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Nombre: Javier Apellidos: Ramos Fernรกndez Curso: 4ยบ ESO Asignatura: Lengua y Literatura Profesor: Pedro Lรณpez de Murillas Colegio: Amor Misericordioso


Las vacaciones de Er

Todos los años, cuando llega el verano, Er pasa las vacaciones con sus abuelos. Alicia y Matías son de campo, viven en una casita en la montaña apartados del pueblo. Er cambia el agobio de la ciudad por la tranquilidad de las montañas. Sin móvil, ordenador, televisión, ni grandes inventos tecnológicos, parece que aunque se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad estuviera en otra galaxia. Sus padres tienen que trabajar y son sus abuelos los que lo cuidan durante las vacaciones escolares. A pesar del gran cambio, Er se lo pasa genial. Ayuda a su abuelo a cortar leña, alimenta a los animales de la granja, pesca en el río, disfruta de la naturaleza… Con su abuela, que todavía amasa el pan, hace bollos y dulces para el desayuno, ordeña la vaca, recoge la fruta madura, cultiva la huerta y pasea por el campo. Los días se pasan volando, cada uno de ellos es diferente, no se aburre. Le basta con cerrar los ojos, y todo lo que le rodea se transforma. Hasta lo más simple, una piedra, una flor, las nubes, el aire, el pájaro o el árbol se trasforman en una historia fantástica en la que Er es el protagonista e incluso hace partícipe de su aventura a cualquier ser vivo que lo acompañe. Pasa muchas horas contemplando el paisaje. Subido a lo alto del árbol contempla el vaivén de las nubes. Estas se van transformando en diferentes figuras. Les pone nombres, e inventa historias con ellas. También se entretiene contemplando cómo el agua del arroyo baja por la ladera y los riachuelos que 2


dan paso a meandros. Los pájaros vuelan de un lado para otro y algún pez salta en las cristalinas aguas. La montaña, alta y desafiante, parece alcanzar el cielo. Alguna vez, Er ha subido con Matías para contemplar el paisaje. Existen pequeños senderos, varios cortafuegos y algún desfiladero. Los forestales, en verano, supervisan el pinar por si se declara algún incendio. Los días más calurosos sobrevuelan la zona helicópteros de inspección rompiendo el silencio en las montañas. Un día, subido en lo alto de un árbol, Er cerró los ojos; todo estaba en silencio. Sin darse cuenta, extasiado, hablaba en voz alta:

(…Estoy en medio del mar, una isla cubierta de vegetación me llama. Me considero salvado, ¡ya era hora!, y olvidando la sed que me reseca los labios y el hambre que me devora el estomago, me digo a mí mismo: ¡Adelante, Er, adelante, no desfallezcas ahora, adelante! Y nado con más fuerza que nunca, como si en lugar de la víctima de un naufragio y estando perdido más de seis días en el océano, nadando ininterrumpidamente, me estuviera bañando en una piscina o en un lago de agua tranquila…)

.......... Otro día, en ese mismo árbol que acomodó como su casa, con dos cajas y unas ramas que lo cobijaban del sol y de la lluvia, empezó a imaginar y pronto se encontró en un bello y acogedor palacio. El suelo, un palé apoyado en el saliente de dos fuertes ramas, se transformó en el suelo de un salón de mármol, que brillaba como el cristal. Las paredes estaban pintadas de colores suaves y una escalera comunicaba al olmo con el sauce. Las zarzas del bosque se habían transformado en un hermoso jardín que rodeaba la mansión. La vista era preciosa y Er se sentía como un príncipe en su palacio. Así pasaba los días… Por las tardes, la dulce voz de su abuela le hacía volver a la realidad: -

¡Er, a merendar!

-

¡Ya vooyyy…, abuela!

Er bajó de su cabaña, se acercó a la casa. Ricky, el perro, salió a su encuentro, dando saltos de alegría. 3


-

¡Para, Ricky, que me vas a tirar!

-

¡Guau, guau, guau…!

Ricky estaba contento, Er pasaba mucho tiempo con él. Eran compañeros de paseo, de juegos, y compartían aventuras. -

¡Ricky, quédate aquí fuera! La abuela no quiere que pases dentro de la casa, luego seguimos jugando.

Er entró en la casa, la mesa estaba preparada, los bollos y las magdalenas de la abuela armonizaban la mesa. El olor a chocolate caliente invadía la estancia: -

¡Hola, abuela!

-

¡Hola, hijo, lávate las manos y avisa al abuelo! La merienda está lista…

Los tres se sentaron a la mesa saboreando la rica merienda. -

¡Abuela, tienes que enseñarme a hacer estos dulces tan ricos!

-

¡Claro que sí! Es muy fácil, el próximo día te avisaré para que me ayudes. Así, cuando acabe el verano, sabrás hacerlos tan bien como yo.

-

¡Abuelo! Cuando acabemos de merendar, ¿vamos a pescar?

-

Hoy no, si quieres mañana. Esta tarde tengo que recoger las hortalizas y regar el huerto. Tú me puedes acompañar.

-

¡De acuerdo, voy a preparar los cestos y la carretilla!

Er compartía las tareas con los abuelos, no le suponía un trabajo, le entretenía y estaba satisfecho porque sus abuelos agradecían su ayuda y su presencia. Tenía la suerte de pasar los veranos con ellos; cuando regresaba a su ciudad, explicaba a sus amigos lo que había visto y aprendido. Estos escuchaban sin pestañear, en parte sentían un poco de envidia. Ponía tanto entusiasmo en sus historias, que incluso cuando las contaba, sus amigos saboreaban los olores y sabores del campo. -

¡Abuelo! ¡Tengo lleno el cesto de tomates!

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-

¡Espera! Te ayudo, pesa mucho. Acabo con los pimientos, berenjenas, los calabacines y se los llevaremos a la abuela, para que esta noche nos prepare un sabroso pisto para cenar.

-

¡Abuelo! ¡Subo al gallinero a por los huevos!

-

Er, tranquilo, una cosa después de la otra. Matías disfrutaba de las ganas y entusiasmo de su nieto. Estaba muy orgulloso, su rostro reflejaba felicidad.

Los días pasaban deprisa, cada día había cosas nuevas para ver y hacer. El verano se le hacía corto. Al final del verano, un día lluvioso se convirtió en el día perfecto para hacer cosas nuevas en casa. Había refrescado y tuvieron que encender el fuego, un día ideal para la repostería: -

Er, ¿hacemos magdalenas?

-

¡Vale! contestó entusiasmado.

Alicia preparó los ingredientes: harina, huevos, azúcar, aceite, levadura y sal. Er siguió las instrucciones que le iba dando la abuela. La masa estaba lista y en los moldes. El abuelo se encargó de preparar el horno de barro, atizó el fuego, la temperatura era perfecta. Colocaron las magdalenas en una chapa y las introdujeron en el horno. A los veinte minutos estaba lista la primera hornada. Hicieron unas cuantas docenas; una vez frías, las envasaron en bolsas de plástico para su conservación.

.......... El paraje es un lugar privilegiado. La naturaleza está presente en cada rincón. Las tardes de pesca, proporcionaban una exquisita y variada cena. Podían ser truchas, alburnos, lucios, carpas, cangrejos, etc. Todo capturado con mucho mimo y paciencia. Matías, experto en el arte de la pesca, le enseña a su nieto todos los trucos. De regreso a casa, cogen moras de los zarzales del camino que va bordeando el cauce del río. La abuela las trasforma en una rica mermelada, con ella acompañan los bollos del desayuno.

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Por las noches los libros son sus aliados. Er y Matías pasan hras leyendo; también Alicia los acompaña, aunque ella a veces prefiere hacer labores de ganchillo, pues dice que así se relaja. Otros días es el abuelo quien lee en voz alta o cuenta alguna historia de su juventud y lo escuchan sentados junto a la chimenea. Cuando llega la hora de dormir, Er sueña ser el protagonista de todas esas historias narradas. Duerme feliz esperando un nuevo día. Se acaba el verano, es su última tarde en la montaña. Hay que preparar el equipaje. Queda despedirse de todo y de todos hasta el próximo verano. Sus padres vienen a buscarlo.

.......... Adiós a sus abuelos, a la colina, al azul del cielo manchado por nubes viajeras, los pájaros y todo lo que le inspiraba su fantasía. Las piedras, la hierba, el caracol, la lagartija…Era como si el mundo se hubiera vuelto pequeño de repente y sólo llegaba hasta donde alcanza la mirada. Toda la familia merendó aquella tarde el chocolate caliente y los dulces de la abuela. Matías tenía preparadas varias hortalizas del 6


huerto para que se las llevaran. Alicia sacó de la despensa tarros de conserva y confituras preparadas y como no, las magdalenas que con tanto cariño había elaborado su nieto para que las degustaran sus padres y amigos. El coche estaba cargado, no cabía nada más. Todos los años, la misma pelea. Los abuelos a llenar el coche con los productos tan buenos del campo y los hijos no queriendo abusar del trabajo de los abuelos, diciendo que no iban a volver más. Era una pelea cariñosa, sin ofensas ni malos entendidos, formaba parte del trámite de la despedida. Finalmente llegó la hora. Se despidieron con fuertes abrazos y lágrimas en los ojos. Er decía adiós desde el automóvil en el que se alejaba con sus padres, dejando atrás la colina. - ¡Adiós, abuelos, adiós! ¡Pronto volveré a veros! Adiós a la tranquilidad. Se marchaba, pero con la esperanza de que los días pasasen rápidos y así poder volver. Sin darse cuenta, estaba en su casa, en la ciudad. Hoy era su madre la que preparaba el chocolate, las magdalenas estaban encima de la mesa. Después de merendar equiparía la mochila para, al día siguiente, emprender el nuevo curso. Se emocionaba pensando en el reencuentro con sus compañeros. Habían pasado dos meses y les echaba de menos. Tenía muchas cosas que contarles. Ellos también se alegrarían de verlo, pues las tardes con Er y sus historias les hacían por un rato olvidarse del móvil, la televisión, Internet y todas las tecnologías que los tenían enganchados. La presencia de Er era como una ráfaga de aire fresco que invadía la estancia. Por arte de magia, con sus historias hacía a todos vivir el momento y disfrutar de la imaginación. Sus padres siempre le decían: -

Er, sigue así y, aunque crezcas, NO PIERDAS NUNCA EL NIÑO QUE HAY EN TI.

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LAS VACACIONES DE ER