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AUDIENCIA DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS A UNA COMISIÓN DE MILITARES CON MOTIVO DE LAS BODAS DE ORO DE SU PROMOCIÓN

Entre ellos un socio de la Casa de Jaén en Córdoba (Plácido Pascual Avilés)

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C O L O F Ó N

La Petición

Todo empezó en Agua Dulce, como se dijo al principio de este largo escrito sobre las Bodas de Oro. Después que Constantino Navarro expusiera a la Comisión Organizadora la idea de solicitar de S. M. el Rey, que con motivo de nuestras Bodas de Oro de la salida de la Academia o Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería de Hoyo de Manzanares con el Curso de Sargento aprobado, pedíamos una audiencia con S.M. el Rey. La Comisión Organizadora la componíamos ahora 7 alumnos de los de entonces, año 1963, y Constantino Navarro, como nº 1 que fue de la Promoción, era el Coordinador del Grupo. Al conocer la idea a todos nos pareció aceptable, aunque sabíamos que sería un proyecto casi imposible de que se aceptara, pues el fundamento o argumento no era muy importante. Miles de españoles cumplían sus Bodas de Oro por múltiples motivos: Matrimonio, salida o entrada de la Universidad de promociones enteras de distintas carreras, los mismos militares por los mismos motivos que nosotros y mil casos más que se podrían citar y estos no pidieron, que se sepa, una Audiencia Real por este motivo de las Bodas de Oro. Todos dimos el VºBº y empezó el proceso administrativo de la petición. Constantino mandó al Jefe de la casa del Rey, Señor Rafael Spottorno la siguiente carta:

CONSTANTINO NAVARRO 47006 Comandante de Infantería Retirado electrónico:

D.N.I. tino@namencolor.com Paseo de Zorrilla, 106

HERRERO Correo

12.150.344-L

VALLADOLID 600.331.231

Tfnº 983.474.654. Móvil:

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Distinguido señor: Como cuadro de mando más antiguo del IVº Curso de Sargentos de Infantería, mediante la carta adjunta me dirijo a S.M. el Rey al objeto de solicitarle nos conceda audiencia con motivo de la celebración de las Bodas de Oro, al cumplir los 50 años de nuestra salida del Centro de Enseñanzas donde cursamos los estudios para ascenso a Sargento de Infantería. Al objeto de no ser reiterativo, la totalidad de los motivos de nuestra solicitud se expresan en la mencionada carta. Con mi agradecimiento personal y el de los compañeros a los que represento por la ayuda que nos preste, quedo a su disposición y le saludo muy cordialmente.

(Y se adjuntaba la carta dirigida a S.M. el Rey). <<Señor: Como cuadro de mando más antiguo del IVº Curso de Sargentos de Infantería, me dirijo a S.M. a los fines siguientes. Esta promoción pertenece a la Ley de 22 de diciembre de 1955, por la que se regulaba el reclutamiento de Voluntarios del Ejército de Tierra, así como de ingreso y permanencia en el Cuerpo de Suboficiales y de la Escala Auxiliar, ley que fue declarada a extinguir por otra de 30 de marzo de 1974, al crearse las Escalas Básicas de Suboficiales y Especial de Jefes y Oficiales del Ejército de Tierra. Al amparo de esta primera Ley del Voluntariado entre los años 1956 y 1957, los componentes de esta promoción ingresamos como voluntarios en el Ejército de Tierra, Arma de Infantería y después de los correspondientes cursos de ascenso, en el mes de mayo de 1963 salimos de la Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería 518 aptos para el ascenso a Sargentos. Por ello, este año 2013 la promoción cumple 50 años desde la salida de dicha escuela y celebrará sus Bodas de Oro renovando su juramento a la Bandera en un acto solemne, autorizado por la superioridad, previsto para el día 7 de junio próximo en la Academia de Infantería de Toledo. Hoy los supervivientes de esa promoción, todos con más de 72 años de edad, ya nos encontramos retirados y la mayoría con la graduación de Comandante. Todos nacimos durante la Guerra Civil española o en el año siguiente a su finalización, como S.M.

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Igual que S.M. también hemos vivido tres cuartas partes de un siglo con todas sus vicisitudes, unas veces más duras que otras, pero al final hemos disfrutado, de la mano de S.M., de una gratificante y próspera democracia, aunque en estos últimos tiempos suframos una crisis que con el esfuerzo de todos pronto pasará. Por todo lo expuesto, sería un honor para todos nosotros, en lo que probablemente será nuestro último acto castrense como protagonistas, que S.M. se dignara recibir en audiencia una comisión de la mencionada promoción, al objeto de presentarle nuestro respeto y lealtad incondicional para el bien de España. Queda majestad.>>

incondicionalmente

a

las

órdenes

de

su

Poco tiempo después se recibía la siguiente carta del Jefe de la Casa de S.M. el Rey:

EL JEFE DE LA CASA DE S.M. EL REY Palacio de la Zarzuela Madrid, 31 de enero de 2013-11-05 Señor DON CONSTANTILO NAVARRO HERRERO Comandante de Infantería Retirado. Paseo de Zorrilla, núm. 106. 47006 VALLADOLID <<Muy señor mío: En nombre de Su Majestad el Rey, me complace acusar recibo a la carta que Le dirigió el pasado día 21, en la que solicita audiencia a favor del IV Curso de Sargentos de Infantería, con ocasión de la celebración de sus Bodas de Oro. Su Majestad agradece sus amables palabras y me encarga, en Su nombre, le haga un cordial saludo, encargo que cumplo con el mayor agrado.

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Tomo buena nota de su solicitud, de la que he informado al jefe del Cuarto Militar de la Casa de S.M. el Rey a todos los efectos oportunos. Reciba un cordial saludo.>> Rafael Spottorno (No se ponen las firmas por motivos obvios. Nota del Autor) Posteriormente se recibió otra carta del Coronel Jefe de Gabinete del Cuarto Militar de la Casa de S.M. el Rey que decía lo que sigue:

CASA DE S.M. EL REY CUARTO MILITAR EL CORONEL JEFE DE GABINETE

Palacio Real, 5 de febrero de 2013-11-05 SR. D. CONSTANTINO NAVARRO HERRERO. Comandante de Infantería retirado. Paseo de Zorrilla, núm. 106 47006 VALLADOLID.

<<Querido amigo: Ha tenido entrada en este Cuarto Militar copia de la carta que ha dirigido a Su majestad el Rey, en la que solicita una audiencia para una comisión del IV Curso de Sargentos de Infantería, con motivo de la celebración de las Bodas de Oro. En este sentido, me complace comunicarle que se ha tomado nota de su petición y que será atendida tan pronto como sea posible. Le significo que el número total de asistentes a la misma no debe exceder de 20 personas. Reciba un cordial saludo.>> Antonio Esponera del Campo Coronel de Artillería, DEM

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Este fue el movimiento de la correspondencia que hubo entre el Coordinador de la Comisión organizadora y la Casa de S.M. el Rey. Hubo alguna más y diversas llamadas de teléfono, pero ya fue para comunicarnos lo que todos ya sabíamos por los medios de comunicación. S.M. el Rey cayó enfermo y tuvo que aplazar la audiencia por motivos de salud y quirófano, (visita al taller, como bien decía él). Las cosas se complicaron por la infección de la primera operación de cadera y no entraré en más detalles que todos conocemos. En resumidas cuentas: S.M. el Rey delegó su presencia ante nosotros, en su hijo D. Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias y heredero de la Corona de España. Con el tiempo se nos asignó la fecha. Ahora era misión de la Comisión Organizadora de todos los actos de las Bodas de Oro, elegir las 20 personas que deberían asistir a la audiencia. Apenas si hubo dudas. Creímos conveniente y justo, que los elegidos fueran aquellos que durante los 25 años habidos entre las Bodas de Plata y Oro, hubiesen sido organizadores en sus respectivas ciudades de la reunión anual que algunos celebrábamos para no perder el contacto entre nosotros y la Promoción. También deberían serlo los componentes de la Comisión Organizadora de las Bodas de Oro, que llevó un trabajo complicado y muchas horas de dedicación, bien con los correos electrónicos, bien con el teléfono u otros medios. Como quiera que coincidía que 4 de ellos habían sido organizadores al menos una vez y pocos hasta 2 o 3 veces, caso de Manuel Domínguez Godoy (3 veces) Pepe Casares, (otras 2 o 3 veces) (y al final no asistió), algunos fallecidos y el autor de esta crónica, (2 veces), algún otro que renunció a asistir, etc., aquello admitía compañeros que habían colaborado desde otros lugares y voluntarios de los asistentes a las Bodas de Oro en Toledo que quisieran asistir hasta el número de 20. Tuvimos un problema grave: Queríamos, necesitábamos que una de las viudas de algún compañero fallecido, nos acompañara, para que fuera la pieza bisagra entre los que asistiéramos tanto en Toledo, en los actos de la Academia de Infantería, como en Madrid en la audiencia y los fallecidos; que fuera el enlace entre los compañeros que ya “no estaban” y los que aún quedábamos en este valle de lágrimas. Aquella misión fue ardua y difícil. Contactamos con algunas viudas. Personalmente yo lo hice con la mujer de Faustino Grande Arroyo, que lo organizó en el año 2006 en Toledo: Sagrario. La conversación telefónica fue dramática. -Plácido, no puedo. Imposible. Solo el recuerdo de Faustino, cuando yo esté con todos vosotros, oyendo los discursos, rindiendo los honores a los muertos, uno de ellos el mío, no podré soportarlo. Se me romperá el corazón y os amargaré el día y los actos. Gracias. Gracias por acordarte de mí, pero el recuerdo de mi marido ausente, que no estará con nosotros, me puede matar. Para mí es

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más un dolor insoportable que un honor. No puedo. No puedo. Y no vino. Tuvimos la suerte que de los de la Comisión Organizadora, Jacinto Ruiz Morilla y yo, conocimos hace 4 o 5 años la viuda de otro compañero cuando veraneábamos en Jerez de la Frontera. Fue en la playa de Valdelagrana en el Puerto de Santa María. Se lo dijimos los de las Bodas de Oro sin saber nada todavía de cómo iban a resultar los actos, que se celebrarían y en qué consistiría toda la liturgia y la parafernalia de los 50 años. Le avisaríamos para que asistiera con sus hijos. Nada más. Su marido, Serapio de las Heras Luna, fue amigo y compañero mío cuando juntos estábamos destinados ambos en el Grupo de Tiradores de Ifni, nº 1. Cuando se nos presentó el problema de encontrar una viuda que asumiera el papel ya descrito, yo la llamé por teléfono exponiéndole nuestros deseos. Accedió. Le dije que ya la informaríamos de todo su papel. También esta viuda se llama Sagrario. Y asistió, pero nos lo dijo a Jacinto y a mí y a nuestras respectivas mujeres muchas veces: -Algunas veces creí que el corazón se me salía del pecho. He llorado, me he tragado las lágrimas y los recuerdos me rompían la cabeza. De veros a vosotros y no verlo a él. He sufrido. Pero estoy contenta de haber asistido. En su memoria y por mis dos hijos, sus dos hijos. Ellos han sido testigos de que los compañeros y amigos de su padre son unas buenas personas y eran unos buenos compañeros. Más no se ha podido hacer. La Comisión organizadora estábamos de acuerdo en los elegidos para la audiencia, que fueron los 19 hombres que aquí se relacionan más Sagrario, la viuda de Serapio. Estos fuimos los asistentes, (y acompañantes que estos no asistieron): ASISTENTES

ACOMPAÑANTES

1.- Constantino Navarro Herrero……………..

Choni

2.-Fernando García Muñiz………………………..

Sonita

3.-Miguel Fernández Beneyto…………………..

Mari Carmen

4.-Plácido Pascual Avilés…………………………

Josefina

5.-Joaquín Sánchez Frías………………………..

Marina

6.-Marceliano Ortega Rodrigo…………………… (Hermano)

Vitaliano.

7.-José A. Aguas Biec…………………………….

Marimi

8.-Manuel Domínguez Godoy…………………..

Mabel

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9.-Pablo Gómez Gutiérrez……………………….

Adoración

10.- Miguel Saez Romo…………………………..

Mari Carmen

11.-Sagrario Burgos Aguilar……………………

Viuda de Serapio

12.-Vicente Ferrín Ferrer…………………………

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13.-Ignacio González Carrasco…………………. ASISTENTES

Mercedes ACOMPAÑANTES

14.- Antonio Villalonga Sintes…………………..

Mª Sagrario

15.-José Pascual Castellarnau………………….

Mª Dolores

16.-Juan González Fernández…………………..

Jeni

17.-Vicente Pellicer Avargues…………………….

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18.-Alejandro Serrano Carretero…………….

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19.-Amable de Castro García…………………

Etelvina

20.-Jacinto Ruiz Morilla…………………………….

Leonor

Estos fuimos los 20 de la fama, se podría decir evocando a Hernán Cortés y sus héroes. Y fuimos los que nos dirigimos a la Audiencia de S.A. Real.

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La Audiencia A las 11.30 horas del 31 de octubre de 2013, un autobús nos recogió en la puerta de la Residencia Alcázar a los 19 componentes de la Comisión representativa de la Promoción, más a Sagrario, viuda de Serapio de las Heras y nos trasladamos al Pardo. Estábamos citados para las 12.45 h. Una parada en el pueblo, un paseo para estirar las piernas y un café ocupó el tiempo que aún nos sobraba. Cinco minutos antes de la hora prevista, estábamos todos montados en el autobús en la puerta del Palacio Real de El Pardo, pasando a su interior con los consiguientes controles de seguridad. La guardia Real, atenta a todo lo “que se movía”, vigilaba cualquier movimiento. Tanto los pasillos de Palacio como las habitaciones, tenían sus paredes adornadas con cuadros de diferentes pintores y tapices. Un Teniente Coronel del Ejército de Aire, entró en la habitación en la que estábamos para darnos instrucciones sobre el protocolo que deberíamos seguir durante la audiencia. Se puede decir que dentro de la rigidez de las normas establecidas para tan importante evento, el comportamiento de todos quienes nos trataron, estaba lleno de amabilidad, cortesía y simpatía. Todo estaba claro como el agua clara de las fuentes en donde nacen los ríos. Se acercaba la hora en la que se pondría colofón a todos los actos que desde que celebramos las Bodas de Plata allá por el año 1988, las reuniones posteriores en diferentes puntos peninsulares y de ultramar, (Palma de Mallorca y Melilla), las Bodas de Oro en Toledo, et., llegaba el momento de la clausura del final de nuestra vida militar como tal. Íbamos a cortar la cinta de la llegada a la meta. Todos los allí reunidos, 19 hombres y una mujer viuda, que representaba a todas las viudas que había en la Promoción; estábamos ansiosos de que llegara el momento y el momento ya estaba allí. Había cierta tensión. Aquello sería un acto oficial, quizás algo riguroso y serio por el protocolo, posiblemente con cierta rigidez militar, sería breve y conciso, dentro de la más pura ortodoxia castrense, en fin, lo que fuera estaba a punto de llegar. Sabíamos que el Príncipe había tenido, por lo menos, dos reuniones antes que la nuestra: Una con Jefes, creo que Coroneles, de Aviación y otra posterior del mismo estilo que la anterior pero con Jefes de la Marina. Algo de toma de posesión o similar de los asistentes a las respectivas audiencias. Lo nuestro era más simple y menos oficialista: Que celebrábamos las Bodas de Oro. ¿De qué nos iba a hablar S.A. Real? En unos minutos despacharía con nosotros y… adiós. Salimos a un patio precioso lleno de luz. El Teniente Coronel de Aviación, el de protocolo, nos indicó como colocarnos, una especie de semicírculo y las instrucciones para “la foto de

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familia”. El breve discurso, la foto y se acabó, pensamos la mayoría. Sobre la hora prevista, por una de las puertas del patio, salió a quien esperábamos: S.A. Real el Príncipe de Asturias, heredero de la Corona de España y futuro Felipe VI. Vestía con el uniforme de Marina, (acababa de tener una entrevista con marinos, como ya se ha dicho). Llevaba un impecable uniforme de Marina azul, con una marcialidad propia del militar profesional, como si en él fuera habitual el vestir normalmente de uniforme. En la bocamanga del mismo, bordados los distintivos o galones de Capitán de Fragata, equivalente al grado de Teniente Coronel de los Ejércitos de Tierra y de Aire, que es la categoría militar que en este día tiene S.A. Real. Llevaba un séquito de 12 o 13 personas, entre los que se encontraban un Teniente General, (suponemos que sería el Jefe de la Casa Militar del Rey), un General de Brigada, Jefes y Oficiales y alguno de paisano, que podría ser de protección o lo que fuere. Ya estaban en el patio 8 o 10 fotógrafos, cámaras en ristre, con los objetivos dispuestos para inmortalizar los momentos que allí se produjeran. El Príncipe se puso delante del centro en donde estábamos nosotros y nos saludó: -Señora, (había una sola señora) y señores: Buenos días, saludó. Se acercó a uno de los extremos de nuestra formación, uno al costado de otro, y nos fue saludando. Y cada uno correspondía según el protocolo militar, (que es lo que somos todos nosotros): -A las órdenes de Vuestra Alteza. Comandante X. (Solo el primer apellido). Hay que hacer notar, que se nos recomendó por parte del protocolo, que al apretón de manos del Príncipe, correspondiéramos con la misma intensidad y fuerza que lo hiciera él, (según se nos dijo no solía apretar mucho la mano, haciéndolo con cierta laxitud), ya que de tanto dar la mano todos los días a tantas personas, podía quedar con la mano “averiada”, como para “ir al taller”, que diría su augusto padre. Pero hay que decir que después comentamos todos lo mismo: Había que ver como apretaba la mano, con qué fuerza. El apretón de manos era entre militares, pensaría. Terminó, creo, con Sagrario, que lógicamente no se puso a sus órdenes: -Sagrario Burgos, viuda del Comandante De las Heras, e hizo una pequeña reverencia doblando levemente la rodilla derecha. Terminó el saludo y se puso en el centro entre nosotros, para hacernos “la foto de familia”. Los clics de las 10 0 12 máquinas fotográficas se repitieron durante un minuto más o menos. Terminaron los fotógrafos su trabajo y salieron todos del patio, quedando solo el Príncipe, su séquito y nosotros 20. Frente a nosotros, muy cerca físicamente, a unos dos metros. Constantino Navarro, como el más caracterizado de la promoción por ser el nº 1, tomó la palabra:

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-Alteza, para deciros lo que quiero decir no me hacen falta papeles, pues me sale del alma. No obstante y para que la tensión emocional de estar con nuestro futuro Rey no me juegue una mala pasada, permitidme utilizarlos,-decía mientras sacaba del bolsillo de la chaqueta unos papeles- los leeré y así nada quedará por decir. Y comenzó a leer su breve discurso:

Alteza:

Esta Comisión representa al IV Curso de Sargentos de Infantería, que recientemente ha cumplido 50 años desde que salió de la Escuela de Suboficiales y por ello hemos celebrado nuestras Bodas de Oro. Todos nosotros, igual que S. M. el Rey, nacimos en tiempos difíciles, durante la Guerra Civil Española o poco después de su finalización. Hoy los supervivientes de esta promoción, que estaba compuesta por más de quinientos sargentos, (entre 515 y 520), nos encontramos retirados por edad. En este largo período muchos compañeros han quedado en el camino, otros están imposibilitados y, en general, todos tenemos reducidas nuestras condiciones físicas, pero lo que no ha disminuido absolutamente nada, es nuestro amor a España, a nuestro Rey y también a nuestro Príncipe, futuro Rey de España. Estamos contentos con la profesión que elegimos y de que veinticinco de los años que permanecimos en activo ejerciéramos como mandos de pelotón o sección, puestos en los que se vive más intensamente la vida militar por el continuo contacto con las unidades operativas. También nos sentimos satisfechos, porque al final de nuestra trayectoria, la mayoría hemos alcanzado la graduación de comandante, máximo empleo que permitía nuestra Ley del Voluntariado. El pasado 7 de junio renovamos nuestro juramento a la Bandera en la Academia de Infantería en Toledo, que incluyó la obediencia y respeto a S. M. y la entrega de nuestras vidas en defensa de España si fuera preciso, juramento que ampliamos a nuestro Príncipe, valedor de las mismas virtudes que su Augusto padre y que igual que El, nos asegurará largos años de paz y prosperidad. Alteza, es un honor para nuestra promoción que S.M. El Rey nos haya concedido el privilegio de que su hijo, El Príncipe Heredero,

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viva representación del futuro de nuestra Patria, nos haya recibido en audiencia. Os rogamos Alteza, transmitáis a S.M. El Rey la lealtad incondicional de estos viejos soldados, que le desean una pronta recuperación y muchos años de vida por el bien de España. En recuerdo de esta Promoción, os rogamos Alteza, aceptéis este obsequio que representa al viejo Sargento de nuestros más entrañables años de juventud. Muchas gracias Alteza y a vuestras órdenes. El regalo que se le dio al Príncipe fue el mismo que guardamos todos nosotros de recuerdo: La efigie en cerámica de un pequeño Sargento de Infantería, ojos de asombro, con sus galones y bigotudo y la leyenda de “IV Curso de Sargentos de Infantería. 1963-2013”. El Príncipe lo recogió, lo miró, leyó lo que decía y sonrió. -¿Quién lo ha hecho, alguno de la Promoción?, preguntó. Se le dijo que no. Había sido un profesional del oficio. Entregó el regalo a uno de su séquito y pronunció unas palabras. Su discurso no fue leído, sino dicho sin recurrir a guión alguno. Nos felicitó por nuestras Bodas de Oro y alabó todos los años de servicio que habíamos prestado a España en los lugares que se nos habían asignado. Hizo una mención especial: -Su Majestad, el Rey, me ha dicho: <<En todo mi reinado es la primera vez que un grupo de Sargentos me han solicitado una audiencia. Ellos conocen mi estado de salud, por lo que delego en ti para que me representes. Diles que les mando todo mi cariño y que les agradezco todos sus años de servicio a España y a los españoles>> Continuó el Príncipe añadiendo a la cantidad de vicisitudes que habríamos vivido, los sacrificios que habríamos soportado y la cantidad de vivencias que se almacenarían en nuestros cerebros. Sabía de nuestra celebración en Toledo y de la renovación de nuestro juramento a la Bandera. Algo que a mí me falta muy poco para hacerlo, pues dentro de un año o dos, (creo recordar que dijo), se cumplen las Bodas de Plata de mi Promoción. Dijo más cosas que lamento no recordar, siempre magnificando nuestro servicio y aludir que los jóvenes militares de ahora, deberían tomar ejemplo de los veteranos que los años ya les obligaban a dejar el servicio a España de una forma activa. Todos estábamos convencidos que con aquellas palabras se cerraría el acto y la audiencia. Estábamos equivocados. Cerró su intervención de una forma que nadie esperábamos. Más o menos estas fueron sus palabras: -Ustedes, a lo largo de sus muchos años de servicio, deben almacenar en sus recuerdos multitud de anécdotas, casos curiosos, alegres y tristes. Me gustaría que contasen algunos de ellos. Antes de entrar en Palacio, tomé café con mi amigo, compañero, paisano y pariente, que todas estas cosas es Joaquín

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Sánchez Frías, que estaba situado justo a mi izquierda y él junto a la derecha del Príncipe. Me contó una anécdota de su vida. Cuando le oí decir al Príncipe que quería saber cosas de nuestra vida, no lo dudé un instante. Y en voz baja le dije: -Venga paisano, cuéntale lo que me has dicho ahí fuera. Dicho y hecho. Se nos había dicho por parte del protocolo, que si manteníamos una conversación con el Príncipe o se nos preguntaba algo, que le diéramos el título de Señor y le hablásemos de usted. Frías abrió el fuego dialéctico: -Señor: Hace ya muchos años, usted tendría 12 o 14, fue a la Isla de Cabrera con unos amigos. Como bien sabe la isla es Parque Nacional Marítimo por su privilegiado ecosistema y la protege el ejército, habitando en ella muy pocos civiles, solo los imprescindibles. Aquel día el jefe del destacamento que había en la isla lo mandaba un Teniente que era yo. Le di la bienvenida y le acompañé con mis dos hijas, algo menores que usted, que estaban allí conmigo. Muchos años después, señor, nos volvemos a encontrar, lo que para mí es un honor. -Es cierto, contestó el Príncipe Felipe. He estado dos veces en Cabrera. Otra vez el año que murió mi abuela materna Federica. No lo recuerdo bien, puesto que como usted mismo dice, hace ya muchos años. Por cierto, ¿Cuántos eran ustedes en su Promoción?, preguntó al grupo en general. -515 o 518, -contestó Navarro.- Empezamos el curso unos 600. El Príncipe volvió la cabeza y pareció dirigirse al teniente General: -¿Cuántos éramos en la mía en Tierra, en Infantería? -Sobre unos 200, le contestó el Teniente General. De nuevo tomó la palabra Constantino Navarro. -Señor, nosotros ya venimos de muy lejos. En los años 196263 hicimos el Curso de Sargento en la Escuela de Hoyo de Manzanares. Le puedo decir que las condiciones en las que estábamos, podían ser las mejores de la época, pero no eran las más aptas para vivir. Por decirlo de una forma sencilla y breve: Eran manifiestamente mejorables. Los barracones, más parecían los de un campo de concentración. Para que le sirva de referencia, le diré que la película de Embajadores en el Infierno, la filmaron allí; y otras condiciones de aquellos mismos edificios, que ya mejor es no recordar. -No me diga más, contestó el Príncipe con una sonrisa. Si allí hicieron esa película, me imagino cómo sería la Escuela de Hoyo de Manzanares. -¿Cómo dice, señor?, -preguntó Constantino dando un paso al frente y poniéndose una mano en su oído derecho, -es que estoy un poco sordo. El príncipe repitió su anterior repuesta, pero agregó: -¿Sabe lo que le digo? Que muchas veces es mejor estar sordo y así evitaríamos oír algunas de las cosas que nos dicen.

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Todos nos reímos por la salida de Su Alteza Real. Es conveniente aclarar que la película citada, está dirigida por José María Forqué en el año 1956. El guión, que es suyo, se basa en el libro del mismo título del Capitán Palacios que era quien mandaba a aquellos soldados en Rusia. Narra las peripecias, penalidades, y el mal vivir de los soldados que marcharon a Alemania, con la División Azul a Rusia, en ayuda del ejército alemán, durante la segunda guerra mundial. Los cineastas pensaron que el lugar más apropiado para reflejar los gulags rusos, el frío que te penetraba hasta los huesos y los destartalados barracones de los campos de concentración rusos, eran los barracones de Hoyo de Manzanares. Constantino agregó algo que provocó una anécdota. -He estado muchas veces en lugares que han requerido grandes sacrificios y vivir momentos de gran trabajo y penalidades. Por ejemplo: Hice el Curso de Operaciones Especiales o Guerrilleros hace muchos años. Soy del VIII Curso. Posiblemente haya sufrido más en Hoyo de Manzanares que en el Curso de Operaciones especiales que también fue durísimo. -Puedo dar testimonio de que la dureza del Curso de Guerrilleros, es cierto, -tomó la palabra un General de Brigada con el pelo blanco y ya mayor, que se encontraba entre el séquito del Príncipe. –Yo fui del Curso XXIII de Guerrilleros y era durísimo. Sorprendió que nuestro nº 1 le llevaba 15 cursos de “antigüedad” a todo un General de Brigada y los dos allí presentes. Eso nos decía que ya éramos no de la tercera edad, sino de la… mejor no hacer cábalas. Nos miró el Príncipe como esperando más historias. Miguel Fernández Beneyto tomó la palabra: -No se extrañe de la sordera de Constantino, Señor. Nuestro nº 1 es un experto en el tiro de pistola. El ruido de los disparos, como bien sabe S.A., perjudica notablemente los tímpanos y eso, a la larga, produce sordera. Le diré que ha participado en dos Olimpiadas. Una de ellas en la que también estuvo usted como olímpico: En la de Barcelona. -¿Ah, sí? ¿Y qué tal le fue? -En la de Barcelona, contestó Constantino Navarro, estuve de Juez de las pruebas y en la de Los Ángeles participé de entrenador del equipo. En campeonatos del mundo he participado como tirador muchas veces con diversas clasificaciones. No me ha ido mal. Tomó la palabra Fernando García Muñiz. -Señor, yo, por no olvidarme de los barracones, le diré que entonces se podía fumar en cualquier sitio. Por la noche, los fumadores se echaban sus pitillos sin consideración alguna para los que no lo éramos. Allí la ventilación eran las ventanas abiertas. Corríamos un doble riesgo: O abríamos los ventanales en los meses de invierno y ¡En la Sierra del Guadarrama!, para que corriera el aire

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y no nos asfixiara el humo, corriendo el riesgo de coger una pulmonía o se cerraban las ventanas y podíamos morir intoxicados por inhalación del humo, la nicotina, el alquitrán y todos los males que lleva el tabaco consigo. Entonces se sometía a votación si se abrían los ventanales o se cerraban. ¿Y qué pasaba? Que los fumadores eran más que los que éramos abstemios al tabaco y siempre ganaban ellos, que para nosotros eran los malos. Bien, pues no hubo ninguna muerte por congelación. Dios, que seguro que no fuma, nos ayudaría. Tanto el Príncipe como su séquito no dejaban de reírse, imaginando las noches en aquellos barracones o aulas de las clases, que eran más o menos lo mismo. -Puedo decir algo más, -continuó Muñiz. -Una vez coincidimos ambos en las pistas de esquí en Baqueira Beret. Usted se puso a esquiar en una pista que estaba prohibido hacerlo. Y lo vieron los servicios de seguridad. Y hasta ahí cuento, Señor. Creo que con esto está dicho “casi todo”, terminó Fernando con una sonrisa. Posiblemente hubiese algo más, pero Fernando prudentemente calló. -Lleva usted razón, le contestó a su vez el Príncipe con otra sonrisa. Me parece muy bien que hasta ahí llegue la anécdota. Hubo un momento de silencio. Todos nosotros estábamos alucinados. La audiencia, como todas las audiencias oficiales, siempre tan protocolarias, tan serias, tan oficialistas, se había convertido en una tertulia de amigos que contaban cosas a otro amigo más joven y que quería saber historias de viejos soldados. De forma educada, con todo el respeto que la ocasión requería, de una forma natural se contaban las vivencias que cada uno tenía a bien relatar. -No me digáis, que después de 50 años, no tenéis nada más que contar, -dijo con ganas de saber más cosas. El Príncipe quería saber más historias. Y todas eran verídicas. El relator de esta crónica, Plácido Pascual, tomó la palabra. -Efectivamente, señor, como antes ha dicho alguien, venimos de muy lejos. Algunos de los que estamos aquí, siendo aún muy jóvenes, 17 años o poco más, estuvimos en la guerra de Ifni-Sáhara. Cuento esto en honor de Sagrario, la viuda que nos acompaña representando a todas las viudas de la Promoción y a sus maridos ya fallecidos. Aquella guerra también fue dura para los que la hicimos. En honor de Serapio de las Heras Luna, marido de Sagrario, debo decir que fue uno de los que la guerra le sorprendió en un destacamento lejos de la Capital: Ifni. (Serapio pertenecía entonces a la Policía Territorial de Ifni). Los guerrilleros marroquíes atacaron una y otra vez el destacamento sin conseguir tomarlo, pero sí dañarlo muy seriamente. Nuestro amigo, que lo fue y compañero de todos nosotros, que entonces era Cabo 1º, fue uno de los defensores de Tiugsa, que así se llamaba el lugar en donde le cogió la rebelión de

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aquellos insurrectos. Como todos los militares guardamos respetuosa memoria de nuestros muertos, terminé con una duda. Mis palabras pusieron un punto de seriedad que también tenemos los militares. Pensé continuar, pero quizás no fuera el momento oportuno de hacerlo. ¿O quizás si? Esa fue mi duda. Pensé seguir hablando y a punto estuve de decir: Señor: Es posible que hoy estuviera aquí, como uno más de nosotros, el que era mi compañero de Promoción y amigo Pedro Romero Moreno. Ingresamos el mismo día en 1956. Los dos con 16 años. En aquella guerra de Ifni, él tenía 17 años, como yo. Ambos éramos cabos. Podría estar aquí con usted, como lo estoy yo. Pero el destino le jugó una mala pasada y murió en combate un día de diciembre de 1957, defendiendo una bandera: La de España. Permítame, al menos, que evoque su memoria. No lo dije. ¿Debí decirlo? No me pareció oportuno. Quede este escrito en su memoria y en su honor. Sagrario, la única mujer de la Audiencia y viuda de Serapio, nos dijo y le dijo al Príncipe: -Señor, estoy llena de emoción por estar en este lugar delante de usted. Esto me hace recordar a mi marido por lo siguiente: Cuando el Rey, su padre, era Príncipe, como usted lo es ahora, a principios de los años 70, hizo una visita a la Unidad en la que entonces estaba mi marido destinado. Era aquí en Madrid, en el Regimiento Wad Ras nº 55. Me lo contaba una y otra vez lleno de orgullo: <<Después de la visita a los carros de combate y a las unidades del Regimiento, me decía, se dio una copa de vino español, costumbre muy española con la que se solía agasajar a los visitantes o mandos ilustres. Yo estaba en esa copa, me decía lleno de orgullo. Se acercó a mí, leyó mi nombre que lo llevaba escrito en una tirita de tela adhesiva en el pecho, y me dijo: -De las Heras, este chorizo está de muerte, como todas las tapas>> No se cansaba de decírmelo, alteza, y hoy yo, estoy en una audiencia con usted, su hijo y también Príncipe. Para mí es un honor y evoca un recuerdo de mi marido, que los dos hallamos coincidido con ustedes dos, padre e hijo, aunque por motivos y en tiempos diferentes y por causas tan distintas como han sido para mí la muerte de mi marido. Como él me siento orgullosa de estar aquí ahora. Se lo contaré a mis hijos y a mis nietos y a mis amigos. Gracias, muchas gracias, señor. Terminó Sagrario llena de emoción y de ternura. Notamos también la emotividad en el rostro del Príncipe. Tomó la palabra Miguel Fernández Baneyto: -Señor, para nosotros esta audiencia supone el broche de oro que posiblemente cierra nuestras vicisitudes militares. Nada más alto, ni para nosotros más orgulloso, que estar aquí hoy, con todos nuestros años, delante de vuestra alteza, representando a S.M. el Rey de España y en esta charla tan coloquial y entrañable a la que usted nos ha invitado. He sentido una gran satisfacción, cuando en sus palabras ha dicho: Hay que decírselo a las nuevas generaciones:

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Escucha a los mayores. Efectivamente, creo que algo podemos y debemos decir todavía. El autor de este relato, pensó en algo importante que nadie había mencionado y volví a hablar: -Señor, permítame que en estos momentos de satisfacción y orgullo para nosotros, tenga un recuerdo entrañable para las que yo llamo Nuestras Santas. Me refiero a nuestras mujeres. Ellas han sido una ayuda para nosotros y nos han acompañado en muchas ocasiones: Unas veces han sido en muchos de los malos momentos sufridos, que por supuesto los ha habido y otras en los buenos, que, no nos engañemos, también han existido. Compañeras sacrificadas, junto a nuestros hijos, pero sobre todo ellas, que han compaginado las tareas de la casa, la educación de nuestros hijos, las ausencias de sus maridos por motivos profesionales y tantas y tantas cargas caídas sobre sus hombros. Quede constancia de esto. El Príncipe asentía con la cabeza, dándome la razón en lo que decía. Tomó de nuevo la palabra Fernando García Muñiz: -Señor, quiero recordar que coincidimos, no solo en Baqueira Beret, en las pistas de esquí. También estuvo S.A. en la entrega de despachos de Sargento en la Academia de Suboficiales en Talarn, en donde a la sazón yo estaba de Profesor en ella. -Efectivamente he estado muchas veces allí, le contestó el Príncipe. Tomó la palabra un catalán de pro, catalán, ilerdense y español de la cabeza a los pies. Una buenísima persona. Y no digo estas alabanzas por su primer apellido, que puede que también influyera, ni por recomendación, pues hacía muchos años que no le veía, me refiero a José Pascual Castellarnau. Algún día investigaremos para saber si existe alguna genealogía parental entre él y yo. Puso la nota tierna en sus palabras: -Señor: lo que le voy a decir nada tiene que ver con lo que aquí se está diciendo, pero debo decirlo para no incurrir en una pena de bronca o castigo para mí. Tengo dos nietecitos ya algo mayores. (No sé si dijo que de unos 10 años o así, no lo recuerdo). Antes de venir para Madrid, ambos me dijeron: <<Avi, (Avi es abuelo en catalán, como posiblemente Vuestra Alteza sepa), (el Príncipe asintió con la cabeza), ¿Vas a ir a ver al Príncipe Felipe?, me hablaban en catalán y el príncipe asentía como diciendo: (Es natural. Estáis en Lérida); Si, les dije yo. Pues le das recuerdos nuestros y le dices que lo queremos mucho>>. Y lo tengo que hacer, porque si vuelvo allí y les digo que se me olvidó o que eso son cosas de niños, seguro que se enfadarán mucho conmigo. El Príncipe se lo agradeció. -Por supuesto que a los niños hay que hacerles caso y sobre todo cuando se van haciendo mayores. Hoy cumple mi hija mayor 8 años. ¡Cómo pasa el tiempo!, meditó en voz alta con cierta nostalgia.

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Fue un toque enternecedor. Esto reafirmaba lo agusto que se encontraba el Príncipe Heredero entre nosotros. Oyendo nuestras cuitas, nuestras reflexiones, nuestras anécdotas, etc. Se notaba que la audiencia estaba llegando a su final. Llevábamos casi tres cuartos de hora, por lo que yo me atreví a tomar la palabra otra vez. -Señor, no es porque sea mi Promoción, pero es que tenemos algo especial. Hemos hecho cosas que no han hecho antes otras muchas promociones de nuestra y otras escalas. Empezamos nuestras celebraciones en Toledo en el año 1988, con motivo de las Bodas de Plata. En el intervalo que hay entre las Bodas de Plata y las de Oro, han existido 25 años. Pues bien, no conozco ninguna otra promoción que se haya reunido esos 25 años, año tras año. Nosotros lo hemos hecho. No todos, pero si algunos y otros años bastantes componentes. Cada año lo hacíamos en diferentes puntos de España, para así conocer otras tierras y los encantos y los rincones que tienen. En algunos lo hemos hecho 2 veces, como por ejemplo: Córdoba, tierra de la que vengo y en la que vivo. A Córdoba hay que ir muchas veces para conocerla a fondo. Y alguna más ha repetido también. Y estamos dispuestos a seguir allá hasta donde las fuerzas nos acompañen. Es más, si S.A. me lo permite, le pediré que si para las Bodas de Platino nos promete volver a recibirnos, nosotros nos comprometemos a venir para verle otra vez. Aunque ya seamos algo mayores. -Muchos de los asistentes, del séquito y el mismo Príncipe se rieron de mi proposición. Alguien preguntó: -¿Pero cuándo será eso? –Señores, es muy fácil: Exactamente dentro de 25 años. En el año 2.038. Muchos de los allí presentes debieron creer que, como D. Quijote, se me había secado el seso y estaba loco. Pero no Su Alteza Real el Príncipe de Asturias Heredero de la Corona de España: -Acepto la propuesta,-me dijo. -Nos veremos aquí. Yo contesté a las risas de mis compañeros: -Señores, hace 25 años que celebramos las Bodas de Plata y ya han transcurrido 25 años. Han pasado rápidos como un suspiro. ¿Las Bodas de Platino? Antes de que nos demos cuenta ya estarán aquí. Y si no al tiempo. S.A. me miraba y sonreía. ¿Qué pensaría? Y la Audiencia terminó, yo creo, que con gran disgusto de todos, incluido el Príncipe. Parecíamos un grupo de amigos contando nuestras “batallitas” de hace siglos. El Príncipe volvió a pasar otra vez delante de todos nosotros y nos estrechó la mano de nuevo, algo inusual, puesto que normalmente solo saluda una vez. Con cada uno mostraba una sonrisa que no sé lo que quería decir: Quizás agradecimiento por nuestros años de servicio o admiración por encontrarnos todavía en buena forma o cariño por el trato que tuvimos con él y las referencias a S.M. el Rey o…que se yo lo que pensaría el Príncipe cuando de nuevo nos dijo adiós.

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Salimos del Palacio Real de El Pardo. Los cometarios eran los mismos: ¿La Audiencia? De 10. Un 10 para el Príncipe, su séquito, sus acompañantes y todos los miembros de la casa del Rey, desde la Guardia Real hasta los acompañantes, desde el Teniente General, pasando por todos los componentes de Palacio hasta el más o la más humilde de sus servidores. Un 10. Como comentó Jacinto Ruiz Morilla: el broche para nosotros ha sido el equivalente a la Laureada. Ha sido un broche de oro. Quizás nos lo merecíamos. Volvimos a la Residencia Alcázar en el centro de Madrid. Nuestras santas mujeres, acompañantes, compañeros militares que estaban por allí, personal de la Residencia, etc., nos preguntaban: ¿Qué tal? ¿Cómo ha oído todo? Nuestros rostros de alegría y satisfacción lo decían todo. Entramos en el comedor de gala en donde degustamos un arroz con bogavante capaz de mejorar a cualquier enfermo; eso sí, precedido por unas tapas de productos ibéricos como jamón, lomo, salchichón, queso, amén de otras menudencias bien regadas con un rioja que animaron nuestros futuros proyectos. Durante toda nuestra estancia en Madrid todos recordamos algo que para nosotros era de vital importancia: Pepe Casares Blázquez, nuestro amigo y compañero, alma, corazón y cerebro de todo este invento de las reuniones, desde la primera con las Bodas de Plata, hasta esta última de las Bodas de Oro, no había estado en el acto final, en el colofón recién terminado. Problemas de salud se lo impidieron. Los años. Aquellos años que poco ha, nos llenaron de futuro y de vida, que sembraron nuestra existencia de amor, de hijos, de alegría, de proyectos… aquellos años se habían convertido ahora en unos seres mutantes que nos estaban devorando poco a poco y amenazaban con no parar hasta que nos consumieran, como a tantos otros de la Promoción y a muchas de las esposas, también fallecidas, nos consumieran, digo, definitivamente a todos. ¡¡Malditos!! Pero dejemos lo irremediable. Para terminar mis reflexiones, debo decir que posiblemente no haya citado de una forma textual y exacta, lo dicho por todos y cada uno de nosotros. También es probable que se me hayan olvidado las palabras de otros compañeros que también hablaron y contaron alguna anécdota o historia, pero todo se ajusta a la verdad y el fondo de lo dicho, la idea de lo expresado delante del Príncipe, es exactamente el sentido que cada uno quiso dar a sus palabras. Debemos tener en cuenta que es lógico que a nuestra edad y con esta maldita crisis que tanto ha encarecido el precio de nuestras neuronas memorísticas, hemos tenido que presentar un ERE y mantener solo algunos millones menos de las necesarias para memorizar. Hubiera hecho un cambio para remediar lo irremediable, pero leyendo un día lo que nos dijo el guipuzcoano de Azpeitia Ignacio de Loyola: “En tiempos de tribulación o de crisis no hacer mudanza”, preferí dejar las cosas como estaban.

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Los hechos aquí relatados ocurrieron puntualmente, tal como se cuentan, en el Palacio Real de El Pardo, el día 31 de Octubre, jueves, del año 2.013; entre las 13,15 y las 14,00 horas. Fue cronista y relator de los hechos: Plácido Pascual Avilés, perteneciente a la Promoción del Curso nº IV de Sargentos de Infantería del nuevo voluntariado, en el año 1963. Se escribió en la ciudad califal de Córdoba en el mes de noviembre, mes de todos los santos y de los fieles difuntos, en el año de gracia del Señor 2.013, reinando en España S.M. el Rey Juan Carlos de Borbón y siendo Príncipe de Asturias S.A.R. D. Felipe. Debe cerrarse este escrito, esta crónica póstuma de nuestra carrera militar, con las reflexiones que nuestro buen amigo y compañero Jacinto Ruiz Morilla, escribió nada más llegar a su adorada y querida Málaga. Final digno que se cierra con sus sabias, sentidas y sinceras palabras.

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REFLEXIONES SOBRE LA AUDIENCIA DE S. A. R. EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS, CONCEDIDA A LA COMISIÓN DE LA IV PROMOCIÓN DE SARGENTOS DE INFª, EL DÍA 31 DE OCTUBRE DE 2013.

Durante el camino de regreso a Málaga, me dediqué a reflexionar sobre la audiencia concedida, en principio por S.M. el Rey, y más tarde delegada y asumida por el Príncipe de Asturias, habida cuenta el estado de salud del monarca, un tanto deteriorado según publican todos comunicación, los cuales

los medios de

facilitan constantemente noticias

detalladas de su reciente intervención quirúrgica. Si soy sincero conmigo mismo, nunca pensé que fuésemos a conseguir la audiencia, habida cuenta nuestra humilde procedencia y, por tanto, para mí, la merced que nos ha concedido la Casa Real es de tal generosidad que, una vez allí, en el marco del Palacio Real, con su magnificencia, y ante el amplio

séquito

del

Príncipe,

cuyos

componentes

pertenecientes a todos los Ejércitos, tan gentilmente nos atendieron –desde el Teniente General hasta el Brigada- nos han permitido vivir con profunda emoción este excepcional encuentro y uno siente que ha merecido la pena servir y amar a España, tantos y tantos años, soportando servicios innumerables,

mezclados

con

las

penalidades

y

servidumbres de todo género provocadas por la época que nos

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tocó vivir. Sí, ciertamente, ha merecido le pena, si no lo hubiera sido ya por muchas otras razones de índole espiritual. Entre otras muchas cosas, esta audiencia ha significado, moralmente, el gracias

al

reconocimiento a los servicios prestados,

afecto

cálido

que

nos

mostraron

todos,

especialmente el Príncipe, con su sencillez y cercanía, de suerte que bien pudiéramos considerarla como una especie de “laureada”, con la que ponemos broche de oro a nuestra vida militar. Aquí pareciera, también, que adquieren su plenitud los inmortales versos de nuestro Calderón de la Barca, en “El aprendiz de soldado”: “ Así de modestia llenos, / a los más

viejos verás, /

tratando de ser lo más / y de parecer lo menos /” Conservemos en nuestro corazón esta inmensa gratitud que sentimos,

hacia

S.M. el Rey y a su Alteza Real el

Príncipe de Asturias, por el bien que han hecho a estos viejos soldados, los cuales se sienten muy honrados, entre otros motivos, por haber sido los primeros militares procedentes de sargento que han sido recibidos en tal audiencia, según nos confirmó el Príncipe, personalmente. ¡Que Dios bendiga y proteja a todos los miembros de la Casa Real! Por la Comisión de la IV Promoción de Sargentos de Infantería

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Jacinto Ruiz Morilla Saludo uno

a

uno:

Aguas,

Marceliano,

Frías

y

Pascual …

Con una sonrisa: Como si fueran antiguos y viejos compañeros

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Con el debido respeto, Alteza: Frías, Pascual, Beneyto, Muñiz y Navarro,

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La entrega, como regalo de un Sargento de cerámica en miniatura. Está Sagrario, viuda de Serapio de las Heras Luna.

Como si fuera el reencuentro de viejos compañeros: Sonrisas, alegría, compañerismo, recuerdos, respeto…

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Lo que 518 alumnos iniciamos en 1963, se muestra orgulloso en esta Placa en 2.013 en la Academia de Infantería toledana. Nuestro Escudo y nuestra bandera, fueron la razón de nuestras vidas. “…De los que amor y vida te consagran, escucha España…”

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“Foto de familia” presidida por S.A.R. el Príncipe D. Felipe de Borbón y Grecia, acompañado por 19 miembros del IV Curso de sargentos, con motivo del L aniversario, (Bodas de Oro), de su salida de la Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería de Hoyo de Manzanares, (Madrid). Allí se formaron y superaron las pruebas para ser Sargentos de Infantería en los años-curso 1962-1963. Acompaña también Sagrario, viuda de Serapio de las Heras Luna, compañero de Promoción y amigo, ya fallecido. Lo hacía en representación de todas las viudas de los fallecidos de esta Promoción.

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La audiencia