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MEMORIAS DE UN CARTERO Daniel Cheyne Novoa Santa Marta, 2014


I.

Me descubrí en este mundo una noche acostado en la cama con mi padre esperando la llegada de mi madre. Ella trabajaba y mi padre era pensionado: me hacía bromas diciendo que mi madre no llegaría y yo me moría de la angustia. Qué edad? entre 2 y 3 años o quizá menos, el recuerdo es demasiado lejano. Éramos tres hijos: dos hermanas mayores y entre cada uno, había un tiempo de dos años. Mi padre había nacido en Bogotá en septiembre de 1877. Mi madre también nació en Bogotá; nunca se supo con exactitud la fecha, pero se creía que entre los padres había una diferencia de casi 30 años. Vivía con nosotros la hermana de mi padre y se encargaba de administrar las tareas del hogar; era vieja y gruesa, pero muy dulce y adoraba a los tres únicos sobrinos. Por alguna razón desconocida para mí, la familia se fue a vivir a Cajicá, donde di los primeros pasos y haría travesuras mínimas, era tan chico que apenas tengo recuerdos. Teníamos un perro gozque llamado Adivine que tenía los ojos de diferente color. Yo lograba montar a caballo del manso Adivine! Una vez conseguí una corbata de mi padre y la convertí

Beatriz, Daniel, la Tía Elvira y Leonor Cajicá, 1936

“Mi adorado Danielito, el día que cumplió 3 años”. Anotación de Leonor Novoa Aparece Adivine

en riendas del corcel. El problema fue enorme porque la corbata era fina y traída de Europa, como todas. Allí vi por primera vez una representación teatral: eran tres muñecos enormes llamados Petronio, Currinche y Pate Tranca. Hacían chistes y retruécanos que hacían reír a la concurrencia.

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Era la década de los años 30 del siglo que era un buen negocio. Por alguna razón que XX y la familia se trasladó a Bogotá, a una casa desconozco, al final, el almacén quedó en maen la calle 70 N°20-08…Me hicieron aprender nos solamente del señor Nates. Para mí el alde memoria la dirección. Al frente había una macén y esa máquina eran de un tamaño como contrucción de casas chiquitas. Le ofrecieron la fábrica Barbisio! trabajo a mi padre para controlar alguna cosa Producto de aquella lotería mi padre de la construcción, pero lo rechazó por ser un compró una máquina de coser marca Singer a trabajo indigno para él. su hermana. Además, mi padre - rolo bogota Yo veía a mi padre tan alto como una nísimo-, armó un paseo con algunos amigos a catedral y cuando el salía de la casa yo me afe- la ciudad de Honda (Tolima). Si hoy en los inirraba a una de sus piernas sentado en el zapa- cios del siglo XXI es difícil el viaje, cómo sería to y lloraba para que me llevara, pero la nega- en aquellos años! El paseo debió ser en varios ción era férrea NO!. Recuerdo solamente dos días; es posible que de Bogotá hasta Villeta veces en que me llevó: una, a la plaza de Lour- hubiera transporte por carretera, pero de allí des donde había un corrillo y alguien que decía a Honda, superando los Altos del Trigo y de la cosas a voz en cuello y mostraba algo. Rogué Mona, pasando por Guaduas hasta el río Maga mi padre que me alzara y me dejara ver qué dalena, debía ser a lomo de mula. Abajo, el pasaba. Al fin accedió, me sentó en una mano, grupo de cachacos con sombrero como en la me levantó y vi desde el cielo al hombre que capital, vestido blanco de lino con chaleco, cavendía cosas. misa, corbata, zapatos y sus respectivos guar Otra vez me llevó a la Sombrerería Na- dapolvo. tes en “Bogotá” en la calle 10 entre carreas 8 y 9 donde lo atendían especialmente; andando el tiempo descubrí que mi padre se había ganado una lotería y había importado una maquinaría para sombrerería; en esa época todos los señores usaban sombrero más que zapatos, así

Daniel Cheyne Sandino (1877-1947)

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Honda, 1928


En otra oportunidad, mi padre me llevó al Parque Gaitán donde había carrusel, una rueda de Chicago y otros. Ofrecían una rueda horizontal que daba vueltas con unos asientos sujetos con cadenas y las personas se sentaban amarradas y al girar se elevaban. Insistí tanto que mi padre me compró la boleta y me monté. Al girar, sentía que el corazón se me salía por la boca y grité y lloré. Pararon la máquina y me bajaron. Ahí acabaron las salidas con el padre, no fueron más. Probablemente una de las razones para ello era la enorme diferencia de edad. Mi padre se había casado a los 59 años por única vez: nací a los seis años de matrimonio y en aquel tiempo, 65 años eran muchos y las personas se sentían cansadas y deseaban paz y tranquilidad. Salir con el niño de pocos años no era un plan atractivo para él. Como era costumbre, a ese hogar el novio había aportado todos los muebles, ropas de camas, los utensilios de cocina, la dotación de comedor, con vajillas y todo lo que se usaba. Las vajillas y demás trastos empezaron a desaparecer: del menaje del comedor del cual se hablaba, solamente conocí una pequeña copa de plata en la que me servían agua. Había muebles en las alcobas y el comedor, algo de sala, pero no mucho según yo veía. La ropa se guardaba en cómodas, porque aún no llegaba la moda de los closets; las camas disponían de varios colchones apilados uno encima de otro, el de más arriba era de lana. Se asoleaban periódicamente. No había muchas pulgas, pero aún había niguas, ácaros que se enquistaban en los dedos de los pies y rascaban que era un gusto. Decían que el mayor placer era “rascarse contra una estera de esparto” y en efecto, en muchas casas se usaban estas esteras debajo de las alfombras. A pesar del disimulo de mis padres ante los niños, pude saber que los problemas de salud eran graves. Una vez fuimos mis padres y yo al consultorio del doctor Ramón Atalaya, reconocido como cardiólogo. Oímos su diagnóstico, de pie los tres, sin que me tomaran en

cuenta. Oí que decía el médico: “…la salud del señor es precaria y su corazón está muy mal. No deben tener relaciones de aquí en adelante…” Claro que no entendí nada, pero andando el tiempo supe que significaba esta prohibición y su advertencia. Tantos años hace y aún tengo el recuerdo fresco como si hubiera sido ayer! Los mensajes y la información se fijan fácilmente cuando el entorno y el contexto se relacionan, en vez de repetir como las avemarías en el rosario a la Virgen. Esto me ayudaría en un futuro lejano. 40 años después me sirvió para llevar a cabo un programa de enseñanza por televisión, en el cual el contexto se privilegió, en detrimento de la repetición. Aunque la situación económica en mi hogar era precaria, disfrutamos de vacaciones. Recuerdo que a la voz de vacaciones era indispensable encontrar las corroscas! Eran unos sombreros de tiras de caña brava, con ala ancha y muchos colores. Como no tenían forro cortaban como navajas! Nos los encasquetaban sin lugar a reclamo! Íbamos en tren hasta San Miguel, la última estación antes del Salto de Tequendama, que en aquella época era una linda catarata con agua limpia y se formaba una densa neblina con un agradable aroma a vegetación y agua. Andando los años se convirtió en la cloaca mayor de la Sabana de Bogotá; sus aguas son densas, llenas de espuma de detergentes, fétidas hasta el extremo de no poder respirar! Menos mal que Bochica no puede ver en qué le convirtieron el desagüe de la Sabana. El estropicio hídrico propició en el siglo XX la venta de agua embotellada, tanto en dosis personal como en garrafas de plástico de casi 20 litros para poder sobrevivir. En aquella época eso era inimaginable! El agua más deliciosa era la del chorro de Padilla, que vendían en barriles en lo que llamaban el acueducto de las tres B (bobo, barril y burro!). Los niños llorábamos porque al sacar la cabeza por la ventanilla del vagón del tren y sentir el viento, también recibíamos el cisco del carbón que venía con el humo de la locomotora; las gafas de paseo aún no se usaban! 5


De la estación del tren, nos montábamos en un bus hasta Fusagasugá, que ya era tierra caliente. Allí nos hospedábamos en un hotel y a pasear. Recuerdo que se tomaban fotos con una cámara Kodak de cajón y comíamos helados… Íbamos a veces de paseo a una finca que se llamaba Tierragrata, con una inmensa puerta de madera negra que me asustaba. Después de unos días, regresábamos a Bogotá por la misma vía. Entonces solamente había una carretera conocida como de la Aguadita, con precipicios profundos cuyo fondo no se veía desde la ventanilla del bus. Casi siempre había una espesa neblina que apenas dejaba ver el camino… pero habíamos tenido vacaciones!

Cuando yo era chico, el uso del baño En Fusagasugá, en 1938

La entrada de Tierragrata

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diario no se había propagado entre los bogotanos, aunque ya había cuarto de baño en las casas y calentador de cobre para el agua que llegaba desde las estufas de carbón de piedra o de “palo”. A los niños se los bañaba semanalmente y los adultos más distanciado. Aún recuerdo la cabeza llena de espuma que escurría por las mejillas y los ojos en candela, debido al jabón de la tierra que era usado para matar los piojos y limpiar el mugre acumulado durante los juegos y demás. Esas costumbres de aseo probablemente fueron herencia de nuestros ancestros peninsulares, que evitaban el baño diario como lo usaban los aborígenes del Altiplano. Además, los curas declararon que verse desnudo y contemplarse las “partes sagradas” era pecado. No suena exagerado decir que aún hoy, en la tierra de los “civilizadores” aún se predica que el baño se llevará a cabo entrada la primavera y será tarea de todo el día, con la preparación y el post cuidado. En algunas casas no existían los sanitarios y por eso eran muy importantes la “mica” y el solar, un lote al fondo de la casa donde había manzanos, brevos y cerezos, además de lenguevaca, útil en vez papel periódico. En las casas donde el sanitario existía, de un alambre en la pared se colgaban unos recortes rectangulares del periódico, pues pasaba lo mismo que en 2013 en Venezuela: no había papel higiénico. Las casas de la ciudad eran con portón hacia la calle, corredor y trasportón, de madera tallada y con vidrios traslúcidos de colores que no permitían ver claramente a través de ellos. El portón se aseguraba con tranca, un grueso palo atravesado, sostenido por fuertes ganchos de metal. El corredor servía para que a la entrada se rectificara el atuendo y a la salida, para la despedida de los novios que se daban un beso de hermanos. En Bogotá vivimos hasta que mi padre se agravó con el reumatismo articular que lo aquejaba y mis padres decidieron que el clima bogotano era perjudicial. Pensaban que el clima seco de un pueblo cercano lo mejoraría. Ese pueblo fue Soacha, que entonces queda-

ba a una considerable distancia de la capital. El trasteo se hizo en tren; supe que mi madre trabajaba en Bogotá en el Ferrocarril y empecé a asociarla con las locomotoras de vapor y los postes de los teléfonos al lado de las vías. Instalados en Soacha, con unos cinco años de edad, me aferraba a los postes y gritaba que quería a mi madre, en el convencimiento que ella me oiría y vendría. Ella se había quedado sola en Bogotá y nos visitaba los domingos, pero para mí, era muy poco. La casa era a la salida del pueblo, al lado de una carretera en tierra como eran casi todas y supongo que era por donde hoy se va a Casucá. Había gran cantidad de pencas de tunas que no nos dejaban tocar por la cantidad de espinas. Aún recuerdo el sabor, muy rico! También había higos, más grandes y llenos de espinas! La casa era acogedora, en realidad el clima era seco y llovía menos que en Bogotá. Vivíamos allí mi padre, la tía y los tres hijos, con una empleada de servicio y nadie más. El tiempo transcurría lentamente, con una inactividad

Mis hermanas, en 1939

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total. Aún recuerdo que la tía nos llevaba a dar hijos, la tía y mi padre que trataba de enseñarpaseos por la carrilera y nos contaba cuentos nos buenos modales en la mesa. Aquello era inventados por ella. Los domingos hacíamos estricto y sin réplica: los codos no se suben fiesta con la visita de mi madre que llegaba en sobre la mesa, los líquidos se beben sin respila mañana y se iba en el tren de la tarde, de- rar dentro del vaso, jamás se hacen gestos de jándome destrozado de tristeza. En esa época, ha!!!… soltando una bocanada de aire al finalilos días sábado eran laborables. No tenía capa- zar de beber, la cuchara busca la boca y no lo cidad para comprender por qué éramos distin- contrario, etc. Era una clase todos los días, hastos a los hogares que veía y podía comparar! ta que las enseñanzas se convirtieron en un há En el comedor nos sentábamos los tres bito que perdura. No había otro contacto de mi padre con sus hijos; las conversaciones tanto formales como informales eran con la tía. Sin embargo, ella se sentía feliz con sus sobrinos y nos hacía “cuarto” en las travesuras de niños.  

La Tía Elvira

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II.

La salud de mi padre se agravó y el reumatismo le impedía valerse por sí mismo: los dedos de las manos se le torcieron de tal modo que casi no podía coger los cubiertos, la marcha era muy difícil y el silencio, se convirtió en total mutismo. Había que hacer algo! Entonces mis padres resolvieron que debíamos mudarnos para otro clima que mitigara los efectos de la enfermedad que según los médicos y las medicinas de la época, no tenía curación. La única medicina que tomaba mi padre era el agua mineral de Walter Carol, que era conseguida en Bogotá y provenía de Barranquilla. Sobra decir que ni mi tía, mis hermanas ni yo participábamos de esas decisiones! Solamente supe que nos iríamos para otra parte. En esa oportunidad escogieron la población de Cachipay, con clima casi templado; aún así, las camas se tendían con cobijas como en la Sabana. Visto desde hoy el trasteo era obra de titanes! Empacar, llevar desde la casa fuera de Soacha hasta la estación del tren, cargar en el vagón, despachar a Bogotá y allí re empacar en otro vagón y luego despachar hacia Cachipay. En esa época las vías de los ferrocarriles no eran compatibles la del Sur con la de Girardot, como se las llamaba. No recuerdo como nos llevaron, pero la realidad era como en Soacha. La casa llamada Villa Luisa, fuera del pueblo y al lado de la carrilera. Estábamos todos en la puerta de esa casa cuando paró un tren justo frente, unos señores descargaron el trasteo y lo entraron a la casa. Todo normal y corriente, como en un cuento de hadas. Quien había realizado ese milagro era mi madre: ella trabajaba para completar los ingresos de la exigua pensión de mi padre y se ocupaba de nuestro bienestar en todas las labores para lograrlo Solamente los domingos compartíamos un rato con mi madre, que de nuevo llegaba en el tren que salía de Bogotá a las 7 de la mañana y llegaba a Cachipay a eso de las 9:30. Almorzá-

bamos juntos y ella se regresaba en el tren de la tarde. Mis padres le dieron un carácter de normalidad a esa situación tan extraña para formar hijos! La vida entre semana transcurría apaciblemente: el padre silencioso, sentado en una silla en el corredor del frente mirando la carrilera, la tía ocupándose de los quehaceres de la casa con la ayuda de una muchacha de la región y nosotros, jugando y dejando pasar el tiempo. Don Aniceto Valderrama, un vecino que nos visitaba frecuentemente en las tardes, nos leía cuentos de Las Mil y Una Noches. En ocasiones se callaba y retomaba la lectura después de un corto silencio… Mucho más tarde comprendí que en el libro había pasajes que a juicio de don Aniceto, no eran aptos para niños. Estas lecturas me impresionaron mucho: se referían a lugares y culturas muy extrañas! Más adelante leí con avidez los textos completos. A mí me matricularon en la escuela pública para que aprendiera a leer y escribir. Fue una experiencia traumática. Apenas estaba cambiando aquella conocida práctica de “la letra con sangre dentra”…Los maestros golpeaban fuertemente la palma de la mano del estudiante con una “férula”, que era una regla de madera con un hueco redondo en la punta. Todos mis condiscípulos eran campesinos que me decían por mi nombre. Mi experiencia con personas de esa capa social había sido con las muchachas del servicio en mi casa y siempre me dijeron “Niño” antes de mi nombre. Aprendí desde entonces que yo era igual a todos los demás y eso me condicionó de por vida. Mis empleadas domésticas gozaron de buen trato en mi casa, sin excepción. Todos los niños llevaban una mochila de fique con los útiles: una lámina de piedra pizarra enmarcada con madera y una especie de lápiz de piedra con el que se escribía, llamadas pizarra y gis, una almohadilla de trapo para borrar atada a la pizarra con una pita. Yo no tenía ni pizarra ni gis. Los condiscípulos llevaban un atado en hoja de plátano con el avío para las medias nueves. Yo no llevaba nada de comer y miraba a mis compañeros con ojos de hambre. 9


A veces alguno me invitaba a un trozo de plátano o yuca que me sabían a gloria. Debía ir a la escuela con alpargates de fique; al principio me dolían los pies, pero con el tiempo me acostumbré. Nunca antes había salido sin compañía a ninguna parte, pero tuve que aprender a ir solo de la casa a la escuela, aunque no era un viaje muy largo. Para ello debía andar por la carrilera y quitarse cuando se oía la locomotora de vapor que se aproximaba haciendo ruido. Lo que se aprendía no era mucho. Había un salón común para todos los cursos que creo que no eran más de 4 o 5; el maestro decía para cual curso enseñaba y los alumnos atendían. Los demás oían el contenido de esa clase, aunque no fuera para ellos. Esta época de escuela no duró mucho tiempo. No sé la razón, pero volví a la molicie de la rutina casera. Mis hermanas sabían leer y escribir, pero yo no y parecía que no importaba! Crecía como la hierba! Como en todas las poblaciones de Colombia, en ese tiempo los cachipayunos eran dominados por el cura párroco. Aún me acuerdo del padre Brigier! Aún en los días de sol, el cura debía vestir de sotana negra y cuello blanco que le daba “estatus” y lo diferenciaba de los pecadores. Usaba la tonsura, una peladura redonda como una moneda en la mitad de la cabeza, precisamente donde la taparía el solideo, que se la hacía el peluquero. Mandaba más que el alcalde, que no se veía nunca. Los fieles asistían a la misa tempranera diaria y los domingos a eso de la 9, con asistencia de los señores del pueblo que se quedaban afuera en el atrio. Durante la Semana Santa había gran revuelo: desde varios días antes se preparaban los lienzos de color morado con los que se cubrían los monumentos, estatuas y cuadros con motivos religiosos. Quedaba la iglesia sin ídolos, como quizá le gustaría a Moisés al bajar del monte Sinaí con las Tablas de la Ley. Durante los días santos era pecado trabajar, barrer el piso de las casa, cocinar etc. Las campanas se silenciaban y el viernes, a las tres de la tarde, celebraban la muerte de Jesús en el Gólgota. Las viejas lloraban, los niños no en10

tendíamos nada, nos angustiábamos pero no llorábamos. La tragedia era descomunal y la estatua del Cristo era desclavada. Se metía en un sarcófago y se adoraba hasta el sábado. A eso de las 10 de la mañana el Jesús resucitaba y el cura cantaba Gloria. Solamente sonaban las matracas que eran guardadas todo el año para esa semana. Las prédicas decían que Jesús resucitó al tercer día, pero no entendí por qué se reducía a unas pocas horas, contadas desde las tres de la tarde del viernes hasta las diez de la mañana del sábado. En Cachipay, según mis recuerdos, los días santos eran miércoles, jueves, viernes y medio sábado. Se rezaba mucho, se pedía perdón de los pecados que debían se muchos para que el arrepentimiento fuera de mismo tamaño. Los feligreses debían confesarse previamente, para lo cual llegaba un cura amigo del párroco o lo enviaba la Santa Curia desde la capital. En ocasiones un predicador adicional se fajaba el sermón de las Siete Palabras, esas que atribuyen a Jesucristo en la Cruz; pero este sustituto no era frecuente, porque el padre Brigier mandaba sobre todas sus ovejas, conocía de primera mano los pecados de los moradores y no desperdiciaba la ocasión para referirse a ellos desde el púlpito. . El cura se valía del archivo de pecados que no se podían divulgar por guardar el sigilo de la confesión, para dominar al pobre pecador. En los sermones se mencionaba a quien se debía fidelidad política para votar en las próximas elecciones. Las gentes se sentían obligadas a la confesión, y el poderío adquirido por el cura de pueblo era más efectivo que el de la policía o el cobro de impuestos del siglo XXI. La Semana Santa me permite evocar recuerdos de varios años de mi niñez y mi juventud. En esa época de año, se preparaban las beatas de la Adoración, las flores, los cirios, el incienso y demás cosas relativas a la festividad. Los cánticos religiosos eran abundantes y el o los cantores que entrenaban con el señor que tocaba el armonio, un raquítico pariente del órgano europeo. Había que alistar el Cristo que debía ser desclavado por los señores más


destacados del pueblo, estrenando vestidos para tan solemne acto. Los niños también usábamos ropa nueva en vez del overol de todos los días. Valga aclarar que al cumplir unos 14 años, los jóvenes “piernipeludos se echaban” los pantalones largos. Durante esa semana, en todo el país no se oía música, se ayunaba con abstinencia, que era no comer carne sino pescado que se conseguía salado para preservarlo en el tiempo. Las neveras eran artículos de lujo en Bogotá y aún teniéndolas, la costumbre era no congelar los pescados. Además se comían sardinas enlatadas y otras ricuras, de venta en almacenes llamados de “rancho y licores” como La Casa Néctar en la esquina de la calle 14 con carrera séptima -tercera calle Real-, la Gran Vía en la misma calle Real pero en la mitad de la cuadra costado oriental. Después del 9 de abril de 1948, este almacén desapareció y se trasladó al lado del Almacén Tía, sobre la carrera séptima entre las calles 17 y 18. En memoria de la época y de la Gran Vía, recuerdo haber oído un verso en boca de los más viejos que decía así: “Aniceto el nieto de don Anacleto fue un sujeto de lo más inquieto Nació en una charca dentro de una barca en una comarca de Cundinamarca Escaló la cumbre por la mansedumbre de la muchedumbre …” Y después de varias estrofas que no recuerdo terminaba con esta: “Y lo mató un tranvía frente a la Gran Vía” Al atardecer, en la Casa Néctar se reunían los cachacos en compañía de sus amigos a tomarse un “brandolecio”, uno o más tragos de brandy, a veces mezclados con leche. En la capital sí era fastuosa la celebración! Como había tantas iglesias, se distribuían las limosnas entre todas. Durante el día jueves, se debían visitar no menos de siete iglesias para orar y redimir los pecados y la afluencia era verdaderamente multitudinaria. Las mujeres usaban pañolón, una especie de mantón negro con largos flecos alrededor. Los chinos

no podíamos evitar anudar los pañolones de diferentes dueñas; al andar en distintas direcciones, unas mujeres arrebataban el pañolón de otras, y con frecuencia, se insultaban por el robo de la apreciada prenda. Era una gran diversión para los traviesos! Se corría la voz de cual padre ofrecería el sermón de las siete palabras el viernes y cuál de ellos se referiría a los acontecimientos en boga: el padre fulano en la iglesia de San Francisco se lanzaría contra la política del presidente de turno o el de San Ignacio, a favor de un partido político e incitaría a votar por el caudillo en las próximas elecciones. Luego esos temas se convertían en la comidilla en los corrillos bogotanos. Un prelado muy famoso, monseñor Builes, muy conservador –godo- predicaba abiertamente contra los liberales y obligaba a sus feligreses a votar por el gran partido conservador. Muchos otros prelados lo hacían desde el púlpito por el gran partido liberal. El tema central de todos los actos religiosos era el pecado, citado desde la más remota historia, con los ejemplos bíblicos de lugares y personajes con nombres impronunciables. Las historias estrambóticas no tenían relación con la sociedad del momento, pero los curas las citaban como si hubieran sido parte de ellas. Esto aún sucede en el siglo XXI en los pueblos dominados por el clero. En las iglesias se disfrutaba de variados aromas: la ausencia de desodorante, el opíparo almuerzo de los fieles, el incienso, los sirios de parafina, algunas velas de sebo y otros similares. De niño yo creía que ese era el olor de santidad! El día jueves se disfrutaba un tremendo almuerzo con pescado salado, sardinas enlatadas marca Del Monte y algo de vino, en el mejor de los casos “chianti” en botella con cubierta de paja, servido en pequeñas copitas. Esta abundante comilona tenía que ver con algo de ayuno. Los dulces que se preparaban para esa ocasión eran deliciosos! Pero como era Semana Santa, se llevaba a cabo con sobriedad: no se podía reír ni hablar duro, nada de música, todos estrenando o reciclando lo heredado de hermanos mayores o primos… Era el día propi11


cio para invitar a los amigos y parientes a disfrutar de las viandas y la poquísima conversación. Pasada la celebración, se volvía a retomar la vida mundana normal: se podía matar ganado, oír música y tomar chicha, cerveza y aguardiente. Los que podían tomaban vino, que en Bogotá se usaba ofrecer en una mínima copita de vino de consagrar con galletas. Como no había amplificadores de sonido se corría la voz “ya cantaron gloria”…Pero, se seguía exaltando el pecado del que éramos deudores todos los vivos y difuntos. La culpa debíamos pagarla hasta la muerte y mientras tanto, obedecer a “mi Amo Cura” en lo que ordenara! Había un dicho en boga que rezaba “carne de cura mata”, o sea que el que se atreviera a controvertir, se debía dar por muerto en vida. Recuerdo como al paso de un cura, la gente se arrodillaba y pedía una medallita, la efigie de cualquier santo, que se guardaba para utilizarla en caso de necesidad, una enfermedad o una desgracia física. Era usual que el día de la Virgen del Carmen se comprara en las iglesias un escapulario, un par de imágenes con esa imagen impresa en tela y unidas por un cordón. Este escapulario debía durar un año, salvaba de todo mal a quien lo usara y entre más pasaba el tiempo, más aromas humanos acumulaba pues se usaba sobre el pellejo. La vida cotidiana se desarrollaba al vaivén de las fiestas religiosas que interrumpían los días laborables en cualquier día de la semana: entonces era más importante el asueto, que la realización de tareas productivas. Esta costumbre se cambió en el siglo XX cuando un parlamentario insistió tanto en el Congreso, que muchos días de fiesta se trasladaron al lunes de la semana siguiente. Se conoce como la ley Emiliani en honor al apellido del parlamentario. Claro que se le vino el mundo encima, particularmente el clero, porque era un abuso con los santos y su día de conmemoración. El tiempo se medía más por las fiestas religiosas que por los compromisos de trabajo, las épocas de lluvia o de sequía se denominaban igual por fiestas o conmemoraciones religiosas. Los aguaceros eran denominados por 12

ejemplo “El cordonazo de San Francisco” y cuando se rogaba por el cambio del régimen de lluvias, se recurría a procesiones a “San Isidro Labrador, que quita el agua y pone el sol”, o viceversa, según fuera el problema con las siembras y las cosechas. Aún no había predicción del tiempo ni construcción de diques, solamente procesiones. Eran unos recorridos por las calles de la ciudad, con el cura revestido, bajo un palio portando la efigie del santo, seguido por las señoras rezando y muchos fieles a continuación. En los pueblos, el recorrido era usualmente alrededor de la plaza principal. La vida se iniciaba con el bautismo. Si no se bautizaba, el niño era “sin sal” y esto implicaba que si se moría, se iría al Limbo donde quedaría atascado. Si vivía, no era ciudadano, porque la única identidad era el acta en la que el cura párroco certificaba como bautizado. Las actas de bautizo se conservan en los libros de registro, y teniendo el número, la página y la fecha, se podía consultar casi libremente. Allí aparecía si era “hijo de bendición” o era natural, según si los padres se habían casado o eran amancebados. En este caso, no recibían a los niños en los colegios religiosos -que eran la mayoría- y los discriminaban socialmente como si fueran delincuentes. Poco o nada tenían que ver con las predicas de Jesús, relativas al amor al prójimo. Solamente había un caso en el que la Iglesia aceptaba el matrimonio posterior y era cuando se legalizaba la unión libre en la que además habían concebido hijos y el padre condescendiente, se casaba en la condición denominada Artículo Mortis. Así se legitimaba socialmente y el apellido de los hijos se cambiaba oficialmente del de la madre, por el del padre. A la casa del agonizante llegaba el cura párroco y daba fe de la voluntad del moribundo. Tamaño lío se armaba cuando el señor Fulano de Tal se convertía en Fulano de Cual! Esto afectaba a las siguientes generaciones. En el ejercicio de vida también se discriminaba a los que no practicaban abiertamente la religión católica y se los señalaba como librepensadores: cuando menos, ellos iban de-


recho al quinto pailón del infierno. También se señalaba a los masones como adoradores del demonio, sin considerar que son muchos los masones que pertenecen a varias religiones y cumplen con los deberes ciudadanos mejor que algunos curas. Al terminar el viaje en este “valle de lágrimas” como se llamaba el trascurso de vida e intuir la cercanía del último suspiro o la estirada de pata, se dudaba a quien llamar primero: al cura para que confesara al moribundo, pusiera los santos oleos y así le autorizara la entrada al cielo, o al médico, que certificara que estaba muerto y había sido de muerte natural y no ayudado por parientes pobres con ánimo de heredar. Las beatas y parientas alrededor de la cama del que agonizaba, sin descanso rezaban unas letanías que decían: una voz “dadle señor el descanso eterno” y el coro respondía “brille para él la luz perpetua”. Esto se repetía interminablemente hasta que el vivo dejaba de serlo. También se rezaban las nueve noches, en las que se ofrecía a los dolientes golosinas y tinto; eso sin olvidar que era necesario dejar un vaso de agua cerca de la cama para que las benditas almas del purgatorio se la bebieran. Claro que en tierra caliente, eran más las almas que evaporaban ese vaso de agua. Regresando a Cachipay, un día estando mi padre sentado en el corredor que daba a la carrilera, paseaba un señor y se detuvo y gritó: -“Coronel Cheyne ya no me conoce?” Se acercó a mi padre… - Inocencio! claro que me acuerdo! Mi padre lo eludía al principio, porque era poco sociable y además, su condición era precaria y la de su amigo era próspera. Eso lo fastidiaba. Sin embargo, se restableció una vieja amistad entre ellos dos. Don Inocencio tenía una quinta cerca del pueblo, donde pasaba temporadas con su esposa y su hija. Esta amistad cambió algunas rutinas de la monotonía hogareña: muchas tardes íbamos mi padre y yo a la casa de ellos, para que los mayores jugaran póker. Abundaban los chochos, frijolitos de colores rojo y negro. Contaban grupos de 50 para cada jugador y ficticiamente los

compraban para apostar; a media tarde, nos daban unas deliciosas onces con chocolate y bizcochos. Cuando ellos venían de Bogotá, lo primero que hacía don Inocencio era visitarnos y convidar para el juego de las tardes. Yo acompañaba a mi padre y participaba activamente en el desarrollo de las partidas, daba la vuelta a la mesa y desde mi escasa estatura, veía el juego de los tres. Aprendí a ser discreto: no hacia ni un guiño a nadie… Mi padre decía “ en la mesa y en el juego se conoce al caballero!”. En una ocasión, cuando llegó la Nochebuena, la familia de don Inocencio vino a pasarla en su quinta de recreo. Trajeron regalos para mis hermanas y para mí! Me dieron unos zapatos de piel de marrano y suela de goma. Para mí eran joyas! Los embetunaba, incluyendo la suela y caminaba por los rieles para que no se ensuciaran. Me duraron hasta que mis pies ya no cupieron en ellos. La presencia de don Inocencio fue como caída del cielo. Él becó a mis hermanas como internas en el Ateneo Femenino en Bogotá. Quedaba en la casa siguiente al Palacio de la Carrera, entonces el palacio presidencial en la carrera séptima, entre calles 7 a y 8a, hacia el sur por la misma acera. La directora y dueña era doña Inés Álvarez Lleras de Bayona Posada, como exigía que la llamaran. Beatriz y Leonor se graduaron como bachilleres en ese colegio. La salud de mi padre empeoraba con los días: me daba cuenta de la situación, porque desde muy chico, ayudaba en los cuidados a mi padre. En una visita dominical de mi madre, acordaron mudarnos a tierra más caliente, donde el clima favoreciera la salud del anciano. La artritis había deformado las articulaciones y el corazón estaba muy “débil”. El nuevo lugar era la población de Tocaima, cerca a Girardot. Lo descrito antes del trasteo desde Soacha a Cachipay se repetiría ahora hacia Tocaima. Se empacaron las cosas y el tren paró en frente de la casa; cargaron todo y por arte de magia, llegamos a una casa en el parque frente a la iglesia. La estación del ferrocarril quedaba lejos de la casa, pero mi madre arregló todo para que, 13


viejo, tía, niño y muebles se instalaran, todo el mismo día. En las proximidades de Tocaima había unas quebradas con aguas sulfurosas, Acuatá y Catarnica, que decían eran medicinales y dizque servían para aliviar el reumatismo. Mi madre consiguió que en una finca cercana a las aguas nos alojaran a los dos. Yo acompañaba a mi padre a meterse en ellas y untarle en las articulaciones una sustancia verde que se acumulaba en las piedras. Esto duró un corto tiempo, porque el alojamiento era muy precario y no se notaba disminución de los dolores. Los días que siguieron fueron aciagos: el calor era insoportable y un día, a la hora del almuerzo mi padre se desmayó. El susto fue tremendo! Yo creí que se moría. Pero mi padre resistió y otra vez, mi madre apareció con la lámpara de Aladino, trayendo soluciones que parecían de magia. Debíamos regresar a un lugar con clima intermedio entre Cachipay y Tocaima. Mi madre consiguió una casa en San Javier, la estación del tren del pueblo de la Mesa de Juan Díaz, y otra vez el mismo trasteo. La consecución de casa, los acarreos desde la salida hasta la llegada, el tren, los cargueros con los muebles desde la casa a la estación y luego, a la llegada a la nueva casa, además de instalar a los dos viejos, padre y tía, con niño que debía incomodar un poco ya que no ayudaba mayor cosa aunque lo deseara. Además de correr con los gastos que estos vaivenes implicaban, también debía cumplir simultáneamente con su trabajo. Todo esto parecía normal y fácil, pero visto desde aquí fue admirable: de chico no vi su capacidad de gestión, ni la enorme dedicación y responsabilidad de una mujer relativamente joven aún.  

que comían algo y tomaban bebidas como jugos de frutas o unos tragos. Había también la panadería del señor Carmona, que tenía además una tienda y varias hijas que atendían el negocio. La carnicería era un pequeño kiosco de malla y latas donde vendían la carne que todos los días el carnicero traía muy temprano de la Mesa de Juan Díaz, en un burro: en el caserío no había matadero. La carne que no se vendía la salaban para preservarla y así, la podían vender otro día. Había solamente dos calles: una era la carretera para ir a La Mesa y otra, de unos 100 metros que evitaba una curva de la carretera. La casa en que vivíamos era del señor Arquímedes Varón, quien vivía al frente y nuestro vecino era el jefe de estación. Había una pequeña fábrica de gaseosas Colombiana; nunca pude ver que había dentro de las paredes que la rodeaban. Había algunas fincas de recreo que permanecían sin ocupantes. Y eso era todo! Qué se podía aprender? Nada! Mi padre estaba todo el día sentado en una silla mirando al frente a una pared sin decir ninguna palabra. Solamente emitía un sonido como “op” cuando debía ir al baño o a la cama. Era el mejor ejemplo del mutismo! Nunca supe qué pensaba… Tenía que hacerlo, pero se reservó sus pensamientos solo para sí mismo. San Javier era un lugar tranquilo, amable y primitivo, que solamente tenía la ilusión de la llegada de los trenes. Entonces, empecé a conocer gran cantidad de detalles relativos a las vías, las rutas, las locomotoras. Unos trenes venían de Bogotá e iban hasta Neiva o por otro ramal, que partía después de Flandes hasta Ibagué. Uno de los trenes que venían de Bogotá, llegaban solamente hasta Girardot. Eran trenes con locomotoras de vapor enormes y negras III. que nunca se varaban. En algunas estaciones había tanques elevados con agua para las calderas; el carbón se cargaba en Bogotá y alcan San Javier no era más que un caserío. zaba para el viaje redondo. Se acumulaba en un Detrás de la estación había un almacén de provagón, negro también, que era parte de la locopiedad del señor Duque, que tenía una terraza motora y dos hombres operaban esa misteriocon mesas y sillas para atender parroquianos sa máquina: el maquinista y el fogonero, que 14


alimentaba con carbón el hogar para evaporar gaba, por desconfianza. Luego, el vagón resel agua en la caldera y hacer girar las ruedas. El taurante y al final, se enganchaban los vagones otro respondía por la marcha del tren, con la de primera: los había muy viejos, supongo que autorización del jefe de estación por donde pa- importados y unos nuevos, construidos en los saba. Este se comunicaba por teléfono de mag- talleres de Chipichape en cercanías de Cali, con neto con el jefe de la estación siguiente, para asientos cómodos y espacio para las piernas. que le diera “vía libre” y entregaba al maqui- También había trenes de carga que sonista un papel que llamaba la vía. Nunca supe lamente llevaban vagones cerrados de madera que decía, pero creo que incluía los nombres de color rojo y puertas con seguros, que pode quienes autorizaban y la hora del permiso. día abrir el bodeguero de destino; vagonetas Esto sucedía porque la carrilera era de para arena u otros materiales que no corrían una sola vía y solamente en las estaciones ha- peligro de robo, eran descargadas por obreros bía como alojar más de un tren. Para hacer el con enormes garlanchas en proximidad de la paso en direcciones opuestas, uno de los dos estación, unos planchones para materiales votrenes debía esperar la llegada del otro. Cuan- luminosos a la intemperie y por último, unos do el tren llegaba, al pasar la locomotora por la enormes tanques tubulares que decían en aviestación se enganchaba el papel de la vía en un sos bien visibles TROCO: debían transportar aro de madera que el maquinista se ensartaba combustibles, porque troco quería decir Tropicon el brazo; debía conservar la vía y cuando cal Oil Company. el conductor del tren lo autorizara, continuaba Cuando tenía unos 6 años, me llevaron hasta la siguiente estación. una temporada donde mi abuela materna. No Colombia se movía en tren: en Bogotá, sé cuantos días me quedé en Bogotá, pero vi todos partían de la Estación de la Sabana en la muchas cosas que eran nuevas para mí, encalle 13 con carrera 17. Al salir de la estación, el tonces un niño campesino. Oí las noticias del viajero que llegaba veía en la acera del frente radio, que solamente Ernesto el esposo de Aliel altísimo edificio”Manuel M. Peraza”, un ras- cia la hermana de mi madre, tenía el poder de cacielos comparado con las casas de dos pisos hacer sonar. No había contadores de energía de los pueblos por donde pasaba el tren. Aún se puede ver ese edificio. Había otra estación secundaria que llamaban de la 17, que despachaba trenes hacia el norte. Se rumoraba que los campesinos al llegar, salían de la estación y para pasar una calle, se santiguaban, toda la familia se agarraba de las manos y en nombre del santo de su devoción, arrancaban a correr. La estación era ordenada y los trenes señalizados, partían por pocos andenes dando cumplimiento al horario. Muchos eran mixtos: la locomotora, unos vagones de carga y luego los vagones de tercera, de precio bajo, cuyos asientos eran bancas de madera. Los pasajeros llevaban toda clase de jotos y entre ellos, era frecuente ver las marchantas con los productos para el mercado de los pueblos. Luego se enganchaba el vagón de equipajes de los pasajeros de primera y los sacos del correo. La verdad casi nadie los entre15


sino limitadores, estos aparatos que cortaban el suministro de energía durante las horas del día y lo conectaban al anochecer. Tenían capacidad para encender un número establecido de bombillos y si éste se superaba, se interrumpía el servicio y sonaba en el poste cercano un ruido como de una matraca. Pero el señor esposo que sabía mucho, conectaba el radio con un alambre a un tubo de acueducto y sonaba el noticiero y hasta música! oí entonces “La marcha del tiempo”, un noticiero al mediodía, dirigido por Fernando Gutiérrez Riaño. Era la dramatización de casos de policía, con un grupo de actores que asumían los papeles de jueces, policías, delincuentes y demás personajes… Finalizaba el programa con el estribillo “…Y el tiempo sigue su marcha”. Hablé por teléfono! En la tienda del frente de la casa de mi abuela Mercedes había un aparato de madera pegado a la pared con una pequeña bocina donde se debía hablar duro, un tubo de pasta que se ponía en una oreja y se oía muy pasito al interlocutor. Cuando se terminaba la conversación, se colgaba de una horquilla lateral. Creo que de ahí salió el término “colgar el teléfono” para indicar que la conversación se terminó. El número era 7014: la primera vez que mi madre llamó para saber cómo estaba, oí una vocecilla tan tenue que pensé que así se debía hablar por teléfono y también hablé muy pasito. Ella no me oyó nada! Los teléfonos residenciales eran pocos. Pasó un largo tiempo hasta que el teléfono, 16

además de su utilidad, se convirtió en un aparato que daba “estatus” a los propietarios. Hasta entonces, las comadres aún se reunían en costureros para los pobres y de paso despellejaban a sus amistades Los novios hacían visita los miércoles y los viernes. Los muebles de la sala en uso en esa época eran “estilo Luis XV”, de tamaño chico, lo más incomodo que se pueda imaginar. El sofá era apenas para dos personas, pero la tía vieja se sentaba en la mitad de los jóvenes. Nunca en las visitas se mencionaba el baño ni se bañaban las manos, ni que decir de otros menesteres. Las razones se mandaban con la muchacha del servicio doméstico, junto con un presente que podía ser una golosina en un plato cubierto con un impecable paño blanco. En Bogotá, en las ventas de periódicos, que eran a mano del voceador, había revistas para niños como Billiquen y Narraciones Terroríficas. También había revistas para regalarle a la señorita que se galanteaba! Pero eso era en Bogotá: en San Javier no había periódico ni radio ni nada que perturbara la tranquilidad de sus habitantes: era el aislamiento absoluto. Nunca olvidaré el baño en casa de la abuela! A mi primo Rafael de la misma edad y a mí nos hacían bañar cuando hacía sol, aunque en Bogotá era muy escaso, pues el cielo permanecía nublado. Sin embargo, cuando se decidía el baño, ponían platones con agua en el patio para que “se calentara” y cuando decidían que estaba caliente -sin tocarla- nos metían en los platones, nos jabonaban y juagaban. El martirio era doble: el jabón y el frío! Luego, nos daban un caldo hirviendo que nos quemaba pero decían que así reaccionaríamos! Qué bella época! Fui a cine! Los domingos presentaban una función matinal, con películas infantiles y de aventuras, todas en blanco y negro; como mi abuela vivía en el barrio de la Candelaria, íbamos al teatro Bogotá que quedaba en el barrio de las Aguas. Tenía bancas de madera y estaba atestado de niños, con padres padres


o personas mayores. Mi asombro fue tan grande que me quedé sentado, pasmado. Recuerdo que en alguna función vi a una muchacha de servicio meterse debajo de la banca cuando vio que venía un tren hacia el público; yo no lo hice, pero casi. En el teatro Lux, frente a la iglesia de las Nieves, se presentaba los domingos en matinal, a las 11 de la mañana, una obra de teatro fantástico para niños, era la compañía de Lilí Álvarez Sierra. En el escenario aparecían y desaparecían personas y cosas; la bruja Sescandil era tan famosa, que a algunas damas las tildaban de Sescandiles, por criticarlas. Ese espectáculo y su escenario me impactaron tanto, que de adulto, influí en el arquitecto para que se dejaran trampas en el piso del escenario del teatro de Cafam, con la ilusión de usarlo como en mi recuerdo. Mi vocabulario era típicamente campesino y esto producía risas y burlas mal disimuladas! Para mi sorpresa, en Bogotá no se llamaba a las cosas como en el campo! Pero regresé a San Javier y me quedé solo cuidando a mi padre, mientras mis hermanas disfrutaban en Bogotá de la beca de don Inocencio. Una noche mí padre me dijo que trajera mi cama junto a la suya, creí que él sabía que me daba miedo dormir solo en otro cuarto y esa noche dormiría a pierna suelta. Pero una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando! Yo dormía plácidamente cuando sentí un golpe en el pecho. Asustado pregunté qué pasa? y mi padre me dijo - Estás roncando! Pregunté: las personas no roncan cuando duermen? Su respuesta fue: las personas decentes no roncan! Me acomodé, me dormí de nuevo y ahora el golpe fue tremendo! Me sentí sin aire! Dije que me regresaría a mi cuarto, pero él no dejó. Algunas señoras se lo han agradecido, porque setenta años después, aún con el primer ronquido, quedo despierto. Durante unas vacaciones del colegio regresaron mis hermanas y coincidió con un terrible hecho. La tía se quedó muerta sentada en una silla en su alcoba! Qué se debía hacer? Llamar a Bogotá y avisar a la madre. Era un día de semana y ella debía trabajar, pero aún así,

llegó con un ataúd, amortajaron a la tía y en un bus de línea, el único, la llevó a la población de La Mesa para sepultarla. Cómo lo hizo? Como todo lo que hacía, magia! Sin certificado de defunción, sin identificación, sin conocer a nadie, la enterró. La muerte de la tía fue terrible para mí. Quien manejaría ahora las cosas de la casa con un anciano inválido, un niño de unos 9 años, la madre trabajando en Bogotá y las hermanas internas en el colegio? Pues no había opción! Yo me encargaría de todo. Mi padre no podía regresar a Bogotá por los problemas cardíacos. A esa edad, sin conocer más allá de las narices, enfrenté aquel caos, con el ejemplo de mi madre, que no reconocía obstáculos invencibles. A veces había alguna muchacha del servicio, cuya ayuda era proporcional al conocimiento campesino; otras veces se iba sin aviso. A mi padre había que hacerle todo lo que harían en un hospital. Todo! Era una competencia de paciencia. Pero como todo mal puede empeorarse, le dio un derrame cerebral y quedo sin habla, sin capacidad de movimiento y anulado totalmente. Me pedía una “danzarnita”: al cabo de los días logré entender que era una manzanita. Encontrarla en ese lugar era imposible, así que debió esperar el fin de semana siguiente y que la madre la trajera una semana después. Así transcurrían los días, las semanas y los meses. Yo crecía como la hierba, sin ejemplo de vida, sin patrón humano, sin conocimiento, sin horizonte, con el lenguaje y vocabulario de los demás niños del lugar. Todo era muy simple: los amigos eran iguales, no había escuela, ni cine, ni periódicos, ni revistas y el mundo se reducía a lo que se alcanzaba a ver. Cada día había que levantarse, atender a mi padre en su cama, desayunar, bañarme, salir y encontrar que todo era igual, dar el almuerzo al padre, almorzar y nada qué hacer. Esperar la hora de darle la comida a mi padre, comer y dormir. Un domingo, mi madre llegó con una idea. A la salida del caserío había una granja del padre Luna: era como un correccional para muchachos recogidos en la calle de la ciudad. Tra17


taban de enseñarles algo para una vida mejor y allí tendría que haber un maestro. Mi madre fue y consiguió a ese señor, lo llevó a mi casa y me presentó. Le dijo que me enseñara las cosas básicas. Esto duró corto tiempo, porque lo trasladaron de sede y ahí se acabó la enseñanza. En San Javier no había noticias, más allá de la estación del ferrocarril no existía el mundo. Había un cura muy viejo, el padre Jorge Arturo Delgado y Berbeo, que vivía en el desvencijado hotel Estación y daba misa los domingos en una improvisada capilla, que era una mínima habitación del mismo hotel. Esa misa a veces se alargaba porque el sacerdote se quedaba dormido. Unas pocas personas asistían, porque entre otras cosas no se le entendía casi nada de lo que decía. Después, esperar el tren de 10, donde llegaba mi madre, oír algunas noticias muy superficiales de su narración, disfrutar de su presencia y pare de contar. Una vez apareció una muchacha de servicio que tenía conocimientos de enfermería, era una joven citadina, Josefina, dedicada que me ayudaba con los quehaceres con mi padre. Atendía las labores domésticas y poco a poco, mi padre empezó a aceptar que ella lo atendiera. Esto me daba más tiempo libre, que yo empleaba para pasear con otros muchachos que tampoco tenían nada que hacer: íbamos al río, a la hacienda El Paraíso que producía azúcar. Era de propiedad de Daniel Quijano, un excéntrico bogotano aficionado a las motocicletas y máquinas únicas en la región. Una vez llevó una enorme embarcación destartalada para restaurarla en la hacienda: el traslado desde la carrilera fue un acontecimiento memorable para los niños. La muchacha se daba cuenta de mi desarrollo sin control y que perdía el tiempo de estudio. Un domingo le ofreció a mi madre que ella se quedaría sola con el anciano y lo cuidaría, si el niño iba a Bogotá para estudiar. Mi madre aceptó y en poco tiempo, regresé a Bogotá.  

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IV.

Por circunstancias que nunca supe, no entré a estudiar sino que me emplearon en la oficina de un prominente abogado como “chino de mandados”. Aportaba algo en dinero, aunque fuera muy poco. Aprendí a moverme en la ciudad, a ser responsable en los mandados encomendados y no recuerdo cómo aprendí, pero sabía leer. Compraba revistas entre las que recuerdo “Paquín”, una serie de aventuras medio mexicanas, medio americanas que se intercambiaban en la entrada del Teatro Nuevo en la calle 12ª, sobre la carrera 7ª. Además conseguí libros de la serie Hombres Audaces, que eran aventuras de personajes como Bill Barnes y La Sombra, entre otros. Leía andando por las calles del centro de la ciudad, sin riesgo de ser atropellado; los automóviles eran muy pocos y el tranvía era suficientemente ruidoso. Mi madre debía bajar a San Javier a visitar a mi padre, los domingos, yo debía rescatar a mis hermanas del internado para llevarlas a cine a alguna función matinal, almorzar con ellas y devolverlas al colegio. Durante ese tiempo mejoré la lectura, comprendiendo lo que leía, lo cual sería muy útil en el futuro. Conocí la ciudad y aprendí las rutas de los tranvías eléctricos que eran el medio de transporte casi único. Las rutas se identificaban con los colores de las franjas en el frente: los amarillos, que iban de Ricaurte a San Fernando, eran los más grandes y la gente se paraban en el estribo, se colgaba de unos bolillos en las columnas que permitían entrar a las bancas de madera. El cobrador era un saltimbanqui: pasaba entre los pasajeros que colgaban, con monedas en la mano que hacía sonar y pedía los cinco centavos del pasaje. Los controles de los coches eran iguales en ambas puntas, así que en las estaciones finales, el espaldar de las bancas se volteaba, el trole se cambiaba de sentido y quedaba listo para regresar.


El tranvía era emblemático de la ciudad. Había de pasajeros y de carga, estos iban desde la plaza principal de mercado en la calle 10 con carrera 11 hasta algunos barrios. Eran vagones de color gris, con una puerta grande, sin asientos y valía dos centavos el pasaje, podían ir la dueña, la muchacha y el mercado. Había los tranvías de franja blanca que iban hacia el sur de la ciudad; eran un poco más chicos, abiertos y cuando llovía, la gente se lavaba. Los que iban al norte por la carrera 13 eran cerrados, enormes que se llamaban Lorencitas, en honor de Lorenza Villegas de Santos, esposa del presidente de la república. En esa época, solamente había un presidente, que era el de la república! Las Lorencitas eran tranvías lujosos, el conductor o tranviario como se los conocía, estaba dentro de la cabina de pasajeros y cobraba el pasaje de cinco centavos; los asientos eran para dos personas y forrados en tela. Iban hasta la avenida Chile y para regresar, daban la vuelta frente al “Tout va bien”, un restaurante muy conocido donde los domingos después de misa se compraban unas famosas empanadas. Tenía una cancha de bolos, un gran atractivo ya que había otras solamente en los Bolos San Francisco, en el centro. También había unos tranvías cerrados más chicos y antiguos llamados Nemesias con franja verde: en la calle 43 había una carrilera que les permitía devolverse por la carrera 13. Había en la ciudad otras líneas que no frecuentaba en esa época; pero que más adelante, como se verá, tuve que usarlas por razones de trabajo. En el trabajo, algunas veces había asuntos de urgencia. Me ordenaban que tomara un taxi y llevara o trajera el encargo, que siempre era un cartapacio de documentos. Entonces tomaba un taxi rojo, marca Pontiac, que el señor Leonidas Lara, importador y dueño de la flota ponía a disposición de los ciudadanos. Su sede estaba en la carrera 13 con calle 32. Después del 9 de abril, surgieron los taxis Toche, amarillos y negro con un turpial como emblema en el techo. Los días se sucedían con la calma de una ciudad entre colonial y republicana, el transpor-

te como relaté, era en tranvía. Solamente recuerdo unos buses amarillos marca Diamond, que hacían el recorrido Olaya-Nogal-Retiro. La mayoría de recorridos se hacían a pie: la actividad de la ciudad estaba entre la calle 11 y la Avenida Jiménez y desde la carrera 6ª hasta la carrera 8ª; el resto era entre comercial y residencial. En este ajetreo conocí varios lugares importantísimos. El Palacio de Justicia, con las Cariátides en su imponente entrada, estaba ubicado en la esquina de la carrera 6ª con calle 11. Lamentablemente fue destruido el 9 de abril de 1948 y las dos monumentales estatuas, serían tiradas en un basurero. El Banco de la República era un edificio de elegancia refinada, con un vestíbulo impresionante por su amplitud: en las ventanillas con cristales enmarcados en bronce se cambiaban cheques. La oficina del abogado para el cual trabajaba, quedaba en el tercer piso del mismo edificio, entrando por la Avenida Jiménez. El Ministerio de Correos y Telégrafos era una casa vieja en la carrera séptima entre calles 17 y 18 costado occidental, con arcadas que daban a la calle. Tenía una gran actividad porque el correo funcionaba casi únicamente por el sistema oficial; solamente había otro sistema para envíos que era el Expreso Ribón, cuya oficina quedaba en la esquina de la carrera octava con calle 14. La casa aún existe. Los edificios más emblemáticos eran las iglesias, puntos de referencia en la ciudad. La Iglesia de San Francisco, con su artesonado en madera cubierta con hojillas de oro y las imágenes de varios orígenes, algunas importadas y otras, valiosas tallas coloniales. En el atrio de San Francisco se citaban las personas para encontrarse; se congregaban embaladores que tenían puestos fijos en bancas de lata y pregonaban “embolo, embolo”. Los clientes se sentaban y mientras les brillaban los zapatos, miraban pasar gente. Se usaba casi sin excepción la ropa oscura, -la negra era elegante-. Todos los hombres usaban saco aunque hiciera sol, que era y es picantísimo. Las parroquias servían como referencia 19


de ubicación: desde el sur, los barrios tan lejanos como Eduardo Santos, el 20 de julio, San Cristóbal y la más cercana, Las Cruces, eran residenciales y entre más lejos del centro, su población tenía menores recursos económicos. Hacia el norte, la ciudad prácticamente se terminaba en el Parque de la Independencia, en la actual calle 26 con carrera 5, donde funcionaba el carrusel del señor Maldonado, quien era su propietario. El barrio hacia el norte era Las Nieves. Por la calle 20 hacia el cerro estaba la casa que fue de de mis padres, donde nací. El parto todavía no era una enfermedad que ameritara hospitalización, así que a mi madre la atendió el médico de la familia, el doctor José del Carmen Acosta. Ni mi madre ni yo sufrimos traumas graves, aunque nací de pies. La parroquia a la cual correspondía el barrio era Las Nieves, donde me bautizaron. Setenta años después tuve que registrarme civilmente para poder existir en el siglo XXI y debí solicitar una copia del registro de bautizo. Después solamente había una enorme construcción, que aún existe, en la carrera 13 con calle 31. Era el colegio de María Auxiliadora de las hermanas salesianas. Allí estudió mi madre, quien obtuvo el diploma de “Instrucción Suficiente”… Hacia oriente, estaba La Candelaria, probablemente el barrio más emblemático; Egipto, un poco hacia el sur y de ahí para arriba, el monte donde reinaban los “Cafuches”, cuyo jefe se apodaban “papá Fidel”, contrabandistas de aguardiente de Zacatín. Tomaron el nombre del animalito abundante en esos montes. Un poco hacia el norte, estaba el barrio de Las Aguas con su iglesia colonial, en el cual se conserva aún hoy un cuadro de una medusa, conocido como El Espeluco de las Aguas. Allí se casaron mis padres. Luego estaba Fenicia, la fábrica de vidrios donde se hacían las botellas de cerveza y gaseosa. Todas eran iguales, porque las etiquetas eran de papel pegado. Era costumbre que quienes bebían cerveza en los cafés, arrancaran las etiquetas con las uñas. Las botellas de gaseosa servían también para 20

todas las marcas y eran transparentes. Más arriba estaba la Quinta de Bolívar, visitada por turistas locales y extranjeros. En el jardín aún está la piscina que dice la tradición, usaba el Libertador para bañarse. Muy poco creíble, en ese gélido frío del páramo. Más arriba, al pie de Monserrate estaba el funicular, usado por los ricos para subir al Santuario; los pobres subían “a pata”, por el camino de las promesas. Continuando hacia el norte, está el barrio de la Perseverancia, famoso por su chicha y los atracos; se decía que allí no salía la luna porque le cortaban la cara. Más hacia el norte, estaba el colegio San Bartolomé La Merced regentado por los padres jesuitas. Más adelante volveré a este colegio, porque influiría en mi futuro. Después de grandes potreros con vacas se llegaba a Chapinero. El nombre se originó porque había un zapatero que era especialista en fabricar zapatos para “chapines”. Había dos iglesias, la de Lourdes en la calle 63 con carrera 13, con el parque del mismo nombre y La Porciúncula, en la avenida Chile. Era un lugar con quintas, muchas de las cuales tenían nombre de mujer. Algunas se usaban para las vacaciones de las familias adineradas de Bogotá. Existía el Parque Gaitán, con atracciones mecánicas y el Lago Gaitán, con barcas de lata que alquilaban y se remaba para diversión; pero las delicadas manos de cachacos que no habían manipulado algo más duro que los cubiertos del comedor, se ampollaban terriblemente y cuando se daban cuenta ya sangraban. La rueda Chicago, que al ojo de los niños se veía como la más alta del mundo, los carros locos, el carrusel. Era muy conocido el señor que montaba una exhibición de botellas de licor muy variadas y por unas monedas, daba unos aros de cobre para que desde una determinada distancia se lanzaran y si quedaba alguno en el cuello de una botella, se la regalaba. Esto nunca se lograba…Aún recuerdo al hombre gritando “… casi, casisito, casi…”. Cuántos incautos le daban sus monedas a cambio de nada. De allí en adelante, solamente había ha-


ciendas ganaderas y lecheras. Mucho más allá, había que ir en bus intermunicipal a la población de Usaquén, lejísimos de Bogotá. Una de esas haciendas era la del Chicó de don Pepe Sierra. Era un rico hacendado de quién se referían muchas leyendas y chistes: un popular caso fue el que sucedió en una Notaría, cuando fue a firmar una escritura en la cual escribió hacienda sin H. El notario dijo que esa palabra se escribía con H inicial y él respondió: -“Cuántas haciendas con hache tiene usted? Y sabe cuántas tengo yo, sin hache?” La vida trascurría lenta y pausadamente en esa ciudad que ya se empezaba a desarrollar en la forma desordenada de cuyas consecuencias aún sufrimos en el siglo XXI. Gran parte de la responsabilidad del caos la comparten los urbanizadores piratas y las autoridades. Aunque conocido el fenómeno, aún hoy se presentan urbanizaciones pirata e invasiones de predios ajenos, que finalmente son aprobadas por funcionarios del Distrito. Con el tiempo, instalan los servicios públicos cuando no sucede una tragedia por falta de planeación del lugar conveniente y se derrumban las viviendas. Así pasó un tiempo en el cual fui el niño mensajero de la oficina de abogado, pero no se cumplió que estuviera estudiando en un colegio en Bogotá. La realidad fue que aprendí cómo era la ciudad y cómo se sobrevivía en ella. Bogotá tenía en aquellos años una sociedad mojigata al extremo, con muchas iglesias y barrios de tolerancia donde se ejercía la prostitución libremente. Como los baños de Caracalla en Roma había baños públicos de alquiler, en la carrera 3ª entre calles 14 y 16; los había con agua fría y caliente a mayor precio. Había lo que se llamaba “asistencias” donde vendían “comida preparada”: este término duró muchos años para significar restaurante. Allí no se consumía, sino que se despachaba a domicilio en un “portacomida” -una pila de recipientes esmaltados en blanco, que tenían en el primer piso una hornilla con brazas de carbón de palo. Luego hacia arriba, la sopa, parte del seco –usualmente con principio, arroz, papa, carne y algo más. Una

tapa terminaba el portacomida. Se despachaba comida solamente a la hora de almuerzo, casi estrictamente a las 12 y 30 que era la hora en la que llegaban las personas que trabajaban. Los horarios de trabajo entonces eran 8 a 12 y de 2 a 6: todos almorzaban en sus casas. No habían aparecido aún los restaurantes que ofrecen “almuerzo corriente”, que en el siglo XXI se llamaría corrientazo. Hoy son necesarios porque las distancias son tan grandes y los recorridos tan lentos, que nadie va a almorzar a su casa. En la calle real era frecuente ver al Bobo del Tranvía. Vestía un atuendo semi militar de color claro, con un quepis rojo y una varilla metálica brillante, los labios pintados de rojo y corría detrás de los tranvías; en los abiertos que tenían espacio, se colgaba un corto tramo. La loca Margarita era personaje liberal por excelencia; se vestía de rojo con grandes enaguas y gritaba vivas al gran partido liberal. En los desfiles militares por la carrera séptima, tiraba piedras a los soldados, porque eran enemigos de los liberales. Los ladrones se reconocían con dificultad. Era una sociedad confiada en la que prosperaba la habilidad de los cacos. Una forma frecuente de robo era que se esperaba un tranvía “abierto” a horas de mayor tráfico, que en el centro eran casi todas, el ladrón se colgaba la gabardina en el brazo derecho y se subía al estribo, donde los pasajeros estaban abarrotados y sosteniéndose en los balaustres laterales con ambas manos. Entonces la mano tapada con la gabardina entraba en el bolsillo del pantalón de la víctima y sacaba los billetes. Si la víctima se daba cuenta, le pedían disculpas por el error. En otra modalidad, trabajaban dos ladrones, uno como campesino y otro citadino según su atuendo y comportamiento. Un muy socorrido ardid era con un “quinto” de lotería premiado: buscaban la víctima, ojalá que tuviera reloj – que en aquella época eran carísimos-, o algo visible que mereciera el robo. Hábilmente le sustituían los números originales y le pegaban los del sorteo ganador… El campesino preguntaba a la víctima si le podía ayudar. Le mostraba el quinto de lotería y el comprobante 21


del sorteo con la información de la cuantía ganada, le pedía que lo orientara donde debía ir para cobrarlo. En ese momento se acercaba el compinche citadino y preguntaba si podía ayudar en algo, ya que veía a campesino y víctima complicados. El falso ganador explicaba que él no conocía la ciudad y que prefería que alguien le diera alguna cosa o plata para regresar a su pueblo. El citadino revisaba el trozo de lotería y el documento que probaba que era el numero ganador y cuanto había ganado: con habilidad convencía a la víctima que él conseguiría un dinero en un lugar próximo y que mientras tanto le diera el reloj y la plata que tuviera para garantía del campesino y que mientras tanto, se quedara con el trozo de lotería mientras ellos regresaban. Al pasar el tiempo, la víctima verificaba el quinto de lotería y cuando comprobaba la estafa! Ya no había nada que hacer… Otra forma de estafa era el llamado paquete chileno. No supe cómo se originó ese frecuente nombre! Después de un trabajo de convencimiento, la víctima quedaba con un paquete que solamente tenía un billete de a peso encima y otro debajo; el resto era papel periódico recortado al tamaño de los billetes. En la ciudad había muchas formas de robar incautos y las aprendí para evitar que me sucedieran… Con el tiempo, hasta reconocía fácilmente a los ladrones. En los parques y en las plazoletas frente a las iglesias los “culebreros” reunían grupos de curiosos para vender específicos que curaban casi todas las enfermedades. Tenían calanchines que atestiguaban las bondades de las curaciones conseguidas; frecuentemente tenían una caja de cartón donde decían que llevaban una culebra traída de la selva amazónica. A veces si la había y la sacaban: era una pobre cazadora inofensiva, pero el espectáculo era fascinante. Estos culebreros que se autodenominaban serpentólogos, también iban a los pueblos el día de mercado y demostraban sus habilidades curativas, con gran éxito comercial. Andando el tiempo surgió “el indio amazónico” quien se instaló en un local y los chismes dicen que tenía una sucursal en Nueva York. 22

El personaje callejero más conocido era el Artista colombiano, como se autodenominaba. Era un hombre mayor que hacía un círculo de desocupados y vendía a los adultos unas hojas de papel, que según se doblaran aparecía una figura pornográfica, de pésima calidad, pero muy apetecida en ese tiempo en que no había la profusión grafica XXX de hoy. A los niños nos vendía unos pitos de lata que llamaba nasófono, que hacía sonar al soplar por la nariz. El los hacía sonar bien, pero era difícil lograrlo. Los personajes que formaban parte activa de aquella sociedad eran reconocidos a la vista. Quizá el personaje más famoso en varios estratos de la sociedad bogotana era Pomponio. En aquel tiempo, antes del 9 de abril de 1948, se encontraba en el barrio de la Candelaria, alrededor de la calle 13 con carreras 2ª y 4ª. Vestía con pantalones “niquers” de un paño a cuadros que le llegaba hasta las pantorrillas. Era de baja estatura, con voz cascada -se decía que por efecto del aguardiente- y los chinos le decían “…Pomponio quiere queso?” y él respondía con una andanada de groserías.. A veces concluía “…sean decentes, miren que hay señoras, no sean HP”. También se lo contrataba para repartir invitaciones a matrimonios de la alta sociedad: con los sobres se sentaba en el andén, junto a una alcantarilla y revisaba los nombres y las direcciones. Cuando rechazaba alguna por distante vaticinaba “hummm, estas familias van a pelear” y tiraba a la alcantarilla el sobre con la invitación. A propósito de las bodas, se podía quedar muy bien con un regalo de alta calidad. Si se era amigo del dueño de un almacén que importaba vajillas europeas, se le pedía que le vendiera una de las que habían llegado rotas. Recordemos que el tránsito desde la costa hasta Bogotá era bastante más difícil que hoy! La empacaban para regalo y conseguían un mensajero de confianza, cuando llegaba a la casa de la novia, al descuido se caía por las escaleras si las había, lloraba y pedía perdón, los pedazos de vajilla de origen europeo se contemplaban y se agradecía al amigo que la había enviado. Varios otros personajes se destacaban en aque-


lla ciudad adormecida y aislada del mundo, no solamente por su inclinación parroquial sino porque las comunicaciones eran rudimentarias. Solamente llegaban noticias de la Segunda Guerra mundial a través de noticieros como el que presentaban en los teatros antes de la película: el noticiero de la Metro Goldwyn Mayer, narrado por “A. Llopis de Olivares”. Este nombre se grabó en mi memoria de tal modo que aún lo recuerdo! Los Periódicos eran localistas, se referían al cable que les había llegado, las fotografías eran escasas y lo más importante de su contenido era el editorial. Por ejemplo, en el periódico El Tiempo, la Danza de las Horas que escribía Calibán. Se decía que los parlamentarios lo leían en la mañana para saber cuáles serían los temas expuestos para debatir. Los periódicos se vendían por medio de los voceadores que en las esquinas y caminando pregonaban a gritos como estos: El Tiempo que está de alimento; el santo Siglo, el Liberalito, Jornada, de Jorge Eliecer Gaitán y en la tarde, el Espectador, con el retrato de la víctima. Lo más socorrido como información era el chisme; pululaba en los cafés que eran muy concurridos. Los comensales se reunían en grupos, alrededor de las mesas. Con un pocillo de tinto duraban varias horas estudiando o “hablando paja”, oían discos de moda en las máquinas tragamonedas automáticas marca Wurlitzer. Cada quien comentaba lo que había oído y daba por cierto y a medida que cambiaba de boca, se multiplicaba y se enriquecía en detalles. Los noticieros de radio se limitaban a hechos locales y en ocasiones, a casos de provincia que llegaban por telegrama que era el único medio de comunicación a distancia. Los telegramas se cobraban por palabra y esto desarrolló un lenguaje muy económico para escribirlos. Por ejemplo: “…espererarete”, en vez de te esperaré. En las emisoras radiales ya se oían propagandas para estimular el consumo. Aún recuerdo algunas: “Píldoras de vida del doctor Ross, cuando yo las tomo, me siento mejor!” Esta era cantada. Y “En su jaca Majare-

te, mi Guarije ser divino, porque en sus labios nunca deja de arder el dulce néctar habano Imperial de Partagás”. Era recitada por voz femenina, que promovía la venta de cigarros. “Si es Bayer es bueno”, “Que haré para ese dolor, Cafiaspirina mi amor”. Estas propagandas eran leídas o grabadas en discos de acetato por el locutor de turno o por los actores presentes. Además, en los periódicos se incluían caricaturas con mensajes comerciales no muy efectivos, porque los periódicos costaban como 5 centavos y con eso se podía comprar muchas cosas más duraderas. El personaje Nicéforo -nombre de un emperador de Bizancio-, era un señor que alquilaba un taxi enorme. Le ponía encima una corneta y hacía propaganda de los productos de los almacenes del centro de la ciudad, perifoneando las excelencias de cada almacén que lo había contratado. En la actualidad, la modalidad frecuente es la de un payaso a la puerta de los restaurantes, avisando la delicia del almuerzo “corrientazo” o quizá, los productos de los almacenes de barrio. En la esquina de la calle 11 con la primera calle real -carrera 7ª -, funcionó el primer almacén por departamentos de la ciudad. En una casa de dos pisos estaban La Nueva Galería y el Mensajero, y en el segundo piso se exhibía la mercancía sobre mesas grandes y unos dependientes atendían a los clientes interesados en comprar. Esa cas desapareció con el saqueo y los incendios del 9 de abril de 1.948. En el primer piso del edificio Liévano, la actual alcaldía de la ciudad, funcionaban diversos almacenes comerciales con puerta a la calle. Era usual que cuando una persona se presentaba en las visitas y decía su nombre y apellido con el consabido “a su servicio”, la señora de la casa preguntara de cuales Rodríguez u Holguín se trataba… Buscaban los ancestros, para valorar al nuevo invitado. Pero más tarde aprendí de una señora encopetada que aconsejaba: “no espulgue mucho, porque pronto aparece la tataraputa” y es cierto. A propósito de los centavos, las monedas eran de plata de 900 para las de 50, 20 y 23


10, las de 5,2 y 1 eran de níquel. En las tiendas, con un centavo se podía comprar un bocadillo veleño con un pan servilleta y hacer un encarcelado; la palabra sanduche no había llegado! Se podía fraccionar el centavo para comprar cosas de cinco reales -medio centavo- como dulces Las Delicias que eran envueltas en papel celofán y hacían honor a su nombre o Bananos, unas bolas rojas con superficie rugosa como si fueran moras, duros y difíciles de deshacer en la boca. Las monedas de diez tenían el borde rugoso para que al tacto no se confundieran con las de uno o dos centavos; las de veinte eran de tamaño mayor y no se confundían. Las de cincuenta eran enormes para la mano de un niño. Nunca tuve alguna de ellas. En Bogotá se usaba una monedera de cuero, que también se le decía “chácara”. Tenía dos bolsillos: uno grande para las monedas y otro chico y tapado con una lengüeta, donde se guardaba a veces un billete de a peso, que era un capital. Las marchantas que vendían en las plazas de mercado y las que deambulaban por los barrios ofreciendo carbón y huevos, guardaban el dinero en pequeñas mochilas de fique que escondían entre las ropas y los senos. Con las monedas se compraba de todo; del cerro de Monserrate bajaban campesinas vendiendo carbón de palo y huevos, el carbón tenía un chiste, “Úste burra! Mi señora, compra carbón?” y los huevos eran a un precio rarísimo, tres huevos a cinco reales y las cuentas de cantidades grandes como 15 huevos las calculaban mentalmente. Las calculadoras mecánicas y las electrónicas aún estaban en la mente de los sabios; los ábacos, localmente se usaban como adornos de sobremesa.

las primeras letras. No era mucho más, pues la pedagogía de las señoritas Paulina, Rosarito y María Gónima era escasa, aunque tenían voluntad y respeto a la religión. Como en la escuela rural, en un salón común se dictaba la clase para cada curso, avisando para quienes era. Allí conocí la cartilla de César B. Baquero para aprender a leer; la historia de Henao y Arrubla; algo de geografía; el catecismo del padre Astete; la Historia Sagrada con la vida de los santos. Las profesoras eran solamente las tres hermanas dueñas del colegio. En algunas ocasiones, mi primo y yo nos escapamos hasta la calle real: era muy distinto ir en familia a ver vitrinas en la noche, que ir solos y mirar cosas que de día era raras. Esas escasas escapadas alimentaban ilusiones relacionados con juguetes como los que había en las vitrinas de Pedro S. Rey, donde había una jaula con un canario mecánico que cantaba si se ponía una moneda en su alcancía, o los carritos Shuco, casi indestructibles que vendían en la ferretería Shmelding. En la época de la post guerra, todo llegaba con retraso. Pero, llegó la Coca Cola! Era como un vomitivo; el paladar estaba acostumbrado a la Colombiana, la Leona pura o la Oscura, la Popular y similares gaseosas, pero al fin triunfó. A los muchachos volantones se les empezó a llamar Cocacolos en vez de Glaxos o Filipichines, como se les había dicho hasta esa época. Se hacían cocacolas bailables los fines de semana por la tarde, se perdió el sombrero indispensable para los señores. También se perdieron el guardapolvo, y los calzoncillos de mangas largas para los señores, conocidos en Bogotá como “de conservador”. Poco a poco dejaron de usarse la ropa negra y los zapatones para el invierno. Llegaron los mocasines, V. las gafas negras para los paseos, sin filtro de UB ni nada parecido y la gabardina, que se convirtió en prenda indispensable. Durante una temporada fui al colegio Aparecieron las medias de nilón o veladel Niño Jesús. Con mi primo asistíamos al coledas, que reemplazaron a las de seda y surgió gio, en compañía de la “sirvienta” de la abuela como profesión la de remalladora de medias que nos llevaba de la mano, a pocas cuadras de que por unas monedas, reconstruían el tejido la casa, en la calle 11 con carrera 2a. Funcionaba dañado. en una casa de dos pisos, donde se enseñaban 24


Los sombreros de las señoras encopetadas se guardaron en los armarios, y aparecieron los de lona para que los señores los usaran en los paseos. Circulaban los Jeeps “Min guerra” que no se habían vendido para los ejércitos en conflicto, los enormes automóviles con grandes aletas y los sobrantes de guerra. Los pantalones con bota, en la que se quedaban las monedas que se caían inadvertidamente. Las servilletas y las toallas de papel, las toallas higiénicas para las damas, aunque estos artefactos no se mencionaban ni de peligro aún en los hogares. Apareció el liguero, un cinturón ancho con tiras elásticas que sujetaban las medias de las señoras; cuando se soltaba alguna, sonaba tan duro que los circunstantes lo oían. Hasta esa época se escribía con lápiz, con estilógrafo y lapicero. El porta plumas de madera y las plumas metálicas eran para escribir en lugar fijo con tintero y secante a disposición. Pero llegaron los esferógrafos, aparatos nuevos que apenas se estaban inventando: con frecuencia escupían un mazacote de color que se pegaba en las manos, en la ropa, en los papeles y en todo! Pero “présteme un esfero” se convirtió en dicho de moda. Desaparecieron las comunicaciones inalámbricas como Vía Marconi y All American Cable, por las que se enviaban y recibían mensajes del exterior. Con los sombreros de los señores también desapareció la galantería: antes, un caballero se bajaba de la acera para cederle el paso a las señoras y las saludaban, quitándose el sombrero. Además las señoras caminaban adelante de los señores y si se iba en pareja ellas iban siempre por el lado de adentro. Las faldas de las señoras fueron reemplazadas por los pantalones, con lo cual se mejoró el paisaje. Las fuentes luminosas de la plaza de Bolívar, con brocal de piedra eran cuatro y en las noches, encendían unas lámparas de colores que iluminaban los chorros de agua. Era frecuente ir a admirar el espectáculo, pero a algún alcalde de cuyo nombre no quiero acordarme, las suprimió y empedró la plaza. También cambiaron los lindos faroles verdes que iluminaban las avenidas y plazas, por postes de concreto.

El modernismo en su furor propiciaba estos cambios. Años después visité Rio de Janeiro y vi como allá sí habían conservado faroles similares a los nuestros, aún siendo una ciudad progresista y con las más lindas playas. También desaparecieron las carrozas fúnebres vistosas, con paredes de vidrio que permitían la vista del féretro, en finas maderas y asas doradas. Estaban tiradas por enormes caballos percherones negros y en lo más alto del pescante, un conductor vestido de negro con sombrero de copa y corbata del mismo negro quien manejaba las riendas de los caballos. En las esquinas del carruaje había grandes penachos negros y también en la cabeza de los caballos, las plumas vibraban al paso por los baches de las calles. Era un espectáculo que detenía el paso de los peatones para admirar el cortejo, que incluía varios vehículos con las coronas de flores y los deudos, todos vestidos de luto riguroso y algo de llanto. Cuando el muerto era de alta alcurnia y funcionario oficial, esta carroza se sustituía por una cureña de cañón tirada por caballos. El Cementerio Central era el más usado, aunque había otros de menor categoría. Allí se enterraban lo cadáveres de las personas importantes, había bóvedas en serie para los muertos pobres. Eran transitorias y al cabo de algunos años, los deudos debían llevar los huesos a un osario en una iglesia donde los depositaban ad infinitum. Vecino de este cementerio en la calle 26, se encuentra el Cementerio Inglés, donde está enterrado el doctor Ninian Ricardo Cheyne. Junto al muro del cementerio se encontraban restaurantes con sugestivos nombres como “La última Lágrima”, “El último Suspiro” y otros similares, donde se reunían los deudos a libar cerveza, comer fritanga y recordar la vida del difunto. Antes del 9 de abril de 1948, el basurero municipal estaba cerca del matadero en la calle 13 con carrera 32. Era un edificio enorme, de ladrillo rojo con una altísima chimenea, donde se incineraba la basura. No había recicladores, ni montones de desechos regados por la vecin25


dad, no había aún las bolsas de plástico que humanos y perros rompen, para desperdigar su contenido. La única ambulancia que surcaba veloz las calles de Bogotá era la de la Clínica de Marly, enorme, de color blanco amarillento, con gran sirena que sonaba al girar su motor. También desapareció la chicha – beba chicha que es de Soacha-, que se conseguía fácilmente de origen artesanal. Se trató de reemplazarla por la cerveza Cabrito, con una etiqueta de papel como en todas las bebidas, que tenía la efigie de un cabro rampante. Esta bebida duro poco tiempo. En el auge de la fábrica paisa de telas Coltejer instaló un enorme aviso de lata en la falda del cerro de Guadalupe, que se veía desde toda la ciudad Se parecía al aviso Hollywood de la ciudad de Los Ángeles. Duró muchos años, hasta que se derrumbó.  

do reflejo de lo que sucedió en la capital. Con el paso de los días, se restableció el orden y la tranquilidad. Mi madre llegó el domingo y nos contó lo sucedido. Era imposible imaginar una turba enardecida responsable de la destrucción, los saqueos, las infamias, las violaciones, la quema de los tranvías. Solamente se culpaba a los “godos”, como se les decía a los conservadores. Esa fecha cambió muchas cosas en el país: las costumbres centenarias, el respeto a la propiedad, la seguridad ciudadana y mucho más, que está profusamente descrito por diversas plumas. A nosotros nos afectó toda la situación, hasta que mi padre decidió que se regresaría a Bogotá, aunque fuera a morirse. De nuevo mi madre se encargaría de la solución a semejante problema: el traslado no podía ser en tren, porque mi padre no podía subirse al vagón y al llegar a Bogotá, no había como trasladarlo hasta la casa. Así que se debía hacer en carro por una VI. carretera casi inexistente entre La Mesa y Bogotá. Había que hacer un trasteo, aunque ya no casi nada que llevar. Como no tenía Poco antes del 9 de abril de 1948 yo quedaba mos carro, mi madre llegó con un taxi grande y había regresado a la casa paterna. En alguna nos metimos todos para el viaje increíble hacia forma se supo en San Javier que habían asesiBogotá. Yo creía que éramos los primeros en nado a Jorge Eliecer Gaitán, el líder de las marealizar semejante hazaña. sas liberales y los obreros. Aunque yo no tenía Llegamos a la ciudad y mi padre se acosni idea de la magnitud del problema, supe que tó en la cama que estaba preparada, de la que se habían escapado de las cárceles muchos nunca se levantó. Duró unos meses y finalmenmaleantes y el peligro era inminente. Esa note nos abandonó. che nos apedrearon la casa, porque suponían que mi padre era conservador, o porque no era obrero y había que vengar a Gaitán. Las piedras sonaban en el tejado de zinc y los insultos eran VII. de todos los tonos. Por fortuna no pasó a mayores. Ahora sí, las cosas eran a otro precio. Los incendios en Bogotá eran de tal La ausencia de mi padre era poco notoria como magnitud que se reflejaban en las nubes y eran aporte personal, pero su pensión era necesaria visibles desde San Javier. Logré neutralizar la y ya no la había. Mis hermanas ya trabajaban en furia de los habitantes, participando en briga- los ferrocarriles y yo debía buscar como produdas de protección contra los posibles ataques cir algún ingreso. Tenía cerca de 14 años, pero de los presidiaros fugados. apenas sabía leer y escribía muy mal. El negocio del señor Duque fue asaltado, Entre mi madre y yo acordamos que posaqueado y totalmente destruido. El y su espo- día ir al Ministerio de Correos y averiguar si alsa huyeron a tiempo y se salvaron. Fue un páli- guien que hubiera trabajado con mi padre aún 26


estaba en ejercicio. Que utopía! Había trascurrido muchos años. Pero para mi asombro, el jefe de personal un señor Acevedo recordaba a mi padre. Me oyó, entendió mi situación y me dijo que solamente podía recibirme como cartero en la distribución de correspondencia; había una vacante. Agradecí y tomé el documento que me acreditaba como supernumerario; si algún cartero no aparecía, me daban la correspondencia que él debía repartir y al final del mes, me darían el importe correspondiente a esa labor. Aunque parecía fácil, había un monumental montón de correspondencia, debían organizarse las direcciones para no repetir el recorrido, anotar en una libreta el nombre del destinatario y la dirección y dejar un espacio para que la persona que recibía, firmara. La correspondencia era muy variada: había cartas, paquetes, periódicos para los diplomáticos acreditados, recibos y más. Me dieron una maleta en la que solamente cabían las cartas y el resto, como pudiera llevarlos. Los primeros días casi lloraba; me demoraba el día entero y a veces no acababa, no podía más. Tomé una determinación muy difícil. Regresé donde el señor Acevedo y le expliqué mi problema. El se compadeció del niño y me trasladó a la oficina de distribución de telegramas, que quedaba en el edificio del Ministerio, en el edificio Murillo Toro en la carrera séptima entre calles 12 A y13. Corrí y me reporté! Había tres turnos: uno iniciaba a las 7 de la mañana, el otro a la una de la tarde y el tercero, a las 7 de la noche. En el último piso estaba la sala de recepción de mensajes; muchas máquinas de escribir con un señor con unos audífonos al frente, que escribía en unas cintas engomadas lo que iba traduciendo del código Morse al castellano. Cuando terminaba, tomaba una hoja de papel membreteado y pegaba las tiras de cinta en ella, la doblaba y la ponía en una caja que luego bajaban a la oficina de distribución. Allí había un gran cajón con divisiones numeradas, que correspondían a cada sector de barrios de toda la ciudad. Cuando faltaba algún cartero, se rifaba entre los supernumerarios, que se apodaban

caimanes. Éramos unos cinco en total. Uno de los dos distribuidores hacia una porra: en un papel trazaba tantas líneas como caimanes había y cortaba la hoja al través, nos daba un pedazo y el marcaba una x en el de él. Nosotros poníamos nuestro nombre en una línea del otro, se unían los dos pedazos y el que coincidiera con la x, se ganaba ese reemplazo. Los demás, a esperar otro turno. Era más fácil distribuir los telegramas, por ser unos paquetes chicos que cabían en los bolsillos del saco, pero había que desarrollar un recorrido ingenioso para no repetirlo que se basaba en el conocimiento de la ciudad. Esto lo aprendí pronto y cuando no llovía, era hasta divertido. Llegué a saber si las direcciones eran erradas antes de ir al lugar. Pero cuando llovía, el trabajo era terrible. Había que entregar los telegramas sin dilación. Aunque nadie nos controlaba, había una responsabilidad de honor. Algunos carteros titulares evitaban presentarse cuando llovía; preferían perder el valor del turno y no lavarse, pero los caimanes vivíamos de eso y nunca evitamos un turno. Lo más grave era cuando se debía estar en “permanencia”, esperando hasta tarde en la noche para que los telegramas urgentes por los que el remitente pagaba doble tarifa. Debían entregarse esa misma noche donde fuera. Era duro, muy duro! Había carteros muy viejos que habían conocido a mi padre como jefe del sistema de telégrafos: uno, al que llamaban el atómico porque era muy rápido, se convirtió en mi desafío. La clave era que él sabía cómo planear el viaje de entrega y regresar antes que todos: no solamente lo igualé, sino que lo superé. Eso me valió un ascenso a cartero de segunda: yo era el número 147. En esa oficina, si es que se podía nombrar así porque era un espacio sin muros, al entrar en el primer piso a la izquierda, estábamos todos exhibidos al público que pasaba. Entre los personajes que recuerdo estaban el señor Reyes, jefe de todos; el señor Martínez, jefe de uno de los dos turnos; el señor Gustavo Sopó, jefe del turno al que yo pertenecía y en 27


las noches, asistía como jefe un ex capitán de policía que nos narraba sus andanzas del tiempo cuando él era de la policía. Había un cargo especial con horario de oficina, encargado de registrar las direcciones de quien quisiera que solamente le pusieran su nombre, seudónimo o sigla comercial en los telegramas. Había unos cardex circulares verticales grandes donde se registraba el nombre y su dirección, así que esos telegramas se le entregaban al señor Javier Carreño y él anotaba en el mensaje la dirección registrada. Él era un personaje extraño, aún siendo joven siempre andaba con chaleco, corbatín, sombrero sin desagüe, gafas muy gruesas y además hablaba inglés hasta un grado de perfección, que le publicaron un libro con la traducción de la obra de Óscar Wilde, La Balada de la Cárcel de Reading. Yo debía tener unos 15 años y pasado un tiempo prudencial, me ascendieron a cartero de primera. Era lo más alto a lo que podía aspirar en esa profesión. Muchos se quedaban ahí hasta que se jubilaban. Ingresé a un club que sorteaba mensualmente un vestido de paño en el almacén Everfit del frente. Por medio de sorteo pagué menos de su valor y el número ganador fue 7505, de grata recordación. Además, porque ha sido la única vez que me he ganado algo por sorteo.

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Estrenando vestido


VIII.

Me desempeñaba bien porque había desarrollado una particular habilidad que pulí hasta más no poder; visitaba frecuentemente el gimnasio del Parque Nacional donde había barras fijas, paralelas y escaleras horizontales. Me entrenaba para desarrollar no solamente la marcha en mi trabajo, sino el resto del cuerpo, pues yo era muy chico. No tuve ninguna guía o entrenador, pero logré una buena práctica. Nací con la impronta de ser políticamente conservador. En esa época, todos éramos conservadores o liberales de nacimiento, como tener ojos azules o negros. No era elección personal. Milité en las huestes conservadoras activamente: entraba al Directorio Nacional Conservador más fácil que a mi casa; para las votaciones, doblaba las papeletas y las distribuía el día de las elecciones, desfilaba por las calles de la ciudad con otros jóvenes y adultos, recibí como todos, piedras y ladrillos de las obras en construcción, como obsequio de los gaitanistas que nos odiaban. Cantábamos el himno de la Falange española, sin entender por qué en una estrofa se decía “…con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer…” El color de los enemigos era rojo y si éramos godos, nuestro color era azul; pero aún así, cantábamos al desfilar. Fue tanto el entusiasmo con que viví esa experiencia, que agoté toda la capacidad politiquera para el resto de mi vida. Un día los señores Sopó y Carreño me invitaron a tomar un tinto en el café del frente y con tacto en sus palabras, me preguntaron qué pensaba “ser cuando grande”. Como sucede a los niños chicos, mi extrañeza fue total. No supe que contestar. Insistieron en que yo podía estar facultado para un mejor desempeño. Los puse en conocimientos de mi escasa o nula preparación académica. Creo que ellos no contaban con eso, pero Javier Carreño me dijo: “… yo tengo pendiente una beca en el colegio de San Bartolomé La Merced para completar mi bachillerato. Se la ofrezco! Vaya y hable con el padre Montoya, rector del colegio y veremos

qué hacer…”. Además me dijeron que un señor amigo de ellos me ayudaría también: era don Andrés Pardo Tovar. Esta posibilidad me dejó atolondrado. Eran muchas las cosas que se cambiarían en mi vida. Entendía que era una oportunidad única, pero nadie sabía hasta qué grado era mi ignorancia. Mis conocimientos eran derivados de las lecturas que hacía en forma desordenada y sin el propósito de suplir la ausencia de enseñanza tradicional, de un colegio y todas sus implicaciones, disciplina, compañerismo y mil cosas más. Yo no había tenido nada de eso. Mi sueldo servía para ayudar en el hogar. Mi madre se había retirado, y aunque mis dos hermanas trabajaban, sus ingresos no eran suficientes. Yo estaba acostumbrado a disponer de parte del sueldo libremente: el único horario estricto era el del trabajo y la libertad era absoluta. No hacía nada fuera de lo normal: ni bebía ni fumaba, por la edad, pero era libre. Iba a cine, leía, miraba lo que quería y compraba lo que podía, pero todo a mi gusto. Fui a visitar al Padre Montoya. Me recibió amablemente y prácticamente me confesé. Le conté mi vida y él concluyó que sí tenía razón en mis temores, pero propuso cómo salvar algunos obstáculos. Por ejemplo, autorizó que asistiera a clases de cuarto elemental, cuando mi turno de cartero lo permitiera. En pocas palabras, por parte del colegio sí había como asistir a clase. Qué pasaba con el joven cartero? A veces debía ir con el uniforme oficial que tenía un lindo escudo distintivo de los carteros, bordado en la manga izquierda del saco. Yo tenía la gorra con la placa de cartero numero 147, con la cual podía viajar en los tranvías abiertos sin pagar; no podía dejarla en ninguna parte y no me atrevía a divulgar quien era yo ante los condiscípulos de semejante colegio, para la época uno de los mejores de Bogotá. El escudo lo tapaba con una cinta negra que se usaba para mostrar luto y a la gorra, le había quitado el alambre que la hacía levantada y firmemente rígida. Así la podía disimular debajo del brazo entre el saco. Casi lograba pasar inadvertido ante los condiscípulos de la alta so29


ciedad, pero era terrible. En los recreos debía jugar futbol y tenía que hacerlo con saco de paño, para no delatar el atuendo de cartero. Algo aprendí. Cuánto, no lo sé. Frecuentemente visitaba al padre Montoya y le reportaba algún progreso, pero aún con el apoyo de él, esta situación no se podía prolongar; las angustias eran superiores a mis fuerzas. Hablé francamente con los señores Sopó y Carreño y les expliqué por qué esto no funcionaría. Ser bachiller no solucionaría mi futuro, y al paso que estaba asistiendo a clases, esto duraría muchos años. Agradecí su ayuda con mis mejores palabras, pero había que poner fin a mis pesares. Gustavo Sopó no se dio por vencido y encontró otra solución. Uno de sus hermanos había estudiado mecánica en el colegio León XIII, regentado por la comunidad salesiana y estaba trabajando en Brasil en la siderúrgica de Volta Redonda. En ese colegio se podía obtener un diploma de bachiller técnico en cinco años, en la rama escogida y se podía trabajar al cabo de esos años. Esta solución era aceptable, pero con varios problemas. El estudio era con régimen de internado; no tendría ingresos y por lo tanto, no podría ayudar en mi casa. Como pagaría la pensión?! A los 17 años iniciar la vida escolar que nunca tuve, después de haber logrado una estabilidad laboral indiscutible, sería un cambio total de mi vida. Me preguntaba entonces sí sería capaz de soportar un encierro desde febrero hasta julio y desde agosto hasta finales de noviembre sin ver la calle, estudiar unos temas para los que no tenía bases como los demás estudiantes, no disponer de ningún dinero, recibir solamente la visita de mis hermanas los domingos durante media hora, comprar los libros, cuadernos y herramientas indispensables para matricularme. Todo me parecía tarea de titanes. Gustavo Sopó logró escamotearle a mi vida libre los obstáculos para estudiar y me consiguió media beca y me invitó a la otra media. Metí en un humilde baúl unas ropas mínimas y mucho coraje, y entré como alumno en la escuela de Electricidad que yo había escogido. Todo era 30

nuevo para mí. No había espacio para ninguna decisión personal. Todo estaba programado desde la levantada hasta la acostada, el baño, la alimentación, el estudio, el silencio permanente, la obediencia. Lo más difícil era estudiar sin bases para entender; debía atender con una concentración de monje tibetano y tomar todas las notas posibles. Me apasionaba el estudio de la electricidad y la física que me parecía lo más fácil; no así, los temas de bachillerato. Logré pasar el primer año. Hubo dificultades que me dolieron mucho pero no había solución: por ejemplo, en ese año crecí de un metro con cincuenta a un metro con ochenta: esto implicó que los pantalones me quedaran sumamente cortos y no cabía fácilmente en la ropa, pero no podía pedir ropa nueva a nadie. Aprendí muchas cosas, disciplina estricta, comidas a las mismas horas y rezar permanentemente. Todos los días se iniciaban con una misa y los domingos eran dos, una antes del desayuno y la otra después de desayuno, con tres curas. La Semana Santa era de gran recogimiento; para no ser discriminado, aprendí que había que confesarse aunque no hubiera riesgo de pecar y comulgar frecuentemente. Conocí condiscípulos que se convirtieron en amigos inseparables como Leopoldo Hernández, con quién compartí intereses y dificultades hasta que años después del colegio, él murió. Especial memoria y admiración conservo por el padre Javier De Nicoló, que llegó a Colombia como estudiante para sacerdote. Había pedido a su comunidad que lo enviaran a los leprocomios, pero lo dejaron en el colegio León XIII. Era un muchacho festivo, amistoso y congeniamos mucho. El destino lo llevó a ser el padre de miles de niños de la calle como él los llamó. Es sin duda el más hábil empresario: construyó casas, fincas, pueblos como en el parque de la Florida en Bogotá y la finca de Acandí en el Chocó, donde muchos años más tarde contribuí a dotar con una red de sonido para llamar a los muchachos a las horas de alimentación. Con avanzada edad sigue activo, con el mismo tema. Lo encontré en un aeropuerto en 2009, conversamos de temas que nos son comunes


hoy día y me dijo que a pesar de haberlo destituido de su cargo en Idiprom, (es la entidad que administra los hogares para recuperar los “niños de la calle”) por viejo dijeron, atendía 40 casas de menores desamparados. Me siento muy honrado porque aún me reconoce! Tengo tan vivos recuerdos del padre Javier De Nicoló! El, con pocas palabras, definía las más complejas situaciones; con claridad meridiana decía que en Colombia se gasta mucho tiempo en el estudio de la problemática y nada, en la “solucionomática”. Coincidimos en la enseñanza: él con el amor y el conocimiento con el que procedía, y yo, con la televisión para educar. Entre los recuerdos gratos de estudiante conservo uno en especial: era 20 de julio de 1951 y el colegio participaba en el desfile conmemorativo. Desfilaba en primer lugar la bandera de la Patria; después el heraldo, un cuadro metálico pesado con el nombre del colegio y luego, las escuadras de los más altos hasta los chicos. Yo era de la primera escuadra. En la plaza de Bolívar nos estacionamos en el lugar correspondiente y de pronto, el portador del heraldo se desmayó. Salté y tomé el heraldo sin que cayera al suelo y lo sostuve hasta que se terminó el desfile en el colegio. Nadie dijo nada, pero esto me facultó para ocupar el puesto de portador del heraldo del colegio hasta que me fui. Me sentí sumamente útil. Los primeros años de internado fueron durísimos. Los soporté y logré superar los estudios. Al final del tercer año, nos comunicaron que cerrarían la escuela de electricidad aunque nos faltaban dos años para terminar. A los estudiantes de tercero nos ofrecieron una solución: en Cúcuta abrirían un colegio nuevo con una escuela de electricidad dotada con equipos nuevos y un ingeniero alemán Francisco Reislander la dirigiría. El padre Müller era el rector. Tres alumnos recibimos el ofrecimiento: José Armella, Carlos Tribín y yo. Consideramos que era la única salida a esa encrucijada y aceptamos. Nos becaban y teníamos como retribución, la posibilidad de contribuir con el montaje técnico de esa escuela. Esto nos llamó mucho la atención porque la experiencia sería única

y aceptamos gustosos. Don Andrés Pardo me regaló el valor del pasaje en avión a Cúcuta y así aterricé en la ciudad más caliente y difícil en ese tiempo. El estudio era complicado porque el calor dificultaba tomar notas y leer, la mente se adormecía y la traspiración manchaba los cuadernos, pero el trabajo del montaje del taller de pruebas fue muy enriquecedor. Los equipos eran modernos de verdad, los profesores de buen nivel de conocimiento y el ingeniero Francisco Reislander, un excelente expositor. Era estudioso, utilizaba un castellano casi impecable y no ahorraba enseñanzas a los alumnos.

El Taller de electricidad en el Colegio Salesiano en Cúcuta

Pasó el año con satisfactorio aprendizaje: se debía programar y ejecutar el montaje, tan práctico como que aún no se me olvida como se acoplan dos plantas eléctricas en paralelo, cómo se hacen los análisis de los circuitos por medio de circuitos equivalentes, la teoría y aplicación de vectores, cómo se aplicaba la norma DIN y muchas novedades técnicas. Pero la felicidad no dura tanto. Como uno personaje de ingrata recordación estaba el padre Martínez, apodado el “Negro Martínez” Era altanero, daba trompadas a mansalva a los alumnos cuando él creía conveniente. y nadie le reprochaba o se defendía: era un matón por excelencia. En alguna oportunidad quiso trompearme en un descuido, pero logré eludirlo. Esto lo exasperó y me persiguió el resto del año. Al final regresé a Bogotá y resolví no regresar al año siguiente: el cura había hecho lo mismo con varios condiscípulos a quienes impi31


dió estudiar. Usaba sotana, pero no ejercía los postulados de Jesús. Siempre lo he culpado por no haber podido terminar los estudios en Cúcuta. Empecé a buscar como trabajar y estudiar la misma profesión.

IX.

  El lado bueno de este episodio fue que me dediqué a estudiar por mi cuenta y buscar donde estaba el conocimiento, sin la disculpa de tener un diploma que me acreditara de por vida el conocimiento de una disciplina tan cambiante. Muchos profesionales de la electrónica se dedicaron a lo largo de su vida a otras actividades menos exigentes, por la pereza de estudiar los cambios tecnológicos que sucedieron en esa época. Por entonces construí un radio de galena, un aparato que funcionaba por resonancia a la frecuencia de las emisoras, sin suministro de energía eléctrica y se oía con unos audífonos. Una gran dificultad para enfocar el futuro era que no tenía un patrón humano que me guiara. Con avidez buscaba cómo se hacían las cosas importantes de la vida y aún las más elementales. Todo lo que se atravesaba en mi vida era posible, pero creo que un gen o un instinto me apartaron de las cosas lamentables que veía. Pero no tenía claro hacia dónde dirigirme, si era conveniente, si era sano y menos aún, cómo ser feliz. Me sentía con la obligación de cumplir con lo que se me atravesara y eso me obsesionaba. Siempre he pensado que ello sucedía porque no tuve hogar y me pesaba la ausencia de padre, de familia y no sé de qué más. Se formó una obsesión de no repetir ese mismo problema para mis hijos, si los había en el futuro. El campo de trabajo era limitado, el desarrollo técnico era incipiente, pero un día buscando en el periódico, encontré un aviso ofreciendo trabajo y entrenamiento en electrónica de computadores en la National Cash Register. Me presenté a examen y pasé sin dificultad. 32

Ahora tenía trabajo y entrenamiento, podía estudiar y ayudar económicamente a la casa. Ahora éramos mi madre y mi hermana menor, ya que la mayor se había casado. En la empresa me dijeron que se demoraría un poco el entrenamiento de los computadores y que mientras tanto, para no perder tiempo, me entrenarían en las máquinas de contabilidad. Acepté gustoso. La primera máquina que estudié fue una sumadora. El profesor señor Melesio Sánchez examinaba el conocimiento: ponía en una caja de madera todas las piezas que componían la máquina y sacaba una al azar. Preguntaba en qué operación se empleaba, cuál era su función y cómo se llamaba (en inglés). Si acertaba con varias piezas, pasaba el examen. Lo logré y entonces pregunté cuando aprendería con máquinas eléctricas y los computadores. La respuesta fue que mientras llegaban los computadores, me entrenara en una calculadora eléctrica! Era poco avance, porque la diferencia era que no usaba palanca para mover el mecanismo, sino que oprimiendo una tecla se accionaba un motor eléctrico que hacia andar el mecanismo. Un día me dijeron que al día siguiente debía viajar al Líbano (Tolima). Sería mi primer trabajo fuera del taller. No sabía dónde era ese pueblo! Me dieron un tiquete aéreo a Mariquita y de ahí en un carro, hasta el Líbano por una carretera en tierra, con bellos bosques con orquídeas que no olvido. Me hospedé en un hotel y fui al banco donde estaba la máquina dañada. El arreglo fue fácil y cuando terminé, el gerente me pidió que revisara una máquina de contabilidad que se equivocaba en un centavo en algunas operaciones. Yo no estaba entrenado en ese equipo y tampoco tenía autorización, pero me insistió tanto que intenté y logré corregir el error. El gerente del banco llamó al jefe de servicio y le explicó lo sucedido. Me disculpé, porque además la cuenta fue por los dos servicios. Pero me felicitaron y además, me propusieron para entrenamiento en equipos de contabilidad. La realidad era que los computadores no llegaban y yo perdía lo aprendido de electricidad industrial, así que inicié la búsqueda de


nuevo rumbo. Como no había terminado mi estudio, debía complementarlo comprando libros, leyendo y poniendo en práctica lo aprendido. Costaba tiempo y dinero, pero se veía el avance. Encontré que en el almacén de Robledo Hermanos -importadores de motores y plantas eléctricas Lister- había un cargo nuevo para el mantenimiento y montaje de los equipos. Me presenté y me aceptaron. Allí estuve por varios meses, hasta que la firma Siemens establecida en Colombia hacia poco tiempo, ofreció una plaza para participar en los estudios de propagación, montaje y mantenimiento de los equipos de televisión. Apenas se iniciaba la red de transmisores en el país. Era el máximo a que podía aspirar cualquier colombiano interesado en tecnología. Comuniqué a mis patrones Robledo cual era mi decisión, aunque ellos trataron de retenerme. Ofrecí que dejaría en el cargo a un experimentado técnico: era Javier Sopó, hermano de Gustavo. Así me cambié de trabajo. Este si era el desafío del siglo! Yo había comprado muchos libros de electricidad y de la incipiente electrónica y la novísima televisión en el país, pero el campo era inmenso y la ignorancia se debía vencer aprendiendo, estudiando con más interés que alimentarme. Era una época de grandes cambios tecnológicos en el medio colombiano. Aparecieron en el comercio los radios multibandas con los que se podían oír emisoras de muchos lugares del mundo: Las referencias a la televisión eran tan exóticas, como que en el periódico El Tiempo, en la página de los monos había la una televisión y la otra televisión que eran unas caricaturas de variados temas, pero sin ningún ligamento con la televisión de verdad. Más tarde, aparecieron los transistores; se hablaba de la telefotografía y se publicaban en los periódicos unas imágenes de poca calidad pero recientes, de eventos de la misma semana. Eran novedosas las llamadas telefónicas internacionales por medio de operadoras que se demoraban más de un día en lograr la comunicación, los radioteléfonos portátiles,

que necesitaban de un luchador fornido para cargarlos; los aviones de reacción a chorro; el aeropuerto de El Dorado, las gabardinas, la afluencia de invasores de provincia. La pollería de la calle 22 con avenida Caracas, la FM -frecuencia modulada-, Life en español con los artículos y las fotografías más espectaculares, los motociclos aún con sidecar, los restaurantes con servicio al carro, los relojes con manecillas y números fosforescentes con pulsera de resorte, los cines desde el carro y tantos más. Era la compañía Siemens la que había ganado el contrato para hacer los estudios de propagación de las frecuencias en las que se transmitiría la televisión a través del territorio colombiano, instalar los equipos y hacer el mantenimiento periódicamente. Las sorpresas eran mayores que las que había supuesto. Yo era el único colombiano en el grupo técnico: todos los demás eran alemanes. Por fortuna casi todos hablaban castellano. Había que tener disponibilidad total en el tiempo y el lugar. El gerente -el doctor Zumbush-, era un doctor en física y matemática y había un ingeniero especialista para cada tema. Las oficinas eran en la carrera 13 entre la Avenida Jiménez y la calle 14; el taller, en el barrio Samper Mendoza. Mi primer encargo fue interconectar un radio teléfono por medio de un cable multiconductor: había un plano, pero los códigos de colores estaban en alemán. Logré realizar el trabajo y aunque maltrataron el cable para probarlo, no se dañó ninguna soldadura, ni hubo error. Pasé bien la difícil prueba. Los trabajos se desarrollaban entre dos: un especialista y un técnico como yo. Esto me facilitó el aprendizaje de esos equipos, únicos en Colombia. Era claro que debía estudiar formalmente electrónica, pero también era claro que tenía obligaciones con mi madre y mi hermana soltera. Como no podía dejar de trabajar y producir dinero, la solución era estudiar por correspondencia en el tiempo libre. Averigüé en varias escuelas, pero ninguna me satisfizo hasta que encontré una “Capitol Radio Enginering” y tomé el curso. No fue nada fácil porque involucraba matemáticas 33


avanzadas y nuevas teorías, pero logré apro- transmisores, pero no hacían nada más que barlo al cabo del tiempo. operar y reportar los daños. El trabajo era muy variado, en Bogotá Montamos varias estaciones de repetihabía que hacer labores de mantenimiento ción de la señal de televisión. Esa técnica se llaa los trasmisores de los estudios de la 24 y el maba “reembalse” y era la forma de propagar Hospital Militar. En el país, participé en las me- a través de las montañas, cubrir las ciudades y diciones que se desarrollaban en la cúspide de los territorios próximos a ellas. Aún no había los cerros más altos de las cordilleras de los An- sino un solo satélite, la Luna. Dejamos en los des y la Sierra Nevada de Santa Marta, había archivos los datos de las comunicaciones entre que instalar una estación portátil de recepción estaciones para futuros montajes: fue un ary transmisión en la punta de los cerros escogi- duo trabajo, en las condiciones más precarias. dos y operarla con una planta eléctrica portátil. Era la época de los “pájaros”, delincuentes En esa época los cerros estaban coronados por que atacaban indiscriminadamente en diversas árboles y no por torres metálicas, como ahora. zonas del país. Fui miembro del grupo de las mediciones de Permaneciendo en chozas o en carpas propagación de radiación, del montaje de es- como en Jurisdicciones en Santander o la Sietaciones transmisoras, del mantenimiento de rra Nevada de Santa Marta y aún en estaciones muy variados equipos. tan precarias como El Ruiz, en una cabaña con Había desde las plantas eléctricas movi- una sola habitación o en el Páramo de la Rusia das con motores diesel, hasta los receptores y en una casa de lata, con el peor frio y lluvia. transmisores, los radioteléfonos y las antenas. Yo seguía siendo el único colombiano en el grupo técnico; había otros en la operación de los

En la estación del cerro Gualí, en cercanías del Nevado del Ruiz

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Yo viajaba frecuentemente con el ingeniero Carl Heinz Vellage, que había sido trasladado de la fábrica en Alemania. Fue un dedicado maestro: gastó muchas horas sobre los esquemas técnicos de los equipos para enseñarme y examinaba mi aprovechamiento constantemente. El 10 de Mayo de 1957 se terminó el mandato del general Gustavo Rojas Pinilla y la Junta Militar que lo sucedió canceló todos los contratos con entidades extranjeras, la Siemens, entre ellas. Nos cancelaron los contratos de trabajo, nos liquidaron y a la calle.  

En Manjui, montando a Chachachá

En la estación del cerro del Padre Amaya, en cercanías de Medellín

En La loma del Viento, en cercanía de Carmen de Bolívar y en Santa Marta, frente al Rodadero

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X.

Qué hacer? Visité al jefe técnico de Inravisión – el doctor Wilhelm Puth- y abiertamente ofrecí mis servicios para el mantenimiento de la red de transmisores. La respuesta fue que no se había tocado el tema de servicio de mantenimiento. Esperé un tiempo y me llamaron. Me ofrecieron un sueldo adecuado, me dieron una camioneta nueva y un buen conductor -Jorge Gómez- con quien viajaba a cualquier hora y a cualquier repetidora, hasta que me retiré. Sentía la red de transmisores como mi responsabilidad: era como haber tenido un hijo que estaba abandonado: parecía que ahora lo recuperaba y lo atendería con esmero. Pasaron varios años en los que respondí solo por todos los problemas de la red, que iban desde lo técnico electrónico hasta atender los desafíos que presentaba el personal técnico, que era escaso. Un viaje típico de revisión de las estaciones de retransmisión se iniciaba en Bogotá muy temprano en la mañana, cuando estaba programado, porque los había de urgencia. Hacia occidente se salía por la calle 13 en la ruta Bogotá, Facatativá, Albán, Villeta, con carreteras de mínimas especificaciones y alto tráfico. Desde esta población se estaba construyendo la carretera sobre la cordillera oriental muy empinada y con todo el tráfico hacia los dos océanos. Había largos tramos por los que se circulaba en una sola dirección. Para controlar el paso se usaba una tablita que se entregaba en el retén de salida al último vehículo en la dirección en que se movían. El conductor debía entregarla en el retén de llegada, para que se circulara en dirección opuesta. Si quien llevaba la tablita se olvidaba y no la entregaba, se detenía el tráfico en ambas direcciones. Como no se usaba comunicación por radio, después de una larguísima espera y sin saber si el ultimo vehículo se había varado o había tenido un accidente, un trabajador que se iba a pie para encontrar la razón del problema. Si no encontraba nada, llegaba al retén de donde había salido la tablita 36

y se debía iniciar una nueva oleada de tráfico en la misma dirección que la anterior, con una nueva tabla y el trabajador en el último carro. Era inimaginable el tiempo perdido por los vehículos en espera! Finalmente, después de la población de Guaduas, pasando el Alto de la Mona se llegaba a Honda, en el Tolima. Se continuaba por carretera de iguales condiciones hacia Fresno, pasando por La Parroquia. En el tramo hacia el Alto de Letras, se empeoraban las condiciones de la carretera; estaba en construcción pero estaba habilitado el tránsito de todo vehículo. La parte de Cerro Bravo era un lodazal con profundos precipicios donde caían toda clase de camiones y automóviles. Por fortuna la camioneta era nueva, en excelentes condiciones y Jorge, un conductor avezado y cuidadoso. El terreno es rocoso como se puede apreciar aún; debían explotarlo con dinamita y esto hacia volar piedras de distinto tamaño y propiciar unos copiosos aguaceros. Cuando se lograba superar la cordillera en el Alto de Letras, se tomaba un agua de panela con queso bien salado y se descendía a Manizales. En esa zona se veían los lindos paisajes y las costumbres más raras para los citadinos bogotanos; todas las casas eran de guadua, construidas quizá por un solo hombre con precarias herramientas: una peinilla o machete, un martillo, muchas puntillas, la caja de fósforos con la que controlaban los ángulos rectos y una escalera. Con eso se hacía una casa! Los acueductos eran instalados con guaduas partidas por la mitad y quitados los canutos, sostenidas por palos que finalizaban en horquetas, sobre las que apoyaban las guaduas. Bajaban por la berma de la carretera por largos trechos, desde la quebrada hasta la casa donde se acumulaba en un tanque lavadero. En casi todas las casas había una fonda, restaurante donde solamente había “bandeja paisa”, una deliciosa mezcla de productos de la región que después de tan largo viaje, sabían a gloria. Al llegar a Manizales, se pasaba por Malterías, donde había unas enormes piedras alrededor de la carretera. Después de muchos años


vine a saber que se las había llamado “maníes”; una frase popular dice “cómo está el maní?” para averiguar por los problemas. Parece que de ahí salió el nombre de la ciudad. El gran atractivo en el recorrido de la carretera entre Manizales y Mariquita era el Cable Aéreo, una línea de cables de acero instalada sobre torres metálicas de gran altura, entre las dos ciudades. Cuando lo construyeron, sirvió para transportar mercancías que venían del Pacifico e iban hacia Bogotá y a veces, pasajeros. Solamente tenían como alternativa, las recuas de mulas. De los cables pendían unas vagonetas cubiertas con lona para guarecerlas de las intensas lluvias. En largos intervalos a veces iba un guardia para evitar los asaltos de ladrones que escalaban las torres, saltaban sobre las vagonetas y despeñaban la mercancía donde sus compinches la recogían. Había una estación intermedia en lo alto de la cordillera donde se reforzaba el tránsito de los cables con las mercancías y así atravesaban montes y valles hasta su destino. Solamente había otro sistema de Cable Aéreo entre Ocaña y Gamarra que comunicaba el rio Magdalena con el centro de Norte de Santander. Conocí uno de los motores que lo hacían funcionar para otros menesteres. Eran enormes, horizontales con un solo cilindro y una velocidad tan lenta que se podían contar las explosiones del Diesel sin afanarse. Era un viaje de todo el día. Si nos iba bien, llegábamos de noche, derrengados pero vivos. El resto de los viajes era hacia Cali con buenas carreteras; hacia Madroño que al final era por un camino veredal y hacia Medellín, por una carretera secundaria que pasaba por todos los pueblos de la región. La universidad Francisco José de Caldas en Bogotá graduó las primeras promociones de ingenieros electrónicos. Varios de ellos se vincularon a Inravisión al grupo de Transmisores: particularmente recuerdo a Jaime Lozano. Duramos un tiempo compartiendo el mantenimiento de las estaciones. Al cabo de un tiempo pedí al director de Inravisión que me relevaran de esa responsabilidad y que me dejaran en Bogotá.

Me había casado y prefería que me sustituyeran los ingenieros nuevos que ya lo hacían solos. Mi solicitud fue aceptada. La Radiodifusora Nacional estaba en franca remodelación. El jefe técnico, el señor Rafael Chacón se jubilaría y se retiraría. Me ofrecieron ese cargo y lo acepté. Allí dirigí la remodelación técnica de los estudios y participé en el montaje de parte de equipos del conjunto de transmisores del Rosal. Una de mis mayores preocupaciones de vida fue estudiar. Tenía enquistado en mi mente que entre más se aprende, más se aleja la frontera del conocimiento. Nunca se termina, pero sí se avanza. Como relaté, compraba libros existentes o pedía a los libreros que me trajeran determinados temas que no tenían suficiente mercado. Así La Casa del Libro, Buchholtz y alguna otra librería se quedaban con parte de mi sueldo, pero yo me quedaba con el conocimiento. Me había suscrito a publicaciones extranjeras, algunas revistas o fascículos de divulgación de teorías de empresas destacadas como la firma Lencurt de San Carlos (California). La información sobre el Demodulador Lencurt. Me permitió aprender sobre la concentración de luz, el rayo laser y cosas por el estilo, rarísimas en el medio colombiano, en el que se alaba la capacidad de improvisación y no el conocimiento. Era criticado por gastar dinero en adquirir conocimiento y por estudiar en las noches antes de dormirme, pero el deseo de superar la ignorancia ganaba terreno. Durante mi permanencia en la Radio Nacional me llamaron de la Escuela Superior de Telecomunicaciones para dictar clases de electrónica. Acepté y a mi aula asistían ingenieros y técnicos de la IBM en Bogotá. Dictaba algo novedoso: “Lógica Electrónica”. Iniciaba con el análisis de un fenómeno físico, enseñaba a cuantificarlo y finalizaba con las fórmulas para calcular. Esto era exótico la enseñanza clásica, en la cual se usaba memorizar las fórmulas y después calcular, sin analizar el por qué del fenómeno físico. Esto me valió que el jefe de personal de la IBM me llamara para proponerme que dictara esa materia a 37


funcionarios de la empresa. Fue un gran honor para mí! Dictaba las clases todos los días de 6:00 de la tarde hasta las 8:00 de la noche. Nunca saqué un libro en clase y solamente llevaba unos apuntes de guía: hacía la descripción de circuitos y las explicaciones matemáticas en el tablero. El desarrollo de las exposiciones se hacía sin dificultad, la asistencia era total y la atención también. Debía preparar dos horas de clase todos los días, a veces en mi oficina o en la casa, después de comer. Fue mucho lo que tuve que enseñar y así supe cuánto se aprende cuando se enseña. Estando en este cargo, el director de la Radio, el doctor Darío Achury me informó que había una oportunidad para acceder a una beca de un año que ofrecía la RAI, la Radio Televisión Italiana. Me postulé y me aceptaron. La financiación era costeada en su totalidad por el Instituto para la Reconstrucción Industrial de Italia, formado en la post guerra y que seguía vigente para ayudar a los países en vía de desarrollo, como generosamente denominaban a los países de América Latina, África, Turquía y Grecia. Se trataba de una oportunidad de conocer los pormenores de operación de una de las televisoras más destacadas mundialmente. Además la RAI era iniciadora de la educación por televisión con la Telescuola, que cubría gran parte del país, desde su sede en Roma. Me había casado pronto, porque no quería que mis hijos tuvieran el mismo problema de escasa formación familiar que tuve yo. Mi pensamiento se apoyaba en que era mejor tener un padre activo que fuera referencia o ejemplo de vida para seguir o contradecir, aunque no fuera el padre ideal. Mi matrimonio tuvo dificultades. El primer embarazo fracasó: una niña muy prematura murió al nacer. Solamente quien haya pasado por esta situación puede entender la confusión que causa recibir el cadáver de una niña, su propia hija. En medio del dolor, cometí el error de ir con el ataúd al cementerio a en38

terrarla y ser rechazado por no cumplir con los trámites para este caso. Tuve que volver de regreso al hospital para completar los requisitos y solo, devolverme a enterrarla. Y fui solo, porque debía ahorrar ese terrible espectáculo a los demás parientes de ambas familias. El segundo embarazo tuvo la misma suerte, era un niño. Busqué afanosamente un buen ginecólogo. Encontré uno que se comprometió a ayudarnos, con la condición de seguir estrictamente sus instrucciones. Se lo garanticé a conciencia y aún con el rechazo de mi señora y su familia, mantuve las condiciones impuestas: “…ese médico me odia…” me decía. Inflexible, yo apoyaba al médico, hasta que nació una niña, fea, llena de pelos negros y llorona. Pero para mí, era un sol. Nació en la clínica Palermo, cuando llevaban a mi esposa en la camilla, entre la alcoba y la sala de partos, ya había sacado la cabeza.. Y esa es Sandra. Un año después nació Daniel Ricardo: era gordito, trigueño y nació sin dificultad alguna. Con él, tenía todo lo que un padre puede pedir! Ahora por fin tenía dos hijos y lo que significaron para mí es imposible de narrar. Sandra se había convertido en una niñita rubia, blanca y no me cansaba de contemplar incrédulo su existencia. Daniel Ricardo no era tan blanco y chillaba bien duro. En una ocasión, cuando tenía unos tres meses, invité a mi esposa a pasar una semana en la isla de San Andrés con unas amigas. La idea era que descansara y se restableciera. Me quedé solo con los dos hijos: la primera noche, el niño extrañó la presencia de la madre y no se dormía. Gritaba como un cantante de ópera! Desesperado sin saber qué hacer, le dije “…vamos a competir quién grita más duro!”. El chico gritó; yo también grité tan duro como me lo permitía la garganta y ahí se acabo el llanto y ambos dormimos. 


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XI.

Era marzo de 1963 y en septiembre debía irme a Roma. Los funcionarios de IBM me pidieron que a mi regreso retomara las clases. Las circunstancias de la vida, no lo permitieron. La oportunidad de ir a Europa y participar de las prácticas en una institución tan avanzada como la RAI era la compensación a tantos esfuerzos que había hecho para formarme profesionalmente, pero debía responder por mi familia y así lo hice. La parte económica fue prevista hasta el más mínimo detalle, dejando mi sueldo y los ingresos del servicio técnico a Emisoras Monserrate, que generosamente me siguieron pagando aunque el trabajo lo asumió totalmente Guillermo Díaz a quien siempre se agradeceré. Dejé un poder total a mi esposa, para que dispusiera del único haber que teníamos: un lote en la urbanización Normandía. Aunque las dificultades conyugales eran muy serias, el deseo de participar en el desarrollo de ese hogar era un acicate para el regreso. En Italia sucedieron toda clase de situaciones para las que no estaba preparado. Roma, la Ciudad Eterna, la que dominó al mundo conocido en la época del Imperio, la sede del cristianismo, la del cine del realismo, la del vino en la mesa en vez de jugos de frutas, gaseosas o cervezas, la ciudad donde en cada esquina se encuentra un monumento, el cultivo del arte en su máxima expresión, las grandes librerías, los museos, el río Tiber en la mitad. Los parques, la gente, el idioma, las costumbres en general, todo nuevo y distinto a lo vivido por ese bogotano ávido de encontrar un rumbo acertado. El clima con estaciones fue una novedad vivirlo: yo conocía solamente dos estaciones, la de la lluvia y la del tren, como se decía en Bogotá. Debí comprar un abrigo que me duró hasta que perforado por las polillas, abandoné muchos años después en el aeropuerto de Londres. Fueron difíciles algunas prácticas cotidianas que eran inmodificables, como el baño diario. La señora María, dueña del apartamento 40

donde me alojé, me mostraba a los demás habitantes de la pensión como bicho raro y decía: “… él se baña todos los días y no está enfermo!” La comida a la que me tenía que plegar todos los días era pasta como primer plato y luego algo parecido a nuestro seco, esto mezclado con vino “de la casa”. Al principio me costó trabajo, pero como el hombre es un animal de costumbres, lo logré y no me hicieron falta ni el jugo ni la gaseosa. Aunque el italiano es un pueblo de origen latino, con rescoldos imperiales, aprendí que había normas y en su mayoría las cumplían. Esto me impactó, porque en Colombia aún hoy en el siglo XXI, si existen las normas, se trata de saltárselas a la torera con explicaciones seudológicas. Todavía, en la construcción, para hacer una ventana, se ordena hacerla a la medida que quedó el hueco! Qué cantidad de contrastes, no solamente en el campo técnico sino en el religioso, el humano, en el arte y todos los aspectos de la cotidianidad. Conocí la industria automovilística, como iniciadora y líder en la producción de vehículos de alta gama y de los más pequeños del mercado. Recuerdo que en Nápoles nos mostraron una industria donde se llevaba a cabo el control técnico de las turbinas para los motores ingleses Rolls Royce de reacción para los aviones comerciales. Pregunté por qué lo hacían en Nápoles y no en el Reino Unido: la respuesta que me dieron era que en Nápoles era confiable y más económico! Yo, oriundo de una sociedad sometida por el pecado y el culto a la Iglesia Católica local, encontré que al lado del Vaticano, en una serie de tiendas se venden reliquias, bendiciones papales como las que usaban detrás de la puerta en algunas casas bogotanas para protegerlas, los rosarios de palo de rosa y demás artículos santos, alternando con los discos con canciones obscenas relativas a la Iglesia y sus ministros y aún pornografía, también relacionada con los curas de toda “dignidad”. Pero cuando estuve en Italia en 1964, había todavía una sociedad mojigata. Los amantes debían ir a las pinetas en los parques,


a amarse entre los automóviles, así fueran unas “Bianquinas”, el auto más chico que se pueda imaginar. Las meretrices, también en invierno, se ofrecían en calles extramurales con poca ropa y solamente atendían a los clientes que llegaban en automóvil. A veces se veían varios carros esperando que terminara un contrato para ir con ella y así tenía que ser, porque en los hoteles no recibían parejas si no acreditaban que eran casados. Eran famosas algunas pinetas y algunos parques, entre ellos el Foro Itálico donde se estacionaban los carros a conversar y algunas prácticas amorosas. A determinada hora en la noche se retiraban todos y solamente quedaba un policía a caballo, que pedía que se fueran a quienes se demoraban, porque la policía también se iría y no habría vigilancia. Pude constatar que la gente, descendiente del Imperio romano, continúa el cultivo del arte y su historia, plasmado en la majestuosidad de los monumentos que uno encuentra a cada paso. En Italia lo respetan, lo difunden y también creen en su influencia en la humanidad. La RAI era un centro de producción de televisión de primera magnitud. En la Cadena Uno solamente había un espacio para publicidad diaria que duraba 15 minutos, con una variedad de mensajes comerciales originales todos los días! Se llamaba Carrosello y la contratación de estos espacios, debía hacerse con años de antelación. Las producciones, equivalentes a las telenovelas, eran terminadas antes de iniciar la emisión del primer capítulo. No dependían del “rating” para alargarlas o cortarlas. El Topo Gigio, la serie tan conocida mundialmente en su época, fue producida por María Pérego cuando los trucos electrónicos aún no habían aparecido. Más adelante, los productores pidieron a los ingenieros que contribuyeran con magias electrónicas y la respuesta fue el uso “Key” en blanco y negro, con lo cual los magos hicieron aparecer y desaparecer actores en la escena. Toda la península italiana estaba interconectada por cable coaxial y por enlaces de microondas desde Nápoles hasta Milán.

Los pueblos chicos tenían servicio de la RAI con programación nacional y local de las ciudades cercanas: la calidad de la televisión era excelente tanto en lo técnico de transmisión como en sus contenidos. Lo más impactante fue para mí la forma de usarla para educar. La Telescuola Italiana era una forma respetuosa de llegar a los estudiantes de los colegios con necesidad de mejor calidad de la enseñanza. Era, como debe ser, un experimento para corregir. Simulaban en el estudio un aula con estudiantes de verdad, del grado donde debían estar por su edad, alumnos regulares escogidos como guía de la experiencia. Se difundía por todo el territorio y se evaluaba constantemente. Esta práctica me atrajo de tal manera que fue un norte en mi desarrollo futuro. Entendí que ése era el cometido fundamental de la televisión, educar voluntariamente como único objetivo, y no como resultado al acaso y la improvisación constante. En Colombia seguía vigente el telemaestro que repetía el método de “tiza, tablero y espalda” pero reducido al tamaño de la pantalla del televisor. Con el grupo de becarios viajamos a las más importantes ciudades de ese país, tan variado y con la apasionante historia de hace más de 2000 años. Por mi cuenta visité Suiza, de donde le traje un vestido típico tirolés a mi hijo. Él lo usó hasta que no cupo en él. También fui hasta París, en un carrito que había comprado cuando llegué. De estos recorridos, aún tengo recuerdos como del Duomo de Milán, el paso por los Alpes, las ciudades suizas y francesas. Mis recursos me obligaban a no comer, para pagar la gasolina del carro. Fue inolvidable y enriquecedor! Como todo lo de esta vida, se acabó el tiempo programado, nos dieron los diplomas de constancia de haber completado el propósito del viaje. El regreso lo hice por la ciudad de Milán, porque mi amigo Atilio Danieletto me invitó a su casa de campo en cercanía de esa gran ciudad. De allí viaje a Nueva York. No había vuelo directo a Bogotá y debí pernoctar en un hotel cerca del aeropuerto y continuar al día 41


siguiente. Regresé con nuevos ideales y deseos de ver crecer a los hijos. De Italia traje variados conocimientos surgidos de esa experiencia: algunos sirvieron para replantear mi futuro. Encontré varias sorpresas: los hijos habían crecido más de lo esperado, la casa arrendada donde los dejé, ya no era el hogar. Ahora había era una mansión, en un lote de 1500 metros cuadrados en la calle 106, pasos arriba de la carrera 15. Mi esposa había vendido el lote de Normandía y se endeudó en una cantidad impagable con los ingresos que yo podía generar.

XII.

Me reincorporé al mismo cargo en la Radio Nacional y al poco tiempo, el ex director técnico de Inravisión doctor Wilhelm Puth, quien ahora trabajaba para la compañía Ampex de San Francisco en California, me llamó para que me vinculara al grupo de la gerencia regional de esa compañía en Bogotá. Ya estaba vinculado el ingeniero Klaus Aistat, también antiguamente funcionario de Inravisión. La oferta era de máximo interés para mí. Ampex había iniciado la grabación de sonido en cinta magnética y había inventado 42

la grabación de video en cintas magnéticas de dos pulgadas de ancho, el Videotape, en complejísimas máquinas con centenares de tubos de vacío y sistemas de transporte de la cinta con una exactitud inimaginable hasta ese tiempo. El territorio que debía cubrir era enorme: desde Puerto Rico y las islas vecinas, todo el Caribe y los países del continente hasta Chile, exceptuando Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Me ofrecieron entrenamiento en la fábrica en esas máquinas, la punta de la tecnología de la época y un sueldo que no objeté, porque la oferta en el campo profesional era inigualable. Así dejé la dirección técnica de la Radio Nacional y me cambie a Ampex. La experiencia fue muy variada, desde el horario en la oficina en Bogotá que para disponer de un tiempo coincidente con la diferencia de horario en San Francisco en California que es 3 horas más tarde que en Colombia debíamos usar un horario de 9 am a 1 y de 3 a 7 pm. Éramos dos técnicos, ingenieros de ventas y servicio Mario Aguilar un gordo mexicano que estaba trabajando en un canal de TV en Lima Perú y se pasó a la oficina de Bogotá, con el entablamos una fraternal amistad. El resto era una secretaria y un mensajero además del Dr. Puth gerente regional. Las comunicaciones internacionales eran un desastre, Solamente se podía llamar a la sede en California o a los países que servíamos a través de una operadora en Telecom que invariablemente decía, “líneas ocupadas, llame al final de la tarde a ver si se puede comunicar” a veces pasaban varios días sin comunicación, esta situación mejoró años después con el uso del télex, era un aparato con teclado como de máquina de escribir que perforaba en clave una cinta que después se insertaba y se transmitía cuando había línea que era más frecuente que la comunicación oral. En las mañanas al llegar se revisaban los mensajes recibidos y se armaba viaje a la estación que pedía ayuda, el señor Huertas de Aviatur nos conseguía pasajes en el siguiente vuelo a donde nos necesitaban. Conocí mu-


chas ciudades e hice muchos amigos, aprendí zón se realizó en el Hospital Militar de Bogotá sobre distintas culturas y sus influencias en la los equipos eran enormes y rudimentarios, el población, pulí los conocimientos en la electró- cirujano, el doctor Cruz colombiano residente nica que me apasionaba y como recuerdo im- en Nueva York tenía como auxiliar para opeportante, el cambio de la electrónica de los tu- rar la máquina de perfusión a su esposa, esa bos de vacío con los que había trabajado esos experiencia fue dramática en grado sumo, se años, a los semiconductores que había sido el instaló un monitor de imagen y sonido en la caobstáculo para algunos colegas. Tenía que fa- fetería del primer piso, la cirugía transcurría sin miliarizarme con su uso, para lograrlo, opté por notarse ningún problema pero de pronto vi en traducir un libro en ingles sobre ese tema, así la cámara de televisión que la sangre se opacase entendía y se fijaba el conocimiento. Ya ha- ba y arriesgue que me callara el doctor, le dije bía avanzado en más de la mitad, llevaba en mi lo que yo veía. El detuvo la cirugía y comentó equipaje el libro y los papeles con el manuscri- con sus colegas que sí estaba pasando algo to traducido, en las noches en el hotel después extraño, iniciaron la investigación y al cabo de hacer el reporte del día dedicaba algunas de un corto tiempo que para los legos fue de horas a ese oficio, difícil porque mi inglés era larguísima duración, encontraron que se había pobre y debía recurrir con frecuencia al diccio- soltado una sonda, después la cirugía continuó nario técnico, todo era en papel, no había com- hasta el final, lo que no se sabía era que al frenputador ni Google. te del monitor de la cafetería estaban sentados Una tarde cuando regresé al hotel en los padres de la niña que estaban operando y Mérida Venezuela busque mis papeles sin en- vieron y oyeron el desconcierto de los médicos. contrarlos al día siguiente averigüe y la res- Ese fue el final de usar la televisión en medicina puesta fue que la mucama había hecho aseo y como espectáculo. Éstas demostraciones las tirado a la basura los papeles. Tragedia, pero hice en varios hospitales de los países que visime quedó el conocimiento. Viajé muchas ve- taba, pero el hueso era duro de roer. ces por Venezuela, Ecuador, Perú Bolivia, Chile y las islas del Caribe. Ya perdí el contacto con las personas pero me quedan bellos recuerdos. Procuré vender la idea de usar la televisión en la enseñanza de la medicina particularmente en anatomía. Usaba una fotografía real de la Facultad de Medicina de Bogotá donde el Profesor estaba en el centro de un hemiciclo en un patio con el cadáver y los alumnos alrededor a considerable distancia, esto implicaba que se aprendía por FE y no por conocimiento porque nadie veía de lo que estaba haciendo el profesor en la disección. Así se enseñaba y En La Paz, Bolivia también las cirugías con descripción oral y con laminas, como en la era de Leonardo da Vinci. Entré la cámara de televisión a los quirófanos y con la colaboración del cirujano se llevó a salas donde estaban los interesados en esa práctica, el resultado era asombroso aunque era en blanco y negro, todos veían y se enteraban, pero no invertían en los equipos de televisión. La primera cirugía abierta de cora43


XIII.

Un día al revisar el periódico encontré la solicitud de cotización de unos equipos para televisión en la educación, era la Caja de Compensación Familiar Cafam quien los solicitaba. Me fui a la Dirección de esa Caja de Compensación y me entrevisté con el director, el doctor Arcesio Guerrero, un pastuso muy hábil en la administración. Me informó el propósito del proyecto. Esto llenó mis intenciones de conseguir al fin un lugar donde ejecutar mi mayor ilusión profesional EDUCAR CON TELEVISIÓN. Analicé cuidadosamente el pliego de cargos y lo primero que descubrí fue que era una lista de equipos incompletos, inadecuados y que solamente eran parte de una compra donde primaba la parte económica. Quienes asesoraban a Cafam buscaban la comisión de una empresa europea que no tenía ni conocimiento ni tradición en la educación por televisión. Informé de esto al gerente regional de Ampex y también, con cierta discreción al director de Cafam. Para Ampex la política no expresada era “hay que vender, sin meternos en análisis que dañen el negocio”. Pero Cafam, intrigada sobre si yo mentía o era capaz de sostenerme ante los educadores y los asesores, me invitó a una reunión. En unos pocos días me convocaron y expuse mi punto de vista: los asesores terminaron diciendo que si Cafam aceptaba mi planteamiento, ellos se retirarían del contrato. Así sucedió y el doctor Guerrero me apoyó, pero con la condición de que elaborara un nuevo proyecto que funcionara. Me puse a proyectar según entendía cómo usar la televisión en la educación: el costo resultante fue de US$100.000 FOB. El consejo directivo de Cafam decidió nombrar un experto para juzgar la oferta de Ampex desde el punto de vista técnico y para ello, nombró al ingeniero Eliécer Rodríguez, que a la sazón se desempeñaba en cargo técnico en los almacenes Sears de Colombia. La tarea ya no fue difícil porque no había más ofertas. El Doctor Arce44

sio Guerrero nombró a Eliecer Rodríguez como funcionario técnico en el proyecto: así se vinculó y permaneció en él hasta que se jubiló. Para Cafam la propuesta fue aceptable; no así para Ampex, y el gerente regional trató de sustituirme en el proyecto con otro ingeniero que favoreciera la venta. Se realizó una reunión con la participación de Cafam y Ampex: el resultado no favoreció el cambio y continúe a la cabeza del proyecto. Pero debo aceptar que quedé resentido con mi propia compañía, a la que había entregado toda mi capacidad profesional. Avanzando el negocio, me marginé de la parte comercial y solamente me ocupé de la parte técnica: mi manera de pensar no incluía las costumbres de negociar en boga. Se firmaron los contratos y se inició el trámite de importación. Me reunía frecuentemente con el doctor Guerrero y él se interesaba en mi planteamiento del proyecto de educar con televisión. Me expresó que sin la vinculación de los asesores en educación con televisión y sin conocimiento de los docentes en el Colegio Cafam, lo inquietaba cómo haría funcionar ese método tan novedoso. Propuse varias alternativas: una de ellas era la asesora de Unesco en Colombia, quien compartía mis ideas, pero ella prefirió su cargo diplomático. En una de esas entrevistas con el director de Cafam, me dijo “…usted me metió en este problema, cómo lo soluciona?” Respondí que yo lo haría, pero con algunas condiciones: que no haya clero, que no haya ceremonia de inauguración y que mi jefe sea usted. Explique por qué no clero: quería eludir el tratamiento de la educación con base en el pecado. Por qué no inauguración? Porque habría tal cantidad de críticas que anularían el proyecto. Por qué mi jefe sería el Director de Cafam? Porque desconfiaba del conocimiento y la aceptación de los docentes al nuevo método de enseñar. No esperaba que fuera tan fácil, pero el doctor Guerrero aceptó. Renuncié a Ampex: hubo revuelo en la fábrica y una visita del gerente a Bogotá para enterarse de la razón de mi renuncia. Expliqué someramente, evitando incriminar a mis com-


pañeros de trabajo y así se terminó una trascendental etapa de mi vida profesional y se inició una nueva que considero fructífera para mí y para otros. Ese proyecto era la culminación de mis deseos de usar la televisión en la forma más útil, respetuosa y efectiva que había imaginado. A sabiendas que “nadie es profeta en su tierra” pero con el convencimiento de poner en práctica lo que ya había propuesto a diferentes instituciones educativas en varios países de Sur América. No había logrado convencer a sus rectores: posiblemente la razón era que ninguna universidad donde se formaban docentes incluía la televisión: solo la conocían a través de las telenovelas o de un sistema policivo. Sin embargo, si había dos instituciones gubernamentales próximas a incluir la televisión en la educación formal: eran los ministerios de Educación en el Perú y en Venezuela. En ambos proyectos yo estaba incluido, pero preferí mi propia tierra. El colegio de bachillerato que estaba en su formación, tenía ya una construcción hecha para tal fin. Se había aprobado un método de enseñanza nuevo en el país: cada clase tenía una extensión de 100 minutos: la metodología contemplaba cuatro momentos: ponencia, trabajo en grupo, trabajo individual y evaluación. Se decía, sin certeza, que el modelo había sido importado de Francia. Años después averiguamos el lugar de procedencia y visitamos el colegio en un pueblo cerca de París, Marly le Roi. Era un colegio experimental para niños que cursaban los primeros años. Los postulados para incluir la televisión en la enseñanza del Bachillerato fueron los siguientes: incluir los programas de televisión en el tiempo de la ponencia; los temas se presentarían de la realidad, sin explicación oral de un docente. No había “telemaestro” en el programa. Además, los funcionarios de televisión serían comunicadores o publicistas y técnicos sin experiencia en producción de televisión, hábiles en su oficio. Los programas tendrían una duración de 15 minutos y el grupo de docentes participa-

ría en los contenidos para elaborar los libretos de producción. Los programas se evaluarían antes de presentarlos en clase; por ello, los profesores debían ver los programas antes de presentarlos. Para llegar a realizar este proyecto novedoso en Colombia, tuvimos que llevar a cabo diferentes tareas. Con el arquitecto Hernán Herrera, diseñar y construir el edificio donde funcionaría la nueva dependencia, porque en el proyecto anterior solamente se disponía de un reducido espacio como una oficina. Hubo que diseñar las conexiones de comunicación eléctrica y señales de televisión en el edificio nuevo y en el Colegio, así como la interconexión entre los dos edificios y las intercomunicaciones de cada aula con el centro de distribución de programas. Había que diseñar la metodología con la que se producirían los programas. Además, realizar una serie de conferencias para divulgar el método que se usaría para incluir la televisión en la educación del colegio Cafam. Fue necesario entrenar a todos los funcionarios de Televisión Educativa de Cafam, porque ninguno tenía experiencia en producción de televisión. No quería que los funcionarios llegaran con “manías” como la del telemaestro: preferí dedicar tiempo para enseñar y no tener que corregir. Tuve que convencerlos del método de trabajo para que lo ejercieran y lo defendieran ante el grupo docente. En la época en la que se inició la Televisión Educativa en Colombia se transmitía por los canales oficiales una réplica de las clases regulares, un profesor se servía de tablero y tiza para explicar los temas de clase frente a las cámaras, ese docente era denominado Telemaestro. Cuando se diseñó el método para Cafam, consideré inconveniente reducir al tamaño de la pantalla del televisor en el aula el tamaño del tablero y el profesor. Con cierta burla denominé el método de tiza, tablero y espalda la clase con Telemaestro. Logré rechazar sin causar traumas las recomendaciones de “telemaestros” porque no se usarían y no se usaron ante el asombro 45


de los docentes que no concebían enseñar sin maestro hablando. También logré la independencia del grupo docente y solamente los incluí en los contenidos de los programas, más no en el método. Disuadir amistosamente a los docentes que esperaban aparecer en televisión. Siempre traté de participar activamente en la producción de los programas. Como el tratamiento del contenido de las informaciones que se usarían sería en forma documental, debía ir a los lugares donde sucedía el hecho. Para ello, tenía un campero acondicionado para tal fin. En 1973, este modo de informar para educar era tan novedoso que casi ningún docente confiaba en su utilidad. Hubo que esperar casi treinta años para confirmar por parte de respetables instituciones como la National Geographic Society, que patrocinó la producción de los grandes programas educativos con documentales fantásticamente producidos para enseñar. Desde septiembre de 1973 hasta noviembre de 2002 fui la cabeza del grupo de Televisión Educativa de Cafam. primer circuito cerrado de televisión para vigi Durante casi 30 años produjimos pro- lancia en el supermercado de La Floresta y tangramas con un firme propósito educativo; tos otros proyectos relacionados con la técnica iniciando con tecnología en blanco y negro y electrónica. terminando en colores que mejoraron la ex- La vinculación se terminó cuando junpresión de la realidad, dejé en el archivo más to con el doctor Arcesio Guerrero decidimos de 2.000 programas documentales grabados que era muy costoso mantener ese grupo en de la realidad y guardados convenientemente, su totalidad: ofrecí mi cargo para salvar más con ambiente controlado para garantizar su empleados y así sucedió, continuaron algunos utilidad en el futuro. funcionarios en otras actividades de televisión Desde ese cargo participé en otros pro- y me retiré. yectos técnicos de la Caja de Compensación Fa- Algunas conclusiones relativas a la formiliar Cafam, pues la empresa no contaba con ma de educar y sus consecuencias me surgen otro funcionario con formación técnica en ese después de bregar por tantos años con estos campo. Intervine en el área de telecomunica- temas. La dificultad que tenemos los colomciones en proyectos tales como las comunica- bianos para trabajar en grupo tiene origen en ciones con radio- teléfonos entre los edificios muchos casos en disimular la ignorancia, el no de la Caja en Bogotá, hacia Melgar y la finca dejarse conocer el límite del conocimiento por en Santa Tersa en los Llanos Orientales y en los compañeros de labor, suponiendo que ellos todos los supermercados de la ciudad y en las saben más. Creo que esto tiene origen en los construcciones de nuevos edificios, en lo rela- métodos usados para enseñar, más que aprentivo a las comunicaciones. Proyecté e instalé el der teorías y aplicarlas, se gasta más esfuerzo 46


en sortear la demostración del conocimiento adquirido, con disculpas que no aportan a la formación del estudiante. Sin embargo, cuando se trabaja en conjunto surgen los espontáneos que sin conocimiento opinan y se oponen al proyecto exhibiendo su ignorancia, para controlar este fenómeno. En las oficinas de Televisión Educativa, había un letrero que decía: EL QUE NO SABE, CUANDO NO SE METE, AYUDA! Déjenos trabajar. Recordemos el tan manido concepto que pretende cubrir la ignorancia: “el colombiano es insustituible como improvisador” o “hágale a ver como lo hace funcionar”, “echando a pique se aprende”. Los manuales de operación y de servicio se consultan, cuando nada se puede hacer funcionar. El tiempo de los autodidactas es conocido y registrado por la historia desde tiempos inmemorables, uno de los más conocidos es el de Leonardo da Vinci, excelso pintor, ingeniero militar, investigador insaciable sobre la anatomía del cuerpo humano y mil disciplinas que lo graduaron como el mejor de su tiempo. En nuestro medio también los hay: recordemos al presidente Alberto Lleras Camargo, destacado periodista, jurista y presidente de la república sin ningún título universitario hasta que los recibió honoris causa y se le dijo doctor. Fernando Gómez Agudelo a quien se le llamó doctor sin haberse graduado pero fue el padre de la televisión en Colombia y su vida fue ejemplar. Como ellos hay varios personajes destacados aún con título de doctor honoris otorgado por la Universidad Nacional y otras, que dedicaron su vida a estudiar y crear, como el biólogo Jorge Hernández (El Mono) profesor universitario, correspondiente de varias destacadas instituciones y conferencista de gran importancia en foros nacionales e internacionales de relevancia, impulsor de los Parques Naturales. Uno de sus queridos parques lleva su nombre: es en El Corchal y se llama “El Mono Hernández”, donde él murió. Todos ellos y muchos más dedicaron su vida al estudio y la enseñanza para formar ciudadanos ávidos de estudiar. Es posible que al no tener desde el principio un título universitario que acredite haber

cumplido con la asistencia y pasar los exámenes de rigor, se estimule el ansia de aprender y actualizarse en el tema que los distinguió durante toda su vida. Pareciera que no se cumple el tan conocido axioma de que la universidad lo que enseña es a aprender; muchos se contentan con la exhibición del diploma que los acredita como profesionales, pero no aumentan el bagaje de sus conocimientos, a pesar de que hoy es tan fácil acceder a cada descubrimiento, nueva teoría y en general, al conocimiento universal. Recuerdo un locutor deportivo que se ufanaba de ser doctor en odontología sin haber tocado un solo diente ajeno! Sentí orgullo de colombiano cuando el doctor Alberto Bejarano Laverde, presidente de la Cruz Roja Colombiana y director científico de la Clínica Shaio, me pidió que le ayudara a realizar un video para presentar en la Academia Francesa de Medicina en París. Lo presentaría en la ceremonia cuando lo recibieron como miembro de ella. Hicimos “Los Hijos del Maíz”, que mostraba de donde era oriundo. Aún tengo la navaja del ejército suizo que me trajo de regalo. Completé 70 años de trabajo y estudio ininterrumpidos, desde cartero hasta ingeniero. No terminé mi tarea en el uso de la televisión en la educación en Cafam, pues con mi salida, el Centro de Televisión Educativa se murió. Los docentes no estaban, como aún no están capacitados para actualizar los conocimientos con los que pretenden educar a sus alumnos. Fue una frustración profesional que mi última obra se diluyera cuando yo no la continué. Pero la condición humana es así: se prefiere la calma, la pereza intelectual a la actividad y el placer de actualizarse. Lamento que no haya calado en lo profundo de las prácticas de los maestros aquello de que en contexto se fija el conocimiento. Claro que es más fácil para el profesor hacer memorizar a los alumnos fórmulas y preceptos, que procurar que aprendan de verdad. Y para examinar a los alumnos, se les preguntan cosas rutinarias y nada referente a la abstracción intelectual derivada de lo 47


aprendido. En una ocasión, para ilustrar el salón de la conferencia de maestros se leía en una pancarta “Aprenda textualmente!” insistí en que la quitaran, porque consideré que era un error, un freno al avance, pero la dejaron. Estoy agradecido con la vida, por la cual he transitado tantos años y en tan variadas actividades. Todas ellas las tomé como propias y las ejercí con entusiasmo, responsabilidad; las defendí como si fueran las mejores en que podía desempeñarme y lo eran! Hoy, cuando la tarde declina, con la calma muscular obligatoria por su agotamiento, parece que se estimulan los pensamientos, se

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activan los recuerdos y con el acicate de una esposa exigente que me insta a escribir, me lanzo a narrar lo que siempre fue de mi dominio íntimo. Ahora tengo gusto en compartirlo también con mis hijos. Omití en este relato temas relativos a las personas que compartieron años de su vida conmigo. No tiene interés para nadie diferente a ellas. Y mis hermanas ya murieron: serían ellas y solo ellas, las que leerían con la exaltación del recuerdo el relato de situaciones familiares. Es el principio del año del señor 2014.


Memorias de un cartero