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(Berlín 1929) sostiene la nulidad del primer convenio, puesto que la mujer tiene que adivinar una cosa que sólo se resuelve a raíz de la misma contestación... Yo pensaría que la debilidad del segundo reside en el empleo despreocupado de las palabras juramento y mentir, que ya están insinuando una confusión entre ejecución y propósito. Esas palabras imprudentes parecen indicar que la veracidad del interrogado era lo importante, no sus dotes proféticas. Ello anularía el problema. El extraño viajero declara su propósito de morir: el tribunal comprueba que es sincero en la declaración de esa voluntad; el tribunal, de acuerdo con la ley del señor de aquel río, le impone seguir viaje. Para evitar esa deplorable consumación, he urdido una tercera fábula: variante acaso inútil de la primera. Carece de dramaticidad, carece de muerte; pero no le veo fin. BARCELONA Sarmiento, D.F., Viajes II. España e Italia (1846) Estoy, por fin, fuera de la España; como sabéis, nosotros somos americanos, y los barceloneses catalanes; podemos, pues, murmurar a nuestras anchas de los que están allí en Montjuich con sus cañones apuntados sobre la ciudad. ¿Os acordáis del buen godo Rivadeneira, con aquella boca de extremo a extremo, aquellas cejas negras que sombrean ojos centelleantes de actividad y de inteligencia, pequeño de cuerpo, brazos largos, y empaquetado, enjuto y nervioso? Así son todos los catalanes; otra sangre, otra estirpe, otro idioma. No se hablan con los de Castilla sino por las troneras de los castillos. El aspecto de la ciudad es enteramente europeo; su Rambla asemeja a un bulevar, sus marino inundan las calles como en el Havre o Burdeos, y el humo de las fábricas da al cielo tinte especial que nos hace sentir que le hobre máquina esta debajo. La población es activa, industrial por instinto y fabricante por conveniencia. Aquí hay ómnibus, gas, vapor, seguros, tejidos, imprenta, humo y ruido; hay, pues, un pueblo europeo. No sé qué cosa de grandioso y atrevido hay en esta raza, a quien tuvieron los reyes de España con el cuchillo que servía en la mesa pendiente de una cadena para que no pudiera armarse. Todas sus empresas respiran grandeza. Están edificando un teatro, que pretende ser el más bello y el más grande de la Europa y del mundo, por tanto; y su escuela de artes es, acaso, uno de los establecimientos más ricamente dotados, más completo en sus ramos de enseñanza gratuita, y más cuidado y asistido. La industria barcelonesa se resiente, empero, del medio ambiente en que se desenvuelve. Favorecida por derechos protectores, la fábrica tiene una puerta que va hacia la España y otra

hacia la frontera de Francia o el mar; y si fuera pan lo que fabrican, harían vulgar el milagro de los cinco mil, porque de un quintal de lana ellos sacan quinientas piezas de paño. Es verdad que las cuentas de la aduana de Francia traen esta entrada todos los año..., tantos millones producto del contrabando de España. El barcelonés está en conciencia libre de todo cargo; hace con efecto la guerra a sus enemigos; el contrabando es lícito, como el robo entre los espartanos, si se perpetra impunemente. La aduana española ha adoptado el vapor como medio de persecución, cual Rosas la prensa. A propósito de protección, he tenido aquí la felicidad de ser presentado a Cobden, el grande agitador inglés, y os aseguro que después de Napoleón, hombre alguno hubiera deseado ver de preferencia. Conocéis la larga lucha de la liga contra los cereales en Inglaterra, lucha gloriosa de raciocinio, la discusión, la palabra y la voluntad, que ha derrocado a la aristocracia inglesa, zapando su poder en la base, en la tierra que posee por derecho de primogenitura, y dejándola viva, para que se desangre poco a poco, se haga pueblo y ceda sin violencia el poder, cuando sus manos debilitadas no puedan manejarlo. Desde los tiempos de Jesucristo no se había puesto en práctica este sencillo método de propagar una doctrina, por el solo uso de la palabra. Los católicos posteriores continuaron predicando, es verdad; pero quemaban de cuando en cuando a sus oponentes, y las guerras de religión han inundado de sangre la tierra. Los principios de libertad no habían salido hasta hoy de ese triste terreno, la libertad y la guillotina, la emancipación de los pueblos, y la conquista, Cobden ha rehabilitado la predicación antigua, el apostolado sin el martirio. Algunos millones de libras esterlinas reunidas por suscripción alimentaron durante ocho años aquella guerra de palabras. Nueve millones de opúsculos arrojaron, sólo en 1843, aquellas baterías de lógica y de convencimiento; y unos dos mil mítines, cual combates parciales, y dieciséis mítines monstruosos, batallas campales que oscurecen, por el brillo de los resultados, las inútiles de Jena, Austerlitz, y Marengo, concluyeron por entregar a Cobden las llaves del parlamento ingles, dictando desde aquel Kremlin a la aristocracia la capitulación que les permitía permanecer con bagajes, pertrechos, banderas y posiciones, a trueque de que dejase entrar en Inglaterra tanto trigo como el pueblo necesitase para hartarse de pan. Desde Cobden principia una nueva era para el mundo; la palabra, el verbo, vuelve a hacerse carne, produciendo por si solo los más grandes hechos; y “en adelante, cuando los hombres quieran saber si es posible destruir un abuso protegido por el poder, defendido por la riqueza, por el rango, por la corrupción, cuando se pregunten si hay

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