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Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro. Walter Benjamin La Reforma Universitaria de 1918 no fue un grito aislado, y su fuerza no se agotó en ese primer gran impacto continental que se extendió durante los años veinte. Los elementos de su programa no han dejado de ser levantados de manera reiterada y persistente por el movimiento estudiantil latinoamericano a lo largo del siglo XX, y hasta nuestros días. Sin embargo, el legado de la Reforma, como el movimiento reformista mismo, es contradictorio. Dentro de él se inscribe el espíritu de renovación y modernización que acompañó el ascenso político de la clase media en Argentina a comienzos del siglo XX, afín a la cultura burguesa y compatible con la necesidad de conocimientos y profesionales para el desarrollo del orden capitalista. Pero este movimiento también es empujado por una tendencia que, al compás de los acontecimientos mundiales (entre los que se destaca la Revolución Rusa), ve la necesidad, y la posibilidad, de supe-rar ese orden, inscribiendo el proyecto de renovación de la universidad en el proyecto de una sociedad alternativa. Esta caracterización sin duda no agota todos los matices y elementos que componen el movimiento reformista, pero nos permite una comprensión inicial de por qué su legado está, aún hoy, en disputa. Quienes conducen las universidades nacionales en Argentina, sin importar su afiliación política, reconocen de una u otra forma los postulados reformistas como pilares incuestionables de las instituciones que gobiernan, y en ese sentido hacen suyo el legado de lxs jóvenes del 18. Reivindican la Reforma, pero en un tiempo perfecto: estamos ante un hecho consumado. Este modo de reivindicar la Reforma, además de vaciar su legado de

todo lo que pueda tener de movilizador para el presente, oculta que la universidad de hoy no es la universidad reformada que ganaron lxs estudiantes 18, sino la universidad resultante de sucesivas contrarreformas, entre las que se destaca la Ley de Educación Superior aprobada en 1995, aún vigente. Para esta tendencia hegemónica, la universidad, en sus aspectos fundamentales y sus lineamientos generales, ya es perfecta. A lo sumo reconocen que habría que afinar algunos detalles, y eso sólo si son progresistas: habría que ampliar algunos derechos democráticos (sin cuestionar la división estamental del demos universitario que privilegia a algunos claustros por sobre otros); mejorar la excelencia académica de la institución (sin cuestionar los parámetros y los proyectos educativos, científicos y tecnológicos a los que responden las evaluaciones de excelencia académica); o tener una política más sostenida de extensión universitaria (sin cuestionar el tipo de función social que cumple hoy la universidad). Por lo demás, el gobierno universitario, tanto para las autoridades progresistas como para las conservadoras, debe limitarse a administrar la producción de conocimiento y la formación de profesionales de acuerdo a las necesidades del orden social vigente. Nosotrxs nos inscribimos en otra tendencia, actualmente en movimiento y batallando, que entiende que las tareas del movimiento estudiantil no están concluidas, y no lo estarán hasta que la sociedad no sea transformada de raíz. ¿Cómo debemos posicionarnos ante la Reforma, si no hemos de tratarla como un hecho consumado? Las reivindicaciones de la Reforma, en la medida en que fueron conquistadas por el movimiento reformista, marcan un piso que debemos defender; y en la medida en que constituyen una tarea pendiente, los dolores que nos quedan, son consignas que todavía levantamos a la hora de dar nuestras luchas.

Sin embargo, estas reivindicaciones deben ser entendidas en el contexto en el que se formularon y según el carácter histórico del movimiento que las impulsó. Muchas carecen de igual significado para las luchas actuales, y deben ser redefinidas dentro del proyecto de sociedad de los movimientos emancipatorios de nuestro tiempo, en busca de las libertades que nos faltan. Como dijera Mariátegui, "no vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento". A continuación, intentaremos delinear nuestra opinión sobre el significado que tiene la Reforma Universitaria para una praxis política emancipadora en la universidad. Esto no pretende ser una conclusión definitiva sino una instancia más en la apertura al debate y la reflexión que debemos darnos lxs estudiantes, como instancia necesaria en la recuperación de nuestra historia y la reconstrucción de un movimiento estudiantil democrático y combativo, capaz de generar rupturas con lo existente y ensayar nuevas realidades. La función de la universidad en la sociedad capitalista A la hora de caracterizar la universidad partimos de una premisa según la cual la universidad no está aislada del conjunto social. En cambio, cumple un rol socialmente determinado por los intereses hegemónicos de nuestro tiempo, y ese es el fundamento de su subsistencia y legitimidad. La universidad no es, por tanto, una institución separada del conjunto de las relaciones sociales capitalistas, sino que se inserta en ellas y cumple unas funciones específicas en su reproducción. Este rol social de la Universidad viene determinado tanto por los productos que intercambia con el resto de la sociedad, por el modo en que se da ese intercambio, y por la reproducción, a su interior, de una organización de la producción y jerarquización de lxs sujetxs análogas a la del conjunto social.

La sociedad actual está dividida, fundamentalmente, entre quienes poseen los medios de producción, y explotan la fuerza de trabajo ajena, y quienes no los poseen y dependen del intercambio de su fuerza de trabajo por un salario para su subsistencia. A la propiedad de una minoría sobre los medios de producción le corresponde una centralización en el control de la producción. Es decir que, a la primer división entre capitalistas y trabajadorxs, la sociedad de clases, le viene asociada otra: la división entre quienes piensan y dirigen la producción, y quienes la ejecutan. Esta alienación del trabajo y la producción estructura todo un modo de organización social, donde una minoría capitalista decide el destino del conjunto social en beneficio propio, dado que la producción social no está orientada a satisfacer las necesidades concretas y reales de las mayorías, sino que tiene como fin último la maximización y apropiación de las ganancias por parte de la clase capitalista. La sociedad se compone además de todo un entramado de instituciones legales, políticas, culturales, etc., que Marx denominó globalmente como superestructura, entre las que se cuentan el Estado, los partidos políticos, la Iglesia, los medios de comunicación, las instituciones educativas, etc. La función global de la superestructura en la sociedad capitalista es garantizar que la producción pueda realizar el imperativo de maximizar la ganancia y que la sociedad de clases se siga reproduciendo como tal. El capitalismo está siempre sujeto a tendencias desintegradoras, por su propensión a la crisis económica y a la agudización de la lucha de clases. La superestructura hace frente a esas tendencias, mediando y encauzando los intereses en disputa, sea mediante la represión –coerción violenta sobre los sectores potencial o concretamente conflictivos para el orden social vigente–, sea mediante el consenso –imposición pacífica de una ideología favorable al mantenimiento del orden.


La universidad forma parte de esa superestructura: su función social, como productora socialmente legitimada del conocimiento, es maximizar la ganancia capitalista y reproducir las actuales relaciones sociales de explotación. Esta función se cumple en parte por los productos que intercambia con el conjunto social: conocimientos que se expresan tanto en innovaciones científicas y tecnológicas orientadas al aumento de la ganancia, como en la difusión de una ideología que legitima el orden existente, presentado las relaciones sociales capitalistas como si fueran naturales o las más racionales, consolidando la creencia de que no tiene sentido organizarse para transformar la sociedad. Esta producción de conocimiento técnico e ideología se traduce también en la formación de fuerza de trabajo calificada y dócil, cuadros técnicos y cuadros ideológico-políticos, que constituyen piezas esenciales para la reproducción del sistema. Cabe aclarar que esta distinción entre los aspectos técnicos e ideológicos de la producción de conocimiento es sólo analítica, y por lo general aparecen inseparablemente combinados en los diferentes tipos de conocimiento y las distintas profesiones. La realización de esta función está condicionada en gran medida por la manera en que se financia el trabajo intelectual en la universidad. Diversos grupos privados hacen aportes a la universidad para direccionar la producción de conocimiento de acuerdo a sus necesidades. A su vez, el Estado, en la medida en que su función es sostener y reproducir la sociedad de clases, también otorga fondos para orientar la producción de conocimiento según las necesidades del capital. De esta manera, se financian grupos de investigación, se reforman planes de estudio y se crean nuevas carreras en función del proyecto productivo y las necesidades de legitimación social del bloque de la clase dominante que esté conduciendo el Estado y de los grupos económicos que puedan hacer los aportes

y los convenios necesarios con la universidad. Al mismo tiempo, la universidad se ha constituido y organizado de tal modo que, por su propia dinámica interna, garantiza la reproducción del orden social vigente. El entramado de relaciones sociales en el que se inserta la universidad y que se configura al interior de ésta manifiesta de diferentes maneras una división entre un grupo minoritario de personas que toma las decisiones y un grupo mayoritario que debe someterse a las consecuencias de las decisiones de otros. Estas formas de alienación se dan en los espacios de producción y reproducción de conocimiento, en el gobierno de la universidad, y en el tipo de relaciones que se dan entre la universidad y el resto de la sociedad. En primer lugar nos encontramos con la forma de organizar la producción del conocimiento en la Universidad. Los contenidos que se investigan y enseñan en gran medida vienen determinados por un financiamiento orientado a las necesidades sistémicas, y acreditados como investigables o enseñables por mecanismos y criterios de evaluación ajenos a lxs docentes, investigadorxs y estudiantes involucradxs en la producción de esos contenidos. Al mismo tiempo, una organización verticalista y jerárquica de las cátedras y los grupos e institutos de investigación hace que los mismos contenidos sean los que se reproduzcan todo el tiempo, ya que sólo se entra en el sistema por el escalafón más bajo, trabajando en función de lo que se decide más arriba, y cuando unx logra ascender, no sabe otra cosa que reproducir aquello que ha ido haciendo en el trayecto. Esta forma de organizar la producción del conocimiento está íntimamente ligada a una limitada concepción del saber y la enseñanza, de acuerdo con la cual a lxs estudiantes nos toca un rol de carencia y pasividad, atrofiando nuestra capacidad de decidir por nosotrxs mismxs qué deseamos investigar, conocer y enseñar.

Esta jerarquización en la producción del conocimiento se reproduce a su vez en la organización política de la universidad, que excluye a la mayoría de lxs universitarixs de la dirección de la institución. Esa dirección está en manos de órganos de gobierno representativos, controlados por una mayoría docente, portadora del saber/poder, que toman las decisiones más relevantes para la conducción política de la universidad excluyendo a la mayoría de lxs universitarixs de la discusión y la decisión. Esto favorece que el control político de la universidad sea tomado por camarillas docentes con privilegios estamentales, que se perpetuán en el poder, reproduciéndose a sí mismas mediante el control de quiénes acceden a los cargos docentes, y obstaculizando el desarrollo de tendencias renovadoras y revolucionarias en el campo del conocimiento y en la disputa por la orientación política de la universidad. Por último, esa diferencia entre lxs que deciden y lxs que hacen se manifiesta en la relación de la universidad con el resto de la sociedad, en dos sentidos. Por un lado, podemos constatar que la mayor parte de los sectores explotados y oprimidos de la sociedad tienen prácticamente vedado su ingreso a la universidad y su permanencia en ella, más allá de que exista un reconocimiento formal del derecho a la educación superior: la función social de estos sectores es la realización del trabajo manual. Esta exclusión no se basa tan sólo en las condiciones socioeconómicas de los sectores populares sino también en los mecanismos de exclusión que operan al interior de la universidad: requerimientos de conocimientos que no se ofrecen de manera gratuita; no gratuidad de los materiales de estudio; regímenes de enseñanza difíciles de cumplir para estudiantes trabajadorxs; poca oferta de horarios de cursado; fomento de una lógica de competencia y mérito individual; etc. Por otro lado, la extensión universitaria, como mecanismo que se propone la universidad para que el conocimiento tenga un alcance

social más amplio, reproduce la misma división que intentamos cuestionar: trabajadorxs intelectuales al interior de la universidad deciden qué problemáticas sociales es necesario atender y qué conocimientos aplicar para su resolución, sin hacer partícipes a los sectores sociales involucrados en la producción de ese conocimiento. A la vez, el concepto de extensión representa la función social de la Universidad como algo aislado y accesorio en relación a la producción de conocimiento, como algo que viene después y que se desarrolla fuera de la Universidad, reforzando la distinción entre teoría y práctica, y la creencia de que el saber producido en las universidades es neutral respecto a las relaciones sociales y las condiciones de producción en que están inmersas. Este conjunto de elementos que hemos señalado están interrelacionados y responden a la función social que debe cumplir la universidad. La exclusión de sectores populares de la universidad, y la concepción de la extensión como una transmisión de conocimientos que se da desde el interior de la universidad hacia afuera, implican que la producción de conocimiento esté en manos de un pequeño grupo de privilegiadxs que pueden acceder a la universidad y que tienen muy poca relación con las problemáticas sociales que lxs rodean. Si a esto le sumamos la concentración del poder al interior de la universidad, tanto en el proceso de producción de conocimiento como en los órganos de gobierno, nos encontramos con que la universidad desarrolla un metabolismo que consiste en la autorreproducción de una intelectualidad aséptica, academicista, sin interés por las problemáticas sociales que afligen a la mayoría del pueblo trabajador, que realiza una tarea intelectual en el peor de los casos servil al sistema y en el mejor de los casos simplemente inerte o inútil para cualquier transformación de fondo que se quiera realizar. Todos estos factores implican la clausura de la posibilidad de producir otros


tipos de conocimiento, menos ligados a la necesidad de reproducción de la sociedad de clases, y que por su forma de producción, por su función social y por su contenido puedan resultar críticos, transformadores de la realidad existente y de las subjetividades que transitan la universidad. No obstante, este panorama que construimos de la universidad es esquemático. Que la universidad realice la función que le toca en la sociedad capitalista no es algo dado y mecánico, como si se tratara de una estructura objetiva y muerta. En su seno hay una puja, procesos de ruptura y recomposición, correlaciones de fuerzas en tensión. Al igual que en el resto de la realidad social, la universidad está llena de contradicciones, y no se compone sólo de fuerzas objetivas, sino también de sujetxs que desean y disputan transformaciones. Esto conlleva a relativizar nuestro análisis de la producción de conocimiento en la universidad, y a afirmar que, más allá de esta estructura de funcionamiento esquemática de la universidad dentro del sistema capitalista, las distintas coyunturas políticas y relaciones de fuerza entre sectores en pugna pueden poner ese esquema en cuestión. Es la existencia de esta lucha lo que nos permite concebir la universidad como una trinchera donde batallar, donde organizarnos y militar, susceptible de ser transformada, y significativa para la construcción de una alternativa social del pueblo trabajador. Disputando la universidad: de la reforma universitaria a la revolución social Queremos una sociedad basada en la propiedad y la gestión colectiva y democrática de los medios de producción, en la que no haya explotación, y donde la producción social esté orientada a satisfacer las necesidades de todxs. Queremos una universidad que anticipe, en la producción del conocimiento, ese nuevo orden social; que habilite el surgimiento de relaciones autogestionarias entre lxs

productorxs del conocimiento, superando la distinción entre dirigentes y dirigidxs; que dé lugar a nuevas formas de vinculación entre la universidad y el pueblo trabajador, que superen la distinción entre trabajo intelectual y trabajo manual; que discuta desde las bases cuál es la orientación social del conocimiento que producimos, para acabar con la universidad servil a los explotadores y para construir la universidad nueva, para la nueva sociedad. Sabemos que, así como no podemos entender los rasgos más importantes de la universidad si no comprendemos su función en la reproducción del orden social vigente, tampoco podemos aislar las luchas del movimiento estudiantil de esa lucha más amplia por una nueva sociedad. Pero sabemos, también, que la lucha que desarrollamos en la universidad tiene sus especificidades y condiciones particulares respecto a otros territorios de militancia. La universidad encierra una contradicción: al mismo tiempo que sirve para reproducir el sistema, tiene una serie de características que la vuelven un terreno propicio para la lucha anticapitalista, al albergar un sujeto social como el movimiento estudiantil, capaz de cuestionar la propia universidad y la sociedad entera. Los hitos históricos del movimiento estudiantil cordobés, entre los que se destaca la Reforma Universitaria en 1918, y la unidad con el pueblo trabajador en el Cordobazo en 1969, son los puntos más elevados de un potencial que, en mayor o menor medida, se encuentra siempre latente en nosotrxs. Nuestra intervención en la Universidad se basa en explotar esta contradicción, desarrollando nuestra militancia en torno a tres ejes: 1. Organización y lucha gremial La mayoría de lxs trabajadorxs y de los sectores populares de la sociedad no pueden entrar en la universidad, por la propia posición que ocupan en la sociedad y porque la universidad lo dificulta. Esto implica una contradicción entre las necesidades que deben satisfacer lxs

estudiantes para ingresar, permanecer y egresar de la educación superior, por un lado; y la estructura elitista y excluyente de la universidad, por otro, lo cual propicia situaciones de lucha gremial estudiantil. Estas luchas por reivindicaciones ligadas al cursado cotidiano en las carreras de grado, representan las primeras experiencias de autoorganización para muchxs estudiantes, y cuando repercuten en conquistas concretas, aportan además a la construcción de una universidad masiva y popular. Estas luchas pueden ser el comienzo del desarrollo de una perspectiva crítica para muchxs estudiantes, al evidenciar los límites estructurales de la universidad y la sociedad en su conjunto para responder a las necesidades del pueblo trabajador. Esta perspectiva se ve reforzada además por la tendencia cada vez mayor del estudiantado argentino a la integración en la clase trabajadora. En esto influye la masividad de la educación superior en Argentina, que implica que sean cada vez más lxs trabajadorxs e hijxs de trabajadorxs que entran a la universidad, así como una futura integración a la clase trabajadora: ya sea que egresemos como docentes, como investigadorxs, como trabajadorxs calificadxs o como profesionales, en todos los casos se verifica una tendencia a la proletarización de nuestras futuras actividades laborales. Cada vez más lxs egresadxs de las universidades públicas vamos a depender para nuestra subsistencia de un salario, lo cual ayuda a reconocernos en las necesidades, los intereses y las luchas del conjunto del pueblo trabajador. 2. Producción de conocimiento crítico Así como la educación y el conocimiento que se produce mayormente en la universidad sirven para mantener la explotación y la opresión, es posible luchar por una educación orientada a formar sujetxs críticxs y producir conocimientos que sirvan como herramientas para la construcción de una sociedad nueva. Es necesario producir un conocimiento que,

lejos de estar a la medida de las necesidades productivas de la sociedad capitalista, permitan construir un sistema de producción alternativo, que no se base en la explotación ilimitada del trabajo humano y de la naturaleza, sino que utilice el mínimo de recursos y trabajo necesario para satisfacer las necesidades colectivas. Al mismo tiempo, la universidad es una trinchera desde la cual combatir la ideología de las clases dominantes, mediante un abordaje de la problemática social que pueda poner al descubierto las contradicciones de la sociedad y mostrar la necesidad y la posibilidad de construir relaciones sociales diferentes. De esta manera, en la universidad se puede ir forjando una conciencia crítica, solidaria y combativa que contribuya a la construcción de la ideología de lxs de abajo, y la formación de sujetxs dispuestxs a luchar contra los flagelos del sistema de explotación y opresión que nos imponen desde arriba. Para afrontar esta tarea consideramos necesario disputar los espacios institucionales de producción de conocimiento (a través de la discusión democrática de los planes de estudio, las cátedras paralelas, los seminarios alternativos y los grupos de investigación), conformar espacios alternativos de producción de conocimiento crítico (talleres de producción y soportes de divulgación del conocimiento autogestionados), y cuestionar la lógica de producción y transmisión de conocimiento desde la perspectiva de la educación popular, donde los hacedores del conocimiento tomen en sus manos la dirección de la producción de manera colectiva y horizontal. 3. Coproducción de conocimiento. Creemos que la lucha del movimiento estudiantil no puede separarse de las luchas de otros movimientos sociales (obrero, feminista, territorial, LGTTBI, cultural, etc.) por la construcción de una nueva sociedad. Pero no alcanza con participar en acciones de solidaridad coyunturales y espacios de coordinación de


la militancia con estos movimientos. Creemos, en cambio, que nuestro principal aporte desde el lugar en el que estamos es la construcción de un conocimiento que sirva para estas luchas, lo que requiere que cuestionemos prácticamente la apropiación académica de la producción de conocimiento, avanzando en modos de coproducción junto a los movimientos sociales, en pie de igualdad, a partir del diálogo y la valoración de los saberes y las experiencias de todxs lxs involucradxs. Esta perspectiva nos distancia de lxs que consideran que lxs estudiantes en la universidad debemos trabajar simplemente por conseguir pequeñas reformas, aisladas en el interior de la universidad, y en el marco de las posibilidades inmediatas de transformación que ofrece la institución. Los marcos que presenta la legalidad institucional garantizan un margen de maniobra extremadamente acotado, que impide el impulso de reformas que puedan representar un cambio relativamente estructural y profundo en la vida universitaria. Sólo la construcción de una relación de fuerzas real –y no sólo electoral– puede garantizar que el desarrollo de una demanda que exceda los marcos instituidos pueda ser conquistada. La integración a los gobiernos universitarios, a la puja de poder entre camarillas y a la “rosca” electoral, daña la independencia política de las organizaciones y desvirtúa las reformas impulsadas. Esta lógica propende, tarde o temprano, a la desactivación y desorganización del movimiento estudiantil, que termina siendo sustituido en la acción política por una dirección burocrática. Es imposible de reformar de esa manera una universidad que lleva hasta el tuétano la función de reproducir la sociedad existente, y es imposible poner en pie de esa manera un movimiento estudiantil que esté a la altura de las luchas sociales de nuestro tiempo. Nuestra perspectiva se distingue también de los planteos de las corrientes de izquierda tradicional, con las que

compartimos el objetivo estratégico de la transformación revolucionaria de la sociedad. Nuestra diferencia responde sobre todo al énfasis que ponemos en la necesidad de reconstruir el movimiento estudiantil desde la especificidad de nuestro rol como estudiantes. Estas corrientes hacen un llamado a lxs estudiantes a intervenir de manera inmediata en las diversas coyunturas que exceden a la universidad, pronunciándose sobre cuanto sucede afuera de la universidad según la agenda política general de cada partido. Nosotrxs pensamos que el aporte del movimiento estudiantil a la transformación social está mediado necesariamente por la organización y la lucha que se dan al interior de la universidad. Mediado en parte por la especificidad que puede aportar la universidad, que es la disputa por el conocimiento: lxs estudiantes deben colaborar con su conocimiento en la construcción de un programa que permita la transformación social. Y mediado en parte también por el carácter que deben tener las luchas estudiantiles para poder regenerar el movimiento estudiantil: nadie nace politizado y organizado, sino que se politiza a través de un proceso que suele involucrar en un principio la organización a partir de reivindicaciones puntuales, gremiales e inmediatas, que muchas veces carecen de una orientación política global. Sólo en ocasiones excepcionales los conflictos políticos nacionales e internacionales logran hacerse verdaderamente presentes en el sentir del estudiantado, y esa es una situación que no puede ser forzada por nuestras organizaciones. La falta de una propuesta integral y alternativa de universidad hace que la izquierda tradicional, en lo que respecta a las reivindicaciones específicas para la universidad, no pueda trascender las instancias defensivas ni interpelar a lxs estudiantes a organizarse por una transformación real de las condiciones en que hoy se produce conocimiento y el modo en que se vincula la Universidad con las

luchas sociales. Nuestra perspectiva, entonces, apunta a impulsar procesos de organización que desarrollen un programa gremial, político, institucional y académico integral, que se plantee conquistar reformas que transformen la realidad universitaria tanto como sea posible: mejorando las condiciones de cursado, facilitando el ingreso, la permanencia y el egreso de lxs estudiantes; dando una disputa real por el conocimiento que emerge de la Universidad, su orientación social y sus modos de producción; resistiendo a la mercantilización y la privatización de la educación pública; ganando reivindicaciones del orden simbólico, apuntando al debate político y la movilización de lxs estudiantes; etc. Pero, nuevamente, el carácter emancipador de estos procesos de organización estudiantil, radica también en el modo en que se desarrollan y no sólo por sus conquistas concretas. Entendemos que una praxis militante emancipadora requiere algo más que levantar las banderas de la emancipación social y la universidad popular. Debemos construir, aquí y ahora, prácticas alternativas al modo hegemónico de participación política y de producción de conocimiento, apostando por sobre todas las cosas a la autoorganización de lxs estudiantes, al ejercicio de la democracia de base y la acción directa, es decir, al empoderamiento del estudiantado, debilitando tanto como sea posible la representación política y las jerarquías académicas en favor de la igualdad y la participación directa de lxs involucradxs. Pretender que el problema no se encuentra en las relaciones de poder y las formas de gobierno instituidas sino en el color político de lxs dirigentes, naturaliza que son éstxs quienes mejor pueden determinar la política a seguir, y no las personas de a pié interviniendo activamente en la toma de decisiones y la acción creativa que requiere todo proceso de transformación real. El ejercicio concreto y situado de ese

poder contrahegemónico desatado, por muy limitado que fuera, abona a la posibilidad de reflexionar, a partir de la lucha local, sobre el carácter global de las luchas sociales que, aún en su especificidad, se enfrentan a un mismo régimen social de explotación y opresión; y a la comprensión del conjunto de luchas fragmentarias como instancias de una misma estrategia de acción por la transformación de nuestra sociedad. Al servicio de ese ejercicio doble, de empoderamiento y reflexión, es que decidimos organizarnos, en la búsqueda permanente, autocrítica y creativa, de un movimiento que pueda pararse en el mapa político universitario y social como agente de cambio, abonando a la reconstrucción de una alternativa política y social de lxs de abajo. Crítica y actualidad del programa de la Reforma Universitaria Es dentro de este programa de transformación social que debemos desarrollar una alternativa para la reforma de las universidades. Esta perspectiva nos permite hacer una evaluación y resignificación de las reivindicaciones de la Reforma Universitaria, para adoptarlas, rechazarlas o adaptarlas a nuestro tiempo. Las consignas que levantemos para reconstruir el movimiento estudiantil no pueden ser heredadas acríticamente por el peso de su tradición, sino que deben enmarcarse una estrategia de transformación radical de la sociedad. Autonomía universitaria La reivindicación de la autonomía universitaria no se formuló en 1918 tal y como la entendemos actualmente. Se trata más bien de un corolario que con el tiempo terminó de condensar una serie de reivindicaciones de lxs estudiantes reformistas que tenían en común la exigencia de lxs universitarixs de decidir sobre sus propios asuntos. Las principales reivindicaciones en este sentido fueron el cogobierno (órganos de


gobierno universitarios compuestos por representantes de los distintos estamentos y electxs por estos mismos estamentos que conforman la universidad), los concursos docentes (selección por parte de tribunales compuestos universitarixs de lxs docentes que pueden impartir clases) y la libertad de cátedra (libertad de lxs docentes para elegir los contenidos que impartirán en sus clases). Estas reivindicaciones fueron formuladas inicialmente contra la injerencia de la Iglesia y las academias, entidades compuestas por integrantes vitalicixs, muchos de lxs cuales no formaban parte de la universidad, y que detentaban el poder de decisión en la universidad. Con el correr del tiempo, y con las diferentes intervenciones estatales sobre la universidad, la autonomía universitaria empezó a entenderse cada vez más en relación al Estado y los gobiernos. Hoy en día la autonomía universitaria significa tres cosas. Autonomía política: es el derecho de la universidad de darse sus propios estatutos y elegir de manera independiente y democrática sus autoridades. Autonomía académica: es la autonomía de la universidad en la selección del personal docente y no docente, en la definición de planes y programas de estudio, y en la emisión de títulos. Autonomía financiera o autarquía: es la autonomía de las universidades para distribuir los fondos provenientes del financiamiento estatal o el autofinanciamiento. Bajo estas tres modalidades la autonomía universitaria ha estado siempre bajo ataque. Ya sea mediante la abolición del cogobierno, la designación de docentes por parte de los gobiernos nacionales, la intervención policial y militar de las universidades, etc., a lo largo de la historia argentina se han sucedido diversas violaciones de la autonomía. Las más recientes corresponden a la Ley de Educación Superior aprobada en 1995. Esta ley constituyó una verdadera contrarreforma universitaria, impulsada por

el FMI y el Banco Mundial, para adaptar la educación superior argentina a las necesidades del mercado mundial y al rol subordinado que debía ocupar Argentina dentro de ese orden. Entre otras restricciones a la autonomía, establece lineamientos para la constitución de los órganos de cogobierno (como la mayoría docente), la posibilidad de la intervención estatal de la universidad, y la evaluación externa de las instituciones y los planes de estudio por parte de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU). Al mismo tiempo, sobre todo a partir de la política universitaria asumida por el gobierno kirchnerista desde el 2003, se empezó a desarrollar una fuerte injerencia estatal sobre la universidad a través de programas especiales, que ofrecen financiamiento adicional a las universidades que se adecúen a los requerimientos de dichos programas. En esta misma década se da una proliferación de organismos suprauniversitarios, como el Consejo Interuniversitario Nacional y las diferentes asociaciones de decanxs que, lejos de constituir instancias de coordinación entre las unidades académicas, se han vuelto espacios burocráticos de toma de decisión ajenos al debate en las comunidades universitarias. Estas intervenciones estatales dentro de la universidad han suscitado diversas reacciones del movimiento estudiantil y el conjunto de la comunidad universitaria, en defensa de la autonomía. Podemos mencionar las huelgas estudiantiles durante el gobierno de Perón, las luchas que han dado lxs estudiantes junto a diversos sectores sociales contra las dictaduras (cuya mayor expresión fue la unidad obrero-estudiantil en el Cordobazo), la resistencia a las reformas neoliberales y a la aprobación de la LES en 1995, y los rechazos en diversas facultades a las acreditaciones ante la CONEAU. Si bien rescatamos muchas de estas luchas en defensa de la autonomía universitaria, creemos que este concepto debe ser criticado y reformulado. Si bien se

trata de una reivindicación que puede ser utilizada tácticamente para defender a la universidad de la injerencia estatal, también encierra el peligro de convertirse en una herramienta para la defensa de la universidad existente, sobre todo cuando el movimiento estudiantil carece de un proyecto de universidad alternativo en base al cual criticar las condiciones internas de la universidad cuya autonomía se defiende. Nuestra defensa de la autonomía no puede ser la misma que la que realizan las camarillas docentes para preservar sus espacios de poder u oponerse a los lineamientos de los gobiernos de turno con los que no están de acuerdo, sino que debe apuntar a la plena democracia interna de la universidad. La defensa de la autonomía universitaria se convierte en una lucha por la democratización de la universidad, en lo que respecta a su estructura de gobierno, los mecanismos de elección de docentes y la forma de producir y transmitir conocimiento. Es a partir de la comprensión del rol de la universidad en la sociedad capitalista que se puede reformular de manera integral el concepto de autonomía universitaria. Defendemos la autonomía de la universidad con respecto al Estado porque se trata de un Estado que está al servicio de una clase, y por tanto sus intervenciones en la universidad responden a un determinado proyecto de clase, a las necesidades de la burguesía de maximizar sus ganancias y mantener el orden capitalista. Pero esta comprensión nos indica también que debemos ampliar nuestra defensa de la autonomía, entendiéndola no sólo en relación al Estado: debemos luchar contra todas las intervenciones de los capitalistas sobre la universidad, conscientes de que no se realizan sólo a través del aparato estatal. De hecho, es la insuficiencia del financiamiento estatal lo que hace que la universidad sea más susceptible de recibir influencias de sectores privados, que la financian a cambio de ciertas condiciones (nuevas carreras para satisfacer la

demanda de profesionales de un determinado sector, investigaciones que sirvan a intereses de dicho sector, pasantías que encubren la explotación de mano de obra estudiantil como formación, incubación de empresas, etc.). La defensa de la autonomía universitaria se convierte en la lucha por el aumento presupuestario y la financiación estatal total, contra la mercantilización del conocimiento y contra la injerencia de las empresas y el sector privado en la educación superior. Este concepto integral de autonomía universitaria puede evitar una crítica común, que proviene sobre todo de funcionarixs gubernamentales y de grupos universitarios afines a los gobiernos de turno. Esta crítica sostiene que detrás de la lucha por la autonomía se enmascara el encierro de la universidad en sí misma, que la universidad debería abrirse a las necesidades sociales, y que la fuerza política que conduce el Estado es la expresión de los intereses populares, por lo que la universidad debería someterse a los lineamientos del proyecto político que gobierna el Estado. De acuerdo con nuestra concepción, el Estado no representa los intereses de las mayorías populares, sino los de la clase capitalista tomada en su conjunto. Para que la universidad se vuelva hacia los intereses de clase del pueblo trabajador es necesario que se abra, pero no a los lineamientos del gobierno de turno, sino a la discusión y la construcción colectiva con los sectores organizados y en lucha del pueblo. La defensa de la autonomía universitaria no puede constituir una herramienta para el aislamiento de la universidad, sino más bien para la integración horizontal y por abajo de las diferentes luchas que se dan en la sociedad contra el capitalismo y por una sociedad sin explotación ni opresión. Democracia universitaria Un reclamo central de lxs estudiantes reformistas fue la participación estudiantil en el gobierno de la universidad, enmarcada en la idea general del


autogobierno de la universidad de parte de lxs universitarios. En efecto, el Manifiesto Liminar sostiene: "La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes." La victoria de lxs reformistas fue la constitución de órganos de cogobierno con representación igualitaria de estudiantes, docentes y graduadxs. Sin embargo, en diversas ocasiones se suspendió el derecho estudiantil a participar en el gobierno universitario (por ejemplo, bajo el gobierno de Alvear, de Perón, en las dictaduras), hasta llegar a la situación actual regida por la LES, en la que los estudiantes tienen una participación minoritaria en relación con el claustro docente, cuya representación no puede ser inferior al 50%. Ya hemos mencionado cómo esta estructura, vinculada también al carácter representativo de los órganos de gobierno, favorece una política de camarillas donde grupos de docentes se enquistan en el poder. No deja de ser vigente la frase del Manifiesto Liminar que establece que "nuestro régimen universitario –aún el más reciente– es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario." En general esto se justifica por el criterio del “saber”: lxs profesorxs son lxs que saben, por tanto les corresponde a ellxs gobernar. Esto esconde el supuesto academicista de que el gobierno de la universidad no es tanto una cuestión de debate y disputa política como de gestión académica, lo cual ubica en una posición especial a lxs docentes, como portadores del saber académico, y omite bajo una falsa neutralidad que la universidad es un terreno más de la lucha de clases. No hay un criterio objetivo sobre cómo gobernar mejor la universidad que pueda fundarse en el saber experto de lxs físicxs, lxs profesorxs de música o lxs ingenierxs. Los

criterios para el gobierno universitario responden a concepciones políticas cuyo predominio debe decidirse democráticamente, y que ciertamente pueden nutrirse del conocimiento experto que cada universitarix pueda haber adquirido en su área de especialización, pero que se originan sobre todo en la concepción de la sociedad que cada unx ha ido forjando con independencia de esa especialización, tanto a través del estudio como de la propia experiencia. Y en eso todxs lxs universitarixs, tanto lxs docentes, como lxs estudiantes, egresadxs y no docentes, somos iguales. Esta crítica de la jerarquización del claustro docente fundamenta las reivindicaciones del claustro estudiantil para aumentar sus bancadas en los consejos (cogobierno igualitario o mayoría estudiantil). Estas reivindicaciones son válidas para abrir la discusión sobre la necesidad de democratizar el gobierno universitario, para organizar el movimiento estudiantil en pos de reivindicaciones concretas y, de ser conquistadas, pueden ser útiles para el movimiento estudiantil al ampliar su poder dentro del gobierno universitario. Sin embargo, esa reivindicación en sí misma es limitada, y puede esconder supuestos parlamentaristas, abonando a la idea de que debemos ir ganando cada vez más peso en los órganos de cogobierno para realizar las transformaciones que necesitamos. Si bien ocupar y ganar espacio en estas instancias puede ser útil para realizar algunos cambios significativos, las transformaciones profundas que anhelamos dependen de correlaciones de fuerza en las bases que permitan actualizar una organización alternativa de la universidad, que por su radicalidad no puede ser simplemente decretada por un puñado de representantes. La apuesta por una verdadera democratización pasa por otro lado, por un cuestionamiento radical de la estructura de funcionamiento de la universidad: más allá de la mayoría docente, hay que cuestionar

y abolir en la práctica la división por claustros y la representación política. Sólo la autoorganización de lxs universitarixs, al consolidarse cualitativa y cuantitativamente a través de la democracia de base, la acción directa (movilizaciones, medidas de fuerza, etc.) y la discusión y autoformación política, va construyendo la relación de fuerzas para lograr las transformaciones profundas que la acción exclusivamente legal a través de los consejos no puede realizar. Pero al mismo tiempo va prefigurando una organización universitaria alternativa, con plena igualdad entre todxs lxs universitarixs, sin división estamental, y articulada horizontalmente con las luchas sociales que se dan por fuera de la universidad. Esta apuesta por la autoorganización, por la construcción de genuino poder estudiantil, es el sentido que damos a la lucha por la democracia universitaria hoy. Extensión La generación de la Reforma del 18 no se limitó a plantear reivindicaciones de índole puramente universitaria, sino que se vio llamada a realizar las transformaciones sociales que la realidad nacional y americana reclamaban en esa época, ya sea desde una posición liberal e ilustrada o de izquierda y revolucionaria. En ese espíritu se enmarca la reivindicación de la extensión universitaria. Lxs reformistas se alzaron contra una institución universitaria cerrada, escolástica, elitista y totalmente ajena a las problemáticas sociales que la rodeaban, buscando diferentes vías de acercamiento a las realidades de las clases populares. La extensión universitaria significa la extensión de la universidad a la sociedad, entendida genéricamente como la producción de conocimientos útiles para las necesidades sociales. Gracias a la Reforma del 18 la extensión es una práctica que se encuentra institucionalizada en nuestras facultades, si bien de manera sumamente limitada. En primer lugar, es una práctica que no logra institucionalizarse al mismo nivel que la

investigación y la docencia: la universidad hasta ahora no ha sido capaz de generar propuestas extensionistas que involucren masivamente a lxs universitarixs, lo cual implica a su vez que la extensión no ocupe un lugar importante en la evaluación del desempeño de docentes e investigadorxs, ni en la formación de lxs estudiantes. Además, muchas secretarías de extensión se dedican a organizar actividades aranceladas de interés general (como cursos de idiomas o actividades recreativas) que, lejos de buscar producir conocimientos socialmente útiles, constituyen más bien una fuente de ingresos y autofinanciamiento para las facultades, en muchos casos vendiendo servicios que sirven únicamente a intereses empresariales. Por último, en casos en los que se realizan prácticas extensionistas con sectores populares, la perspectiva de la extensión suele consistir en llevar soluciones iluminadoras, el conocimiento verdadero, las técnicas adecuadas a aquellos lugares donde se necesitan, por el tiempo que duren los proyectos de extensión, para luego desligarse afectiva y organizativamente de los territorios en los que se ha intervenido. Así como creemos necesario el ingreso de lxs trabajadorxs y el pueblo a la universidad, es necesario al mismo tiempo que la universidad se vincule con los movimientos sociales y populares que están en lucha contra la miseria y la degradación de las condiciones de vida a las que nos somete el capitalismo. La universidad debe producir un conocimiento emancipatorio y crítico del orden social vigente, pero arse con las luchas y los proyectos reales de transformación sociano puede hacerlo puramente en los recintos académicos, aislándose de la realidad práctica de los movimientos y sectores de la sociedad que son los que están dando la lucha efectiva por la emancipación. Para que el conocimiento sea crítico debe articularse con las luchas y los proyectos reales de transformación social. Es por ello que, frente al modo en que se


practica actualmente la extensión, consideramos que es necesario poner los cuerpos en juego, realizando prácticas con otros sectores sociales y no para ellos. Es decir, romper el esquema de que la universidad produce un conocimiento verdadero que luego puede extender, y buscar un intercambio en el que se coproduzcan conocimientos, a partir de una relación horizontal, que reconozca las diferencias –fruto de la sociedad injusta en la que vivimos– pero no plantee jerarquías. Es lo que llamamos coproducción de conocimiento. Esta idea implica dos cosas, por un lado una concepción cooperativa del proceso de enseñanza y aprendizaje que puede darse en la vinculación de la universidad con los sectores populares que están fuera de ella, y por otro lado un contenido y una forma emancipadora del conocimiento coproducido, en la medida en que se interactúa con sectores más o menos organizados del pueblo, que están en lucha por la emancipación. La coproducción de conocimiento permite construir una caracterización más acertada de la problemática social que se está abordando, pudiendo introducir en la agenda de la producción de conocimiento temáticas muchas veces excluidas y problemáticas opacadas. También permite una vinculación más estrecha e “inmanente”, un vínculo menos externo, entre lxs que estamos adentro y lxs que están afuera de la universidad, abonando a la cohesión de la fuerza social revolucionaria y del proyecto de transformación que emerge de esa confluencia. Al mismo tiempo, involucrar a los movimientos sociales en la producción misma de los conocimientos necesarios para su lucha emancipatoria contribuye a su empoderamiento y autoactivación, abonando a la construcción de poder popular. Defender la necesidad de la coproducción, como reinterpretación de la reivindicación de la extensión universitaria, implica una disputa hacia el interior de la universidad. Como dijo Marx, lxs propixs educadorxs deben ser educadxs: la

coproducción se convierte en una forma de poner en entredicho las formas en que se produce el conocimiento dentro de la universidad. La apertura de la universidad hacia los movimientos emancipatorios, si se hace desde la perspectiva de la coproducción, contribuye a la autotransformación de todos los sectores involucrados. La coproducción, entonces, implica una revisión permanente sobre las prácticas universitarias que debe tener sus efectos sobre la docencia y la investigación, cuestionando sus bases epistemológicas, metodológicas, pedagógicas y políticas. Renovación académica y pedagógica La Reforma Universitaria no se alzó sólo contra un régimen político, sino también contra un régimen académico y pedagógico, “contra un método docente, contra un concepto de autoridad. (…) Los métodos docentes estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la Universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas. Las lecciones encerradas en la repetición interminable de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión” (Manifiesto Liminar). Al perfil dogmático, tradicional y anticientífico que imprimía a la enseñanza universitaria el control de las camarillas eclesiásticas, lxs reformistas opusieron una concepción más científica y antiautoritaria de la educación. Esta concepción se expresó en una serie de reivindicaciones levantadas en la Reforma, que apuntaron a generar mayor pluralidad en la planta docente y una formación más crítica: concursos por oposición para la selección de docentes, docencia libre (es decir, que cualquier persona formada en un área determinada, sin importar sus posiciones teóricas e ideológicas, pueda dar clases en la universidad), libertad de cátedra (que los docentes puedan elegir qué contenidos dictar en sus cátedras), renovación de los métodos de enseñanza. Si bien la Reforma consiguió reivindicaciones como los concursos docentes, la libertad de cátedra, y que la docencia esté más vinculada a la

reemplacen el mérito y la competencia individual, así como el academicismo ascéptico. Todos estos elementos son un aporte para la construcción de una alternativa universitaria de quienes nos disponemos a asumir esa tarea desde una perspectiva emancipadora. Es una herramienta para pensar, más allá y más acá de la coyuntura, porqué y para qué nos organizamos en la universidad, y de qué modo nuestra militancia puede servir a los procesos de organización y lucha del campo popular, conscientes de que no será nuestra organización, sino el desarrollo efectivo del movimiento estudiantil, en vinculación con los sectores organizados y en lucha del pueblo trabajador, el único capaz de actualizar y hacer viable parcial o totalmente este programa universitario. Al servicio del movimiento, de sus aspiraciones y urgencias, es que ofrecemos estas ideas, nuestra militancia y nuestro intransigente compromiso con las luchas por la emancipación.

investigación, que permitió la consolidación de una universidad más científica, la falta de democracia interna de la universidad a la que nos hemos referido impide que estas reformas sean profundas. La capacidad que tienen las camarillas docentes de decidir a quién asignar los cargos impiden la realización plena de reivindicaciones como la pluralidad en el claustro docente, al mismo tiempo que impiden cualquier intento alternativo de conseguirla, como las cátedras paralelas. La estructura de cátedras misma es una cuestión que debe ser reformada, ya que somete áreas disciplinares enteras al poder de lxs titularxs de cátedra, a quienes deben someterse el resto de lxs docentes y estudiantes. En consonancia con la necesidad de prefigurar nuevas relaciones universitarias, es preciso abolir todas las desigualdades en el proceso del trabajo intelectual, instaurando nuevas prácticas de enseñanza e investigación en las que lxs estudiantes puedan adquirir un rol protagónico y crítico, donde la cooperación y la construcción colectiva de conocimiento *



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