos pasos, deja sus llaves sobre el mesón de granito negro con destellos turquesas. Mira a su esposa de pie en el comedor, junto a la ventana, dándole la espalda. —Hola —dice y se desprende de su abrigo azul marino; lo deposita sobre el espaldar de una silla.

—Ven —le responde la mujer, aún dándole la espalda. El hombre se acera sin levantar la vista de la figura de la mujer, que cruza los brazos sobre un saco de lana abierto. Una luz anaranjada la ilumina fragmentada, intermitentemente; afuera, un poste recién encendido recibe los desiguales movimientos de las ramas más altas de una joven araucaria. La imagen de la mujer se mancha de sombras que danzan sobre ella de acuerdo con una melodía inaudible. El hombre se pone a su lado y observa en la misma dirección. Al frente, en el costado opuesto de una calle estrecha, hay una casa en construcción. La obra gris y los montículos de cemento, pedruscos y bloques sobre la vereda concentran la oscuridad que empieza a caer con el fin de la tarde. —Mira —dice la mujer y señala con una mano, descolgada del cruce de brazos, un deteriorado coche de bebé cerca de la entrada de la construcción. A esa hora, la entrada de la obra empieza a ser un abismo negro y rectangular. El hombre se esfuerza en mirar si hay una criatura en el coche, lo que le toma unos segundos dada la opacidad de la escena. —No hay nada —dice, desconcentrado. —Ahora no —replica ella—, porque recién se fueron. Pero toda la tarde, mientras estaba trabajando, oía el llanto de un niño, de un niño de brazos, me refiero.

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Durante horas. Disminuía a ratos, y luego volvía a tomar fuerza. Era un llanto de sufrimiento, ¡sabes?, no por hambre o incomodidad, sino de esos llantos bien sentidos. Profundos. Ella se ha volteado, y ahora el claroscuro exterior vela sólo la mitad de su cara. Mira al hombre con un gesto de urgencia. —Me asomé a la ventana —continúa la mujer—. Pensé que habían abandonado a un recién nacido en el basurero. El hombre echa un vistazo a la calle, buscando el depósito de basura; no lo encuentra, pues su mirada es secuestrada de inmediato por la imagen del coche vacío que, ahora que lo ve con detenimiento, nota que está desnivelado por la irregularidad de la vereda. La oscuridad nocturna lo ha embadurnado todo, dándole más cuerpo a la luz asperjada desde los postes. La montaña que tienen al frente es una sábana negra bajo un cielo negroazulado. —Entonces vi el coche —dice la mujer y regresa a su posición inicial, ofreciendo al hombre solamente su perfil—. Había un bebé que lloraba, y al lado un niño de unos tres o cuatro años, que le miraba fijamente. Hijos de albañiles. Otra vez, la mujer deshace el cruce de brazos e, inclinándose hacia la ventana, se apoya con la manos en el marco de aluminio. Por un momento, parece pretender recostar su pecho sobre el alféizar. Pero ahora la mujer sólo se acerca al vidrio de la ventana, y luego se aleja de nuevo. —Primero el niño mayor intentó calmar al del coche: le tocaba juguetonamente, le hacía caras, le bailaba... Pero el bebé no paraba de llorar. Fuerte. Sin parar. Más fuerte cada vez. En la pausa del relato, el hombre siente un impulso por acercarse a la mujer y rodearla con los brazos. Se resiste. En silencio, percibe que la noche ha entrado también a la habitación donde se encuentran, asentando un tamo ceniciento que enrarece todo lo que ve. La mujer continúa: —De repente, el de tres o cuatro años la emprende con el del coche, ¿no? Pero con golpes de verdad, con furia, las manitos cerradas. Como si estuviera pegándole a una almohada; una y otra vez. Por un segundo, se hizo silencio, como si ya el bebé no tuviera aire para respirar. Pensé que lo había matado, que el niño había matado a su hermano, ¿sabes? Y entonces, otra vez el llanto. Y con más fuerza. Con dolor. El hombre siente una presión en su frente; su ceño

se ondula y su rostro se tensa en una mueca. —Yo iba a abrir la ventana y decirle algo al niño, no sé, gritarle, espantarlo —relata la mujer, y vuelve la vista sobre el hombre—. Pero ese instante sale la mamá: una trabajadora, una mujer de obra, furiosa. Menuda pero enérgica. Habían pasado horas de llanto. Y ahora el llanto era más fuerte, más crudo. El hombre se libera de la duda de si la mujer está a punto de llorar: ahora sabe que no. Su relato le da fuerza. —La mujer miró a los dos niños. Casi con desprecio, ¿sabes? Y de repente golpes desde arriba, como con un brazo mecánico, sobre la cabeza y los hombros del niño. El bebé no paraba de llorar. Y el otro apenas se cubría. La mujer no hablaba, sólo soltaba golpes, uno tras otro, como salpicaduras sobre un charco. El hombre mira atentamente la construcción y se concentra en la cavidad que es la puerta. La oscuridad que se divisa en el interior es diferente de la de la noche. Es una oscuridad espesa, como la arboleda que recubre con sombras multiplicadas las faldas de la montaña. La mujer da un paso atrás, alejándose de la ventana. Pero su relato la embebe más en la vereda de enfrente que en el comedor de su departamento. —Y el niño, el de tres o cuatro, no lloraba, ni decía nada. El bebé, en cambio, lloraba como si los golpes para el otro los sintiera él. Y entonces, por la puerta sale un hombre, el papá seguro, con el torso desnudo. Era delgado y fibroso. Estaba mojado, su piel brillaba. Su pelo, corto y también mojado, parecía una corona de púas. Su semblante era inexpresivo. No sabía qué iba a hacer. La mujer emite un largo suspiro, como si no creyera lo que está contando. —Y empujó a la mujer hacia un lado, donde estaba un barril. El hombre busca el barril con la mirada, pero no lo encuentra. Las sombras de la fachada de la construcción se han vuelto más duras; se desprenden de las cosas como arabescos deformados. —Y empezó a darle duro al niño, al de tres o cuatro —dice la mujer, más que hablando, dejando caer las palabras una a una desde sus labios—. De una patada corta, rápida, le dio en las piernas y el chiquito cayó sobre el cemento. Ahí sí gimió. Un sonido desgarrado. El bebé lloraba sin parar. Lloraba, lloraba. Y el hombre le pegaba al niño, con movimientos imprevistos e instantáneos, como latigazos. El niño se contrajo como un feto sobre la vereda polvorienta, mientras el hombre, agachado, le propinaba puñetazos y más puñetazos. El


sonido de los golpes sobre la carne y los huesos fue ganándole al lamento del niño de tres o cuatro años. La mujer, después de presenciar un rato el espectáculo, entró a la construcción. Viendo eso, el hombre dejó al niño en el piso, y con una mano arrancó al bebé del coche, como cogiendo una baguette, ¿no?, y lo llevó también para adentro. El hombre repara en que la copa de la araucaria ha dejado de moverse. Afuera todo parece amansado por una fría calma de abandono. —Entonces sólo se oía un llanto, apaciguado pero constante, del niño sobre la vereda. Estaba retorcido y me daba la espalda. No pude ver si estaba herido; con una herida abierta, quiero decir. No era más que un bulto. El hombre pone una mano sobre el hombro de la mujer. Ella hablaba con gravedad, con voz firme. Pero desciende el volumen paulatinamente, casi hasta murmurar. —Yo pensé en salir, en ver qué había pasado con el de tres o cuatro años. Pensé en llamar a la policía o algo, ¿sabes? Pero primero quería ver en qué estado habían dejado al niño. Justo en eso, salió la mamá de nuevo, y lo tomó del brazo y lo arrastró adentro. El silencio es tan puro que se perciben de repente dos diminutos crujidos en algún punto del departamento, que se repliega milímetros por el descenso de la temperatura. —Y ahí acabó todo —sentencia la mujer. Ambos permanecen callados, viendo la construcción, la ciudad, la noche que parece reinar en todo el mundo. El hombre se frota el rostro, parpadea con lentitud y echa la cabeza hacia atrás. Delgadas nubes cabalgan sobre el cielo nocturno, dándole a la visión un aura púrpura. La luna no aparece y sólo unas pocas estrellas, como perdidas, asoman si se mira con cuidado por los bordes inexactos de las nubes. Las luces de la ciudad se rinden bajo un silencio lóbrego, que parece nacer de la puerta ausente de la construcción. El hombre y la mujer miran, como vigías, el vacío que se ha tragado horas antes a los protagonistas de aquellos sucesos. —Tenemos que hablar —dice de pronto el hombre, sin desprender su mirada de la obra negra de enfrente. La mujer permanece inmóvil. Se escuchan las respiraciones de ambos. Ella demora un momento, mucho más largo de lo usual, antes de responder: —¿De?

Premios Pichincha 2012

S

e celebró la segunda edición del Premio Pichincha de Poesía y Cuento, del Consejo Provincial de Pichincha. En esta ocasión participaron 107 libros de poesía y 67 de cuento. El primer premio de poesía fue declarado desierto. El segundo recayó en Lumínica y otros delitos, de Juan Carlos Miranda, y el tercero, en Biografìa del espejismo, de Carlos Luis Ortiz. Se concedieron menciones a Cante hondo, de Carlos Augusto Rodríguez Ramos, y Vida de gatos, de Fernando Marcelo López Milán. El primer premio del concurso de cuento fue para Fuerzas ficticias, de Andrés Cadena; el segundo para Trabajos de demolición, de Otto Zambrano Mendoza, y el tercero para Errantes y embusteros, de Hans Behr Martínez. Se concedieron menciones a Cuentos para androides oxidadas, de Paúl Hermann; No, de Silvia Stornaiolo; La ruta del fugitivo, de Renato Ortega Luère; Secretos de buhardilla, de Indira Córdoba Alberca, y Homo Legens, de José Aldás Revelo. Presentamos en estas páginas, el primero de los cuentos de Fuerzas ficticias, de Andrés Cadena, y poemas de Lumínica y otros delitos, de Juan Carlos Miranda.

Andrés Cadena (Quito, Ecuador, 1983). Públicó con Juan Carlos Arteaga el libro de cuentos Transtextos (2006). Ha aparecido en las antologías Los invisibles (2009), Cuentímetro (2010), Microquito 1 (2010), Cuentos de fútbol (2011) y Tiros de gracia: neoficción ecuatoriana (2012). Participó en la investigación del libro sobre historia política Los turnos de la democracia (2007). Ha colaborado con Letras del Ecuador y Anaconda. Andrés Cadena ha coordinado el área editorial de la Campaña de Lectura Eugenio Espejo, las revistas Rocinante y Capítulo Aparte, en las que también se han publicado sus notas y ensayos. Pertenece a la red de editores independientes como integrante del sello literario Antropófago. Obtuvo el primer premio el Concurso de Cuento 2012 del Consejo Provincial de Pichincha.

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Segundo Premio Poesía Pichincha 2012

Lumínica y otros

Antes que el albor transforme la sombra de mis ojos estos nuevos zapatos hablan un lenguaje diferente desconocen el vacío de mi piel grisazulmarino el aire patina sobre el verano —te conduzco en secreto— sigilosos caminan sin cordones con la certeza de un nuevo suelo viajan al centro de una grotesca herida bajo mis labios guijarro roto donde la ofrenda saldrá a devorar esta brújula que llamas corazón.

delitos

Se transforma la luz acuñada de las sílabas en el tacto del Rey Midas intemperie de girasol tu cuerpo detenido en el salto sonoro que levita y desaparece sin enunciar el fuego de la hoguera conoció el secreto todos miraron asombrados como desapareció en su invisibilidad.

Aquí todos son músicos el aroma de encendido trigo emerge desde otro tiempo el acordeón de la masa invade las manos de un gladiador en penumbras quietud cíclica rosas de agua y medias lunas rellenas se alistan para la venta la orquesta ensaya la sinfonía mecánica bramido del crepitar en el corpúsculo oculto de horno de piedra el universo es el horno de formas celestes aún insondables para nuestras manos... 20


poesía

Gabriel Miró conoció a la mujer más silenciosa entre todas las mujeres no era esfinge de sal ni burbujeante animación de felina bufona se burlaba de sus afectos con aroma hipnótico de trasnochada esencia sus retinas vibrátiles campanas chinas me dijo hoy conocí a la mujer con el secreto más secreto de todos sus piernas una orquestación de cuerdas marinas me dijo perdí la memoria perdí su nombre entre todos los nombres que he conocido...

Juan Carlos Miranda

Desde el desierto nocturnal querías enumerar las estrellas fraccionar la humedad de los frutos restar palabras para el ardor de la piel detener los días del año bisiesto aguijón invertido en el pecho la eternidad de los libros algebraica donde consuelas el arte del bronce y otros metales —que sucedió con el azar en el casino los films de cine mudo en el nuevo alarde del cinematógrafo la distancia minimalista de tu abrazo herido— las horas no sobran en tu reloj de arena Baldor cómo mides el volumen de la venganza en el misterio del desierto matinal...

(Quito, Ecuador, 1975). Estudió Ciencias del Lenguaje en la Universidad Central del Ecuador. Dramaturgia en el Teatro Experimental de Cali, Colombia. Ha publicado Poemas del NoMundo (1999), Cosmología de la carne (2000), Las cuatro estaciones del frío (2009), Extraterritorios (2011). Ganó el Premio Nacional de Poesía fondos concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador (2012). Ha sido invitado a participar en el Encuentro de Poesía de La Habana (2012), Festival Internacional Trans-poesía, Ciudad de La Plata (2011). Semana Cultural del Ecuador en La Habana (2012). Su poesía consta en la Antología seis poetas contemporáneos del Ecuador (2012). Tiene un libro inédito Refractario en altamar. Actualmente trabaja como bailarín en las compañías de los maestros Kléver Viera, Wilson Pico y Terry Araujo. Obtuvo el segundo premio en el Concurso de Poesía 2012 del Consejo Provincial de Pichincha (el primer premio fue declarado desierto).

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Eduardo

Kingman

y su despertar

L

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eopoldo Benites Vinueza, en su magnífica biografía de Eugenio Espejo, refiere que aquel gran escritor, periodista y científico, cultivaba el ‘arte de esconderse’. Dice que procedió así desde cuando siendo aún niño, aprendía lo elemental de la medicina en lo que durante la Colonia fue el Hospital de la Misericordia y que ahora se ha transformado en un precioso museo. Se me ha ocurrido esta referencia, no para hacer un parangón o semejanza de Eduardo con aquel legendario precursor de nuestra independencia, ni mucho menos, sino porque hay algo así como una coincidencia o similitud en sus actitudes, ya que el pintor también tuvo esa rareza o ‘arte de esconderse’ desde cuando era un chiquillo. Gustaba de vivir aislado, compartiendo muy de vez en cuando con los muchachos de su edad juegos y distracciones. Se pasaba durante horas solitario en los desvanes y cuchitriles de la casa materna o tras de los matorrales del huerto que circundaba nuestra antigua heredad a ‘orillas del Zamora’, tal vez soñando o divagando en quién sabe qué extrañas entelequias, hasta cuando de vez en cuando aparecía, para dedicarse a borronear con tizones de carbón las paredes de los amplios corredores de la morada, sin hacer el menor caso a los reproches que le hacían por ensuciar

Nicolás Kingman sus enlucidos con grandes trazos, rústicamente configurados, mediante los que acaso pretendía diseñar figuras de animales, personas o cosas. Pero, aparte de aquello, lo que más llamaba la atención era su retraimiento, su manera de ser tan intimista y enigmática ¿Por qué no acudía al rezo del Rosario matutino o a las diarias reuniones familiares donde se departía durante las horas muertas, ingiriendo apetitosos tamales y el clásico café lojano? Tertulias interminables que no eran otra cosa que el platicar sobre el diario quehacer aldeano, donde todo lo que ocurría no pasaba de ser más que un tedioso y rutinario sosiego. Eduardo permanecía oculto en los tabucos de la vieja residencia, razón por la que empezaron a llamarle ‘cucho’, que en lengua quichua equivale a hoyo, concavidad, agujero u orificio, apelativo que con el paso de los años devino en Cuchuco, con el que fue conocido en la intimidad familiar y con el tiempo por la mayor parte de sus enemigos.

Fotografía: Fundación Kingman

Lo que resulta sorprendente es que de ese su ‘arte de esconderse’, de su extraño recogimiento infantil de individualismo, haya surgido su primer dibujo conmovedor; su primer bosquejo dramático y elocuente, que hace difícil llegar a comprender cómo pudo realizarlo un niño que apenas frisaba los seis o siete años. Lo habrá hecho quizá observando la escena desde alguno de sus recovecos o escondrijos, ya que con su trazado logra captar lo patético del drama, como un testigo invisible, oculto en las sombras


boceto de la casa que nos fue embargada por un usurero a quien, tiempo después, el Municipio lojano le erigió un monumento por su filantropía. Debió haber sido tan intensa la impresión que tuvo, que no habrá hecho otra cosa que recurrir a un papel y un lápiz, para trazar el calamitoso episodio que llevó a nuestra familia a la miseria. Porque lo increíble del caso es que un muchacho, en apariencia tan apático e indiferente, haya tenido el afán de expresarse con tanta emotividad, graficando fidedignamente la inau-

dita incursión de dos o tres sujetos de enormes mostachos y grandes sombreros de paño (el agiotista, su alguacil y un gendarme) que fueron los que consumaron la expropiación de los pocos bienes que aún conservaba mi madre. En el dibujo se describe a mi abuela refugiándose bajo una mesa, a mi madre implorando clemencia con sus brazos al cielo, a un tío que huye por una de las puertas de la habitación y a un chico (que soy yo) tratando también de escapar montando en un caballito de madera.

Tan fatal acontecimiento (el del embargo) hizo que mi madre decidiera abandonar nuestra tierra lojana para trasladarnos a esta capital, tras un largo viaje que se iniciaba a lomo de mula por chaquiñanes y senderos abismales hasta Puerto Bolívar, desde donde, a bordo de un barco fluvial, se llegaba a Durán y desde allí se continuaba la travesía en un tren parsimonioso, hasta llegar a Quito después de unos diez o doce días. Estoy seguro que Eduardo, observando durante ese recorrido a La noche, óleo sobre tela, 1946. Museos CCE.

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un conjunto de indios cargando a sus espaldas enormes fardos bajo la implacable imponencia de un capataz despótico, blandiendo un látigo desde su cabalgadura, tuvo tal impresión que muchos años después hizo aquel óleo intitulado Los guandos, mediante el que denuncia el abuso y el ultraje de que eran víctimas esas gentes, y que a mi modo de ver, es el único que sobre ese tema se ha realizado en nuestro país. Al instalarnos en esta ciudad quiteña, Eduardo, después de haber terminado la primaria en el Normal Juan Montalvo, pasó al colegio Mejía para cursar el bachillerato, pero su ‘arte de esconderse’ hizo que al tercer año abandonara el colegio y por su propia cuenta y riesgo ingresara como ‘oyente’ en la Escuela de Bellas Artes cuyo director era en ese entonces el escultor Luis Veloz. Nadie se había percatado en nuestro hogar de esta singular y audaz travesura, hasta cuando mi madre un día le pidió cuenta sobre

sus estudios secundarios, y descubrió, con increíble sorpresa, que los continuaba y que estaba dedicado a aprender artes pictóricas, profesión que para aquella época era tan mal remunerada que más ganaba un zapatero remendón que un pintor, por prestigioso que fuere. En Bellas Artes, Eduardo sólo estuvo unos tres años, porque otro suceso que inesperadamente alteró la familiar existencia, hizo que nuestra progenitora, llena de amargura, resolviese abandonar esta ciudad para ir a vivir a Guayaquil, donde cambiaron nuestras vidas. En el puerto, Eduardo continuó austero y reticente. En diario El Universo comenzó a publicar una tira cómica llamada ‘Don Pío’, que logró algún éxito, pese a que él la dibujaba con enorme desgano y apatía ya que la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a pintar oculto y apartado en la habitación de una casa del Astillero, donde vivíamos. Característica ésta que mantuvo hasta el fin de Cajonera, óleo sobre tela, 1951. Museos CCE.

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sus días, pues detestaba exhibirse, a tal punto que cuando alguien iba a su estudio, suspendía de improviso su tarea pictórica, a diferencia de otros que se exhibían espectacularmente para lograr prestigio y elevada cotización de sus obras. Cuando nos trasladamos a Guayaquil eran los años treinta, en los que con una vitalidad y fuerza gravitante había surgido el grupo de ‘Los que se van’, cuyo reducto era la buhardilla de Joaquín Gallegos Lara, a la que también llegaban otros jóvenes intelectuales y artistas identificados con sus inquietudes e ideas de avanzada. Pero Eduardo sólo asistía muy de vez en cuando a estas pláticas, porque prefería mantenerse un tanto alejado, ya que lo que más le interesaba era el coloquio con gentes del pueblo, con artesanos y hasta con mendigos y vendedores de lotería como Taita Pepe, un carchense barbudo y corrosivo. Lo hacía por las noches en una banca del pequeño parque Montalvo, o en uno de los muelles de balsa que circundaban la hermosa ría porteña. De esa comunión con aquellas gentes nacen, entre otros cuadros, Los balseros, Los trabajadores, El obrero muerto y El carbonero, lienzo este último que presentó en la exposición Mariano Aguilera en Quito, en 1934, y que fue rechazado con sonoras carcajadas por un jurado compuesto por don Jacinto Jijón y Camaño, don Isaac J. Barrera y don Carlos Manuel Larrea, para quienes resultaba inconcebible la desmesurada deformación de las manos de aquel espectro humano. No obstante, al año siguiente, ese mismo cuadro obtuvo el Primer Premio, otorgado por un jurado con una renovada concepción del arte de aquel entonces y sus motivaciones. Siendo nuestra madre una lectora insaciable de literatura, era a la vez una soñadora. Fue por ello que


La candela, óleo sobre tela, 1951. Museos CCE.

nuevamente decidió que volviésemos a Quito en busca de alguna actividad gratificante. Es entonces cuando Eduardo pinta en ‘La granja’, estancia de Benjamín Carrión en Conocoto, Valle de los Chillos, los primeros murales de contenido social e indigenista que se hacen en el Ecuador. Se trataba de La siembra, La cosecha, La feria y La fiesta, los que años después fueron destruidos porque la mujer italiana de don MM, nuevo propietario de la finca, se negó a ocuparla mientras hubiesen indios en las paredes. Fue por aquellos años cuando Benjamín se expresó sobre Eduardo de esta forma: «Frente a Kingman, me encuentro en jubilosa plenitud de certidumbres y esperanzas para anunciar al arte de América que por fin nos ha nacido en esta tierra el fuerte, el rudo, el verdadero pintor que, con paciencia israelita, hemos estado esperando. En esta tierra de humanidad y color, que ilustra su protohistoria artística

con nombres serios, sólidos como los de Miguel de Santiago». Eduardo fue designado secretario de la Escuela de Bellas Artes, dirigida por el gran pintor Víctor Mideros. Tiempo después realizó algunos viajes para exhibir sus lienzos en los Estados Unidos, Centro América, Bogotá, Caracas, Perú y Bolivia, pero el de mayor significación fue el mural que pintó en 1939, con Camilo Egas y Camilo Mena, en la feria mundial de Nueva York, la cual se frustró con el estallido de la segunda conflagración mundial. Al terminar su tarea, Eduardo decidió quedarse en los Estados Unidos por unos dos o tres años, allí logró exponer en varias ciudades y especialmente en el Museo de Arte de San Francisco, junto a Portinari, Tamayo, Mérida, Savogal y otras grandes figuras de la plástica. Cuando retorna al Ecuador en 1942, funda la Galería de Arte Caspicara, la primera pinacoteca que

se instala en el país y que logra un gran prestigio, pese a que era una tarea muy difícil y poco remunerativa la comercialización del arte moderno en nuestro país. Eduardo fue miembro fundador de la Casa de la Cultura en 1944 y director del Museo de Arte Moderno, donde permaneció por muchos años. Sus creaciones, pese a que jamás hizo alarde de sí mismo y, por el contrario, evitaba el barato exhibicionismo, alcanzaron un gran prestigio y por ello obtuvo varios premios, entre los que se destacan dos Mariano Aguilera, el Honorato Vásquez, el Salón de las Bellas Artes, el Premio Nacional Rumiñahui, el Eugenio Espejo, y el Gabriela Mistral otorgado por la OEA en 1987. Eran los años de la bohemia. De una bohemia modesta, concentrada entre escritores y artistas para departir inquietudes, anhelos y frustraciones. Las cantinas, como

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la de la ‘Mama Antuca’, las señoritas Canelos o la del ‘Perro Rojas’, eran un cenáculo en donde el negro humo y la intriga descuartizaban al prójimo, aparte de la ironía y el sarcasmo que sepultaban a los mandatarios de turno. A ellas acudían en los anocheceres estupendos personajes del arte y la literatura, que no es preciso citar porque la mayor parte de ellos son olvidados o ignorados. Eduardo fue abandonando sus tertulias cantineras cuando contra-

M

jo matrimonio con Bertha Jijón y se recluyó en una casa de San Rafael, en el Valle de los Chillos, que había sido una panadería y a la que bautizó con el nombre de ‘La posada de la Soledad’, donde además de estudio pictórico tenía un taller de carpintería en el que elaboraba bastidores y marcos para sus cuadros y las planchas de madera para sus grabados, como aquellos que ilustran su libro Hombres del Ecuador, prologado poéticamente por Ale-

Kingman

e creo en jubilosa plenitud de certidumbres y esperanzas para anunciar al arte de América que por fin nos ha nacido en esta tierra el fuerte, el rudo, el verdadero pintor que, con paciencia israelita, hemos estado esperando. En esta tierra de humanidad y color, que ilustra protohistoria artística con nombres serios, sólidos como el de Miguel de Santiago. Eduardo Kingman —sin que lo aplaste el formidable acercamiento— hace pensar en el gigantesco José Clemente Orozco, acaso el líder pictórico más grande que hoy existe en el mundo. Y nos hace pensar, salvando proporciones, por la fuerza de creación, sobrecreación de la anatomía humana, hasta hacerla capaz de decir por sí misma, un trágico mensaje. Por la soberbia rebeldía contra el canon estrechamente académico, que confunde la pintura —arte mayor, vehículo alto de espíritu y sensibilidad— con la fotografía a mano, reproductora doméstica de exactitudes y de parecidos, vistos con mirada que no interviene y que no domina: que simplemente cuenta el fenómeno físico. Eduardo Kingman, con balbuceos propios de la edad, realiza también lo que en Orozco, en Picasso, en Merkuloff, en Diego, es sabi-

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jandro Carrión, Augusto Sacoto Arias y Pedro Jorge Vera. Mientras pintaba en el apartado estudio de su ‘Posada de la Soledad’, escuchaba tangos. Era la música de su pasión y por ello siempre lo recordaremos cuando escuchamos a Gardel en el «te acordás hermano qué tiempos aquellos, veinticinco abriles que no volverán... veinticinco abriles volver a tenerlos... si cuando me acuerdo, me pongo a llorar».

duría y altitud: la significación de mensajes de ideas, vinculándolas a una parte del cuerpo humano o del paisaje. Aquella insuperable epopeya mural de Orozco En la trinchera, en que tres brazos de hombres, agrandados y vivientes, realizan por sí solos un conjunto trágico supremo. El brazo largo, excesivo, poderoso, pero fatigado y doliente de El carbonero, de Kingman, nos entrega también la tragedia del hombre. No hay en Eduardo Kingman la minúscula pequeñez del detalle, y menos aún la minúscula pequeñez de la intención. Artista de su hora, en la que se está realizando la batalla más grande de la historia humana, Kingman traduce su mensaje en un plano de estética viril, sin afeminada contemporización con el gusto de artistillas benévolos, de señoritas en trance romántico o de cumplidos miembros de una comisión municipal. Kingman se presenta con toda la robusta y desafiante desnudez de su arte. Pero con toda su dignidad también. No a implorar un premio con serviles interpretaciones de gusto de un jurado, sino de decir su grito estético, en plenitud de poder interior y verdad plástica. Benjamín Carrión (1935).


geografías

Ruta

Mario Benedetti

gracias por el fuego

P

ocos libros han marcado tanto mi vida personal y literaria, como la edición de los Cuentos completos de Mario Benedetti que encontré a inicios de la década del noventa. Y es que descubrí en las páginas del escritor uruguayo, orfandades, despedidas, nostalgias, es decir, la cosas que me habían conformado siempre. Más aún, por aquellos años universitarios en que uno redescubre el amor, me conmovieron profundamente las historias de burócratas montevideanos derrotados, rebeldes ocultos en la vecina orilla, torturadores que escuchan a Mozart, el amor de los feos, el sexo de los ángeles, aquel que puede hacerse únicamente con palabras.

Benedetti, por los años de formación, me demostró que los marxistas podíamos escribir sobre ese opio del pueblo que era el futbol. Más todavía, logró escribir con estupendos resultados, cuentos, novelas, poemas políticamente comprometidos, sin atentar contra la calidad ni la belleza literarias. Cuentos como ‘La noche de los feos’, ‘Un boliviano con salida al mar’, ‘Réquiem con tostadas’ forman parte fundamental de mi bagaje literario, y no tengo que revisarlos para recordar sus argumentos. Benedetti estuvo junto a mí cuando intentaba escribir mis primeros cuentos, y muchas veces, cuando más aburridamente técnico me ponía, acudía en mi ayuda para decirme que no olvidara la emotividad ni la ternura, que era mejor conmover que escribir un mal poema con buena forma de paraguas. Y como Benedetti es también y, sobre todo, poeta, no puedo evitar decir que trabajos suyos como ‘Te quiero’, hicieron del amor individual una cuestión social y los jóvenes lo usamos tanto, que le borramos el lustre. Es necesario señalar, sin embargo, que otros poemas suyos, como ‘No te salves’, han atravesado ilesos el fuego del tiempo. No puedo evitar el deseo de transcribirlo:

Paúl Hermann

No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves no te llenes de calma no reserves del mundo solo un rincón tranquilo no dejes caer los párpados pesados como juicios no te quedes sin labios no te duermas sin sueño no te pienses sin sangre no te juzgues sin tiempo pero si pese a todo no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana y te salvas ahora y te llenas de calma y reservas del mundo solo un rincón tranquilo y dejas caer los párpados pesados como juicios y te secas sin labios y te duermes sin sueño y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas entonces no te quedes conmigo.

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Después lo escuché, en la voz de Joan Manuel Serrat, recordándome que el Sur también existe, y con la guitarra de Daniel Viglietti, explicándome por qué cantaba. Y vi su nombre escrito por Joaquín Sabina en el libro comentado de canciones, Con buena letra. El cantautor de Jaén se admira de que el poeta uruguayo haya citado versos suyos para el poemario El olvido está lleno de memoria, eso que dicen: «Más vale que no tengas que elegir, entre el olvido y la memoria, entre la nieve y el sudor». Y me quedé con Benedetti, incluso por razones extraliterarias; por la ternura que inspira en la portada de los Cuentos completos de Alfaguara, con su chaleco, su chaqueta a cuadros, su folio, su cartera de mano. Tres años después de su muerte, Benedetti se me apareció en la televisión de un hotel de Viña del Mar,

para ayudarme a recuperar el sueño y librarme de los fantasmas que no me dejaban dormir, me robaban la almohada, me quitaban las sábanas y le subían demasiado la temperatura al calefactor. A todas estas no he dicho que mi descubrimiento de Mario Benedetti ocurrió por los días en que vi por primera vez El lado oscuro del corazón, película de Eliseo Subiela, de inicios de los noventa, en que Oliverio, un poeta de negro riguroso, confronta a la muerte, busca a una mujer que sepa volar y declama poemas de Juan Gelman, Oliverio Girondo y Mario Benedetti, y en la que el mismo Benedetti interpreta a un marinero que le recita en el burdel Sefiní, versos en alemán a una aburridísima prostituta, incapaz de entender poesía, ni otras lenguas, y ni siquiera, como debería, soledades. Después de esta película lo decidí, yo quería ser como Oliverio, pararme en un semáforo, decir un verso y recibir a cambio unas monedas. Yo también quería encontrar una mujer que supiera volar, que le gustara la poesía. Yo también quería atravesar el Río de la Plata al anochecer, de Colonia a Buenos Aires, con un poema en la memoria. Yo también quería vivir envuelto en una gabardina, en una melancolía oscura, extralarge, de poeta. Yo también quería (continúo queriendo) vivir de la literatura y, sobre todo, literariamente. Por Mario Benedetti, El lado oscuro del corazón y todas las otras razones que he expuesto, perdón el romanticismo, deseaba conocer Montevideo. Y quise hacerlo como lo hace Oliverio en la película de Subiela, con el alma llena de poemas y a bordo de un Buquebús.

Río de la Plata He visto, en Cartagena, mares a los que les brotan catedrales; en Livingston, mares cuyos nombres se pronuncian en todas las lenguas y en ninguna. Mares a desnivel en Panamá; mares cortantes en Brasil; mares mortales en Costa Rica; mares apacibles en El Salvador; mares fantasmas en El Callao; mares con alma de lago en Bolivia; mares náufragos en Chile; pero nunca había visto un mar color café, de peces sin vista. Y sobre sus aguas navegué, contrarrestando el mareo con tragos de Jack Daniels a cinco dólares la botella de bolsillo. Después, dos horas más en autobús de Colonia a Montevideo, a una estación central, para ser más preciso, que tiene centro comercial y en el que encontré una librería con la biografía de Daniel Chavarría y un stand en el cual se venden, empacadas en plástico y decoradas con hojas verdes y amarillas, pipas para la marihuana recién legalizada por Pepe Mujica, que incluyen paquetes de yerba para cinco vuelos. Cuando le pregunté a la vendedora si podía fotografiar el paquete, me miró como si el extraterrestre fuese yo. Me dirigí entonces hacia una agencia de turismo en la cual pregunté por la Ruta Mario Benedetti, pues sabía que la Dirección Nacional de Cultura de Uruguay, en relación con la Fundación Mario Benedetti, ha convertido los lugares de los que el autor habló en sus obras, en sitios turísticos. Veamos la ciudad con los ojos del poeta.

La ruta El recorrido por el Montevideo de Mario Benedetti empieza en la Plaza Independencia, donde un moderno edificio sirve de marco para el monumento de José Artigas, bajo el cual, dicen algunos, están


Plano de la Ruta Benedetti

los restos del libertador. La Plaza es el escenario en La tregua, novela de la siguiente estampa porteña: «… a una muchacha el viento le levantó la pollera. A un cura le levantó la sotana. Jesús, qué panoramas tan distintos». A un costado está la Casa de Gobierno, o Museo Palacio Estévez. En El cumpleaños de Juan Ángel, novela que el autor le dedicó a su amigo y compañero tupamaro, Raúl Sendic, hay un paraje que dice: «… la caballería de la metro que bostea / ecuánime y sin complejos frente a la casa de gobierno». También en la Plaza Independencia se encuentra el Palacio Salvo. Sobre este, uno de los más singulares edificios del mundo entero, Benedetti dice en La tregua: «… monstruo folclórico… Es casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado, simpático». En la avenida 18 de Julio, principal arteria de la ciudad, se encuentra el domicilio de Brenno Benedetti y Matilde Ferrugia, los padres del escritor. Este lugar no ha sido recreado en obra alguna, pero en su estudio Beneddetti escribió buena parte de su obra. Más aún, acogió a Raúl Sendic cuando era perseguido por sus acciones guerrilleras.

Camino entre los cientos de montevideanos que salen de sus trabajos y llenan los restaurantes y bares de la ciudad oficina, siempre con un mate en la mano y un estuche con agua colgado del hombro. Escucho, de hecho, que el vicepresidente de la nación ha visitado al recién elegido Papa Francisco y que éste le ha preguntado qué hace un uruguayo sin su mate. Pero no nos distraigamos: en una esquina, un edificio de siete pisos cuyos negocios tiñen de amarillo la plomiza noche porteña. Me

emociona ver, en una delgada columna recubierta de piedras de río, la dirección: 1295. Convención, pues allí es donde el escritor vivió desde 1973 hasta el retorno de su exilio en Perú, Cuba y España. En su poemario Salutación del optimista, el autor recuerda este lugar en los siguientes términos: «… allá en el paisito quedó mi casa / con mi gente, mis libros y mi aire». Volviendo a la avenida, hacia la izquierda, la Plaza Ingeniero Fabini. En El cumpleaños de Juan Ángel, Benedetti dice sobre la misma

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bigote blanco, y un texto que dice: «Por siempre en el corazón de los uruguayos». A la izquierda, su poema ‘Pasatiempo’: Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta un charco era un océano la muerte lisa y llana no existía

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«…Figúrese qué linda quedaría la ciudad / sin monumentos / o sea sin carreta ni gaucho ni diligencia / ni avizorando ni entrevero…». En la Paraguay 1429 se encuentra la Contaduría General de la Nación, lugar que Benedetti no menciona en su obra, pero en el que trabajó entre los años 1940 y 1945. También en la avenida 18 de Julio está la Plaza Cagancha. En su obra Las baldosas, el escritor dice: «Esta plaza se llama Libertad / y por eso le quitaron las baldosas…». En el número 1337 de la calle Zelmar Michelín está el departamento al que Benedetti se trasladó, desde España, tras la muerte de Luz López, su esposa, para contrarrestar el asma y la tristeza. Benedetti murió en esta casa el 17 de mayo de 2009, poco después de las 18:00. Tenía 88 años de edad. Le habría gustado presenciar su funeral, no porque fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, no porque el gobierno uruguayo decretó duelo nacional, sino por la inmensa cantidad de estudiantes, trabajadores y montevideanos que lo acompañaron al Panteón Nacional. La siguiente parada es, nada más y nada menos, que San Rafael, el acogedor restaurante donde Benedetti comía. Tiene barra y diez mesas, y al menos tres camareros

de camisas blancas y pantalones negros. —Buenas noches. ¿Cuál era la mesa de Mario Benedetti? —disparo a discreción, sin perder tiempo. Los camareros me muestran una que está junto a la ventana, afortunadamente desocupada. En cuanto me acerco, miro un afiche tamaño A3, emplasticado y pegado al vidrio con una ventosa. A la derecha una fotografía del escritor, con las mejillas apoyadas en las manos, rostro dulce, grueso

luego cuando muchachos los viejos eran gente de cuarenta un estanque era océano la muerte solamente una palabra ya cuando nos casamos los ancianos estaban en cincuenta un lago era un océano la muerte era la muerte de los otros ahora veteranos ya le dimos alcance a la verdad el océano es por fin el océano pero la muerte empieza a ser la nuestra


En cuanto se entera de que estoy en el bar removiendo el avispero, Miguel Braga, camarero que atendía a Benedetti, aprovecha para contarme que no quiere saber nada con la Fundación que lleva el nombre del escritor. Puesto que no quiero entrar en una situación propia de cuento del autor, de burocracias y rencores, cambio de tema. Le pregunto a qué hora solía ir a comer Benedetti. —A esta hora (eran las 20:00) —¿Y qué pedía? —Era un hombre sencillo. Bifé, papas fritas… ‘Réquiem con tostadas’, pienso yo, refiriéndome a uno de mis cuentos preferidos, aquel en el que un niño le cuenta al amante de su madre en un bar que podía ser el mismo en el que estábamos, que siempre supo de su relación y que, sin embargo, no le dijo nada al padre. Si uno sale del bar y camina unos metros, se encontrará en la Jefatura de Policía de Montevideo, lugar que el escritor no puede dejar de nombrar en sus cuentos políticos. En La vecina orilla dice: «ni siquiera calculé las patadas y piñazos que me dieron en San José y Yi». Tan solo dos cuadras después, se encuentra el ascensor panorá-

mico de la Intendencia de Montevideo. Benedetti lo nombra en Andamios: «Tomaron un taxi y Javier decidió llevarla al panorámico, en la cumbre del Palacio Municipal… Nieves disfrutó contemplando la ciudad desde aquel piso 19. Nunca había estado aquí». El recorrido termina en la avenida Canelones, en el Cementerio Central. Lugar del que dice, en la ya citada Andamios: «Si alguna vez (por otra razón, claro) concurre usted al Cementerio Central, fíjese en esa tumba».

Otros caminos Benedetti y su obra no están, sin embargo, únicamente en la ruta que lleva su nombre. Sino en todo Montevideo. Cuando uno recorre la ciudad vieja, recuerda que el escritor dijo de ella en La tregua: «Pero está la otra ciudad…, la de los viejos que toman el ómnibus hasta la Aduana y regresan luego sin bajarse, reduciendo su módica farra a la sola mirada reconfortante con que recorren la ciudad vieja de sus nostalgias». El Teatro Solís aparece en Gracias por el fuego, con las siguien-

tes palabras: «… con decirte que la otra tarde vino Chelita y me llevó al Solís, a lavermut, claro, porque de noche yo me duermo». Sobre la Plaza Constitución, dice en la ya citada novela La tregua: «Estuve contemplando el alma agresivamente sólida del Cabildo, el rostro hipócritamente lavado de la Catedral, el desalentado cabeceo de los árboles. Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad». Y sobre el mercado, en Andamios: «El churrasco es exquisito; los restaurantes del mercado del Puerto, una preciosura con folclor incluido». Y habla de otros rincones de la ciudad como Las Misiones, parque y calle Capurro, calle Washington, peatonal Sarandi. Pero bueno, como dice Oliverio a bordo del Buquebús que lo conduce en El lado oscuro del corazón, de regreso a Buenos Aires: «Basta por esta noche, cierro la puerta, me pongo el saco, guardo los papelitos donde no hago sino hablar de ti, mentir sobre tu paradero, cuerpo que me has de temblar».

Tumba del poeta

«Si alguna vez (por otra razón, claro) concurre usted al Cementerio Central, fíjese en esa tumba».

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‘El sermón

Vargas Llosa’ Juan Carlos Moya

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burre, asfixia el primer plano de cualquier ser humano repetido hasta en la sopa de nuestros días. Vargas Llosa no es la excepción. Su imagen se ha saturado, ya no connota literatura, escepticismo, desenfado, irreverencia. Hoy su imagen es políticamente correcta y mediática (con su permiso), y se fundamenta en la camisa de fuerza de una ideología sin matices ni mea culpa. Tengamos en cuenta que a nadie ya sorprende lo que vaya a decir don Mario y la evolución de sus pensamientos. Parecería que el escritor se hubiera convertido en una estatua de piedra cuya entraña repite un cansino y predecible monólogo, perorata, panfleto. ¡Qué diferencia la de Borges!, quien también era paseado por el mundo como un filósofo de su tiempo, del cosmos y de las letras. ¡Qué diferencia y qué sobriedad! Recuerdo su conferencia sobre ‘La ceguera’, en Buenos Aires, 1977: el maestro argentino hechizaba al auditorio con su palabra sensible, pegada a la cuadra y polvo humano, raspando los huesos del hombre con sus disquisiciones, girando una y otra vez alrededor del misterio de la vida, dejando silencios acentuados sobre el auditorio, pues Borges reflexionaba hondamente antes de hacer uso del sonido y la palabra.

Borges se preguntaba, se indagaba, se cuestionaba, ponía las cosas en su dimensión de relatividad necesaria. Vargas Llosa, por el contrario, no alberga misterio, no se pregunta. Tiene certezas de piedra, demasiadas. Ha hecho uso tanto de la palabra «la libertad», que hoy es prisionero de ella. Y por el contrario, no ha movido un centímetro de ninguna frontera. Pues su discurso no llega, no conmueve, no toca el alma humana, apenas sirve para recibir los aplausos de acartonados auditorios. Sobre Vargas Llosa (aparentemente de derecha) y sobre Gabriel García Márquez (aparentemente de izquierda) surge un nombre olvidado por los premios, cócteles, universidades y podios diplomáticos: Juan Carlos Onetti (comprometido con su talento y destino, con la buena escritura. Huidizo de toda entrevista y mención pública). Onetti es la figura excesiva del ‘outsider’, de quien abomina la exposición y fama —pasajera y fatua—. Onetti, al igual que Faulkner, se desentendía de emitir juicios de valor sobre el horizonte distante y el futuro fantasma, y pasaba el mayor tiempo de su vida —retirado en su pozo y en su pieza— empecinado en escribir, en bregar con el lenguaje, seducido por el imperio de la ficción y el aislamiento.

En tanto Onetti estaba sumido hasta las sombras y tobillos por el fracaso de Santa María —su territorio de ficción—, Vargas Llosa está sentado, acude puntual a innumerables sillas y auditorios y se hunde en condecoraciones y aplausos, en miles de entrevistas y en centenares de discursos que no caben en una biblioteca, rodeado de trajes y corbatas, de realismo, de mucho realismo, de un mundo asfixiantemente ‘objetivo’. Mientras Onetti se había despedido de sus prójimos a su ínsula de ficción, para agonizar en la escritura, Vargas Llosa hoy es un sello postal mediático, un profeta expuesto cuyas ideas bailan un compás maniqueo: la vida en blanco y negro. Es posible: Onetti quizá se perdió en su ostracismo y desdén con el calendario. Fue renuente al contagio social y a cuidar su imagen en el espejo. Un anarquista sentimental que leía novelas policiales mientras esperaba la muerte y que supo que una corbata y el éxito merecen una sonrisa de conmiseración. Vargas Llosa, escritor inigualable, gigante y magno ingeniero de novelas inolvidables y ejemplares, me concedió generosamente su tiempo, en una entrevista ya lejana, en 2007 (publicada en la revista HOY Domingo, bajo mi dirección).


opinión ¿El Premio Nobel o la presidencia del Perú?, pregunté en esa ocasión, sabiendo de su obsesión por la arena pública (desde luego, aún no obtenía el Nobel). Y mientras sus ojos respondían otra cosa, con un brillo soñador, el escritor respondió diplomáticamente: «Ninguno de los dos, ninguno de los dos. Me gustaría algo mucho más importante que esas dos cosas, que dentro de cien años hubiera lectores que a mí me leyeran como yo leo a un Faulkner, o a un Balzac, o a un Tolstoi. Ese es el máximo sueño, yo creo, de cualquier escritor». Vargas Llosa, globalizado, mediatizado, un eco en los podios del mundo, hoy ha pasado de un apasionado de la estructura excelsa de la novela a un activo canciller que dispara con exageración sus ideas. «Tengo varias obsesiones, pero probablemente la más importante tiene que ver con mi vocación de escribir. Mi obsesión es escribir aquella novela total, la novela perfecta, la novela lograda, creo que está detrás de todas las novelas que he escrito y que por supuesto nunca han llegado a alcanzar ese ideal. Pero esa obsesión me acompaña y continúa rejuveneciendo en cada libro», me dijo don Mario Vargas Llosa de viva voz. Y le creo, como lector suyo que lo quiere como escritor y esteta. Porque canjear un ingeniero y maestro de la novela por un conferencista, es pérdida.

Juan Carlos Moya

Juan Carlos Onetti

Jorge Luis Borges

Mario Vargas Llosa

Escritor y periodista. Autor de la novela Caballos en la niebla y ganador del Premio Jorge Mantilla Ortega, primer lugar, por el conjunto de crónicas titulado: El oficio de vivir. La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano le hizo merecedor de una beca de estudios con Ryszard Kapuscinski. Ha trabajado en prensa, radio y televisión. 33


Libro del siglo XVIII:

Bonpland descubrió la Floresta americana

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a Biblioteca Nacional Eugenio Espejo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana tiene un secreto muy bien guardado: el Museo del Libro, con más de 8.000 ejemplares de los siglos XV al XIX. Este museo, tesoro editorial de inigualable valor mundial para

Patricio Herrera Crespo la cultura, conserva, entre sus varias joyas, una que es la perla de América: el manuscrito Floresta americana, del sabio francés Aimé Bonpland, escrito aproximadamente en 1850, que tiene especial significación para Ecuador y América y que fue reconocido con el certificado de la Unesco e inscrito en el Registro Regional de la Memoria del Mundo. Este manuscrito inédito contiene descripciones y dibujos de la flora paraguaya y latinoamericana y, además, 122 láminas con los nombres de las especies en latín, francés y guaraní. Aimé Bonpland, famoso botánico y médico francés, nació en el puerto de la Rochelle (Francia), el 28 de agosto de 1773. Estudió botánica y anatomía en París

con los famosos naturalistas Lamarck, Jussieu y Desfontaines. Conoció a Alexander von Humboldt en 1798, y al año siguiente juntos se embarcaron con destino al continente americano. Bonpland, durante el viaje por las colonias españolas en América (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos), se ocupó principalmente de la recolección de 6.000 plantas tropicales —de las cuales la décima parte corresponde a especies descubiertas por él— acompañadas de sus descripciones y propiedades. Los herbarios fueron donados al Museo de Historia Natural de París. Como resultado de este viaje, escribió cuatro volúmenes de su obra Voyage aux régions equinocciales du nouveau continent fait, en 1799-1804, y, en colaboración con Humboldt, los siete volúmenes de Nova genera et spacies plantarum. Después de ese viaje de cinco años por América, regresó a Francia y en 1808 conoció a la emperatriz Josefina —esposa de Napoleón I—, para la que trabajó como botánico e intendente del jardín de la Malmaison, donde permaneció hasta 1814, fecha en la que murió la emperatriz. Fue entonces cuando Bonpland decidió volver a América, aceptando el ofrecimiento de Simón Bolívar para radicarse en Venezuela. Pero finalmente, se


croquis decidió por Buenos Aires, adonde llegó en 1817 acompañado de su esposa, dos jardineros, libros, gran cantidad de semillas y dos mil plantas. Mientras estuvo en Buenos Aires ejerció su profesión de médico y colaboró con periódicos locales en cuestiones vinculadas a las ciencias naturales. En 1818 obtuvo el cargo de profesor de Ciencias Naturales de las Provincias Unidas, emprendió varias expediciones por el interior del país, por la isla Martín García y el delta del Paraná; volvió siempre con mamíferos, peces, plantas, reptiles, fósiles y flores. A fines de 1820 hizo un viaje a Misiones y se estableció en Corrientes (Argentina). Desde allí emprendió excursiones, no sólo con

fines científicos, sino también con el propósito de fundar una colonia agrícola para la explotación de la hierba mate, para lo cual desarrolló una próspera plantación y empleó también su tiempo en recolectar plantas, insectos, conchas y otros especímenes de interés científico. Pero, una vez establecido en Santa Ana (Corrientes), el 8 de diciembre de 1821 las tropas del dictador paraguayo doctor José Gaspar Rodríguez de Francia penetraron en el territorio en litigio con Argentina, destruyeron el establecimiento agrícola del sabio Bondpland y lo secuestraron. Posteriormente fue confinado, por orden del Dr. Rodríguez de Francia, en la aldea de Santa María de Fe. El secuestro de Bondpland se prolongó durante diez años, pero se le permi-

Este museo, tesoro editorial de inigualable valor mundial para la cultura, conserva, entre sus varias joyas, una que es la perla de América: el manuscrito Floresta americana, del sabio francés Aimé Bonpland, escrito aproximadamente en 1850, que tiene especial significación para Ecuador y América y que fue reconocido con el certificado de la Unesco e inscrito en el Registro Regional de la Memoria del Mundo.

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tió dedicarse a labores agropecuarias y también se utilizaron sus servicios médicos y humanitarios. Los nobles y buenos amigos de Bonpland, el Libertador Simón Bolívar y el sabio Humboldt, interpusieron toda su influencia para obtener su libertad. Fue liberado el 8 de febrero de 1831, y luego de recorrer Brasil llegó a Buenos Aires al año siguiente; tenía 59 años. Se casó nuevamente con una criolla, Victoriana Cristaldo, con quien tuvo tres hijos. En 1858 fue declarado miembro de la Academia de París; en 1856 obtuvo la Cruz del Águila Roja, conferida por el Rey de Prusia; en 1857 le fue otor-

gado el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Greifwald; apareció una revista científica con el nombre de Bonplandia. Aimé Bonpland murió a los 85 años de edad el 11 de mayo de 1858, en Restauración (Uruguay), consecuente con sus principales virtudes: sabiduría, humildad y bondad. Hace diez años, en la anterior administración de Raúl Pérez Torres, se realizaron varias reuniones con los embajadores de Francia y Paraguay para viabilizar la publicación de este libro que, al final, quedó trunco. Esperamos actualizar este proyecto editorial de tanta importancia para América.

butaca

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El último Elvis

Tony Manero

Producción argentino estadounidense dirigida por Armando Bo, que cuenta la historia de Carlos Gutiérrez, uno que cree, verdaderamente, que es Elvis Presley y no uno más de sus imitadores. Su matrimonio ha fracasado y ha perdido el empleo, pero tiene el amor de su hija, un cadillac y una obsesión clavada, como flecha, en la cabeza: justificar su existencia viviendo hasta el final como su ídolo. Sensible obra maestra que demuestra que las grandes películas no siempre son las más costosas.

Película chilena de Pablo Larraín nominada a mejor película extrajera en la 81 edición de los premios Óscar. La historia da cuenta, en medio de la dictadura de Augusto Pinochet, de la obsesión de un hombre por convertirse en Toni Manero, el personaje de Fiebre de sábado por la noche, y de crear un escenario digno de sus actuaciones. Hay oscuridad a granel.

Boy Dylan. No direction home En 2005 Martín Scorsese elaboró un documental que da cuenta de la trayectoria del cantante norteamericano de folk, Bob Dylan. Los seguidores del eternamente nominado al premio Nobel de Literatura recordarán la pasión que generaron sus primeros textos, su paso de la guitarra acústica a la eléctrica, la relación con los movimientos sociales en la convulsionada Norteamérica de mediados del siglo pasado, su relación con Joan Báez, el acoso de los medios de comunicación y su renuncia, por hastío, a las presentaciones públicas.

La teta asustada En 2009 Claudia Llosa presentó, con capital peruano y español, La teta asustada, película que habla del miedo de las mujeres que fueron violadas durante la violencia política que vivió Perú en las dos últimas décadas del siglo XX. Fue galardonada con el Oso de oro a mejor película en el Festival de Cine de Berlín y un año después se convirtió en Óscar.


partituras

Richard Wagner: a 200 años de su nacimiento

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ilhem Richard Wagner nació el 22 de mayo de 1813, en Leipzig. Su padre murió seis meses después del nacimiento de Richard y su madre se casó con el actor Ludwig Geyer, del cual había sido amante durante varios años. Wagner creía que Geyer era su padre biológico y sospechaba que era judío, lo cual lo atormentó toda su vida. Pasó largas temporadas en Dresde, debido a la actividad teatral de su padre o padrastro, y a los 15 años escribió un drama titulado Leubald, donde se nota la influencia de Goethe, Schiller y Shakespeare, poco después inició sus estudios de composición y armonía musical. Por esa época se impresionó con la Novena Sinfonía de Beethoven, con el Réquiem de Mozart y con las interpretaciones de la soprano Wilhelmine Schröder-Devrient. Sus estancias en Praga y en París estuvieron marcadas por su vida de músico errante, muchas fiestas y la cárcel por deudas. Fue maestro de coros en Würzburgo, Magdeburgo y Königsberg, y se casó con la actriz Minna Planer en 1836. Más tarde dirigió la orquesta del teatro de Riga hasta 1839 y luego se instaló en París. En la capital francesa conoció a los músicos Giacomo Meyerbeer y Franz Liszt, y con este último estaría vinculado el resto de su vida. En Dresde, en 1842, estrenó el drama lírico Rienzi, y al año siguiente El holandés errante, mientras tanto, comenzó a trabajar en los libretos y partituras de dos operas más, Lohengrin y Los maestros cantores de Nüremberg. Entre 1848 y 1850 empezó a crear las cuatro óperas épicas que formarían El anillo de los nibelungos. Pero en

1849 tuvo que huir de Dresde porque, influenciado por el anarquista ruso Bakunin y las ideas de Proudhon, lanzó una proclama antimonárquica cuando dirigía la Orquesta Real de Sajonia, lo cual le acarreó una orden de detención. Se refugió en Zurich, Suiza, donde estrenó Lohengrin y Tannhäuser, y permanecería doce años fuera de Alemania, ayudado siempre por Franz Liszt. En Suiza escribió los ensayos El arte y la revolución, La obra de arte del futuro, Ópera y drama, y su alegato antisemita El judaísmo en la música. En 1864 volvió a territorio alemán, pero su matrimonio con Minna Planer ya estaba destrozado y él empezó una relación con Cósima von Bülow, hija de Liszt y esposa del gran director de orquesta Hans von Bülow. El rey alemán Luis II lo acogió en su corte de Munich, y en esta ciudad Wagner presentó todas sus óperas tal como él las había concebido, incluido el estreno triunfal de Tristán e Isolda. Luego de la muerte de Minna y del

divorcio de von Bülow, Richard y Cósima se casaron en 1870. Terminó su tetralogía El anillo de los nibelungos, conformada por cuatro óperas basadas en la mitología alemana: El oro del Rin, La walkiria, Sigfrido y La muerte de Sigfrido o El ocaso de los dioses. Al mismo tiempo se dedicó a crear el Festspielhaus de Bayreuth, el nuevo teatro que sería dedicado a su memoria, y que fue inaugurado en 1876 con la representación total de El anillo de los nibelungos y en presencia de toda la nobleza europea. Entre 1877 y 1882, Wagner se dedicó a la escritura Parsifal, que sería su última ópera y se estrenaría en Bayreuth. Se trasladó a Venecia y murió en el Palacio Vendramin, el 13 de febrero de 1883. Richard Wagner abordó todas las facetas de la ópera: fue compositor, director de orquesta, poeta y dramaturgo, lo que le permitió no solo componer la música de sus óperas, sino también hacer los libretos, crear la escenografía y dirigir a los actores/cantantes. La utilización del leitmotiv significó la fusión de la tradición sinfónica clásico-romántica y la vanguardia. Él simbolizó la culminación del Romanticismo y fue el detonante de las vanguardias del siglo XX, representadas por Gustav Mahler, Claude Debussy y Richard Strauss.


Montxo

Armendáriz en 4 tiempos Paulina Simon Torres

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e Montxo Armendáriz dice el crítico de cine español Pablo de Santiago: «No es un director muy prolífico, pero se toma muy en serio esto del cine. Desde su primer largometraje se convirtió en uno de los cineastas más prestigiosos de nuestro país». El director y guionista navarro nacido en 1949 empezó tardíamente su carrera en el cine; se dedicaba a la electrónica y experimentaba con cortometrajes, pero a los 34 años estrenó su primer largometraje, Tasio, y con él marcó un estilo muy propio: encontró el tema esencial del retorno a la tierra, al pueblo, a las leyendas y los secretos de familia.

La filmografía de Armendáriz no es numerosa, pero es sumamente relevante. La belleza estética y la fuerza de la narración de sus siete películas han sido ampliamente reconocidas en el mundo con premios de toda índole (Cannes, Premios Goya, Óscar, etc.). Este mes, del 30 de mayo al 2 de junio, presentamos en Cinemateca cuatro de las cintas más representativas de su obra: Tasio (1984), Secretos del corazón (1997), Obaba (2005) y No tengas miedo (2011). En estas cuatro películas reposan cuatro secretos: los de la muerte, los de la violencia, los de la libertad y los mejor guardados, los de familia. Armendáriz explota

los géneros de la narración cinematográfica: suspenso y drama se entrelazan para abrir las llagas del corazón e indagar en los recuerdos de un modo hondo e intenso. El director explora la naturaleza humana en estado puro, se atreve a tocar las fibras del dolor, el odio y la dureza de la que es capaz el hombre. Tasio, Secretos del corazón y Obaba tienen la misma esencia: la vida rural que se presenta desde el campo mismo o desde el retorno al pueblo de los que provienen de ciudades grandes y modernas. Lo rural tiene un aire de misterio; todo: los animales, los caminos y la gente tienen un no sé qué que


Fotograma de la película: No tengas miedo.

Muestra de Montxo Armendáriz: del 30 de mayo al 2 de junio. Inauguración: jueves 30, 19:30. Viernes y sábado 17:15 y 19:30 y domingo 16:00 y 18:30, sala Alfredo Pareja de la CCE.

estremece. En cierta medida provoca miedo, pero a la vez cautiva, como si quienes han sido llamados al campo fueran embrujados y no pudieran volver atrás. Tasio y Obaba son dos fábulas de libertad. Hay algo en ese misticismo del monte, de lo alejado, que produce en los personajes una sensación de plena satisfacción, de liberación; lo mismo en Secretos del corazón que se guía de la sentencia clásica ‘la verdad te hará libre’. El tiempo en el pueblo está detenido, es difícil saber la época, el tiempo solo se reconoce cuando un intruso llega a hacer preguntas, a descubrir enigmas, o a intentar hacerlo, pero termina completamente encantado y pasa de ser intruso a ser un cautivo voluntario, capaz de dejarlo todo atrás con tal de formar parte de las extrañas leyendas y cuentos del lugar. Con maestría, Armendáriz envuelve al espectador, va deshilando historias e historias que van de familia en familia, de vecino en vecino, de época en época, pero que se mantienen sostenidas, intactas en el tiempo, sin evolucionar, sino repitiéndose circularmente y en estos círculos envolviendo al personaje que llega de afuera y, por supuesto, al espectador. Secretos del corazón, nominada al Óscar, y una de las películas más premiadas del cine español, mantiene, además de esta lógica, la frescura intacta de la infancia, narrada desde la mirada de un niño que va aprendiendo la verdad. Luego, está la más contemporánea de las películas de Montxo Armendáriz, No tengas miedo, una escalofriante obra que si bien es narrada desde la más perfecta sutileza visual, habla del horror de las violaciones a niños por parte de sus propios familiares. Tema escabroso, trágico, lleno de espinas, pero que Armendáriz logra presentar como lo que es, un asunto imprescindible de discutir, de poner sobre la mesa, de entender sin tabú porque es un riesgo al que están expuestos todos los niños y jóvenes. También plantea en No tengas miedo el sentido de la libertad y la liberación a través de la verdad. El personaje central alcanza algo de paz cuando finalmente logra encarar la violencia a la que ha sido sometida durante toda su vida. Armendáriz en cuatro tiempos: el tiempo de liberarse, el de someterse y dejarse llevar por la fábula, el de las pasiones ocultas y el tiempo congelado, en el que lo que conviene es aprender a escuchar.

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Panel DE LA CCE Y LA ACADEMIA UN HISTORIA SUSCRIBIERON CIÓN CONVENIO DE COOPERA

oriana y la Academia La Casa de la Cultura Ecuat ron un acuerdo marNacional de Historia suscribie ar, en forma conjunta, co con el objeto de desarroll la cultura e historia y actividades que promuevan ad de público. que lleguen a la mayor cantid con la publicación Esta colaboración se inició ducción del trataTra del libro de Eugenio Espejo e. Cartas teológicas, lim sub y so illo rav do de lo ma lección Bicentenario. obra con la que se cierra la Co bién la publicación Se encuentra en carpeta tamba en el siglo XIX, Cu de los libros: Eloy Alfaro y Rodas; Ciclópea traán rm Ge de n ció una investiga res; y, El solar de la vesía, de Alfonso Sevilla Flo memoria, de Jorge Núñez.

Raúl Pérez Torres, Presidente de la CCE; Jorge Albán Gómez , Vicealcalde; Juan Cordero I., Director de la Academia de Historia

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FERIAS DE LIBROS Una amplia participación de su proyecto cultural realiza la Casa de la Cultura Ecuatoriana a través de las Ferias del Libro tanto nacional como internacionalmente. Los libros editados por la Institución están presentes en las ferias de Alemania, Argentina, República Dominicana y Colombia a través de la Cámara Ecuatoriana del Libro. Igualmente, en el país se ha participado en las ferias de Ambato, Latacunga y Quito, y se prepara otra feria para julio en Guayaquil.

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JAVIER MARÍAS, PREMIADO El escritor Javier Marías fue galardonado con el premio Fomentor de las Letras 2013 por el conjunto de su obra literaria. El premio será entregado el 31 de agosto. Según el jurado, Javier Marías ha sabido combinar fórmulas novelísticas tanto experimentales como convencionales. Cada nueva obra es el resultado de una lucha contra la inercia del oficio. Entre sus obras están: Los dominios del lobo, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí y Los enamoramientos.


NUEVO MODELO DE GESTIÓN CULTURAL En reunión mantenida con el escritor Raúl Pérez Torres, presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y con miembros de la CCE, el presidente de la República, Rafael Correa Delgado, consideró urgente e indispensable crear un nuevo modelo de gestión para la cultura nacional, como fórmula para superar las deficiencias que actualmente atraviesa el sector. «Es necesario realizar un cambio a la mala administración histórica y comprender que el objetivo es la cultura y no solamente la Casa de la Cultura», comentó, y nombró una comisión que la encabezará el nuevo ministro de Cultura, Francisco Velasco, y Raúl Pérez Torres, que en un plazo perentorio de 45 días presentará un nuevo diseño de gestión cultural que, según disposición del mandatario, «deberá articular a todos los actores culturales». En cuanto a la petición para que se designen fondos destinados a resolver los daños existentes en la infraestructura física de la Casa Matriz, determinó que el nuevo ministro Velasco efectúe una revisión urgente, a fin de encontrar soluciones. Por otro lado, dispuso al Ministerio de Finanzas viabilice la petición de los dignatarios de la CCE para la entrega de fondos por más de dos millones de dólares, rezagados, producto de una asignación del 2 por ciento sobre los ingresos brutos de la Autoridad Portuaria o sus concesionarios. «Si efectivamente debemos ese dinero, hay que abonarlo inmediatamente, y si las liquidaciones están mal hechas, hay que revisarlas», ordenó el mandatario.

María Belén Moncayo, Ministra de Patrimonio; Rafael Correa, Presidente de la República, y Raúl Pérez Torres, Presidente de la CCE.

NUEVAMENTE MURAKAMI Haruki Murakami vuelve a convulsionar el mundo de la literatura con la presentación de su nueva novela El descolorido Tsukuru Tazaki y sus años de peregrinación, cuya edición impresa pasa ya del millón de ejemplares en diez días. Pero hay algo más, según la agencia EFE, Murakami describe y utiliza las composiciones de Franz Liszt (1811-1886) para acompañar al protagonista de su nuevo libro en un viaje introspectivo en busca de su pasado, y menciona, especialmente, al pianista ruso Lazar Berman. Esto ha producido una verdadera euforia por conseguir estas grabaciones que han agotado los CD en Japón, por lo que la discográfica Universal Music ha decidido reeditar el CD de la grabación de 1977. El autor de Tokio Blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Baila Baila, Baila y Kafka en la orilla está en primer lugar en las librerías del mundo. 41


Nuevas

Dios hizo el mar

publicaciones Traducción del tratado de lo maravilloso y sublime

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Con este volumen editado por Carlos Paladines que presenta la Traducción del tratado de lo maravilloso y sublime. Cartas teológicas de Eugenio Espejo, la Casa de la Cultura Ecuatoriana concluye la colección Biblioteca Mínima del Bicentenario, que incluyó quince títulos que ayudaron a comprender los procesos históricos del Ecuador, entre ellos: Juicio a Espejo, del mismo Carlos Paladines; Páginas de la historia ecuatoriana, de Oswaldo Albornoz Peralta; Eloy Alfaro y sus victimarios, de José Peralta; Obras completas, de Eugenio de Santa Cruz y Espejo; Manuela Sáenz, de Hernán Rodríguez Castelo, entre otros. La revisión y cuidado de la edición estuvo a cargo de Myriam Medina.

Como agua lluvia

En Agua como lluvia, y / o cuasi poemas, Patricio Muriel Aguirre recurre a la fórmula cortazariana de Rayuela y muestra, dentro del poema, palabras con rojo de las que pueden prescindirse. El libro está dividido en capítulos temáticos cuyos poemas expresan diversos estados de amor o desamor: ‘Agua de ayer’; ‘Llueve sobre mojado’; ‘Llueve, pero hace sol o los confusos’; ‘Aguacero, o los de ahora’. Interesante recurso visual es la ruleta que ha incorporado en la cotraportada. Hagámosla girar. Leamos: «por simple vanidad / quiero hacerte sufrir, / destornillar tu mirada, / bajarla hasta el suelo, / con el sencillo objetivo / de verte llorar / y descubrir / que tus ojos son negros.

Martín Lasso Barreto, médico quiteño que ha seguido, desde el hospital público de Santiago de Chile, el camino de la poesía en la tradición de Louis Ferdinand Céline. Bajo el nombre Dios hizo el mar, Lasso nos entrega, según sus propias palabras, poesía intimista, que habla de su historia y de su forma de ver el mundo, de sus luces y sus sombras. En la solapa del libro puede leerse: «Versos que son viajeros silenciosos desde la intimidad de los queridos presentes o ausentes al mundo del erotismo, ansiedades que intentan belleza, y luego vuelven al origen donde siempre termina esta poesía intimista y propia, que cierra su círculo en el regazo de un espíritu lleno de olvidos y maldiciones».

Abracadabrante

Relato de 64 páginas, organizado en 26 escenas a manera de un dra-


libros ma moderno en el que se presenta el cotidiano juego de las psicopatías y desdoblamientos interiores. El erotismo es una constante, así como el patetismo mágico que sacude el oculto y sinestésico universo de los sentidos. Obra que pone de manifiesto el laberinto de la vida interna, con sus fijaciones y secuelas, y que ofrece aproximaciones a libros, autores, obras de arte, historias urbanas y experiencias personales.

Breve historia de la medicina del Ecuador

organizado sus servicios para satisfacer los requerimientos de salud y la influencia de los cambios suscitados en las metrópolis en el desarrollo de la medicina ecuatoriana y en las propias condiciones de vida.

Los cochinones

Utolands

La segunda entrega de la colección institucional Casa Nueva está consagrada a la obra Utolands, de Luis Alberto Bravo, poeta considerado en la Filven de Guadalajara como uno de los secretos mejor guardados de América Latina. Este poemario contundente como un jab, está dividido en cuatro capítulos: ‘El nombre de un viaje’, ‘¡Bienvenidos a este pueblo!’, ‘Perdí la aldea’ y ‘¡Vuelva cuando quiera!’, y está matizado con recursos caligramáticos, referencias a poetas y músicos de nuestra generación. A caballo entre la cultura académica y la pop, este es un libro imprescindible dentro de la nueva poesía ecuatoriana.

Ganadora del premio Universidad Central, Breve historia de la medicina del Ecuador, del Dr. Ramiro Estrella, destacado docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central del Ecuador, se trata de un estudio que recoge e integra los aspectos más importantes de las obras clásicas publicadas sobre el tema, y analiza las condiciones que configuran las etapas fundamentales del desarrollo de la medicina en el país, desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad. El estudio de las múltiples formas que desde los primeros tiempos encontraron los seres humanos para enfrentar los peligros que afectaban a la salud y la vida y evitar el sufrimiento, el dolor y la muerte, revela la existencia de diversas concepciones sobre la salud y la enfermedad, que partiendo de una determinada visión de la condición humana, sirvieron de fundamento al conocimiento y las prácticas médicas en los diversos períodos históricos. La obra nos permite recrear las transformaciones ocurridas en nuestro país, conocer la manera cómo la sociedad ecuatoriana ha

El portento de Euler: recrear la vida vivida desde sus resquicios más evidentes y desde aquellos que viborean en lo más remoto de nuestro ser. Tiempo y tedio, amores y desamores, vacío, desidia y desamparo, miseria, expoliación, políticos con sonrisa de escayola; encuentros y despedidas, destellos de regocijo; el ser humano a cuestas con sus pequeñas muertes alojadas en su roñoso corazón. Y de todo este áspero revoltijo Euler seduce la palabra para tornarla poesía. Seducción en la línea que pervierte el orden de las voces. Más fuerte que el poder, porque es mudable, en tanto que el poder se pretende inmortal. Euler ha lidiado siempre con las palabras grotescas, irrisorias, obtusas, nulas, engendradas por las hilarantes cabriolas que intentamos los seres humanos para no llegar al final ‘matando el tiempo’ con toda suerte de trampas e ilusiones. De algún sitio de su ser brota el fuego de su poesía, tumultuosa, caótica, violenta.

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Filoteo Samaniego C

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on la muerte de Filoteo Samaniego el país pierde a uno de sus más importantes intelectuales. Hizo sus estudios en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de París. Dio conferencias en universidades de Estados Unidos, Perú, Líbano, Austria, México, Argentina y Brasil. Fue embajador del Ecuador en Austria, Alemania, Rumania y Egipto. Catedrático de Historia de la Cultura y de Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y de Historia del Arte en la Escuela y Facultad de Artes de la Universidad Central. Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, del Grupo América, de la Academia de la Lengua y del Instituto Ecuatoriano de Antropología. Director de Patrimonio Artístico Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y del Centro Cultural Jorge Fernández de la Universidad Internacional del Ecuador, donde es recordado como un maestro de lúcidas ideas y formador de decenas de profesionales exitosos. Recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo y las condecoraciones Eugenio Espejo del Municipio de Quito y Gabriela Mistral. Fue declarado Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional del Ecuador. Publicó, en poesía: Agraz, Relente, Umiña, Signos, Signos II, El cuerpo desnudo de la tierra, Los niños sordos, Oficios del río, La uña de Dios, Ciudad en vilo, Voces, ecos y silencios y Los testimonios. En ensayo: Poesía francesa contemporánea; Arte ecuatoriano; Ecuador pintoresco; Columnario quiteño; Ecuador, un mundo verde junto al sol; y, Cabos sueltos. Realizó varias traducciones de poesía francesa y colaboró en diversos periódicos y revistas. En 2006, a propósito de la publicación de la obra poética de Filoteo Samaniego dentro de la colección de la CCE, Poesía Junta, Edmundo Ribadeneira escribió: «Amor pues, en la admiración o en el reproche, en el recuento minucioso con que Samaniego descompone y establece la condición humana, y dolor causado por las aberraciones múltiples del hombre o por el destino ciego que ensordece a los infelices niños de Oriente. Todo lo cual nos deja ver a un poeta humanísimo, que entra y sale de su poesía cada vez más conmovido y fortalecido por las verdades que descubre y aporta,

remodeladas y recreadas por una pasión vocacional que satisface con creces la sensibilidad y la crítica más exigentes».

Vencimiento Evidencia y muerte en la eternidad que me niegan tus armas de polvo, tus caminos de humo. He aquí el compromiso: transar con el otoño vagabundo; elegir el consentimiento del junco vencido; asir la mano del alba cuando, temblorosa, se anida en los muslos locos, y amar la carne profunda en sus nieves y torrentes. ¿Quién abre la flor sin nombre de tus ojos? ¿Quién gime en tus senos sin reposo? ¿Quién habla, fuera de ti, sobre ti misma, en sombras de deseo prolongadas, sin freno ni medida, aún insatisfechas?


CINECLUB DE LA CASA 2013

Cine ecuatoriano contemporáneo De marzo a diciembre de 2013 Martes 18:30, Función y Foro con presencia del Director Sala de cine Alfredo Pareja. Entrada Gratuita

A cielo abierto, derechos minados . Pocho Álvarez 11 de junio. A tus espaldas . Tito Jara 25 de junio. Labranza oculta . Gabriela Calvache 9 de julio. Impulso . Mateo Herrera 23 de julio. Problemas personales . Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera I. 10 de septiembre. Cuando me toque a mí . Víctor Arregui 24 de septiembre. Con mi corazón en Yambo . María Fernanda Restrepo 29 de octubre. Pescador . Sebastián Cordero 5 de noviembre. Esas no son penas . Anahí Hoeneisen y Daniel Andrade 10 de diciembre. Descartes . Fernando Mieles 28 de mayo.

Sala de Cine Alfredo Pareja Ave. Patria, entre 6 de Diciembre y 12 de Octubre. cinematecaecuador@yahoo.com. Tel.: 2520075 ext. 306/113 45 cinematecaEcuador cinematecaEc www.cinematecanacionalecuador.com / www.cce.org.ec Quito, Ecuador, 2013


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Casa Palabras N° 3