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El constructor de caminos «Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo»: Estas fueron las últimas palabras de mi abuelo antes de desaparecer en el calor húmedo de un día de mayo. A diferencia de los otros lugareños en las lomas de Puerto Plata, a mi abuelo no le obsesionaba la lluvia o la sequía, la abundancia o la escasez en las plantaciones. Su verdadera obsesión eran los caminos. Y no tomarlos por asalto para descubrir su fin o su principio, ni siquiera seguir sus trayectorias en un mapa con una pluma de pavo. Era más bien construirlos, hacer caminos donde a ningún ser humano se le hubiese ocurrido que pudiera construirse un camino. Para esto reducía sus herramientas a un pico, un machete gastado por la vejez, y un pedazo de piedra de amolar. Salía todas las mañanas bajo la protesta de los nietos y de los hijos solteros que aún permanecían en la casa: “¡Que papá ya usted está muy viejo para eso!”, “¡que abuelo ya la finca está llena de caminos!”. Hasta que lograba amarrar dos trozos de batata y unas lonjas de queso en un pañuelo antiguo, y salir, perdiéndose en la lejanía. «Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo»: dijo esa mañana mientras desaparecía tras los racimos de una llovizna blanca. El abuelo no volvió más. Aún mamá dice que murió un día de mayo. Yo creo que él vive. Que él está allá, en el mañana, quizás abriendo, con sus rústicas herramientas, otro camino hacia el futuro.

Antología 4to FMP 2007  
Antología 4to FMP 2007  
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