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Cotidiano No oigo otra voz que la del Barrio, la del vecino. Adiós a los grandes salones, a las exclusivas residencias. ¡Ay de los tristes suburbios, de las grises intrigas clasistas, como de mi triste perro malandro! No oigo otra música que la del Barrio, la que no me deja dormir los viernes y sábados, quienes se empeñan en que odie, a Barreto, Ismael Rivera y a Héctor -con los otros ya me he peleado – sobre todo, con esa que ponen a las 3 a.m. En los años 1600… Sin embargo, me dejo llevar por el barro, por los palos de agua sobre el techo de asbesto, bajo el sol que me hincha como un pan, dentro de casa, desde donde bien temprano puedo ver, las muchachas menudamente vestidas, tender sus ropas, regar las plantas: ¿Cómo está señor Alfredo? mientras yo bebo café y limpio mis armas. Oigo el parte de guerra del hampa, de inocentes caídos por no haber hecho nada, del policía que mata y del traficante que salva. Oigo la dulce voz de los niños, terrosa, quienes suben el cerro hacia la escuela, como si fueran al cielo cada mañana y como castigo divino, por la tarde, vuelven a sus casas. Recorro las calles del Barrio, sus esquinas, veo los chicos llevar sus gorras, sus sonrisas, su seriedad como consigna, el intercambio de una mirada, por una vida, por unas piernas, por un vehículo o un arma, por un paseo de unas horas. Oigo en la noche el cuchillo, la bala, la gata siendo apareada, hollando mi techo. Oigo a mis vecinos buscar la perpetuidad, de sus almas, ardorosamente, con gritos, con angustiosa rabia. Yo, mirándome al espejo, culmino, cada noche, siguiendo a mi viejo ventilador, aspa y aspa, en sus giros.

Antología 4to FMP 2007  
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