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Mis gozadas con la “madame” Mis padres eran españoles y, como tantos, un día decidieron emigrar. La tierra hasta la que partieron no fue muy lejana. Echaron raíces en París, dado que una adinerada familia de Madrid se marchó a esa ciudad y los llevó a ellos como parte del servicio. Mi madre se ocupaba de la cocina y mi padre de conducir el auto del señor. En esas circunstancias nací yo en tierras francesas. De mis primeros años no me puedo quejar, ya que no me faltó alimento ni abrigo. Pero la época de mi adolescencia fue realmente dura. Como mis padres murieron en un accidente, esa familia no quiso tenerme más en la casa y me dejaron en la calle, sin ninguna contemplación. Escribí entonces a una hermana de mi madre que residía en Madrid; pero no obtuve respuesta. Comprendí que tendría que arreglarme sola y lo logré. Comencé a trabajar en un mercado, ayudando en un puesto de verduras. Pronto destaqué por mi belleza entre las chicas de ese inmundo lugar; y Henri, un conocido chulo de aquel ambiente, me hizo formar parte de su grupo. Yo tenía tan sólo dieciocho años, y la verdad es que no me disgustó el trabajo de puta. Debo confesar que mi vida cambió; y que de la miseria en que estaba,

empecé a comer mejor y a no sentir tanto el frío del invierno. Mi primer hombre fue precisamente Henri, que me enseño todos los pormenores de la batalla sexual. Aunque trataba bastante mal a las otras putas que trabajaban para él, conmigo tuvo siempre una especie de debilidad; y yo me convertí en algo así como en su protegida.

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Pero él no podía transformarse en un fiel esposo ni yo con mi trabajo era capaz ni siquiera de imaginarlo. Durante bastante tiempo compartimos la habitación, y puede decirse que fuimos felices. Pero todo llega a su fin y cuando una, más joven que yo, hizo su aparición en el grupo, mi lugar de privilegio se terminó.


Dejé de tener el afecto de mi hombre, y debí continuar con la rutina de ser follada por uno tras otro cada día. En una de aquellas sesiones, donde el macho debe pagar por poseer a su compañera circunstancial, conocí a Joufroy. Era el mayordomo de una rica viuda que no pasaba de los cuarenta años. Aunque nunca conviene hablar demasiado con los clientes, pues se pierde el tiempo, como este tío me resultó simpático, me permití charlar con él largo rato. Me contó historias fantásticas de sexo y dinero que no me creí del todo. Según su relato, él follaba cuanto quería con la criada de su ama. Y ésta, por su parte, desdeñaba los montajes donde una polla penetra con energia, en el coño de una mujer. Para entendernos y hablar sin rodeos, os diré que era una lesbiana.

Contaba yo entonces los veinte años, y no me pareció mala idea mantener una experiencia sexual con una mujer. Joufroy ya me había dado la idea de presentarme a su patrona, que acababa de pelearse con su última amiga. Me indicó algunas preferencias de la viuda; y una tarde, sabiendo por mi amigo que su patrona estaría en cierto café, fui hasta allí. No me resultó dificil ligarla, ya que ambas nos gustamos, casi mágicamente, al vernos. Después de muchos años, tenía la oportunidad de hablar sinceramente con una mujer. De verdad, desde la muerte de mi madre, no había vuelto a conversar de mis cosas con nadie. Su amistad me interesó. Pero también su cuerpo me agradó, y no puedo ocultar que esa atracción no supuso únicamente un inocente recuerdo de hija

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Su rostro era sensual y su maqulllaje perfecto. En cuanto a su cuerpo, parecia una modelo de las revistas más que una mujer de carne y hueso. Llevaba aquel dia una blusa blanca que dejaba entrever el canal de las tetas. Por sobre sus hombros cala la piel negra de su abrigo. Su falda bastante larga, tenía una profunda; abertura que permitió averiguar la firmeza de sus muslos. Mientras observaba, todo un deseo lésbico se apoderaba de mí. Mi clítoris latía y no hacía más que pensar en cómo ella me lo besaría. También me imaginaba las cosas que yo podía hacerle a esa dulce viudita. Madame Andronet, aquel era su nombre, me llevó por fin a su casa. Pronto me pidió que la acompañara a su cuarto. Se trataba de un dormitorio de color malva donde todo incitaba al placer. Antes de iniciar nuestro combate, me dijo que pasara al cuarto de baño donde su doncella me prepararía. Al entrar en el baño, conocí a la amante de mi amigo. Era una mujer de unos treinta años en la que se adivinaba un carácter muy ardiente y fogoso. Rápidamente me preparó un baño, donde sales espumosas me hicieron pensar en un cuento de hadas. Mi vida había transcurrido, hasta entonces, en medio de tanta miseria y promiscuidad que todo eso me maravillaba. Cuando el agua estuvo a punto, me pidió que me desnudara y me metiera en la bañera. Así lo hice y, enseguida, su mano de fiel criada pasó una esponja por todo mi cuerpo. Fue una especie de masaje; pero de sexo nada. Cuando estuve limpia, me abrazó con una gran toalla mientras salía del agua y me secó con lentitud... Luego,


me perfumó y, finalmente, después de envolverme con una bata de seda, abrió la puerta para que pasara al dormitorio. Madame Andronet estaba tendida en la cama, y me pidió que me acercara. Sin prisa, me quitó la bata y comenzó a acariciarme. La luz tenue que había en el cuarto me transportó a otro mundo. Sus caricias fueron interminables; no hubo rincón de mi cuerpo que sus manos no tocaran. Despues, mirándome a los ojos, aproximó sus labios a los mios. Yo la dejaba hacer; estaba demasiado absorta como para ocurrírseme algo. Cuando su boca estuvo apoyada en la mía, suavemente abrió con su lengua mis dientes hasta encontrarse con mi paladar. El cosquilleo que me proporcionó, casi me hizo alcanzar el orgasmo. Después, su lengua no se detuvo y bajó hasta mis erectos pezones. Dedicó mucho tiempo a cada uno de ellos, y a esas alturas yo estaba que estallaba. Por fin llegó hasta mi coño. Separando los labios de mis vulvas ardientes, cogió mi clítoris entre sus dientes y, una vez bien atrapado, lo succionó y chupó con pasión. Creo que me «corrí» como jamás lo había hécho con ningún hombre de los tantos con los que me había acostado. Descansamos entonces de semejante comienzo. La criada nos sirvió un té, que bebimos en silencio mientras nos mirábamos seductoramente. Dejamos a un lado las tazas y «madame» me dijo que me acostara encima de ella, pero en posición invertida. Es decir, que mi coño quedó en su boca y el de ella en la mía. No necesité que me indicara nada, y comencé a dar lengüetazos en su clítoris. Ella, por su parte, hizo

lo mismo y pronto nos encontramos en medio de una fogosa sesión de amor lésbico. Después de trabajar con ardor cada una el coño de la otra, llegamos a un orgasmo desesperado, las dos al mismo tiempo... Se sucedió otro lapsus para descansar. De nuevo pulsó el timbre, y la criada trajo un licor delicioso. Pero este descanso fue más breve. La viuda era un manojo de excitación y energía. Se abalanzó sobre mí, y comenzó a besarme como si perdiera el control. Nuestros pubis se hallaban uno encima del otro y se refregaban con vehemencia, aunque he de reconocer que «madame» lo hacía con más fuerza que yo, pareciéndose a un verdadero macho. Los gritos de placer de ambas pusieron fin y tan rabiosa escena... A la mañana siguiente, después del desayuno, yo no detuve el imwww:lascartasprivadasdepen.com

pulso de tomar contacto con su cuerpo. Mis dedos recogieron el calor de su piel y, enseguida, recibieron las palpitaciones de un pubis abundante en vellosidad. Peiné toda la mata, llegué hasta la abertura superior del chumino... ¡Y allí me aguardaba un clítoris totalmente desenfundado! —¿Te das cuenta de que lo necesitas tanto o más que yo, Berta? Preferí lamerle los pezones a responderle. Me hallaba totalmente encelada, perdido todo el sentido de la prudencia. Sólo me importaba disfrutar del cuerpo de «madame» bebérmela entera... ¡Poseerla a besos y caricias! Proseguí con mi actividad, cada vez más despendolada. Y terminé por quitarle las bragas. Entonces, ella me sujetó por la barbilla y me dijo: —Soy lesbiana; pero me he acostumbrado a las penetracio-


nes. Dispongo de un vibrador. ¿Te importaría utilizarlo conmigo, Berta? —¿Tanto echas en falta una polla? —le reproché, disgustada porque me hubiese cortado en el momento que empezaba a llegar al orgasmo. —No es lo mismo. El vibrador te ofrece algo más que una verga: ¡no tienes que aguantar a un tío y, sobre todo, jamás te falta en el momento de mantener la erección! ¿Comprendes?

Antes de complacerla, preferí realizar una exploración de su coñazo le arañe intencionadamente el monte de Venus, y lo aguantó sin decir ni una sola palabra. Agaché la cabeza y abrí sus labios vaginales... De aquella bellísima oquedad brotaron unos aromas nunca olvidados, que me devolvieron a una adolescencia repleta de caricias, de besos y revolcones en las camas, en la ducha y por todos los lugares de mi dormitorio... ¡Siempre sola, y pensando, acaso www:lascartasprivadasdepen.com

sin saberlo, en una amante como «madame»! —Dámelo, Silvie; ¡has conseguido que ahora sea yo la que desee utilizarlo sobre tí! ¡Pero voy a arañarte como si fuera una «gata apabullada»! —le avisé, empezando a manejar el vibrador en las puertas de su coño. Poco más tarde, tomamos unas copas de champagne, sin que nos hiciera falta para animarnos. Seguíamos estando desnudas, una frente a la otra, y pasándonos la bebida entre los labios... Bueno, era «madame» la que me entregaba el líquido espumoso en unos pequeños buches, que yo aceptaba sumisamente. Cada vez más encendida. —¡Cómeme el coño, Berta! — me ordenó poniéndose de pie. Lo hice con una cierta avidez, retorciendo la lengua entre sus labios mayores y persiguiendo el encuentro con el clítoris. Cuando esto se produjo, no dispuse ni del tiempo suficiente para gozar de mi conquista... ¡«Madame» me tumbó entre los cojines de la cama, para introducirme la botella en el chumino! «Madame» estuvo «follándome» con el cuello de la botella, hasta provocarme un tremendo orgasmo. Entonces, retiró aquel elemento de tortura y se hundió en mis ingles, para devorarme las carnes que se hallaban a su alcance. Sin dejar de absorber y succionar todos mis humores. De vez en cuando saltaba a mis pezones, para estirarlos con sus dientes... ¡Mientras, todo mi cuerpo se había convertido en un temblor permanente! Volvió a utilizar la botella de champague. Comprendí que ella se encontraba al borde del orgasmo. Porque su máxima excitación coincidía con esta conquista.


Poco más tarde, se incorporó y La inconfundible voz de me incrustó su chumino en la Loufroy detrás de la puerta nos boca. Debí mamar igual que una sacó del letargo, que el orgasmo perrita amaestrada para «curar» nos produjo. Le avisó a «madalas heridas de «madame». me» que en el teléfono alguien Una herida rojiza, plenamente pedía por ella en forma urgente vaginal, que se estremeció, for- desde Lyon. Atendió presurosa y, mó como una especie de risota- al cortar, me dijo que debía marda al retorcerse los labios mayo- charse a esa ciudad porque su herres... ¡Y, de repente, aquellas mana estaba sumamente enferma. carnes se abrieron para expulsar Antes de partir me suplicó que una gran cantidad de caldos..., la esperara, que me instalara en su que bebí con la voracidad de una casa pues ella volvería en cuanto hambrienta! le fuera posible. Sin dudarlo me «Madame» me había concedi- fui al mal hotel donde vivía y me do un momento de dominio o de despedí de Henri y de toda esa llevar la iniciativa. Enseguida, se vida. Llevé mis cosas a mi nueva echó sobre los cojines, mante- casa y comencé una etapa distinniendo las piernas bien abiertas y ta. Madame Androuet volvió a la transformó sus ingles en una lla- semana de haber partido y el reenmada apremiante, que a mí no me cuentro no nos dejó salir de la haquedó más remedio que atender. bitación durante tres días. Acaricié su pubis, enredé mis Con respecto a Joufroy, ese dedos en su dura y frondosa pe- buen amigo que tuvo la magnífica lambrera y, en el momento preci- idea de hablarme de la viuda, so, descendí al encuentro con el nunca dejé de agradecerle su faumbral rojizo que me estaba hip- vor. Es verdad, con «madame» notizando. Allí meti toda la lengua, para manejarla como si fuera una polla... ¡No, de la misma forma que un vibrador rítmicamente y sin dejar de repasar todas las paredes vaginales que se encontraban a mi alcance! De repente, tuve necesidad de salirme, para respirar y tomar una buena carga de aire. Y «madame» cerró los muslos y me apretó la cabeza, causándome un gran daño en las orejas y en las mejillas. Gemí quedamente, ya que la protesta verbal hubiese empeorado las cosas. Esto me permitió conseguir unos minutos de respiro. Y en el momento que reanudé el cunnilingus, obtuve el premio de una mayor descarga de humores... ¡El gran orgasmo de «madame»! —¡Te has portado, Mabel! Hoy te dejaré dormir conmigo. 6 www:lascartasprivadasdepen.com

entendí que mi placer era más satisfactorio con una mujer que con un hombre; pero en el fondo creo que nunca dejé de ser una puta y de vez en cuando me entregaba a los brazos del mayordomo. «Madame» no lo supo jamás, creo que de haberlo conocido no me lo hubiera perdonado ya que no había cosa que detestara más que la polla de un hombre. Para su difunto esposo no tenía otra cosa que insultos tan sólo porque la había follado con pasión. Con aquella estupenda mujer, viví varios años de mi juventud. Un día tuve noticias de mi tía española. No poseía grandes bienes; pero no había tenido hijos, por lo que yo era su única heredera. Viajé entonces a Madrid con idea de cobrar su modesta herencia y partir; sin embargo, creo que los recuerdos de mis padres me ataron y aquí me quedé. Berta - Madrid


Las cartas Privadas de Pen  

Las crónicas más eróticas vividas por nuestros lectores. Contadas por ellos mismos.

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