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manera de echar abajo semejante abuso por medio de esfuerzos perseverantes y de sacrificios”, se les recordará el nombre de Cobden y comenzarán la obra. En Barcelona encontréme con Juan Thompson, uno de esos pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra se encuentran en mayor o menos número, como aquellos griegos de Constantinopla cuando los “turcos” se apoderaron de ella. El facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés, que estaba allí; la revista de ambos mundos acababa de hacer su complaciente compte-rendu del librote, y heme aquí que sabiendo mi llegada a Barcelona, M. De Lesseps, el célebre cónsul general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que había escrito aquel libro. Amigos a las dos horas de conocernos, Cobden, que a la sazón estaba en Barcelona, tuvo los honores de un té, durante el cual debía serle yo presentado. ¿Os imagináis a Cobden, un O´Connell vivo, cáustico, entusiasta, ardiente en la polémica, rápido, inesperado en la réplica? ¿Cuánto os engañáis, mi pobre Victorino! Es un papanatas, fastidiado como un inglés, reposado como un axioma, frío, vulgar, si es posible decirlo, como las grandes verdades. Hablamos los dos solos casi toda la noche; contóme algunas de sus aventuras, de sus luchas; mostróme sus medios de acción, la estrategia de sus palabras, los cuentecillos con que era preciso entretener al pueblo para que no se durmieran escuchando. Lamentóse de la casi insuperable dificultad que oponían las masas, por su incapacidad de comprender, por sus preocupaciones; dióme una tarjeta por si alcanzaba a estar él de regreso en Manchester a mi paso aquella ciudad, y no nos separamos más que en la puerta de mi hotel, quedando yo abrumado de dicha, abismado de tanta grandeza y tanta simplicidad, contemplando medios tan nobles y resultados tan gigantescos. No dormí esa noche; tenía fiebre; parecíame que la guerra iba a caer en ridículo, cuando generalizándose aquel sistema de agregación de voluntades, de yuxtaposición de masas, fuese puesto en práctica para destruir abusos, gobiernos, leyes, instituciones. ¡Qué cosa más sencilla! Hoy somos dos, mañana cuatro, al año siguiente mil, reunidos públicamente en un mismo propósito. ¿Resiste el gobierno? Es que aun no somos muchos; es que quedan a favor del abuso muchos más. Sigue la predicación, y los folletos, y los diarios, y la asociación, la liga. El gobierno y las cámaras saben el día y hora en que están vencidos, y ceden. ¡id a poner en planta tan bello sistema en América! Cobden había destruido o atacado antes de comenzar su obra, todos los grandes principios en que reposaba la ciencia gubernativa. El equilibrio europeo lo

Borges colegial, a los doce años

declaró manía de entrometerse en asuntos ajenos por desaburrirse los ministros. Las colonias eran sólo el medio de proporcionar empleo a los hijos menores de los lores. La balanza comercial, el resumen de la ignorancia en economía. La política, con todas sus pretensiones de ciencia, el charlatanismo de bobos y de pillo. La protección a las industrias nacionales, un medio inocente de robar dinero al vuelo, arruinando al consumidor y dejando en la calle al fabricante protegido. En cambio de todas estas verdades fundamentales, él sustituía el buen sentido, el sentido común de los hombres, más apto para juzgar que la ciencia interesada de lores y ministros. Ahora parto para África. Llevo cartas para el mariscal Bugeaud, y casi orden al cónsul de Mallorca para que me haga conducir a Argel por el primer vapor de guerra que se presente. Dios os tenga en su santa guarda.

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DOSSIER DEL SERVEI EDUCATIU DEL CCCB Cosmópolis. Borges y Buenos Aires Dossier del Servei Educatiu del CCCB Kosmópolis. La Biblioteca de Bor...

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