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Proyecto “En la órbita de los libros”. Programa ARCE


Proyecto “En la órbita de los libros”. Programa ARCE

PRIMER CICLO DE E.S.O


Proyecto “En la órbita de los libros”. Programa ARCE

Primer Premio ¡VAYA HERMANO!

Ana Rodríguez Domínguez

¡Hola! Me llamo María, tengo once años y os voy a contar una historia que me ha ocurrido. Empezaré por el principio, hace dos días. Era un día lluvioso. Estaba yo mirando por la ventana, esperando a que parara de llover. Me desesperaba. Tenía pensado dar una vuelta por el parque. Pero eso se supera, lo peor de la situación es que estoy sola, con mi hermanito Jesús de cinco años. Pensaréis que tiene de malo tener un hermano al que echarle la culpa de lo que tú hagas, pero él es siniestro, con todas sus letras y, para colmo, sabe echarme a mí las culpas. Mientras miraba por la ventana, mi hermano ya estaba tumbado en el sofá, armado con el mando, con palomitas en mano. Y, sinceramente, ni me había dado cuenta de que había entrado. Encendió la tele y puso Caillou. No sé qué ve de bonito en esa serie, pero yo, me la sé de memoria, gracias a que mi madre colocó el ordenador junto al televisor. Los inventores de la serie no son normales. Pobre, un chico de cuatro años y está calvo. Algunos compañeros de mi clase dicen que tiene cáncer, ¿quién sabe? Cuando Jesús ve la serie, se va a Chupilandia: está en cuerpo pero no en mente ni en alma. Para que no viera al calvo Caillou le pregunté qué tal en preescolar y si le gustaba su profe. Giró su cabeza como la niña del exorcista y me dirigió una mirada asesina que, si se pudiera matar a alguien con la mirada, hoy habría funeral. Me di cuenta de que eso era un no, aunque en sus notas ponía el famoso Progresa adecuadamente. En realidad el PA que aparecía en el boletín, no es auténtico. Su profesora ese año había roto con su novio y cada dos por tres iba a llorar al baño. Y para que los niños no la odiaran aprobó a todos, incluido a mi hermano, que dibuja a Caillou y hace televisores de barro. De nuevo, volví a intentar mantener una conversación. Le dije si quería jugar a los camiones. Esta vez ni me miró. Pero como a la tercera va la vencida, le pregunté si no tenía que hacer deberes. ¿Para qué hablaría? Acabé de decir la palabra deberes y justo, se acaba Caillou. Me volvió a mirar y os aseguro que esta vez fue peor, y no, no le salieron rayos láser por sus ojos, yo no vivo en Chupilandia, pero se le acercaba. El blanco de los ojos se volvió rojo y dos cataratas como las del Niágara le salieron por ellos causando un horrible terremoto con puñetazos y patadas. Lo tranquilicé con un caramelo. Le gustó mi idea y fuimos a su habitación. Se sentó y sacó una ficha de cinco sumas. No le salían y le dije que contara con los dedos. Realmente funcionó. El problema fue que en la última suma el resultado era veintiuno y solo tenemos veinte dedos.


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Y aunque, como ya dije mi hermanito tiene menos luces que el Portal de Belén, para esto, no se dio el caso. Le llevó su tiempo, pero se le volvió a activar su cerebro. Se puso en pie, se bajó los pantalones, los calzoncillos y... ¡Bingo! Encontró su vigésimo primer dedo. Roja como un tomate, le subí la ropa. ¡Avergonzada, me fijé que mi hermano me estaba mirando como esperando otra actividad. Lo llevé a la cocina y le preparé un bocadillo. Le pregunté si se había lavado las manos después de descubrir el dedo intermedio. Movió la cabeza de izquierda a derecha. Lo mandé al baño rápidamente. Mientras se aseaba le puse Fanta en un vaso de Pocoyó. Llegó contento y se sentó. Miró el contenido de su vaso favorito y me volvió, de nuevo, a matar con los ojos. Me preguntó porqué había manchado a Pocoyó de pis. Le entendí porque la Fanta era de naranja y, tiene razón, se parece. Ya os habréis fijado en que Jesús no habla mucho. Se debe a que vio Phineas y Ferb. Ferb solo dice una o dos frases por capítulo y mi hermano lo imita. No sé muy bien porqué, no me lo dice. Lo único que suele decir es hola, yo y mira, mamá, mira lo que está haciendo María. Es un niño de pocas palabras, pero se sabe chivar. Me giré para preguntarle si quería jugar a algo pero me di cuenta de que no estaba. Lo busqué por toda la casa, solo quedaba mi habitación. Entré pero me caí debido a que resbalé por culpa del agua que había en el suelo. La puerta del cuarto de baño estaba cerrada y se oían risas. Salía agua por debajo. La abrí y vi a mi hermano en la bañera. En vez de lavarse las manos en el lavabo, abrió el grifo de la bañera y puso el tapón. De repente oí el coche de mamá. Tenía que actuar, ¡pero ya! Saqué a mi hermano de la bañera, le cambié la ropa normal por el pijama. Quité el tapón y cogí la fregona para secar el agua. Entró mi madre y me preguntó qué había pasado y porqué estaba tan servicial. Mi hermano se adelantó y felizmente le dijo a nuestra madre que le había preparado la merienda y que había jugado con él al escondite, además de bañarlo. Me sorprendió su amable respuesta superando el récord de palabras dichas en una oración con sentido. Pero aún no había acabado. Jesusín abrió su gran bocaza y le dijo a nuestra madre que yo le había enseñado su vigésimo primer dedo. Se bajó su ropa y dejó libre al pajarito. Y para seguir dejándome bien, terminó su historia preguntándole a nuestra madre donde tenía ella su otro dedo. Mi madre levantó su dedo, el índice, y señaló mi habitación. Con vergüenza, agaché la cabeza esperando escuchar la bronca de mamá. Pero en lugar de eso, escuché una risa. Alcé los ojos y vi que era mi madre quien se reía.

Ana Rodríguez Domínguez IES SANXENXO (Sanxenxo – A Coruña)


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Segundo Premio CINE

Jan Hernández Marsol

Cine: Local o sala donde como espectáculo se exhiben las películas cinematográficas. -Suena bien ¿verdad? -Pues no tiene nada que ver con la realidad, si al ir al cine esperas relax y disfrutar viendo una película. -Para empezar, para ir al cine, tienes que estar concienciado de que vas a perder la tarde del domingo. -Seguidamente, al llegar, se tiene que buscar un aparcamiento (preferiblemente en la primera planta, o sea, la más cercana a la sala) en el que quepa tu coche procurando que el de al lado, no esté muy abollado, ya que es señal de mal conductor. (10 minutos de buscar aparcamiento más 2 minutos de aparcarlo =12 minutos) -Una vez aparcado el coche, tienes que ir hacia la taquilla para comprar la entrada de la película ya decidida (si quedan entradas) o la de una película de humor tonto. (10 minutos de cola más 5 minutos de la pareja indecisa que tienes delante=15 minutos) -Ya compradas las entradas, tienes que ir a comprar un cubo de palomitas y un refresco de litro si quieres aprovechar la “oferta” que tienes de la última vez que fuiste al cine. (5minutos de cola más 5 minutos de la misma pareja indecisa y finalmente tener que pagar el refresco y las palomitas sin ningún descuento ya que estaba caducado = 12 minutos) -Más o menos, ya llevamos unos 40 minutos perdidos, pero no os preocupéis, ahora viene lo bueno. -En mi caso, siempre intento buscar un lugar vacío, preferiblemente de las filas del medio para atrás. (5 minutos de encontrar un lugar, más 5 minutos de discutir con una mujer que ha salido de no sé dónde y te dice que el sitio está ocupado, perdemos otros 7 minutos en encontrar un lugar definitivo = 17 minutos) -Tras los anuncios con las palomitas ya acabadas, cuando crees que va a empezar la película, pasan por delante de ti la misma pareja indecisa (la mujer primero abriendo paso y luego el hombre cargando todo el peso de palomitas y refrescos), el hombre que tose resfriado y 4 niños con sus respectivos padres que acaban de entrar en la sala. (6 minutos de anuncios = 6 minutos) Por fin en casa, hemos perdido 3,5 horas de nuestra vida y 15 euros de nuestro bolsillo. Afortunadamente la película era buena.

IES JOSEP SUREDA I BLANES (Palma de Mallorca)


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Tercer Premio Yeray Gobeil García

Al despertarme, me desperecé y me asomé a la ventana. Era una mañana fría, de esas que, con solo mirar por la ventana, se te pone la piel de gallina. El sol asomaba por lo alto de la montaña, aunque las nubes pronosticaban que no iba a ser un buen día. La rutina hacía que todos los días fueran casi idénticos, pero, por alguna razón, sentía que ese día iba a ser diferente. Bajé las escaleras sin muchas ganas. Abrí la puerta. Nadie. No había nadie en la calle. Paseé por la larga avenida en busca de alguna señal, algún vestigio de vida humana. Pero nada. Ni siquiera estaba ahí la Sra. García, que solía pasear a su perro todas las mañanas a esa hora. Todo estaba igual que ayer y cambiado a la vez. Empecé a pensar que estaba soñando cuando oí un ruido proveniente del supermercado de enfrente. Sin darme cuenta, caminé hacia él. Era como si mis pies se movieran sin que se lo ordenara mi cerebro. Me asomé a uno de sus ventanales, pero todo estaba oscuro. Me puse a caminar por la calle, yendo a ningún lado, solo buscaba gente, porque la humanidad no puede desaparecer así como así. O, al menos, eso pensé. De repente, un teléfono empezó a sonar muy fuerte. Parecía que se encontraba dentro de una de las casas que había alrededor del supermercado. Me acerqué a la casa de donde provenía el timbre y vi que la puerta estaba abierta… Y entré. Las luces no funcionaban, así que me alumbré con la linterna del móvil. Me apresuré a contestar el teléfono y lo único que escuché al descolgar fue: “No entres al supermercado…” Parecía la voz de un niño. Al colgar el teléfono, me di cuenta de que no estaba conectado a la línea. Decidí hacer caso omiso a la advertencia. Entré en el supermercado. No sé por qué, pero lo hice. El establecimiento estaba aterradoramente oscuro y frío. Me entraron ganas de salir.


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Demasiado tarde: las puertas no se abrían. −¡Qué remedio −pensé− y me dirigí al interior del establecimiento. Fui a encender la linterna del móvil, cuando un letrero en la pantalla me indicó: sin batería. −Lo que me fal… −me interrumpí, al vislumbrar lejanamente una sombra. −¿Ha…, hay alguien ahí? –dije. La sombra desapareció. Parecía que entraba en el almacén. Me acerqué con cuidado, ya que no quería hacer mucho ruido. Cuando entré, tropecé con algo y me golpeé en la cabeza. Quedé inconsciente. Mucho tiempo después, me desperté sobresaltado y sin saber muy bien dónde estaba. Era un lugar poco iluminado. Conseguí reincorporarme y me asomé por la sucia ventana. Vi una extraña silueta que, a la vez, me resultaba sospechosamente familiar. Poseía una larga melena pelirroja y vestía unos pantalones de un tono oscuro, aunque no se distinguía bien el color debido a la baja luminosidad. La figura estaba de espaldas, pero debido a las dimensiones que yo podía apreciar, podría parecer la silueta de una mujer. Me di la vuelta para examinar la habitación y vi un montón de sierras, hachas y demás herramientas. Estaban oxidados y llenos de sangre. Al verlos, me dio un escalofrío. Me dispuse a salir sigilosamente de aquel lugar. Después de una larga búsqueda, encontré una puerta. Salí por ella y miré a mi alrededor. Estaba en el supermercado. Me dirigí hacia la puerta, pero recordé que no se abría. Entonces, vi la misma silueta de antes. Sí, la figura de la mujer pelirroja. Se dio la vuelta y me mostró su horrible cara. No tenía ojos ni nariz. Su cara era una enorme boca llena de dientes. Se acercó a mí. Empecé a correr, pensando lo que me pasaría si ese monstruo me pillaba. Corría como nunca lo había hecho en mi vida. Pensaba que no iba a salir vivo de allí. Llegué a una calle sin salida. Me di la vuelta y vi al horrible ente andando a paso lento hacia mí. Vi su cara tan cerca… Era realmente horrorosa. Me preparé para morir.


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Y de pronto… −Inocente –dijo el ser con una voz normal y corriente de mujer. −¿C… cómo? –respondí. Se quitó la máscara. –Mira a la cámara. Allí, a tu derecha. Estás saliendo en directo en el programa Buscando una sonrisa de Canal 8. En cuanto terminó de decir eso recordé el día que era: 28 de diciembre. Yeray Gobeil García IES TORRE ATALAYA (Málaga)


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SEGUNDO CICLO DE E.S.O


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Primer Premio LA ÚLTIMA HOJA

Bianca Veltri

Todo empezó en el año 1930, en una dura época de invierno. Noa era una niña de doce años que vivía en una casa muy antigua. Y desde que el frío empezó, ella notó un dolor en la espalda muy intenso al toser. El médico fue a visitarla a su casa y le descubrió que tenía tuberculosis. Desgraciadamente, en esa época esa enfermedad era casi causa de muerte. Lo único que podían hacer los médicos era recomendar reposo y mucha fe. El médico dijo que con esa enfermedad tendría más posibilidades de cura si no dejaba de pelear por su vida; si no, Noa moriría en poco tiempo. Todo pasaría cuando el invierno acabara. La madre miró su calendario y contó que aún quedaban dos largos meses de duro invierno. A medida que iba pasando el tiempo, lento, muy lento, la madre de Noa veía cómo ella se comía por dentro, es decir, su cara ya no era la misma de siempre, ya no tenía esa sonrisa deslumbrante, y fue entonces cuando tuvo una idea: con ayuda de Estela, una vecina, movieron todos los muebles hacia otra habitación que tenía una ventana. La madre pensó que, al menos desde ahí, vería la gente pasar, edificios y se distraería un poco más. Noa poco a poco se iba animando, al menos veía pasar gente y eso le daba mucho que pensar. Se imaginaba cómo sería la vida de cada una de esas personas. Pero Noa, noche tras noche, tosía y vomitaba sangre. Una mañana que María, su madre, llegó de compras, vio que Noa tenía la mirada perdida por la ventana. Su madre se acercó a preguntarle qué le ocurría. Noa le contó a su madre lo que tanto observaba: “Mamá, mira la enredadera esa del edificio de enfrente. Tenía muchas hojas, pero poco a poco se van cayendo, y acabo de pensar que cuando caiga la última hoja de esa enredadera mi vida también se irá”. Su madre le dijo que no tenía que pensar eso: “En la primavera las hojas vuelven a salir y tú recuperarás tus fuerzas también”, pero Noa pensó: “Son hojas… Yo no vuelvo a nacer como ellas…”. Una mañana la madre descubrió que Noa miraba mucho el edificio de enfrente y ya no era solo por las hojas de la enredadera, sino que miraba concretamente a una ventana en la que había un joven pintor. Después de mucho tiempo, por primera vez ella sonreía. María, sin dudarlo, fue a hablar con el vecino pintor para pedirle un gran favor: ella le preguntó si él podría bajar a visitar a su hija Noa de vez en cuando para darle una clases de arte y dibujo. Él se lo pensó, pero casi sin dudarlo le dijo que sí.


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Día tras día él bajaba, hablaban, pintaban y se reían mucho juntos. Esa confianza que tenían llevó a que Noa le contara su secreto sobre la enredadera y sus hojas… Él le dijo que no debía pensar así, que tenía que seguir adelante y que esa idea era una tontería. Aprovechó para contarle que tenía que marcharse durante unos meses. Noa se disgustó mucho y se le saltaron las lágrimas. Él estaba a punto de marcharse y le dio un gran abrazo diciéndole: “Nos vemos pronto, Noa”. Ella le contestó que todo dependía de la enredadera… Noa contempló por la ventana cómo el pintor cruzaba la calle mientras algunas hojas de aquella enredadera caían bruscamente y a algunas otras se las llevaba el viento. Desde ese día ella controlaba y contaba cuántas hojas quedaban en la enredadera… Solo quedaban 3: una en una esquina bien abajo, otra en medio y, por último, una al lado de la ventana del pintor. Después de una noche de tormenta y mucho viento, Noa se despertó temprano y como cada mañana miró por su ventana y vio que solo quedaba una hoja, la que estaba al lado de la ventana del pintor. Noa se abrazó a su madre: “Me voy a morir, mamá, me voy a morir, tengo mucho miedo...”. Pasaron los días con lluvia, viento, truenos, y esa hoja seguía ahí aguantando. Su madre miró el calendario y vio que solo faltaba un día para la primavera y solo quedaba una hoja en la enredadera. Noa se despertó al día siguiente, abrió su ventana y vio cómo un rayo de sol iluminaba esa hoja que quedaba junto a la ventana del pintor. Poco a poco se fue recuperando de su enfermedad. El pintor no estaba a su lado para saber que ella se había recuperado de su enfermedad, pero Estela, la vecina, tenía una carta de él para Noa. Ella con mucha ansia la abrió y empezó a leer: “Cuando leas esta carta, todo habrá pasado. Solo pídele las llaves de mi casa a Estela, ve y coge mis cosas de pintura. Nos vemos pronto”. Noa le pidió las llaves a Estela y con mucha alegría fue a casa del pintor. Entró en la habitación. Desde la ventana se veía su cama, y decidió abrirla para visitar su hoja, aquella que había aguantado hasta el final. Allí estaba, pero, cuando fue a tocarla, se dio cuenta de que no era una simple hoja. Esa hoja la había pintado su amigo para ella. Bianca Veltri IES LLUIS COMPANYS (Ripollet – Barcelona-)


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Segundo Premio El abuelo

Adrián Melón Gómez

Era de noche, y sin embargo llovía. Pero ni los pajaritos cantaban ni las nubes se levantaban. Aquella noche me encontraba en una habitación color rosa fucsia con estampado de flores, acompañando a mi abuelo en su lecho de muerte. Había llegado empapado, mi abuelo maldecía su suerte y yo solo pude acordarme de la familia del chino que me había vendido aquel nefasto paraguas que acabó por abrirse cuando entré. — ¡Idiota! —balbuceó en un susurro apenas audible que fue anotado inmediatamente por el notario allí presente— (nunca entendí muy bien por qué hay que anotarlo todo en una situación así). Mi abuelo continuó subiendo el tono de voz: — ¿Estáis todos aquí? — preguntó—. Sí, estábamos todos, no faltaba ninguno de los más de cincuenta sobrinos y nietos que tenía (ya os podréis imaginar cómo estaba aquella habitación de diez metros cuadrados), no faltaba nadie. Estaba mi primo Celedonio, el Policía, que había interrumpido su investigación a una banda especializada en tráfico de pimientos de Padrón para acompañar a la familia en tan lamentable trance (la palabra lamentable nunca cobró tanto significado como en esta ocasión), tenía más masa muscular en el labio superior que masa cerebral, pero apreciaba mucho al abuelo. También estaba mi prima Casimira, una mujer de peso, de mucho peso (en kilogramos, claro), con una forma de caminar especial (como si se tragase el palo de una escoba) y siempre con aire de superioridad. Se había casado con un señor de ochenta y nueve años, que poseía la mayor plantación de alcachofas del mundo (estaba forrado) y que murió en la luna de miel (digamos que no pudo soportar la presión del matrimonio). La pasión de Casimira por las cuentas bancarias voluminosas la había llevado a soltar una lagrimilla traviesa al ver al abuelo en este trance y sus suspiros dejaron sin oxigeno la exigua habitación.


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Y también estaba Rigoberto, el biólogo. Se había marchado a estudiar el comportamiento en libertad de la pulga de Malasia y se acabó perdiendo al abandonarle su fiel perro guía por extraños motivos. Pasó allí cuatro años en compañía de sus queridos parásitos, se acabó casando con una orangután por el rito budista e insistía en traerla para pasar su aniversario aquí pero a la pobre le denegaron el visado por exceso de pulgas. Siempre admiré a Rigoberto por su inteligencia, supongo que se la dejaría en la jungla. En una esquina estaba mi hermana pequeña, la gótica, decía que era una nueva moda en el instituto. Me pregunto si los adolescentes se podrían considerar mentalmente sanos, deberían aparecer en los documentales de la National Geographic junto con la zarigüeya de los Cárpatos y el carpincho de cola anillada. La chica fue siempre muy mona con sus coletas y sus pulseras de Barbie, en ese momento llevaba una cresta de medio metro color verde fluorescente, un collar hecho con una cadena de moto sierra y un gran colgante que ponía Testa da Fabada 2011w, pulseras de clavos (esa obsesión por los clavos había dejado que Cristo estuviese pegado con Loctite a la cruz en la capilla de su pueblo), una ropa negra como si hubiese decidido lavarla en el mar cuando ocurrió lo del Prestige, además había usado dos quilos de maquillaje blanco para untárselos por todo el cuerpo como si fuese un calamar a la romana. Y así sucesivamente, una serie de variopintos personajes comprimidos en aquel habitáculo de poco más de diez metros cuadrados, con la cama de dos por dos y mi abuelo moribundo tosiendo con los ojos abiertos sin entender nada, como una merluza confusa por morder el anzuelo. Y entre todo aquel caos ahí estaba yo, perdido como una monja en una despedida de soltera. Mi abuelo volvió a preguntar: — ¿Seguro que estáis todos? —Sí. — respondimos casi al unísono —. — ¿Pero, seguro? — reiteró —. — Sí. — volvimos a responder con paciencia —.


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— Yo creo que falta gente, ¿no sois muy pocos? Éramos casi sesenta personas, desde luego la vista del abuelo ya no era lo que en sus tiempos mozos. A la prima Casimira se le acaba la paciencia: —Sí, sí estamos todos, ¿quieres decirnos ya, qué parte de la herencia nos toca a cada uno? — ¿Pero, seguro que no falta nadie? —volvió a preguntar—. — ¡No, no falta nadie estoy completamente segura de que estamos todos los cincuenta y nueve! ¿Quieres hablar de una maldita vez? — gritó la prima presa de un ataque de nervios —. Y porque a ninguno se le ocurrió apagar la luz de la cocina que lleva encendida todo el rato. ¡Imbéciles! —esas fueron sus últimas palabras —.Entre el llanto y las exclamaciones de asombro el notario se alzó con aire solemne y extremadamente serio dijo: — ¿ImbéciI se escribe con "b" o con "v"?

Adrián Melón Gómez

IES SANXENXO (Sanxenxo – A Coruña)


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Tercer Premio VEO, VEO

Raúl Ramírez

Por última vez, ¡no estoy loco! Estoy cansado de decírselo a la gente, nadie me comprende. Desde hace dos años veo cosas realmente raras en la materia inerte. No me digáis por qué, yo tampoco lo sé. Podría haber tenido otro don más útil como volar o parar el tiempo, pero en vez de eso me tengo que conformar con esto. Quizás esto hace más interesante mi vida. Mientras vosotros veis simples semáforos o mesas, yo veo cíclopes y animales con alas. La gente se aleja de mí, oigo sus voces diciendo: “Ya viene el loco otra vez...”. Y es que solo voy en busca de un amigo, en busca de una sonrisa, en busca de alguien que me comprenda o que simplemente me trate como a una persona normal. Les es difícil ignorar este hecho, ya que dicen que no paro de dar la nota. Sin ir más lejos, hoy a la hora de la comida, me han abierto un expediente académico por exclamar: “¡Ayuda, ayuda, por favor!” al ver a un veterano de guerra herido derramando mucha cantidad de sangre. Algo no encaja cuando veo el papel que informa del motivo del expediente y dice lo siguiente: “Queridos padres del alumno, vuestro hijo ha reaccionado con un ataque de locura al ver un macarrón con tomate que se le había caído al suelo”. Y entonces es cuando me doy cuenta de la situación, de que ser así no es tan divertido como hubiera podido imaginar antes. Trato de solucionar el problema yendo al psicólogo que me pagan mis padres. No lo veo de gran ayuda, el psicólogo trata de ayudarme enseñándome los objetos que hay encima de su mesa y si cometo un fallo se lo apunta en un caballo que dice ser llamado Tommy. A veces me escaqueo a dar una vuelta, antes de reunirme con ese señor, huele a licor y el bolígrafo con el que escribe me susurra palabras en alemán que no entiendo.


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Nunca pasa nada importante en mi instituto, lo más relevante de esta semana ha sido que ha venido un alumno nuevo, no parece muy simpático, debe de estar asustado. Creo que debo aprovechar esta oportunidad para hacerme amigo de él, mañana me acercaré a hablar con él. No hay nada mejor que unas lágrimas de agua fría para empezar el día. Hoy no va a ser un día como los demás, estoy dispuesto a ganarme la confianza de ese chico y hacerle parecer que soy lo más normal del mundo. Nada más verle, me acerco y le pregunto por el tiempo, pero no parece ser un hombre de muchas palabras. Después de diez segundos de un silencio incómodo, me dice: “Hay algo que debes saber, no soy un chico como los demás, tengo un problema bastante grave: Veo seres diferentes y monstruosos en todos los seres que tengan vida”. Fue tal mi alegría al oír eso que siguen pasando años y años y seguimos siendo íntimos amigos.

Raúl Ramírez

IES LLUIS COMPANYS (Ripollet – Barcelona-)

Concurso relatos cortos ARCE  

Relatos ganadores del concurso de relatos cortos del programa ARCE

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